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Antes que cualquier cosa pase, quiero usar este espacio para desplayarme, con el permiso de ustedes mis devotos lectores:

Horus me hizo una petición especial: quería un fic sobre el lado tierno de Rafita, y tuve una idea, pero la cambié por esta otra que están por leer, ese cambio se debió a que ya ha habido un par de ocasiones que mis fics los han confundido con yaoi, y por esto, por pasarme de cursi, es que ahora me da miedo escribir algo lindo, de ahí que puse (y pondré cada vez que escriba algo así) la advertencia antiyaoi.

Y pensar que estuve a punto de escribir un fic yaoi, os juro, y es que me dio tanto coraje que confundieran mis fics con ese género que detesto con todo el alma (ojo, no soy homofóbica, pero detesto que involucren a las tortugas en el incesto), que estuve a punto de escribir un fic netamente yaoi (hasta le puse nombre: Todos quieren a Leo, qué digo, tengo toda la trama pensada), y lo iba a escribir para demostrar que hay una abismal diferencia entre un fic brotherly love a uno yaoi, ¡para nada son lo mismo!, pero mi muy estimado amigo Guir me convenció de lo contrario. Sigue esa idea inédita en mi cabeza, y ahí se quedará.

Nada más era eso.

Ojalá y este fic me haya quedado como yo quería: lindo, lindo, lindo.

Que disfruten de la lectura.

Disclaimer: LAS TORTUGAS NINJA no me pertenecen, es mi corazón el que le pertenece a Leo hasta el fin de los tiempos; tampoco gano dinero por escribir este fic porque escribo por puro gusto, mi única recompensa son sus invaluables reviews.

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GRACIAS

Ya era tarde.

Rafael iba bajando las escaleras. Acaba de despertar de una pequeña siesta (regresar tarde a casa, o más bien de madrugada, tiene sus consecuencias, pero la siesta le había hecho bien). Fue a la cocina por algo de comer (se levantó rugiéndole la tripa), y nada más entró, vio a su hermano el más peque de los dos peques, frente a la alacena, estirando un brazo y parado de puntitas, queriendo alcanzar, en el estante más alto, una caja de galletas sabor coco (y es que Splinter las dejaba fuera de su alcance para que no comiera entre comidas). Ni siquiera le preguntó qué era lo que estaba haciendo, Rafael se acercó, estiró el brazo, y bien fácil que le fue alcanzar y tomar esa caja por la que su hermano se estaba acalambrando por estirarse tanto. Tan feliz estaba Miguel Ángel, que le pareció ver cómo bajaba la cajita irradiando una luz divina, no cabía de felicidad en su caparazón; tomó la caja y la miró un segundo, como no creyendo que los milagros existieran, y luego, recordando sus modales, volvió la cara a su hermano para decirle gracias, pero él ya iba de salida, llevándose una bolsa de frituras y una lata de refresco, yendo directo a ver la tele.

Cuando se había acabado el tentempié, Rafael regresó a la cocina por algo más que calmara su apetito, cuando vio a Donatelo bajar del ascensor empujando un carrito de supermercado muy pero muy lleno, no de despensa, sino de quién sabe que tantas chácharas que fue a recoger al basurero (y que después él muy hábilmente reciclaba, reutilizaba y reusaba en algunos de los vehículos que construía, o para alguna reparación de la casa); y ahí iba Donatelo, empujando el pesado carrito a duras penas, así que Rafael fue rápido, y sin pedirle permiso, le quitó el mando del carrito y lo condujo sin gran esfuerzo hasta el taller. Donatelo le indicó donde dejarlo, y antes de que pudiera agradecerle, Rafael salió rumbo a la cocina.

Después de devorar lo que halló en el refri (pizza de la noche anterior), apagó la tele y fue a su cuarto para 'hacer la digestión'(o sea, dormir un rato), cuando fue pasando por la habitación de su maestro, oyó que le hablaba a alguien; parecía una amenaza: "No tienes por qué estar aquí. Es mucho mejor que vivas en otra parte. Por favor, tienes que irte".No lo pensó dos veces. Sin tocar primero, entró al recinto de Splinter listo para enfrentar a cualquiera que se atreviera a lastimar a su maestro. Splinter ni se sobresaltó por la tempestiva entrada de su hijo (estaba muy entretenido), pero luego Rafael se puso bien pálido al ver qué hacia Splinter: ¡tenía acorralada a una cucaracha y de esas enormes! Pues pobre Rafa, se quedó paralizado de miedo, pero oía a Splinter que ya había atrapado al animalito, pero por lo escurridizo que era, se le volvía a escapar, pero lo volvía a agarrar, y poco le duraba la victoria porque se le resbalaba entre sus manos… Las súplicas de la anciana rata para con el animalito, de que se quedara quieto, hicieron reaccionar a Rafael, así que tomó aire, mucho aire, agarró un vaso vacío de vidrio y un pequeño libro de una mesita y, justo en el momento que la cucarachota se le volvió a escapar a Splinter, de un rápido movimiento, atrapó al bicho con el vaso y lo tapó con el librito; ya dejando ir el aire en un suspiro de alivio, pero no su miedo, le entregó a Splinter con las manos temblorosas el vaso y con todo bicho dentro.

-Hijo, muchas gr…- pero Rafael se había ido 'hecho la bala', lo que no le sorprendió a la anciana rata -Será mejor dejar a este amiguito en un lugar más seguro para él.- se dijo Splinter y salió de casa; fue a dejar al bicho a una alcantarilla más tranquila.

Rafael subió rápido al nivel superior, queriendo alejarse lo más posible de la cucarachota. ¡Jamás había visto semejante bichote! Se detuvo a mitad de las escaleras para controlarse y dejar de temblar. ¡Qué 'oso' hubiera hecho si alguien lo hubiera visto así! Lo bueno que Miguel Ángel estaba atragantándose en la cocina, Donatelo estaba en el taller y Splinter había salido a dejar…

Con recordar tan espeluznante momento, fue a su habitación a descansar por el susto que se llevó, cuando…

Cuando oyó algo extraño desde la habitación de Leonardo.

Se acercó sin nada de disimulo al cuarto de la tortuga de la bandana azul.

Cuánto a que estaba en meditación, o leyendo, o estaba escribiendo, o pintando o tocando algún instrumento. De un tiempo para acá, a Leonardo le había dado por la música, la pintura, hasta la hacía de escritor, y todo por una frase que leyó una vez: "El espejo refleja el rostro, el arte refleja el alma."; por eso, a Leonardo le había dado por enfrascarse en todo lo que tuviera que ver con el arte, para darse una idea de qué grado de "iluminación" tenía, y cuánto le faltaba para alcanzar la paz interior.

Rafael se asomó a la puerta, namás para ver qué hacía el Consentido, y también para distraerse del susto de hace rato. ¡Qué bien le vendría algo de entretención! Y que mejor que fastidiar a su temerario líder.

Pero entró a una habitación sin luz.

El sonido fue más claro. Parecía un ejercicio de respiración, como cuando él tiene mucho coraje y tiene que contar del 1 al 10 (si recuerda hacerlo), y aspirar y resoplar varias veces para bajarle a su mal humor. Se inquietó. Tuvo la sensación de haber entrado a una cueva, y que en cualquier momento, un tigre de Bengala iba a saltarle encima y lo descuartizaría. Alejó esa estúpida idea de su cabeza, pero siguió sintiéndose intranquilo, y es que pudo percibir cómo la furia se extendía en ese siniestro lugar cobrando intensidad.

Cuando se acercó más, ya que sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, vio a Leonardo sentado, recargado en una pared, abrazando sus rodillas y escondiendo su cara en ellas. Estaba temblando.

-¿Leo?

Él se agazapó más en sí mismo.

-Leo.

-Vete… por favor.-

Su voz apenas si pudo escucharla.

El ejercicio de las inhalaciones y exhalaciones pesadas continuó.

Para Rafael fue muy claro que Leonardo batallaba para contener su ira, pero, ¿por qué estaba así?

-No hasta que me digas qué te pasa.

-¿Desde cuándo te importo?

Rafael se arrodilló junto a él en automático, y enojado.

¡¿Por qué dijo eso?!

Iba a abrir la boca, iba a reclamarle que no tenía por qué decir algo que no era cierto… pero luego 'le cayó el veinte'. Rafael no sabía qué hacer; él no era quien se ocupaba de estas cosas. Si alguien estaba triste, decaído o molesto, Splinter o Leonardo eran quienes se encargaban de levantarle el ánimo a quien estuviera pasándola mal, no él; pero esta vez, era Leonardo quien estaba enojado.

¿Qué tenía que hacer?

Se sentó a su lado, eso fue lo único que se le ocurrió.

Bueno, recordó que cuando es él quien estaba 'volando bajo', y Leonardo lo cachaba (y eso era siempre), sencillamente se le acercaba y le daba un abrazo.

Leonardo necesitaba un abrazo.

Abrazos... ¡Él no tenía por qué dar abrazos! Era un chico rudo. ¡Los chicos rudos no necesitaban dar abrazos! Pero su hermano no era un chico rudo, era un excelente ninja, pero no era un chico rudo: su música, sus poemas, sus libros, sus dibujos… Tal vez Leonardo creía que con eso que hacía podía lograr encontrar esa armonía interior que buscaba tan incansablemente, pero lo cierto era que se le daban las artes, y muy bien.

¿Pero ÉL confortarlo con un abrazo?

No viendo de otra, Rafael pensó en levantarse y dejarlo solo. También podría funcionar el dejarlo solo para que pudiera controlar su ira. A él no se le daba eso de 'hacer piojito', su método era obligar a desembuchar cuál era el problema, a zarandeadas si era necesario; eso también era efectivo. Pero así como estaba Leonardo, no le sacaría la verdad con obligarlo, mejor iría a decirle a Donatelo; no es que se le dieran mejor a él eso de los abrazos, pero le tendría más paciencia y…

Fue cuando Leonardo se volteó (pudo ver un ceño muy fruncido) y se refugió en un brazo de Rafael, abrazándolo con fuerza.

"No fue tan difícil.", pensó Rafael.

Con Leonardo no fue difícil acercarse y reconfortarlo. De haber sido él, ya lo hubiera mandado muy lejos. Leonardo pudiera no ser un chico rudo, pero podía intimidar hasta al más temerario entre los temerarios cuando lograban enfurecerlo de verdad. Le alegró que tuviera el rostro escondido para no ver cuán enojado estaba.

Hizo lo que hacía el hermano mayor cuando quería ayudarlo: no hablar.

Y así se quedaron los dos por un buen rato, en silencio.

La pesada respiración de Leonardo se calmó poco a poco, y la furia, cuya esencia inundaba la habitación, fue difuminándose.

-Perdóname por ser tan grosero.- dijo muy quedo la tortuga de la bandana azul.

-No hay problema, bro; estabas a la defensiva.

No le preguntó por qué estaba tan enojado; ya lo haría él, a su tiempo.

Pasaron un rato más callados, hasta que Rafael creyó que debería preguntarle; no soportaba tanto silencio y tanta espera. Pero entonces, Leonardo volvió a hablar.

-Estoy enojado con Sensei. Parece que todo lo que hago no es suficiente, ni en el entrenamiento, ni en las rondas, ni con cuidarlos a ustedes, ni con tener la casa en orden y limpia… Nada es suficiente para él.

Rafael recordó lo que había sucedido durante el día: en la mañana, Leonardo estaba limpiando la cocina, y Splinter tuvo que decirle que aquí y allá aún no estaba del todo limpio, que alguien realmente con disciplina no deja escapar el más mínimo detalle; luego lo reprendió por permitir que Rafael se fuera de parranda con Casey sin siquiera avisar que regresaría al otro día (a esto, Rafael sonrió; fue muy hábil al escapársele al Intrépido); en el entrenamiento de la tarde, no pudo realizar una nueva kata, "el vuelo del Fénix", algo así se llamaba, y fue reprendido porque, siendo el líder, es quien debe poner más empeño en los entrenamientos y aprender mucho más rápido los nuevos ejercicios, ejercicios que pueden salvarles la vida en los enfrentamientos con las pandillas o contra el Pie; por esta kata, Leonardo estuvo varias horas más intentando conseguir ejecutarla, pero no pudo, entonces, pensó Rafael, debió ser que subió a su habitación a descansar, pero debió sentir por fin que la olla a presión estaba por explotar.

-Y no lo estará. – dijo Rafael -Nunca estará del todo complacido. Así son los padres, nunca puedes complacerlos, y tú que eres el mayor, menos.

-Pero es nuestro padre, yo no debería enfurecerme con él. ¡Es una total falta de respeto de mi parte!

-Leo, no debes sentirte la 'oveja negra'por enojarte con él. Estamos en la edad de contradecir a los padres y enojarnos con ellos, ¿sabes?

No dijo nada, como si hubiera estado meditando en lo que acababa de oír.

-Tienes razón.

Rafael se tomó su tiempo para hacerle la pregunta crucial.

-¿Mejor?

-Sí.

-Bueno.

Iba a levantarse. Ya había hecho su buena obra del día, y quería ir a golpear el saco. El sueño se le fue, el susto se le fue, ahora le molestaba otra cosa; pero Leonardo lo detuvo.

-Quédate, por favor.

-Pero…

-Por favor.

Fue cuando Leonardo levantó la mirada. Ya no estaba furioso. Miró a Rafael con una expresión que nunca había visto él, lo miró con unos ojos de cachorro que creía que iba a ser abandonado por su dueño en una desolada calle; era una suplica sincera.

Algo obligó a Rafael a volver a recargarse contra la pared.

-¿Feliz?- dijo con cierta molestia.

Leonardo se acurrucó al lado de su hermano.

-Estoy muy cómodo.

-Mientras no se te ocurra decir…

Pero Leonardo no dijo nada.

Sabía que a él le incomodaba que le dijeran gracias.

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