A qué no se esperaban esta actualización tan rápida. ¡Sorpresa 8D!
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Capítulo 10: Sentimientos vinculantes.
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A la mañana siguiente, Harry no recordaba mucho de lo que soñó. Al despertar con el sol de la mañana filtrándose desde la ventana, imágenes vagas de niebla, de Hogwarts y un sabor triste de nostalgia estaba pegado en su garganta. Se desperezó ligeramente atontado, intentando rescatar ese sueño que sentía que era importante, que debía recordar como si todo el paso de su vida, desde anoche, adquiriera más importancia.
(Era el llamado de la decisión, del cambio, el sonido de la revolución que atronaba en su alma sin poder recordar la razón).
Sabía que era algo vital, pero lo único de lo que estaba seguro era de la sensación de haber hecho algo importante, como si su lengua aún recordara las palabras, la promesa imposible que hizo dentro de la niebla a alguien que ahora en su mente solo aparecía vestido de negro, inidentificable entre sus recuerdos.
La sensación familiar del destino susurrando en su oído, rogándole que recordara siguió allí hasta que el sueño y el cansancio desaparecieron y colocó los pies en el piso. Después no había nada, solo la necesidad de levantarse a un nuevo día en una maravillosa y calurosa casa.
El olvido momentáneo haciéndose cargo del peso del mundo en sus hombros.
Se vistió perezosamente en un rincón, decididamente alejado de todas las cajas de los gemelos que parecían ser interminable ante sus ojos. Todavía le daban mala espina. Hedwig no estaba en la habitación, seguramente había volado durante la noche a algún sitio del hogar y ahora aprovechaba de descansar bajo la sombra de algún árbol o similar. Abrió la puerta y se asomó al pasillo, estaba a punto de bajar a la cocina cuando a medio camino se encontró a la señora Weasley con una bandeja a rebosar de comida deliciosa.
—Harry, cariño. Iba a subirte esto, no es necesario que bajes a desayunar.
—No tenía por qué molestarse, señora Weasley.
—Tonterías. El resto de los chicos están trabajando en el jardín, así que tienes tiempo para desayunar en paz. Ron y Hermione están vueltos locos porque supieron que saliste con el profesor Dumbledore la noche anterior.
No podría decir que se lo había esperado porque estaría siendo mentiroso, pero supuso que si estuviera en el lado de sus amigos, estaría igual de dementemente impaciente. Aún así, de cierta manera era un alivio tener un poco más de tiempo a solas y en paz. No era que no quisiera verles la cara, los extrañaba a montones, pero ellos lo bombardearían de preguntas y temas deprimentes y francamente, el haber pasado su verano casi solo le había creado una especie de síndrome autista y estar en reencuentro con la gente seguía siendo una experiencia extraña al estar todavía acostumbrado a la soledad. Sonaba bastante triste pero era verdad.
También quería aprovechar de estar solo y ordenar sus ideas. Diferente era el asunto de admitirse ciertas cosas él mismo, pero con sus amigos el asunto cambiaba.
Además, hace muchísimo tiempo que no tenía la satisfacción de disfrutar un desayuno en silencio y en paz y con todo el tiempo del mundo. La oportunidad perfecta para no preocuparse ni de Señores Oscuros, ni mundos mágicos dementes, amigos incondicionales u otras de las tantas locuras que gobiernan al mundo; solamente estaban él y ese maravilloso desayuno caliente y delicioso.
Disfrutó de su vaguería afortunada pasado el mediodía, cuando no era posible para él moralmente seguir alargando la flojera y el estar tirado en la cama con el estómago lleno y el corazón contento. Con una pereza que no recordaba disfrutar desde la época escolar se calzó los zapatos que al llegar con la bandeja de comida tiró por la habitación y bajó las escaleras.
Al bajar, el delicioso ruido de la familia bulliciosa se hizo oír en gloria y majestad. Abajo, en la cocina, no estaba toda la familia, pero si pululaban en ella los señores Weasley, Ginny y extrañamente, Fleur. No se iba a acostumbrar nunca a la idea de ver a Fleur casada. Mucho menos casada con un Weasley que parecían ser la antítesis de lo que su sola figura mostraba. No estaba seguro, pero ella tenía más pinta de claustra que de mujer de hogar. Eso o de esas modelos juveniles eternas que aparecen en las revistas de tía Petunia.
Muy raro. No estaba seguro si algún día iba a poder sobreponerse a la idea.
Comenzaron —o más bien Fleur habló y la señora Weasley miraba intentando concentrarse en lavar la loza que por una vez no estaba lavándose sola— a hablar de los pormenores de la boda y Harry desconectó el cerebro a la tercera palabra. Definitivamente no tenía el menor interés de saber que se vería mejor el mantel rojo granate en lugar del rojo pasión en las mesas.
No creía que pudiera superar alguna vez el trauma que esto le acababa de dejar.
—Em, si no le molesta Señora Weasley, iré a buscar a Ron y Hermione —masculló interrumpiendo la conversación, los manteles dejados atrás sin llegar a algún tipo de acuerdo sobre ellos y ahora hablaban sobre el color de las velas que iban a estar adornando el lugar—. Deben estar ansiosos por verme.
Y él estaba ansioso por salir corriendo de ese lugar cuánto antes, agitando los brazos desesperado y todo.
—Por supuesto, cariño. No es necesario que te quedes a escuchar estos detalles aburridos.
Más bien detalles ridículos, pero él era lo suficientemente sabio como para guardarse los comentarios para sí mismo.
Con la gracia de los dioses y sintiéndose el ser más afortunado del planeta, se levantó de la silla con la más angelical de sus sonrisas, dispuesto a salir antes de que a Fleur se le ocurriera hacer alguna opinión que tuviera que incluirlo a él en aquella conversación surrealista. Ginny también hizo el amago de levantarse, seguramente con la misma excusa que él, pero fue detenida con una mirada agria de su madre junto al comentario que tenía que quedarse para hablar al fin del vestido que iba a utilizar como dama de honor. Casi la vio palidecer al punto de desmayarse antes de mirarle con odio infinito y temió que algún día le haría pagar por dejarla allí abandonada. Retuvo el impulso de salir corriendo y se limitó a sonreírle con disculpa antes de irse afuera.
El silencio glorioso y nada sobre preparativos absurdos de bodas ni vestidos ni manteles le recibió y resistió el impulso de respirar profundo para deleitarse con la ausencia de voces; en su lugar se dedicó a buscar por el maravilloso patio. Pasó a las gallinas que comían la basura del suelo y caminó por el jardín. Efectivamente sus amigos estaban trabajando con los duendes que habían hecho sus madrigueras allí.
Saludos fueron y vinieron al llegar donde estaban el resto de los Weasley —excepto los gemelos— y Hermione. Hubo un silencio incómodo, dónde Harry estuvo tentado a unirse a la desestresante tarea de agarrar a las molestas criaturas y olvidarse de todo lo que tenía planeado hacer, las preguntas mudas que parecían explotar en las cabezas de todos los presentes. Sin embargo, él sabía que ese momento era tan bueno como cualquier otro y quería aprovechar la extraña sensación de valentía inusual que estaba envolviéndolo desde anoche.
La conversación que quería tener tendría que hacerse ahora. O no la haría nunca.
Harry ya tenía la fortuna o la desgracia de haber participado, a sus jóvenes, puros y castos quince años que casi eran dieciséis, en conversaciones profundas y complicadas que a cualquier filósofo lo dejarían llorando de impotencia e impresión. Tener a una persona como Dumbledore de guía te da ciertas ventajas en la vida que no cualquier persona posee; sin embargo, nunca, reuniendo todas las conversaciones que había tenido con el viejo mago, podría haberse preparado lo suficiente para hablar de la profecía con sus amigos.
Maldito el momento donde el profesor Dumbledore le dijo que tenía que hacer partícipe de su trágico destino de héroe griego a sus amigos.
—Tenemos que hablar de algo importante. Solos.
El silencio dramático que siguió a su declaración bien podría haber sido utilizado en cualquier película que estuviera interesada en rodar su trágica vida. Lo mismo podría aplicarse a la mirada sombría y cómplice que Ron y Hermione se dieron, como si hubiera todo estado programado por algún tétrico libreto.
—Subamos a mi habitación —propuso Ron mientras tiraba ausentemente un duende—. Mis hermanos seguirán por nosotros y aprovechemos que las mujeres están en la cocina, hablando como gallinas de esa boda maldita.
Harry le encontró la razón y entre los tres se excusaron y entraron a la casa. Efectivamente, en la cocina aún seguían discutiendo sobre la boda, el tema trascendental del vestido de Ginny seguía siendo una ardua pelea; los muchachos pasaron sin ser vistos, como fantasmas que no estaban ni invitados ni interesados en el tema a discutir allí.
Cuando llegaron al cuarto de Ron aún seguían en ese extraño y dramático silencio al que solamente le faltaba la música de fondo con violines, para aumentar la tensión. Harry respiró hondo, antes de dejarse caer en la cama de Ron, sus amigos sentados a su lado, mirándolo como si de un momento a otro confesara un secreto imposible y retorcido.
Bueno, de cierta manera no era tan erróneo su tren de pensamientos.
No estaba seguro sobre cómo comenzó a hablar, se sentía como un muñeco de cuerda ansioso, al que le habían estado apretando el tornillo para impedirle decir las cosas. Apenas abrió la boca lo soltó todo a velocidad luz, como si mientras más rápido lo dijera, menos doloroso sería el impacto. Les habló de la profecía, de la forma escabrosa en que su destino se entrelazaba al de Voldemort y como tendría que morir o vencer, como todas las cosas se reducían dramáticamente a los dos; no les dijo sobre el miedo qué tenía al respecto, pero quizás algo en su voz ansiosa, en la manera en que Hermione entrecerró los ojos cuando lo dijo fue todo lo que necesitó decir.
A veces él no entendía el funcionamiento de la mente de sus amigos, de las cosas que no decía pero que ellos de igual manera sabían. Tenebroso, en cierta manera.
De todas formas, terminó de hablar y les miró. Ron estaba tan pálido que las pecas sobresalían como varicela sobre su piel y Hermione tenía una expresión en la cara que no sabría definir si era de consternación o de ganas de vomitar. Él simplemente se sentía extraño, como si un peso hubiera salido escapando de sus hombros.
No se sentía bien, sin embargo. Como si algo faltara por decir.
Aún así esperó que el silencio dramático que nuevamente volvió a formarse —ahora con toques de angustia que eran capaces de poner en tensión a cualquier persona—, acabara. Sus amigos le miraban con llamas en los ojos de la nada, como si de un momento a otro se hubiera convertido en el salvador de todo el mundo.
Él simplemente les miró, incómodo, esperando algún tipo de reacción ante lo que dijo.
No se esperó, dentro de todas las cosas a pesar de la obviedad de la situación, las palabras que ellos clamaron al unísono, rompiendo el silencio dramático, angustioso y del cual él estaba completamente seguro que había comenzado a emitir algún tipo de música de fondo, con violines y una orquesta sinfónica:
—Lo vencerás, Harry. El Innombrable no podrá contra ti.
Harry les observó y sonrió suavemente, asintiendo a la afirmación de sus amigos. Había hecho sonrisas falsas antes y esa, donde estaba intentando más que nada convencerse a sí mismo de la declaración que al resto. Era terriblemente doloroso, un espiral que evaporó el cálido sentimiento de lealtad y cariño que Hermione y Ron momentos antes había dejado allí; ahora solamente quedaba un rastro frío que desgarraba y le quebraba el alma hasta reducirla a cenizas.
Ellos tenían una fe ciega en él, una fe que era más dolorosa de lo que podría haber imagino alguna vez. La garganta seca y las ilusiones aplastadas fueron acalladas por la sonrisa que seguía allí en su boca, cocida a base de falsedad, traición y desilusión.
No tenía el corazón necesario para hablar a sus amigos del sueño que no recordaba, mucho menos de la sensación que aquel le había dejado ni las cosas absurdas e improbables que pensó la noche anterior. Cada vez más la idea de no matar a Voldemort con sangre sino con cercanía parecía más ridícula, más tonta e inútil y cada vez más él se sentía peor al tener secretos que estaban en contra de cualquier moralidad aceptable.
Si hubiera sabido que la traición era así de molesta e irritante, nunca lo hubiera intentado. Joder, era más fácil cuando solo tenía que concentrarse en odiar a Voldemort.
Ser el elegido apestaba.
En una lista mental que no sabía ni cuándo ni cómo ni por qué había hecho, Harry tachó el decirle a sus amigos sobre la profecía. ¡Una cosa menos! A pesar de la situación, de lo tan traidor como Snape que se estaba sintiendo —Honestamente, cómo el hombre podía vivir con esa sensación pidiendo ser arrancada de su piel a cada segundo estaba más allá de su corto y adolescente entendimiento—, un peso cayó de sus hombros y el resto del día se sintió más ligero, aun considerando que Hermione después de un rato se había lanzado a sus brazos llorando como si Voldemort fuera a aparecer por la buhardilla de Ron de un momento a otro. A pesar de eso se sentía mejor, no mucho, pero considerando todo lo que estaba pasando sinceramente era un paraíso ahora.
Regresó mentalmente a la lista que tenía y habiendo ya tachado lo primero que estaba en su orden de prioridades, se dirigió a lo segundo: el enviar al fin la tan ansiada carta a Voldemort, explicándole que ya no podría seguir carteándose, que ahora si era más complicado que la vez anterior porque no estaba en su casa y que iba a lamentar muchísimo el no tener que burlarse de su odiosa y arrogante persona ni estar allí para alegrarle el día.
Aún no tenía la carta y el sencillo hecho de pensar en que tenía que elaborarla le provocaba un agradable tirón en el estómago. ¡Oh, las delicias y simplezas de la vida!
El inconveniente era que tenía que buscar la manera de desaparecer lo suficiente para poder escribirla y buscar el modo de enviarla. Por lo que el profesor Dumbledore le dijo, la seguridad allí era casi tan buena como la de Hogwarts y el correo que de allí salía sería sin duda revisado. Eso no era tan problemático, porque los últimos tiempos había adquirido la capacidad de redactar y enviar mensajes secretos que harían llorar de orgullo a cualquier espía promedio; el verdadero problema era enviar la carta. No tenía la más remota idea de cómo hacerlo.
Podría hacerlo como la última que envió, aquella que —oh, parecían siglos atrás— el profesor Moody le hizo leerle en voz alta. Con regocijo recordó que en la simpleza había estado la solución, pues a pesar de la advertencia del ex auror, Harry desobedeció con aquella capacidad innata para meterse en problemas y al día siguiente de aquella visita, salió temprano bajo la excusa de ir a comprar cosas para la casa y se reunió con su adorada lechuza en una plaza pequeña rodeada de árboles. Allí, sin ningún tipo de culpabilidad y la sonrisa quebrando su rostro, envió la carta.
Pero nada era capaz de durar para siempre y el profesor volvió a visitarlo, la desfigurada cara aún más deforme por haber tenido la osadía de no hacerle caso. Tras muchos regaños que a él simplemente le entraron por un oído y le salieron por el otro, la advertencia que había sido dicha se realizó y Moody puso algún tipo de seguimiento de auror extraño y desconocido en Hedwig, para que cada salida que el ave hiciera fuera de la casa y de las barreras le fuera directamente notificada.
Allí, recién Harry había sido imposibilitado de enviar algo. Pero ya había logrado mandar su tan adorada carta y quizás, con un poco de suerte, Voldemort sería lo suficientemente inteligente como para enviar su horripilante ave con la contestación de su mensaje y así él no tendría culpa alguna de seguir estableciendo comunicación; sin embargo como después Dumbledore llegó y dio vuelta, para variar, su mundo otra vez, relegó la situación. Una parte de él se divirtió con la idea de imaginar llegar al verano siguiente donde los Dursley y encontrar un montón de cartas del Innombrable amontonadas en su habitación.
Esa misma sádica parte se imaginó lo que sucedería si esas cartas llegaran donde los Weasley. A diferencia suya, Voldemort nunca se esforzó por responder sus cartas en algún tipo de clave, únicamente desprecio y sarcasmo eran sus armas. ¡Oh, cuánta destrucción causaría si eso sucediera!
Rió ante su imaginación mientras volvía a retomar la idea de cómo enviar la carta. Tomó la decisión de escribirla en la noche, pues era el momento menos probable en el que alguien fuera a molestarlo a la habitación que ocupaba. Sin embargo, por cualquier eventualidad, lo haría de madrugada. No es que estuviera exageradamente paranoico, pero ante cualquier duda era mejor prevenir.
El problema seguía siendo la manera de enviarla y tras mucho tiempo de pensarlo sin llegar a alguna solución factible, decidió hacer como siempre lo hacía en las situaciones improbables que nublaban su vida: dejar todo a la suerte y a los nervios que siempre lograban sacar la mejor impulsividad de su ser. Sin duda alguna la mejor combinación posible que siempre salvaba su día y vida.
Fue así que dejó que ese día transcurriera con la normalidad que reinaba en la Madriguera, pelirrojos corriendo por todas partes, haciendo y deshaciendo bromas entre los gritos indignados de su madre. La buena vida aplastando cada minuto y dejando en Harry la sensación de goce y el amargo gusto de la traición que había estado persiguiéndolo desde que llegó allí.
Aún así, sintiéndose completamente malvado, ignoró aquella molesta sensación y se dedicó a disfrutar todo lo que podía; evitando siempre meterse a la cocina que los señores Weasley y Fleur parecieron convertir en una especie de tétrica base de organizaciones matrimoniales.
La noche llegó sin que se diera cuenta, las horas viajando como segundos y cuando fue consciente del avance del tiempo ya estaba tomando el último chocolate caliente y enfilando a la habitación de los gemelos con una sonrisa que a ratos, vista de las sombras, tenía un tinte maléfico digno de cualquier persona malvada que está a pasos de cometer el peor de sus crímenes contra la humanidad.
Iba a escribir a Voldemort desde una casa de la luz, desde la casa de su mejor amigo que en la mañana le había dicho que confiaba en que iba a matar al Señor Oscuro. La idea de ser un criminal digno de la peor habitación de Azbakan no estaba lejos en ese momento y a él se le antojaba tan certera que era espeluznante.
Quizá debería arrepentirse de todo esto y hacer caso a sus mayores y parar de una vez.
Quizá si fuera otra persona lo haría. Pero, desafortunadamente era Harry Potter y él tenía, casi por derecho de nacimiento, que ir contra todo el mundo.
Cerró la habitación con llave y de su baúl sacó pergamino y tinta, también la última carta que Voldemort le envió y que nunca se había dignado en buscar la manera de responderla. Releyéndola pensó en lo lejos que parecía toda la situación de los sueños sobre la moralidad y el burdo intento de Voldemort de querer enseñarle algo sobre el castigo; sonrió al encontrarse con la letra pulcra y puntiaguda de su enemigo mortal, las palabras impregnadas de un sarcasmo elegante que podrían perfectamente cortarle la garganta si así lo quisieran.
El pergamino en cuestión, que había llenado el silencio de Harry en aquel momento con la silbante voz de Voldemort en sus oídos, decía así:
Potter:
Estaba seguro que ambos ya habíamos tenido varias conversaciones respecto a tus horrorosos modales. ¿Debo recordarte el cementerio, cuándo te escondiste cuál cobarde entre las tumbas de los muertos? Honestamente, pensé que ya habías aprendido a no seguir las malas y altamente contagiosas costumbres de Dumbledore y que mi nombre muggle lejos de ser agradable a los oídos de cualquiera, es un insulto tan grande o peor si me hubieras mandado tu horripilante correo recubierto de ácido.
Ésta será la última vez que te lo diga, vuelves a enviar cualquier cosa con mi nombre muggle y no responderé de mis acciones.
Sin embargo, me veo en la desastrosa necesidad de felicitarte, al parecer te has influenciado de mi asombrosa capacidad de sarcasmo y has aprendido a redactar cartas como corresponde .Con suerte antes de terminar esto habrás sucumbido bajo un ataque a los nervios fulminantes que te dejará más tonto de lo que eres; pero también soy consciente de no guardar muchas esperanzas, tu maldita suerte debe seguir protegiéndote ante cosas tan mundanas como enfermedades mortales.
No importa cuánto lo leyera, Harry estaba seguro que jamás sería lo suficientemente fuerte para acostumbrarse a la idea de que Voldemort le estaba dando un cumplido. A él.
Igual que la primera vez que leyó la carta, un furioso sonrojo le envolvió la cara y sintiéndose más rojo que el pelo de Ron, retomó la lectura:
Y lamento decepcionarte, pero estoy a un nivel superior de ustedes los humanos corrientes y no tengo sueños, mucho menos pesadillas. En cambio, soy capaz de causar visiones terroríficas a patéticos adolescentes y en mi opinión eso es muchísimo mejor que cualquier cosa que el subconsciente sea capaz de causar. Remitiéndome a esto último, quiero recordarte, Potter, que las personas no son ni serán jamás santos y fuera de tu creencia noble de la vida, existen seres los completamente crueles para hacer daño incluso a aquellas personas que proclaman como parte de su familia. No lo lamento decir, pero no creo que sea necesario recordarte que tú eres un ejemplo particularmente exótico de esto.
Si soy honesto, no sé cómo no eres capaz de destruirlos a todos con tu varita. Si necesitas ayuda, la oferta que te hice en tu primer año todavía sigue en pie.
Me respondes diciendo esas palabras que Dumbledore se ha empeñado en grabar en tu cabeza, cosas del estilo "hay cosas peores que la muerte" y pudriré tu mente de dentro hacía fuera. De todas formas, podría hablar durante horas sobre el tema, especialmente de la escasa forma en que eres capaz de captar las sutilezas crueles del mundo, pero no quiero desperdiciar más mi tiempo en algo que no vale la pena.
Por último, me remito a algo, ¿hablas de obsesión, Harry? Eres tu el que ha estado escribiendo pergaminos y pergaminos sobre mi y en primer lugar tu comenzaste esta comunicación inusual y aunque a ti te alegre los días y te guste, como bien dijiste en uno de nuestros correos, sin duda no soy yo el que está "obsesionado" con alguien. Yo simplemente tengo que matarte y es natural que quiera saber de tu vida para buscar la mejor forma de cumplir con mi objetivo; en cambio tu, que tienes todas las de perder, no tiene motivo alguno de buscarme.
Y lamento decepcionarte, pero como el deber de amigo que al parecer me entregaste, estoy en la necesidad de decirte que no te dejaré en paz ni en sueños. Corriendo el riesgo de sonar repetitivo, no podrás cazarme porque yo lo haré primero. Me sorprende el ingenio que tienes para ese tipo de cosas, el querer darte un papel más allá del que te corresponde. Irónico, a decir verdad.
Reconozco que al darme cuenta de ésta situación fue divertido. Hace bastante tiempo que nadie tenía la desfachatez de tratarme así sin recibir su castigo. No te preocupes, el tuyo llegará con el tiempo, simplemente se está acumulando con las demás cosas que has hecho para conmigo.
Seguramente querrías que esta carta continuara más, pero odio, ¡no tienes idea de cuánto! Desilusionarte, tengo asuntos más importantes y mucho más oscuros que atender y requieren de mi presencia.
Espero, Potter, que no vuelvas a escribir.
Atentamente, Voldemort.
Terminó de releerla para captar los puntos interesantes y cuáles serían los que respondería. Ociosamente se preguntó qué tipo de cosas soñaría Voldemort si no tuviera el ego tan inflado. Si él estuviera en su lugar como un maníaco asesino demente, seguramente no sería capaz de dormir al soñar con los muertos y cosas igualmente horrorosas.
No era ningún motivo de orgullo, pero parte de él encontraba increíble el autocontrol de Voldemort al ser capaz de bloquear ese tipo de cosas. Él no podría.
Fue así, con aquella idea del mundo extravagante y sin sentido del subconsciente que le relató a Voldemort sobre su estancia en la casa de un amigo, cómo la culpa lo había estado persiguiendo y no podía esperar a tenerlo bajo su varita para vengarse por causarle ese tipo de sentimientos. Del modo le dijo sobre la imposibilidad de mandarle más correo, que tendría que esperar a estar en la escuela, dónde tarde o temprano siempre tienen una manera de encontrarse durante el año.
Dudó, un manchón de tinta deteniendo el río de sus palabras. Sin darse cuenta estaba contando a Voldemort cada pormenor de sus últimos días, sus temores, la confianza increíble que sin saber cómo había estado extendiéndose entre los dos como un manto invisible. El pequeño manchón de tinta siendo muestra de lo último que estaba a punto de contar; iba a hablarle a Voldemort del sueño que no era capaz de recordar, de las palabras sobre el destino unido que tenían que habían estado repitiéndose en su cabeza desde la mañana, sin ser capaz de darle algún tipo de sentido.
Su mano tembló, la única manifestación del miedo terrorífico que había comenzado a consumirle desde que se detuvo. Esa carta era diferente a cualquier otra que hubiera escrito antes, las anteriores eran simplemente respuesta sarcásticas y tonterías que tenían la finalidad de distraerlo de su aburrimiento; ésta, sin embargo, era más íntima y personal, un escrito de su vida que aunque impregnado de sarcasmo y risas y burlas, no dejaba de rozar su propia persona.
Era la primera vez que reconocía, se estaba abriendo a Lord Voldemort sin ningún tipo de atadura ni miedo, cómo si parte de él supiera que al llegar ese trozo de pergamino a su destino, éste sería recibido de buen grado y sin ningún tipo de malicia.
—¿Qué me está pasando? —murmuró sin dejar de mirar el pergamino, esperando que éste le diera la respuesta a su dilema inesperado. La pluma sostenida aún en el aire, vacía de tinta y de palabras—. ¿Qué estoy haciendo?
Se quedó varios minutos así, sopesando la nueva situación que sin saber cuándo se abrió ante él. ¿Debería escribir otra carta? Desechar aquella y hacer como si nunca hubiera soltado aquellas palabras. O quizás podría enviarla tal como estaba, rogando que Voldemort interpretara todo como su típica cháchara adolescente.
Se mordió el labio sin saber qué hacer. ¿Enviarla o no? He allí el dilema.
—Estúpido Voldemort —masculló, dejando la pluma a un lado y pasándose las manos por el cabello—. Estúpido día en el que todo esto comenzó.
(Estúpido Harry Potter y sus ideas descabelladas que nunca terminan bien).
Meditó todas las posibilidades que podría desencadenar el escribir un poco más y hacer como si nada estuviera pasando. Él ya había escrito a Voldemort antes contándole ciertas cosas, temores y horrores causados por pesadillas absurdas, incluso le había contado sobre sus familiares —independiente de que eso fue casi una orden seguida de un acoso incesante—; esto podría ser encausado en la misma corriente. No era tan diferente, situaciones de esos días y cosas similares era lo que estaba contando; pero él se conocía y sentía que era tan distinto a lo otro que le daba un poco de miedo, algo desconocido y tenebroso.
Decidió escribirla, terminarla y dejarla secar y releerla mañana en la mañana, cuando iba a ingeniárselas para enviarla. Además, ni siquiera sabía si la carta saldría que la casa, todavía tenía que pasar la revisión de los señores Weasley y él aún debía de inventar una excusa para mandarla. Sólo esperaba que el amanecer llegara con su mente más clara y menos confusa para tomar la decisión adecuada.
Él no servía para estas cosas.
Horas atrás, cuando apenas amanecía, a kilómetros desde donde estaba Harry enfrentando uno de los mayores dilemas de su vida, Voldemort despertó bruscamente. No era un ataque de la Orden del Fénix, no era tampoco un llamado de sus Mortífagos para anunciarle que por una vez habían hecho las cosas bien y nadie sería torturado dolorosamente.
No, era algo mucho peor que ambas cosas combinadas: él acababa de soñar, soñar y no causar una visión, con Harry Potter.
Eso estaba mal de tantas maneras que no tenía por dónde empezar a enumerarlas.
Era el estrés, se convenció una y otra vez, sus incompetentes seguidores y el hecho de que, tal vez, las cosas estuvieras funcionando bien y el año estuviera empezando mejor que nunca… Era culpa de todo eso, a lo que, — ¡horrorosamente! — no estaba acostumbrado lo que le estresaba y le hacía soñar cosas absurdas, irreales y completamente ridículas como lo de anoche.
O sea, bastaba simplemente con mirar el sueño en sí. Lo recordaba todo a la perfección, como una película mal contada desde todos los puntos posibles: estaba en algún lugar irreconocible, rodeado de una niebla digna de los Dementores y sin embargo lo único que había era un aroma a anhelo que le picaba en la nariz y el desgraciado de su pequeño y desesperante enemigo que al parecer ni en sueños era capaz de dejarle en paz: Harry Potter.
Y si todos esos elementos no hubieran sido lo suficientemente terroríficos por si solos, estaba el hecho de la extraña, aterradora y completamente fuera de lugar conversación que había mantenido con el chiquillo. Exactamente, una conversación normal, sin hechizos ni maldiciones; ni siquiera malas miradas con Potter. Solamente un intercambio de palabras inteligentes que aún repercutían en su interior.
¿Qué. Mierda. Acababa de soñar?
Las palabras aún seguían golpeando su mente, la decisión extraña que el niño había tomado para tejer el destino de ambos fuera de la profecía, como si fuera capaz de ver algo que a él se le escapaba, un detalle mínimo que podría ser lo necesario para que las cosas se torcieran y nada de lo que había perseguido durante dieciséis años se cumpliera; sino que terminara de otra manera inesperada. Harry había hablado como si lo supiera, como si fuera capaz de ver ese futuro que se tendía por otro camino independiente ante ellos.
Y Voldemort todavía podía visualizar si cerraba los ojos la mirada verde fija en la suya, mostrando una determinación y decisión que no recordaba haber visto jamás.
(—Tenemos un destino juntos).
No era normal, nada de ello era normal.
Pero no importaba, se convenció en su mente una y otra vez. Potter no era capaz de hacer nada para cambiar su patético destino porque él se encargaría de destruirlo. No había manera en que pudiera cambiarlo, la vida del niño iba a terminar bajo su varita y sin importar nada de lo que hiciera podría evadir aquello.
Aunque le molestaba el hecho de que no se refería solamente a su propio destino, sino al de ambos. Sonaba extraño, como si casi no quisiera que a él tampoco le pasara nada, como si hubiera salvación o algo mejor a la vida que estaba llevando… Como si Potter le conociera. Ese muchacho hablaba como si le conociera y viera a través de él.
Y él había aceptado, sin dejar de mirarlo, buscando entender no solo las palabras que al ser pronunciadas tanto por Potter como por él al aprobarlas, parecían sellar su destino, retorcer el camino que llevaba recorrido y atarlo con el del niño de una manera imposible más allá de cualquier entendimiento; sino que también quería entender al muchacho, ser capaz de comprender qué era lo que había cambiado desde la última vez que lo vio. No supo con certeza la respuesta que buscaba, pero Harry tenía algo nuevo, diferente, una luz tal vez nueva que brillaba en esos impresionantes y transparentes ojos verdes en conjunto a los sentimientos que siempre estaban expuestos.
Algo había cambiado entre los dos y era espeluznante no saber el porqué.
Sin embargo e incluso más terrible que todo eso, era el sitio donde estaban, donde aquellas palabras fueron dichas. Nunca había estado allí pero a diferencia del ignorante de su enemigo que se había limitado simplemente a tribuir todo a un simple sueño, si tenía una teoría al respecto. Teoría, que para variar, les concernía a ambos.
Ese lugar era el punto medio de la conexión, el sitio exacto donde las mentes de ambos se unían en un espiral conjunto de pensamientos que hasta ahora solamente él había sido capaz de ver. Sin embargo en sus incursiones por aquella extraña conexión nunca fue capaz de llegar tan lejos, no hasta ese sitio; de alguna manera siempre era capaz de pasar de largo y penetrar en la mente debilucha de Potter sin mayores inconvenientes hasta el año pasado y partes de éste.
Incomprensible como todo lo que giraba en torno a ellos. Muy pero muy frustrante si se lo preguntaban a él. ¡Oh, cuánto odiaba no entender nada de lo que sucedía!
Aunque no tenía todas las piezas, todavía no era capaz de explicar el motivo exacto de su conexión. Solía atribuirlo a la profecía, que parecía ser capaz de crear vínculos que incluso para un genio como su brillante persona parecían ser incomprensibles. No conocía a nadie que hubiera estado en su situación —en el sentido de tener una profecía a sus espaldas. No de ser Señor Tenebroso, si ese hubiera sido el caso él hubiera matado a su potenciar futuro enemigo—; y el destino y todas esas cosas de la adivinación siempre actuaron de manera extraña y misteriosa. Nada lógica para él.
Pero, por ahora, lo incomprensible (lo más espectacular dentro de todo) era el poder que Potter tenía para llegar hasta allí. Todavía, acostado como estaba y pensando en la noche anterior, se le antojaba todo tan irreal. Potter no era capaz de tener semejante poder y si lo tuviera simplemente era demasiado idiota y patético como para saber utilizarlo. Tenía que ser esa la respuesta, era, simplemente no era normal ni común que ese patético adolescente fuera capaz de llegar tan lejos.
¿Quizás fuera suerte? Salazar sabe que la buena fortuna está pegada al niño como si su sangre fuera hecha de Felix Felicis en combinación con una garrapata o sanguijuela de las buenas cosas. Si no que le preguntaran a él tras casi dieciséis años de persecución inútil. Seguramente esa era la respuesta, la buena gracia del chiquillo fue lo que terminó llevándolos a los dos al punto medio de la conexión...
Terminó, después de mucho cavilar a atribuirlo a la suerte. Era la única respuesta lógica en el mar de preguntas en el que ahora se encontraba varado.
(—Tenemos un destino juntos…)
—Potter es un idiota —masculló a la nada, las palabras de Harry aún sobresaliendo entre todo lo demás. Como si ellas solas bastaran para darle todas las respuestas que necesitaba.
(—Y haré que estemos unidos, que ese destino se cumpla más allá de lo que dice la profecía.)
¿Qué Potter podría cambiar las cosas? ¡Por favor! Las palabras del chico solo significaban su deseo homicida de tenerlo cuanto antes bajo su varita.
(Él ya se había cansado hace muchos años de creer en causar pérdidas. En cambios que jamás iban a realizarse por otros para ayudarle.
Ese tipo de cosas no existían).
Posteriormente, cansado de su flojera e inutilidad de estar en cama, intentó toda la mañana, en base a su deliciosa tortura diaria a inocentes, seguir convenciéndose que todo era uno de esos extraños malos sueños que a veces, los seres humanos tenían, ignorando que a él aquellas cosas no le pasaban desde hace casi medio siglo.
Voldemort pensó que su plan era perfecto. Que Potter estaba cayendo en su trampa, que estaba criando las dudas maravillosas que había deseado sembrar en él desde hace tanto tiempo. ¡Era tan perfecto que tenía que ir a celebrarlo con torturar a inocentes!
Deshecho todo tipo de idea estúpida sobre el sentimentalismo y las emociones baratas y se concentró en disfrutar de su regocijo. Este era su año, sin duda alguna.
Salió de su cuarto con una sonrisa y varita en mano.
Notas finales:
:I. Este capítulo fue un puto parto. Voldemort era un hijo de puta al que no podía manejar bien y estuve a punto de no utilizarlo, pero para mi desgracia, tenía que tener un punto de vista de él, al respecto de las cosas. Si bien ambos se están dando cuenta de que algo está cambiando entre ellos, será Voldemort el que comience a sopesar el asunto después, cuando se de cuenta de qué tan lejos llegó el asunto de las cartas.
También, sé que está yendo todo un poco lento, pero francamente pienso que tienen que formar un poco de unión antes de irse a lo weno del porno(?). De todas formas, entre el otro y el cap 12, Harry traerá una especie de sorpresa :DDDD.
Lo bueno que ya al siguiente capítulo estamos de fiesta, se mete Snape y no queda nada para Hogwarts~~. Todo será hermoso ;3;.
Y aún mejor, estoy literalmente en llamas escribiendo e incluso podré tener lo siguiente dentro de poco. Considerando como soy, es todo un logro xDU.
Creo que era todo, nos vemos pronto gente hermosa. ¡Suerte 8D!
