Capítulo I

Nunca supo qué sucedió, pero cuando se dio cuenta estaba frente a la puerta de la casa de América, sosteniendo una ridícula caja decorada. Siendo serio, ¿qué hacía él ahí?, ni siquiera supo cuando salió de su casa, mucho menos cuando llegó a ese lugar…

No obstante ya no había vuelta atrás.

—¡Hey, soy Inglaterra, abre la puerta! —no sabía exactamente cómo presentarse, así que por lógica grito lo primero que se le vino a la mente mientras tocaba repetidas veces el timbre de la gran casa.

El americano por su parte, había pasado el día solo. No porque no le gustará, pero sinceramente preferiría quedarse a jugar con los videojuegos que el nipón le daba para probar y justo en esos momentos estaba demasiado ocupado matando zombies; por tal razón estaba descalzo, vistiendo unos pantalones de mezclilla y una playera típica de su nación… Tampoco es que quisiera salir en esas fachas a ver a otros países.

Escuchó por ahí que la ONU había propuesto la idea de que todos los países se dieran obsequios entre sí para consolidar una mejor relación entre ellos. Seguramente los toquidos eran de los otros países que venían a dejarle cosas, después de todo, ¡era importante darle algo al héroe!

El rubio de los lentes seguía en lo suyo hasta que escuchó que de nuevo tocaban su puerta. No pensaba ir a abrir, pero en la pantalla del juego aparecía la gigantesca escritura de Game Over, y molesto, se encaminó hacia la puerta

—¡Ya voy! —gritó cerca de la entrada de su casa y ya frente a esta, la abrió para encontrarse con la esmeralda mirada de su amigo inglés—. ¡Inglaterra! —el mayor sonrió ante la sorpresiva visita del rubio de menor estatura, ignorando por completo la molestia que sentía por haber sido interrumpido.

—¡Ten! —el de ojos verdes le estrelló en el pecho una cajita. Su contenido: dulces de coco y chocolates. Había conocido por mucho tiempo al menor, y no se tomó todo el día escogiendo esos presentes para él, es solo que tenía muchas de esas cosas en su casa y las colocó en la caja perfectamente adornada con un papel estampado de corazoncitos que se había molestado en forrar—. Feliz Catorce —dijo mientras se metía a la casa ajena como si fuera la suya.

—Gracias, Inglaterra —el estadounidense sonrió ante el obsequio que había recibido, lo cual le agradó tanto que ni siquiera notó cuando el británico se adentró a su hogar.

—Te guste o no me voy a quedar aquí. Me tomé la molestia de venir a estas horas porque no te aparecías por mi casa —mencionó el inglés mientras se quitaba su gabardina militar para dejarla colgada por alguno de los percheros del lugar—. ¡P-pero no creas que me preocupaba porque no te había visto en todo el día! —repitió el de ojos verdes de una manera totalmente exaltada mientras sus mejillas se pintaban de un rosado ligero—. Es solo que lo indicó la ONU y como tú sabrás, siempre he sido muy formal en cuanto a deberes se trata.

El de cejas pobladas comenzó a analizar toda la sala, buscando alguna imperfección para echársela en cara al chico de los lentes, sin embargo, estaba todo bien arreglado.

«Tal vez es porque ha estado en su cuarto con videojuegos todo el día» pensó el europeo conociendo bien los hobbies del que tenía por amigo a un alienígena.

El norteamericano se giró y cerró la puerta tras él, observando como la nación extranjera estudiaba minuciosamente su casa, quizás en busca de "algún desastre", pero hacía dos días que no salía de su cuarto, por lo que todo estaba en su lugar.

Se había olvidado comprar un regalo para Inglaterra, pero no podía decirle, quedaría mal. ¡Y eso no es nada genial viniendo de tan increíble persona!, así que mientras su amigo estaba por ahí, él pensaría en algo, tal vez lo llevaría más tarde a comer en una de las tantas cadenas de comida rápida que le pertenecían.

Sí, eso sería bueno, una gran idea.

—¿Así que, me estabas esperando, Iggy? —el americano abrió los dulces que el mayor de edad le dio, atiborrándose de estos ya que eran de sus favoritos.

—¡N-no te estaba esperando, idiota! —mencionó poniéndose a la defensiva—. ¡E-es solo que... vine a regañarte! ¿Qué es eso de no darle ningún obsequio a ningún país?, es decir, ¡yo te crie! ¿qué se habrán puesto a pensar otras naciones de mí?

—Lo siento pero el tiempo se me fue muy rápido, ya sabes, ¡atendiendo asuntos de mi gran nación! —eso es lo que se hubiera entendido si el cowboy no tuviera la boca llena de chocolates. Una vez que se hubo pasado el gran bocado de golosinas, el rubio oscuro se dignó a hablar—. Pero tienes razón Inglaterra. ¡Si no mando nada ya no me reconocerán como un héroe!

—Nunca nadie te ha reconocido como tal cosa —se dijo para sus adentros el inglés mientras escuchaba los delirios de superioridad del de ojos celestes.

—Más tarde me encargaré de que todos reciban un presente de mi parte —sonreía triunfante el hombre tras los lentes ante tan genial idea que se la había ocurrido.

Claro, era su idea, debía ser genial.

—Como sea —replicó el chico amante de la brujería—, te advierto que no pienso ir a comer tu comida grasosa. En el peor de los casos terminaré cocinando para ambos. Deberías sentirte bendecido ya que no hago buenas obras tan seguido —después de esto el de ojos verdosos cruzó los brazos, más tarde le reprocharía al anfitrión de esa casa por atascarse los dulces sin ofrecer.

La gran curva de los labios del americano se fue desvaneciendo al escuchar la propuesta de Inglaterra, diciendo que este último se encargaría de cocinar.

—¡Nooo! —Si por algo era conocido el británico (incluyendo el hecho de que era un viejo pervertido, un borracho y un loco de la brujería), era porque su manera de cocinar era un desastre. Arthur debería trabajar en una planta de desechos radioactivos antes que en una cocina y el norteamericano no quería morir tan joven y tan guapo debido a los trucos culinarios de su compañero.

—Quiero decir... ¡N-no te molestes! Es suficiente con los chocolates que me diste. ¡Así que yo voy a cocinar para ti, Iggy!

—¿Uh? Está bien. Te dejaré cocinar para mí en ofrenda por no haber ido a visitarme —de inmediato el amante del ocultismo se dirigió a las escaleras de la casa para ir a los cuartos superiores—. En lo que tú te entretienes yo subiré a tu cuarto. De seguro estabas jugando a algo entretenido —después de esto hizo una sonrisa muy extraña y corrió lo más rápido que pudo escaleras arriba.

—¡Hey! No soy un pervertido como tú —el de anteojos se encaminó hacia la cocina, dejando que el inglés hiciera su santa voluntad.

El gentleman, cuando llegó al cuarto del más grande de estatura, comenzó a mirar el desorden que había y terminó escombrando un poco la habitación, o al menos hizo en la cama un lugar para sentarse.

Mientras esperaba por el de ojos celestes, se quedó pensando: ¿desde cuándo entre ellos había tanta confianza?; es cierto que fueron muy unidos cuando el mayor de edad aún era llamado "Reino Unido" y el de ojos claros era un pequeño ser indefenso.

Luego de eso sucedieron muchas cosas entre ellos, desde la convivencia y la fraternidad, hasta guerras y demás riñas, el de ojos verdes realmente no supo cuándo empezó a ser tan amigable con el cowboy después de su independencia.

Pero le dolía, realmente lo lastimaba. Jamás olvidaría cada momento compartido con el "Alfred" que actualmente conocía y sin embargo, ¿por qué había decidido quedarse?, ¿no iba solo a aventarle los chocolates y regresar a su nación?, todo era tan confuso cuando se detenía a pensar acerca de ese cuatro-ojos fanático de la comida rápida.

Por otro lado, el cowboy ya dentro su cocina, decidido, se paró frente al refrigerador observando su contenido: No había absolutamente nada.

¡Perfecto! ¿Ahora que iba a hacer? No podía pedir su exquisita comida rápida ya que el británico dijo que no quería nada grasoso. ¡Y no dejaría que el inglés se riera de él, no!

Dio otra mirada entre las cosas que tenía cerca y alcanzó a distinguir un empaque que contenía carne de pavo cortada en rebanadas, rápidamente las tomó y se acercó a la barra.

Le llevó 15 minutos pero lo había logrado; preparó unos deliciosos sándwiches con la carne que había encontrado por ahí. Los metió en la tostadora y ahora se veían perfectamente bien. Aparte, había preparado un poco de té para el muchacho tras las cejas, y para él un litro de soda. El de ojos azules sonrió satisfecho, después de todo, no era tan mal anfitrión.

Se encaminó escaleras arriba con los diez sándwiches que alcanzó a hacer, el té y la soda en una charola. Le dio una última ojeada a su obra maestra. Quizás si hubiera cortado los sándwiches en forma de corazón y... ¿¡Qué demonios pensaba!? Sus mejillas se tornaron un poco rojas ante la idea.

¡No, eso es para novios enamorados empalagosos! Iggy y él eran amigos. Sí. Amigos. ¡Nada más!

—¡Listo! —El de mayor estatura entró a su cuarto abriendo la puerta con una patada que le propició a la misma, ya que tenía las manos ocupadas.

El de cabellos más claros estaba como piedra sentado frente al televisor, sosteniendo el mando de la consola, mientras la pantalla tenía un tétrico letrero de Game Over. El amante de la brujería volteó lentamente, su cara estaba totalmente pálida.

—Eso... fue lo peor que he visto en mi vida —el menor se puso de pie—. ¿¡Quién rayos diseña estas co… oh, sándwiches, bueno, es mejor que tus horribles hamburguesas —no iba a agradecer por las atenciones, obviamente. Es lo mínimo que el de ojos azules podía hacer por él. Se sentó nuevamente en la cama, cruzando finamente una de sus piernas mientras tomaba uno de los aperitivos y se lo llevaba a la boca.

—Es mejor que tus horribles hamburguesas —citó el americano imitando la voz del de ojos esmeralda, obviamente burlándose de este.

Se sentó dejándose caer al suelo, justo a un costado del menor, utilizando su cama para recargar su espalda; acto seguido tomó un sándwich y de una mordida acabó con la mitad del alimento. Estaba delicioso. Sin duda era un excelente cocinero.

Miró de reojo al inglés, estudiando la reacción de aprobación que este hizo al probar lo que minutos antes había preparado. Sonrió sin quitarle la vista de encima al divisar aceptación del más chico.

Acabando el primer sándwich, el británico tomó la botella de soda, no recordaba cuándo fue la última vez que probó un producto gaseoso, así que la destapó y le dio un par de traguos, dejando la botella de donde la había tomado.

—Hace tanto que no tomaba algo así —dijo mientras se preparaba para comer otro sándwich, pero antes de tomarlo pudo divisar en uno de los muebles un poco de fruta, así que se acercó a tomar una manzana.

Vio que esta estaba en buen estado pero la limpió un poco de todas formas y se la llevó a la boca. Al sentir la miradita del cowboy giró su rostro, encontrando ambos ojos detrás de los cristales—. ¿Qué sucede? —mencionó de la forma más neutral del mundo.

Una manzana se muerde rápida y normalmente, así lo hacían las personas normales, y después estaba Inglaterra, mordiéndola de una forma tan poco normal, tal vez eso se podría considerar… ¿seductor?

Según Francis le había contado al estadounidense: La forma en la que muerdes una manzana es la forma en la que besas. ¿Por qué se lo había contado? Ni idea, pero ese día tuvo que huir del europeo si quería mantenerse pulcro de mente.

—¿Así de simple besas? —el de anteojos soltó esa risa tan típica de él. No había molestado al más pequeño de estatura en todo el tiempo que llevaba ahí, así que, ¿por qué no aprovechar este gran momento?

El de ojos esmeraldas se ruborizó hasta las orejas con el comentario, inmediatamente se apresuró a lanzarle la manzana a Alfred en la cara, tratando de hacer un fatality como el que le habían hecho minutos antes en el juego.

El estadounidense se quejó ante la agresividad del británico, pero bueno, de alguna manera ya se había acostumbrado al tsunderismo de éste.

El europeo se le fue encima, aprovechando que el mayor de estatura seguía sentado en el piso. Le tomó por el cuello de su playera y comenzó a zarandearlo del agarre de la misma.

—¿¡Crees que puedes desaparecer el 14 de Febrero sin más, ignorando que estuve esperándote todo el día!? ¡Eres la persona más malagradecida que conozco! —cuando el de mirada esmeralda se dio cuenta de lo que había dicho, se ruborizó un poco y miró al gringo mientras le sacudía con todas las fuerzas que tenían sus brazos, mascullando muchas cosas incoherentes—. Todo es tu culpa.

El sujeto que tenía por amigo a un alien se dejó hacer por el menor, normalmente era así: burlas, burlas y agresividad. Esa era una rutina a la que el de ojos celestes se había acostumbrado, ya era algo normal en su vida. Pero no era normal que Inglaterra le dijera ese tipo de cosas de una manera tan repentina, eso era completamente extraño.

—¿Qué me habías esperando todo el día? —un leve tono rojizo adornó las mejillas del anfitrión de la casa, sinceramente no se esperaba eso, pero de alguna forma las acciones del muchacho sobre sí le parecieron un poco tiernas, por lo que hizo algo que nunca creyó que fuera necesario—. ¿Cómo debería de tomar eso, Iggy? —Rodeó con sus grandes brazos al pequeño rubio susurrándole esto último al oído.

—¡N-no-no deberías tomarlo de ninguna manera!, ¡ninguna! —Suficiente tenía con decir palabras bochornosas y ahora se encontraba en una situación con la que no sabía cómo lidiar—. ¡S-Suéltame, Alfred! —El de cejas pobladas trató de separarse un poco del norteamericano, aunque su cuerpo no aplicaba la fuerza necesaria para que el mayor le soltase. Al darse cuenta de esto, sólo desvió su mirada, pues su rubor se había extendido enormemente—. S-si me sigues molestando me voy a ir. ¡Y-y no estoy jugando! —dijo exaltadamente el británico para que le soltase.

Desde hacía mucho tiempo el americano sentía cosas extrañas por el anglosajón, muchas veces lo pensó, pero lo único que decía para convencerse era que se trataba de un "amor fraternal". Pero amor fraternal no era querer besarlo de una forma poco amistosa, ni tampoco lo era querer tenerlo en su cama bajo el cuerpo propio.

—¿Me vas a dejar?, ¿cómo lo hiciste hace años? —Al mayor aun le dolía lo que pasó hace siglos. Sentía una inmensa tristeza al recordar la promesa que el europeo le había hecho, la de "volver", la cual no cumplió sino años más tarde, muy tarde…

Con una mano, el de azules ojos tomó el mentón del de ojos esmeralda, obligándole a verlo. El chico de ojos topacio atrajo más el cuerpo del de cejas pobladas para redirigir dicha extremidad la mejilla del más chico, acariciándole suavemente.

El británico aproximó lentamente sus labios, dando un suave toque a los del mayor. El contacto duró poco, pero a sentir del menor habían sido minutos completos. Inmediatamente este último se separó. Luego desvió su mirada, fijándola en la pantalla del televisor, quedándose dubitativo de sus propias acciones, no sabía cómo reaccionaría el rubio más oscuro, él mismo tampoco sabía que debería hacer en ese momento.

Aun cuando mantenía relaciones sexuales con Francia para poder olvidar esos sentimientos, el héroe de sus fantasías seguía siendo el americano.

El rubio mayor sonrió, esa actitud tan linda del menor siempre le había encantado, pero por obvias razones nunca se lo había dicho. El verlo así lo hacía pensar tantas cosas, quizá sí quería al inglés otra manera, tal vez, lo amaba.

—Como suponía, no sabes cómo besar, Iggy —el de ojos claros habló con una voz seductora al oído del rubio de mayor edad, y nuevamente con la mano que había tomado anteriormente su mejilla, volteó con delicadeza el rostro del menor, quedando frente a frente de nueva cuenta—. Déjame mostrarte cómo se hace —susurró cerca de los rosados labios del británico para después besarle, moviendo sus labios delicadamente sobre los ajenos, bajando su mano hasta la pequeña cintura de su amado, haciendo más cercano el contacto entre ambos.

El amante del ocultismo intentó separarse de aquel contacto con el de ojos azules, sin embargo, aquella cercanía hizo que terminara por responderle tímidamente a tan ansiado contacto.

Inmediatamente tomó el cuello del americano, lanzándole al piso, situándose él de cejas pobladas arriba de este, mentalizándose para no arrepentirse después. A diferencia del más alto de ambos, el europeo tenía bastante práctica en besos por culpa del francés, pero no quería acordarse del friki del vino justo ahora, así que trato de besarle como si fuera la primera vez en su vida, haciéndolo verdaderamente con la persona que amaba.

Los orbes claros del americano se abrieron de sobremanera al tener al menor encima de él de esa forma. Tardó unos momentos en reaccionar pero desde luego que correspondió, cerrando sus ojos lentamente y dejándose llevar. Nunca pensó que eso podría llegar a pasar. Creyó que el rubio más bajo de estatura se molestaría, lo insultaría y se iría dejándolo solo con sus sentimientos y el corazón roto. Pero fue absolutamente lo contrario. Estaba realmente feliz, tanto, que sonrió en el transcurso del beso.

Subió lentamente las manos a la cabeza del chico británico, tomando su cabeza delicadamente e inclinándola, para así poder introducir poco a poco su lengua en la cavidad ajena, deleitándose con aquella nueva sensación.