Capítulo II
El europeo se limitó a quejarse un poco al sentir la lengua del de menor edad explorando minuciosamente su boca. Sabía que no se podía retirar en ese momento, es decir, aunque lo hiciera, el anfitrión de esa casa no le dejaría.
Con un poco de fuerza, Alfred comenzó darle la vuelta a la situación, y con cuidado fue depositando al menor de estatura en el suelo, quedando arriba. Después de un tiempo, soltó el rostro ajeno y colocó ambos antebrazos sobre el piso, a un costado de la cabeza del británico, depositando de vez en cuando pequeñas mordidas en los labios de este.
Cada sensación definitivamente le encantaba, era muchísimo mejor practicarlo que verlo en las películas románticas que eran producidas en su nación. Aquel pensamiento le hizo sonrojarse más de lo que ya estaba, produciendo una extraña sensación en su entrepierna.
Sorprendentemente, el europeo se dejó hacer, aceptando todo eso "porque se le daba la gana", definitivamente no iba a permitir estar debajo, pero solo por esa vez... Soltaba leves quejidos cuando el mayor le mordía, sin embargo, esto no le lastimaba, para ser sinceros le parecía bastante sensual la manera en que lo hacía. Trató de acomodarse mejor debajo del más alto, moviendo ligeramente su cuerpo, colocando una de las piernas del rubio mayor entre las suyas, rodeando al mismo tiempo el cuello de este con sus brazos, haciendo que el contacto bucal se volviera más húmedo.
Arthur se había puesto a pensar en la incontable cantidad de veces que lo había hecho con Francis, y en ese momento, esos recuerdos le remordían la consciencia. Después del incidente en el que el rubio oscuro se independizó del más claro, este último acudió a Francia, destrozado, y a partir de ese entonces se convirtieron en una pareja con beneficios sexuales, no sabía cómo ni por qué, pero así habían resultado las cosas.
Un par de lágrimas rodaron por el rostro del menor de estatura. No se merecía ni una pizca de cariño en ese momento, en realidad, no se merecía nada de la potencia que estaba sobre él. Pero aparte de lamentarse, en ese mismo instante quiso que el susodicho americano le hiciera suyo, que le follara brutalmente para reclamar no solo su cuerpo, sino también su mente, su nación, su corazón; anhelaba que le hiciera olvidar todas esas noches que tuvo junto con el francés. Fue el mayor error que pudo haber cometido en toda su historia.
Los lentes se le habían hecho una gran molestia para América, así que con una mano los retiró y los lanzó por ahí, para acariciar posteriormente los suaves cabellos rubios de la persona que tenía bajo sí.
El día en que Arthur llegase a amar a alguien de la forma en que ahora hacía con Alfred y que ese amor fuera correspondido, el día en que ese momento llegara, el británico podría por segunda vez en su vida ser realmente feliz.
La primera vez que lo fue ocurrió aquel día en el que encontró a una pequeña e inocente patria aún sin conocimiento del mundo a sus alrededores. Aquella nación que ahora tomaba el nombre de "Estados Unidos de América" pero que para el de orbes verdes siempre sería su pequeño: Alfred F. Jones.
Lentamente, el norteamericano abrió uno de sus ojos, encontrándose con la desagradable sorpresa de que Inglaterra se encontraba llorando. ¿Lo había lastimado? No, imposible, si lo hubiera hecho el gentleman inmediatamente se hubiera quejado, así que, ¿por qué lo hacía? Rápidamente separó sus labios del muchacho, dejando entre ellos un hilo de saliva que se había formado a causa del fogoso beso.
Miró preocupado al inglés e hizo lo primero que se le vino a la mente: abrazarlo. Lo rodeó con cuidado pero lo suficientemente fuerte como para demostrarle que estaba con él, cualquier cosa que fuera la causa de su llanto, América lo solucionaría.
—No llores, Iggy. Por favor —le habló con la voz más consoladora que podía. Lo que menos quería era verlo así, quería verlo feliz, o al menos con su típico humor de siempre, pero no llorando.
Desde aquella vez en la guerra de Independencia sintió un abatimiento al ver al inglés arrodillado frente a él, le había hecho sentir horrible, y nunca en su vida iba a poder borrar esa dolorosa imagen. Al recordar eso, apretó con un poco más de fuerza al pequeño cuerpo que se encontraba entre sus brazos.
El rubio menor se aferró desesperadamente al de azules.
—Alfred —mencionó con una voz un poco cortada.
Años antes había decidido no hablar sobre lo que pasó después de "La Guerra de Independencia Americana" o al menos, no con el cowboy, pero en esos momentos, él, de todas las personas, es quien más debería saberlo. Así que decidió contarle la verdad—. Desde aquel momento en el que te i-independizaste, yo… fui mucho tiempo a ver a Francia para poder olvidarte. C-como lo siento. Perdóname, Alfred —se aferró lo más que pudo al cuerpo del anfitrión de esa casa, como si no quisiera que le soltase, dando a entender con su propio cuerpo que lo que necesitaba en ese mismo instante era a él… a nadie más que a él, y que se arrepentía profundamente de lo que había hecho.
—Por favor, hazme olvidar que estuve en la cama de otra persona antes que contigo —y ante estas últimas palabras Arthur ya no pudo pronunciar más. Rompió en llanto. El inglés temblaba bajo el cuerpo de la Potencia Americana, respirando entrecortadamente mientras que las lágrimas que rodaban por sus mejillas se tornaban tan dolorosas como para lograr ahogar toda palabra o sonido proveniente sí.
El mayor de estatura entristeció por un momento. ¿Qué había ido con Francia para olvidarlo a él?, muy profundo dentro de su corazón sintió una punzada de dolor, sí, dolor, dolor que fue desvaneciéndose poco a poco tras escuchar las últimas palabras que Inglaterra había dicho. Se separó un poco de él y colocó ambas manos en su rostro, levantándolo un poco para poder verlo.
—Te haré olvidarlo todo. Todo lo que te duela y te aflija, porque no quiero verte así, no lo soporto. Te quiero ver feliz porque te amo, Arthur. Te amo —en los ojos topacio del cowboy se notaba una sinceridad inmensa, algo que no muy a menudo era vista en este y algo que solamente conocía el británico.
Lentamente sus labios hasta una de las lágrimas que escurrían por las suaves mejillas de su amado, y la besó, limpiándola. Así hizo con todas las demás, se deshizo de cada una de esas saladas gotas con el roce de sus labios hasta que el de orbes esmeraldas dejara de llorar.
El gentleman creyó que le haría a un lado al saber aquel pasado suyo, sin embargo, se quedó perplejo ante las dulces palabras del más alto de ambos, y al sentir aquellos tiernos besos sobre sus mejillas se fue tranquilizando.
El americano acabó de secar las lágrimas ajenas, y enseguida se acercó a la boca del rubio más chico, besándolo como lo había hecho la primera vez, pero esta, en cambio, fue más delicada, como si cualquier movimiento brusco de su parte pudiese herir al que se encontraba entre sus brazos.
El extranjero, al sentir los labios de la nación contraria comenzó a calmarse, correspondiendo plenamente a la persona que había amado desde hace mucho, mucho tiempo. Poco a poco su tristeza fue desapareciendo al sentir que era aceptado.
De nueva cuenta, Estados Unidos introdujo su lengua en la boca del inglés, deleitándose con aquel contacto mientras que sus manos bajaban lentamente por el torso ajeno; y así fue recorriéndolo, hasta llegar al cinturón del uniforme del menor, el cual comenzó a desabrochar lentamente.
La idea de que el francés lo había tocado de la misma manera en la que él lo estaba a punto de hacer, le hacía enojarse. No quería que nadie más lo hiciera, se estaba escuchando muy egoísta, pero si se trataba de Inglaterra, absolutamente no lo haría, no lo compartiría.
Cuando el cinturón estuvo desabrochado, se dio paso a hacer lo mismo con la camisa del susodicho británico. Y terminando aquello, se separó de boca de su amado para poder admirar perfectamente el cuerpo de este.
—Eres tan lindo, Iggy —mencionó desde arriba, admirando el blanquecino pecho del de ojos esmeralda.
Instantáneamente se acercó al torso que estaba frente a él, y fue depositando pequeños besos en el, y de vez en cuando, mordidas y lamidas, mientras colocaba ambas manos en la cintura del mejor de estatura para acomodarse mejor entre este.
—¡N-no soy lindo!, ¡idiota! —alcanzó a mascullar entre gemidos el inglés. No pudo evitar sentirse avergonzado ante tales palabras.
El anfitrión soltó una risilla al escuchar los lindos insultos provenientes de la boca del de orbes verdes, pero no dejo de lado lo suyo. Fue bajando por el cuerpo de su adorado "Iggy" dejando un camino de besos, y en ocasiones, marcas rojas que sus dientes provocaban al morder, incluso sentía como la agitada respiración del menor hacía que su vientre se moviera rápidamente.
Sin duda alguna los chocolates que tanto le gustaban no eran nada en comparación a la dulce piel del rubio claro, podía inundar sus fosas nasales con la esencia de este último que se le hacía tan embriagadora. Simplemente: le encantaba.
Rápidamente llegó al pantalón del de ojos esmeralda, al parecer había alcanzado a la mejor parte. Notó que había un bulto en el pantalón de Inglaterra e inmediatamente sonrió.
—¿Debería de atender aquí abajo? —canturreó el rubio oscuro mirando desde abajo al menor, el cual se encontraba haciendo una cara sumamente adorable. Se acercó a la entrepierna del inglés y pasó la lengua por encima de esta, sin dejar de mirar al rostro del menor.
—¿¡Qu-quién en su sano juicio pregunta esas cosas!? —no sabía si era él o el momento, pero la acción que realizó el de azules ojos al dirigirse a su entrepierna le había resultado bastante… ¿excitante?
Si, "excitante" era la palabra correcta, aunque el inglés se limitó a llevar el dorso de su mano a cubrir ligeramente su boca, que aún se encontraba jadeante debido a la intensidad de la situación.
—Voy a tomar eso como un "sí" —respondió el americano ante la interrogante, colocando sus dedos en la pretina del pantalón verde del menor, tirando de este hacia abajo, para encontrarse con el apretado bóxer que aprisionaba la erección del de ojos verdes.
Relamió sus labios con una sonrisa seductora, acto seguido, acercó su boca al bulto que se había formado y comenzó a lamer la punta de la virilidad del rubio más claro, aún sobre los interiores de este mientras utilizaba sus manos para masajearle aquella zona íntima de vez en cuando.
—No tomes las cosas como se te dé la ga… —trató de reclamarle al de ojos claros cuando este último le retiró los pantalones, sin embargo, al sentir la cálida lengua del americano recorrer su miembro no pudo evitar emitir un sonoro gemido en el proceso.
Al cowboy a veces le llegaba a la mente la imagen del de orbes esmeralda haciendo ese tipo de cosas con Francia, lo que le llenaba de una inmensa ira e incontrolables ganas de marcarlo, aunque eso se escuchase no solo mal, sino egoísta y rudo a la vez; pero así era, quería poseerlo y hacerle saber al mundo que Arthur era suyo y viceversa.
La ropa interior del gentleman estaba mojada completamente con saliva y líquido pre-seminal, así que América optó por tomar el resorte de los interiores y retirarlos, dejando a la vista el erecto miembro del británico.
Inglaterra agradeció internamente que el de orbes topacio le retirara la ropa interior, ya que se estaba volviendo realmente un tormento tenerla ceñida al cuerpo, pero quiso que se lo tragara la tierra cuando su erección quedó totalmente expuesta, aún no podía creer lo que pasaba.
—Mira lo que me acabo de encontrar —miró fugazmente al de ojos esmeralda, el cual se encontraba callando los lindos soniditos que emergían desde su garganta—. Un maravilloso dulce inglés —dicho esto introdujo la hombría del chico de cejas pobladas a su boca.
Soltó un gemido muy poco propio de un hombre al sentir su hombría entrando lentamente a la boca del mayor de estatura.
El norteamericano, por su parte, tenía más o menos la idea de cómo practicar sexo oral, ya que por curiosidad había decidido ver una que otra película pornográfica de las que se producían en su nación.
Pasaba su lengua por todo el largo del miembro del europeo y ocasionalmente chupaba la punta, sintiendo el tibio líquido que salía de este; también utilizaba su mano para así proporcionarle mayor placer al pequeño cuerpo que se encontraba bajo el suyo.
—N-No sig...—Una sensación sumamente ardiente recorrió su cuerpo al sentir aquella parte tan delicada de él ser recorrida por el de ojos claros.
El extranjero colocó sus manos sobre los cabellos rubios del estadounidense, enredando sus dedos entre estos y tirando muy despacio de los mismos en los momentos en que se sentía realmente a desfallecer de goce.
—De-detente, v-voy a venirme... —logró susurrar entre gemidos, no quería correrse en la boca de la persona que momentos atrás estaba besando tan apasionadamente.
Al escuchar las palabras del menor, Alfred no hizo más que sonreír y seguir con lo suyo.
—Adelante, hazlo —aunque esto se le entendió muy poco ya que aún tenía en boca probando la virilidad del rubio más chico.
—No, n-no está bien... —el de ojos esmeralda sintió un ligero espasmo recorrer su columna y sus gemidos inmediatamente se ahogaron. Había eyaculado en la boca del americano.
El inglés aflojó un poco el agarre de los cabellos del mayor y desvió la mirada, ya que estaba realmente apenado de haberlo hecho en la boca de Estados Unidos.
El cowboy se pasó el espeso líquido que había salido del miembro del menor de estatura. Tenía un sabor un poco extraño, pero a pesar de ello lo tragó sin problema. Todo lo que viniera de su amado estaría bien.
—¡S-serás…! ¿¡Quién es su sano juicio se pasaría eso!? —mencionó el gentleman habiéndose tranquilizado, viendo de reojo al más grande. Aunque lejos de sonar como un insulto, reproche o asco, se escuchó como si el de ojos verdes estuviera aún más avergonzado.
El rubio más oscuro de ambos se incorporó, lamiendo de sus labios los restos que quedaban de la esencia del británico. Su entrepierna comenzaba doler debido a la presión que el pantalón ejercía sobre esta; rápidamente se desabrochó su cinturón, y continuó con el pantalón, dejando ver que su erecto miembro aún seguía debajo de los boxers.
Acto seguido se acercó al inglés, depositando suaves besos en su blanquecino pecho. Fue haciendo un camino de besos hasta llegar a uno de sus pezones, el cual comenzó morder y lamer con suavidad mientras, subió una de sus manos hasta la boca del de ojos esmeralda, poniendo tres dedos sobre los labios de este.
—Lámelos, Arthur —le habló tranquilo, no quería que se escuchara como si fuera una orden. Esto de los dedos también lo había visto en películas. Según había observado, era para que su pareja no se lastimara al momento de que le penetrara. Y era algo que el americano no quería. Quería hacerlo sentir bien para que nunca olvidara ese momento.
Inglaterra estaba admirando boquiabierto el cuerpo del cowboy, cuando dijo aquello: "Lámelos, Arthur", esas palabras, con ese tono…
Un poco apenado por la situación, cerró paulatinamente los ojos, al mismo tiempo que daba paso a que el de apellido "Jones" pudiese introducir esos tres dígitos en su boca y cuando lo hizo, comenzó a acariciarlos suavemente con la lengua.
El de orbes esmeraldas separó un poco más sus piernas para que el mayor de estatura pudiera acomodarse como mejor le placiera sobre él.
América, por su parte, agradeció internamente esta acción del anglosajón, pues pudo acomodarse mejor entre estas, haciendo que las intimidades de ambos rozaran más e inclusive, Estados Unidos comenzó a mover su cadera simulando una penetración. Se notaba que el rubio de mayor altura ya no aguantaba más, y lo sabía, porque su entrepierna comenzaba a punzarle cada vez más, pero procuraba soportarlo, ya que debía preparar a su pareja correctamente para que lo disfrutara. No quería que se viera como simple sexo, sino como algo más lindo y romántico. Algo que fuera adecuado para el de orbes verdes.
De manera tentadora, Reino Unido mordió ligeramente el dedo medio del cowboy, poniendo una cara entre lujuriosa e inocente, si es que esos dos adjetivos son posibles de juntar. Poco tiempo pasó para comenzar a lamer de manera un tanto sensual el mismo dígito que había mordido, dando paso a emitir sonidos un tanto "provocadores".
Al anfitrión de la casa le encantaba la forma en la que el pequeño cuerpo del europeo reaccionaba, sus acciones, sus gestos, todo. Quería ver mucho más. El sólo imaginar el cómo se vería cuando entrara en él, como se sentiría; tantas cosas pasaban por su cabeza que ni siquiera notó cuándo Inglaterra comenzó a morder su dedo.
Elevó un poco su rostro y se llevó la grata sorpresa de encontrar al británico chupando su dígito de la manera más erótica que se hubiera podido imaginar, más aparte había que sumar los excitantes sonidos que este producía al mojar el mismo.
No podía despegar su vista de la lasciva escena que se presentaba frente a sus azules ojos. Verlo lamer así… Oh Dios, se imaginaba tantas cosas que inconscientemente mordió su labio inferior. Quería hacerlo, ya.
Retiró sus dedos remplazándolos por su boca, olvidando completamente que minutos antes estaba chupando el órgano sexual del rubio más chico; e inmediatamente llevó estos mismos a la entrada del británico.
Con cuidado introdujo un dígito y lentamente comenzó a moverlo, sintiendo la humedad y calor de las paredes internas de su amado «Y pensar que pronto estaré ahí» pensó el estadounidense mientras profundizaba más el beso.
Después de unos placenteros momentos de preparación, el europeo se separó sutilmente de aquel beso—. Date prisa Alfred. Te quiero dentro. —musitó el de esmeraldas ojos mientras proseguía a sostenerse del cuello de su pareja.
El escuchar al inglés pedir ser penetrado le provocó un ligero escalofrío a la potencia americana, no por ser raro ni nada parecido, pero pedirlo con esa voz le daba estímulos adicionales.
Después de unos minutos ingresó un segundo dedo en el interior del de verdes ojos, esta vez, separando un poco ambos dentro del gentleman. Esto lo hacía para dilatar de una manera más rápida aquella cavidad trasera en la que anhelaba estar lo más pronto posible.
