Después de empacar lo necesario salimos, Eris decidió quedarse, así que le pedí a Charles Beckendorf de Hefesto, Lee Fletcher y Michael Yew de Apolo que la vigilaran, aun así, esperaba que el campamento no fuera destruido en mi ausencia.
—Y de paso, puedes averiguar qué pasa con Quirón?— le dije a Flee.
—Seguro Percy—
Nos despedimos y argos nos llevó a la camioneta con Argos rumbo la estación central para tomar un bus, Eris me dijo que la manzana se quedaría conmigo, que deshacerme de ella no funcionara, pues reaparecería conmigo de nuevo como lo hacía mi bolígrafo-espada Riptide.
—Genial—
Me senté en el último asiento del vehículo con el séquito femenino a mi alrededor y Clarisse apegada a la ventana, durante todo el camino a Virginia no dejaban de insinuarme, yo tiraba la manzana por la ventana para desdicha de todas, pero luego me llevaba la mano al bolsillo y ahí estaba, provocando una nueva oleada de cumplidos.
Y bueno cuando los halagos no funcionan, así tal cual París de Troya, luego vino el chantaje.
Annabeth me dijo que si la elegía, tendría lecciones de griego antiguo todos los días, hasta me podría quedar su gorra invisible de los Yankees, tenerla todos los días con los deberes no molaba, pero su objeto mágico no dejaba de ser una oferta tentadora.
Silena me prometió ser mi "dama de compañía" durante mis ratos libres, además de darme un "cambio de imagen".
Trate de entender hasta cierto punto la palabra compañía, y luego se me vinieron a la cabeza un montón de fantasías muy poco nobles, aunque no me agradaba mucho lo del cambio de imagen, no quería convertirme en uno de los chicos "con delineador y brillo" de Afrodita.
Y Clarisse, me ofreció cualquier arma de su vasta colección, y cuando digo "basta", me refiero a una cantidad tal que podrías armar al ejército de un país pequeño con ellas, además de la promesa de no matarme después
Luego de un día de agotador viaje llegamos a la capital de la nación, nos bajamos en la estación central y decidí que lo prudente seria descansar y comer algo.
—Qué gran idea Percy! — dijo Annabeth mientras se aferraba a mi brazo. —Eres listo como siempre, sé que siempre "tomas la decisión correcta"— captando la indirecta.
—Claro que si Percy!— dijo Silena mientras se aferraba a mi cuello y empezaba a juguetear con mi pelo. —Él siempre presta atención a los "perfectos detalles"—
Ambas me hicieron sonrojar.
—Además... — añadía Clarisse. —...Percy es un gran guerrero, siempre ve la "ventaja del carácter"—
Por mucho que lo intentara, cada vez que Clarisse se me insinuaba, sentía una oscura aura negra a mí alrededor.
Desayunamos en Wally's me acomode en una mesa y las chicas al otro lado frente a mí, en la televisión estaban hablando algo acerca de la visita del presidente de Rusia a la capital de la Nación, y de nuevo la magia de Eris volvía a crisparme los nervios.
Annabeth se ponía a lamer la pasa de su pan de canela y sonreía como si fuera una niña de siete para parecer adorable y llamar mi atención, y le funcionaba.
Silena había tomado el postre especial del día, un plátano amarillo, lo pelaba mientras me miraba con esos ojos sensuales, y luego lo pasaba una y otra vez dentro masticándolo lentamente, algo se agito en mis pantalones.
Clarisse había tomado las nueces dulces y las molía con sus manos y las tragaba, luego tomaba una entera y la aplastaba con sus dientes mientras me veía con sus ojos encendidos.
—Encontremos esa fruta y terminemos con esto— pensé reprimiendo este último y perturbador recuerdo.
Recordé las palabras de Eris, pico enorme frente a un lago. No podía ser otro que el monumento Washington frente al lago del capitolio durante el trayecto comencé a tener la sensación de que nos seguían, nuestro destino no quedaba muy lejos de donde estábamos, así que les propuse que camináramos, voltee repetidas veces en silencio para tratar de identificar a nuestros espías, todo parecía normal, con la excepción de dos tipos con jeans azules y sudaderas con capuchas, una negra y el otro roja.
Bingo.
Después de una hora de llegamos al monumento, voltee a mis espaldas pero ya no encontré a mis dos seguidores.
—Mejor apresurémonos— dije.
Para nuestra suerte el tour de visitas estaba próximo a empezar y nos colocamos en la fila de los turistas que no eran muchos, un hombre de mediana edad semi calvo con una camiseta de I Love Washington con su corazón respectivo, una madre con una polera verde y una calza negra de la mano a un niño de camiseta roja y pantaloncillos azules inquieto que intentaba soltarse.
—Damas y caballeros, bienvenidos al recorrido del monumento... —
Narraba la guía vistiendo con una sofisticada chaqueta de tour azul con vestido, blusa y su gorrito.
Pasamos frente al parque del monumento y todos tomaron fotografías, luego ingresamos y vimos los diferentes estantes con varios objetos históricos y nos dirigimos al elevador, las chicas ingresaron primero y cuando me disponía a entrar rápidamente un muchacho de pelo negro y ojos cafés con una camiseta negra y vaqueros celestes me gano el último puesto disponible.
—Lo siento— se disculpó tímidamente.
Las chicas quedaron arrinconadas en la parte trasera y balbuceaban mi nombre.
—Descuiden, estaré aquí— les dije. —Y no se olviden de... Bueno, ya saben—
Parecían dudar, pero para que no perdieran de vista nuestro objetivo les dije que luego arreglaremos nuestra cuestión para motivarlas, y lo último que vi fue como sonreían de forma boba ante la mirada inquieta de los otros ocupantes quienes jamás podrían imaginar la situación por la que atravesaba.
La puerta se cerró y el elevador subió.
—Ahora estamos solos, Perseus Jackson— dijo a mis espaldas
Rápidamente me di la vuelta y saque mi bolígrafo letal, Riptide, era uno de los sujetos que nos seguía, el de sudadera negra.
—Finalmente apareces—
—Eso no te ayudara, sabes? — me dijo.
En ese momento se quitó la capucha, el color de sus ojos. Eran negros como azabache, así como su cabello, pero lo que se notaba más en el eran las enormes y deformes cicatrices que ocupaban su rostro.
—Hola, mi nombre es Deimos— se presentó macabramente.
—El hijo divino de Ares—
—Así que nuestra Tía envío al hijo de Poseidón contra nosotros— se mofo. —Esto es demasiado bueno... —
—Demasiado bueno será cuando te pase mi espada como lo hice con tu padre— le advertí. —Ahora dime donde esta esa estúpida manzana—.
De pronto oí un atroz gruñido, justo encima de nosotros y en un parpadeo en una enorme sombra negra aterrizo detrás de Deimos con gran estruendo agrietando el piso levantando algo de polvo y escombros.
—Este es mi perro, Ortro— dijo alzando una mano arriba en dirección de la bestia.
Había visto perros infernales antes, pero este podría pasar por la madre de cancerbero, De al menos casi tan alto como la sala donde estábamos, con pelaje negro y dientes que podrían chispear al rojo vivo, apenas cabía en la sala.
Era una bestia enorme, feroz y sedienta de sangre.
—Bocadillo… Ortro, Ortro… Bocadillo— nos presentó.
El perro rugió con tal fuerza que pareció un terremoto.
De inmediato eche a correr afuera saliendo del monumento, detrás de mí la entrada exploto soltando una lluvia de escombros y tierra, el feroz animal me persiguió a través del parque mientras los ciudadanos corrían aterrorizados aparentemente de la explosión, ya que la niebla les impide ver las cosas como son.
Cuanto les envidiaba.
La bestia dio un gran salto y aterrizo frente a mí junto a unos árboles, de apenas esquive un mordisco y fui a otra dirección siendo perseguido, No tenía forma de pelear a menos... Recordé el gran lago artificial frente al monumento, si podía llegar a él tendría una chance, ya a mi alrededor la gente abandonaba el parque del monumento y comencé a oír sirenas de emergencia, estaba a unos cuantos metros de mi objetivo cuando de repente mis pies abandonaron el suelo y me eleve por los aires.
El perro me había agarrado de mi mochila… Forcejee para liberarme pero me arrojo al aire como un trozo de carne y abrió las fauces.
—Jodeeeeeer! — gritaba mientras me adentro en la boca del can, con un poco de suerte me aferre a algo blando que colgaba y resistí.
NO! Me dije a mí mismo, no llegue hasta aquí para ser el almuerzo, abandone la úvula del perro, salte a su lengua y clave a Riptide, debió dolerle por comenzó a mover su boca y yo me sentí como en los autos chocones del parque… chocando contra los dientes el paladar y la lengua.
Los colmillos se separaron por un momento y atraparon mi brazo, el dolor era horrible como si te metieran a un compactador de basura afilado pero logre separarme.
Con un último esfuerzo alce mi espada y la enterré en su paladar blando con tanta fuerza como pude que sentí que atravesaba su cerebro, la boca se inclinó al frente y abrió las fauces otra vez, solté a Riptide y salí de su boca cayendo al duro suelo de concreto frente al monumento otra vez.
Apenas tuve tiempo de quejarme porque comenzó a caerme encima un montón de polvo amarillo, Ortro había muerto.
—Mi perro! — grito indignado Deimos desde la destruida entrada. —Pagaras por esto Jackson— me amenazó.
Pero cuando alce la vista para verlo ya no estaba, volví a desplomarme en el piso, sentí algo caliente y húmedo bajando mi brazo y me desmaye en un charco de mi propia sangre.
Tuve un sueño… Estaba en medio de una enorme sala muy sofisticada, con paredes blancas y sillas amobladas con cuero rojo, a mis pies había la imagen de una enorme águila, de pronto gente a mi escuche gritos, alce la vista y vi a dos hombres forcejando y sosteniendo con sus manos algo.
El uno era de edad avanzada con pelo gris y ojos claros vistiendo un terno negro con corbata azul de expresión ceñuda, el otro era alto y de piel pálida, con pelo blanco y un terno negro con corbata roja.
—Es mía— dijo el viejo.
—No, es mía— protesto el alto.
Del forcejeo pasaron a la trifulca y antes de que pudiera ver como se molían a golpes la imagen cambio, ahora estaba ante un gran paisaje con verdes colinas alrededor, a los pies en el valle un pacífico e idóneo pueblo de casas rojas y blancas se alzaba., los niños jugaban en el parque, las mamás en las calles conversaban y los papas trabajaban en distintos negocios desde albañiles y panaderos, hasta oficiales de policía.
De pronto vi algo en el cielo, era un pequeño punto gris que volaba hacia acá dejando un rastro de humo blanco, tuve un mal presentimiento, entonces el objeto cayó hacia el pueblo y una enorme luz casi me enceguece al punto de obligarme a apartar mi vista y luego una fuerte sacudida me empujo al suelo con un gran estruendo.
Al levantarme todo estaba destruido y quemado con cuerpos carbonizados por doquier y una enorme nube de hongo en el paisaje.
Luego mi mente se trasladaba a otros sitios del país donde se repetía la misma historia. Un pueblo pacífico, el mismo objeto volador y luego una gran explosión con destrucción y muerte y la nube de hongo, mi corazón se acongojaba al ver esto una y otra vez, mientras oía dos risas maléficas como ruido de fondo, pude reconocer una de ellas.
Deimos.
—Percy! — me despertó una voz.
Abrí pesadamente mis ojos y vi el rostro de Annabeth, sonaba preocupada y molesta a la vez poniendo la boquilla de su cantimplora de néctar en mis labios.
A mi lado Silena estaba arrodillada con un poco de ambrosía en una cuchara apuntando a mi rostro, también reconocí cerca pero de espaldas a Clarisse, de pie en dirección hacia afuera empuñando su espada como si estuviera de guardia.
—No te podemos dejarte un segundo solo verdad— me regaño Annabeth
Pregunte que me había pasado y Silena tomo la palabra.
—Estabas inconsciente y muy malherido—
Sentí una punzada en mi hombro derecho, estaba completamente vendado hasta mi bíceps y parcialmente manchado de rojo, a un costado otros vendajes más sucios y rojos.
—Dónde estamos? — Pregunte.
—En la parte trasera del monumento... — dijo Clarisse.
Observe a mi alrededor y vi que estábamos en una especie de bodega con varios objetos de mueblería similares a los que había en el Hall del edificio.
Al parecer cuando oyeron la explosión no pudieron bajar de inmediato a ayudarme debido a un fuera de servicio del elevador, esquivaron a los turistas histéricos por la explosión y bajaron por una escalerilla de servicio, pero tardaron un poco la verdad, cuando llegaron ya me encontraba en tan lastimero estado.
—Gracias— Murmure. Intente moverme pero más punzadas de dolor me lo impidieron, ese perro me había dejado una nueva cicatriz de recuerdito a mi cuerpo.
Comí un poco de la ambrosía que Silena me ofrecía sonriente, hizo que me sonrojara un poco, Annabeth hizo un gesto de disgusto mientras me encajaba la cantimplora de néctar en mi boca, Clarisse no dijo nada, era un buen respiro para variar, me lleve la mano al bolsillo y esa estúpida copia de la manzana de Eris seguía ahí.
No me atreví a sacarla, pero aquel sueño dejo intrigado, era algo así como una advertencia, aunque no sería la primera vez.
—Presiento que algo más se cuece detrás de esto— les dije.
—A qué te refieres?— pregunto Annabeth.
Les conté mi sueño, pero no había ningún sentido aparente, pero quizás pudiera estar relacionado con la desaparición de la manzana.
—Por cierto, como les fue arriba— pregunté.
—Es curioso…— decía Silena.
—A que te refieres? —
—Es curioso, porque encontramos esto— la corrigió Annabeth mientras me enseñaba un pedazo de papel.
"SI QUIEREN ENCONTRAR LA MANZANA VAYAN A LA SIGUIENTE DIRECCIÓN…"
Cuando leí lo último me ahogue un suspiro.
—Es en serio…?— pregunté. Todas asintieron.
Luego de tomar un descanso y comer algo nos dirigimos a la dirección en la nota, y pronto estábamos frente a nuestro objetivo. "La Casa blanca", Lo único que nos faltaba era la canción bandas y estrellas por siempre como tema de fondo.
—Genial! — mascullo Clarisse. —Como se supone que vamos a entrar—
—Se siente raro estar frente al hogar del mortal más poderoso del país— añadió Silena. —o del mundo—
—Los monstruos eran una cosa, pero esto…— murmuré.
Annabeth permaneció callada y luego me dirigió una mirada sugestiva, y yo sabía en que estaba pensando.
—Yo me haré cargo a partir de aquí— decía mientras sacaba su gorra de los Yankees.
Fueron las dos horas más interminables de mi vida mientras Silena, Clarisse y Yo estábamos sentados en una banca frente a la Casa Blanca, me sentía tan inquieto.
—Oigan, no creen que ha está tardando demasiado—
—Ya la conoces bien— me insinuó Clarisse. —Seguramente se para de rato en rato a admirar la arquitectura—
Por desgracia no había heredado el lado positivo de Mamá, no dejaba de pensar en las peores situaciones posibles, por ejemplo: su cuchillo de bronce podría activar los sensores de metal o la gorra podía caérsele y ella aparecería mágicamente en medio de alguna sala privada donde se supone que "no debía" estar, ser llevada por el servicio secreto para un interrogatorio exhaustivo en algún cuarto secreto, y luego ser acusada de terrorismo y encerrada en una instalación secreta gubernamental para nunca más volver a ver la luz del Sol.
Suena loco, lo sé. Pero luego de lo ocurrió en Manhattan… nuestro gobierno estaba un poco "paranoico". Y luego de lo ocurrido esta mañana en el monumento a Washington, debían estar aún más agitados.
—Oye…— me dijo Silena mientras me zarandeaba un poco.
—Qué cosa? —
—Esquina de la cuarta…— me murmuro al oído. Me di cuenta de que se refería a la calle de nuestro lado.
Voltee a ver y vi a un sujeto blanco con camiseta negra y jeans azules, era el chico que me quito el último lugar del elevador en el monumento Washington.
—Seguramente se trate de Fobos— añadió Clarisse.
—No lo creo— dije.
Parece que se dio cuenta por el brusco movimiento inquisitivo que la hija de Ares hizo pues se dio la vuelta y se disponía a irse, De repente algo me toco el hombro, voltee a ver y no vi a nadie pero pude reconocer esa clásica distorsión del aire y la luz que la delataba.
—Chicas, debemos ocuparnos de alguien—
Nos reagrupamos en un callejón y como lo esperaba, ese chico nos siguió, le dije a Clarisse y Silena que fingiéramos hablar entre nosotros mientras Annabeth se colocaba en posición, parecíamos llamar la atención de nuestro espía, entonces levante dos dedos al aire como si fuera una señal.
Rápidamente el chico comenzó a ser empujado a nosotros por una misteriosa fuerza invisible.
—Te atrapamos— le dije.
Annabeth se quitó la gorra y apareció con su cuchillo en su garganta.
—Hubo suerte— le pregunté haciendo alusión al objeto que buscamos.
Negó con la cabeza.
—Revisé hasta donde pude…— dijo. —…Hasta me metí en una extraña sala con monitores pantallas y consolas—
Eso no me dejo tranquilo, seguramente por ser hija de atenea la curiosidad le pico el ojo.
—Bueno…— dije. —…Tenemos algo de lo que ocuparnos—
Clarisse chasqueo sus nudillos como si deseara dirigir ella el interrogatorio, el muchacho se asustó, tenía ojos negros profundos y una expresión de temor.
—Creo que tienes algo que ver en esto— sugirió Annabeth. —No es así—
Lucía muy nervioso y renuente a contestar, pero luego de que Annabeth acerca más la hoja a su garganta comenzó a cantar.
—M-Mi nombre es Jake— dijo.
—Algo me dice— le dije rascándome la barbilla inquisitivamente. —Que tu pusiste aquella nota en el monumento Washington, cierto?—
En tartamudeos dijo que sí.
—Eres un mestizo?— pregunto Silena.
Asintió.
—S-Soy un hijo de la diosa Hecate— balbuceo con temor.
—Hecaté? — balbucee. —Que acaso no es la diosa titán de la Magia? —
Volvió a asentir. Pero que estaba haciendo un mestizo en Washington.
—Tú robaste la manzana de Eris— dijo Clarisse en un gruñido que asusto más al muchacho, que por su cara no podía tener más de trece.
—Una palabra más y será tu fin! Mestizo! — grito alguien a lo lejos, fuera del callejón.
Todos volteamos y vimos a un tipo alto vestido con una sudadera roja.
—S-Señor? —
Se quitó la capucha y mostro unos ojos rojos como la llama así como su cabello alborotado.
—Saludos, mestizos— nos dijo. Era el sujeto de la sudadera roja.
—Fobos…— gruño Clarisse.
—Hola hermanita— saludo. —Como esta nuestra querida Eris…—
—Desea que le devuelvan lo que le pertenece— dijo Silena.
—Lo-Lo-Lo Lo siento Señor! — le dijo Jake.
De pronto dirigió la vista hacia Annabeth y pude ver como sus ojos centelleaban como una llama al rojo vivo.
—No…!— gimoteo ella aterrorizada.
Soltó a nuestro prisionero quien corrió a hacia Fobos, pero yo solo podía concentrarme en Annabeth, se desplomo al suelo con el cuchillo en alto agitándolo alrededor obligándonos a apartarnos de ella para no ser apuñalados, como si tratara de alejar algo.
—Aléjense… no se acerquen!— nos gritó.
—Annabeth! Qué te pasa?— le preguntó.
—NO! NO SE ACERQUEN— nos gritó agitando con más violencia el cuchillo.
Mire furioso a Fobos y saque mi espada, pero Clarisse se me adelanto y le arrojo una de sus lanzas pequeñas, mas Fobos la detuvo limpiamente con su mano desnuda, Luego le dirigió otra mirada centelleante… Clarisse se paralizó y dio un paso atrás.
—NO! — gritó. —No… por favor! — suplico mientras caía de rodillas con las manos al frente como suplicándole a alguien.
—Clarisse!— Le grité.
—Qué les está pasando? — pregunto Silena asustada.
Al ver el miedo en su rostro, Fobos también la dio otra mirada centelleante, y de repente Silena también cayó de espaldas y sobre su trasero llevándose el rostro las manos crispándolas como garras.
—Mi… Mi rostro! — gruño atemorizada.
Mire nuevamente a las tres y comprendí de que se trataba.
—Tú…— le gruñí.
—Así que ya te has dado cuenta? — me dijo. —Todos tenemos un miedo…—
Empuñe con más fuerza a Riptide mientras Annabeth se acurrucaba como un bebe en posición fetal en el suelo, Clarisse se desplomaba delante como una súplica aterradora y Silena se desplomaba de espaldas con las manos fuertemente enterradas en su rostro.
—Y yo soy, el miedo mismo—
Sin perder más el tiempo ataque, Fobos me dirigió su mirada centelleante, pero se llevó una sorpresa cuando mi carga no paro y saco su espada, nuestras hojas chispearon con la colisión, Fobos todavía lucia sorprendido y tenía razón en estarlo, yo no me asusto fácilmente.
—He de admitirlo, eres muy valiente— me dijo desconociendo mi miedo.
Forcejeamos pero rechazo mi espada, volví a atacar pero se alejó dentro del callejón hacia donde estaban las demás, me voltee y volví a la carga. Después de unos segundos la pelea estaba a mi favor, parece que Fobos no era un buen luchador, pese a ser el hijo del dios de la guerra, lo que resulta irónico.
—Que es lo que planeas? —
Sus ojos temblaron como estuviera eufórico.
—Solo diré, que algo grande esta por ocurrir— explico. —Nuestra tía pronto dejara de ser la favorita—
Lo mire confundido.
—Que quieres decir? —
—Una gran guerra comenzara, y nuestro padre estará complacido—
Mire de reojo al mestizo que aún seguía ahí, Seguía sin entender, por lo que volví al ataque sin embargo a cada rato echaba una mirada y veía como las chicas lucían cada vez peor, mas pálidas, mas aterradas y respirando cada vez más rápido.
—Detenlas, ahora! — exigí.
—Y si no lo hago qué? —
Me enfurecí y ataque, pudo prever la estocada de Fobos y la desvié y ZAS! Argh! Gruño de dolor mientras retrocedía y se agarraba el corte que le hice en su brazo derecho, el icor dorado no dejaba de brotar.
Alce a Riptide desafiante de nuevo y esta vez apuntando a su rostro.
—Me las pagaras mestizo— refunfuño.
Y luego desapareció.
Voltee a comprobar cómo estaban las chicas. Habían dejado de temblar y ahora lucían más tranquilas, Annabeth después de unos segundos se sentó, Silena alejo las manos del rostro de lo cual le quedaron algunas marcas y Clarisse se reincorporo aunque parecía lucir aun temerosa.
—Que, Que nos sucedió? — pregunto Annabeth.
Me acerque y me puso junto a ella para comprobar si estaba bien, aunque podía ver que respiraba un poco agitada, aunque yo ya sabía lo que Fobos hizo.
—Fobos nos hizo ver nuestros miedos— explico Clarisse quitándome las palabras de la boca y mirando a los tres. —Esa es su habilidad, y se deleita con ello—
—Nuestros... miedos— murmuraba Silena.
Por las manos en su rostro y su expresión de temor podía entenderlo, suponía que cualquier hijo de afrodita tendría miedo de ver algo su rostro, desde estar sin maquillaje o hasta tener deforme y horroroso, decidan cual les gusta.
—Tienes razón... — respondió Annabeth algo cabizbaja, pero más que triste, parecía avergonzada.
Ella ya me había revelado antes su mayor miedo, y es que los hijos de Atenea no se llevan muy bien que digamos con las arañas, imagina estar rodeados de cientos y miles de arañas y/o tarántulas peludas, hasta yo también estaría espantado.
—Ese maldito Fobos... — gruño Clarisse.
Por más que lo intentara me costaba pensar a que podía temerle ella. Sería interesante averiguarlo.
—Oye... — murmuro Silena.
Me di cuenta de que Silena señalaba hacia la calle, el mestizo hijo de Hécate no se había junto a su jefe, seguido de pie un rato más hasta que se dio cuenta de que aún estaba ahí, entonces echo a correr.
—Atrapémoslo! — grite.
Sin haber descansado siquiera echamos a correr tras nuestra única pista de lo que sucedía, lo perseguimos por algunas calles, entre algunos negocios y finalmente por un mercado, mientras intentaba lo que sea para retrasarnos, empujar peatones frente a nosotros, derribar cajas de servicio y de vegetales y rodear por los callejones.
Con tanta gente a esta hora nos ponía difícil seguirlo, por un momento creí que lo perderíamos, entonces me di cuenta de que Annabeth ya no estaba con nosotros.
—Claro—
Sabía que siempre tenía un plan, así que me esforcé por no perderle el rastro, nos desviamos de la calle a la parte trasera de unos edificios abandonados, lo perdimos de vista solo un segundo cuando oímos un grito de sorpresa y luego la voz de Annabeth.
—Ya te tengo—
Nos dirigimos al origen de la voz y pronto estábamos detrás de un oscuro y abandonado edificio gris, Annabeth tenía a nuestra presa acorralada contra la pared con su cuchillo en alto.
—Esta vez no escaparas—
—Para quien trabajas— le pregunto como si no estuviera segura realmente de que estuviera con Fobos.
Podía ver sus ojos encendidos mientras acercaba el filo de su daga a su cuello, como si deseara que respondiera como ella esperaba.
—Annabeth... — balbucee preocupado entendiendo que pretendía.
—Trabajas para Cronos, no es así? — aseguro.
El asintió todavía asustado y me sorprendí.
—Entonces que haces con Fobos y Deimos— le pregunte.
Me miro y pude entender su miedo.
Y nos lo conto todo.
Recordé el último invierno pasado cuando nos enfrentamos a Luke y a su ejército de monstruos y mestizos en el monte Tamalpais, seguramente este chico era parte de ellos, vi como Luke caía por un precipicio de unos ochenta metros, vi su cuerpo impactado contra las rocas y creí que había muerto y me hubiera gustado que lo estuviera.
Pero no fue así.
El rostro de Annabeth quedo inmóvil, como si no supiera si estar preocupada o feliz de la suerte de Luke.
—El amo Luke está incapacitado desde entonces— siguió explicando el mestizo.
—Nuestro segundo al mando me envió por una hierba medicinal especial aquí en Washington, que podría curar y fortalecer su cuerpo de nuevo— continuo.
Era oficial, Luke había sobrevivido pero se encontraba débil y en muy mal estado, ese chico había enviado de incognito para traerle una medicina.
—Pero esos hijos de Ares me acorralaron y me quitaron la medicina... —
—...Y te la devolverían si les hacías un favor— termino Silena.
—Robar la manzana de Eris— dijo Clarisse.
—Luke... — murmuro Annabeth para sí creyendo que nadie la oía, pero yo sí.
—Si no recibe esa medicina a tiempo... — decía entonces Annabeth me vio con ojos extraños, parecían desaprobar mi comentario.
—Si no la recibe, morirá irremediablemente— dijo el mestizo.
—Ahora dinos porque querían que robes esa manzana— gruño Clarisse.
Encogió los hombros con ignorancia, entonces Clarisse lo agarró del cuello de su camiseta y acerco su rostro endurecido hasta él haciendo que se aterrorizara, entonces mi cerebro comenzó a juntar las piezas del puzle, ese sueño si era una advertencia.
—Creo que ya se lo que traman—
Todos, incluso Annabeth me miro.
Recode lo que pasaban por televisión esa mañana, algo acerca de la visita del presidente de Rusia, después recordé mi sueño, el tipo viejo que forcejaba debía ser el presidente Bush y el alto probablemente se trate del presidente Putin.
—Fobos y Deimos planean usan la manzana de Eris para crear discordia entre ambos jefes— les dije con resolución.
Todas parecían estar de acuerdo, era el peor de los escenarios posibles, si él presidente de Rusia y el de nuestro país se pelean…
—Una nueva guerra mundial…— decía Annabeth, sonaba perturbada. —…Millones de muertes— añadió Silena.
—Aunque suene horrible mi padre estaría complacido— dijo Clarisse.
—Los dioses tendrían que favorecer al uno y otro bando y se dividirían. —
—Esto favorecería a Cronos también— termine la frase.
Nuestra sencilla misión de búsqueda ahora se había transformado en asunto de seguridad nacional.
—Debemos detenerlos— dijo Annabeth.
—¡Dinos donde esta manzana!- le dije con rudeza.
La expresión del mestizo tembló un rato y luego nos dijo lo que queríamos saber.
CONTINUARA…
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NOS LEEMOS!.
