Ok, primero que nada ¡cuánto tiempo, caray! Una disculpa por tanto tiempo, pero seguramente ustedes tienen muchas cosas que hacer y no notaron la auscencia. Entre este capítulo y yo se cruzaron muchas cosas: el inicio de dos módulos de clases, el chikungunya, el bloqueo, el inktober (que aun sigue), la acupuntura y muchos pretextos para no continuar escribiendo. He escrito este capítulo varias veces y esta versión e convence más las otras (no es mucho decir, en serio).
Probablemente encuetren este capítulo extraño-el título es un aviso de eso-pero espero que les guste. Al fin aparece Thorin!, pero esta historia la he pensado para avanzar algo lenta. Aun tengo muchos errores y son todos mios hasta que no encuentre un o una beta generosa...o me ponga los pantalones y revise esto más a fondo (lo que pase primero).
Gracias por los comentarios, trataré de avanzar más en la historia y ojalá les guste. Inicialmente había pensado que escribir aquí, pero ha pasado tanto tiempo que ya se me olvidó que era...en fin, no me maten todavía estoy aprendiendo a usar esta página. Sus comentarios y correcciones son bienvenidos.
El pastizal se mece suavemente al ritmo del viento. No es, sin embargo, una brisa natural traída desde el este la que lo mueve, sino más bien la generada por el paso veloz de tres corceles. En los siguientes metros se acercan a una formación rocosa donde los jinetes saben que su presa seguramente buscará refugio, es sólo cuestión de virar a la izquierda. Confiados, aceleran el paso de su montura, listos para emboscar a la pequeña criatura. Para su sorpresa, dicho escondite está vacío.
En un matorral espera sigilosa, observa sin ser vista y planea su siguiente movimiento. Oculta su roja corporeidad tras uno de los pocos setos que manchan aquella superficie eternamente dorada por sus pasturas. Sus oscuros ojos de vidrio hacen rápidos paseos hacia su siguiente escondite, pero tendrá que esperar a que la dirección del viento cambie antes de hacer cualquier movimiento, sabe que su suerte no resistirá otro intento. Espera pacientemente, su escondite es perfecto.
Levanta la cabeza apenas por encima de la maleza seca y olfatea el aire, la señal que había estado esperando está ahí.
Con un salto ligero y veloz sale de entre los matorrales y atraviesa la pradera a toda velocidad. Pareciera como si el fuego quemara sus músculos en este intento por ganarle terreno a los jinetes, su pequeño corazón es comprimido violentamente contra sus costillas, la adrenalina-o el instinto de supervivencia-envía una última recarga de energía. Debe de llegar hasta el bosque antes de que esta se acabe o todo estará perdido. Son al menos 10 metros hasta el primer grupo de árboles y 3 más hasta la primera madriguera-su única oportunidad.
El golpe metálico de las herraduras le indica que los jinetes se han percatado de su escape. Por supuesto que lo hicieron, no hay oído más fino que el de sus espigados contrincantes. Pero tiene dos puntos a su favor: el primero es que conoce la llanura mejor que sus contrincantes y el segundo es que a uno de los caballos le falta jinete y aunque este corre al par del resto, uno de los montadores reduce levemente su velocidad para poder controlarlo. La diferencia es sutil, pero le proporciona una ventaja.
Sólo debe de deshacerse de ellos, uno a la vez.
Sus cortas piernas se comen los primeros 5 metros, está segura de que llegará a tiempo, pero si quiere perder al primer jinete tendrá que doblar esa distancia. Para eso deberá llegar a los primeros árboles y zigzaguear tanto como le sea posible. Tan solo debe de llegar.
El sonido familiar de otro depredador detiene su carrera en seco. Una mancha fría se extiende desde su cuello hasta su abdomen, donde su estómago se retuerce en un violento nudo. Los jinetes se agrupan a su alrededor. Presa y predadores escuchan en tensa concentración.
-¿Es lo que yo creo…?
-No suelen bajar aquí en esta época del año.
Por un instante los tres permaneces quietos, la mirada fija hacia el sur, en espera de la confirmación de sus sospechas, su silencio es interrumpido únicamente por el movimiento nervioso de sus monturas.
Ahí está de nuevo, prolongado y escalofriante; el aullido de un huargo en cacería.
Desde el pastizal observa como los jinetes intercambian miradas, en un intento inútil de mantenerla fuera de una conversación de la que ellos creen protegerla. Un gruñido de exasperación les hace saber que hoy no se siente dispuesta para andar con rodeos. Al final uno de ellos cede. Siempre cede.
-Parece que algunos viajeros se encuentran en el camino de los huargos, será mejor que vayamos a ayudarlos. Gwathel, monta ahora y avisa a nuestro padre con urgencia, es una jauría grande y Elladan y yo no podremos contenerla mucho tiempo, no si tienen heridos como lo presiento.
-¡Absolutamente no! ¡No pueden evitarlo para siempre, algún día tengo que enfrentarlos..!
-Pero ese día no será hoy-Corta su galope verbal el segundo jinete, siempre sereno, pero firme-tu montura es más ligera, podrás llegar antes que nosotros a la ciudad. Es preciso que le avises a padre cuanto antes.
De nada le sirve hacer pucheros, nada puede mover o contradecir la palabra del –ligeramente-mayor de los gemelos. De un salto está sobre el tercer caballo y da la vuelta para salir a todo galope rumbo a las antiguas pero vigentes estructuras de Imladris. Las puertas se abren para el haz rojo que sube directo al ala reservada para el regente.
Trabajar el metal es fácil, dirigir una nación empobrecida e itinerante cuando uno mismo es pobre y sin hogar también puede ser fácil si se tiene el corazón para ello.
Él y la gente como él fue hecha para eso, para resistir cualquier golpe que el destino decidiese darles, para eso Mahal los había hecho de piedra. Pero ¿correr?, no, si Mahal hubiese querido que fuesen cobardes les habría dado piernas largas para salir huyendo-y unas orejas puntiagudas, ya que estamos en eso. No, las piedras están para permanecer ancladas al piso y resistir los embates, saben que siempre ganarán.
Aun así no tenía otra opción más que seguir corriendo. Era todo a lo que su vida se ha reducido desde que fue exiliado, junto con su gente, de la montaña. Correr por sus vidas, correr de las frías garras del invierno, correr de un lado hacia otro buscando refugio, correr por ayuda de los otros señores enanos, sólo para encontrarse con que son demasiado tacaños como para proporcionar auxilio alguno a los alguna vez orgullosos enanos de Erebor. Correr de su orgullo y su ira para poder seguir adelante.
Correr una y otra vez de los temores que azotan su tullido reinado en las montañas azules, de los recuerdos y del terror. Correr es la vida de Thorin Oakenshield, rey y dueño de nada, ni siquiera de su propia existencia.
Justo ahora, corre para evitar que devoren a los hijos de su hermana, porque si llega a pasarles algo no habrá carrera que lo salve de la ira de esta.
-¡Kili!
Con una mirada el joven comprende y distiende su arco, quitando del camino a una de las nauseabundas bestias. Bien, al menos habrá servido de algo el permitirle al muchacho seguir con una práctica tan…élfica. Tal vez vivan para ver el final del día.
-¿Ori acaba de tirarles con la resortera?-Murmura a sus espaldas un muy exasperado-e incrédulo- Dwalin.
Bueno, tal vez Ori no, piensa el rey enano.
-¡Por aquí, tontos!-resuena desde las entrañas de un montón de rocas apiladas.
Afortunadamente para el mago la adrenalina y el miedo bloquean de los oídos de toda la compañía el mote con que acaba de nombrarlos, demasiado apresurados por llegar al escondite que Gandalf acaba de señalarles.
Genial, otra madriguera, igual que la casa del Hobbit, si sigue así, este viaje acabará convirtiéndome en un conejo.
O peor, un hobbit.
-¡Thorin! – agrega Dwalin con una seña que insta al rey a darse prisa.
-¡Hasta que entren todos, cerciórate de que el escondite sea seguro!
El enano guerrero gruñe, no está conforme con esa orden-nunca lo está, si hay que ser honestos-pero obedece de cualquier modo.
Una vez que toda la compañía-y el insufrible hobbit-están dentro, Thorin sube a la roca para seguirlos, los huargos están prácticamente pisándole los talones. Cuando está en la cima de la piedra un haz rojo moviéndose a lo lejos capta su atención. Preocupación para después, el aliento de huargo sobre su espalda es indicativo de que debe lanzarse ahora a otro de los descabellados planes del mago si es que quiere sobrevivir.
Maldito sea él y su barba.
En un estado cercano al pánico, Lindir corre de un lado al otro de la habitación. El incumplimiento de sus deberes es uno de los peores crímenes que puede cometer un elfo diplomático como él. Y el hecho de que su actual ocupación no entre en esta categoría no hace la excepción.
-¡Y ahora cómo se supone que le justifique a Lord Elrond que no estabas en tus lecciones de arpa si tú misma le confesaste que te habías escapado!, ¡Con los gemelos ni más ni menos! ¿Entiendes que se dará cuenta que te he estado ayudando en tus escapes a las praderas? ¡Te pudo haber pasado algo!
-Pero Lindir, ¡nunca pasa nada en esas salidas y ahora que por fin pasa, yo debería estar allá afuera, enfrentando a los huargos! ¡Adar me lo permitió!
Atónito por aquella declaración el elfo observa a su interlocutora con ojos desmesuradamente abiertos mientras abre y cierra la boca con palabras que no logran abandonar su garganta. En un reflejo de pudor corre hacia la puerta y la cierra, no sin antes mirar hacia ambos lados en busca de algún oyente.
-¡Mellon nin! ¡Sabes que no debes permitir que los demás te escuchen llamarlo así! No todos se toman a bien la rapidez con la que sus afectos le hicieron tomarte como parte de su familia. ¡Mucho menos sus… indulgencias!
-Él no fue el único en adoptarme rápidamente en la familia…o dispensarme algunas indulgencias-mira al elfo con una sonrisa juguetona, mientras él rueda sus ojos hacia un lado en una simulada señal de exasperación y abre sus brazos para recibir el abrazo de la pequeña chica. Su gente no es común con las muestras físicas de afecto, pero tras cinco años de convivencia con ella, de cuidar y vigilar su sueño noche tras noche, se permite ocasionalmente–siempre en privado-ceder a sus cariños.
-Sabes a lo que me refiero Mellon…-la mira implorándole comprensión.
-Lo sé Lindir, lo sé. –Anida su roja cabeza en el pecho del elfo-¡Pero si no los enfrento no seré capaz de valerme por mi misma en los caminos y jamás podré salir de aquí y…!-Por un momento teme haber herido los sentimientos del elfo, pero se tranquiliza con su respuesta.
-Lord Elrond te lo ha dicho continuamente, no debes apresurarte, el encuentro con las fuerzas de tu destino llegarán eventualmente…
-No encontraré esas "fuerzas del destino" si no salgo de aquí y averiguo por mí misma. No lo ocultes Lindir, sé que no encontró nada en ese viejo libro que tanto le costó conseguir, ¿o me equivoco?
Un suspiro de auténtica decepción escapa de los pulmones de la muchacha, Lindir no podría mentirle, ni aunque quisiera. El señor elfo dejó la ciudad durante casi un año en busca de algún indicio que les dijera algo sobre su origen o de algún método para regresar a casa. Como resultado ella se quedó a merced de los cuidados de Lindir y la voluntad desbocada de Elladan y Elrohir, que no hizo más que acentuar su maniática predisposición a poner su propia vida en peligro-sin duda surgida como respuesta defensiva al evento traumático que marcó su llegada, según palabras del Lord elfo.
Esta teoría no era compartida por la mayoría de los que la habían escuchado-aunque ninguno tuviera el atrevimiento de refutarla públicamente-y Lindir secretamente la comprendía, lo había observado y lo sabía.
No fue hace mucho cuando Robin todavía saltaba asustada a cada vuelta por algún pasillo oscuro o hiperventilaba en presencia de cualquier animal que no fuese un perro o un gato. Y qué decir de las incontables noches velando su sueño en espera de las siempre puntuales pesadillas y el subsecuente frenesí del que era presa cuando los vapores del sueño se disipaban y daban paso a un horror aún más oscuro: el de saber que la verdadera pesadilla era estar despierta.
Fue hasta la llegada de los gemelos que estos episodios se volvieron cada vez más escasos. En su retorcida y sorprendentemente funcional metodología, la única forma de deshacerse de los espectros que pueblan los sueños es combatirlos en el mundo real.
-Si eres indefensa en el plano real-el único lugar en el que los humanos pueden tener poder-ahora imagina lo inútil que eres en el mundo subconsciente.
Bueno, no le agradaba mucho el tono con que Elladan había dicho todo aquello, pero tal vez había algo de verdad en sus palabras…no, esta manía de darle siempre la razón tenía que parar. Si, tiene que hacerlo, la última vez casi…
-¡Lindir!- la puerta se abre de golpe revelando un impaciente elfo-Si ya terminaste de prodigar mimos al gato, tal vez quieras darte prisa para recibir a la comitiva…-agrega en sindarín, en un evidente gesto de no querer compartir aquella conversación con Robin.
Con un impulso de resorte Lindir libera de sus brazos a la pelirroja, mirando apenado a su interlocutor.
-¿Yo también voy?-inquiere la pelirroja.
Antes de que pueda contestar, el elfo de la puerta contesta con gesto altanero:
-Lord Elrond ha pedido que su invitada permanezca alejada de las alas principales, ya que no se sabe aún en los términos que estén los viajeros para con el reino de Imladris.
-Lo siento Mellon nin, volveré más tarde para seguir hablando de esto-suspira Lindir. Antes de que pueda decir algo el elfo en la puerta desaparece y Lindir no tiene más opción que seguirlo de inmediato. A su paso fuera de las habitaciones farfulla para sí mismo:
-¿Gato? Los gatos no son rojos…en cambio los zorros…
Robin sonríe divertida, conoce a la perfección todas las manías de su amigo. Al menos esto le da una pista del intercambio ocurrido hace apenas unos instantes. Si, estaba consciente de los nombres con los que la llamaban. Lindir había tomado la precaución de aleccionarla, entre otras cosas, de las frases más básicas de sindarin, de las que sólo la familia del Lord tenía conocimiento.
Esto le dio a Robin un panorama muy claro de cómo era percibida por los seres a su alrededor. Al principio había sido un golpe fuerte entender el porqué del recelo con que había sido tratada hasta ese momento. Incluso peor, saber cuáles eran los verdaderos pensamientos de aquellos que le dispensaban una amable sonrisa, pero le trataban fríamente. Al principio esto no le había agradado del todo a Lord Elrond, pero eventualmente, como Lady Galadriel le hizo saber, fue para su bien. Los elfos estaban convencidos de que el conocimiento era el único camino para desvelar todas las respuestas, incluso aquellas que a preguntas que no estamos haciendo.
En apariencia esta era una lección cruel, pero Robin no podía sino pensar que si era necesario entre personas que consideraba sus amigos… ¿cómo es entonces el mundo afuera de estas paredes? El extraño y desconocido exterior.
Este pensamiento siempre la empujaba frenéticamente hacia los establos y después hacia los pastizales en que el Lord elfo la había encontrado, en un intento por liberar con adrenalina el nudo que se formaba en su interior cada vez que su mente llegaba a este punto. Si, así había llegado a conocer tan profundamente aquellos parajes, pero ni un centímetro fuera de ellos.
Este mismo nudo la empujaba ahora a salir de sus habitaciones en dirección de los establos. Con suerte Elladan y Elrohir ya estarían ahí.
Un par de elfos caminan apresuradamente en su dirección, el sentido de su conversación no se escapa a los oídos de la joven.
-¡Enanos te digo! Están a las entradas de la ciudad y Lord Elrond aún no ha regresado con la expedición para ahuyentar los huargos. ¡Dicen que el maestro Elrohir, tan veloz como siempre, cabalgó ágilmente desde los pastizales hasta las habitaciones de su padre para dar aviso, y así tan rápido como vino, regresó para ayudar a su hermano a combatir a las bestias.
-¡Que increíble! Es cada centímetro del gran jinete que su buen nombre le augura. No podíamos esperar nada menos del joven heredero.
Por supuesto nadie me notó…-pensó la pelirroja-es sólo una señal de que mi trabajo fue hecho a la perfección. Lindir tiene razón, yo soy…
Y así Robin se detiene en medio de su camino hacia los establos, dejando que sus pies la lleven justo al único sitio al que en ese momento se le prohíbe estar: la entrada principal de la ciudad.
La huida había resultado cien veces peor de lo que el rey enano había podido imaginar. No, sería mentir si dijese que jamás sospechó hacia dónde el mago los estaba llevando. Era obvio, todo siempre dentro de su retorcido e incomprensible plan para… ¿enseñarle algo? ¿Qué se supone que debía aprender de todo esto? No, tal vez estaba pensando demasiado, no había sido sino una casualidad,-y muy a su pesar-una fortuna que hayan encontrado un refugio cerca. No podría a estas alturas ocultar lo indefensa que su compañía se encontraba contra estas criaturas.
Lo indefenso que él mismo estaba ante el recuerdo de estas.
-No, ahora no es momento de pensar en esto Thorin Oakenshield, tu compañía te necesita de una pieza para salir vivos de esta.
Un vistazo rápido le avisó que la compañía estaba completa y con apenas unos rasguños. Para su mala suerte el mediano aún estaba con ellos.
Sus ojos deambularon en las construcciones a su alrededor, delicadas y orgánicas, llenas de ornamentos.
-Ugh, elfos.
La compañía camina dispersa en lo que a él le parece la más impráctica de las plazas; un desperdicio de espacio, en serio. Su atención se centra en sus sobrinos, parecen estar intactos salvo por las rojas mejillas de Kili. Nada mal para ser su primera vez en acción a campo abierto, al menos la adrenalina no ha hecho estragos en sus pantalones. Aun.
Balin parece agitado, pero estará bien. Bombur está sorprendentemente intacto, quién lo diría. Ori parece a punto de vomitar…bueno, eso es más de lo que esperaba de él de todos modos. ¿Y Nori? No debe de olvidar tener un ojo sobre ese bribón. Voltea hacia un lado y hacia el otro, pero su mirada se encuentra con el mediano, que se sonroja ante los intentos de Bofur por sacudir el polvo de sus ropas.
Un gruñido leve sale de su pecho a la par de que sus ojos ruedan hacia un lado en un gesto de exasperación. Dwalin capta este despliegue de disgusto y lo acusa con un significativo fruncido de ceño. Una leve sacudida de su melena le indica al enano guerrero que deje el tema por ahora. Y es justo a tiempo, porque un elfo proveniente de las escalinatas saluda a Gandalf. Parece que éste no confía en la comitiva, pues saluda en lo que Thorin sólo puede suponer es sindarín.
El intercambio no dura mucho, un grupo a caballo entra por el mismo camino que ellos llegaron y los rodea en una perfecta formación que no hace sino poner aún más nerviosos a los miembros de la compañía. Su líder, por su parte, se siente cada vez más desconfiado de este nuevo plan.
Y el hecho de que el regente-el famoso Lord Elrond-haga alusión al linaje de Durin tampoco pone puntos sobre la confianza a los elfos. Simplemente es una batalla que no se puede ganar, los enanos, especialmente los de Erebor, están en guerra perpetua con los abraza árboles, incluso aunque estos les ofrezcan comida y hospedaje, como lo hace el lord de Imladris.
La siempre escasa diplomacia que tanto se ha empeñado Balin en inculcarle le hace al menos desviar la mirada un momento, en un intento de que su gesto de disgusto no sea mirado directamente por sus anfitriones. Por un segundo le parece que algo se mueve en los pilares del arco que adorna la entrada. No hay tiempo de ver una segunda vez, el lord elfo vuelve a dirigir palabras hacia ellos, ¿un insulto tal vez?
Al recibir el anuncio de que habrá alimento, la mayoría de los enanos-y el hobbit-bajan completamente la guardia. Thorin no puede culparlos del todo, pero su postura como líder le impide mostrar esa misma debilidad a su gente. Así que mientras son dirigidos a sus habitaciones para descansar y refrescarse, no pierde de vista cada detalle que puede encontrar a su alrededor-al menos sabe que Dwalin también hace lo mismo.
Es en este estado defensivo que su mente vuelve a percibirlo de nuevo, el haz rojo que vio en las praderas. ¿Habrá sido su imaginación? ¿O acaso será alguna magia extraña de los elfos? No, al menos tenía que estar seguro de sus propios sentidos. Una vez distribuidos en sus habitaciones Thorin se dirige al balcón, está seguro que la extraña aparición provenía de esa ala, cerca de los jardines.
¿Un animal acaso?
No, todos los animales producen sonido…
Los gatos hacen "meow"
Las aves "tweet"…
Thorin sale de sus habitaciones sin ser visto por nadie de la compañía, demasiado agotados como para moverse de sus camas. El rastro rojo lo guía hacia un jardín que conduce a los establos, en la cima de una pequeña colina rodeada de árboles. A sus orillas la vena de un río cercano alimenta los bebederos de los caballos.
Y no se mueve un paso más. Repentinamente algo le perturba.
Los ratones hacen "squeek"
Las ranas "croak"
Los patos "cuack"…
Pero ningún sonido puede ser percibido en aquella apartada orilla, ni siquiera el vertiginoso paso del río.
Un movimiento en los establos le alerta de sus habitantes y el rey enano decide caminar hasta el umbral de la caballeriza. En su interior una joven ataviada en un traje de montar que hace juego con el color intenso de su cabello, acaricia la frente de un corcel. En sonidos imperceptibles para el rey enano, la muchacha le susurra con cariño al animal.
No es mucho más alta que él, tiene grandes ojos negros de vidrio, hermoso pelo rojo y piel blanca salpicada de pecas. Si no hay ningún sonido, ¿cómo se comunica con el caballo?
La mente de Thorin navega en una especie de abotargamiento, pero lucha por encontrar algo con qué comparar aquella imagen de ese escurridizo ángel grana. Entre más piensa, más pesado se vuelve el silencio sobre sus oídos, como si comprimiera su cerebro en un mudo golpe y al parecer así es como sucede, porque un gemido que él no logra escuchar escapa de sus labios y la joven es advertida de su presencia.
En el momento en que sus miradas se cruzan el sonido regresa, agolpándose violentamente en su cabeza. Le recuerda a Thorin de ese día hace tantos años, cuando los vientos le anunciaron la venida de Smaug el terrible. El tenso silencio de los segundos antes del ataque, roto estrepitosamente por el estruendo de su destrucción. Aun años después Thorin despertaría de pesadillas plagadas del eco de esos días.
Bueno, esa sensación era tan similar a lo que sentía en este momento, que no pudo evitar sentir náuseas. Pronto fue demasiado y Oakenshield encontró el final de su tarde en el acolchado piso de heno y pastura. En el eclipse de sus sentidos ve la figura roja haciéndole compañía en el suelo. Ni siquiera la escuchó caer, ¿acaso jamás emite sonido alguno?
Ah, al fin encuentra el comparativo que estaba buscando.
Un zorro, esa joven parecía un zorro.
…
¿Qué sonido hace un zorro?
Buenas noches su majestad, se cierra el telón.
