Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo

Hola, gracias por entrar aquí n.n

Promediando el fic, se viene la quinta entrega. Espero que lo disfruten y que puedan disculpar los fallos :D


Lección N° 5: El objeto directo y el objeto indirecto


Cada vez que Rukia hojeaba los exámenes que la llevaron a su situación actual, temblaba de indignación contra sí misma. Ella que era una shinigami de vasta experiencia, ella que había transitado más de un siglo bajo la forma espiritual, ella que había sostenido las batallas más sangrientas y despiadadas… se había descuidado en química, en ciencias, en matemática… casi hasta en educación física si hubiese bajado la guardia. Era humillante e imperdonable.

Si de vez en cuando le echaba un vistazo a esas decrecientes calificaciones numéricas no era por masoquismo o autoflagelamiento –actitud frecuente entre las personas en edad escolar con escasas posibilidades de promoción-, sino para recordar los motivos por los cuales dedicaba todas aquellas hermosas tardes de su juventud al riguroso estudio de las diversas disciplinas humanas. El tiempo se le iba y todo por no haberse esforzado en el momento preciso.

-¿Ya podemos empezar? –indagó con impaciencia uno de sus más "entusiastas" tutores-, ¿o piensas pasar el resto del día lamentándote como una boba? Hace días que Sado me pide que entrenemos juntos y sin embargo sigo aquí, perdiendo el tiempo contigo.

-Sado tendrá que esperar –replicó ella secamente-. Esto es más urgente.

-Menudo fastidio –farfulló Ichigo.

Rukia por fin plegó las hojas, las guardó en su bolso y se acomodó más cerca de la mesita del centro, justo frente a él. Esta vez habían elegido la sala como escenario, aprovechando que Ishin se hallaba ocupado en la clínica y no los molestaría. Las hermanas Kurosaki, por su parte, se habían ido de compras.

Si bien no era el mejor ni el más cómodo sitio para lo que tenían que hacer, se conformaron por el cambio de atmósfera que les deparaba, por romper de alguna manera con la monotonía. La sala era un recinto agradable que los predispuso positivamente para trabajar e invirtieron los primeros minutos en repasar todo lo que habían estudiado hasta el momento.

Después de ejercitar un poco, finalmente se abocaron al tema del día. Ichigo sabía que lo que venía era lo más engorroso del análisis sintáctico, aquello por lo que la totalidad de los estudiantes estaban más que dispuestos a convertirse en implacables asesinos seriales. Como si aniquilando a los profesores de gramática los modificadores del predicado fuesen a desaparecer...

El análisis del predicado oracional es, sin duda, una de las instancias más burocráticas, densas e ingratas que puedan existir. Más de un confiado adolescente había sucumbido en el intento, y cualquiera podía dar cuenta de al menos una escalofriante anécdota referida a estas infames peripecias sintácticas. Si la identificación y clasificación de las estructuras oracionales representan la peste en el ámbito escolar, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que los modificadores del predicado son su arma definitiva. En este sentido, los caídos se cuentan de a cientos, mientras que los pocos que emergen victoriosos de este pestilente fango sintáctico con el tiempo requieren de ayuda psicológica para aceptar sin culpa la buena suerte que sus camaradas no han tenido.

Hasta Ichigo, en más de una ocasión, se había visto en serios aprietos. Por instinto se cuidó muy bien de revelar el detalle, sabía de sobra que, en la medida en que se avanzaba por la ardua senda de las estructuras sintagmáticas, una oración podía transformarse en un creciente e inteligible laberinto de frases y palabras, adoptando la forma monstruosa de las pesadillas bizarras típicas de las películas de terror de clase B. Además, la imprevisibilidad propia del carácter podrido de Rukia lo mantenía siempre a la defensiva y prefería mantener la boca cerrada, al menos en la medida de lo posible.

-Bien, empecemos por el objeto directo –anunció Ichigo, mostrando más animación de la que en realidad sentía. En la libreta escribió "OD"-. El objeto directo puede ser un sustantivo, una frase de núcleo sustantivo o a veces una frase que comienza con preposición "a" y sólo "a".

Mientras hablaba, como de costumbre, anotó sacando flechas. A continuación de cada variante señalada, redactó los ejemplos correspondientes. Esta vez se hallaba tan concentrado que no elevó la vista ni una vez para verificar que su alumna lo siguiera, porque en el fondo daba por descontado que ella le prestaría atención. Y no se equivocaba.

-Por ejemplo: "Sado compró revistas." –Rukia hizo una mueca, pero no dijo nada-. "Revistas" es el objeto directo, un sustantivo. Puedes aplicar dos métodos de verificación, en este y en todos los casos: hacer la pregunta "¿qué compró?", cuya respuesta es el objeto directo, o reemplazar la palabra que sospechas que cumple esa función por los pronombres la, las, lo, los. En este caso, si digo "Sado las compró", al conservar la oración el sentido indica que lo que reemplacé por "las" es, efectivamente, el objeto directo. Te recomiendo este último método, es el más seguro.

Mientras escribía cada una de esas etapas Rukia lo escuchaba con el semblante concentrado, sin perder una sola palabra. Le bastó con ese primer asomo de información para percibir la creciente complejidad del tema, y así se lo señaló a su amigo.

-Parece problemático –comentó, sombría.

-No dramatices, enana –repuso Ichigo.

-Enana será tu calificación en ciencias –replicó ella. El otro se crispó por tan lúgubre e injurioso pronóstico que no venía a cuento de nada, pero haciendo un poco de esfuerzo logró abstenerse de contraatacar. En cambio, ella prosiguió su severa perorata de combatiente reprobada-. Esto es la guerra, Ichigo: debo ser conciente de mis limitaciones y examinar con ojo estratégico la potencia contra la que me enfrentaré si pretendo ganar.

-"Sado compró algunos libros usados" –continuó él adrede, imponiéndose como si no hubiese escuchado nada- es un ejemplo que ilustra la otra variante. El objeto directo es "algunos libros usados", ya que puedes reemplazar la frase por un pronombre y la oración no perderá sentido: "Sado los compró."

-Entiendo –aseveró Rukia, muy concentrada.

-Por último, "Sado visitó a sus viejos amigos" es un ejemplo del último caso. El objeto directo es "a sus viejos amigos", el único modo en que pueda empezar con una preposición. Recuerda, sólo con "a" y ninguna otra.

-Lo recordaré.

Ichigo le sondeó el rostro. Al igual que en las clases anteriores se sentía desconcertado, ya no sabía si debía reírse de sus expresiones retraídas y melodramáticas o irritarse por ese innecesario rasgo de seriedad. Tampoco tuvo mucho tiempo para hundirse nuevamente en estas desgastadas meditaciones, pues llegó el turno de la ejercitación.

Esta vez optó por asignarle en primera instancia la página del cuaderno de actividades referida al tema en cuestión. De ese modo, mientras ella se ocupaba de identificar y analizar, él podría reunir la cantidad de coraje necesaria para sobrellevar la consabida consigna fatídica.

De pronto notó algo distinto en la shinigami. Sin intención –o con intención- posó los ojos sobre sus piernas flexionadas hacia un lado, la postura menos incómoda para sentarse sobre el suelo, que era donde ellos se acomodaron. Su esbeltez, su lozanía, lo seductoras que se presentaban ante la vista de cualquier ser humano del tipo masculino que se precie de tal no captaron tanto su atención como la maldita falda estampada con conejos de todos los tamaños y colores.

Ese día no había amanecido especialmente romántico, por lo que semejante forma de vestir se convirtió en la excusa perfecta para orientar su pensamiento hacia observaciones tales como "después me echa en cara que es mayor que yo", "la muy descarada", "la muy chiquilina", etc., etc., etc. Fue la mejor fuente de coraje que pudo haber encontrado con miras a los eventuales duelos verbales que sobrevendrían, aunque la madurez de tal procedimiento fuese cuestionable.

Después de un rato Rukia terminó sus actividades y se las mostró. Ichigo revisó cada oración y las tildó en la medida en que verificaba su correcta resolución. De nuevo se sintió incómodamente orgulloso de los logros de su estudiante, que entendía con tanta facilidad y que trabajaba con tal esmero. Quizá los shinigamis detentaban alguna clase de don metafísico o cualidad extrasensorial para el análisis sintáctico, ¡quién sabe! La cuestión era que la muy suertuda corría con ventaja.

Pensar en esta posibilidad lo distrajo un poco. Sin darse cuenta, enunció la consigna más temida con la mente en cualquier parte.

-Ahora dime un ejemplo de cada variante.

Rukia lo meditó unos instantes. Recordó el reclamo previo a la clase, los ejemplos rencorosos, un pequeño desaire que simuló ignorar y, sardónica, procedió a desquitarse con sumo placer.

-"Sado tiene paciencia", "Sado comprende las desventuras de una pobre estudiante" y "Sado ayuda a sus camaradas". Deberías aprender de tu amigo, idiota.

Semejantes declaraciones, objetivamente bien directas, devolvieron a Ichigo a la realidad.

-Enana maldita… -siseó.

Venía comportándose demasiado bien para ser real, ¡qué ingenuo había sido! Por supuesto que tarde o temprano ella le cobraría aquel sutil reclamo de libertad, y quizá debía sentirse afortunado de haberse ahorrado los estúpidos ejemplos extraídos de los cómics. Cuán resentida podía ser una mujer, cuán ladina y siniestra en su venganza.

Por su parte, Rukia sonreía con satisfacción. Lo observaba desde el otro lado de la mesita con expresión desafiante, esperando con ansiedad, casi con morbo, las réplicas que él pudiera hacerle. Que siquiera lo intente.

Ichigo tragó saliva, dominándose. La conocía y sabía muy bien por dónde lo quería llevar, hacia qué clase de vejatorio barro lo quería arrastrar. Ella había hablado con razón, se trataba de una guerra. Pero él todavía tenía fuerzas para rebelarse y para luchar.

Y por eso, absolutamente seguro de lo que hacía, calló. Sí, calló. Conociendo los caracteres que distinguen a cada uno de los géneros que conformaban la raza humana, sabía que el silencio era un arma letal para confrontar a la mujer, por lo que no dudó en esgrimirla.

Rukia se decepcionó un poco por esa desusada pasividad, pero no se rindió. Si su rival no caía ahora, caería después.

-¿Qué sigue? –preguntó como si nada.

El interpelado le sostuvo la mirada por unos segundos. Después, mojándose los labios con la lengua, anunció:

-El objeto indirecto.

Reprimiendo la irritación, rumiando las palabras que no pudo decir, Ichigo procedió a explicar que el objeto indirecto –cuya sigla es "OI"- aparece como una frase que siempre empieza con preposición "a" o con "para", y que puede reemplazarse por los pronombres le o les como método de verificación. Estos últimos, además, pueden estar en la oración, por lo que también se los identifica como objeto indirecto.

-"Sado le compró revistas a su amigo", ¿cuál es el objeto indirecto?

-"A su amigo" –respondió Rukia-, y "le" también. "Revistas" sigue siendo el objeto directo, por si te interesa.

-Sí, me interesa –dijo él-. ¿Y en "Orihime preparó para Sado un emparedado aborrecible"?

Rukia le dio un rápido golpe en la sien.

-Diría que "para Sado" es el objeto indirecto, que "un emparedado aborrecible" es el objeto directo, y que tú eres un imbécil.

Ichigo se frotó la zona agredida con el ceño fruncido del disgusto.

-¡Enana del demonio! –exclamó.

-Más enana será tu mentalidad, cabeza hueca –lo acusó ella sin poder contenerse-. ¡No vuelvas a hablar así de mi amiga!

-¡Fue sólo una broma!

-¡Me importa un rábano!

Ahí estaba, era inevitable. El delicado equilibrio que habían conservado por pura fuerza de voluntad empezó a resquebrajarse, entonces ninguno de los dos se volvió a preocupar por guardar la compostura. Sólo era cuestión de quién iniciaría el ataque.

Así comenzó el infaltable y delirante desfile de ejemplos pulcramente diagramados para cumplir con los dictámenes sintácticos que habían estado practicando a lo largo de la última media hora, combinándolos o utilizándolos por separado para transmitir de la mejor forma posible el disgusto del momento. Sea como sea, la correcta aplicación de ambos modificadores resultó indiscutible.

Para variar, Rukia aprovecharía la oportunidad para desquitarse por todo, mientras que Ichigo… Ichigo haría su mejor esfuerzo. Al menos fue el que se animó a disparar primero.

-"Rukia le dirige a su tutor ofensas gratuitas" –intentó. Y, para demostrar la autenticidad de las estructuras correspondientes, agregó-: "Rukia le dirige ofensas" y "Rukia las dirige a su tutor."

-"Ichigo dice oraciones estúpidas" –contraatacó ella, que para no hacer menos, también agregó-: "Ichigo las dice."

-"Rukia viste faldas ridículas" –le espetó él, aliviado de poder echárselo en cara por fin. Esta vez omitió aplicar el método de verificación, pues le pareció que la imputación perdía fuerza. De todas formas daba por descontado que al menos en el terreno oracional accionarían con ética y ya no haría falta exponerlo.

-"Ichigo difamó a su inocente alumna" –replicó ella, que también notó la conveniencia de anular el proceso de verificación.

-"Ichigo no ve a ninguna alumna inocente" –se burló el susodicho con audacia autorreferencial.

-"Le dijo una grosería."

-"Le dijo la verdad."

-"Le dijo tonterías."

-"¡Le dijo la más pura verdad!"

Mientras la inusitada serie de oraciones con sujeto tácito y predicado verbal simple con objeto indirecto "le" y objetos directos de variado signo iba en aumento, llegaron las dos hermanas del iracundo profesor. Ni bien entraron escucharon las ofuscadas voces procedentes de la sala, por lo que después de descalzarse, atónitas, fueron hasta allí intercambiando miradas de interrogación.

Efectivamente, entre su hermano mayor y la huésped de la casa se desarrollaba el habitual –tradicional, ancestral e inmemorial- cruce de pareceres sintácticos. Era como si las olimpíadas escolares anuales de gramática se estuviesen llevando a cabo en el living de los Kurosaki.

Yuzu los miró con una dulce sonrisa y Karin suspiró con resignación.

-Estos dos ya son marido y mujer incluso antes de ser novios –comentó con desgano la mayor.

Por fortuna la pareja ni siquiera registró su presencia, tan enfrascados estaban en la liberadora discusión. Quién sabe cómo hubiesen reaccionado ante semejante comentario.

Cuando más tarde sonó el gong, dieron por finalizado el combate. Agitados, mentalmente agotados y casi afónicos por los gritos, se despidieron con una simple y colérica mirada de advertencia. Los dos sabían de sobra que la cosa no terminaría allí.

Rukia se marchó a la Sociedad de Almas para recibir el resto de las clases, sintiendo que algunas de sus oraciones podrían haber sido formuladas con más precisión, o con más filo, o con más saña. Mientras caminaba por la calle en dirección a la tienda de Urahara, murmuraba en voz alta con el ceño en trance, y los peatones que lo notaban se hacían a un lado, asustados.

Por la noche, solo en su habitación, Ichigo repasó mentalmente la clase inaudita. A pesar de él mismo, de su orgullo y de su dignidad, no pudo evitar sonreír con el recuerdo. Debía admitir que se divertía. Lo único que seguía irritándolo era la imagen de los conejos.

Se fijó en la hora y cayó en la cuenta de que la shinigami demoraba en regresar. Entonces de pronto, inexplicablemente, se descubrió mosqueado por las otras clases de apoyo que tomaba.

Jamás le había pasado, ni siquiera lo había pensado. Las veces que Ichigo se figuró esas lecciones fue para lamentarse por el pobre sujeto que había accedido a ayudarla, sea quien sea la generosa divinidad. Si tenía que soportar aunque sea un tercio de la tortura que él soportaba, merecía por lo menos su consideración, sino su piedad. Pero hete aquí que de repente lo aguijoneaban un tipo de emociones que se parecían de modo sospechoso a los celos, una sensación tan nueva como mortificante. Se sintió el hombre más ridículo del mundo.

Inesperadamente, la idea de que Rukia se mostrase auténtica, franca y resuelta con otros al igual que lo hacía con él le generaba cierta aprensión mezclada con un intenso sentimiento de posesividad. ¿Con todos sus amigos discutía de la misma manera? ¿A todos los miraría como lo miraba a él o los encararía como lo encaraba a él? ¿Entonces a todos ellos les pasaría… lo mismo que le pasaba cuando estaba con ella, sea lo que sea? Eran celos, no podía tratarse de otra cosa. Incluso alguien tan arisco como Ichigo se daba cuenta de la realidad.

Se sintió avergonzado. Y en medio de la confusión, del asombro y de lo novedoso de experimentar tales sensaciones, Ichigo se alarmó ante la sola idea de que otras personas tuvieran a la shinigami de una forma que creía sólo propia.

Inquieto, turbado, maldiciéndose a sí mismo por darle espacio a una flaqueza semejante que en otro tiempo jamás se hubiese permitido, tomó su insignia y pasó al modo espiritual. Después salió por la ventana precipitadamente.

En la Sociedad de Almas, de camino a la Senkaimon, Rukia pensaba en el shinigami sustituto de un modo que para cualquiera distaría años-luz de los pensamientos naturales de una amiga. La madurez que atestiguaba su edad le daba muy poco margen para seguir dudando al respecto, ya no podría continuar indagando dentro de sí por mucho tiempo más.

Rukia era plenamente conciente del nuevo interés que sentía por Ichigo, interés que había visto la luz gradualmente en la medida en que se relacionaron de forma inversa a la habitual. Al principio había sido ella la que tuvo que enseñar, ahora era él quien le impartía los conocimientos. Antes había sido su guía, ahora era él quien ocupaba ese rol. Cuánto habían cambiado las cosas…

Conocerlo de otro modo, descubrir aristas inadvertidas de su personalidad, removieron dentro de sí sentimientos que jamás hubiese imaginado tener, sentimientos que no solía permitirse. Pero allí estaban, latían, "florecían como las rosas en primavera." Era demasiado tarde para frenarlos o para negarlos, porque al crecer iban modificándola.

La sensibilidad propia de Ichigo la había conmovido una vez más y en mayor medida, porque esta vez no había ninguna vida en juego y aun así permanecía a su lado para apuntalarla, para apoyarla, para motivarla a seguir adelante. Su generosidad, su lealtad y su compromiso constante lo hacían sobresalir de entre los demás, lo hacían resaltar para que el destino, al igual que una gigantesca flecha señalizadora, se lo indicara una y otra vez, y a ella no le quedaba más remedio que mirarlo.

Hundida en esas cavilaciones, casi se lleva por delante la puerta cerrada. Pero de pronto, antes de que pudiera traspasarla, la Senkaimon se abrió y una mariposa negra se asomó aleteando. Tras ella, el joven en cuestión apareció.

La regañó porque, según él, se había demorado demasiado en regresar, porque su negligencia lo ponía nervioso y porque tenía numerosas cosas que hacer además de escoltarla. Rukia protestó dirigiéndole los consabidos insultos y otras muchas palabras imperativas que lo hicieron rabiar aún más, y luego se marcharon juntos al mundo humano como si nada hubiese pasado. Así eran ellos.

Una noche fría, pero estrellada, los recibió del otro lado.