Al principio, creyó que se encontraba en su casa. Esa calidez y aroma a hogar llenaba la casa de Hinata, que algún día habría considerado casi como propia.
Lo primero que hizo al despabilarse fue reservar un boleto en el autobús de vuelta para la universidad. La buena suerte no estaba de su lado, ya que el más temprano que había disponible era el de las cinco de la tarde. Quería irse ahora. Definitivamente, no la estaba pasando bien. Por suerte, eran las once de la mañana y solo quedaba soportar seis horas de incomodidad con Hinata.
Como era inapropiado levantarse y desayunar si Hinata todavía descansaba, pensó en alguna alternativa para pasar el tiempo. Podría revisar el grupo (ahora apodado "Asahi, el onigiri estaba rancio", quién sabe por qué) pero todos empezarían a interrogarlo. No les había dado explicaciones a Nishinoya ni a Asahi antes de largarse, ni tampoco se había cruzado con los demás. Y aunque fuera a desayunar, si la madre de Hinata estaba despierta, empezaría a preguntarle también.
Solo le quedaba seguir durmiendo. Pero antes, al baño...
Sintió un par de ojos en su espalda cuando se puso de pie. Hinata lo observaba con ojos bien abiertos, como si no hubiera podido dormir en toda la noche.
Fue al baño. Desayunaron juntos, en un silencio que reinaba más intimidante que cualquier contrincante en la cancha. Cuando la madre de Hinata y Natsu se unieron a la mesa, Hinata le ofreció ir al patio. No quería estar a solas con él, pero era mejor que una mirada de madre sobre él y una chiquilla ruidosa (a quien le tenía afecto, pero seguía siendo una chiquilla ruidosa).
Habían practicado muchas veces en ese patio. En varias ocasiones tenían que ir a poner cara lastimera para que el vecino les devolviera la pelota que había terminado desviándose para cualquier lado. Eran buenos recuerdos. Se sentaron en el suelo como si fuera uno de aquellos días.
Era un día espléndido. El sol le bañaba la cara de calidez, no había rastros del frío estacional, y el cielo se vestía de un hermoso celeste. De vez en cuando se oía a un pájaro cantar o algún chillido de Natsu desde la casa, pero nada más. El domingo estaba en paz. En completa paz.
Hinata no. Él parecía triste y reflexivo (esto último era alarmante). Por un segundo, no podía comprender cómo era que no podía encajar con el día. Eran el uno para el otro. Hinata era brillante como el sol, despejado como el cielo, alegre como el cantar de los pájaros y ruidoso como su hermana. Quería que estuviera alegre, que volviera a ser el mismo de antes, así podría disfrutar también él.
Hinata sintió su mirada sobre él y se la devolvió. Kageyama no desvió la vista. Pero los ojos marrones parecían nerviosos y sí lo hicieron, para fijarse en el suelo y después volver a encontrarse con su mirada. Después la volvió a apartar.
Kageyama no tenía ningún interés en alejar la mirada. Las cosas andaban mal y lo sabía perfectamente, y odiaba cuando las cosas no funcionaban como debían. Lo que no sabía era cómo iba arreglar su relación con Hinata, pero estaba cien por ciento seguro de lo que quería.
En este momento, quería besarlo. Y la serenidad que lo llenaba de paz le dijeron que era una buena idea. Su relación estaba muy rota y seguir equivocándose no iba a hacer ninguna diferencia. El partido estaba perdido, ¿Por qué no darse el antojo de hacer lo que quería?
Hinata volvía a mirarlo, confundido de recibir tanta atención. Kageyama se acercó lentamente, cerrando los ojos para no tener que ver la reacción de Hinata. No quería pensar en los nervios. No ahora que había sacado valentía de quién sabe dónde para hacer la estupidez más grande que iba a cometer en su vida.
Sus labios se encontraron con los de Hinata en un suave roce. Disfrutó cada largo segundo antes de acobardarse y comenzar a alejarse, pero pensó que esta iba a ser su única ocasión y le estampó un beso apresurado, de esos que le daría a alguien en la mejilla.
Ahora sí, bien, ya está. Lo hecho está hecho. Se abrazó las piernas, sin dirigirle ni una mirada más, y apoyó la cabeza en sus rodillas. Miró el césped sin verlo durante un rato. Poco a poco empezó a caer en lo que había sucedido, entonces se sonrojó violentamente y apretó el cuerpo más contra sí mismo, como si intentara reducirse de la vergüenza.
Hinata no dijo ni una palabra. De reojo vio que se dejó caer de espaldas.
Pasó alrededor de una hora. Kageyama estaba muy concentrado arrancando pedacitos de pasto, con cuidado, simétricamente. Era mejor que pensar. No quería pensar. Y aun así, estuvo todo este tiempo fantaseando con esa boca tierna y parlanchina que parecía conocer de toda la vida. Se sentía un adolescente tonto. En realidad, técnicamente contaba como adolescente. Oh, dios, no quería seguir pensando en Hinata, por más que su cabeza estallara por él. Esto era tan nuevo, pero el sentimiento era conocido, como si esto hubiera sido así de toda la vida.
Se adormeció cortando el pasto ante la calidez de los rallos del sol sobre su cabello y su cara, que todavía no había levantado de sus rodillas. A pesar de todo lo que tendría que enfrentar más tarde, en este preciso instante, era agradable. Quería que el sol velara por él, que el sol le diera el mismo calor a sus sentimientos, que refulgiera por siempre. Quería dejar de reemplazar el nombre de Hinata por la palabra sol en sus pensamientos.
― ¡Chicos! ¡El almuerzo está listo!
No se hablaron. Participaron de la conversación, pero usando de mediadora a la madre y a la hermana de Hinata, sin hablarse directamente. Su madre podía entender esto y les frunció el ceño durante casi toda la cena, como pidiendo que alguien le explicara qué estaba sucediendo. Kageyama no hubiera podido explicarle. "Tu hijo ya no quiere ser más mi amigo porque sí, entonces nos enojamos y en el patio me dieron ganas de besarlo y... ¿Tú qué crees?". No, no era una buena explicación para nada. Ni siquiera él podía explicárselo.
― Natsu quiere ir al parque ―comentó la madre de Hinata hacia el final de la comida―, así que nos iremos unas horas. Hinata, compré las galletitas de limón que me pediste el otro día, están en la cocina.
― Paaarqué~ ―canturreó Natsu.
― Gracias.
― Nos vemos más tarde.
Kageyama no quería quedarse solo con Hinata, pero la niña era tan hiperactiva como su hermano y a menudo su madre se la llevaba a que se agotara jugando en algún lado. De cierta forma, el vóley era el parque en el que Hinata equilibraba su nivel de energía. Siempre estaba más tranquilo luego de una práctica exhaustiva.
Sin embargo, ahora no se trataba de prácticas ni de partidos ni del vóley. Debían resolver lo que era propiamente de ellos y de nadie más, de ningún equipo ni de ninguna pelota. Y como no sabía qué hacer al respecto, cuando las mujeres se fueron, huyó al cuarto.
Hinata se tomó su tiempo antes de acompañarlo. Tenía en la mano un paquete de galletitas de limón, muy probablemente las mencionadas por su madre. Se sentó a su lado, en el borde de la cama, dejando una línea de vacio entre los dos. Estaban muy cerca, a pesar de que no se tocaban.
La tensión era tal que creyó que pronto se solidificaría y le impediría respirar, entonces se ahogaría en tensión. Está demás decir que eso estaba más cerca de una fantasía que de una pesadilla; nada le hubiera gustado más que tener que evitar esta situación a toda costa, aunque por supuesto, tratando de no perder la vida en el proceso. Bah, quién sabe.
Enseguida (aunque para él fue una eternidad) oyeron el sonido de la puerta. Unos segundos más tarde, Natsu entró al cuarto con su andar despreocupado y rebuscó en los cajones, para sacar una chaqueta color rosa pastel. Los miró a los dos y alzó el desprolijo abrigo.
― Mami dice que afuera hace frío ―les explicó, sin que ninguno le preguntara― y que si... ¡Hey! ¿Van a comerlas? ―preguntó con una amplia sonrisa, señalando el paquete sin abrir que su hermano tenía entre manos.
― ¡Sí! Ahora vete, mamá te debe de estar esperando.
― Kageyama, prueba esas galletitas ―le recomendó infantilmente, como si le emocionara la idea.
―Eh... sí.
Ella pareció satisfecha y se fue, llevándose consigo la mayor parte de la tensión. Por más tonta que hubiera sido esa irrupción, el aire podía respirarse sin ahogarlo. Era bueno. Más o menos.
Hinata carraspeó y le dio la impresión de que iba a decir algo. Parecía darle muchas vueltas en su cabeza, porque comenzó a removerse y a suspirar y a refunfuñar y Kageyama estuvo a punto de golpearlo si no fuera porque en el ambiente estaba lleno de extrañeza.
Hay cosas que uno asume, y hay cosas que uno sabe. Y están las cosas que uno no las encasilla entre las que asume o las que sabe, porque son imposibles, como los unicornios, los viajes en el tiempo o lo que salió de la boca de Hinata. Y como si le hubiera mostrado un unicornio, o hubieran viajado hacia el pasado o futuro, no importa, en cualquiera de las dos ocasiones reaccionaría igual a como lo hizo ante tan simples palabras.
― Estoy enamorado de ti.
Se quedó rígido en su lugar y lo miró con ojos bien abiertos. Quiso reírse y preguntarle si eso era una broma, pero Kageyama normalmente no reía y su cara no era de broma. Hinata estaba casi temblando de los nervios, como ya lo había visto tantas veces antes de un partido importante. Tenía una mano cerrada contra su pierna, con fuerza, y con la otra sostenía las galletitas en su regazo, que también parecía estar a punto de triturarlas. Cabizbajo, como si fuera un comentario que quería que pasara desapercibido.
No sabía si esto traería más problemas de los que quería. Nunca le habían gustado las parejitas felices y pegadizas, le provocaban violencia y odio hacia el prójimo. Pero por primera vez, entendió ese sentimentalismo. Ese mar de colores emocionales extendiéndose a lo largo de su pecho, como si pretendieran abrazarlo, como el calor del sol en una tarde tranquila.
Si traía problemas a su vida, ya no importaba. Eso debió pensarlo antes de besarlo. Ya habían llegado muy lejos para quedarse con nada.
― Me gustas.
Estaba consciente que no era lo mismo gustar que estar enamorado. Había una diferencia de sentimientos y no estaba seguro de que Hinata supiera esa diferencia. Si no la sabía, era un idiota y si la sabía... y si sabía... entonces... No sabía cómo reaccionar.
Y si sabía, Kageyama tendría preguntas. ¿Cómo lo sabes? ¿Desde cuándo? ¿Estás seguro? ¿Cómo se siente? ¿Por qué? ¿Por qué?
Se sorprendió a sí mismo haciéndose esas mismas preguntas.
¿Cómo lo sabes? No lo sé. ¿Desde cuándo? No lo sé. ¿Cómo se siente? Wow. ¿Por qué? Porque eres tú. ¿Por qué?
"¿No estaré yo también enamorado de él? ¿Puedo ser yo el idiota que no se dé cuenta?"
No lo sé era la respuesta universal.
Hinata se dejó caer de espaldas en su cama y, finalmente, abrió el paquete. Se dedicó a comer en silencio, pero percibió un cambio en la atmosfera. Se notaba más alegre. Y como siempre, si Hinata era feliz, Kageyama es feliz también. Qué cosa más rara.
Cuando Hinata agitó el paquete en frente de él, no se resistió a la comida. Pasaron la tarde en silencio, solo ellos, el sonido de sus bocas masticando y el plástico del paquete. Kageyama se permitió, al menos por un rato, no pensar ni preocuparse por nada que incluyera a Hinata. Solo de disfrutarlo.
Pasaron el tiempo mirando el techo y comiendo galletitas que, no era fanático de lo dulce, pero tenía que admitir que eran de las más sabrosas que había probado. Se le ocurrió mirar la hora y se dio cuenta que eran las cuatro y media de la tarde y se le iba a ir el autobús.
― Tengo que irme. Reservé un boleto que sale a las cinco ―le avisó.
Volvía a sentirse cómodo a su lado.
Hinata le puso mala cara.
― ¿Ahora? No hay problema con que te quedes a dormir.
― Te dije que ya lo reservé, idiota.
― Te acompaño ―le respondió a regañadientes, como si realmente no quisiera.
Natsu había estado en lo correcto. Su vieja chaqueta negra de Karasuno no era suficiente para darle calor en este incipiente otoño. El sol comenzaba a flaquear, perdiendo su calor de mediodía y permitiendo a los vientos jugar con la temperatura.
Tenía muchas cosas que decirle a Hinata, pero no se animaba. Por otro lado, quería plantear los temas y como solía ser directo (especialmente con él), una vez que llegaron a la parada de autobuses, se atrevió a tocar el tema. Si no, los días pasarían y el asunto sería más difícil de sacar a colación. Tendría que ser ahora. Después de todo, no era más que una pregunta.
― Hinata...
Esperó a captar su atención, que fue rápido. A su lado, el autobús tenía la puerta abierta, esperando a quien le correspondiera subir. Tenía tres horas de viaje por delante, ¡Todo un fastidio! Pero todavía tenía diez minutos.
― Seguimos siendo mejores amigos, ¿No?
Muchas expresiones pasaron por su carita pequeña. Confusión, enojo y frustración. Negó con la cabeza y movió sus manos, como si quisiera hacer un gesto más que concordara con su estado, pero como no se decidía que estado, terminó siendo un gesto vano.
― ¡No! ―exclamó― ¿Qué parte no entiendes de que no quiero que seamos más amigos? Quiero que seamos más que amigos.
Se decidió por la furia. Parecía realmente enojado, pero le costaba tomarlo en serio cuando se enojaba fuera del vóley. Era pequeño y la gente pequeña es adorable cuando se enoja, nada más. Y mucho más tratándose de Hinata, que a pesar de estar enojado, el color rojo cubría sus mejillas como si anduviera acalorado en la estación equivocada.
― ¿Más que amigos? ¿Cómo novios? ―inquirió, inseguro.
Inseguro porque no sabía si a eso se refería. Inseguro porque no sabía lo que hacía un novio. Inseguro porque no sabía si eso era lo que quería. Inseguro de si eso era lo que sentía. Inseguro de a dónde iba esta relación. Pero esas inseguridades siempre las había tenido, incluso en la amistad...
― ¡Sí!
Hinata iba a decir algo más pero se quedó callado. Decidió meter sus manos adentro de los bolsillos de su chaqueta, mucho más abrigada que la que Kageyama tenía, ya que él no había tenido la posibilidad de escogerla en su propia casa. De reojo vio a una señora entrar al autobús y se preguntó qué hora sería.
― Pero podemos ser amigos ―insistió, testarudo.
― No, no podemos. Son dos cosas diferentes, imbécil.
― No hay mucha diferencia, ¿Por qué no podemos ser las dos cosas? ―le cuestionó.
Hinata iba a refutar, pero se quedó sin palabras. El color rojo seguía tiñendo todo su rostro. Se miró los pies, nervioso.
― No sé.
― Eres un idiota. Podemos ser novios y mejores amigos.
Su respuesta fue una mirada de incredulidad y unas mejillas encendidas. Se encogió de hombros, como si de repente no le interesara. Hubo un silencio incómodo, que esta vez, sabía cómo romper.
Sus manos se posaron en la cintura del otro mientras se acercaba, rogando que su valentía no lo abandonara. Esta vez, Hinata se puso de puntitas para ser él quien le robara el beso primero, pero tan abstraído estaba que sus narices chocaron sin fuerza. Se avergonzó enseguida y Kageyama actuó antes de que se echara para atrás, girando un poco la cabeza para que sus labios se juntaran una vez más.
Esa fue la despedida.
― Se me va a ir el autobús.
― Entonces vete. Yo estaré en la escuela mañana a la mañana.
― Universidad ―le recordó.
― ¡Eso! Cállate.
Hinata parecía nervioso y más torpe. Escuela, había dicho. Pero ya no estaban en la escuela. Ya no se odiaban, ya no intentaban un ataque rápido raro simple, ya no fallaban, ya eran otros. Ya eran novios y mejores amigos.
Se sentó en el autobús en uno de los únicos lugares vacíos. Por más que intentara reprimirlo, se mantuvo todo el viaje sonriendo como un idiota. No lo pudo evitar.
Solía dormir en los viajes largos (catalogando "viaje largo" el que durara más de 20 minutos), pero se sentía tan enérgico que no había manera de que pudiera dormir. No, no era exactamente enérgico. Se sentía ansioso, como en las mañanas en las que se despertaba antes de que sonara el despertador porque esa tarde tendrían un partido importante. Pero no había ningún partido importante. Solo era Hinata. Y eso implicaba mucho más de lo que podía entender.
De camino a la universidad, compró comida para llevar, ya que estaba de muy buen humor como para conformarse con las raciones que le daban en el comedor, pero su humor tampoco era tan bueno como para socializar en una mesa. Porque probablemente habría preguntas. No quería responder preguntas.
Kageyama comió en su cama, disfrutando de la tranquilidad de la soledad. Lo único que rompió esa quietud fue su celular vibrando.
Hinata: te ompramos un regalo
Hinata: :)
Kageyama: ?
Hinata: soi natsu
Hinata: Lo siento, tengo que cambiar de contraseña
Kageyama: El patrón es una casita, hasta una nena de 5 años puede adivinarlo
Hinata: Cállate
Kageyama: ¿Qué es eso del regalo?
Hinata: Era sorpresa
Hinata: Fue su idea
Hinata: Nada
Natsu espiaba a Hinata para adivinar la contraseña de su celular y usarlo para los jueguitos. Tampoco es que las contraseñas de Hinata fueran muy complicadas. No obstante, que le hablara por Facebook era una cosa nueva.
Claro, lo del regalo había despertado su curiosidad, pero probablemente fuera alguna cosa tonta. E igual quería saber.
Kageyama: Dime
Hinata: No
Hinata: Mañana
Kageyama: Dime
Hinata: NO
Hinata: Además es algo tonto
Hinata: Cuando nos veamos mañana
Kageyama: Odio esperar
Hinata: Te hubieras quedado a dormir en casa
Kageyama: No podía
Hinata: Sí podías.
Kageyama: No
Hinata: Sí
Kageyama: No
Hinata: ...
Kageyama: Gané
Hinata: Ni creas
Kageyama sonrió. Eran tan estúpidos juntos, ¿Por qué? Poco le importaba.
Hinata: Pero como sea, mañana dormiremos juntos
Kageyama: ¿Quién dijo eso?
Hinata: Es parte de ser novios, idiota
Kageyama: Tú eres idiota
Hinata: No, tú
Kageyama: ¡No, tú!
Hinata: Nooo
La conversación continuó hasta que se sorprendió cuando el reloj de la parte superior del celular marcó la una de la mañana. Se tenía que recordar que mañana (u hoy, mejor dicho) tenía clases. Las luces ya estaban apagadas y él estaba enredado entre las sábanas por todas las vueltas que daba hasta que Hinata le respondía. Cerró los ojos un momento y el cansancio lo asaltó. No había hecho nada, pero psicológicamente se sentía agotado.
Kageyama: Me voy a dormir
Hinata: Buenas noches
Kageyama: Adiós
Hinata: 3*
Kageyama: Idiota
"Mañana dormiremos juntos" pensó, con la voz de Hinata diciendo lo leído. Se quedó mirando la oscuridad un largo tiempo. En realidad, no le molestaría tanto, al menos no se movía ni era tan ruidoso si estaba cansado. Pero en el fondo no quería reflexionar sobre cómo era tener una relación, particularmente entre ellos.
Se pelearían mucho, se enojarían, se odiarían a ratos. No funcionaría. Le diría idiota, Hinata se ofendería, se gritarían mucho, se empujarían, se mirarían feo, de a ratos. No congeniaban, no tenían gustos en común (aparte del vóley y la comida), no estaban hechos para convivir, se sacaban de quicio mutuamente, se burlarían, se herirían, se harían daño con palabras, llorarían de ratos, quizás.
Pero se amarían mucho, demasiado, de sobra. De eso, Kageyama estaba seguro.
*Se supone que es un corazón, pero fanfiction es jodido y no me deja ninguno de los símbolos que probé.
¿Valió la pena? Para mí sí, amé escribir este capítulo~ Pero el fic no se termina, ¡Todavía hay más! Gracias por los comentarios, como siempre, son muy valiosos para mí ^^
PD: Actualizo los martes. Los martes tienen 24 horas, zona horaria de Argentina. En este momento son las once y pico de la noche. Sigue siendo martes. Martes. Osea que si vuelvo a recibir un mensaje para que actualice rápido (algunos muy simpáticos, otros no tanto) voy a atrasarme un día a propósito. Solo les aviso...
