Aquel domingo parecía no querer empezar de su lado: no entraba en sus planes la lluvia repentina de aquel día en su agenda de ladrón. Sólo esperaba que al menos por la noche el tiempo se encontrase más en calma, o tendría que ingeniárselas para usar un método distinto a su ala-delta —que sin duda era lo idóneo si intentaba aparecer sobre la torre del reloj, aunque cargando a su compañera consigo, no sabía si sería la mejor idea— a la hora acordada. También cabía la posibilidad de cancelar el día y cambiarlo a otro, sin embargo, una idea como esa no era algo que pudiese considerar en tal ocasión. "Robar" una persona no tenía la simpleza de llevarse una piedra sin vida.

Echó un vistazo a su reloj para mirar la hora. Cinco de la tarde. Aún quedaba bastante tiempo, pero estaba seguro de que Nakamori ya estaría armando su plan de acecharlo en la oscuridad para tenderle una emboscada en cuanto dejara libre a su hija. Predecible. Aquella mañana se había paseado por la comisaría disfrazado de personal de limpieza y había confirmado sus suposiciones escuchando lo que el propio inspector decía a sus compañeros. Gritándoles que no olvidases cómo debían actuar.

En realidad, tenía que admitir que el pobre hombre le daba lástima, él mismo estaría de los nervios en su situación. Pero, ¿qué podía hacer? Aún tenía que encontrar Pandora, y que eso le afectara a su amiga lo había hecho enfadar, ¿era mala persona por enseñarle al policía a valorar más a sus seres queridos? Probablemente sí, de todas formas, el pasado en el pasado. Ahora tenía que devolverla. Las cosas como eran.

Se acercó a su ropa, que estaba tendida sobre la silla, y comprobó que todavía no se había secado. La había puesto en la lavadora hacía un rato, ya que de tanto arrastrarse por el suelo el día anterior, había quedado medio gris. Ladeó la cabeza hacia la ventana; si no dejaba de llover no importaría que estuviese aún mojada cuando tuviera que salir.

Tomó una bolsa de patatas fritas —aquellas de aperitivos que tanto llamaban "comida chatarra"— y se sentó en otra silla mientras cerraba los ojos al llevarse una a la boca. Miles de recuerdos de su doble-vida se le venían como flashes. ¿Cuánto tiempo había pasado ya? ¿Medio año? ¿Un año? ¿Más? ¿Menos? Se sintió tonto al notar que se estaba haciendo líos mentales de algo irrelevante. No tenía sentido pensarlo.

A fin de cuentas, su misión era destruir Pandora y ayudar en lo que pudiese si había algo mal a su alrededor. Pues ya había arriesgado su vida en más de una ocasión junto a su detective favorito. Realmente el niño le debía un par de favores, por lo que no le preocupaba demasiado que Conan lo hubiese seguido siendo Kaito Kuroba. ¿Cuánto sabría ya ese chico sobre él? Podría decirse que en ese momento estaban empatados, ya que Kaito también conocía su verdadera identidad. ¿Cómo lo había descubierto? Eso era un secreto que el mago guardaba para sí.

Por otro lado, el que el pequeño se metiese de por medio podía complicarle un poco las cosas, así que debía estar atento y no distraerse... He ahí el problema que lo llevaba carcomiendo toda la mañana: Los pensamientos sobre su compañera lo había estado asaltando cada dos minutos y no era capaz de concentrarse.

Ese tipo de cosas no era algo que le ocurriera de manera habitual, sin embargo, la situación era diferente. El ladrón y la chica se habían involucrado más de lo que había imaginado. Aún sin verse podía sentir como sus mejillas cobraban un leve tono rojizo al recordar que, por segunda vez, había besado a Aoko.

¡La había vuelto a besar! Aquello no podía ser más inverosímil, no estaba seguro de cómo ni por qué, pero sí de que esa vez, cuando tras ser rodeado por sus brazos abrió una de las esposas para poder darse la vuelta y atraerla hacia sí al sujetar su muñeca, ella le había correspondido a aquel "desliz" (No sabía si esa palabra sería la adecuada para algo que realmente quería hacer).

Si se detenía a darle vueltas, descubría que Kid nunca había besado a la misma chica más de una vez. No es como si le faltaran oportunidades, al contrario; tenía a las masas como club de fans e incluso recordaba vagamente la histeria de la hija de los Suzuki —Sonoko, si no se equivocaba de nombre— gritando de la emoción cuando era retado por aquel viejo (daba un poco de miedo...). Omitiendo el hecho de que Akako ya había intentado engatusarlo con su supuesta magia real.

Sin embargo, Aoko no era una fan, ni una princesa a la que pedirle un diamante, ni una bruja acosadora, ella era sencillamente... ella.

Kaito suspiró, estaba desvariando de nuevo.

"Céntrate". Se reprochó mentalmente; iba siendo hora de que hiciera los preparativos para la noche.

.

Las horas habían pasado con más rapidez de lo que Conan hubiese podido pensar, aquel día había puesto la excusa habitual: iba a quedarse en la casa del profesor Agasa para "jugar a un videojuego" (de paso, para preguntarle a Haibara si había encontrado alguna novedad antes de perderse por las calles). Y al fin se encontraba de pie, apoyado en un edificio cercano a la torre del reloj donde Kaito Kid haría su aparición.

Eran las once y media. Aún quedaban...

—Veintinueve minutos —Shinichi quitó la vista del reloj y la dirigió al joven que estaba a su lado; él devolvió la mirada con complicidad—. ¿Realmente creíste que no me daría cuenta de que un niño me pegaba algo en la ropa bajo la mesa?

No se sorprendió demasiado, después de todo por algo Saguru Hakuba tenía tanta fama por Inglaterra.

—Debí suponer que un detective lo descubriría —respondió tranquilamente—, pero el que no quitaras el transmisor significa que deduciste mis intenciones, ¿No es así?

—Reconozco que esta vez estaba un poco confuso, después recordé por qué me sonaba tanto tu cara —se agachó a la altura de Conan—. Eres el niño que estaba con ese idiota impulsivo que cerró el caso de la mansión lavanda y el falso programa de detectives, ¿verdad? Ah, realmente me pregunto cómo pudo llegar a encontrar a la culpable antes que yo —se lamentó en un decir, sin darle mucha importancia, pues aún creía que aquello había sido pura suerte y el tal Heiji Hattori no podía medirse con él—. Cambiando de tema, también lo descubriste, ¿verdad? —apoyó la espalda en la pared al igual que el más pequeño— Que Kaito Kid es en realidad Kaito Kuroba —río un poco—. Pensar que hasta un niño puede llegar a esa conclusión... Pero no deberías estar aquí, podría ser peligroso.

Shinichi sonrió guardando las manos en los bolsillos.

—Digamos que simplemente he dejado el marcador a cero.

El adolescente no pudo entender esto último, tampoco tuvo tiempo de preguntar, ya que en ese momento apareció el inspector Nakamori en un coche patrulla y empezó a dar órdenes de dejar las zonas visibles desiertas, ¿eso los incluía a ellos? No pudieron evitar pensar que era una estrategia estúpida, en cuanto viese la calma del lugar, Kid sabría que era una trampa, además, no creían que los medios de comunicación pudiesen ser aplacados durante mucho tiempo, tanto ellos como las fans del ladrón estaban dando problemas para desalojar el lugar.

—Dieciséis minutos.

Fue lo último que escuchó en un susurro tras haber sido arrastrado por el otro detective a la esquina del edificio para cumplir con aquella inútil idea de sorprender al ladrón. Hakuba echó una ojeada al reloj y los sitios cercanos. Al parecer el escenario estaba listo, ahora tendrían que esperar al actor principal. Las manecillas avanzaban más lentas que antes, ¿sería su imaginación?

El detective estuvo atento hasta que sólo quedaron tres minutos para las 11:59. Después, echó una vista a su lado y comprobó, con algo de sorpresa. Que el niño con el que había estado hablando hacía un rato se había escabullido mientras no miraba. ¿A dónde había ido? Lo descubriría en otro momento, en ese no tenía tiempo, así que volvió la vista al frente esperando a Kid.

De repente, un papel calló de algún lugar y fue flotando hasta caer al suelo, cerca de donde estaba. Hakuba trató de leer lo que había escrito desde su lugar:

T...mm... Three... ¿Three?

Otro papel apareció, y otro más...

Two...

One...

Y justo cuando el último de ellos tocó el suelo, las bombas de humo que habían sido colocadas y escondidas con anterioridad —posiblemente durante la tarde— estallaron impidiendo que tanto Hakuba como los oficiales de policía pudiesen ver cómo el ladrón se desplazaba hasta quedar frente a sus ojos en medio de aquel lugar, justo frente al gran reloj que se alzaba hasta donde su magia no había podido llegar. Pero eso no tenía importancia, porque el mago había decidido aparecer en el suelo en lugar de sobrevolar la zona con alguno de sus trucos.

No obstante, la atención a que apareciera justo en la boca del lobo fue puesta en un segundo plano, ya que los ojos de Hakuba y Nakamori buscaron directamente a la chica que el otro sostenía en sus brazos. Al contrario del día del secuestro, aquella noche Aoko estaba despierta y sujeta a la chaqueta del ladrón. Ella miró a su alrededor buscando a su padre, pero allí no había nadie y eso la extrañaba.

Kaito la bajó al suelo con cuidado y no terminó de soltarla hasta pasados unos instantes, quería grabar esa cercanía en su memoria. Sin embargo, no tenía tiempo para distraerse, pues en cuanto la hubo soltado varios policías salieron de su escondite tratando de alcanzarlo por detrás. Predecible. No hubiese necesitado si quiera pasarse por comisaría. Sin cambiar su expresión común, el mago lanzó otra bomba de humo para despistar a los oficiales y presionó el botón de un mando de control automático que causo que el cable previamente preparado por él lo elevara rápidamente por la enorme torre del reloj, ya que había sido enganchado a este para utilizarse como vía de escape. Miró a los policías desde arriba, de nuevo había ganado.

—Kaitou Kid —el ladrón pestañeó y alzó la vista—. Mejor dicho... Kaito Kuroba.

Y ahí estaba él. El mago observó con sorpresa la figura de Conan Edogawa, quien tras haberlo estado esperando infló un balón de fútbol con el invento del profesor Agasa y lo lanzó hacia él. Entonces el ladrón soltó la cuerda, esquivándolo por los pelos, lo que causó que su sombrero cayese mientras el ala-delta se desplegaba.

—No tengo tiempo para jugar ahora, tendremos que vernos en otra ocasión —sacó su pistola de cartas y lanzó una contra él antes de lanzarse al aire—, Shinichi Kudo —terminó de pronunciar en voz baja atrapando el sombrero.

El detective perdió el equilibrio al moverse cuando la carta rozó su mejilla, momento de distracción que Kid aprovechó para huir del lugar por el cielo hasta quedar como una mancha blanca que se perdió en la oscuridad de la noche. Conan maldijo por lo bajo, ¡había vuelto a perder!

Por otra parte, Nakamori estaba demasiado ocupado en ordenarles a sus hombres que persiguieran al criminal mientras se cercioraba de que su hija no había sufrido ningún daño. Aoko trataba de calmarlo como podía, aunque no le estaba sirviendo de mucho, pues ella misma tenía demasiados nervios en aquel momento y... ¡Por favor, seguía en pijama! A ese paso sólo le faltaba resfriarse para terminar de hacer el fin de semana de los horrores. Así que con esfuerzo consiguió que su padre se moviese hasta el coche patrulla para que pudiera llevarla a casa.

Aún con toda la conmoción, Aoko observó el cielo por un momento.

El lugar por donde Kid había desaparecido.

.

"¿Qué mierda?"

La escena frente a él no tenía sentido alguno. ¿Por qué? ¿Qué estaba pasando? Veía a su amiga de la infancia... y frente a ella, una figura vestida completamente de blanco. Podría reconocer a aquella persona en tan sólo un segundo. Kid, Kaito Kid, el ladrón que atormentaba a la policía japonesa desde que apareció. Pero eso era imposible. ¿Verdad? Miró sus propias manos un momento.

Estaba allí, él era Kaito Kuroba. Entonces, ¿quién demonios era la persona que abrazaba a su amiga mientras le dirigía una mirada de arrogancia?

"¡Aoko!"

Trató de gritar su nombre, sin embargo, se llevó las manos a la garganta horrorizado cuando descubrió que no era capaz de emitir sonido alguno.

"¡¿Qué mierda?!"

El supuesto ladrón se llevó un dedo a los labios, pidiéndole silencio y, cuando Kaito estaba dispuesto a correr hacia donde estaban...

—¡Kaito!

Un grito lo despertó.

—¿Ah?

Despistado y cansado como estaba, se había quedado dormido nada más llegar a su asiento en el aula de clase. Frente a él, la imagen de una enfadada Aoko lo alivió e incomodó a la vez. Todo había sido un sueño. Simplemente un inquietante sueño. Supuso que el estar pendiente de ella en su otra identidad lo había trastocado un poco. Tal vez —y sólo tal vez— debía haber pensado mejor las cosas antes de llevar acabo una insensatez como había sido secuestrarla. Había tenido suerte de que el pequeño detective no hubiera contado que había visto su verdadera cara, aún no lograba entender cómo había llegado a la torre del reloj antes que él, pero podía ser un testigo clave. Después de todo, la acusación era más demostrable que si él dijese la del otro —¿quién no lo tomaría por loco al decir que un niño era el detective del este?—.

—¿En qué estás pensando? Si te molesta verme, lo siento, pero eso no te da permiso para dormirte —realmente se había enfadado con él.

Kaito tampoco podía reprochárselo, no se había "preocupado por ella", no la había llamado, ni parecía estar alterado porque la hubiesen secuestrado. Y era verdad. La cosa era sencilla: él era Kid; sabía que su amiga estaba en perfectas condiciones. Claro que aquello no era algo que pudiese decirle. Ya sería el remate de la estupidez. Aún daba gracias a estar demasiado lejos de los policías la noche anterior como para que no pudieran verle la cara cuando el balón de aquel niño se llevó parte de su disfraz por delante.

—No me molesta verte —comentó observando la ventana como si fuese lo más interesante del mundo.

—Ni siquiera me miras a la cara —cerró los puños. Ese día Kaito estaba más pasota de lo normal, y tardaba en responder—. ¡Que sepas que la cafetería está vendiendo pescado como almuerzo! —bufó y se alejó sin dejarlo responder tras provocarle una expresión de terror por su fobia a los peces.

Él suspiró. Genial. Quizás debería aprender a ser mejor actor cuando terminara de perfeccionar su cara de poker. ¿Qué hora era? Al parecer estaban en un descanso entre clases. Así que si quería alcanzarla debía apresurarse antes de que se perdiera por los pasillos. Intentó mentalizarse y respiró contando hasta diez antes de levantarse para seguirla.

—Ao...—no terminó de decir su nombre cuando Hakuba se le cruzó en el camino y empezó a hablar con la chica.

El mago se mosqueó al verlo. ¿Pero "ese" de qué iba? Se escabulló por un lado para poder esconderse y pegar la oreja tratando de escuchar. Tras unos segundos rodó los ojos. Debía darle a Saguru el premio de la actuación esa vez. Le causaba gracia la forma en la que le hacía preguntas sobre su estado personal y Kid, porque el detective sabía de sobra quién era el ladrón y había estado escondido cuando la policía armó el escándalo para capturarlo mientras "rescataban" a Aoko; lo había visto con sus propios ojos, faltaría que se atreviese a negarlo —al fin y al cabo, su amiga no lo sabía—.

Se apoyó en la pared cruzando los brazos. ¿Qué podía hacer? Realmente le debía una disculpa, y Kid también. Pero las cosas no eran tan sencillas... Lo primero sería deshacerse de Hakuba. Tosió un poco para aclararse la garganta e imitó la voz de la profesora que habían tenido aquella hora para llamarlo, esperó unos segundos... "Ahora" y salió de su escondite tomando la mano de Aoko al pasar a su lado, arrastrándola consigo.

Sonrió arrogantemente, ¡qué fácil había sido! Volvió la vista atrás para encontrarse con el rostro de la chica. Por su parte, ella lo miraba de forma extraña. Con curiosidad, sin entender. Y cayó en la cuenta de algo: era idéntica a aquella expresión de Kid, la cuál había nombrado como "seguridad en uno mismo".

Como si las dos caras se hubiesen superpuesto en su mente.