― Dije que estoy bien, ¡Estoy bien!

Sugawara y Daichi intercambiaron miradas de desconfianza. Pero Hinata estaba siendo sincero: se sentía bien. Quitando, obviamente, las ganas de tirarse a un pozo y no volver a salir. Fuera de eso, se había sacado un peso de encima al gritarle a Kageyama. Era como si no tuviera que cargar más con lo que había acarreado tanto tiempo, ahora lo había soltado, mirando cómo caía al suelo y se rompía, diciendo "ya no me hago cargo". No más amistad, no más problemas.

En el fondo, sabía que se estaba consolando y era más complicado. E iba a ser complicado. No se podía deshacer de sus sentimientos de un día para el otro y no podía pelearse con su compañero de cuarto y de vóley. Si lo hacía, todo se iría cuesta abajo.

Y lo había hecho. Se había enojado, le había gritado y, al carajo con todo, se sentía bien. Era como salir de la ducha, limpio y renovado. Más relajado, seguro. No se permitió pensar ahora en las consecuencias que traería todo esto.

― Bueno, entonces me alegro ―dijo Suga, dudoso.

Daichi suspiró. Empezó a decir algo que sonaba serio, así que Hinata lo interrumpió. No necesitaba sermones, no ahora.

― Ahí viene el autobús ―señaló, bajando a la calle―. Gracias por acompañarme a la parada, ¡Nos vemos el lunes!

Buscó un asiento cerca de la ventana y agitó la mano para despedirse de sus amigos. Suga le devolvió el gesto y Daichi le sonrió. El autobús arrancó, dejando todo atrás. Se sentía un poco como estar huyendo. "No. Me voy a casa."

Sin embargo, el viaje era largo e inevitablemente terminó pensando en el día anterior. Hinata había estado ocultando lo mal que estaba emocionalmente para poder disfrutar de una buena práctica en la tarde. No había mejorado después de ver a Kageyama, su intento de abrazo no correspondido y el hecho de que lo ignorara durante el almuerzo. Pero qué le iba a hacer, se trataba de Kageyama.

Eso pensó.

Después de que la práctica fuera un desastre y él saliera, seguido de Nishinoya, Tanaka y Asahi, supo que algo andaba mal. Daichi le dijo que era mejor que no se metiera, que parecía asunto de ellos. Hinata se quedó impaciente en la puerta hasta que volvieron, pero luego Nishinoya abrazó a Kageyama y no entendía nada.

No eran celos. No era envidia. Era furia, contra Kageyama. ¿Por qué no lo había abrazado a él, a su mejor amigo, cuando se sentía terrible? ¿Por qué sí a Nishinoya? El sentimiento exacto era el de haberse dado cuenta que realmente no era privilegiado en tener una amistad con él como había pensado tanto tiempo, que no era especial porque un tipo tan indiferente le tenía aprecio. No. Y como era así, la amistad perdió un valor muy importante para él.

Tenía una amistad entre manos que no quería tener y que, para colmo, no era tan valiosa como creía, ¿Qué más iba a hacer?

Sugawara lo siguió cuando salió enojado de la cancha. No compartió todas estas ideas con él, pero aceptó su consuelo que sirvió para sacar toda la pena que había dentro suyo. Cuando logró calmarse para irse a la habitación a dormir, Kageyama llegó y la bomba estalló sola.

Se sentía bien, en serio. Todavía estaba tratando de descifrar si es que de verdad se sentía más ligero o había quedado un vacío en su interior. Rogaba con que fuera lo primero.

En casa lo recibieron con una alegría que Hinata no pudo compartir. Negó con la cabeza y respondió "nada" cuando su madre indagó sobre qué andaba mal y su hermanita lo siguió con sus ojos grades hasta que se encerró en la habitación. No era justo venir a pasar el fin de semana con la familia y quedarse solo, pero era más el alivio cuando no tenía fingir sonrisas. De todas formas, no estaba fingiendo nada, y eso era lo que había preocupado a su madre.

― Estoy cansado ―explicó durante el almuerzo―, no es nada ―le aseguró.

Ella no parecía satisfecha, pero no indagó. En cambio, empezó a hacer preguntas acerca de la universidad y las clases, hasta que sin saberlo, se metió con lo que no debía.

― ¿Cómo está el equipo de vóley? ¿Y Kageyama?

― Bien ―respondió automáticamente. Empujó el plato a medio terminar y se levantó de la mesa―. No tengo hambre. Me voy a dormir.

― Pero no has terminado la comida ―le replicó, incrédula―. Hinata...

Se fue al baño y se lavó la cara. El espejo le devolvió una expresión desolada, exaltada como la de un animal en peligro. Se daba pena a sí mismo. Sus ojos brillaban de húmeda tristeza y se tiró más agua para poder enjuagar la angustia. Como no funcionaba, se fue a su cuarto.

Bajó la persiana y se acostó. Sí, era la primera vez que rechazaba la comida sin ninguna razón. ¿Se encontraría deprimido? No tenía hambre. La parte de estar cansado era cierta, pero no sabía si era capaz de dormirse, a pesar de que los párpados le pesaban y el cuerpo agradecía la cama mullida.

Su habitación no había cambiado mucho en estos años. Seguía en su constante desorden, el escritorio lleno de deberes, que ahora no eran suyos, sino de su hermanita, que también tenía su cama cerca de la de él.

Inspeccionando el cuarto, se quedó dormido en algún momento. Los golpes en la puerta lo sobresaltaron y su madre abrió la puerta. Tenía la extraña sensación de haber estado soñando, por eso creyó que aun lo hacía cuando vio a Kageyama entrar por la puerta. Pero estaba seguro de que había escuchado a su madre y se le quedó mirando estúpidamente.

Esto no era un sueño.

― ¿Qué haces aquí? ―le espetó.

― Tu madre me llamó y me dijo que era urgente... que podrías estar muriendo...

Kageyama estaba serio, pero al parecer, sus ganas de irse eran las mismas ganas que tenía Hinata de echarlo. No podía creer que su madre lo hubiera llamado a él porque estaba preocupada de su salud, o lo que sea. A veces podía ser una exagerada. ¿O había exagerado para que él viniera a animarlo? Como fuere, no lo quería aquí.

― No me estoy muriendo, así que puedes irte.

Se dio vuelta, dándole la espalda. Estaba siendo descortés e infantil pero, ¿Qué más iba a hacer? Clavó la vista en la pared y se refugió en el calor de las sábanas. No escuchó pasos, no escuchó una puerta cerrarse, nada. No se fue.

― ¿Podemos hablar?

Sonó tan humilde, tan impropio de él. Qué diablos. No.

― No. ¡Vete!

Se sentía increíblemente mal y bien no tener que responderle con palabras bonitas. Odiaba cuando alguien quería decir algo y decía otra cosa, eso siempre. Ahora no estaba siendo más hipócrita y encontraba una especie paz consigo mismo, y al mismo tiempo, había cagado la relación que tenía con su mejor amigo, la persona que amaba. Eso lo estaba matando por dentro, pero pretender también lo mataba por dentro, así que, al fin y al cabo, era lo mismo.

Esta vez sí lo oyó salir y eso lo tranquilizó. Pero enseguida entró su madre.

― ¡Shouyou Hinata qué crees que estás haciendo? ―se oía tan indignada como sorprendida y no parecía decidirse de cuál de las dos maneras mostrarse.

― Yo no le pedí que viniera ―le contestó, poniéndose de pie.

Su madre tenía la misma altura que él. La podía mirar a los ojos y eso siempre lo reconfortaba, pero por alguna razón, hoy se sentía más pequeño. Juntó sus manos, ansioso y nervioso. Era mayor de edad, no se suponía que lo estuvieran retando.

― Yo lo hice y estamos preocupados por ti.

― Mamaaá, no lo incluyas en esa frase, no lo metas en esto ―le pidió, entre enojado y suplicante.

― Shouyou, estoy muy decepcionada.

Eso fue lo último que dijo antes de irse y para él fue como una patada en el estómago. Los ojos se le llenaron de lágrimas. ¿Por qué nadie lo entendía? Se asomó como si fuera un perrito asustado. Su madre hablaba con Kageyama en la puerta y después ella le abrió.

Por impulso, por las palabras de su madre, por instinto puro. O por nada de eso. Por alguna razón, corrió hacia la puerta y salió, cerrándola para que su madre no le dijera nada. Kageyama se dio vuelta y le frunció el ceño. Supo que debía decir algo, pero no estaba preparado para decir nada. Ni siquiera tenía algo que decir.

― ¿Por qué viniste? ―inquirió.

― Ya te lo dije, idiota.

― ¿Y de qué querías hablar?

Hinata ya había dicho todo lo que tenía que decir, a excepción de un te amo. Que, por razones más que evidentes, no iba a pronunciar. Quizás se apiadó, como él ya le dijo todo, escucharía todo lo que Kageyama tenía para decir. Y con suerte, le haría el suficiente daño como para odiarlo. ¿Eso era posible? Ojalá que sí, deseó.

― ¿Qué fue todo lo de ayer?

― Todo lo que quería decirte... desde hace tiempo ―se encogió de hombros, intentando restarle importancia. Pero era algo muy grande como para que no importara.

― No jodas, ¿Estás diciendo que nunca fuiste mi amigo y que me odias? Porque nos conocemos hace tres años y si me lo hubieras dicho hace tres años probablemente te hubiera golpeado porque también te odiaba. Pero que me lo digas ahora no tiene sentido ―se cruzó de brazos, tranquilo.

¿Cómo podía estar tan tranquilo? Lo sacaba de quicio. Hinata no podía estar tranquilo. Le dolía el estómago y el pecho, le escocían los ojos y todavía tenía un poco de moco en la nariz por las ganas de llorar de antes. Y las de ahora. Definitivamente no estaba tranquilo.

― Sí tiene sentido ―lo contradijo―. Que no puedas entenderlo no es mi culpa. Si estás diciendo que no mentí mientras estábamos juntos, quiero decir, siendo amigos, es cierto, no lo hice. Fuimos amigos, pero después me cansé de ti, ¿Es tan difícil de entender?

No, pero era difícil de poner en palabras y Kageyama no lo estaba entendiendo. No es como si se hubiera cansado de él, se cansó de estar con él de la manera en que estaban. Pero si lo malinterpretaba, ¿Qué importaba ahora? Nada.

Kageyama lo miró enojado. No le contestó. Esperen, ¡Eso no era enojo! No sabía lo que era. No podía leer su expresión, pero daba miedo, daba la impresión de que estaba furioso. Lo conocía bastante para saber que esa no era su cara de furioso.

Ay, no.

No.

Cuando lo comprendió se sintió una mierda. No había otra palabra para esto. Kageyama se parecía tanto a la imagen que le devolvió su espejo horas antes que se le cayó el alma al suelo. Sus pies se movieron solos cuando avanzó, arrepentido, a darle un abrazo, porque no se le daban muy bien las palabras de consuelo.

Kageyama lo abrazó con tanta fuerza que lo obligó a ponerse en puntitas de pie. Se dio cuenta, por primera vez, cuánto daño le había hecho. Estuvo siendo egoísta, pensando todo este tiempo en cuan pesados habían sido sus emociones que se olvidó de las de él. Se olvidó de todo eso estando en sus brazos, arrepintiéndose de ser tan imbécil. Lo había herido y ahora él lo estaba abrazando como si temiera que desapareciera en cualquier momento.

― Lo siento ―susurró Hinata.

― ¿Por qué no podemos seguir siendo amigos?

Esa pregunta lo pilló desprevenido. Quiso deshacer el abrazo e inventar alguna excusa, pero él lo seguía apretando contra su cuerpo. Se sentía tan cálido que no podía separase. No podía. Que se estuviera comportando como un imbécil no quería decir que sus sentimientos hubieran cambiado. Después de todo lo que dijo, después de todo lo que dijo, seguía completamente enamorado de Kageyama.

― Porque no...

Transcurrieron los largos minutos y Hinata seguía buscando las palabras correctas. No las encontró. Se separó, a pesar de que ni Kageyama ni su propio cuerpo querían. Se aclaró la garganta pero no sabía qué iba a venir a continuación. Todo su valor, toda la satisfacción de haberle gritado en la cara se había desvanecido por completo, dejando lugar a la culpa, un sentimiento que no hacía más que hundirlo más profundo en su malestar.

― ¿Qué estás haciendo? ―cuestionó cuando comenzó a irse.

― Me voy ―dijo tan simple como duro.

― ¿A esta hora? Quédate a dormir.

― No.

― No te vuelvas tan tarde a la universidad ―y esta vez, sí se estaba preocupando por él―. Mamá se quedará más tranquila se te quedas.

Kageyama suspiró y cedió a regañadientes, porque tenía razón.

La cena fue de lo más incómodo. Por suerte, su madre captó la atmosfera e intentó llenar el silencio con preguntas tontas sobre las clases y las materias, haciéndolo más fácil. Natsu contribuyó, como si se hubiera percatado de la situación e intentara resolverla con inocencia.

― ¿Si Kageyama se queda voy a dormir con mamá?

― Sí, amor ―le respondió ella.

― ¿Y podemos ver una película juntas?

― Claro.

Generalmente, corrían la cama de Natsu porque era muy pequeña y tiraban un colchón para que Kageyama pudiera dormir. Esta no fue la excepción.

Le daba un poco de vergüenza que su pijama tuviera ositos, pero era viejo y comprar un pijama nuevo no estaba en su lista de cosas importantes que hacer. Pero en este momento, desearía haberlo puesto en esa lista. Kageyama optó por quedarse con su ropa, de todas formas la ropa de Hinata era muy pequeña como para que le entrase. Cada mirada, cada conversación, cada detalle tonto era incómodo. Estaban peleados y querían arreglarlo, y Hinata sabía que era el único que ponía trabas en ello.

No quería una amistad con Kageyama y tenía la desgracia de ser terco. Y también, tenía al desgracia de ser buena persona y quererlo con todo su corazón, por lo que tampoco podía ser desconsiderado y mandarlo a la... Aunque ya lo había hecho. Y se sentía fatal. ¿Cómo iba a arreglar esto?

Apagó la luz y Kageyama se quejó.

― Espera, no encuentro el colchón.

Hinata lo agarró por la muñeca y lo arrastró por el cuarto, teniendo el mapa de su habitación en la cabeza. Pero no lo soltó. Se acostó en su cama y tiró de él.

Kageyama se sentó en la cama a su lado. Se preguntó qué estaba pensando. Es decir, tienes a tu mejor amigo que ya no quiere ser tu amigo pero te abraza y te incita a que te subas a su cama. Era rarísimo, lo sabía. Si entendieras, insistió, mentalmente, inútilmente, enamorado.

― ¿Quieres dormir aquí? ―le ofreció con voz suave.

― No.

― ¿Estás molesto?

― ¡Sí, estoy molesto! No sé cómo lo haces, pero te las arreglas para fastidiarme siempre.

Lo que realmente le impactó fue la manera calmada con la que lo dijo. Como si estuviera harto de ello, pero al mismo tiempo tratara de decir "no puedo hacer nada". Se fue a su colchón, dejando la cama sola y vacía, toda para él.

Se quedó mirando el techo, sin poder verlo en la oscuridad. Escuchó el murmullo de una televisión en el otro cuarto y los comentarios de su hermanita. Antes era tan sencillo, ¿Qué cambió? El amor seguía siendo el mismo, la relación era la misma antes de que la arruinara...

No. Su amor se extendió hasta que no podía mantenerlo para sí y la relación se había vuelto más íntima desde que se habían mudado. Eran pequeñas cosas que habían roto todo el equilibrio que había entre ellos. Ahora debía decidir si iba a intentar recuperar la amistad que tenían antes o cortar ahora cualquier tipo de amistad. Le hubiera gustado escoger cortar por lo sano, pero había mucho amor de por medio, y como siempre, el vóley también tenía su presencia.

¿Amigos? Eso era lo único que le quedaba. Ofrecer una tregua y seguir tragándose todo. Y seguir rogando, por favor, que el amor no sea eterno.