Lo siento, ya sé que es algo corto pero espero que valga la pena. Como siempre, os agradezco vuestros comentarios y espero que para este nuevo capítulo también me dejaréis algunos. Bueno, os dejo ya. Hasta pronto.

Kate puso los ojos en blanco. Su colega, como siempre demasiado cerca de ella, le miraba maliciosamente. La mujer acabó por sonreír, una sonrisa ligera y fugaz. Castle se dio cuenta de ello. Nadie le conocía mejor que él. Sus sonrisas, sus gestos, sus mímicas y sus palabras... algo había cambiado últimamente en su manera de comportarse. Algo había cambiado en esa conexión que mantenían. Rick consideró esa sonrisa como un gesto alentador y se atrevió a poner la mano en su espalda para acompañarle durante un breve instante con uno de esos ligeros contactos que se autorizaba cada vez más.

TRES

Café. Le hacia falta su dosis de cafeína. La máquina expreso se hallaba en la sala de descanso, la había regalado a sus nuevos colegas tres años antes y hacia las delicias de los cafeinómanos de la brigada. Olvidados estaban el jugo de calcetín y el brebaje frio, el percolador era una auténtica bendición.

Castle puso dos tazas en la rejilla de apoyo, sacó los portafiltros, los golpeó suavemente contra la esquina del cubo para eliminar la molienda y la llenó de nuevo. Una ligera presión sobre el interruptor y su oído captó el tenue clic de la máquina poniéndose en marcha. Rick imaginó el recorrido del agua, de la reserva hasta la caldera dónde la resistencia incrementaba la temperatura. El agua, a noventa grados, penetraba entonces el portafiltro y empapaba el café. Inspiró fuertemente cuando sintió el vapor elevarse y el olor a café invadió inmediatamente sus células olfativas. Castle cerró los ojos, ebrio de aquel olor que tanto le gustaba, y se dejó llevar por la dulzura amarga del aroma que se insinuaba en él.

-Yonqui.

Se dio la vuelta sin abrir los ojos con una sonrisa satisfecha en su cara fatigada. No le hacia falta saber quién le hablaba con un tono tan poco halagador. Podía adivinar perfectamente el aire travieso, la ceja arqueada y las manos sobre los muslos en una pose falsamente autoritaria de su colega. La malicia estaba oculta en los matices de su voz, en la chispa de sagacidad al fondo de sus iris con pinceladas verdes.

-Y eres tú quien lo dice. Esta adicción es tan mía como tuya.

Castle abrió por fin los ojos y se volvió de nuevo hacia la máquina, de repente algo molesto con si-mismo, temiendo que sus palabras hubieran sido sobre-interpretadas, sabiendo muy bien que el vínculo entre el café y el afecto que tenia por ella era evidente para ambos. Algunas veces, su cerebro no conseguía filtrar las palabras que salían por su boca. La vida real no era uno de sus libros, no podía borrar lo que decía y volver a empezar el diálogo.

El líquido oscuro había acabado de correr y el escritor lo aprovechó para recuperar su aliento mientras añadía una pizca de vainilla y un ligero toque de crema a las dos tazas. Tendió una a Beckett, rozando sus dedos, y rodeó la otra con sus grandes manos, dejándose invadir por otra de las sensaciones que apreciaba en este ritual del café: el calor que irradiaba de la taza. Kate se había quedado en el umbral, mordiéndose el labio inferior, asomando unas dientes blancas impecables. ¿Sabía lo que este simple gesto provocaba en él?

De pronto, la espiral que la crema formaba en la superficie del café se le antojó sumamente cautivadora. Estaba confuso, ya no sabía si exageraba o no. Oscilaba entre provocación y fuga, temiendo que si la apremiaba demasiado, Kate acabaría echándose atrás. Caminaba a tientas y no sabía dónde podía apoyarse. Como el silencio se estaba volviendo incomodo, decidió que era la hora de la retirada y se encaminó hacia la puerta pero Kate lo impidió poniendo su mano sobre el brazo de Castle. El escritor se vio así obligado a levantar la mirada.

-Respira Castle.- A Kate parecía gustarle ese sentimiento de inseguridad que veía en él. Era un presa fácil.

Con los labios apretados, Castle le echó una mirada desafiante. Era un juego peligroso y lo sabía. Pero si Kate quería lanzar los dados, estaba dispuesto a saltar de casilla en casilla. Este baile, lo practicaban desde más de tres años, pero el tempo y la música habían cambiado. Ellos habían cambiado. Rick había madurado, Kate había aprendido a respetarle y a apreciarle. Lo que sentían el uno para el otro era mucho más profundo. El juego, esta vez, merecía la pena y no había trampa alguna para devolverlos al punto de partida. Una vez que los dados chocarían con el tablero, tenían que ir adelante sin volverse. Ese pequeño juego podía llevarles muy, pero que muy lejos. Castle sintió un escalofrío, de miedo o de placer, no hubiera podido determinarlo.

-3-

Rick miraba a Beckett mientras ésta estaba anotando en la pizarra blanca las informaciones de que disponían. Ya había puesto dos retratos de la víctima. El primero, mostraba a un hombre de cara redonda y rubicunda de cabellos escasos. El otro, procedía de la escena del crimen. Los pocos datos que habían cosechado, fusionados con los conseguidos por Ryan y Espo, estaban escritos justo debajo. Derek Morris era un tío bastante insignificante. Algunos delitos sin importancia durante su juventud habían hallado pero hacia años que pasaba de trabajo temporal en trabajo temporal. Oriundo de Nueva York, toda su existencia había transcurrido en la ciudad. Nunca estuvo casado, no tenía hijos y los vecinos poco sabían de él aparte de su gusto por el alcohol y su tendencia a amontonar las bolsas de basura cerca de su puerta. Migas era lo que tenían y no muy útiles por añadidura. Esperaban que el primo Marty les permitiría completar algo la pizarra y que Lanie no tardaría en llamarles con sus primeras deducciones.

-¿Qué puede tener de interesante en su boca para que un loco se la haya cosido? - Se preguntó Beckett que había escrito la palabra "boca" seguido de un signo de interrogación. Luego, se volvió para observar una vez más la columna de los motivos. - Por lo visto, no hubo robo - Continuó la joven policía anulando así posibilidades.

-Nada había por robar, excepto si uno quiere abrir un museo de horrores.

-Eso parece. Pero tenemos que esperar que Marty recobre su estado normal.

-Quizás tengas razón. Pero algo me dice que su estado normal no es precisamente la sobriedad sino la ebriedad. Los chicos de la identidad judiciaria me han dejado echar un vistazo a su nevera y sus inquilinos se llaman cerveza, mostaza, escarabajos momificados y moho.

-Supongo que también podemos descartar el crimen de carácter sexual... - replicó Kate con algo de asco.

-Vamos, no seas tan categórica. ¿Y el prestigio del uniforme en todo esto?

Beckett levantó los ojos al cielo

-Los sarcasmos y tu agudeza retorcida no van a ayudarnos.

Castle se giró hacia la pizarra, esta vez con seriedad.

-No sé qué pensar de todo esto - dijo Kate, leyendo y releyendo lo que había escrito.

-Pues a mí, la bala entre las cejas me hace pensar en una ejecución. No obstante, el hecho de haber cosido la boca de la víctima podría ser una signatura – continuó Castle rascándose la mejilla.

-Sí... Quizás encontraremos otros asesinatos con el mismo método en la base de dados – declaró Kate rodeando la mesa de despacho y retornando ante el ordenador.

El escritor se inclinó ligeramente sobre la mesa de su colega para poder ver la pantalla. Kate se abrió paso en la base de datos de la policía dando su número de placa y su contraseña. Utilizó dos palabras para su búsqueda: "boca" y "cosida".

Al sonido de unos taconazos decididos, los dos se volvieron al unisono y Karpowsky apareció. Su melena rizada parecía formar un halo alrededor de su cabeza bajo el efecto de la luz azulada de los neones rectangulares.

-Vuestra Bella Durmiente está por llegar.

¿Qué, os sigue gustando?