Existen terribles momentos que jamás podrán ser borrados de sus memorias, pero persiste uno en particular que no abandona sus pensamientos y que posiblemente, jamás lo haga. Aún hayan pasado quince años de ese suceso, el tiempo para seres inmortales parece no ser más que un concepto doloroso que se repite, siendo insostenible para la mente débil que parece componerlo.

Las interacciones humanas, que aquel había evitado los últimos miles de años, parecían acuñarse en montones polvosos, inútiles, la ausencia de comunicación con seres vivos empáticos había arruinado sus propias capacidades. Una pequeña culpa, una "Vína" (ви́на) se apodera de su pecho al recordar el tiempo desaprovechado en el interior del cielo, la oficina de luces brillantes, la cerámica, el mármol. Ahora, después de décadas de convivir en la Tierra, comprende lo insípido de la realidad que lo componía, la ausencia de color en su propio mundo.

Hace poco ha podido admitir que su tiempo sirviendo a un Dios ausente, en una organización que priorizaba lo obsoleto, fue un desperdicio de sus capacidades, una carencia absoluta de voluntad, una invitación a la inacción. Odia, tiene un sabor amargo el recordar las acciones de aquel escritor y su manía de fusionar el camino del héroe con la tragedia, un género retorcido que los envió y los sacó de la muerte, que los destruyó a su antojo no solo a ellos, a todos, las veces que fuesen necesarias para la satisfacción del creador del mundo, de aquel dador de vida, que eventualmente, soltó la pluma, dejándolos atrás, sin sus constantes salvadores.

Quince años atrás, aquel que fue el creador y padre, desapareció de la faz de la tierra, le dio un adiós al universo, cerrando el velo de una obra que tenía un tiempo específico para dejar de presentarse, una que para él, fue solo un acto fallido de su obra cúspide, aquella que vive en otro universo, con otros Sam y Dean, con otro Castiel, con otro Jack, otro Miguel, otro Lucifer. Juguetes de un titiritero caprichoso, que serán abandonados al momento de comprender que, no son el universo especial, no son la realidad elegida.

Los años no pasan en vano, la existencia de Dios en otra realidad parece menguar las posibles consecuencias de una muerte permanente. Aún existe luz, aún existe oscuridad y el equilibrio se mantiene, pero la ausencia de los héroes de la retorcida trama aún le causa a él, como un ángel que siente los recuerdos tan cerca, un retorcijón en la gracia, la Vína, la incapacidad de haber logrado salvarlos cuando era el momento de hacerlo.

No es que, en el instante de su muerte, él no haya querido estar ahí, pero ¿Qué se puede hacer para luchar contra un todopoderoso? Fue separado de su familia, de Sam y Dean en aquellos últimos momentos y aún tiene esa sensación de frustración que se remonta al día de la pérdida, siente que ha fallado, por lo mismo, no se ha visto capaz de detener su búsqueda, aunque ya no quede nada de él, en el fondo jamás va a ser capaz de dejar de buscarlos.

Ha revisado la tradición, ha consultado a aquellos que aún viven, ha buscado métodos, recorrido cielo, infierno, limbo. Él mismo estuvo a punto de morir más veces de las que ha logrado contar, pero su esperanza, su fe en sus propias capacidades como ángel, como aliado de la humanidad, se desvanece, lentamente; pero se desvanece.

Su mente funciona distinta a la de los humanos, sus pensamientos se desordenan rápidamente, en especial cuando llegan las horas nocturnas y no existe persona de su interés que esté despierta para ser capaces de intercambiar un par de palabras. Soñaba despierto, con los párpados cansados y una mirada apática, atrapada en un montón de hojas secas que habían caído al suelo con el viento, era otoño, no sentía frío, no sentía hambre, pero si estaba alerta, vigilando aquella cabaña que dentro contenía a sus amigos humanos, aquellos cazadores que se refugiaban del frío ¿Qué había sucedido ante la ausencia de Dios? Aunque aquel no hubiese fallecido, la falta de su atención a ese universo se había desviado, a otros más de su interés. Por lo mismo, muchas costumbres que antes parecían naturales para la humanidad como el convivir en sociedad y habitar en comunidades grandes, como lo son las ciudades y los pueblos, se habían vuelto un recuerdo distante, un hecho imposible en un espacio donde los monstruos habían tomado el poder, aquello no solo en un sentido figurativo.

Los monstruos siempre estuvieron en nuestro planeta, eran parte de la población, seres que prevalecían a través de los años, entes sobrevivientes a los cambios, más resistentes que los humanos, más fuertes, más capaces, rápidos e igual de inteligentes, por lo que, cuando la raza humana dejó de recibir la gracia y la benevolencia divina, los monstruos fueron quienes, casi de forma consciente, se dieron cuenta de que habían muchas cosas que antes hacían "mal" que ahora podían hacer "mejor".

Los "streams" de humanos siendo cortados en trozos, fueron lo primero que se descontroló a través de las redes sociales. Luego de aquello, fueron los noticieros quienes comenzaron a recibir reportes de caos colectivo. Los hechos de desórdenes escalaron gradualmente, al primer lustro, ya no se podía caminar en la calle de noche, había toque de queda en todos los países. A la primera década, muchos espacios urbanizados habían caído en un completo descontrol, las masas se encontraban en permanente estrés y las víctimas fatales ascendían, junto con el miedo colectivo de que así es cómo se veía el fin del mundo.

En la actualidad, después de quince años de aquellos incidentes sin retorno, ya no existían grandes ciudades en Estados Unidos, así como los seres humanos habían vuelto a las costumbres nómadas. Se escondían de sus enemigos, desconfiaban de sus amigos, protocolos inamovibles se manifestaban, naciendo de los hechos peligrosos y mortales que rodeaban a las comunidades, tanto a las grandes, como a aquellas que ya eran ínfimas:

"Para entrar debes sostener esta moneda de plata"

"Debo mojarte con agua bendita"

"Por favor, muéstrame tus ojos."

"Necesito que huelas sangre antes de entras."

Peticiones de lo más absurdas, que se habían vuelto parte de la vida misma, de la rutina de aquellos que, bajo un golpe de suerte, habían sido capaces de sobrevivir a los martirios de estar vivos en un espacio aislado, lejos de la mano de Dios.

Además de Sam y Dean, todos aquellos que, durante años, hasta décadas fueron de confianza, amigos llenos de calidez y consuelo, habían fallecido. Solo queda él y Jack.

En su búsqueda de traer de vuelta a sus seres amados, se ha encontrado con cientos de humanos y ha salvado a todos aquellos que el destino le permitió salvar, como ha perdido a muchos otros, ya casi convencido de que aquello que lo rodea no es nada más y nada menos que mala suerte, pésimas decisiones, dolor, pérdida y quizá su propia falta de confianza. Dean una vez le dijo que ya no podía confiar en él y ahora, entiende como aquel lo miraba, ya que se mira a sí mismo de una forma muy similar a como Dean lo veía después de que Jack accidentalmente asesinó a Marie.

Han tenido que dejar el búnker.

Durante los primeros cinco años, aquel fue un refugio ideal para cazadores, siendo Jack quien tomó el lugar de Sam como su líder, como todo en la vida de lo paranormal, de lo monstruoso, no duró más que eso, muchos fallecieron defendiendo el búnker y ahora Castiel cree, que quizá solo debieron haberse ido, ya que cada día se sienten menos humanos vivos en el mundo, siente ahora aún más que antes, de forma muy intensa, que todas las vidas son valiosas y deben conservarse.

No ve a Jack hace meses, pero por sus llamadas telefónicas, por la comunicación telepática, puede comprender que aquel, pese a todo, se encuentra bien y ha hecho un grupo de amigos lo suficientemente sólido para poder confiarles su vida. Pese a eso, aún no es capaz de quitarse de encima la sensación de que dejarlo existir solo, en un mundo tan retorcido como lo es la tierra en su propia realidad, no es más que una muestra de su irresponsabilidad, de que no es capaz de estar en todos los lugares donde lo necesitan, de vivir en automático; de apagar incendio tras incendio, de salvar seres humanos que posiblemente, más temprano que tarde, morirían de todos modos, a manos de los monstruos, ya que aquello es lo que sucede desde que los héroes de la historia ya no han podido seguir siéndolo.

Un sonido de unas ramas lo sacó de sus pensamientos. De la manga de su gabardina sacó su espada angelical, esperando encontrarse de frente con uno de esos tantos monstruos que buscan alimento en humanos, especialmente cuando es de noche y las personas deben, a veces de forma obligada y casi involuntaria, dormir.

Pero Castiel no debe dormir, y aquel grupo de cinco seres humanos que se topó en su camino a buscar una "nueva mágica solución" no acabó sirviendo más que para agotarlo mentalmente con todas las peripecias que tuvo que vivir en su camino. Vio morir a quien dijo iba a guiarlo a manos de un vampiro, ya que las ilusiones de una solución para traer a los hermanos de vuelta no eran más que mentiras. Aquel humano había decidido mentirle, aliado de los vampiros, quienes decían tener a su familia como alimento de su nido, advertido de que, sino los ayudaba a detener al "ángel cazador", las asesinarían sin más. Ilusiones, tanto él como ese humano, se ilusionaron en vano.

El sonido de la maleza moviéndose lo colocó en una situación de alerta. La espada empuñada, su ceño fruncido y una atención felina ante aquella oscuridad que le impedía ver bien.

—¿¡Quién es!? ¡Muéstrate!

Casi a sabiendas de que Castiel no le haría daño, una figura familiar y literalmente desalmada salió de entre los árboles.

—Jack.

Aquel nombre escapó de sus labios en un suspiro, siente que solo es capaz de respirar un poco más en paz, cuando el menor, que considera su propio hijo, aparece frente a él. Cuando él mismo es capaz de cerciorarse de que aquel está bien; cuando siente que puede protegerlo, por mucho que aquel reclame constantemente su independencia e individualidad. Castiel no es capaz de dejar de preocuparse, no es capaz de dejar de pensar y por lo mismo, impulsivo, sin dudar, se acercó a aquel y le dio un fuerte abrazo.

Jack correspondió, apoyando su cabeza en el hombro de su padre, suspirando, con una sonrisa sutil que parecía estar pintada en su cara, pero, poco después se dejaron ir, Jack, sosteniendo a Castiel por los hombros, lo observó fijamente y entreabrió los labios, nada salió.

—Una de mis amigas fue asesinada por un demonio. Por lo mismo. . .Dijeron que no era mi culpa, pero yo sé que lo es porque no la seguí cuando la hice enojar ¿Debí haberla seguido, Cass? No entiendo, no puedo sentirlo todavía, aún después de tantos años sin alma...Siento que a veces, cosas como estas, me recuerdan que no soy como los demás, que...Que quizá no deba volver a intentar.

Castiel ladeó suavemente la cabeza hacia un costado, observó al menor, sintiendo una genuina preocupación. Pero aparte de ello, se siente agradecido de que los amigos de Jack no lo culpen por su falta de empatía, por su carencia de habilidades blandas, características de alguien que ha perdido el alma, aquel foco que le permite a los humanos diferenciar con absoluta claridad que es el bien del mal. No tener alma, por conversaciones que ha tenido con Sam o con Jack, es como vivir en un estado de gris permanente.

—Ellos tienen razón, no podías preverlo. A estas alturas, si repasamos hacia el pasado, no podemos prever nada realmente.

Miró hacia abajo, silencioso. Castiel al decir eso sintió como se le hacía un nudo en la garganta, como la Vína se apoderaba de sus pensamientos, Cass comprendió que, aunque él estaba predicando, no estaba practicando. Ni siquiera él es capaz de aceptar que no pudo prevenir la muerte de Sam y Dean. No puede dejar de pensar en ello, en ningún momento del día.

—Pero es bueno que vinieras, me iría bien la ayuda ¿Cómo me encontraste?

Ahí, otra sonrisa.

Se venía una larga charla.