Like a Friend, a Brother II.


«Suspira como una puta cuando le están quitando la ropa», piensa para sí mismo Brandon Stark, mientras desnuda el acero de prácticas. Su sonrisa, tan o más afilada que la propia espada, corta en dos la mitad del patio de armas. No le sorprende ver una idéntica en el rostro pecoso y pálido de Willam.

–¡Listo, Stark?

–Yo siempre estoy listo, Dustin.

–Vamos a verlo –Willam se mueve dos pasos hacia la izquierda, con el acero ya desenfundado–. ¿Música, maestro!

Brandon, como siempre, es el primero en atacar. Bulle en su interior la impaciencia, no soporta los movimientos comedidos y sosegados de su mejor amigo. Lo desesperan. Hacen de él un manojo de emociones a la hora de la práctica y el entrenamiento se ralentiza hasta casi detenérsele en la punta de los dedos que le hormiguean. El señor de Fuerte Túmulo detiene el golpe descendente con una grácil pirueta y una finta, esa es la primera vez que las espadas se besan.

«¿Y cómo gime!» Reflexiona, estremeciéndose de placer ante el primer impacto de ambas armas, que resuena por todo el patio transportado por el aire como el eco audible de la contienda. Le gusta la canción del acero, lo revitaliza. Le fascina el aroma a sudor y el sabor a sangre que le queda en la boca cada vez que se hiere, le gusta cuando Willam está en el suelo y grita aquel «me rindo» estrangulado. Se siente superior, ágil, vivo... es casi como estar montado en el caballo.

Las espadas chocan por tercera, cuarta y hasta qinta vez. Su amigo es un buen espadachín, danza como una doncella por el patio y se le fruncen los labios en aquella sonrisa cómica, graciosísima. A Brandon le late el corazón en el pecho, la garganta y las sienes; la boca le arde de sequedad y los pulmones reclaman oxígeno con desespero, no obstante la sóla idea de pedir tregua le escandaliza.

«Antes dejo que Dustin me meta la espada por el culo –piensa, apretando los dientes–. Seguiré hasta que me venza. Oh, pero qué bien se siente...»