Capítulo 1

Bella llevaba tiempo imaginándose este día. El día que pondría un Adiós definitivo con su esposo.

La formal habitación hasta la que la habían llevado parecía hacerse eco de su recelo y multiplicar su desconfianza de que nada bueno podría ocurrir entre aquellas paredes.

A pesar de que fuera hacía uno de esos maravillosos días los cuales son raros en la época de otoño de ese año que estaban y hacían que cualquiera se sintiera feliz de estar vivo, dentro de aquella intimidarte sala resultaba imposible sentir algo parecido, no había lugar para el más mínimo rayo de esperanza. ¿Cómo podría haberlo teniendo en cuenta que Bella estaba a punto de encontrarse cara a cara con el hombre al que había abandonado hacía tres meses y con el que ahora tendría que hablar de divorcio?

Tenía un enorme nudo en el estómago y unas nauseas que a duras penas estaba controlando... aunque en realidad llevaba ya días sintiéndose así continuamente.

La idea de volver a ver a Edward la llenaba de tristeza, aunque por fuera se mostrara fría e imperturbable ya no dejaría que su esposo viera su vulnerabilidad y su amor ya que él se aprovechara de ello.

Siempre había creído que el amor que los unía era inquebrantable... que sobreviviría a todas las dificultades que amenazaban con desestabilizar la relación. Los últimos meses habían puesto a prueba dicha creencia y su familia se aprovechó de esa desestabilizar poniéndola en su limite, nunca la escucharon al decir y demostrar que ella amaba con todo su corazón y su alma a su esposo no ellos creen que ella es una caza fortunas que se quiere beneficiar de Edward… ¡Ja! Como si Edward fuera un estúpido que se dejara manipular.

La noche en la que por fin había decidido abandonarlo, Edward la había tratado con la frialdad de un completo desconocido. Había estado tan inmerso en la frenética actividad y las exigencias de su trabajo, que sencillamente no se le había ocurrido pensar que Bella pudiera tener algún tipo de necesidad y su protección. Su marido había creído que ella era la intolerante, la que estaba creando problemas donde realmente no los había ya que su madre y sus hermanas le llenaron de mentiras que el no permitió que ella las desmintiera o se defendiera.

Al día siguiente de aquello, después de la peor pelea que habían tenido, Edward se había marchado a primera hora de la mañana para tomar un avión a Londres, donde tenía que asistir a una reunión relacionada con un concierto de música clásica que estaba organizando, y Bella ni siquiera lo había visto cuando él se retiro temprano en la mañana. En su sentir, si hubiera tenido el menor interés en solucionar lo ocurrido, no habría tomado ese avión. Habría pospuesto esa «urgente e importante» reunión y se habría quedado en casa, preocupándose por algo que era mucho más importante: su matrimonio. El hecho de que Edward no hubiera hecho nada de eso no le había dejado más alternativa a Bella que hacer las maletas y marcharse.

Triste, devastada y decepcionada, Edward había abandonado la elegante mansión que compartían en New York que solo se encontraba con el eco de su soledad decidió refugiarse temporalmente en casa de su padre, en Forks, hasta que decidiera que iba a hacer con su vida.

Se le había venido encima todo... las peleas, el dolor, las acusaciones, la horrible inseguridad que le provocaba pensar con quién estaba todo el tiempo que pasaba lejos de casa, por los comentarios por parte de su suegra y cuñadas, las horas interminables en las que él no estaba y Bella sentía deseos de gritar de desesperación, una desesperación provocada por la soledad. Daba igual cuántas cosas hiciera, el profundo hueco que tenía en el alma sólo podía llenarlo el amor y la amistad de su marido, pero no el solo la buscaba cuando quería tener relaciones sexuales lo que provocara que se sintiera como una prostituta cuando se despertaba y se encontraba sola en su cama ya que él se iba a su trabajo.

Ya al casarse con él, Bella había sabido que, siendo un aclamado empresario musical, su trabajo le exigiría que viajara constantemente. Como escritora ella también estaba acostumbrada a viajar, pero entonces había llegado el momento en el que los continuos vuelos al extranjero habían perdido la emoción y Bella sólo había deseado quedarse en casa... con Edward. No sabía cómo explicarlo, de repente había necesitado echar raíces y formar una familia la cual nunca tuvo ella, puesto que sus padres se casaron por que su madre estaba embarazada de ella a los 18 años y se divorciaron cuando ella tuvo tres meses de nacida y fue llevada por su madre la cual con espíritu libre parecía mas la hija que la madre y cuando tuvo 15 años su madre se caso con un jugador de beisbol, 10 años menor a ella, provocando imposible la convivencia en su casa por los celos constantes de su madre por ella y hasta en una ocasión la acuso de tratar de seducir a su padrastro.

Bella decidió llamar a su padre e irse a vivir con el, pero también con el tenia que vérselas sola ya que su padre de carácter callado y sombrío solo le proporcionaba dinero para sus subsistencia y nada mas hasta que falleció cuando ella tenia 19 años dejándole su casa y nunca ha vuelto a ver a su madre.

Las peleas habían comenzado cuando él había dejado bien claro que no sentía la misma necesidad. De hecho, justo en aquel momento los compromisos laborales de Edward parecían haberse intensificado y Bella había empezado a no verlo apenas; a no ser, por supuesto, que lo acompañara en sus viajes. Pero cada vez le apetecía menos hacerlo, por que se sentía fuera de lugar ya que el la dejaba sola en los hoteles o en las fiestas que asistan.

Enseguida le serviré un café, señora Cullen sólo estamos esperando a que llegue el señor Cullen. ¿Está usted bien? Parece que tuviera frío. ¿Quiere que encienda la calefacción?

En cuanto el abogado se levantó de la silla que presidía la enorme mesa de reuniones, Bella lo miró alarmada.

¡No! por favor.

Si lo hacía, Bella corría el riesgo de no poder respirar, necesitaba esa delicada brisa que se colaba por la ventana y que contribuía a debilitar su ansiedad.

Había sido él el que había insistido en celebrar aquella reunión en presencia de un abogado. Cuando, quince días atrás, Bella había recibido su carta, había llorado hasta que no le había quedado una lágrima que derramar. Había esperado que aquella fría nota dijera algo completamente diferente. Quizá había sido una ingenua, pero lo cierto era que había albergado la esperanza de que hablara de perdón... e incluso de empezar de nuevo...

Por las voces que se oían al otro lado de la puerta, supo que había llegado su marido. Intentó prepararse para verlo, pero no podía dejar de temblar. Levantó el rostro y se prometió a sí misma no permitir que nada en su aspecto delatara el torbellino de sentimientos que sentía en su interior.

¿Por qué darle más motivos para que la despreciara?

Durante mucho tiempo, su mundo entero había girado alrededor de aquel hombre, el mismo que ahora estaba dejándole bien claro que ya no quería formar parte de su vida.

Apenas aguantaba pensar en ello, pero no iba a dejar que viera que estaba destrozada.

Nada más cruzar el umbral de la puerta, sus ojos verdes se clavaron sobre ella y la observaron con hostilidad, una hostilidad tan intensa como la adoración con la que la habían mirado en otro tiempo. Ahora sin embargo, aquella mirada parecía no haber sido tocada nunca por el amor tal vez ese amor solo habían sido imaginaciones suyas y solo era deseo lo que el sentía anteriormente por ella pero como siempre tan cegada e ingenuamente por su amor hacia él no lo vio.

Bella no sabía de dónde estaba sacando fuerzas para seguir allí sentada en lugar de salir corriendo, huyendo de todo el dolor que provocaba ese hombre con su sola presencia.

Adelante, señor Cullen siéntese mientras yo pido que nos traigan unos cafés. Enseguida vuelvo.

El impecable abogado de Edward, salió de la habitación, dejándolos a solas. Bella podía sentir la tensión que se reflejaba en las arrugas de la frente de su marido. No sabía qué decir, pero afortunadamente, fue él el que habló:

¿Has venido en coche? —le preguntó en un tono tan formal como su traje de o como la habitacion en la que se encontraban.

No, al final decidí venir en tren por si había mucho tráfico —respondió Bella con inseguridad. Iba a decirle que llevaba días con el estómago revuelto y le había dado miedo marearse en el coche, pero enseguida se dio cuenta de que no era buena idea compartir con él tanta información. Corría el riesgo de que le demostrara una vez más lo poco que le importaba lo que a ella le sucediese—. Pero bueno... —añadió, encogiéndose de hombros y tratando de no sentir ese malestar en el estómago y las nauseas que estaba reteniendo, que sin duda se debía a los nervios acumulados durante los últimos tres meses y al temor ante lo que la aguardaba en el futuro—, al menos así he podido leer un rato.

Edward se recostó sobre el respaldo de la silla y se desabrochó los botones de la americana.

Con un poco de suerte, acabaremos con esto enseguida.

Sería eso lo que esperaba realmente, se preguntoBella

Si así era, estaba claro que tenía el corazón de piedra, pensó Bella con profunda tristeza. Sus heridos ojos castaños observaron el gesto distante del rostro que tenía frente a ella, esos rasgos bellamente marcados, la barbilla y los pómulos que siempre había encontrado apabullantemente sexys y esos inteligentes ojos verdes que complementaban a la perfección con el cabello cobrizo. Resultaba difícil creer que aquel hombre le hubiera dicho alguna vez que era la mujer de sus sueños, ya que ahora la miraba como si apenas pudiera soportar estar en la misma habitación que ella.

Yo... no esperaba que me mandaras una carta como ésa —se obligó a decir Bella, pues necesitaba establecer una conexión más personal con él, aunque fuera sobre algo que le dolía enormemente.

Justo en ese momento regresó el abogado seguido de una mujer que les llevaba el prometido café y que se marchó enseguida, se sentó de nuevo junto a su cliente y se aclaró la garganta.

A Edward se le habían encogido el estómago y el corazón nada más ver a su hermosísima esposa. Era consciente de que, durante los dos años y medio que llevaban casados, había pasado la mayor parte del tiempo fuera de casa, en viajes de negocios; pero aquellas once semanas y dos días que llevaban separados le habían parecido una eternidad. Al menos antes, cuando se había encontrado lejos de casa, había sabido que Bella lo esperaba. Ahora la elegante mansión que había mandado construir para ella era como una cárcel de acero y cristal, una lujosa cárcel llena de muebles caros y un silencio ensordecedor provocado por su ausencia. Por eso Edward apenas pasaba por allí, porque aquella casa se había convertido en el doloroso recuerdo de todo lo que había perdido.

Por todo ello, ya no podía mirar la angelical perfección de Bella con el placer de otro tiempo. Aquella mujer lo había abandonado para demostrarle el desprecio que sentía por él y por su familia y eso no podía soportar. Ni siquiera había tenido la decencia de dejarle una nota de despedida; sólo los armarios medio vacíos y la ausencia de dos maletas habían dado cuenta de su marcha. Durante tres largos meses, Edward no había recibido noticia alguna de ella para informarlo de cómo estaba o de qué pensaba hacer respecto al evidente deterioro de su relación.

Se había torturado una y otra vez con la idea de que quizá hubiera conocido a alguien y que no se había atrevido a confesarle que dicha aventura era la verdadera razón por la que lo había abandonado ya que su madre le había contado que en algunas reuniones sociales se portaba en una forma poco decorosa para una mujer casada y que coqueteaba con varios hombres.

El único lugar que Bella tiene como suyo era la casa de su padre en un pequeño pueblo llamada Forks por lo que Edward no había dudado en ningún momento de que habría sido adonde había acudido, después de confirmar que así era, Edward se había obligado a aceptar la distancia de su mujer, con las dudas que lo haya dejado por otro. Por eso estaba furioso porque Bella le hubiera negado la oportunidad de expresar lo que sentía. Probablemente había sido esa rabia lo que lo había impulsado a dejar de esperar que Bella tomara una decisión y a llegar a la conclusión de que quizá lo más sencillo sería optar por un divorcio rápido y sencillo. ¿Por qué esperar si lo único que habían hecho en los últimos meses había sido pelearse?

Edward estaba harto. Jamás habría imaginado que la tranquila muchacha con la que se había casado pudiera llegar a complicarle tanto la vida o a alterarlo como nunca nadie lo había hecho. La tensión que se había apoderado de su relación y con su familia había comenzado a afectar a su trabajo, pues hacía que tuviese la cabeza en otro sitio cuando sus obligaciones laborales exigían una absoluta concentración. Sin embargo cada vez le había resultado más difícil alejar su mente de todo lo que estaba ocurriendo; sólo podía pensar en Bella. Y volver a verla tres meses después no iba a facilitar las cosas...

¿Qué les parece si empezamos? —preguntó el afectado abogado con una profesional sonrisa, con la que sin duda pretendía hacerles ver que era a él a quien debían prestar atención y no el uno al otro.

Ella no deseaba aquel divorcio, jamás había querido que las cosas llegaran tan lejos. Ojalá hubiera hablado con él o al menos se hubiera puesto en contacto con él después de marcharse para decirle que debían verse y hablar de sus problemas como personas civilizadas, quizá así habrían podido salvar su matrimonio.

Sin embargo Bella había insistido tercamente en guardar silencio con el estúpido anhelo de que fuera él el que la llamara para pedirle perdón.

Al fin y al cabo, Edward le había dicho cosas terribles aquella amarga noche en la que habían tenido la pelea que había puesto fin a todas las peleas. Sus palabras habían sido como puñales que se le habían clavado en el corazón, haciéndoselo pedazos.

Mientras dejaba que se curaran las heridas, Bella no había dejado de esperar que Edward diera el primer paso hacia la reconciliación. Pero al levantar la mirada para observarlo frente a ella, al otro lado de la mesa, comprobó con enorme dolor que parecía tan frío y distante como en el momento en el que había entrado en la sala.

Era obvio que estaba deseando cortar para siempre todo lo que lo unía a ella.

Estupendo —dijo él, respondiendo a la pregunta del abogado—. Tengo que tomar un avión a Edimburgo dentro de un par de horas, por lo que preferiría no entretenerme demasiado.

Fue justo entonces cuando Bella sintió el olor del café. El aroma le revolvió el estómago y la obligó a ponerse en pie y salir corriendo antes de que ni Edward ni el abogado tuvieran oportunidad de decir nada.

Después de preguntarle a la secretaria dónde estaba el baño más cercano, Bella recorrió un largo pasillo de baldosas blancas y negras que estuvo apunto de no llegar al inodoro antes de empezar a vomitar.

Pasaron varios minutos antes de que el estómago volviera a asentársele y pudo volver al despacho del abogado. Cuando por fin lo hizo, estaba tan blanca como una estatua de mármol y las piernas casi no la sostenían.

Edward la esperaba de pie y con gesto preocupado.

¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado?

Fue hacia ella y le puso la mano en la cintura para acompañarla hasta la silla que tan bruscamente había abandonado.

Bella sabía que si se atrevía a responder en ese momento, se arriesgaba a no poder controlar las lágrimas, cosa que la haría quedar en ridículo una vez más delante de su marido y del abogado.

Ha sido una estupidez... el olor del café, nada más, nunca me había pasado. Discúlpenme.

Bella no vio cómo también el rostro de Edward se quedaba sin color. Volvió a su sitio, pero no se sentó, prefirió quedarse de pie y ella lo miró, aturdida.

¿Qué ocurre?

¿No se te ha ocurrido pensar que podrías estar embarazada? —le preguntó, con los ojos brillantes como dos esmeraldas.

Aquellas palabras cayeron como una piedra sobre ella. La extraña sensación en el estómago que tenía desde hacía días, la sensibilidad de los pechos, los mareos, la necesidad de tener siempre las ventanas abiertas porque sentía que le faltaba el aire.

Como nunca había estado embarazada le había atribuido todos esos síntomas al nerviosismo y la tristeza provocados por el decepción dé su relación. Estaba sensible y desesperada porque a pesar de todo, de las peleas, de la tensión y de los momentos de infelicidad, lo cierto era que amaba a Edward casi más que a su propia vida.

Nunca había tenido un periodo muy regular, podía pasar dos o tres meses sin tener la menstruación y sin preocuparse por ello. Pero la noche antes de la gran pelea, Edward y ella habían hecho el amor durante horas. Después de casi un mes sin verse, habían sentido tanta necesidad el uno del otro, tanta desesperación por poseerse, que, a pesar de las dificultades, no se habían parado a pensar en que no habían utilizado protección alguna

¡No estoy! ¡No puede ser!

Bella no podía formar ninguna frase coherente en su estado de nerviosismo.

Miró hacia al abogado, que la observaba con el ceño fruncido y una mano encima de la otra

Sólo tengo el estómago un poco revuelto, ¡nada más!, no estoy embarazada

Hablo con firmeza la cual no sentía y planeaba ir al medico a penas salga de ahí.

¿Has ido al médico?

Pregunto con su voz fría y distante, como si nada pudiera hacer que volviera a hablarle con cariño o amabilidad nunca más.

No. ¿Por qué habría de hacerlo? Sólo estaba... aturdida con todo esto, con todo lo del divorcio. No pensé que hubiera otro motivo.

Creo que, dadas las circunstancias, será mejor que los deje hablar a solas, señor Cullen —dijo el abogado, poniéndose en pie y mirándolos a uno y a otro con gesto de reprobación—. Tómense todo el tiempo que necesiten, sólo tienen que avisar a mi secretaria cuando quieran que sigamos hablando.

Cuando la puerta se cerró, Esward se dio cuenta de que no sabía qué hacer con el torrente de emociones que le corrían por las venas. Bella estaba embarazada.

Necesitaba tiempo para asimilar la noticia. Iba a tener un hijo. Se sentía como si una poderosa corriente lo arrastrara hacia los rápidos de un río. Pero de pronto se le ocurrió algo que haría aquellas aguas aún más peligrosas:

¿Es mío? —preguntó con voz furiosa.

En su mirada no hubo ni un instante de debilidad, pero Bella se sintió espantosamente herida por la cruel reacción de su marido, pero el dolor dio lugar a la ira y roja se enfrento y le grito.

No puedo creer que me preguntes eso. ¡Claro que es tuyo! ¿Acaso crees que he estado con alguien a tus espaldas? ¿Qué pretendes? ¿Burlarte de nuestro matrimonio, de toda nuestra relación?

Ahora mismo no sé qué pensar. Creía que te conocía, Bella, pero estaba equivocado. Lo supe cuando me abandonaste hace tres meses sin aclarar lo nuestro

Bella negó con la cabeza, intentando deshacerse de la amargura que desprendía su voz

¿Y no se te ha pasado por la cabeza que quizá tuviera algo que ver con tu egoísmo y tu falta de sentido común?, en primer lugar tu te fuiste primero me dejaste sola en casa luego de la pelea no quisiste hablar conmigo y que tenias un "importante negocio" y en segundo te resultaba más fácil pensar que te había dejado por otro hombre antes que plantearte siquiera que pudieras tener parte de culpa no solo tu sino tu familia y el mundo que al parecer no tenia que ingresar según tu madre. Edward, te abandoné porque estaba harta de que me hicieras sentir que no era lo bastante importante y no me defendieras de los comentarios hirientes o fuera de lugar de tu madre y hermanas. Los psicólogos dicen que hace falta el esfuerzo de dos personas para conseguir que una relación funcione, y tienen razón. Pero a ti lo único que te ha importado siempre es hacer lo que querías, ¡lo que yo quisiera o deseara no importaba lo más mínimo!

¡Eso es mentira y lo sabes! —exclamó él, pasándose las manos por el pelo—. ¿De qué demonios te quejas? Cualquiera creería que has vivido en condiciones difíciles. Vives rodeada de lujo, Bella. Puedes viajar por el mundo siempre que lo deseas. Yo no te pido que te encierres en casa mientras yo me trabajo lo único que te he pedido es que de vez en cuando me acompañes para poder estar contigo. ¿Eso te parece tan insensato?

Edward prefirió ignorar el reclamo concerniente a su familia ya que ahí no podía defenderse

¿Y no podías quedarte tú alguna vez en casa para estar conmigo? Con tanto viaje no se puede formar un verdadero hogar y sabes que eso es precisamente lo que yo necesito; necesito echar raíces, no sentirme inútil.

Sabías en qué consistía mi trabajo cuando nos conocimos. Entonces te parecía emocionante y sofisticado. También sabías que tenía largas jornadas de trabajo y no pusiste ningún inconveniente. En cuanto a tu carrera, fuiste tú la que dijo que ya no te atraía, y no te culpo por ello... pero deberías haberte dado cuenta de que yo no soy el tipo de hombre que se quedaría en casa y jugaría a la familia feliz contigo. Así que, Bella, no te hagas la ofendida como si no supieras cuál era la situación.

Nada había cambiado. Tres meses separados y Eddward seguía sin tener la menor intención de pararse a pensar en lo que ella deseaba. La única solución era seguir adelante con el divorcio. Él tenía razón.

Por un momento Bella había olvidado el nuevo dilema al que se enfrentaba la posibilidad de estar esperando un hijo suyo. Nada estaba saliendo como ella había esperado. Las veces que se había permitido fantasear sobre tener hijos, siempre había soñado con que su marido recibiría la noticia del embarazo con alegría. Pero la realidad no podía estar más lejos de aquella fantasía.

Bella tenía el corazón destrozado con sólo pensar en su bebé. Sería el hijo de padres divorciados, de dos personas incapaces de solucionar sus diferencias. Se le hizo un nudo en la garganta que apenas la dejaba respirar. Sus ojos no podían ocultar el dolor que sentía.

¿Y qué pasa con el niño?

Suplicó en silencio que no le sugiriese lo más inconcebible. Si lo hacía, Edward se convertiría para ella en un completo desconocido. Fuera cual fuera su opinión, Bella tenía intención de tener aquel niño y criarlo sola.

Edward le dio la espalda y se alejó de ella con las manos en los bolsillos. Después se detuvo, como si necesitara asegurarse de lo que iba a decir antes de darse media vuelta de nuevo. Cuando por fin lo hizo, la miró con gesto decidido.

El niño lo cambia todo —afirmó rotundamente.