Capítulo III
Conforme pasaba el tiempo, América comenzaba a perder la cordura, quería tener al rubio de mayor edad bajo su cuerpo, retorciéndose de placer, gimiendo para él, pidiéndole más.
Se juró que a partir de ese momento –si no es que desde hace mucho antes- no le entregaría ese país a nadie, lo mantendría esclavizado si fuera necesario, quería que fuera solo de él, que cumpliera con sus más grandes deseos egoístas quedándose a su lado por lo que les restaba de la eternidad. Después de unos momentos, no pudo soportarlo más.
Sacó sus dígitos de la entrada del extranjero y se separó del salvaje beso que habían formado. Con sus propias manos bajó sus pantalones junto con su ropa interior, dejando ver su miembro erecto, el cual se encontraba ansioso por situarse dentro del inglés.
Rápidamente tomó las piernas del de orbes verdes, levantándolas y separándolas, para colocar la punta de su hombría en la entrada del rubio más claro.
—Arthur, ya no aguanto —dicho esto comenzó a entrar suavemente, sintiendo las paredes internas del británico apresar su virilidad.
El pecho del de menor estatura podía verse subir y bajar de una manera acelerada. Le lastimaba un poco sentir al rubio más oscuro penetrando lentamente su intimidad, aunque no mucho más de lo que le gustaba.
Sintió al mismo tiempo leves punzadas de dolor en su espalda baja, aunque sabía que en un instante u otro se pasarían; en ese momento, eso era lo de menos y poco a poco sus intensos gemidos se fueron deteniendo a medida que el mayor entraba totalmente en él.
Estados Unidos, al estar completamente dentro esperó unos momentos, necesitaba que Inglaterra se acostumbrara al nuevo tamaño que invadía su interior, mientras que su cuerpo era inundado con una increíble sensación que le era imposible de describir. Estar dentro del inglés era tan inexplicable, se sentía tan… perfecto.
Las manos de Reino Unido estaban posicionadas a cada lado del rostro propio, su boca entreabierta jadeaba en busca de más oxígeno del que sus pulmones podían soportar; arqueó un poco su espalda buscando mayor contacto con el americano, pero un escalofrío recorrió su columna, a lo que el de ojos verdes suponía que era debido por el contacto con suelo o por la posición en la que se encontraba.
—Va-vayamos a la cama —dijo mientras divisaba ese mismo mueble a la distancia.
El rubio más alto volteó su rostro al escuchar la voz del más chico pidiendo ir a la cama. A decir verdad era realmente incómodo estar arrodillado, e imaginó que estar de espaldas contra el piso también en lo era. Observó la posición en la que ambos se encontraban. Definitivamente no quería salir del aficionado al ocultismo, así que optó por otra cosa: tomó al gentleman con ambas manos, y con cuidado comenzó a levantarlo del suelo. Iggy a su vez, procuró sostenerse del cuello del mayor, enredando sus propias piernas alrededor de la cintura del hombre que le cargaba, siendo esto un tanto doloroso, ya que aún tenía el miembro de este último dentro de sí.
Acto seguido, el cowboy juntó de nueva cuenta sus labios en un apasionado beso con el rubio que le sostenía, comenzando a incorporarse para dirigirse lentamente a la cama. Y cuando el activo sintió la suavidad de las cobijas en sus rodillas, delicadamente depósito al europeo en la lisura de las sábanas, obviamente sin separarse de este último.
—¿Así está mejor? —interrogó el más alto aparatándose de los labios ajenos, mientras comenzaba a dar pequeñas embestidas.
—No creas que n-necesitaba ser cargado… ¡Pude hacerlo y-yo mí mismo! —dijo mientras desviaba la mirada avergonzado, semicubriendo su rostro con el dorso de una de sus manos.
El anfitrión de la casa escuchó divertido cada comentario que el más chico hacía, lo más contradictoria que en su vida había podido encontrar, de hecho, cuando pensaba en su vida recuerda que sus primeros momentos fueron compartidos con Inglaterra.
La primera vez que lo vio se sintió tan feliz de tenerlo de compañía; también cuando conoció al pervertido de Francia y cuando ambos tuvieron una pequeña disputa por la custodia del pequeño de azules ojos, que en ese entonces no había recibido el nombre de "Estados Unidos".
Sinceramente se alegra mucho de haber elegido al chico de las cejas pobladas, pues a pesar de todas las controversias que se formaron tiempo después y durante su propia Independencia, nunca perdieron su contacto.
El gringo tomó las manos juguetonas del menor, las cuales se encontraban tapando su rostro, colocándolas a un costado de la cabeza del último y entrelazando sus propios dedos con los ajenos.
—No te contengas, quiero escucharte —comenzó a hacer las embestidas un poco más rápidas y profundas, le encantaba como es que las paredes internas del chico de cejas pobladas apretaban su miembro, le daba una increíble sensación.
Algunas veces el rubio menor de edad tocaba el punto dulce del rubio más claro, haciendo que este último se estremeciera poco más de lo anteriormente ocurrido, apretando inconscientemente sus manos junto con las del hombre sobre él.
Era extraño que el niño al que había criado y acurrucado en su regazo debido a las pesadillas nocturnas, fuese el mismo hombre al que ahora amaba profundamente y que estaba haciendo un papel sumamente activo en ese momento tan íntimo.
—América, intentem... o-otra posición —El de ojos esmeraldas no sabía cómo decirlo, sin embargo, quería darle más placer a su amado.
«¿Otra posición?» pensó el norteamericano, ¿estaba escuchando bien? Afirmó a esto internamente. Tenía vagos recuerdos sobre la forma en la que los jóvenes del film porno se colocaban, pero no estaba seguro si al más bajo le gustaría. Aunque probar con una de esas no estaría mal.
Soltó las pequeñas manos que sujetaba, y dirigió dichas extremidades a las lindas piernas del británico, levantándole nuevamente como hace momentos había hecho. Y ahora fue el gringo quien se sentó en la cama, moviéndose un poco hacia atrás para quedar justamente en medio de esta.
Unos cojines con la bandera americana adornaban la cama, los cuales usó para recargarse y continuar. Ahora era el más bajo quien montaba al más alto. Movió sus manos desde las piernas del inglés y las llevó hasta las caderas ajenas, sujetando firmemente y levantando un poco a la nación extranjera, para poder penetrar repetidamente.
El anglosajón se dejó hacer por el de ojos topacio, le resultaba un poco embarazoso que le viera directamente, pero estaba bien. Si se trataba de América todo estaría bien.
Ser sujetado por la cadera era un poco extraño para el de ojos esmeralda, sin embargo, se dispuso a llevar ambas manos a su parte trasera, separando sus glúteos y cerrando lentamente sus bellos orbes, para disfrutar plácidamente de la actividad que ahora mantenían.
Paulatinamente comenzó a mover su cuerpo, sosteniéndose con la fuerza de sus piernas, profundizando más el contacto con la nación anfitriona. Ocasionalmente dejaba que su jadeos se volvieran bastante audibles, mascullando en determinados plazos uno que otro sonido bastante placentero.
De vez en cuando, Estados Unidos levantaba sus caderas para poder llegar más profundo, y también soltaba unos cuantos jadeos cuando todo su miembro era cubierto completamente por el interior del que se encontraba montándole, y sin embargo, su vista no se apartaba del rostro de Arthur. Aquellas expresiones que este hacía cuando era penetrado eran simplemente… hermosas. Pero el norteamericano quería más, mucho más.
—Eres tan erótico —soltó hacia el inglés con un tono de voz un tanto ronco debido a la excitación por la que pasaba, para después, acercar su mano a la virilidad del rubio sobre sí, comenzando a masturbarlo.
—¡No lo so… —espetó a medias el gentleman casi al instante en que su hombría era tomada; pero siguió subiendo y bajando de forma lenta pero constante, presionando ligeramente el miembro del de ojos topacio cuando este estaba totalmente dentro y disminuyendo cuando las caderas del británico iban hacia arriba.
Poco pasó para que el de cejas pobladas tuviera poca fuerza en las piernas, pues no solía hacer mucho -por no decir nada- de ejercicio y de un momento a otro interrumpió todos sus movimientos, ansiado más fruición por parte del cowboy,, pero sin la resistencia física para hacerlo.
Inglaterra bajó lentamente la mirada; «Pervertido friki adicto a los videojuegos» se dijo mentalmente cuando se encontró con la mirada de su anfitrión, que de seguro le había estado vadeando minuciosamente todo su cuerpo, cosa que no estaba muy lejos de la realidad.
Pero algo se le hacía raro en todo este acto, ¿desde cuándo Alfred era tan apuesto?; aquella pregunta no dejaba de rondar por la cabeza del anglosajón. El mayor parecía esculpido por griegos, bueno, no exactamente, pero para un amante de la comida rápida debería ser imposible tener un cuerpo tan bien torneado por culpa de aquellas dietas basadas en grasa; no era precisamente musculoso, pero al menos se encontraba más fornido que su propio cuerpo, y por bastante.
Llevó sus propias manos al pecho del estadounidense mientras se recostaba sobre el hombre debajo de sí. Acto seguido, comenzó a besar ligeramente el cuello del americano, pasando ocasionalmente su lengua sin dejar marcas ni mordidas, subiendo con ternura por una de las mejillas de la nación a la que había ido a visitar, para terminar en las comisuras de los labios del mismo.
Terminó por besar tiernamente al de azules ojos, moviéndose lentamente en la boca de éste, esperando a que también respondiera al contacto que, con mucha fuerza de voluntad, el Reino Unido se había dignado a hacer.
Por otra parte, al de mayor altura le sorprendió que el británico le besara de esa manera, es decir, lo normal sería que él mismo hiciera eso; sin embargo, sonrió ante tal gesto e instantáneamente le correspondió, moviendo sus labios sobre los ajenos, donde de vez en cuando chupada el labio inferior del rubio más claro de ambos.
Al notar que el europeo había dejado de moverse, nuevamente tomó el mando y sosteniendo las caderas del inglés, comenzó a subirlas y bajarlas un poco más rápido, buscando más contacto entre su miembro y la entrada del rubio más claro.
—A-ahh... ¡i-diota! —gritó el de ojos vedes mientras cortaba bruscamente el beso—. E-eso duele —ciertamente la posición en la que se encontraba no parecía ser cómoda, sin contar, claro, con su falta de flexibilidad y con el hecho de ser penetrado continuamente.
Sus palabras eran interrumpidas abruptamente por los movimientos del cowboy; estaba consciente de que le lastimaba ser movido de esa manera, aunque a decir verdad, no era demasiado comparado con el goce que sentía.
—L-Lo lamento Igg... —el americano pasó sus manos a los glúteos del menor y los apretó ligeramente entre sus manos, sin dejar de lado el movimiento de arriba hacia abajo.
Tales gestiones le encantaban a tal grado que, inconscientemente, comenzó a morder su propio labio inferior; miraba encantado el rostro de la persona sobre sí, las expresiones que este mostraba eran increíbles, razón por la cual su ritmo de embestidas no cesaba. Quería seguir viendo más. Pero el gusto le duró poco, ya que sintió como lentamente se iba acercando al clímax.
—Me voy a correr —susurró este mismo, cerca del rostro del rubio más pequeño de altura, cerrando lentamente sus ojos, sintiendo lentamente como se acercaba al final.
Esas palabras dichas por el estadounidense hicieron a de ojos esmeraldas estremecerse, más de lo que estaban logrando las penetraciones.
«¿Va a hacerlo dentro de mí?» pensaba el británico para sí. En toda su vida sexual nunca había dejado que nadie le hiciese aquello, sin embargo ¿por qué no sentía la necesidad de reprocharle a su amante aquel acto? No lo sabía, pero quería que lo hiciera; la idea le resultaba sumamente apasionante.
Inconscientemente apretó su entrada e intensos espasmos comenzaron a recorrer su columna, sintiendo el momento exacto de cómo todo aquello culminaba.
En efecto, Arthur se había venido sobre el vientre del estadounidense, ensuciando y esparciendo aquel tibio líquido que ahora se encontraba entre los cuerpo de ambos.
—¡Ya... Basta, Alfred!
La Potencia Americana sintió inmediatamente como el líquido que había salido de la virilidad del extranjero recorría su abdomen y las ingles, pero por su parte, siguió embistiendo con un poco más de velocidad, ya que prontamente él también se encontraría en la misma situación.
Aunque a todo esto, el gringo se preguntaba si estaría bien venirse dentro del anglosajón, ya que no sabía si a este último le parecería correcto, pero fue demasiado tarde, porque sintió un espasmo recorrer su cuerpo completo y por consiguiente, liberó su esencia dentro del inglés.
El norteamericano no sabía cómo describir la increíble sensación que estaba teniendo. Era como tocar el cielo por unos instantes, que le parecieron efímeros pero inigualables. Extrañamente se sintió cansado, pero a pesar de ello estaba feliz, muy feliz. Con cuidado rodeó la pequeña cintura de su amado y se apegó a él, colocando su cabeza en el pecho ajeno y sintiendo como este respiraba rápidamente. El goce que sentía en ese instante no cabía en su pecho.
Lo había hecho. Lo había hecho con su querido y amado Arthur, que, aunque a este le costó admitirlo al principio, había aceptado que lo amaba, porque a pesar de que sabía muy bien que no era del tipo de personas que lo dirían abiertamente, sabía que esos sentimientos eran plenamente correspondidos.
—¿Inglaterra...? —llamó al de cabellos claros con un dulce tono de voz.
—¿Qué sucede? —respondió casi al instante. No quería contestar de forma tan cortante, pero debido a las circunstancias, fue lo que alcanzó mascullar.
—Te amo —subió su mirada topacio hacia las esmeraldas, brindándole la sonrisa más cálida de todas.
No había dudado en sus palabras, lo había dicho de todo corazón, porque era verdad, lo amaba; no porque hubiera tenido relaciones con él, sino porque desde el momento en el que Inglaterra se le había "confesado" lo supo, el amor era mutuo, y era lo único que le importaba en esos momentos.
¿El británico había escuchado bien?, ¿alguien que no fuera su reflejo en el espejo le estaba diciendo que le amaba? Tardó en reaccionar debido a que esas y mil preguntas más cruzaron su cabeza en ese momento.
Por su parte, Norte América no sabía lo que pasaría después, no tenía ni la más mínima idea de cómo reaccionarían las demás naciones ¿Les sería extraña su relación?, aunque realmente no le preocupaba, ya que cuales fueran las reacciones de los demás, no le importarían; sabía que a su lado estaría Iggy apoyándole, y eso era lo único que cabía en sus pensamientos en ese momento, su amado Arthur Kirkland.
¿Pero qué pasaría si el extranjero no quería? Si es que se equivocaba y sus sentimientos no eran correspondidos, lo único que podía pedir era que a pesar de ello siguieran manteniéndose en contacto, porque al norteamericano le haría feliz estar cerca del anglosajón, verlo feliz, saber que está ahí…
Si. Eso sería suficiente para él.
—Te amo demasiado, Arthur —de un momento a otro, lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, lágrimas que, más que otra cosa, eran de bienestar.
Kirkland no sabía qué hacer. ¿Por qué pasaba eso?, ¿acaso algo malo le hizo él?, ¿cómo se supone que debía reaccionar en ese instante?
Tal vez fue porque el inglés le conocía desde hace tiempo o fueron actos de reflejo por frenar el llanto ajeno, pero posicionó sus manos a cada costado del rostro del más alto, sosteniéndose sobre sus piernas y pegando frente con frente al chico debajo de sí.
—Tranquilo Alfred, tranquilo —susurró al de azules ojos mientras cerraba los suyos propios—. Ya estoy aquí y no me apartaré de tu lado. No otra vez —le intentó calmar con ese tono dulce que usaba cuando el americano era apenas un niño.
"Ya estoy aquí, y no me apartaré de tu lado…" Definitivamente escuchar aquellas palabras lo hacían sentirse bien, y esta vez sabía que podía confiar plenamente en el Reino Unido, porque sabía que no sería defraudado por la persona que lo vio crecer. Tampoco el de orbes azules lo haría, no lo dejaría.
Instintivamente, el británico bajo sus labios, buscando contacto con los ajenos, posándose sutilmente en estos mismos, brindando un tacto ligero pero tan noble y cariñoso.
América correspondió gustoso al beso, tomando con delicadeza los labios ajenos, como si de una fina ala de mariposa se tratase, y lentamente llevó ambas manos al rostro ajeno.
—Aunque eres un idiota —el inglés cortó el beso. Acto seguido retiró el miembro del americano de su entrada, dejándose caer a un lado de su amado, usando sus ridículos cojines de la bandera norteamericana para hundir su rostro, notando ligeramente como su espalda baja comenzaba a presentar ligeras y dolorosas punzadas de lo que vendría a ser resultado de su encuentro sexual.
El más joven de edad no dijo nada, simplemente observó las acciones de su amado y optó por recostarse junto a él, abrazándolo.
—Pero soy tú idiota —contestó sonriendo divertido ante tal insulto, al cual, ya estaba más que acostumbrado.
Veía de frente el pequeño cuerpo del extranjero, sonriendo bobamente gracias a lo ocurrido hace unos momentos. Con una mano acarició sus claros cabellos como cuando el mayor de edad lo hacía con él de pequeño.
El de orbes esmeraldas se volteó un poco al sentir la mano de América sobre sus finas hebras doradas, acto seguido se acomodó, dándole la espalda y abrazando la pequeña almohada en la que antes había hundido su rostro.
—Oye América —se animó a hablar pausadamente, ocultando el rubor que se estaba apoderando de su rostro con uno de los cojines de la cama—. ¿Esto nos convierte en a-amantes? —No creyó decirlo de forma tan directa, pero por alguna razón un extraño sentimiento parecido al valor estaba florando en su pecho, producto de la confianza y la intimidad que ahora gozaba con el hombre junto a él.
—¿Tú qué crees? —aprovechó que el menor estaba de espaldas para así acercarse a su oído y susurrar lo último, depositando un pequeño beso en su oreja.
Arthur no contestó. Sin embargo, comenzaba a gustarle ser tratado así por el cowboy, era lindo tener alguien con quien contar a partir de ese momento, tal vez podría acostumbrarse.
El de mayor estatura pasó su brazo alrededor de la cintura del más chico y acercó su cabeza a la nuca de este último, respirando su esencia y dejando nuevamente un beso en esta. Nunca pensó que eso llegaría a pasar. Pero hay que ver lo que son las cosas, pasó justamente el 14 de Febrero: Día del AMOR y la Amistad. Eso le recordaba a los chocolates que el de ojos esmeralda le había traído y en cambio, el norteamericano no le había dado absolutamente nada. Con todo lo que pasó olvidó completamente el regalo -el cual no tenía- que debería haberle dado a Iggy.
—¿El sexo cuenta como regalo de San Valentín? —habló dudoso sin pensar lo que había dicho, pero sinceramente estaba confundido sobre qué tipo de regalo debía darle ahora al inglés.
El británico abrió los ojos como si de platos se tratase. Definitivamente, mataría al americano.
—¿¡No tenías mi regalo en algún lugar de aquí, cierto!? —el de ojos verdes se le fue encima, intentando asfixiarlo con la almohada, la misma que tenía en brazos momentos anteriores—. Me retracto de lo dicho. ¿¡Quien quisiera ser tu amante!? Además, ¿por qué te atascaste así los chocolates? —ciertamente le estaba reprochando aquel comportamiento infantil que tuvo cuando recién llegó.
El americano, desesperado -y asustado- golpeaba la cama en busca de aire. Oh sí, definitivamente se había molestado.
—¡No es mi culpa, estaban muy buenos! —o eso se hubiera entendido si la almohada no estuviera sobre su cara.
—¿¡Es que no sabes que tienes que ser atento con tus visitas!? Especialmente conmigo. ¡Friki obeso! —instintivamente, y por el forcejeo del más alto por respirar, despegó la almohada de su rostro, comenzando a golpearle con la misma mientras volvía a posicionarse sobre el estadounidense con las piernas a cada costado del torso de este.
"Especialmente conmigo". Eso le pareció bastante lindo al cowboy, a pesar de estar siendo asfixiado por el que mencionó eso. Pero cuando el menor de altura quitó la almohada de su rostro, tomó una gran bocanada de aire y le miró sonriendo nuevamente.
De alguna manera logró quitarle el cojín con el que estaba siendo agredido, aventándole por ahí lejos. Acto seguido tomó el rostro del rubio más chico y lo acercó al suyo, lo suficientemente cerca como para que sus alientos chocaran.
—Ciertamente lo olvidé, discúlpame, pero quizás podamos hacer algo después, algo que tú quieras —le habló lo más sincero posible, con una mirada que también lo demostraba. Estaba arrepentido de no haberle dado un regalo, pero definitivamente lo recompensaría.
—Mientras, ¿qué tal si te doy un adelanto y vamos por una segunda ronda, eh? —se le insinuó sonriéndole de lado. Claramente el anfitrión de la casa no se había cansado, o al menos, no del todo.
¿Una segunda ronda? El de ojos esmeralda pensó aquello unos segundos, sintiendo como un pequeño escalofrío recorría su columna—. ¿Có-cómo que una segunda r-ronda, eh? —no sabía cómo reaccionar, lo más seguro era que le flaquearan las piernas si intentase ponerse de pie en ese momento; no es como si le hubiera dado muy duro, pero ese pequeño dolorcillo de hace unos instantes estaba comenzando a volverse un poco más presente, sin embargo, soportable a fin de cuentas—, ¿¡estás tratando de decir que no estás feliz con dejar adolorido mi trasero!? —le reprochaba con cada palabra dicha—. ¡Tal vez deberías ser tú el que deba estar abajo esa próxima ronda. Mocoso malagradecido!
Acto seguido tomo ambas mejillas del gringo con sus manos, estirando las mismas un poco, sin saña, pero con la fuerza suficiente para que aquello resultara incómodo.
—¡Bromeaba! Dejémoslo hasta aquí, ¡no quiero tener un dolor en el trasero también! —comenzó a reír mientras intentaba alejar las manos ajenas de su rostro.
Esto le recordaba a sus castigos de pequeño. Que nostálgico.
Sinceramente no sabía que pasaría después de todo eso, pero cualquier cosa que fuera, quería estar con su amante, pasar cada día con él y recuperar el tiempo perdido. Que ambos supieran más de cada uno, que compartieran muchísimas cosas, y sobre todo, ser felices, disfrutar estar juntos y que por supuesto, ninguna adversidad los separara de nuevo.
Miró al chico sobre sí; lo amaba, con todo su ser. Había hecho una buena elección al enamorarse de esta persona. Más tarde ajustaría "ciertas cuentas" con el francés, pero justo en ese momento, Alfred F. Jones pondría todo de su parte para hacer feliz al hombre con quien quería compartir el resto de su eternidad: Arthur Kirkland.
