N.A: Bueno, Emilda pidió continuación, y aquí la traigo (?) No será muy extensa a diferencia el capítulo anterior, porque mi primera intención era que sea un oneshot, pero si deseas que haya una segunda parte, se hace lo que se puede :') Espero que te guste, porque está hecho para quieres más, solo me dices (?)
Aprovecho para decir que me sorprende la cantidad de favoritos que ha tenido esta historia. Bastante insólito para ser una pareja crack xD A decir verdad, solo esperaba el review de Emilda y el de la querida Elisa :') (te loveo intensamente y lo sabes), pero hubo más... Por supuesto, estoy agradecida, pero no deja de sorprenderme xD me alegra mucho que a ustedes también les haya gustado. Ojalá sea igual con esta continuación.
Disclaimer: Shingeki no Kyojin no me pertenece. El autor es Hajime Isayama.
CAPÍTULO SEGUNDO
.
Tenía el ceño fruncidísimo, un codo sobre el mostrador y sostenía su cabeza sobre su mano derecha. Connie de inmediato captó el pésimo humor que se cargaba su amigo, incluso desde que llegó, así que procuró guardar silencio y no jugarle broma alguna: temía que Eren termine mordiéndole.
Su razón le decía que no pregunte nada, era bastante prudente; pero su curiosidad le demandaba siquiera insinuarle algún apoyo amistoso para así, como quien no quiere la cosa, sonsacarle la razón de su malestar. Finalmente se decidió:
—Oye, Eren... ¿Ocurre algo? —dijo, colocando una mano vacilante y temblorosa sobre el hombro del desdichado.
—¡Agh! —exclamó el chico, liberándose del agarre en un ademán de frustración pura. Elevó ambos brazos en el aire y los llevó detrás de su nuca para luego dejarlos caer laxos a sus lados—. ¡No es nada! —rezongó.
—Si no fuera nada no estarías así... Oye, sabes que puedes contarme.
—Es una tontería, Connie... —respondió él, abatido, con la cabeza levemente gacha—. Descuida, si te preocupa que estoy haciendo mal el trabajo, voy a ponerle más ganas... —Decidido a alejar aquellos pensamientos, se dispuso a reiniciar sus actividades, cogiendo del mostrador unas llaves.
—Eren, venga, cuéntame. La verdad tu trabajo hasta este momento ha sido un desastre, y sé que si no sacas todo lo que tienes vas a seguir igual. Vamos.
No podía mantenerse quieto. Su talón golpeaba incesantemente contra el suelo a un ritmo acelerado; los dedos de su mano derecha hacían bailar el lapicero entre ellos, haciéndole dar muchas volteretas, mientras que los de la izquierda tamborileaban sobre el pupitre. El cuaderno había quedado olvidado hacía mucho y, pese a que debía tener todos sus sentidos enfocados en el pizarrón y cualquier cosa que dijera la maestra, simplemente era incapaz de pensar en otra cosa más que en cierta persona.
—Bien, nos quedaremos aquí. El tiempo me ha vencido. ¿Preguntas?
No se caracterizaba por ser un alumno brillante por talento, más bien se defendía bastante bien gracias a su esfuerzo e iniciativa, ya que cuando algo no le quedaba claro, insistía en preguntar durante la clase misma o lo consultaba con algún compañero más habilidoso que él. Le iba bien durante las clases, procuraba prestar atención a lo que dictaba el docente de cada materia y se esforzaba en cada trabajo que le asignaban. Sin embargo, esa tarea, hasta ese momento sencilla y que llevaba a cabo con entusiasmo, se había visto entorpecida al tener la mente ocupada en otros pensamientos.
Ese día tenía varios asuntos que atender, cada uno más importante que el otro. Para empezar, concluidas sus clases debía darse prisa e ir a trabajar a la tienda con Connie. Ese día recibirían una carga para el bazar y haría falta hacer un inventariado y cuadrar cuentas, lo cual no podía hacer su amigo solo. Le gustaba trabajar con él; no solo obtenía dinero, una paga justa que le permitía vivir apretado pero tranquilo, sino que el entorno era agradable. Connie era un buen amigo y muy considerado, nunca lo explotaba ni se ufanaba de ser el dueño del bazar. Además, contaba con un horario bastante flexible: le había explicado que también estudiaba, así que, dependiendo del día de semana que se tratara, Eren asistía en las tardes o mañanas.
Con los cuadernos y libros guardados atropelladamente en el morral que cargaba siempre al hombro, se echó a andar con pasos largos, casi trotando para ganarse unos buenos minutos. La tienda no quedaba demasiado lejos –otro punto favorable–, pero ya tenía experiencia sobre llegar un poco más temprano: Connie apreciaba eso y le permitía salir un poco antes de sus horas habituales. Y vaya que le agradaba contar con esos minutos, si una sorpresa –ya no tan sorpresiva con el paso del tiempo– le aguardaba al salir.
Pero ese día recibió otra sorpresa. Y esa no era nada, nada agradable.
Apenas le quedaban un par de calles para alcanzar el bazar, solo debía cruzar la acera para luego seguir derecho hasta su lugar de labores. Sin embargo, un impulso extraño y misterioso lo movió a girar la mirada en dirección a una cafetería que se hallaba a su diestra, justo antes de cruzar la calle, sin importar cuánta prisa tenía apenas unos segundos antes. Eren no se caracterizaba por ser una persona que ignorara los impulsos de su cuerpo, así que simplemente giró el rostro.
Ahí estaba Farlan, sentado en una esquina, relativamente apartado de los demás comensales. Sobre su regazo se hallaba un periódico doblado por la mitad y frente a él una taza de humeante café; tenía las piernas cruzadas y ambos brazos sujetaban la pequeña taza, aferrándose al calor que emanaba de esta, algo ansioso.
¿Por qué estaba ansioso? Muy pronto lo deduciría.
De pronto Farlan dejó de contemplar su taza y el vapor que de esta manaba para alzar la vista, pero no en dirección a él, sino a una persona que había hecho aparición en la cafetería. Un tipo de cabello muy negro, piel muy blanca, muy bajito. Eren no se consideraba demasiado alto –aunque en realidad lo era–, pero definitivamente medía muchos más centímetros que aquel sujeto. Era un tipo bastante particular, su corte, por alguna razón, le recordaba algo...
Y entonces se le iluminó la memoria. Por supuesto que recordaba al sujeto. Farlan alguna vez le había platicado de cierta persona gruñona y pequeña, con las características exactas que poseía aquel hombre. Le había platicado de su ex. Ni él mismo supo por qué insistió en saber, pero Farlan, muy suelto de huesos, cumplido el mes de salir juntos, le explicó cómo era su antigua pareja y más detalles sobre su relación y posterior separación.
El tipo bajito –entonces recordó que le había dicho que su nombre era Levi– se aproximó a la mesa de Farlan y este le dedicó una sonrisa –a ojos de Eren– bastante afectuosa. Levi le inclinó levemente la cabeza a modo de saludo y le insinuó que deseaba sentarse con él. Farlan accedió y llamó al mesero para que pudieran pedir algo.
No supo con exactitud cuánto tiempo se quedó contemplándoles, pero probablemente el aproximado de tiempo que tardaba en cambiar de color la luz del semáforo, porque muchas personas que querían cruzar la calle lo instaron a moverse con chasquidos de fastidio al verlo tieso a media calle. Torpemente reanudó su marcha y procuró alejar de su mente aquello que acababa de presenciar. Lo intentó, lo intentó con todas sus fuerzas, pero fue simplemente inevitable mostrar su descontento y molestia.
¿Por qué le molestaba? Ya había pasado muchísimo tiempo desde su rompimiento, además Farlan le había demostrado a cada momento que su antigua relación estaba más que enterrada al contarle con bastante tranquilidad lo que le había ocurrido. Farlan no dio señas en ningún momento de añorar aquel pasado. No debería incomodarle, no tenía motivos...
Pero no podía.
Arrastrando los pies, con el ceño claramente fruncido y las manos hechas puños, llegó al bazar y Connie, que lo recibió con una sonrisa emocionada al ver que su amigo había llegado puntual y podría ayudarle más pronto, percibió pronto que algo malo había ocurrido. Su sonrisa se fue desvaneciendo a medida que veía a Eren colgar en el perchero su morral y se colocaba el mandil verde, con esa perpetua expresión de enfado.
Se convenció a sí mismo de que era un estado pasajero y dejaría de hacer todo enojado a medida que transcurría la tarde. Se equivocó. Eren hacía su trabajo como correspondía: tomaba las cajas, las apilaba a un lado y procedía a hacer el inventario, sentado sobre el suelo; sin embargo, al echarle un vistazo, se dio cuenta de que se equivocaba constantemente, provocando que tenga que volver a empezar, lo cual solo contribuía a que su frustración –o ira, no estaba muy seguro– se incremente.
Eren, luego de muchísimos intentos y borrones –estuvo a punto de acabarse un cuadernillo a punta de tachones y hojas desperdiciadas–, consiguió terminar de hacer el inventario. Connie, disimuladamente, se la pasó observando cada uno de sus gestos para poder inferir qué le ocurría, pero simplemente no le atinaba o no se le ocurría nada. Su amigo había llegado muy tranquilo a trabajar desde hacía un tiempo, así que escapaba a su entendimiento la razón de tan drástico cambio. Si incluso lo veía más feliz que antes.
Se puso de pie y se acercó al mostrador a la espera de nuevas órdenes, refunfuñando por lo bajo, y ya no se movió de ese lugar hasta que inició su plática con Connie.
—Entonces, lo que ha pasado es que viste al tipo con el que has estado saliendo con su ex... ¿Es eso?
—Sí...
—Mira que ni siquiera me contaste que te veías con el tipo que vino en Navidad... Me siento algo ofendido, la verdad.
—Lo siento, Connie. Bueno, a decir verdad no es que sea algo demasiado formal... —explicó—. Estamos saliendo... No somos novios...
—¿Hay mucha diferencia?
—¡Claro que sí! —exclamó Eren, dispuesto a refutarle—. Es como si estuviéramos conociéndonos.
—¿Y hace cuanto que se "conocen" en ese sentido?
—Pues... —Eren temió sospechar de algún posible doble sentido en las palabras de su amigo, pero procuró acallar esos pensamientos—. Como dos meses.
—¿Y estás satisfecho con eso?
—¡Eso no viene al caso! El punto es que no debería molestarme que vea a su ex.
—¿Por qué? Yo estaría furioso. Aunque no viste nada comprometedor, la verdad...
—No debería molestarme porque lo nuestro no es algo "formal" —dijo, enfatizando eso último con sus dedos haciendo comillas—, además de que Farlan me había asegurado que eso ya estaba pasado.
—Bueno, puedo entender. Pero siento que no estás conforme con cómo están llevando esto. Deberías platicar con él.
—A lo mejor es él quien quiere platicar conmigo primero... —masculló Eren, entre abatido y enojado.
—Lo sabía. Te gustaría que se vuelva algo "formal", pero ahora temes que vuelva con él, ¿cierto?
—Olvídalo, Connie. Hay que trabajar —sentenció, meneando las llaves entre sus dedos—. Aún no termino con mis horas.
—Tocará creerte. No insistiré. Me habría hecho bastante feliz que tengas a alguien a tu lado, aunque, a decir verdad, eso se habría hecho sentir por aquí —confesó.
—¿Qué quieres decir? —inquirió Eren, aproximándose a un escaparate, llaves en mano.
—¿Qué, unos meses saliendo con un sujeto y de repente se te olvidaron tus pretendientes? Ahora mismo me siento bastante tonto, porque sospecho que incluso ellos se dieron cuenta de que salías con aquel tipo. Si no, no entiendo cómo es que dejaron de venir a asediarte.
—¡Oh, vamos! —resopló, fastidiado—. Déjalo, Connie. Sabes que no me gusta hablar de eso.
—Somos amigos y puedo ser sincero contigo: es gracias a ti que muchas personas prefieren venir a comprar aquí —señaló, dedicándole una sonrisa burlona—. Asúmelo.
—Me alegra mucho que ya no se aparezcan tanto por aquí. Es un alivio. Sabes que los aborrezco a todos.
—¿Que ya no se aparezcan tanto? ¿Entonces sí vinieron algunos?
—Así es. Mientras te ocupabas de alguna cosa adentro, en el almacén, uno que otro se apareció por la tienda. Pero lo despaché rápido y lo mandé a la mierda antes de que intente algo.
—Eres tan cruel. ¡Piensa en cuántos corazones has roto! —dramatizó Connie, golpeándose el pecho y negando con la cabeza. Eren le puso su mejor mueca de enfado y le dio la espalda para abrir la cerradura del escaparate que iba a limpiar. Este contenía varios peluches, de los cuales los de mayor tamaño se exhibían en la parte superior. Abierta la vitrina, Connie continuó—: A propósito, aquí viene uno.
Sobre eso, Eren no estaba muy de acuerdo. Al bazar acababa de ingresar un compañero suyo de clases, Reiner Braun. Lo consideraba un buen sujeto, parecía tener madera de líder, y lo que más le agradaba era que jamás había percibido que tuviera las mismas intenciones que aquellos que lo visitaban solo para insinuársele. Reiner, por el contrario, acudía a la tienda para ofrecerse a ayudarle con sus labores y algunos apuntes de clase. Eren los recibía gustoso, asegurándole que se los devolvería apenas volvieran a verse. Reiner ya no lo visitaba tan asiduamente como solía, y se lo atribuyó a que debía estar ocupado buscando algún trabajo como practicante. [1]
—¡Cállate, Connie! —reclamó en un susurro, ofendido de lo que insinuaba. Luego se dirigió a su compañero—: Hola, Reiner.
—Qué tal, Eren. Llevo mucho sin venir por aquí, pero hoy te vi algo distraído en clase, más que otros días —bromeó—, así que decidí traerte algunas notas sobre lo que hicimos hoy.
—¡Muchas gracias! —dijo, con una sonrisa de oreja a oreja mientras recibía el cuaderno que le ofrecían. Connie examinó detenidamente el semblante de Reiner, y solo pudo confirmar sus sospechas—. ¡Te lo devolveré mañana mismo!
Reiner solo asintió y, sin pedir permiso alguno, acompañó a Eren en su trabajo, ayudándole en cuanto necesite hasta que llegó su hora de salida. Luego de asearse en el baño del bazar y deshacerse del mandil, Eren volvió al mostrador y tomó sus pertenencias del perchero.
—Bueno, nos vemos mañana, Connie —se despidió el muchacho, recibiendo una mirada misteriosa de su amigo. Casi le pareció desaprobatoria—. ¿Pasa algo?
—No, no es nada. Nada más se me hace raro que alguien haga el aseo por aquí sin esperar nada a cambio. —Vio venir un reproche de Eren, así que se apuró a aclarar—: Solo digo, no me meto. A propósito, sigue aquí, no se ha marchado.
—Eren —intervino Reiner, aproximándose al chico—, ¿te importaría si nos vamos juntos? Me quedé más tiempo del que pensaba, las horas se nos fueron volando, ¿no crees?
—Seguro, no hay problema —respondió Eren, colgándose al hombro su morral. Sintió nuevamente esa mirada de Connie sobre él.
Ambos muchachos salieron del bazar. Reiner iba platicándole sobre una pastelería que recientemente habían aperturado, asegurándole que los sabores eran exquisitos e invitándolo a acompañarlo en ese mismo momento si así lo deseaba. Eren vaciló un momento, principalmente porque un espinazo de decepción se había incrustado en su pecho. Porque su sorpresa no estaba esperando por él afuera del bazar.
Hasta ese día, con algunas poquísimas y contadas excepciones, Farlan aguardaba por él en una banca cerca al bazar. Solía esperarlo sentado, con los brazos cruzados y mirando detenidamente el suelo, de modo que no veía llegar a Eren y este terminaba por pegarle un susto tremendo. Luego, si ambos lo deseaban, daban una vuelta sin rumbo, como aquel día que se conocieron, y sin necesidad de planificar nada se lo pasaban excelente hasta que quedaban agotados y cada uno tomaba el tren con dirección a sus hogares.
Mientras se decidía sobre acompañarlo o no, ensimismado en sus recuerdos y en el asfalto que pisaba, estuvo a punto de chocar contra el que fuera su sorpresa.
—¿Eren? —preguntó Farlan, con una ceja curvada, pero sin mirarle. Sus ojos estaban más bien enfocados en quien lo acompañaba.
—Hola, Farlan —respondió él, sinceramente sorprendido—. ¿Qué haces aquí?
—Hola, soy Reiner Braun, compañero de Eren —saludó. Farlan captó en el acto que aquel muchacho parecía conocerlo, al menos de vista.
—Mucho gusto. Farlan Church.
—Pensábamos ir a una pastelería —se apresuró a aclarar Reiner. Eren lo vio bastante sorprendido, ya que aún no le había confirmado nada.
—Ya veo... Comprendo —dijo, clavando sus ojos en Eren en un mudo reclamo. Su silenciosa forma de insinuar que deseaba explicaciones, pero que era incapaz de procesar en palabras por orgullo—. Lo siento por interrumpir, Eren. Con permiso.
Confundido por lo que acababa de ocurrirle, intercaló su mirada entre Reiner, que seguía a su lado –sospechosamente pegado a él–, y Farlan, que se alejaba. Al darse cuenta de que su sorpresa estaba a punto de doblar por la esquina, reaccionó y se alejó abruptamente de Reiner.
—¡Debo irme!
—¿Por qué?
—¡Porque suelo salir con él! —gritó, sobresaltado por lo que estaba pasando.
—Lo suponía...
—¿Lo suponías?
—La verdad vine muchas otras veces, justo antes de que salgas, pero cuando iba a acercarme te veía con él. Por eso... Por eso hoy quise llegar antes —confesó Reiner frente a un incrédulo Eren.
—¡Connie tenía razón!
—¿No te diste cuenta de que estaba interesado en ti?
—¡Claro que no! ¡Para mí eras solo un buen amigo!
—Lo lamento, pero yo te veía con otros ojos...
—¡Olvídalo! —vociferó, preso de la angustia al pensar en cuánto tiempo estaba perdiendo—. Lo siento, ahora no puedo platicar contigo... Perdóname, Reiner... Te agradezco que hayas sido tan amable, pero yo... Yo no soporto a aquellos que se me insinúan.
—¿Y a él por qué sí?
—Bueno, él es diferente... —susurró, desviando la mirada—. Él no se acercó a mí con esas intenciones y no fue descarado.
—Yo tampoco, Eren.
—Sí, pero ya lo conocía a él. Además, siempre te vi como amigo.
—Entiendo... Creo que no puedo hacer nada contra eso.
—Lo siento, pero debo irme. Te veo después, Reiner. —Impaciente, Eren se echó a correr, por el mismo camino que, supuso, debió seguir Farlan. Dobló por la esquina y, para su propia sorpresa, lo halló recargado contra una pared, cruzado de brazos, con el ceño fruncido y exhalando vapor por causa del frío. Apuró el paso y, con la respiración agitada por el cansancio, se plantó a su lado.
Farlan reparó en su presencia al oírlo respirar tan pesadamente, y no pudo ocultar su sorpresa. Él imaginaba a Eren disfrutando ya de un pastel de chocolate en compañía de aquel rubio enorme.
—Oye, qué ha sido eso... —jadeó Eren, apoyando sus manos sobre sus rodillas.
—No es nada. Supuse que interrumpía y decidí marcharme —respondió, lleno de un aplomo y dignidad que Eren nunca antes le había visto.
—No interrumpías nada, idiota —reclamó, ya más recuperado. Apoyó su cuerpo también sobre el muro y se acomodó el morral, que por culpa de su carrera estaba a punto de caérsele.
—Disculpa, pero si veo a dos personas que prácticamente van de la mano y una afirma que irán a una pastelería, créeme, no queda mucho por decir ni por pensar —protestó Farlan, girándose para encarar a Eren. Lucía casi ofendido.
—Yo debería ponerme tan digno, no tú. No te va nada bien esto —replicó, igual de ofendido, también encarándolo.
—¿Y yo qué hice?
—Nada. No hiciste nada —se corrigió Eren con un deje de tristeza, pero sin dejar de sonar como un ataque, recordando su plática con Connie—. Porque tú y yo no somos nada. Apenas salimos.
—Bien —resopló Farlan, incrédulo—. Si para ti esto no es nada, me parece bien.
—¿Y ahora qué te pasa?
—¿A mí? Nada. Yo estoy perfectamente bien —bufó, volviendo el rostro hacia el frente para ya no verlo a la cara—. Cómo puedo estar mal si me han aclarado que he pasado dos meses con alguien para quien lo que hicimos no significó nada. Estoy excelente, no tienes idea.
—¡Pero si es a ti a quien esto le da igual! ¡Tanto que esta tarde fuiste a encontrarte con tu ex! Eres increíble...
—Espera —dijo Farlan, volviendo a mirarlo, bastante sorprendido—, ¿mi ex? ¿Nos viste?
—¿Por qué? ¿Te preocupa? ¿Lo arruiné? —espetó Eren, furioso.
—¡Fui a verlo porque quería que me devuelva unos libros que se había quedado hace mucho! Espera, ¿estás celoso?
—No digas idioteces. Simplemente me sorprendió.
Conmovido, pese a tener frente a él a un Eren gruñendo como una bestia enjaulada, se aproximó con cuidado hasta tomar sus hombros con sus manos y acercarlo a su cuerpo. En un primer momento dio algo de pelea, pero luego le permitió a Farlan abrazarlo, hasta que finalmente le correspondió.
—Estabas celoso.
—Tú estabas celoso. Me han dicho que no soy muy perceptivo, pero hasta yo noté que quisiste pulverizarlo —susurró, presos sus labios al tener su rostro contra el pecho de Farlan.
—Vale, estaba celoso —cedió, acariciando su espalda. De pronto, una duda lo asaltó. No había tenido oportunidad de preguntárselo, o más bien no había propiciado que haya un momento adecuado para hacerlo, sobre todo porque temía la respuesta que pudiera darle—. ¿Es cierto que tienes muchos pretendientes?
—Esas son ideas de Connie —refunfuñó, claramente fastidiado de hablar del tema—. Pero sí. Según mi amigo, mucha gente va a comprar solo por verme a mí. No los soporto...
—¿Y al tal Reiner?
—Él es mi amigo, llevamos clases juntos. No me di cuenta hasta ese momento de que también quería lo mismo. —Farlan resopló—. Y solo por si te lo estás preguntando, nunca les hago caso.
—También por si te lo estás preguntando, no me afecta verlo. Hoy lo confirmé. Podemos llevarnos bien y hablar con tranquilidad, pero definitivamente ya no siento nada por él. Romántico por lo menos.
—Hay... Hay algo que... Connie me dijo que debería decírtelo.
—¿Qué es? —dijo, depositando un beso sobre su frente.
—¿Nosotros solo salimos? Es decir, ¿nos debemos lealtad y esas cosas?
—No sé tú, pero yo no estoy dispuesto a compartirte. Creí que eso estaba claro.
—No me refiero solo a eso... Es decir, ¿qué somos?
—Comprendo. —Distanció unos cuantos centímetros de su cuerpo a Eren y continuó—: ¿Quieres saber si somos pareja? —Eren asintió—. Claro que lo somos, o eso me figuraba yo hasta que lo preguntaste.
—Bien. Somos pareja entonces. —Volvió a asentir, pero no pudo evitar esbozar una tenue sonrisa.
Farlan lo tomó de la mano y se echó a andar a su lado, volviendo a guiarlo. Frente al semáforo que viera en la tarde, en el momento que lo descubrió bebiendo café mientras recibía a su ex, unos brazos envolviendo su cintura lo sorprendieron gratamente. Sus manos, prestas a las caricias, rozaron esos antebrazos; y su cabeza y espalda quedaron apoyadas en el pecho y hombro de Farlan.
—Eres lindo... Lindo... —susurró este, acariciando discretamente su cuello con su nariz, aspirando su aroma—. Cómo puedes esperar que quiera compartirte...
—Yo tampoco quiero eso...
—A partir de ahora no aceptes a nadie que quiera invitarte a salir. No si tiene esas intenciones. Debes volverte más avispado, Eren.
—De acuerdo —jadeó, satisfecho por las caricias que recibía—. Vamos, ya cambió la luz.
Continuaron con su camino, avanzando a tropezones al negarse a soltarse el uno al otro. La gente, extrañadísima, los veía avanzar en medio de risas sin romper ni por un instante su abrazo. Luego de dos meses ya estaban bastante habituados a llamar la atención de los transeúntes, incluso alguno ya los reconocía, y pese a que otros pocos criticaban en medio de murmullos su comportamiento, procuraban ignorarlos.
Amparados por la oscuridad del cielo, sentados ambos en la ya muy recorrida plaza, volvieron a unirse en un beso. Corto, divertido. Casi un juego. Un juego que terminaba por tentar al otro.
Pero ambos sabían que era demasiado pronto. Porque apresurarlo todo solo conduce al estropicio. No tenían prisa porque estaban convencidos de que les restaba mucho tiempo para aprender, para descubrirse el uno al otro, mucho más íntimamente.
Y cuando llegaba el momento de separarse, cuando cada uno se hallaba en su habitación, cubierto por las sábanas, intentaban en vano dormir. El sueño no acudía a ellos porque su mente se entretenía en recordar cada detalle vivido: su nombre, tan significativo e importante a oídos suyos, su voz, que resonaba incesante, sus ojos de bellos colores y los labios tornados rojos por causa de los besos; y a la vez la ansiedad que los consumía a la espera de su reencuentro.
En medio de vueltas incesantes sobre el colchón, el cansancio terminaba por vencerlos. Y ni en sueños uno abandonaba al otro.
Farlan creía que ya había olvidado aquella sensación. O por lo menos se había convencido de que nunca más volvería a sentir algo semejante. Pero estaba muy equivocado.
Y estar equivocado sobre algo nunca antes le satisfizo tanto.
.
.
.
Fin
.
.
.
[1]: Creo que Eren es del tipo que si no eres directo, no se da cuenta de nada, por eso no sospecha nada de Reiner xD
N.A: Bueno, terminado ahora sí xD Ojalá te guste u.u
Muchas gracias a quienes leyeron este fic XD de verdad, no puedo creer que tenga más de tres comentarios a pesar de ser crack...
Nos leemos n_n
