Capítulo 2

—¿QUÉ QUIERES decir? —preguntó Bella con la voz tensa mientras, inconscientemente, se llevaba la mano al vientre protectoramente.

—Lo que quiero decir es que ya no habrá divorcio.

—¿Has cambiado de opinión solo por el bebé?, no jodas hace unos minutos anhelabas el divorcio y no volverme a ver en todo tu vida.

—¿Qué esperabas? Tengo que dejara a lado lo que yo sienta por ti, no pienso darle la espalda a mi hijo. ¿Acaso creías que seguiría adelante con el divorcio en estas situaciones?

Edward solo pensaba que con ese bebe se solucionan muchas cosas con sus padres y los demás temas se concluirían con rapidez solo tenia que esperar que el niño nazca.

Bella detestaba aquella frialdad. Y le daba miedo. ¿Qué clase de hogar tendría su niño si no había la menor armonía entre sus padres? ¿Con un padre que no sólo ya no amaba a su esposa, sino que la despreciaba?

Se puso en pie y sintió la enorme carga de la tristeza sobre los hombros.

—No eres tú el que tiene que tomar una decisión, Edward —se oyó decir a sí misma—. Si decido que no quiero seguir casada contigo, no habrá nada que puedas hacer o decir.

—Si no sigues casada conmigo, Bella, no podrás alejarme del niño. No pararé hasta quitarte la custodia ¿Comprendes?- pregunto con una insensibilidad que asusto mucho a Bella

—¿Me estás amenazando? —nunca había sentido tal temor, miraba a Edward y no reconocía al hombre que tanto había amado—. ¿Me estás diciendo que me apartarías del bebe?

Él se encogió de hombros, como si no fuera necesario responder porque la contestación era demasiado obvia.

—¿Tú qué crees? ¿Crees que soy de los que se quedan cruzados de brazos sin hacer nada? Vamos, Bella, me conoces demasiado bien para pensar eso. Tengo el dinero suficiente para conseguir a los mejores abogados, y no dudaré en emplearlo si se te ocurre pedir el divorcio. Te aconsejo que lo pienses bien porque te recuerdo que, a excepción de tus esporádicos trabajos, no tienes empleo fijo y los únicos recursos de los que dispones en este momento son los míos. ¿A quién crees que le daría la custodia un juez? Piénsalo. Mientras lo haces, iré a decirle a mi abogado que he cambiado de opinión respecto al divorcio. Después te llevaré a forks a recoger tus cosas para que vuelvas a casa.

—¿Por qué quieres la custodia del niño si acabas de dejar muy claro que no quieres quedarte en casa y jugar a las familias?

Edward consideró aquellas palabras durante unos segundos antes de contestar sin la menor muestra de emoción:

—Las mujeres no sois las únicas que podéis cambiar de opinión, Bella. Estás embarazada, así que tendré que afrontar la realidad, y la realidad es que yo también soy responsable de la existencia de ese niño, por lo que tengo la obligación de ayudar a criarlo. ¿Crees que permitiría que lo hicieras tú sola sin decir ni una palabra? ¿De verdad lo creías?

Bella trató de tragar el nudo que tenía en la garganta, ya que ella sabia lo era ser una obligación y ella no quería eso para su bebe quería amor y un entorno familiar que nunca tuvo, por lo que se defendió.

—¡Claro que tengo recursos! Puedo aceptar más trabajos en cuanto quiera.

—¿Pero durante cuánto tiempo? Porque te recuerdo que estás embarazada y no podrás viajar para tus investigaciones.

Tenía las mejillas rojas de rabia.

—No pienso volver contigo, Edward. Quiero quedarme en Forks

—Sola sin ayuda de nadie en un pequeño pueblo que no solo e discriminaran a ti por divorciarte sino que llamaran a mi hijo tal vez bastardo.

No tienes elección. Dejaste de tenerla en el momento en el que me di cuenta de que estabas embarazada. Vas a volver a casa conmigo y no hay más que hablar.

—¡Pero dijiste que tenías que tomar un volar a Londres! ¿No irás a cambiar tus planes y faltar a una de tus importantísimas reuniones sólo por mí?

Después de lanzarle fulminarla con la mirada, Edward se dirigió hacia la puerta.

—Cambiaré todos los planes que haga falta hasta que, estés donde tienes que estar —anunció secamente.

—¿Quién te crees que eres para decidir dónde tengo que estar? La única que decide adónde voy soy yo. Soy una mujer adulta y donde quiero estar es en Forks... ¡no contigo!

Edward giró la cabeza ligeramente para mirarla. En sus labios apareció una sarcástica sonrisa.

—Eres mi esposa, Bella, y estás esperando un hijo mío. Cualquier juez determinaría que, por tu bien y por el del niño, tu lugar está junto a mí.

Antes de que pudiera decir nada más, ya fuera para protestar o defenderse, Edward salió de la habitación y cerró la puerta tras él...

—Tendrás que ir al médico de todos modos. Yo me encargaré de concertar una cita.

Le dijo Edward ni bien ingresaron al salón de su casa

A Bella le ardían los ojos, pero no iba a llorar, ni tampoco iba a ceder a la necesidad de suplicarle que la abrazara y que la perdonara por haberlo abandonado sin decirle siquiera si estaba bien. Iban a tener un hijo. Si había alguna razón en el mundo para tragarse el orgullo y tratara de recuperar parte del amor que los había unido, sin duda era la llegada de un bebé.

Pero al ver cómo aumentaba la frialdad y la distancia que Edward imponía con su mirada, las palabras que Bella deseaba tanto decir se secaron en su boca. Así que estiró los hombros, alzó la cabeza y se preparó para seguir luchando.

—No te molestes. Sé que dudas de mi capacidad para actuar sin tu ayuda, pero incluso yo, boba e incompetente como soy, puedo hacer una llamada para concertar una cita con el médico.

—No convirtamos esto en otra pelea, Bella. No importa quién haga la maldita llamada, lo que ímporta es que vayas al médico. ¡No tengo ningún plan diabólico para controlarte! Es esencial que te vea un médico. Sólo quiero asegurarme de que recibes la atención necesaria y no corres riesgos innecesarios.

Todo en él denotaba su frustración y su rabia, como si se hubiera resignado a no volver a recibir de Bella ningún tipo de afecto. Ese comportamiento le provocaba a su esposa una inconmensurable tristeza.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó ella, incapaz de controlar un resentimiento que era aún mayor que la tristeza—. ¿Acaso crees que haría algo para hacer daño al niño para vengarme de ti o algo así?

—¡No seas paranoica! Sólo pretendía recordarte que estamos juntos en esto; no voy a dejar que tú te enfrentes a todo sola.

—Vaya. ¿Desde cuándo te preocupa que haga las cosas solas? —replicó Bella, llena de rencor—. Dejemos esto bien claro, Edward: sé perfectamente que no tardaré en tener que llevar este embarazo yo sola porque tú estarás trabajando todo el tiempo fuera de casa, como siempre. ¡No intentes hacerme creer que las cosas van a cambiar sólo porque te acabas de enterar de que vas a ser padre! —bajó ligeramente los hombros y una sombra de dolor cubrió de sus ojos—. No creo que nada vaya a cambiar tampoco cuando el niño esté aquí, salvo que ahora seremos dos los que esperemos a que te dignes a recordar que vivimos.

—¡No seas ridícula! Es cierto que ninguno de los dos habíamos planeado todo esto, pero ahora que sabemos que vamos a ser padres, tengo la intención de hacerlo lo mejor que pueda. Y no me cabe en la cabeza que creyeras que sería de otro modo... pero parece que he creído en ti más de lo que mereces.

—Quiero que sepas que he vuelto a esta casa de manera involuntaria, completamente en contra de lo que me dicta el sentido común. Estoy aquí porque no puedo arriesgarme a que me lleves a juicio y me quites la custodia del niño. También debes saber que voy a luchar por ser feliz y que lo sea también mi hijo, así que no creas que sólo porque estoy aquí otra vez tienes derecho a hacer todo como te venga en gana.

—¿Has acabado?

Con un gesto de aburrimiento y desprecio, Edward dejó bien claro que no toleraba el apasionado discurso de Bella y, por un momento, a punto estuvo de impedirle continuar con la fuerza de su mirada..

Cuando vio que se dirigía a la puerta del dormitorio, Bella sintió cómo aumentaba la presión que tenía en el pecho.

El niño... Edward se pasó la mano por la barbilla mientras se repetía a sí mismo que iba a ser padre. Eso quería decir que no tenía más opción que reducir un poco sus compromisos laborales durante los próximos meses, y probablemente también después de que el bebé naciera. Tendría que asegurarse el futuro de sus padres y hermana con ese niño.

Luego de cenar sola Bella cayo totalmente rendida en un sueño perturbador en el cual Edward, Elizabeth su suegra y Alice su cuñada se reían de ella, agarrados de la mano se burlaban de su tristeza mientras ella lloraba angustiada porque sentía que algo se le rompía por dentro.

—¡No sabes ser una verdadera esposa! —exclamaba Edward, clavándole la mirada como un puñal.

—¡Claro que sé! —gritaba Bella una y otra vez. El cuchillo se hundía aún más y la desgarraba—. ¡Dame otra oportunidad, Edward, por favor! ¡Te prometo que intentaré ser la esposa que tú quieres!

La tristeza y el terrible dolor que sentía en el vientre la hicieron despertar. Tenía la frente empapada en sudor y el camisón también parecía mojado. Al incorporarse el dolor se hizo insoportable, era tan intenso que le costaba respirar.

Pero lo que realmente la alteró fue retirar la sábana y ver que con horror que lo que empapaba el camisón no era sudor sino sangre. Empezó a temblar.

—Dios, Dios... —llevándose las manos al estómago, se dio cuenta de que debía de estar perdiendo el bebé.

Si Edward estaba durmiendo en su habitación, no podría despertarlo desde allí, así que tenía que levantarse de la cama e intentar llegar hasta el pasillo. Y eso hizo, apretándose el camisón entre las piernas y sin poder dejar de temblar de miedo cada vez que miraba hacia abajo y veía la cantidad de sangre que salía de su cuerpo.

Consiguió alcanzar la puerta y abrirla.

—¡ Edward! —gritó, histérica—. ¡ Edward... ayúdame!

Él también ya estaba dormido, cuando el grito desesperado de Bella se coló en su subconsciente, se incorporó de golpe en la cama con el corazón latiéndole en la garganta.

Lo primero que pensó fue que lo había imaginado, pero entonces volvió a oír la voz de Bella y supo que era real... era un grito de angustia, un llanto casi infantil.

Salió corriendo sin pensárselo dos veces y, en cuanto llegó al pasillo, se encontró con la terrible escena.

Lo único que pudo ver al principio fue sangre. Su cerebro, aún medio dormido, trataba de comprender la situación con su lógica habitual; pensó que debía de haberse caído y por eso sangraba. En aquel momento Edward no podía enfrentarse al hecho de que toda aquella sangre que empapaba el cuerpo virginal de su esposa tuviera algo que ver con el hijo que esperaba. Con el hijo de ambos. «No, por Dios, no...».

—¿Qué ha pasado, preciosa? Dime, Bella... ¡Déjame que te ayude!

Trató de llevarla al dormitorio, pero el dolor no le permitía ni moverse. Fue entonces cuando reparó realmente en la sangre.

Sin pararse a pensar en el nudo que se le había hecho en la garganta, la levantó en brazos y se dispuso a llevarla al hospital antes de que se desangrara.

—Preciosa, te voy a llevar al hospital —le dijo, agarrándola de la mano y maldiciendo por notarla tan fría—. No voy a llamar a una ambulancia porque será más rápido si te llevo yo mismo. Todo va a salir bien, cariño... te lo prometo. Déjame que te envuelva en una manta para que no tengas frío y nos vamos.

Bella se dejó arropar sin decir nada.

—¿Me voy a morir, Edward? —le preguntó con voz temblorosa.

Habría sido absurdo preguntarle si iba a perder el niño porque había estado segura de ello en cuanto había despertado con ese terrible dolor que la desgarraba por dentro y había visto toda aquella sangre.

Sintió los brazos fuertes de Edward que la hacían sentirse al menos un poco más tranquila. También su mirada era tranquilizadora.

—No, Bella, no vas a morir... ni siquiera pienses en eso. Enseguida estarás en el hospital y todo irá bien... ¿Me oyes?

Habían empezado a cerrársele los ojos cuando otra punzada de dolor borró todos los pensamientos de su mente, todos menos uno: edwrad se equivocaba, o se equivocaba o era ridículamente optimista... Porque después de aquello nada podría ir bien.

El techo era muy blanco. Bella lo miraba fijamente para no pensar en el miedo y el dolor que acababa de sufrir. Curiosamente le recordó al techo de la consulta de su dentista. Un techo igualmente blanco y aséptico, pero que estaba decorado con un póster de una soleada isla del Caribe. Un póster que siempre conseguía transportarla a otro mundo.

Ojalá hubiera podido recurrir a algo así en aquel momento y volver a ser la joven despreocupada de la que Edward se había enamorado. Pero ¿cómo podría hacerlo si tenía el corazón roto y el alma cansada?

A pesar de la increíble necesidad de llorar que sentía, no pudo hacerlo porque los sedantes que le habían administrado actuaban como una especie de muro que separaba su corazón de las lágrimas y les impedía caer. Así que se mordió el labio con fuerza y cerró los ojos porque la oscuridad era preferible a todo lo que la rodeaba.

Había percibido los nervios del personal médico nada más enterarse de la situación. Durante la espera a la puerta del quirófano, el corazón no había dejado de martillearle él pecho y no había podido dejar de pensar en toda la sangre que había perdido la pobre Bella antes de conseguir llegar al hospital

Tenía ambas manos cerradas, apretando con fuerza la sábana y el rostro pálido como la luna en invierno. Nada más verla, Edward dio gracias a Dios porque le hubieran quitado el goteo que le habían puesto la noche anterior y porque no tuviera ni tubos ni cables ni ninguna de esas cosas que tanto miedo daban de los hospitales y que implicaban que el paciente estaba en estado crítico.

Junto a la cama había una silla de plástico gris que, junto con un armarito de metal amarillo, constituían la única decoración de la habitación. Se podría describir el lugar como austero, incluso inhóspito. Edward decidió de inmediato que sacaría a Bella de allí en cuanto pudiera, pues no podría recuperarse en un ambiente tan deprimente. Eso no quería decir que no estuviera enormemente agradecido al personal del centro, que en todo momento la habían tratado a las mil maravillas. Le habían salvado la vida a su mujer y a uno de los niños, le habían dado la privacidad de una habitación individual.

Justo cuando pensaba que no se sentía preparado para hablar con ella, Bella abrió los ojos y en ellos Edward pudo ver el reflejo del miedo y del dolor, una expresión que le encogió el estómago y le rompió el corazón.

—Hola —dijo ella suavemente.

Con la piel de gallina por la dulzura de su voz, Edward se acercó a acariciarle la mano, a lo que ella reaccionó aflojando un poco los dedos. Parecía un capullo floreciendo lenta y tímidamente. Incluso después de lo sufrido, Bella seguía siendo la criatura más bella que Edward había visto en su vida. Su rostro delicado y pálido, libre de cualquier artificio demostraba la autenticidad de su belleza y, aunque las sombras que teñía bajo los ojos eran más que evidentes, su encanto brillaba más que el dolor.

—Hola —dijo él también con una sonrisa mientras se preguntaba si alguna vez volvería a ver curvarse aquellos deliciosos labios y dibujar aunque fuera una tenue sonrisa al verlo—. ¿Qué tal estás?

—Duele un poco.

Él también hizo un gesto de dolor.

—Lo sé, preciosa. Ojalá pudiera hacer desaparecer todo tu dolor. Has sido tan valiente y tan fuerte... En cuanto hable con tu médico te sacaré de aquí y te llevaré a un lugar más agradable, para que estés más cómoda.

Para Bella las cosas volvían a la normalidad ya que a pesar de a ver perdido uno de los niños seguía teniendo otro que proteger en su vientre.

—¿Es necesario cambiar de lugar? —preguntó con el ceño fruncido—. Porque aquí estoy bien.

En sus ojos podía verse que no tenía el menor interés en proporcionarse ningún tipo de comodidad para sí misma.

—No debes culparte de lo ocurrido, Bella. No sabemos por qué ocurrió. Quizá tu cuerpo no estuviera preparado para ese tipo de embarazo. Ahora lo que necesitas es cuidarte mucho y descansar hasta que estés completamente recuperada. Después, en cuanto estés fuerte de nuevo, te llevaré a algún lugar cálido y bonito. Nos iremos un par de meses, ¿qué te parece? Así tendremos tiempo para conocernos otra vez.

Un mes más tarde, ya en casa, Bella haciendo la maleta en el dormitorio ya que mañana viajaba a Brasil.

La vieja granja remodelada, con sus jardines perfectamente cuidados y la enorme azotea, era un claro ejemplo de la belleza de la arquitectura tradicional portuguesa. Un deslumbrante conjunto de flores recibió a Bella y a Edward en aquella fresca tarde de primavera. Habían tenido un vuelo lleno de turbulencias, que no hizo más que aumentar la tensión de Edward ante la idea de pasar tanto tiempo ininterrumpido junto a su esposa, por lo que se alegró enormemente de llegar por fin y poder sentarse.

Después de dejar las maletas en el vestíbulo, Edward condujo a Bella hasta el sofá y le dijo que pusiera los pies en alto. Le preocupaba la excesiva palidez de su rostro y esperaba que siguiera su consejo de descansar hasta la hora de cenar.

—Tengo hambre —anunció Bella, que había acudido a la cocina descalza.

Ella se había quitado la chaqueta y se había quedado con el sencillo vestido de lino blanco que llevaba. Con el pelo recogido, excepto algunos mechones que le caían sobre los hombros, parecía más joven y más dulce.

—¿ Edward?

Al verlo tan distante, Bella no pudo evitar preguntarse si estaría arrepintiéndose de haber salido de viaje en la situación en la que estaba su relación. ¿Acaso habría decidido que aquella excursión sería inútil? Incapaz de dejar que se le rompiera el corazón una vez más en su primera noche allí, apartó la mirada de él y se fijó en el festín que había preparado sobre la mesa.

—¿Por qué no cenamos en el jardín? —sugirió Bella.

—¿No hará un poco de frío? —preguntó él al tiempo que se preguntaba a sí mismo por qué Bella se había sonrojado de repente.

—Puedo ponerme la chaqueta... y un chal que llevo en el bolso.

—Muy bien, entonces cenamos fuera.

—No has comido mucho —la voz de Edward interrumpió la melancolía de Bella.

—Tú tampoco —dijo ella al ver que también en su plato quedaba mucha comida.

—La verdad es que ahora lo que me apetece es tomar un poco más de vino —confesó sin el menor atisbo de una sonrisa.

—Ahora que estamos aquí —le dijo ella de pronto—, ¿te arrepientes de haber venido?

—En absoluto —respondió Edward con la misma firmeza con la que ella había.

Estaba tumbado en una hamaca junto a la piscina cuando oyó el timbre del teléfono. No tenía la menor gana de salir de la plácida ensoñación en la que había entrado gracias al brillo cálido del sol, pero de todos modos se levantó y fue a contestar.

La voz de Tania Denaly lo saludó al otro de la línea y, automáticamente, Edward dirigió la mirada al porche, donde Bella se encontraba leyendo. Se dijo a sí mismo que no debía sentirse culpable porque una importante clienta y amiga de la infancia lo llamara estando de vacaciones, pero sabía que Bella no lo vería de ese modo y también por que Tania lo a estado tratando de seducir desde que Bella lo abandono

,—¿Tuviste un buen vuelo? —le pregunto

—¡Perfecto! Es una maravilla volver a estar aquí. Pero, querido, llamo para decirte que sigue en pie mi invitación a cenar. ¿Podréis venir mañana a las siete? ¿Tienes algo para escribir? Te daré la dirección.

Cuando volvió al jardín, Bella se había tumbado en otra hamaca junto a la piscina y estaba leyendo un libro. Al verlo llegar, levantó la mirada por encima de las gafas de sol.

—¿Quién era?

Incapaz de controlar la tensión, Edward intentó hablar con normalidad.

—Un cliente —agarró el periódico que había en el suelo y se sentó a hojearlo sin realmente ver nada.

—¿Le has dicho que estás de vacaciones? —parecía perpleja

—Es un cliente muy importante, Bella. Hay llamadas que no puedo rechazar.

Era obvio que estaba molesto y Bella se preguntó si estaría lamentando haberse tomado aquellas vacaciones con una mujer embarazada con la cual no podía tener relaciones sexuales por ordenes medicas

La insatisfacción salió por su boca.

—Con todo lo que estamos pasando... y sin embargo sigues dando prioridad a las necesidades de tus clientes.

Edward apenas podía creer lo que oía.

—¡Maldita sea, Bella! ¿Qué demonios quieres de mí?

Se puso en pie tirando el periódico a un lado y miró a su esposa con furiay se alejó de ella.

Le temblaba la mano mientras se pintaba los labios frente al espejo del baño. La noche anterior y todo aquel día, Edward había optado por hacerle el menor caso posible... excepto para comunicarle que Tania Denaly los había invitado a cenar.

Decir que le había sorprendido que la cantante, amiga de la familia de su esposo estuviera allí cerca habría sido poco exacto. Lo cierto era que se le había hecho un nudo en el estómago al oír la noticia y no había podido evitar preguntarse si realmente sería una coincidencia o Edward y ella lo habrían preparado de antemano. Seguramente lo habían hecho. Sin duda Edward había tenido que decirle que iba a estar en Brasil con su mujer, si no Tanya no habría podido tener el número de teléfono.

Tanya llevaba un magnífico vestido rojo que se ajustaba a sus curvas a la perfección y, cada vez que se movía, las pulseras de oro que llevaba tintineaban deliciosamente.

Con su vestido azul de tirantes Bella se sentía como un ratón frente a un maravilloso gato siamés.

—Bella..., espero que no te haya molestado que haya interrumpido vuestras vacaciones para invitaros a cenar. Cuando me enteré de que Edward iba a estar aquí, no pude resistir la tentación de organizar algo. Además de ser el único promotor de conciertos en el que realmente confío, Edward es un amigo y todo un caballero... ¡siempre lo es! Bueno, ¿qué puedo ofreceros de beber? ¿Vino, martini?

—jugo o agua... gracias.

—Sí, para mí también, gracias.

En cuanto Edward pidió lo mismo, Tanya se disculpó y los dejó solos. En su ausencia se hizo un silencio abrumador entre ellos, un silencio lleno de tensión.

—Si preferías que no viniera contigo esta noche, deberías habérmelo dicho.

Al ver la expresión de tristeza que había en sus ojos, Edward prefirió callar la réplica que iba a darle.

—Es que sí que quería que vinieras —dijo en tono irritado y supo que reaccionaría aún peor si ella le llevaba la contraria sobre esa afirmación.

Después de aquello disfrutaron de una cena muy agradable tras la que Tania les dijo que quería enseñarles el terreno en el que se encontraba la casa. Antes de salir, Bella le preguntó si podía ir al baño y dejó a su marido en compañía de la cantante.

—ENTONCES, ¿pensarás en lo que te he dicho, querido? Sabes que significa mucho para mí.

Tanya y Edward se encontraban junto a un arbusto cubierto de olorosas flores.

—Te prometo que lo pensaré, Tanya —respondió Re Edward ece con aire pensativo—. Por el momento es todo lo que te puedo decir, pero te aseguro que te llamaré dentro de unos días.

Tanya agarró a Edward del brazo y, con total naturalidad y felicidad se lo llevó en la dirección contraria a su esposa