Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo

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Cuarta entrega del fic. En la presente ocasión nos adentraremos en el terreno más complejo del análisis oracional: el predicado D: Pero tranquilos, en pequeñas dosis no dolerá tanto *risa sarcástica*.

El capi va dedicado a todos aquellos que leen desde las sombras y que apoyan esta propuesta con el corazón :D

Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer n.n


Lección N°4: El predicado y sus modificadores


El análisis sintáctico no es el único enemigo declarado. En el penoso devenir del ciclo educativo, el atormentado estudiante deberá enfrentar numerosos peligros de diversa naturaleza y rivales que pueden aplastarlo de forma aún más irreversible que las estructuras oracionales. Los ejemplos abundan.

Sin ir más lejos, uno de los incordios típicos del trayecto escolar es el temible estudio de las ciencias matemáticas. Agotador, estresante, inhumano… no hay palabras suficientes para describir este padecimiento. Porque aunque los profesores se muestren lógicos y esforzados durante la transposición didáctica, resulta más que evidente la índole sobrenatural que caracteriza a tales nociones. Un humilde estudiante, por más shinigami que sea, no merece someterse a semejante prueba de autosuperación.

Rukia dejó los cuadernos sobre el escritorio con fastidio. Resoplando tomó una silla, resoplando se sentó al lado de Ichigo y resoplando preguntó por el tema del día.

El chico la escrutó con suspicacia. Si se sentía tan molesta por vaya a saber qué clase de razón, ¿por qué insistía en tomar la clase? Además, ¿por qué tenía él que soportar su ciclotímico estado de ánimo?

-Qué diablos te ocurre ahora –masculló.

La joven apretó el lápiz nerviosamente.

-No quiero hablar de eso.

Ichigo la miró con interrogación. Su adusto talante parecía el mismo de siempre, pero la conocía bastante como para entrever su creciente malhumor. Intuyó que no le convenía ahondar en el asunto, por lo que eludió prudentemente cualquier intento de indagación. Caso contrario, quizá él mismo terminaría en el centro de su disgusto y hasta se convertiría en el blanco de sus ataques.

-Bien, el tema de hoy es el predicad…

-¿Es todo? ¿En verdad no te interesa saber lo que me pasa? –lo cortó ella, irritada-. ¿Lo único que te importa es el análisis sintáctico? ¿Tan poca cosa valgo para ti, cabeza hueca?

El sustituto se crispó. Había tenido la deferencia de obrar con discreción y mantenerse al margen de su vida privada –aunque fuese más por salvaguardar su propia integridad física y mental que por otra cosa-, se estaba comportando como un perfecto caballero para no seguir alterándola, se disponía a hacer nada menos que lo que ella misma le había pedido… ¡y la muy ingrata le salía con semejante planteo! ¿Por qué tenía que pasarle a él, maldición?

Demonios, ¡por esa razón jamás se ponía de novio! Las mujeres iban y venían por la enrevesada ruta de los altibajos emocionales con pasmosa ductilidad, cambiaban de opinión con arbitrario desapego y deshacían lo que habían dicho y hecho con escalofriante impavidez. En resumen, las mujeres daban miedo. ¿Qué había hecho él en sus vidas pasadas para tener que lidiar con una muchachita tan susceptible?

Y, para peor, se trataba de una shinigami… Una mujer a la enésima potencia, dependiendo de todas las vidas que haya vivido. Estaba frito.

El cerco se había cerrado a su alrededor imposibilitando cualquier intento de fuga. Ichigo exhaló con resignación y se entregó luctuosamente a su patético rol masculino: servir de marioneta para la fémina divinidad.

-Sí que me importa –replicó con desgano. Gracias a esas palabras, sumado a lo que preguntaría a continuación, su figura se pareció todavía más a la de un fustigado muñeco desinflado-. Cuéntame, Rukia, ¿por qué estás tan enojada?

La interpelada se acomodó el flequillo con torpeza sin fijar sus ojos en ninguna parte.

-No entiendo las ecuaciones de segundo grado –confesó.

Al oírlo, Ichigo no supo si sonreír con ironía o si aventarle una libreta por la cabeza. ¿Esa era toda su maldita preocupación?

Pero una vez más optó por contenerse. Durante las clases de gramática había aprendido mucho, como por ejemplo que el hecho de seguirle la corriente podía volverse en su contra de un modo catastrófico e irremontable. Debía ser paciente, debía ser Uno con el Universo. Mientras contaba mentalmente hasta diez, delineó la estrategia de imaginar que Rukia era Yuzu y que debía hablarle con delicadeza si pretendía hacerse entender.

-Mira, enana…

-Deja de llamarme enana –bufó ella.

Esta vez el chico tuvo que admitir que se había equivocado, no era el mejor momento para referirse a ella en esos términos. Entonces empezó de nuevo:

-Mira, Rukia, matemática suele ser un área difícil para todos.

-Eso no es un consuelo, idiota.

-¡No te estoy consolando ni soy un idiota! –articuló él con los dientes apretados. Que el diablo se lo lleve por haber intentado contenerla. Luego, haciendo acopio de más tolerancia, añadió-: La cuestión es que necesitas practicar, sólo eso. Las ecuaciones son ejercicios que se aprenden en la medida en que los resuelves.

-¡Es fácil para ti decirlo, que los dominas sin ningún tipo de problema! –protestó ella.

-Te aseguro que aunque hoy no te salgan, en cuanto practiques irás mejorando –insistió Ichigo.

-¡Lo dices porque las resuelves en un santiamén! No finjas conmigo, Ichigo, ¡te he visto!

-Eso es porque he practicado mucho, enana –deletreó él, ya menos paciente que antes.

-¡Ja! ¡Si pasas las tres cuartas partes del tiempo cazando hollows! –lo acusó ella, sarcástica-. Sé sincero, imbécil, ¡utilizas todos tus poderes para resolverlas!

-¡No se necesita de ningún poder especial para resolver ecuaciones, maldita sea! –La paciencia de Ichigo y su laborioso control mental se evaporaron como por encanto.

-¡Ya no quiero hablar de esto! ¡Pasemos a las oraciones!

-¡Y una mierda!

-¡Lo mismo digo!

Ichigo masculló tal serie de improperios que Rukia difícilmente se olvidaría de aquella tarde. Sin embargo, ver al otro en ese estado de neurosis, en su interior, la divertía enormemente. Gracias a ese sadismo inconciente su ánimo se renovó.

A veces se sentía tan rara en su compañía que la única idea que se le ocurría para cortar con esa inopinada incomodidad era aguijonearlo. Esta vez la excusa tenía una base real, pues en verdad venía de una clase desastrosa con Renji, pero ni su amigo de toda la vida ni el shinigami sustituto notaron que la causa de su bajo rendimiento fue su propia distracción.

Sucedía que, en ocasiones, de pronto se perdía evocando las diversas vivencias que compartiera con Kurosaki. Y ella se dejaba arrastrar por el recuerdo tontamente, sin importar las circunstancias en las que se hallase. Esta vez ocurrió en plena clase de matemática. Renji se enojó mucho por su repentino desinterés y la envió de regreso al mundo humano sin explicarle ningún ejercicio más.

El teniente había tenido razón, Rukia no podía dejar de advertir que su comportamiento se asemejaba cada vez más al de las jóvenes humanas y, para peor, especialmente al de las torpes y enamoradizas adolescentes de las historietas que se ensimisman al rememorar la imagen del hombre de sus sueños. Era demasiado humillante.

Aun así tenía tantas materias que preparar y tantas obligaciones que cumplir que muy poco tiempo le quedaba para meditar en ello con seriedad, cuando en verdad necesitaba hacerlo. Algo nuevo se agitaba dentro de sí, algo que todavía le costaba precisar estaba creciendo e invadía sus sentidos. Y se relacionaba con Ichigo, podía asegurarlo, pues sólo con él aquellas emociones se desataban de forma ingobernable. Además era su figura la que se aparecía en esas repentinas ensoñaciones y jamás ocurría lo inverso: que mientras tomase las clases de gramática evoque a Renji, o a Isane, o a su propio hermano mayor. Resultaba demasiado obvio para negarlo.

Jóvenes enamoradizas… Era imposible que algo así le ocurriese a ella, ¿verdad?, justo a ella que tenía más de ciento cincuenta años de existencia y de experiencia. En ese dilatado acontecer, Ichigo era apenas la última y más breve de sus etapas, ¿por qué tendría que afectarle de tal modo?

Debía tratarse de otra razón. Quizá se había convertido en un amigo tan valioso como Renji, pasaron por demasiadas vicisitudes juntos en muy poco tiempo y tal vez su espíritu terminaba acusando recibo de tal grado de proximidad. Entre ellos se había generado un lazo demasiado estrecho, casi vital, que los unía de un modo insoslayable. No podía, no debía tratarse de otra cosa más que de esa extraordinaria afinidad acentuándose cada vez más.

La imperiosa e irritada voz del epicentro de sus problemáticas la distrajo de sus cavilaciones.

-Jamás en la vida volveré a interesarme por ti, enana del demonio, ¡recuérdalo! –exclamó Ichigo. Y con eso se dio por finalizada otra edificante discusión.

Rukia no contestó, ya ni recordaba de qué estaban hablando. Él, por su parte, se tomó unos instantes para apaciguar sus nervios. Inspiró y exhaló varias veces, exhausto por el improductivo esfuerzo anterior, y luego prosiguió con el objetivo inicial. Al fin y al cabo, si estaba allí soportando tanto vapuleo psicológico era para poder enseñarle algo.

-La clase de hoy estará dedicada a estudiar el predicado –dictaminó, mientras lo apuntaba en la libreta-. Hay dos clases de predicado: el predicado verbal simple –y sacó una flecha para anotar la sigla "PVS"-, y el predicado verbal compuesto. –Sacando una nueva flecha escribió "PVC".

-Hm –afirmó Rukia, esforzándose en concentrarse.

-Es lo mismo que con los núcleos del sujeto –prosiguió él-: si hay un verbo es simple, si hay más de uno se trata de un predicado compuesto. Por ejemplo, "Kaoru llora en soledad"…

-Eso no es ejemplo de nada.

-¿De qué rayos hablas ahora?

-Una persona que llora en soledad no puede ser un ejemplo para nadie.

-¿Podrías dejar las bromas tontas para otra ocasión? –inquirió Ichigo con aspereza. Esta vez no se dejaría psicopatear y continuaría con la explicación como si nada hubiese pasado-. Dime cuál es el predicado de la oración, de qué tipo y cuál es el núcleo.

-Estúpido –dijo ella antes que nada, pues al contrario del muchacho, no estaba dispuesta a pasar por alto ninguno de sus desaires-. El predicado es "llora en soledad", "llora" es el verbo y, por lo tanto, el único núcleo. Se trata de un predicado verbal simple.

-Muy bien, ahora responde lo mismo para "Kaoru llora en soledad pero ríe delante de la gente."

Rukia gruñó.

-Tú y tus ejemplos.

-Son mejores que los tuyos.

-Los míos al menos son más entretenidos.

-Los tuyos sólo son quebraderos de cabeza, enana engreída –repuso él, entrando en su juego una vez más.

-Tu Kaoru es una idiota, ¡mira si una persona de provecho malgastaría su tiempo únicamente llorando o riendo por cualquier tontería!

-¡Contesta a la maldita pregunta! –gritó él, enajenado.

Rukia suspiró impostando indiferencia. Qué pésimo sentido del humor tenía su amigo aquella tarde… y todas las tardes restantes.

-El predicado es "llora en soledad pero ríe delante de la gente". Es compuesto, "llora" y "ríe" son los núcleos verbales.

El otro se limitó a gruñir en señal de aprobación. Una vez aprendido esto, llegó el momento más temido de la clase. El más temido para Ichigo en realidad, porque la shinigami se acomodó mejor sobre la silla, expectante, se restregó las manos y, anticipándose a la consigna, se dio a la labor de repasar mentalmente algunos de los mejores pasajes de sus historietas favoritas.

Ichigo, por su parte, trató de enfocarse nuevamente en el objetivo principal. Él estaba allí para darle lecciones de gramática, no para rebajarse a discutir sobre la naturaleza de los ejemplos esgrimidos. Debía mantenerse fuerte, centrado, debía estar más allá y por encima de cualquier clase de provocación verbal. Él era el profesor allí, carajo, ¡no podía sucumbir tan fácilmente al primer pinchazo sintáctico!

Cuando se dirigió a ella para proponerle la instancia fatal, vio en sus ojos el brillo revelador de su apetito, de su morbosidad, de su retorcido placer de alumna vengativa. La muy descarada deseaba ese momento, en verdad que lo deseaba, quizá tanto como él lo aborrecía.

Ichigo se remojó los labios con la lengua y profirió la nefasta indicación:

-Ahora dime tú un ejemplo de oración con predicado verbal simple.

El gong de un reloj vecino resonó a lo lejos, desfasado. El trinar de una bandada de aves que sobrevoló la casa se hizo eco en la habitación y una poderosa corriente de viento azotó la ventana cerrada haciéndola temblar. Ichigo aguardó la respuesta sin sorprenderse, sin sobresaltos, con el corazón sereno y resignado.

-"Las rosas florecen en primavera" –dijo ella.

Ichigo parpadeó. Realmente no fue tan malo, se trataba de un enunciado simple y había sido formulado con corrección. Un momento… esa oración… ¡otra vez lo estaba chicaneando! La miró a los ojos para corroborarlo y vio el destello sedicioso, la sorna, la vieja historia de los ejemplos explicativos, pero sonsos. Haciendo a un lado su orgullo, con un admirable esfuerzo de su parte, se comportó como si nada le hubiese afectado.

-Muy bien –remarcó-. Ahora dime una con predicado verbal compuesto.

Esta vez a Rukia le tomó unos instantes de meditación. El primer disparo había fallado, por lo que debía afinar la puntería.

-"Wolverine corrió hacia los acantilados y saltó sin más a las desaforadas olas" –recitó, con las manos entrelazadas por la emoción.

-Qué estupidez –soltó Ichigo. Nadie podría culparlo, fue tolerante hasta donde pudo.

-¿Acaso no se trata de un predicado verbal compuesto, idiota? –replicó ella-. ¿No son "corrió" y "saltó" los núcleos verbales? Atrévete a negarlo.

-Me lleva el diablo –masculló él.

-Atrévete, anda, ¡atrévete a negarlo!

-¡No es más que otro ejemplo ridículo!

-¡Es un ejemplo creativo!

-¡Creativo mis calzones!

Ichigo, fuera de sí, de inmediato anotó en la libreta los ejemplos que consideraba más apropiados. Por la rapidez de su trazo, nacida ésta de la indignación, las letras le salieron torcidas y prácticamente ilegibles. Pero eso era lo que menos le importaba.

-Eres el colmo, Ichigo –lo acusó ella-. Me hablas de una tal Kaoru cuya patética vida es de lo más aburrida y yo no digo nada, sólo una pequeña observación de su carácter. Pero cuando propongo un ejemplo más subyugador, atractivo y emocionante, tú te comportas como si el mundo se te hubiese puesto en contra. ¿No te parece una actitud indigna, cabeza de zanahoria?

El joven en cuestión la fulminó con la mirada, ¡era lo único que le faltaba! Sin responder a tan absurda acusación, resoplando le tendió el cuaderno de ejercicios, resoplando le indicó una página con oraciones para clasificar y resoplando le dio la espalda, ofendido.

Mientras Rukia trabajaba, Ichigo trató de componer su apaleado equilibrio mental. Jamás se le hubiese cruzado por la cabeza que enseñarle algo a alguien pudiese resultar tan agotador. Él quería ir por un camino, uno en el que había meditado cuidadosamente para que ella se instruyera de la mejor forma posible, metódica y eficazmente, pero hete aquí que la chica se empecinaba en torcerlo, en forzarlo, en virar hacia cualquier parte. Si era tan capaz de hacer las cosas por su cuenta, ¿entonces por qué demonios había desaprobado el examen? O mejor, ¿por qué le pedía ayuda?

Ese día se prometió que jamás intentaría entender a las mujeres, mucho menos a las mujeres a la enésima potencia, ya bastante tenía con resignarse a seguir por la senda que antojadizamente le trazaban. Para él, la soltería sería un negocio mucho más rentable que la perversa vida marital.

Sin embargo, cuando un rato después Rukia le tendió el cuaderno para que corrigiera su tarea, Ichigo volvió a concentrarse en el deber contraído, olvidando por completo su molestia anterior. Si lo hubiese advertido se hubiese increpado a sí mismo, pero lo cierto es que el enojo le duraba aún menos que una manzana al elefante. Como de costumbre, todos los ejercicios estaban resueltos en forma correcta y terminó por revisarlos con gran satisfacción.

De pronto, le vino a la mente el antiguo mito del escultor que se enamora de la bella estatua que ha modelado. Ichigo se sintió ridículo. Primero que nada Rukia ya era una mujer formada, en todo caso era él quien había sido modelado por ella en los primeros tiempos de su relación. Tampoco era que tuviese que educarla desde el principio, o que ella fuese una estatua de inigualable belleza… Pero, ¿qué clase de tonterías se le ocurrían? Sacudió la cabeza para deshacerse de esos absurdos pensamientos.

-¿Qué pasa, hay algo mal? –le preguntó Rukia al ver el gesto.

El shinigami sustituto sintió calor en el rostro. Por alguna extraña razón se creyó expuesto, como si ella hubiese llegado a leerle la mente. Su bochorno fue en aumento y le costó bastante disimular su turbación.

-Todo está bien –aclaró, medio carraspeando, medio tosiendo. Su torpeza era inexcusable, por lo que se evadió por donde pudo-. Ahora hablaremos de los modificadores del predicado.

-¿Ahora? –indagó Rukia-. ¿Son muchos? ¿No podríamos dejarlo para la próxima?

Quizá por primera vez en un largo tiempo, Ichigo concordó con ella sin rodeos. El recuerdo de la historia del escultor y su estatua lo seguían perturbando.

-Está bien –aceptó fingiendo disgusto. Jamás reconocería en voz alta que estaba de acuerdo en terminar con esa clase, ya bastante tenía con verse obligado a ceder en el terreno de las reyertas como para tener que darle la razón en otros asuntos también-. Pero al menos déjame mencionártelos, pues son varios y de diversa naturaleza.

Rukia bostezó con desidia. Ichigo se crispó.

-¿Algún problema con eso? –le preguntó entre dientes.

-Sólo dilos, los memorizaré –replicó ella.

Y mientras Ichigo los enumeraba, anotaba las siglas correspondientes con su habitual sistema de flechas. De vez en cuando, además, levantaba la cabeza para verificar que la chica lo seguía.

-Los primeros que aprenderemos serán el objeto directo y el objeto indirecto –anunció, y anotó "OD" y "OI"-; después aprenderemos los circunstanciales –y escribió "Circ." como abreviatura-; por último examinaremos el predicativo subjetivo obligatorio –anotó "PSO"- y el predicativo subjetivo no obligatorio –terminó con la sigla "PSnoO".

-Son más que en el sujeto –señaló Rukia, pensativa.

-Así es –corroboró Ichigo apoyando la lapicera sobre el escritorio-, y también son más complejos y, a veces, más difíciles de comprender.

-Esfuérzate, Ichigo.

-Esa es mi línea, enana –repuso él con aspereza.

Lo último que quería oír de ella era ese tipo de comentarios, él no fue quien desaprobó los exámenes. Pero ponerse a discutir en ese nivel jamás le había deparado ninguna victoria, ventaja o alegría, porque Rukia era insuperable.

Mientras le indicaba otras páginas del cuaderno de ejercicios para que continuase practicando, pensó que hubo tardes en su vida en que la paz gobernaba su pequeño universo de estudiante de secundaria. A esas alturas del análisis sintáctico, aquellas hermosas tardes le parecieron nada más que el sueño de otra persona, de alguien mucho más afortunado que él.

Aun así, no pudo apartar los ojos de la joven shinigami mientras ésta practicaba. De nuevo evocó esa habitación en el pasado, cuando Rukia ni siquiera era un recuerdo, cuando ni siquiera la había conocido. Pero esas tardes, entonces, le parecieron una pesadilla.

A Ichigo le faltaba mucho para ser un escultor del talento de aquel personaje mitológico, y una simple clase de gramática oracional distaba kilómetros de ser una escena seria de formación. Sin embargo, una parte de esa magia seguramente operaría entre ellos, porque cuando se veía así con ella, trabajando y estudiando juntos, debía admitir que se sentía bien. Entre aquella vida pacífica y su enrevesada situación actual, no vacilaba en preferir el presente.

Rukia tenía que irse a su clase de ciencias, pero todavía demoró un rato en resolver la tarea. En ese momento de calma, sin burlas ni desafíos irracionales, también se sentía bien. En ocasiones se preguntaba por todos aquellos años en los que compartiera tanto con sus amigos, cuando había conocido a tantas personas fundamentales, y los lugares en donde había luchado y crecido. Le pareció que, en cualquier caso, había tardado demasiado en llegar hasta allí.

Comparar era innecesario, pues había vivido plenamente cada instante que le tocó transitar. Tampoco tenía la intención de lamentarse, pues de nada se arrepentía. Cada paso que había dado, cada decisión tomada y cada acontecer superado la habían conducido finalmente hasta allí, no podía quejarse de nada.

Porque allí estaba Ichigo, allí estaba ese amigo que por momentos se le confundía con otra cosa, algo que todavía le costaba dilucidar. Allí estaba él y ese sentimiento nuevo, incontrolable, una idea que poco a poco adquiría la forma para la que había nacido. A veces el pasado no resulta tan revelador como el presente, ni tan concreto, ni tan confuso.