CAPÍTULO 2 - LA REVELACIÓN
Tao había regresado muy contrariado a su casa. No estaba seguro de sus sentimientos, ni de que si fue buena idea haber convocado a esa muchacha para que sea institutriz de su hijo, habiendo transcurrido apenas unos pocos minutos de haberla conocido. Extrañado por los acontecimientos ocurridos, se sentó en el suelo para tratar de reflexionar lo sucedido. Iori, que todavía estaba despierto, observó a su padre sentarse y por primera vez lo notó reflexivo y no tan irascible como lo tenía acostumbrado. Un poco temeroso y otro tanto curioso, se acercó hacia Tao, que reposaba sentado en el suelo, meditando con los ojos cerrados. Al verlo en esa posición, Iori decidió imitarlo. Tao se percató de la presencia de su hijo, por lo que suspendió su meditación para hablar con él, como pocas veces lo hacía:
- ¿Sin sueño? - preguntó
- Así es - respondió Iori, como hablándole a un desconocido.
- Tengo buenas noticias para ti, hijo - informó Tao
- ¿Buenas noticias? - respondió Iori con una pregunta.
- A partir de este momento, la intensidad en los entrenamientos bajará, ya que no seguirás entrenando por las mañanas. Te he conseguido una institutriz que se hará cargo de tu formación y educación. También quiero que trates a los demás con respeto - respondió Tao.
- Yo se respetar a la gente. No veo por qué una institutriz - respondió Iori.
- Harás lo que te digo. Vas a educarte y formarte como persona. Por las tardes seguiremos con el entrenamiento. He dicho. - respondió tranquilamente Tao, sin levantar la voz, tras lo cual se retiró a dormir.
Aquella extraña actitud de su violento padre para con él, despertó aun más la curiosidad de Iori. No comprendía por qué había cambiado tan de repente su actitud para con él, ya que a una mínima respuesta, Tao respondía con una golpiza, enseñándole un poco más a su hijo de la crudeza del Clan Yagami. Sin embargo, tanta rudeza de parte de Tao, solamente lograba hacer que Iori deteste cada vez más la violencia y sienta cada vez menos deseos de seguir entrenando. Con todos esos pensamientos, fue a su habitación para tratar de dormir pensando en la actitud de su padre.
Los días comenzaban a pasar, dentro del dojo Yagami. Así fue que una semana después de lo sucedido, Lien decidió finalmente aceptar la propuesta de Tao y fue a vivir con ellos para encargarse de la formación educativa de Iori. Lien dio todo lo mejor de sí para educar y mantener a raya al joven Iori, mientras que por las tardes, su padre comenzaba a enseñarle las artes de la familia, reduciendo drasticamente el uso de la violencia para enseñar a su hijo. Con el paso del tiempo, Iori y Tao comenzaron a verse de otra manera, logrando establecer un vínculo de respeto de padre a hijo y de maestro a discípulo.
Pero además de ello, Tao comenzaba a sentirse cada vez más y más atraído por la joven institutriz de su hijo. Peligrosamente sentía que el amor volvía a tocar su puerta, la cual creía haber dejado cerrada para esperar pacientemente el momento de su doloroso final. Poco a poco fue acercándose a la joven Lien, ganándose su confianza plena, hasta lograr finalmente enamorarla y convertirla en su nueva esposa. Iori por su parte, celebraba que su padre haya conseguido rehacer su desgraciada vida y que haya conseguido recomponer a su familia.
Sin embargo, esta felicidad poco podía durar. Tras un año de haber convivido juntos y creído de que había superado la maldición, gracias a que había conseguido recomponer su familia, Tao recibiría una noticia que revestiría gravedad para su futuro personal: Su esposa había quedado embarazada y era muy probable que tuviese el mismo final que su primer esposa, Okinu. Desesperado por la situación que se le aproximaba, Tao decidió llevarse a Lien a China, donde llegaría creído de haberse ocultado a los ojos del maldito demonio Orochi, creyendo así también que conseguiría salvaguardar a su esposa y a su futuro heredero. Pero si bien, Tao intentaba resguardar a su nueva familia, abandonaría a Iori en Japón debido a que creía que su hijo sí continuaría con la maldición de Orochi, quedando el pequeño solo, cuidando el dojo Yagami. Sin que él se entere, junto a su esposa y le dejó una misiva donde le contaría la gravedad de la situación y el porqué de esta huida. Iori enfurecido por el abandono de su padre, no le perdonaría tal decisión, pero continuaría entrenando por su cuenta.
Pero lo que no sabía Tao, era que su castigo iba a ser peor, por intentar desafiar a Orochi, ocultandole la verdad. Fue así que, a pesar de haber llevado a Lien a China, la maldición igual se cumplió. Lien murió al dar a luz al nuevo heredero, que en este caso, resultó ser una niña. Antes de morir, Lien alcanzó a tenerla en sus brazos, por lo que alcanzó a murmurarle "Izzy... pequeña mía". Tao comprendió que de nada sirvió ocultarse ante Orochi, por lo que decidió volver a Japón, para pedir ayuda a la última persona en la que confiaría... Tras varios años de una cruenta rivalidad, Tao solicitaría una entrevista a Saisyu, su eterno y más peligroso rival.
Saisyu se sorprendió con la aparición de Tao en su dojo, por lo que lo increpó:
- ¿Que rayos pretendes acercándote a este sitio?
- Kusanagi, se que fuimos partícipes de una rivalidad que se ha extendido a lo largo de casi 18 siglos... Sin embargo, necesito más que nunca de tu ayuda - solicitó un desesperado Tao.
- ¿Que propones? - preguntó Saisyu con total desconfianza.
- Bien sabes tú, que los Yagami tenemos una maldición por la cual, nuestras esposas mueren al dar a luz a nuestros hijos.
- Así es - afirmó Saisyu.
- Pues bien... Necesito tu ayuda. Acabo de desafiar las leyes de Orochi y no me queda tiempo de vida - pidió Tao.
- Yagami, ¿Que has hecho? - preguntó Saisyu
Tao llevaba a su pequeña hija recién nacida en brazos, envuelta en sábanas. Se la acercó a Saisyu y le pidió encarecidamente:
- Kusanagi... He sido padre por segunda vez. Y ya no me queda tiempo de vida, por lo que no podré cuidar de ella. Te pido por favor, que la cuides y cries en mi lugar y que la mantengas alejada de los ojos de Orochi. Por favor, ¡ella no merece esta desgracia! - imploró Tao desesperado.
Saisyu tomó a la pequeña en sus brazos y mirando con un dejo de piedad a su eterno rival, que se despedía de este mundo para siempre, prometió firmemente.
- Te doy mi palabra de honor, de que esta niña tendrá mi protección y mi cuidado. Pero cuando llegue su mayoría de edad, deberá saber de su verdadero origen - dicho esto, dejó a Tao solo y se marchó nuevamente hacia su dojo.
Tao se quedó pensando seriamente en lo que había sucedido. Sabía que su final se acercaba a pasos agigantados. Fue así que decidió volverse a su dojo, donde los esperaba su hijo, con mucho rencor por haberlo abandonado.
- ¿Que has venido a hacer? - preguntó Iori
- ¿A quien le hablas de esa forma niño? Soy tu padre y me debes respeto - respondió bruscamente Tao.
- No voy a respetar a una persona que me ha abandonado y que ahora reclama ser mi padre. Por cierto ¿Donde está Lien? ¿Y donde está mi hermano?
- Eso es algo que a ti no te incumbe. No eres quien para que informe sobre lo que hago o no - respondió Tao.
- Soy tu hijo y merezco saber la verdad. ¿Por qué es que me odias tanto? - preguntó Iori con mucha impotencia.
- Tú no eres mi hijo... Eres la causa de la muerte de la mujer que más amé en mi vida y eres la causa de mi pronta desaparición - respondió Tao.
Al oir esas palabras, Iori no podía salir de su asombro. No podía creer que su propio padre lo trate de esa forma y le diga tamaña brutalidad. La ira y el odio comenzaron a invadir su corazón, lo que terminó provocando que el niño salga con todo a atacar a su padre. Obviamente, la diferencia de poder de Tao prevaleció y de un manotazo lo lanzó contra una pared, dejándolo fuera de combate. Al ver que Iori no reaccionaba, Tao comenzó a refelxionar
"Oh por Dios, ¿Que he hecho? Maté a mi propio hijo. No puede ser" pero al rato, los pensamientos siniestros volvieron a su mente "Mejor así. Eso significa que mi estancia en la Tierra se prolongará. Solamente me queda una heredera."
Sin embargo, estas reflexiones no fueron más que meras ilusiones por parte del descendiente del clan Yagami. Cuando se estaba retirando, Iori volvió a incorporarse, pero ya su apariencia cambió. Tao sintió su presencia, pero al ver el estado en que su hijo se había incorporado, comenzó a tener miedo. El pequeño Iori presentaba una extraña compostura y una forma muy anormal a la de un ser humano. De golpe, el pequeño se abalanzó sobre su padre en un veloz movimiento y comenzó a apalearlo hasta que finalmente conseguiría darle muerte. De esa forma se cumplía la segunda parte de la maldición del clan Yagami, donde el padre moría a temprana edad. Asimismo, se revelaría una realidad que comenzaria a afectar a Iori a partir de ese momento, ya que esa sería la primer manifestación de su descendencia del demonio Orochi. Sería la primer manifestación, del "Disturbio en la Sangre".
