Aquel lunes se había levantado del lado equivocado, o eso era lo que pensaba él con la mala suerte que había llevado a lo largo de todo el día. El estropear su ala-delta la noche anterior tampoco ayudaba mucho a su estado de ánimo, aunque sabía que no era importante, Jii no tardaría en arreglarla. Quizás otras cosas fuesen aún más molestas, por ejemplo: ¿por qué el detective pseudo-británico tenía que estar tan pegado a Aoko en ese momento? Oh, sí, Kaito Kuroba estaba enfadado. Por si fuera poco, Akako llevaba media hora quejándose de que no escuchaba sus consejos como bruja invocadora de Lucifer y no sabía qué cosas más que le había dicho y no terminaba de entender. A un mago como él la "verdadera magia" no le suponía ni el más mínimo interés. ¿Para qué querría una bola de cristal o una poción de amor pudiendo usar al mundo como su espectáculo de magia? Bueno, tal vez (y sólo tal vez) no estaría mal algo de brujería para librarse de Hakuba... ¡No, no, y no! Eso sería como admitir su derrota contra él, aunque no en los robos precisamente (al menos tenía la satisfacción de escapar de él cada vez que se metía en medio).
Fue en ese momento (¿O quizás se le había pasado por la cabeza antes?) cuando escuchando a su amiga de la infancia con sus quejas sobre su padre y el famoso ladrón, Kaito Kid, una fugaz idea cruzó por su mente, ¿acaso podría...?
—Hey, Kuroba —sus pensamientos se vieron interrumpidos y ladeó la cara hacia Akako fastidiado— Ya veo que te encanta mirarme, ¿eh? —bufó ella indignada ante la expresión de desagrado de él— En fin, lo que iba diciendo: no sé en qué estás pensando, pero olvídate de esa idea, tengo un mal presentimiento con respecto a ti y sé que tendrá consecuencias.
Kaito sólo se limitó a rodar los ojos y restarle importancia, ¿no era que su compañera ya había predicho cientos de veces que iba a morir en uno de aquellos robos? Sin embargo, hasta ahora había salido ileso, aunque con un par de rasguños más que de costumbre, eso si no se cruzaba con el pequeño detective que siempre acompañaba al señor Mouri y acababa teniendo que reparar su ropa, monóculo o con un resfriado por caerse al mar, tendría que saldar cuentas con aquel niño un día de esos.
De todas formas, en parte aquella arpía de Akako tenía razón, no le gustaba admitirlo, pero quitando su obsesión por su persona, la bruja se preocupaba por él y su seguridad. Él lo sabía. El plan que había comenzado a formarse en su mente era algo que no debía llevar acabo. Y aún así, las palabras de Aoko y Hakuba durante aquel momento eran demasiado molestas como para ser ignoradas tan fácilmente.
Kaito marcó el número de Jii en su teléfono móvil y esperó, uno, dos... tres toques hasta que la voz de aquel hombre lo hizo alejarse un poco de sus compañeros. Nadie debía escuchar aquella conversación. Lo había decidido, durante esa semana tenía que dejar listos los preparativos para su nueva locura. Buscó en su bolsillo un bolígrafo y tras echar un vistazo a su alrededor, sacó un papel de su manga y lo colocó en su mano para escribir un pequeño borrador de lo que se convertiría en el nuevo desafío de Kaito Kid a la policía japonesa, una de sus típicas notas con un dibujo de su cara al final, solo que esta vez, sería un poco diferente... Claro que debía decir las cosas sin decirlas realmente. En esa ocasión necesitaría tiempo y probar la resistencia a peso de su ala-delta, no podía perder la concentración jugando a policías y ladrones.
Además, aún era necesario repasar qué joyas de las que había cerca podrían tener algo que ver con Pandora, pero para eso él tenía tiempo, todo el tiempo del mundo incluso. Pues si la organización se hacía con la gema, iría a destruirla costara lo que costara. Dichosa piedra, él ya tenía su propia caja de Pandora por abrir...
.
Habían pasado ya varios días desde todo aquello. Efectivamente, ya era la noche del viernes del robo y el inspector Nakamori, estando de los nervios, había mandado a sus hombres a investigar sobre cualquier tipo de joya azul cerca de allí. Faltaba poco para que de un modo u otro tuviese que hacerle frente a kid en algún lugar.
Mientras tanto, el detective del este intentaba encajar las piezas del mensaje del ladrón. La chica que había visto la tarde anterior le inquietaba y no sabía que relación podría tener eso con la nota. De todas formas, su nombre se había quedado grabado con fuego. "Aoko". ¿Qué le extrañaba tanto en aquel nombre?
—"Un día estrellado" —era obvio que aparecería a media noche, cuando el viernes empezara a ser sábado—. "Custodiados por el hombre de ley" —¿Se estaría refiriendo a un policía? Pero era poco probable que un policía tuviese un zafiro, también era posible que se refiriera a algún tipo de juez o detective... La imagen del inspector y su hija pasó de nuevo por su mente como si tratara de decirle algo que no lograba descifrar.
Se revolvió el pelo suspirando un poco, allí le sería difícil averiguarlo, y más con Ran gritándole a su padre que no podía beber más cerveza mientras se escuchaba a todo volumen el programa especial de Yoko Okino. Menudo ejemplo le daba aquel hombre a un niño...
Poco después sintió que su teléfono vibraba dentro de su bolsillo, bueno, el teléfono de Shinichi, ya que el de Conan Edogawa estaba en la mesilla de noche. Observó el número que aparecía en la pantalla y no pudo evitar una sonrisa embobada mientras entraba a esconderse al baño para luego acomodar su modulador de voz antes de responder. Ran había dejado de sarmonear a Kogoro para llamarlo a él. Lo extrañaba. A Shinichi, y él lo sabía. Podía verlo en aquellos ojos que brillaban como piedras preciosas cada vez que alguien tenía su nombre en la boca, Sonoko, él mismo...
Un momento, ¿piedras preciosas?
¿Zafiros azules?
La mente del detective empezó a a trabajar y sus ojos se abrieron enormemente. Ahora todo encajaba.
"Lo que en realidad significa es..."
