Esa mirada. Esos ojos azules brillantes, pero no del tipo de brillo que le gustaba. Kageyama estaba enojado.

Hinata cerró la puerta con cuidado, como si temiera hacer ruido. ¡Cómo si se escuchara! La habitación estaba llena de los regaños de su compañero.

― Sabes que tenemos una sola llave, hasta que hagamos la copia no puedes llegar a la hora que se te dé la gana ―le decía con ese tono de voz.

― Son las doce...

― Las doce y media, y mañana tenemos la primera clase del año temprano ―bufó, su mala cara y su mal humor inamovibles―. Tendremos que establecer reglas de convivencia.

Oh, no. Tenía la esperanza que a la larga, Kageyama no se volviera su madre, ese rol ya era de su mamá... y de Sugawara. No necesitaba más madres. Solo se distrajo con los chicos y Tanaka insistió que no se fuera y Nishinoya dijo algo y ka-bum, ¿Qué te pasa, reloj? De repente habían pasado los minutos, los largos minutos. Eran las doce y media y sabía que Kageyama lo iba a esperar con esa cara y esos ojos brillantes y enojados.

Kageyama le lanzó las llaves y trancó la puerta. Apagó la luz. Se quitó las zapatillas y los pantalones, tirándose en la cama. No quería oír más quejas. Se tapó hasta el cuello y se acurrucó contra la cama, cómoda y cálida, pero extraña. Era como quedarse a dormir en la casa de un amigo, en ese colchón que nunca nadie usa. Se sentía ajeno, todavía no asimilaba la idea de que viviría aquí.

― Cuéntame algo ―pidió Hinata.

No tenía un ápice de sueño. Anhelaba algo familiar y la voz de Kageyama podía aliviar sus preocupaciones.

― ¿Contarte qué?

― Algo. No tengo sueño.

Mientras el aire se llenaba de silencio, sacó su mano de debajo de las mantas y la puso frente a su rostro. Apenas notaba la diferencia entre la oscuridad y la mancha de su mano. Estuvo tentado de estirar el brazo y rozar la cama contigua, pero no pudo. No debía, por más que quisiera. Ni siquiera sabía si su bracito llegaría, pero anhelaba tanto su contacto... pero ese era un sentimiento con el que había aprendido a vivir.

Cuando creyó que Kageyama no iba a contestarle, llenó el vacío con su voz.

― ¿Tienes algún defecto de convivencia? Además de ser insoportable todo el tiempo.

― Yo no soy insoportable, tú tienes un humor de m...

― Eres insoportable.

Hinata le hizo un puchero a la oscuridad.

― No sé sobre mis defectos de convivencia, a ti puede molestarte cualquier cosa. Se verá con el tiempo.

― Supongo que en algo tienes razón: se verá con el tiempo ―murmuró.

Durante la conversación, Hinata abrazó la almohada, ya no lo negaba, si tenía que pretender que esa almohada era él, ¿Qué más podría hacer? No podía aspirar más que esto. Refregó su rostro contra ella, imaginándose que era el pecho de la persona que más quería.

― Mañana tendremos la primera práctica como grupo oficial, con Suga y Daichi y Asahi...

― Lo sé ―la voz de Kageyama se oía cansada―. Deja de hablar y duerme.

― No puedo ―apretó la almohada contra su cuerpo― no tengo sueño.

― Porque no dejas de hablar.

― Eso no es cierto, no tengo sueño y por eso hablo.

― Esta discusión es estúpida, deja de molestar y duérmete, idiota.

Molestar. Odiaba esa palabra. Se quedó callado, aferrado a la almohada. No, definitivamente era imposible conciliar el sueño. Los nervios le estaban destrozando el estómago, nervios de empezar la universidad, de empezar los torneos de su vida, de dormir a menos de un metro de distancia de la persona que no salía nunca de su cabeza. Nervios. Nervios puros e indomables.

Se levantó y buscó sus pantalones, calzándose las zapatillas a ciegas.

― ¿Qué estás haciendo?

― Voy a dar una vuelta.

― Hinata, vuelve a la cama y... ugh, ¿Por qué eres tan difícil? ―refunfuñó para sí.

Porque estoy enamorado de ti, quiso responder. En vez de eso, salió.

Se arrepintió. La falta de luz del pasillo... ¡No tenía miedo! Por supuesto que no. Pero era bastante aterrador. Al avanzar, solo escuchaba el sordo sonido de sus pasos y su respiración intranquila. Tuvo ganas de echar a correr, todo el tiempo. El nerviosismo que tenía antes se intensificó a lo largo del camino, que no era corto: dos pisos y todo el hall escolar, enorme y vacío. No había un alma. Y los nervios no ayudaban en nada.

Se sintió muchísimo mejor cuando se encontró afuera de la universidad. El viento corría con suavidad, casi preocupándolo por no haber traído un abrigo. Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared, no muy lejos de la entrada. Le hubiera gustado que todo el establecimiento estuviera mejor iluminado, entonces no sentiría tanta desconfianza hacia el entorno. O hacia todo.

Era un poco cosa del momento. Hinata no se sentía así siempre, pero de vez en cuando, se encontraba solo y con el corazón pesado, entonces solo podía correr o gritar o quedarse sentado mirando el cielo. Como ahora. La tristeza se fue ahondando con una sola cosa en mente: ¿Podría realmente soportar vivir con Kageyama? Sería duro.

― ¿Qué te pasa?

Por poco le da un ataque al corazón.

Oh, debía verse terrible, porque tenía ganas de llorar. Se frotó la cara lo más disimuladamente posible y esbozó una sonrisa torpe a Sugawara.

― Nada, ¿Qué haces aquí?

Él continuó parado, observándolo. No parecía contento con esa respuesta. No parecía tan mayor como era, los años habían sido generosos con él y aun parecía el sempai de escuela que había conocido. Pero ahora era un adulto. A decir verdad, era chocante. Pero no lo mencionó.

― Hinata, en serio.

Su sonrisa desfalleció, convirtiéndose en una mueca de absoluto desconsuelo. No podía mentirle. Sugawara se agachó, sentándose junto a él.

― Cuéntame.

― Yo... me... uh ―dudó, pero la expresión serena de Suga le inspiró ánimos―. Estoy enamorado de Kageyama ―dijo firme pero bajo.

Le daba vergüenza. Él sería la primera persona en saberlo. Era la primera vez que lo decía en voz alta, que se lo contaba a alguien y se sentía... liberador. Bien y raro al mismo tiempo. Pero Sugawara era una persona en la que podía confiar completamente.

Siempre le había inspirado confianza. A pesar de que estos últimos años no se habían visto demasiado (unos partidos los fines de semana), ese lazo que se había formado era permanente. Las amistades que había formado en el club serían para siempre y Suga era la prueba viviente de ello. Y, rebosante de confianza, no podía hacer otra cosa que rendirse y decirlo. Al fin y al cabo, se sentía mejor.

― Ya veo... ese es un problema ―ladeó la cabeza, sopesando pensamientos. Sus ojos eran más claros que los de Kageyama, pero podían ser igual de serios cuando se lo proponían. Pero a diferencia del azul que amaba, aquel celeste era siempre cálido.― ¿Te acabas de dar cuenta? Es posible que confundas la relación que tienen en equipo con la personal.

― No. Estoy seguro ―sonrió sin gracia―. Estoy seguro hace dos años.

― Oh.

Como Sugawara no sabía que decir, lo abrazó. Hinata sintió ganas de largarse a llorar desconsoladamente, pero las lágrimas no salieron. No las forzó. Si no podía llorar, iba a intentar enmendar su corazón en fragmentos, esperando a que los pedazos resistieran un tiempo más. Indefinidamente.

― ¿No le piensas decir nada?

― No. Tú sabes que es... intenso ―le gustaba esa palabra para definirlo. El abrazo se fue deshaciendo lentamente hasta que volvieron a sus posiciones iniciales―. ¿Qué pasaría si se enoja mucho conmigo? El equipo...

― Pero ―lo interrumpió― ¿Qué hay de tus sentimientos? Está bien que te preocupes por el equipo, pero no puedes sostener esto eternamente.

― Sí puedo ―contestó, testarudo―. Además, espero que no sea eterno. El amor no es eterno, ¿No?

Pero Hinata sabía cuál era la respuesta y le aterraba más que un pasillo vacío o un torneo perdido. El amor podía ser eterno. ¡No siempre! Pero no sería inusual que muriera con esos sentimientos.

― De todas maneras, el vóley es algo que amo. No puedo permitir perder eso.

Sugawara asintió, pero no parecía estar de acuerdo. Con el tiempo, Hinata fue aprendiendo que las personas podían hacer un gesto y estar diciendo otro. Odiaba cuando hacían eso, pero era un poco hipócrita porque vivía haciendo lo mismo frente a Kageyama.

Soltó un gran suspiro, de una dimensión inmensa. Se aseguró de largar cualquier sentimiento negativo con él. Volteó hacia Sugawara, que tenía la vista clavada en el césped.

― ¿Y a ti? ¿Quién te gusta? ―preguntó juguetonamente, luchando por cambiar la atmosfera depresiva.

― ¿Q-quién te dijo que me gusta alguien? ―Sonó tan a la defensiva que él mismo dijo con rapidez― No, no es que me guste alguien.

Hinata se rió. Era tan evidente.

― Vamos, ¿Quién es?

― Eh... hum.

― ¡Yo te conté! ―Lo instó.

Era una excusa barata, porque pudo haberse guardado el secreto. Aun así, pareció funcionar. No podía verlo bien, así que no supo si Sugawara se estaba sonrojando, pero eso le pareció. Era insólito ver a alguien que normalmente era un refrescante líder convertido en un manojo de tonta timidez. Pero a pesar de todo, su rostro se iluminó en una calma sonrisa.

― Daichi.

― ¿QUEEEEE?

A pesar de que eso era lo último que esperaba escuchar... tenía sentido. Mucho.

― P-pero... ¿Están juntos?

― Sí... ah, ¿Es muy obvio? ―preguntó, rascándose la mejilla.

― Ahora que lo dices... un poco ―rió.

El resto de la charla fue simple. Hinata le preguntó cómo habían terminado juntos y Sugawara se explayó en detalles bonitos que hicieron que Hinata sintiera muy contento por él, y por qué no, un tanto de envidia. Pero era bueno que estuvieran juntos. Era bueno saberlo. Siempre es bueno saber que tus amigos son felices, incluso si tú no lo eres. ¡Hey! Hinata sí era feliz. Salvo a veces, días como hoy.

A las dos de la mañana, decidieron que era demasiado tarde como para quedarse hablando, ambos tenían clases mañana. El primer día de clases. A Hinata se le revolvió el estómago, otra vez.

Cuando subieron a los cuartos, ya no sintió tanto miedo a los solitarios pasillos, porque justamente, ya no estaba solo.

Ahora, le tocaba la misión imposible: abrir la puerta con infinito sigilo. Si Kageyama se despertaba, era hombre muerto. Por las dudas, se sacó el calzado antes de entrar. La operación estaba yendo a la perfección. Tenía que acostarse manteniendo el mismo endeble silencio y lograría sobrevivir sin que su compañero de cuarto lo despellejara vivo. Bien. Lento. Silencioso. Bien.

― ¿Hinata?

El horror no fue por saber que estaba despierto. Fue por lo cercana que se oyó la voz. Pegó un respingo cuando una mano lo agarró del brazo. No podía verlo, pero podía sentir su cuerpo cerca. Estiró los brazos, queriendo saber qué tan cerca. En seguida, tocó la suave tela de su camiseta. Las palmas de sus manos se acomodaron en el pecho de la persona dueña de su corazón. ¡Es el sueño!, se dijo. Basta de fastidioso romanticismo. Su vida corría peligro.

― No me mates ―murmuró― no quería despertarte...

― Ya estaba despierto.

Se oía tranquilo. Él lo soltó y se lamentó. Le gustaba que Kageyama lo tocara, por más que solo le estuviera agarrando el brazo en la mitad de la noche. Se sentía tan nervioso.

Kageyama prendió la luz y tuvo que parpadear varias veces. Se cubrió un poco los ojos hasta que se acostumbró al brillo de la habitación. Ay, ¿Cuándo dejó caer las zapatillas? Las recogió y las dejó al lado de la cama.

Su compañero se estaba sirviendo agua. Ambos habían pagado esa mini-heladera y era la mejor cosa en la que había invertido. La habían llenado de gaseosas.

Vio al pelinegro sentarse en su cama. Se veía muy cansado, desvelado. Bebió con la vista fija en las sábanas. Hinata no podía dejar de mirarlo. Era el mismo chico de quince años con el que habían empezado en Karasuno. No había cambiado nada, y al mismo tiempo, era tan diferente. El egoísmo se fue desvaneciendo, al igual que su personalidad cerrada, pero a veces se daba cuenta que eso último era exclusivo para Hinata. Si con alguien podía abrirse, era con él. Kageyama era adorable cuando lo hacía, cuando le manifestaba alguna preocupación o algún sentimiento. O cuando se preocupaba por él. Físicamente, se veía más maduro. Más serio. Mantenía el mismo corte de pelo, lo mismo. Todo era lo mismo. Sus sentimientos eran los mismos que el primer día en el cual se sorprendió afirmando que gustaba de él. Y esos sentimientos solo se habían profundizado con los años. Ese deseo constante de querer abrazarlo, de callarlo con un beso, de hacer todas las cosas que pudiera hacer con él.

¿Por qué era tan complicado apartar la mirada? Lo hizo. Porque el corazón comenzaba a pesarle otra vez.

― Hinata, apaga la luz.

― Como ordene el rey.

Lo dijo de mala manera a propósito, sabiendo cuanto le irritaba que le dijeran rey. Pero no iba a dejar que le diera órdenes así como así. De todas formas, como debían dormir, se levantó a apagar la luz.

― No me llames así ―gruñó, y volviendo a la cama oyó el sonido del vaso contra el suelo.

― No me digas que hacer ―respondió, sin malicia esta vez. Sonaba más a una sugerencia amistosa.

No quería el silencio de nuevo. Se aclaró la voz, acomodando todo su cuerpo en dirección a él.

― Y tú... ¿Tienes algún defecto de convivencia? ―inquirió, curioso.

― Sí. Despiértame un sábado o domingo y lo lamentarás.

― Eso ya lo sabía ―se quejó, quería aprender algo nuevo de él―. Algo que no sepa.

Kageyama se había quedado a dormir muchas noches durante sus épocas de escuela (y era tan nostálgico que esas épocas hayan sido hace tan poco). Su madre y su hermanita se habían encariñado con él y como su casa era grande, a él le gustaba venir. Practicaban vóley en el patio y veían películas o partidos viejos de vóley, como una pijamada. Le gustaría volver a esas noches. Eran agradables y divertidas, era... era feliz. Aquí no tenían televisión ni un gran patio para practicar, pero se las arreglarían, estaba seguro de eso.

― Tampoco me despiertes en las noches. Y no te robes la comida que dejo en el refrigerador.

― Esos no son defectos, esas son amenazas que ya me hiciste cuando te quedabas en casa.

― Pero no toques mi comida.

― También es mi refrigerador...

― Si sabes lo que te conviene, no la toques.

Su tono era más espeluznante así que hizo una nota mental de no tocar, bajo ningún concepto, su comida. No quería que la conversación se terminara ahí, así que dijo lo primero que se le vino a la cabeza.

― Me encontré a Suga afuera ―le comentó.

― Hum.

― Wow, qué emoción.

― Duérmete, Hinata.

― Quiero hablar...

Escuchó un resoplido.

― ¿Y qué pasó con Sugawara? ―su tono era de burla, con interés tan forzado que era indudablemente falso.

― Solo hablamos.

― ¿De qué hablaron?

¿Por qué sacó el tema a colación? Qué idiotez acababa de cometer. Ya no tenía ganas de hablar.

― Eh... nada.

― ¿Insistes en hablar para contarme que afuera hablaron de nada? ―sí, definitivamente se estaba enojando.

―...sí.

― Duérmete. Mañana será un largo día.

― Buenas noches.

―...Buenas noches.

Volvió a acurrucarse en el solitario calor de su cama. Volvió a abrazar la almohada. Volvió a pensar en él.

Todo era tan simple, tan rutinario.

No tenían idea de cuánto iban a cambiar estos días.


Primero que nada quería aclarar para los que me dejan comentarios anónimos: No puedo contestarlos. Y varios me dejaron preguntas en comentarios anónimos, además de que siempre me gusta responderles. O se hacen una cuenta o no esperen que les responda (¡Porque no me deja!).

Y aclarando dudas de los anónimos, sí, el fic tendrá lemon c:

Me alegré mucho al recibir tantos comentarios solo en el prólogo, así que decidí publicar este capítulo antes de lo que tenía planeado, me alegra mucho que haya sido bien aceptado y les haya interesado, así que gracias a todos los que leyeron y comentaron el fic~