Disclaimer: Obviamente MCU no me pertenece. Yo solo escribo fanfics.

Sí, esta es una pareja rara. No me preguntéis por qué de repente escribo sobre ellos. Normalmente prefiero la pareja Peter/MJ o Slash.

En este capítulo no pasa nada romántico, porque Darcy tiene diecisiete. En fin, ¡espero que os agrade!

PD: Esto es pre-IronMan.

CAPÍTULO 1

12 de Abril de 2006,

Los Ángeles…

La sala donde se vendían los billetes de autobús estaba a reventar de gente, pese a que era entre semana y todavía quedaban dos meses para que empezara la temporada de vacaciones. Darcy agarró el borde de la capucha de la chaqueta que llevaba puesta y la bajó sobre sus ojos para que el resto de su cara quedara mejor oculta. Sintió los pinchazos en la muñeca cuando estiró los dedos, y maldijo. El roce de la tela contra su mejilla también le escocía, pero era preferible a que esta gente viera su cara amoratada. Bajando la mirada, la fijó en los zapatos negros que formaban parte de su uniforme escolar. Era uno de los pocos accesorios con que los alumnos podían destacarse sobre los otros; con que fueran negros, todo valía. Eso hacía que muchas de las chicas de su escuela gastaran en zapatos más de lo que una familia común gastaría en meses de alquiler.

No es que ella tuviera mucha idea de en qué se gastaban su dinero las familias comunes.

Suspirando, Darcy frotó la suela del zapato contra el suelo, tratando de deshacerse del chicle que había pisado al entrar, pero el suelo estaba tan pegajoso que sabía que raspar la suela no iba a serle de mucha ayuda.

Cuando el hombre que estaba comprando su billete finalmente acabó y se fue, Darcy trató de esconderse detrás de la familia que iba la siguiente en la cola, esperando pasar desapercibida para la gente que, de verla, se preguntaría qué hacía sola en este sitio en horario escolar. La familia consistía en una pareja y sus dos hijos. El niño estaba llorando porque quería una piruleta y su hermana pequeña estaba en brazos de su madre, con la cabeza apoyada contra su hombro y el pulgar en la boca. La cabeza de Darcy palpitaba de escucharlos reñir.

Cuatro minutos después le llegó su turno.

-Un billete para Columbus, por favor –murmuró-.

El hombre que la estaba atendiendo buscó su mirada por debajo de la capucha.

-¿Viaja sola, señorita?

-No. Sí. Mis… amigos están esperándome allí.

-No puedo venderle el billete si no me deja ver su identificación.

Darcy se tensó. No había esperado que le pidieran identificarse, pero si le entregaba lo que pedía el hombre vería que todavía no tenía los dieciocho, y aunque los fuera a tener en un mes eso no quitaba que fuera una menor viajando sin la autorización de sus padres. ¿Qué iba a hacer ahora? No iba a tener otra oportunidad como esta. El interior de la escuela era el único sitio donde sus guardaespaldas no podían seguirla, razón por la cual era también el único lugar viable desde el cual escapar. Pero esa oportunidad se esfumaría en el momento en que la primera clase terminara y la directora fuera puesta al corriente de su ausencia. Si volvía ahora mismo quizás podía fingir que había estado en el baño indispuesta todo este tiempo, o estudiando en la biblioteca para los exámenes de la semana que viene, pero sin duda le prestarían más atención a partir de ahora si hacía eso. No, esta era realmente su única oportunidad. En dos meses, cuando se graduara, su padre la tendría mucho más vigilada… y tampoco tendría excusa para salir de casa. Le sería imposible escapar.

-Me estoy mudando a Columbus –explicó Darcy, desesperada-. He enviado todas mis cosas allí con el camión de mudanzas.

-¿Incluida su identificación? –preguntó el hombre, escéptico-.

-Sí, yo… me confundí al incluir esa caja, y luego cuando me di cuenta pensé que no importaba porque llegaría a la ciudad al mismo tiempo que el camión. ¿Podría… Podría hacer una excepción por mí, solo por esta vez?

-Voy a llamar a la policía, señorita. Debería estar en la escuela.

-¡No! –estiró los brazos hacia él, suplicante, y los apoyó contra el cristal que los separaba-. ¡No! No hace falta. Me voy.

Él frunció el ceño cuando alcanzó a ver parte de su rostro.

-¿Está usted bien?

-¡Sí! Estoy bien. Por favor, no llame a la policía.

-Si está en problemas…

-Estoy bien –respondió ella, dando un paso atrás-. No me pasa nada. Dis…Disculpe por importunarle. Haré que me devuelvan la identificación por correo y volveré otro día. Que tenga una buena mañana.

Salió de allí prácticamente corriendo e ignoró la llamada del empleado quien, tras presenciar su huida, cogió el teléfono y llamó a la policía para informar de una menor fugada.

-.-.-.-

Al final Darcy recurrió a la forma más antigua de viajar desde que se inventó el automóvil: hizo autostop.

Nunca en su vida se habría atrevido a ponerse a merced de extraños si no estuviera desesperada. El primer tipo que le dio un aventón conducía un camión y olía a ron. Darcy escapó en la primera gasolinera en la que pararon a repostar, convencida de que era un violador en serie después de que pusiera una mano en su rodilla para llamar su atención y decirle que podía encender el aire acondicionado si quería. Después de eso, viajó con una familia que conducía un Volvo del 87 al que le faltaba parte del parachoques. La adolescente con la que compartía asiento en la parte trasera la convenció de hacerse trenzas y beber cocacola. Nunca se le había permitido probar la bebida ("¿con todo ese azúcar que tiene, Darcella? ¿quieres ponerte como una foca?") y, aunque no estaba mal, después de que tuvieran que parar por segunda vez para ir al baño terminaron por confiscarle la lata.

Darcy estaba saliendo del baño en esa segunda ocasión, alisándose el jersey de color blanco que llevaba puesto, cuando se encontró con la familia que estaba llevándola apoyada contra el coche y leyendo un mapa.

-Cariño, estamos viendo la ruta y tú necesitas ir por la I-40. Nosotros vamos a seguir por la I-15 en dirección a Las Vegas para ir a Littlefield a ver a mi madre. Vas a pegar mucha vuelta si vienes con nosotros.

El mundo de Darcy se desplomó. Le gustaban Barbara y sus padres, Jessica y Bob. No habían sido otra cosa que amables desde que la habían recogido a las afueras de Los Ángeles. No quería ni pensar en hacer este viaje sin ellos pero, lógicamente, no podía obligarlos a hacer un recorrido de dos días hasta Columbus, o hasta Huntington (que era su destino final), solo para acompañarla.

Por su visión periférica vio a alguien levantar la cabeza y fijar su atención en ellos. Vio algo oscuro moverse –unas gafas de sol, las cuales fueron depositadas en el rostro del hombre de cabello negro y barba recortada que los observaba-. El hombre se inclinó sobre el capó de su coche y sonrió.

-Yo puedo llevarte, cielo.

Jessica giró la cabeza como un misil, detectando la voz masculina, y frunció el ceño cuando vio al hombre apoyado contra un lado del llamativo Cadillac de color rojo. Lo miró de arriba abajo, catalogando su traje caro y extravagante, su reloj que costaba más que su Volvo y ese aire arrogante, y cogió a Darcy del brazo como si se tratara de una madre protegiendo a su retoño de un tiburón.

-Vamos, cariño, tú te vienes con nosotros –y más bajo añadió-: Y no se te ocurra subirte a un coche con los de su calaña. Donde se ha visto que un hombre hecho y derecho vaya recogiendo jovencitas…

Darcy la siguió, obediente, demasiado aliviada de no tener que separarse de ellos como para dedicar otro pensamiento al hombre al que dejaban atrás con un cigarro en la mano y una sonrisa divertida.

-.-.-.-

Cuando llegaron a Las Vegas se separaron. Era algo que tenía que pasar tarde o temprano (tendría que haber pasado en la gasolinera y los cuatro lo sabían, pero no habían estado preparados en ese momento). Barbara chocó palmas con ella, Bob le dio la mano con una sonrisa y Jessica la estrechó entre sus brazos como si no quisiera dejarla ir.

-Esta es nuestra dirección de Los Ángeles –le dijo, entregándole un trozo de papel-. Escríbenos cuando puedas, ¿vale? Y puedes venir a visitarnos cuando estés de visita en la ciudad. Te haré panqueques para desayunar y Barbara te mostrará todos sus lugares preferidos del barrio.

-Te presentaré a mis amigos –dijo la adolescente-.

Barbara era como ninguna chica a la que conocía: era respondona, vivaz y tenía un estilo de moda que habría hecho que la madre de Darcy cruzara la calle para no toparse con ella. Llevaba una chaqueta de cuero, una falda que cubría poca cosa, una camiseta de tirantes con el estómago al descubierto, tenía el pelo teñido de fucsia, un piercing en la nariz y dos más en la oreja derecha. También era la persona más libre que había conocido en su vida.

Barbara Hayes patearía a cualquiera que intentara controlarla. Ella no se habría dejado pegar ni habría pasado años sin hablarse con su propia hermana por obedecer a su padre. Barbara habría escapado de casa mucho, mucho antes.

Al menos ahora Darcy estaba comenzando a defenderse a sí misma, por lo que parecía la primera vez en su vida.

-Ten mucho cuidado –le dijo Jessica-. ¿Quieres que te llevemos a la estación de autobús más cercana? ¿O a la estación de tren? Las Vegas es una de las ciudades mejor conectadas, al haber tanta gente que quiere venir aquí a pasar el fin de semana…

-No, no. Yo… me las apañaré.

Se despidieron por segunda vez y, cuando vio a sus nuevos amigos coger el coche y alejarse, se dio cuenta de que era mucho más tarde de lo que había pensado. De alguna manera, entre encontrar a alguien dispuesto a llevarla (dos veces) y venir hasta aquí, toda la mañana y parte de la tarde habían pasado volando. Incluso si conseguía convencer a alguien para llevarla en su coche en un par de horas tendrían que parar a descansar. ¿Realmente quería pasar la noche en algún hotel perdido en medio de ningún sitio con un extraño como compañía, incluso si era en la habitación de al lado? Decidida a evitar eso, Darcy se fijó en los edificios que la rodeaban en busca de un lugar para dormir. Mañana sería otro día.

-.-.-.-

Empezó por un hotel de cinco estrellas en el centro de la ciudad. Era la primera vez que salía de casa, no tenía ni la menor idea de cómo lucía un hotel normal y un hotel de lujo. Entró en ese porque le pareció bien iluminado y limpio y los arcos de la entrada le recordaban a casa. Salió de allí en cuanto le pidieron la identificación para poder reservar habitación, pensando que era cosa de ese hotel en específico, pero fue algo que se repitió en todos los que visitó, incluso en un motel diminuto que apenas tenía cinco o seis habitaciones. El estómago de Darcy comenzó a rugir. Se moría de hambre.

El bar en el que entró tenía la música a todo volumen. Darcy se dirigió a la barra donde solo había otra persona comiendo una hamburguesa; todos los demás estaban tomando una copa. Incluso el hombre que estaba comiendo parecía estar como una cuba. Irónicamente, por primera vez en todo el día, en este bar no le pidieron ver su identificación a pesar de que no creía que los menores tuvieran permitida la entrada.

-¿Qué tienes que no sea carne? –preguntó gritando para hacerse oír por encima de la música-.

-¿Qué?

-¿Hay algo en el menú que no sea carne?

Después de otros tres minutos gritándose, el camarero se fue y volvió con una ensalada y un trozo de queso. Darcy empezó a devorar todo. Lo único que había comido en todo el día había sido un paquete de fritos que Barbara había compartido con ella.

Dios, esto estaba de muerte.

La música siguió sonando, Darcy siguió picoteando y la gente alrededor siguió bebiendo y bailando. Darcy no se movió del lugar. Tampoco tenía adonde ir.

Debió quedarse dormida porque cuando despertó fue porque el camarero estaba sacudiendo su hombro. Parpadeó varias veces e intentó enfocar al joven que trataba de llamar su atención.

-Vamos a cerrar.

Afuera los primeros rayos del sol comenzaban a colarse por la ventana del fondo. De algún modo, mientras ella dormitaba, se había hecho de noche y de nuevo de día sin que se diera cuenta. Darcy apartó la cara de la barra del bar, haciendo una mueca de asco cuando la mejilla se le quedó pegada a la superficie de ésta. Se había quedado dormida sobre un charco de tequila.

-¿Me he dormido? ¿Qué hora es?

-Las siete de la mañana.

-¿Y seguís abiertos? –de hecho, no era la única que se había quedado dormida. Había otro hombre tumbado en el sofá del fondo con un brazo tapando sus ojos-.

-Somos un club nocturno –el camarero señaló detrás de ella y Darcy vio (¿cómo se le podía haber pasado por alto ayer?) una especie de podio con una barra para bailar. Enrojeció-.

Cuando estiró la espalda para separarse de la barra notó que algo se deslizaba por sus hombros. Levantó la mano a tiempo para evitar que una chaqueta cayera al suelo. Una chaqueta que no era suya pero que había estado sobre sus hombros hasta hacía unos segundos.

-¿De quién es esto? –preguntó, observando críticamente la chaqueta color burdeos con las mangas bordadas con hilo de oro-.

-De un caballero que estuvo invitando a copas a todos los presentes hasta bien entrada la noche. Para entonces ya estabas muerta para el mundo. No te preocupes, Marlene y yo estuvimos vigilándote toda la noche. El tipo te puso la chaqueta y volvió a su rincón a beber.

-De hecho sigue ahí –dijo la que debía ser Marlene, señalando al hombre tumbado en el sofá. Darcy notó que, en efecto, solo llevaba una camisa blanca de botones y unos pantalones del mismo color que la chaqueta-. Lleva durmiendo la mona desde hace un par de horas.

Darcy dejó la chaqueta encima del taburete una vez se levantó, y estiró los brazos para desperezarse. Los músculos le crujieron.

-¿Podéis devolverle la chaqueta cuando se despierte? Yo tengo que irme.

-Quédate y tómate un batido. Después puedes irte –Marlene le puso el vaso delante y se marchó a limpiar las mesas-.

Darcy se palpó el bolsillo del pantalón para asegurarse de que seguía teniendo el dinero con el que había salido de casa. Llevaba doscientos dólares en efectivo con los que había planeado comprar el billete de Los Ángeles a Columbus y de Columbus a Huntington, más unas pocas joyas que llevaba cosidas en la camiseta que vestía debajo del jersey. Los bultos le presionaban las costillas y le hacía doler en los lugares que su padre la había golpeado, pero era mejor a llevarlos a plena vista y que la atracaran. Al menos, se dijo observándose en el pequeño espejo que había frente a la barra, el moretón de la cara lucía un poco más amarillo y menos morado hoy.

Después de tomarse el batido dejó un billete sobre la barra y se marchó, despidiéndose de Marlene y del otro camarero con la mano al tiempo que abría la puerta. Salió a un aparcamiento en el que solo quedaban unos pocos coches: dos azules, uno negro y uno rojo. El sol le dio directamente en los ojos al salir y tuvo que tapárselos con una mano. Suspirando, se apoyó contra uno de los coches y se quedó pensando.

Unos minutos después la puerta fue abierta de nuevo. Unos pasos sonaron detrás de ella.

-¿Así que te lo has pensado mejor, preciosa?

Darcy se sobresaltó cuando una voz masculina sonó a escasos metros de ella. Se giró rápidamente, chocando contra el pecho de alguien. El hombre resopló y la cogió de un brazo para estabilizarla, pero luego la soltó con la misma rapidez y permitió que pusiera distancia de nuevo. Darcy abrió la boca de par en par cuando reconoció al hombre moreno de la gasolinera que se había ofrecido a llevarla y que tan mal le había caído a Jessica.

-¿Tú… me estás siguiendo?

Eso le ganó una carcajada.

-Para nada. Resulta que nunca digo que no a una noche en Las Vegas, y me venía de paso. ¿Y tú, pequeña aventurera? ¿Qué haces en un lugar como este? –ladeó la cabeza-. De hecho, si hay alguien buscando la atención de alguien, esa serías tú.

-Yo… ¿Qué? ¿Perdona?

-Ese es mi coche. En el que estás apoyada. Y esa es mi chaqueta.

Abochornada, Darcy se dio cuenta de que había vuelto a ponerse la chaqueta después de que Marlene le ofreciera el batido, y luego había olvidado dejarla atrás. Se la quitó rápidamente, como si quemara, pero luego se quedó quieta en mitad de camino de devolvérsela.

-¿Esto es tuyo? –se fijó en sus pantalones burdeos y se dio cuenta de que era el mismo hombre que había estado tumbado en el sofá y que Marlene le había señalado-.

-En efecto. Como ves, también puedo ser un caballero.

-¿Quién eres? –Darcy no entendía nada: cómo podía darse semejante casualidad de encontrarse dos veces, o por qué él actuaba con tanta familiaridad con ella cuando no se conocían de nada-.

-Soy Tony.

-Tony –repitió ella, confusa. Pero, tal y como le habían enseñado desde niña, los modales vencieron su confusión-. Yo soy Darcy.

-Encantado, Darcy. Y ahora que nos conocemos, ¿qué me dices a dar un paseo conmigo?

-¿Qué?

-Vas a algún sitio, ¿verdad? Te llevo.

-Ni siquiera sabes adónde voy o si te viene de camino.

-Oh, por supuesto que me viene de camino. Adondequiera que vayas es mi camino.

-¿Eres un acosador? –preguntó con sospecha-.

Tony se echó a reír de nuevo.

-No, pero tengo una reunión dentro de tres días y estoy buscando cualquier excusa para no ir. Servir de buen samaritano es una excusa tan buena como cualquier otra.

-¿Esperas que sigamos juntos en tres días?

-¿Qué, me estás diciendo que si te llevo vamos a llegar en veinte minutos? Puedo coger el trayecto largo. Veinte minutos pueden volverse tres horas si se dan las suficientes vueltas.

Darcy se dio la vuelta y empezó a marcharse.

-¡No, espera! ¡Estoy bromeando!

-Me habría ido mejor con el camionero que conocí ayer. Y eso que pensé que era un violador. Podría haberlo electrocutado con mi táser y haberle robado el camión.

-Oye, oye, soy de lo más inofensivo…

-¿Entonces por qué me estás persiguiendo?

-Porque estamos hablando y sigues yéndote…

Darcy se detuvo de golpe.

-Madre mía, ¿entonces vas a seguir yendo tras de mí todo el tiempo?

-Hasta que decidas volver al coche. No voy a hacerte nada, lo prometo –levantó las manos y luego, blandiendo una sonrisa de diez mil vatios, añadió-: A menos que tú quieras.

-Muérete.

-Awwww. No te preocupes, si crees que me paso de la raya siempre puedes electrocutarme con tu táser. Pero espera a que detenga el coche. No nos hagas tener un accidente.

Darcy resopló. Contra su buen juicio, empezó a sonreír. El tipo era divertido.

-¡Ajá! Has sonreído. Eso quiere decir que aceptas, ¿verdad?

Ella se lo pensó un largo momento antes de asentir. Tenía la sensación de que acabaría lamentando su decisión tarde o temprano, aunque quizás no por las razones que sospechaba.1

-.-.-.-

Veinte minutos después, Darcy aporreó la radio.

-¿No puedes poner otra cosa?

-Highway to hell es un clásico. ¡Es la mejor canción que se ha compuesto!

-Solo digo que podrías poner algo más reciente. Como de esta década.

-Ahora estás siendo cruel. No creas que no te he escuchado tararearla.

-Sí, la primera vez que la pusiste. Para la tercera ya perdió todo su encanto.

Tony aporreó de nuevo la radio y el sonido se reconectó justo a tiempo para escuchar el final del estribillo. Darcy fingió poner los ojos en blanco.

-Si no podemos disfrutar de la música entonces tendremos que hablar.

-¿Hablar de qué?

-De cualquier cosa. Cuéntame algo sobre ti.

Darcy se cruzó de brazos.

-No sé qué contarte. Mi vida no es tan emocionante –mentira-. ¿Qué hay de ti? ¿A qué te dedicas?

-No creas que no noto que estás intentando distraer mi atención sobre ti. Pero no te preocupes, me encanta hablar sobre mí mismo. Y para responder a tu pregunta, soy un genio.

-¿Perdona?

-Ohhh, vale, eso no es una profesión. Invento cosas. Fabrico cosas. Vendo cosas. ¿Capisce? En realidad soy muy famoso. ¿No me reconoces?

Darcy le envió una mirada dudosa.

-Ah, no me crees. No importa, el caso es que tienes suerte de poder disfrutar de mi grandiosa compañía. ¡Algún día podrás contar la historia de cómo pasaste el día con Tony Stark!

-Claro…

-Ya veo que no me crees. Si no quieres escuchar hablar de mi genialidad, y tampoco quieres hablar de ti misma, supongo que podemos jugar a un juego.

-¿Un juego? –preguntó Darcy con sospecha-.

-No querrás estar en silencio durante horas, ¿verdad? Es un juego muy fácil. Yo hago una pregunta sobre cualquier tema trivial y tú respondes. Luego es tu turno. Si uno de los dos no quiere contestar simplemente lo dice. No voy a obligarte a responder.

-Bien –suspiró-. Adelante.

-¿Helado preferido?

-¿Qué?

-¿Helado preferido? –presionó Tony-. El mío es el de nata con trozos de almendra.

-Yo no como helado.

-¿Qué, nunca? Mentirosa. Escoge uno.

-Una vez congelamos un trozo de sandía y nos lo comimos como si fuera un polo.

-Pff. Bien. Siguiente pregunta. ¿Canción favorita? Ya que has despreciado mis gustos.

-Because of you de Kelly Clarkson.

-¿Tengo que saber quién es?

-Venga ya.

-¿Es una de esas canciones sensibleras?

Darcy se cruzó de brazos.

-Quita ese viejo CD y quizás la escuchemos en la radio.

-Así que es una de esas canciones que suenan a todas horas y que luego desaparecen de la faz de la tierra y nadie las recuerda.

-Te hago saber que tiene un gran significado para mí.

-Oh, sí, casi todas parecen estar hechas para nosotros. Por eso triunfan. Porque no tienen sustancia y pueden estar hablando de cualquier cosa.

-Suenas como un viejo –hizo una pausa-. Oh, espera, es que lo eres.

-Oye.

-Siguiente pregunta, viejo.

-No, esto no se queda así. Estás manchando mi honor. Te aseguro que ninguna mujer ha tenido quejas sobre mí. Soy muy popular.

Darcy se carcajeó.

-No necesitas reírte –Tony comenzaba a sonar irritado-.

-Oh, dios, esto es demasiado. Siguiente pregunta, casanova.

Él entrecerró los ojos.

-¿Gato o perro?

-Gato.

-¿Color favorito?

-Negro.

-¿Negro?

-¿Qué? Estiliza. Es perfecto para cuando quieres esconder unos kilitos de más.

Tony la miró.

-¿Dónde están esos kilitos? Yo no veo ni un gramo de grasa.

-Ey, gracias. Supongo.

-¿Anécdota preferida?

-¿Por qué solo estás preguntando tú? ¿No tenemos que turnarnos?

-¡Bien! Pregunta, niña.

Ella lo miró irritada.

-Lo mismo, supongo. Anécdota preferida.

-Todas mis historias preferidas incluyen algún tipo de droga o desnudez. Eres un poco joven para escucharlas.

Darcy puso los ojos en blanco.

-¿No te cansas de ser un idiota?

-Bien. ¿Quieres escuchar sobre la vez que hice una fiesta en mi ático y terminé tan borracho que no tengo idea de cómo terminé a cincuenta kilómetros de distancia con dos chicas en mi coche y sin pantalones? ¿O la vez que fui a un club y alguien me metió algo en la bebida y a la mañana siguiente mi cara estaba en todos los periódicos en poses muy poco halagadoras? Dime qué quieres escuchar exactamente.

-Creo que necesitas madurar.

Hubo un silencio incómodo.

-Pero si te sirve de algo, siento que alguien drogara tu bebida. Eso es horrible.

Tony resopló al escuchar su tono de voz culpable.

-No te preocupes, reina del táser. No son las peores fotos mías que han salido en la prensa.

-.-.-.-

Tony era irreverente, probablemente poco confiable y se comportaba como un crío a pesar de que le doblaba la edad a Darcy, pero por alguna razón no podía evitar que le cayera bien.

Jessica le había puesto un ojo encima y lo había tachado de juerguista, de alguien peligroso para ella, suponía, y seguro, Tony era un juerguista, y conducía demasiado rápido, y probablemente las seis horas que llevaban viajando juntos eran el máximo tiempo que había pasado fuera de casa sin una copa en la mano, pero Tony también era divertido, e inteligente, y aunque era incapaz de abrir la boca y no soltar una de sus frases para ligar cada dos minutos, Darcy sabía que nunca, nunca, nunca le pondría una mano encima.

Porque la veía como una cría.

Claro, de vez en cuando la miraba, pero porque parecía incapaz de ver un poco de piel y que no se le fueran los ojos, como atestiguó cuando paró el coche a un lado de la calle únicamente para ver a una mujer que llevaba puesto un vestido ajustado agacharse para recoger los excrementos de su perro (Darcy lo golpeó en la cabeza con su bolso durante un minuto entero cuando se dio cuenta de por qué habían parado).

De verdad, que le gustara este tipo era uno de los grandes misterios del universo.

Pero lo hacía. Le agradaba, y confiaba en él. Bien, no del todo, pero al menos confiaba en que no iba a intentar propasarse, porque la amenaza de electrocutarle no había sido una broma, y porque Tony no era esa clase de hombre, por muy mujeriego que fuera.

Por eso, cuando el cielo se escureció y tuvieron que parar en un motel de carretera para pasar la noche, Darcy aceptó el plan sin problemas. Básicamente porque el plan consistía en coger dos habitaciones. Porque puede que confiara en él, pero no era tonta.

-Aquí tienes agua, y un paquete de doritos por si te entra hambre en mitad de la noche –Tony le pasó los productos que había sacado de la máquina expendedora del hotel-. Si necesitas algo más, llama a la puerta. Juro que responderé vestido –le guiñó un ojo-.

Darcy puso los ojos en blanco y le cerró la puerta en las narices. Luego abrió la botella y le dio un trago.

Irreverente, de verdad.

-.-.-.-

Cuando Tony llamó a la puerta Darcy ya estaba lista. Mientras él pagaba, Darcy vio a un hombre levantarse de la mesa del rincón, la que estaba junto a la cafetera. Encima de la mesa había un ordenador, y a un lado de este un cártel que decía: 10 dólares la hora. Darcy se acercó y vio que el hombre se había ido cuando todavía quedaban dos minutos de sesión.2

Mirando hacia atrás, comprobó que Tony estaba ocupado antes de inclinarse sobre la mesa y escribir rápidamente:

Noticias recientes de Los Ángeles.

13 Abril, 2006, 12 AM. Un hombre muere mientras corta una palmera.

13 Abril, 2006, 12 AM. Se retoma el servicio del amanecer de Pascua en Hollywood Bowl tras haberse cancelado en 2004 y 2005.

13 Abril, 2006, 12 AM. Honrando al hombre cuya música te desafió a soñar.

12 Abril, 2006, 12 AM. Terrorista mata a 47 personas en Pakistan.

12 Abril, 2006, 12 AM. Un hombre muere tras ser disparado cerca de su apartamento.3

Darcy clicó en el último artículo solo para cerciorarse, aunque si fuera alguien conocido el título no pondría "un hombre", y vio que se trataba de un artista de 38 años al que no conocía de nada.

Cuando escuchó pasos tras ella cerró el navegador rápidamente y se volvió para cruzar la mirada con Tony, quien caminaba hacia ella tranquilamente, sin que nada en su expresión reflejara curiosidad o sospecha. Probablemente pensaba que estaba revisando su correo.

-¿Lista para irnos?

Darcy asintió y juntos salieron por la puerta de la recepción del motel, preparados para varias horas más de viaje en carretera. Pronto llegarían a Nuevo México, y con ello estarían cada vez más lejos de Los Ángeles y California; más lejos del alcance de la influencia de su padre y de aquellos con quienes se asociaba. Solo tenía que evitar moverse por ese tipo de entornos, y con un poco de suerte llegar a Virginia Occidental de una sola pieza antes de que la encontraran.

Después de todo, se dijo Darcy, ni siquiera habían denunciado su desaparición, o habría algún artículo sobre ello en el periódico.

Sin embargo, eso también entrañaba su propio peligro, puesto que sin los ojos de la policía pendientes de su reaparición nadie echaría de menos a una chica de diecisiete años que viajaba con extraños.

-.-.-.-

Poco después pararon en un pequeño restaurante de carretera para desayunar, y después de eso encontraron una tienda de conveniencia que vendía ropa más cómoda que la que llevaban y unos zapatos nuevos para Darcy que no gritaran "Llevo dinero encima. Atrácame". Tony no se deshizo de su reloj, ni de sus gafas, ni de sus propios zapatos, así que el intento cayó en vacío, pero Darcy se sintió mucho mejor por su parte. Cuando iban a pagar encontró una mochila negra con dibujos de Charmander, así que cogió eso también y tiró su bolso a la papelera en cuanto salieron de la tienda. Tony ni siquiera parpadeó. Para ese momento debería ser obvio que se había escapado de casa y que estaba haciendo lo posible para pasar desapercibida, pero él seguía sin hacerle preguntas.

Quizás también él tenía experiencia en eso de escapar.

A una hora de distancia de Oklahoma pararon a comer en un pueblo donde se estaba celebrando un festival de la ciruela. Prácticamente todo el pueblo estaba fuera vendiendo o comprando productos hechos con esta fruta, y la extensa calle estaba repleta de tenderetes a ambos lados, desde donde ellos estaban parados hasta donde alcanzaba la vista. Darcy no llegaba a comprender cómo se podían poner ciruelas a tantas comidas.

Tony y ella compraron croquetas de ciruela, queso brie con chutney de ciruela, un trozo de pan con salmón, ciruelas y cebolla morada y tarta frognarde de ciruelas. Para cuando llegaron al final de la calle el estómago les dolía de tanto comer y de tanto reírse, puesto que entre tenderete y tenderete también encontraron toda clase de juegos que no pudieron evitar detenerse a explorar. Tony terminó con la cabeza metida en una guillotina mientras unos niños le lanzaban zumo de ciruela, y a cambio ganó una tarta entera de ciruelas que se llevaron consigo.

-Podríamos haber comprado esa tarta –dijo Darcy entre risas-.

-Nah –respondió Tony quitándose el zumo de ciruela del pelo con una media sonrisa-. Esto es mucho mejor.

Sonriendo, Darcy puso la mano en su hombro hasta que llegaron al coche, y luego lo dejó ir. Tuvieron que parar media hora después en otro motel para darse una ducha, puesto que el zumo de ciruela pegado a su pelo y cara parecía sospechosamente sangre a cierta distancia y no habría sido tan divertido terminar siendo los protagonistas involuntarios de una persecución policial.

-.-.-.-

-Hola, soy Tony Stark. Mujeriego. Genio idiota de este milenio –dijo Darcy colocándose las gafas de Tony y falseando una voz grave-. Pienso que soy la última cocacola del desierto pero luego pienso que eso es un poco triste porque no mucha gente tendrá la oportunidad de parar a recogerme, así que me siento un poco solo.

-Ja, ja –replicó Tony fingiendo mal humor-. No podrías ser Tony Stark aunque quisieras. Solo hay un Tony Stark. Y la frase no es así. Es Tony Stark, genio, millonario, playboy, filántropo…

Darcy se carcajeó.

-.-.-.-

-Vamos a ir por la I-65 más adelante para evitar peajes –Tony la miró de reojo-. No hay por qué pagar de más cuando queremos un viaje tranquilo, ¿verdad?

Darcy asintió sin mirarlo, esperando que no viera el alivio en su rostro. Ni siquiera había pensado en esa eventualidad cuando decidió cambiar sus planes e ir por carretera. ¿Pedían identificaciones en los peajes? ¿O simplemente pagabas en la máquina? ¿Podría su padre tener acceso a las cámaras de ese tipo de lugares?

Se alegró de no tener que preguntárselo.

-.-.-.-

Pararon en el lago Eufaula para lanzar piedras al agua y competir entre ellos para ver quién lanzaba más lejos. Darcy ganó, y no pudo evitar lanzarse a sus brazos para celebrarlo. Casi de inmediato se separaron, sin mirarse, y decidieron sin palabras volver al coche. Ninguno dijo gran cosa durante la siguiente hora.

-.-.-.-

Encontraron un motel para pasar la noche a hora y media de allí. A diferencia de la noche anterior, ninguno bromeó. Tony la acompañó hasta la puerta y de nuevo le dio agua y comida por si le entraba hambre en medio de la noche, pero luego se marchó sin decir nada más. Darcy cerró la puerta con una presión en el estómago, preguntándose cómo se las había arreglado para estropear las cosas.

Siempre lo estropeaba todo.

-.-.-.-

A la mañana siguiente, Tony parecía a primera vista el mismo de siempre, divertido y halagador a partes iguales, pero cuando Darcy lo miraba directamente veía la incomodidad en sus ojos y sabía que no todo estaba bien, por mucho que se esforzaran ambos por hacer ver lo contrario.

Solo quedaban entre once y doce horas para llegar a Huntington, en Virginia Occidental, y luego se separarían de nuevo. ¿Era así como quería que acabaran las cosas?4

-.-.-.-

Pararon en Mount Vernon para comer. Mientras que el día anterior habían estado riendo a carcajadas y bromeando, hoy estuvieron en silencio todo el tiempo, con Tony tratando de parecer que estaba intentando ligar con la camarera tan pronto como aparecía, solo para sumirse en el silencio de nuevo en cuanto desaparecía. La tensión podía cortarse en el aire, y Tony estaba empeorándolo con sus tonterías. Darcy quería estrangularlo. Pero más que nada estaba enfadada consigo misma, porque este era probablemente su último día juntos, y quería poder volver a bromear con Tony, recuperar esa confianza que habían ganado en los últimos días, pero él ni siquiera estaba mirándola porque… ¿Por qué realmente? ¿Pensaba que era una adolescente colada por él o algo?

Este pensamiento crispó sus nervios y redobló su ira. Con un bufido, le lanzó la servilleta con la que estaba limpiándose las manos a la cara. Tony ahogó un grito y la fulminó con la mirada cuando la servilleta cayó sin ceremonias en su regazo.

-¿Qué?

-¿Qué? -repitió Darcy, cruzándose de brazos-. Eso mismo te pregunto yo. ¿Qué demonios te pasa?

Su expresión se cerró.

-Nada.

-Pues si no te pasa nada deja de comportarte como un idiota. No me has dirigido la palabra desde que hemos cogido el coche esta mañana.

-Lo siento, ¿vale? -Tony apoyó la espalda contra el respaldo de la silla, mirándola con esos ojos que Darcy no tenía ni idea qué estaban diciendo-. Es solo… Mira, no he querido atosigarte pero está claro que tienes tus propios problemas. No necesitas preocuparte por lo que pueda estar pasándome a mí. Simplemente pasemos un buen día, ¿sí? Prometo que me comportaré normal de ahora en adelante.

Darcy lo miró dudosa.

-¿Normal tú o normal el resto del mundo?

Tony puso los ojos en blanco. Darcy sonrió un poco.

-Me gusta tu normal, para que lo sepas -añadió Darcy después de un largo momento-. Pero esta será la única vez que lo admitiré sin estar bajo pena de muerte.

-¡Aja! -gritó Tony. Unas cuantas personas giraron la cabeza en su dirección para mirar-. ¡Lo sabía!

Darcy lo golpeó en el brazo y se levantó.

-Vámonos de aquí. Quiero que paremos en alguna tienda donde pueda comprarme unas gafas de sol.

Tony la cogió del brazo mientras salían del restaurante y le colocó sus propias gafas de sol en la cara sin decirle ni una palabra, para después bajar las escaleras que llevaban al parking como si no hubiera sucedido nada del otro mundo. Darcy sintió una calidez en el pecho. Bajó las escaleras tras él en dos saltos y le rozó el brazo al pasar a su lado. Giró la cabeza y le sonrió abiertamente. Tras ella, el sol iluminó su figura, haciendo que su rostro pareciera que resplandecía. Tony tragó, sin dejar de mirarla.

Sin notar nada extraño, Darcy se dio la vuelta y corrió el resto del camino hasta el Cadillac rojo.

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Tony estaba hablando por teléfono cuando Darcy salió del baño de la gasolinera donde habían parado a repostar. Lo observó de lejos mientras él hablaba agitado con alguien llamado Pepper sobre una reunión que estaba programada para mañana y que requería su presencia. Darcy recordó vagamente que Tony le había dicho que quería escapar de una reunión y que por eso había decidido acompañarla, pero la mujer al otro lado de la línea insistió en que Tony no podía faltar si no querían perder inversores.

-Ya lo he hablado con Obadiah, ¿de acuerdo? Él mismo me ha dicho que no es necesario que vaya. Bueno, no, ha dicho que es necesario, pero que no es el fin del mundo. Ya sabes cómo es. Si fuera realmente necesaria mi presencia habría venido a buscarme, o me habría llamado cada dos minutos. Está claro que lo tenéis todo controlado.

Hubo una larga pausa.

-No es así, señor Stark. No solo van a acudir todos nuestros inversores, sino que sé a ciencia cierta que algunos de ellos no están muy contentos con la dirección que está tomando Industrias Stark últimamente. Si expresan sus dudas delante de los demás y no hay un Stark para asegurarles que se están tomando medidas, los demás también podrían irse en bandada. Sé que no quiere escucharlo, pero algunas de las decisiones que ha tomado el señor Stane en los últimos…

-No de nuevo, Pepper.

-No podemos perder la inversión. Hace cuatro años le dio el visto bueno al señor Stane para expandir nuestra red de fábricas en los países del este de Europa, y ese proyecto está echando aguas por todos lados. Nadie está dándome explicaciones de adonde va el dinero que estamos perdiendo. Usted no le está exigiendo explicaciones de adonde va el dinero, señor Stark. Como le he dicho, no podemos perder inversores ahora.

-Vamos, Pepper, incluso con el desastre de Europa todavía estamos ganando más dinero del que sabemos qué hacer con él.

-Esa no es la cuestión -exclamó la mujer, frustrada-. Usted me eligió como su asistente personal. Como su asistente estoy diciéndole que lo necesitamos aquí. Así que lo espero aquí mañana.

Si dijeron algo más, Darcy no llegó a escucharlo. Tony escondió el móvil con una expresión malhumorada.

-Parece que tienes cosas que hacer -le dijo Darcy para romper el hielo-.

-No. No -repitió más fuertemente-. Ya casi hemos llegado a Huntington. Te acompañaré el resto del trayecto.

-Pero te esperan mañana por la mañana. No creo que te dé tiempo.

-Darcy -habló recalcando las palabras-. No voy a dejarte sola ahora. Además -añadió-, en unas horas habremos llegado. Cogeré un avión después de que nos despidamos.

Cuando subieron al coche, Tony bromeó:

-Todo este viaje tenía que servirme para saltarme la dichosa reunión, no para pasarme más de doce horas en un avión recorriéndome el país de una punta a otra a prisas y corriendo.

-No sé qué quieres que te diga, Tony -le respondió ella con una sonrisa-. Quizás deberías tomar tus decisiones más responsablemente de ahora en adelante.

Tony bufó.

-Ponte el cinturón, Chica Táser. Vamos a pisar el acelerador.

-.-.-.-

-¿Experiencia más bochornosa? -preguntó Darcy con una sonrisa-.

-¿No hemos jugado a esto ya?

-Sí, pero el otro día tú hiciste la mayoría de las preguntas.

-Y tú contestaste solo la mitad de ellas.

-¿Vas a responder o no?

-¿Una experiencia bochornosa? Déjame pensar… Cuando tenía seis años, Jarvis…

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-Espera, espera, no tiene sentido, ese tal Jarvis tendría que tener como noventa años… ¿Cómo puede seguir siendo tu mayordomo? ¿No va a jubilarse nunca?

-¿Qué? -Tony pareció completamente desconcertado por la pregunta-. ¿Qué? Oh. OH. No, ahora estoy hablando de J.A.R.V.I.S…

-¡Es lo que acabo de decir!

-.-.-.-

-Una IA.

-Sí.

-¿Como en las películas de robots?

-¿Como en las películas de robots? -repitió Tony, fingiendo ofenderse-. Déjame decirte que J.A.R.V.I.S no es en absoluto como un robot. Los robots están desfasados a su lado…

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-¿Así que tu compañía hace armas?

-Armas, granadas, misiles, chalecos antibalas, cascos… cualquier cosa que el ejército necesite.

-Ahora que lo dices, creo que tenemos un rifle Stark en casa…

-No vendemos a particulares.

-No, no, estoy segura de que…

-De verdad, Darcy, a menos que tu padre sea militar…

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-Siendo más joven que todos los demás, no se puede decir que fuera muy popular. Pero Rhodey, que tuvo la mala suerte de terminar compartiendo dormitorio conmigo en la residencia, siempre me defendió de los otros. Cuando mis padres murieron, su madre me invitó a pasar el verano con ellos, y a partir de entonces me invitó a todas las reuniones familiares…

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-Y entonces Rhodey entró corriendo al dormitorio todo colorado, vistiendo una falda y diciendo que la chica con la que se había… eh… que una chica le había robado los pantalones…

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-Tenía cuatro años la primera vez que me puse unos patines -contó Darcy cuando Tony terminó su historia-. Patiné todo lo rápido que pude, queriendo cruzar el hielo hasta el otro extremo, donde estaba mi hermana, pero nadie me había enseñado cómo parar… Me tuvieron que poner tres puntos a un lado de mi cabeza, encima de la oreja… Mira, ¿puedes verlo? ¿Esa línea debajo del cabello?

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-Margie y yo conseguimos despistarlos y correr al final de la calle después de salir de clase, y allí estaba este vendedor ambulante que habíamos visto otras veces cuando pasábamos con el coche dos calles más adelante. El pobre hombre estaba cruzando el paso de peatones con su carrito, pensando en sus propias cosas, imagino, pero Margie sabía que íbamos a ser descubiertas enseguida así que sin pensárselo se le echó encima gritando que era una emergencia y que quería el par de brazaletes que iban a juego, porque lo había visto en una película y estaba convencida de que llevarlas nos haría las mejores amigas del mundo-

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-…Cuando llegamos a su casa me convenció de hacer una especie de ritual de amistad donde juramos que no nos quitaríamos los brazaletes hasta el día de nuestra muerte. Pero claro, dos semanas después fuimos invitadas a una cena con… gente importante… y nuestras madres no nos dejaron salir de la habitación sin quitárnoslas. Su madre terminó cogiendo unas tijeras y cortándosela cuando Margie se negó. Tendrías que haber visto su cara cuando llegué a su casa, la tenía toda roja de tanto llorar y su madre seguía gritando que iba a ponerlos en evidencia delante de todos -se quitó el brazalete de cuero y se lo mostró a Tony-. Al día siguiente le di la mía y cosimos esta como pudimos.

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-Cuando conocí a Happy, estaba trabajando en una discoteca como guardia de seguridad. Un tipo vino corriendo hacia mí apuntándome con una botella rota y gritando no-se-qué cuando Happy apareció de improvisto, le dobló el brazo hasta que soltó la botella, se colocó detrás de él y lo empujó hasta la salida cogiéndole del cuello. Luego me recogió del piso del baño cuando me encontró vomitando dos horas después. Nos hicimos amigos instantáneamente -algo en su expresión decía que no se hicieron amigos instantáneamente pero que se lo haría creer a Darcy-.

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-¿Cómo conociste a Pepper?

-¿Qué?

-Tienes historias para todos tus amigos…

-Oh, contratamos a Pepper como pasante en el departamento de contabilidad. Descubrió una irregularidad en su segundo mes que nos costó millones. Desgraciadamente no quiso quedarse en Industrias Stark, pero años después nos volvimos a encontrar y me salvó de una situación peliaguda, así que le ofrecí ser mi asistente personal.

-¿Conoces a todos tus amigos cuando te rescatan de algo?

-Muy graciosa, Darcy.

-No estoy bromeando.

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Cuando el primer cartel anunciando la ciudad de Huntington apareció en la carretera, a treinta y cinco kilómetros de distancia, ambos se sumieron de nuevo en el silencio. Ya en Huntington, esperando a que el semáforo se pusiera en verde, Tony se giró hacia ella.

-¿Estás segura de que no quieres venirte a Malibú? Tenemos unas playas impresionantes, para que lo sepas.

-¿Qué, ahora eso es una opción? -Darcy elevó una ceja-. ¿Vas a convertirme en tu asistente también? No, espera, ese puesto está cogido, y el de jefe de seguridad también. ¿Seré tu personal shopper?

-Sé que estás bromeando pero la verdad es que tienes estilo.

Ella se echó a reír.

-No voy a volver a California, Tony. Pero, ¿quién sabe? Quizás nos volvamos a encontrar. A Pepper la volviste a encontrar.

Tony suspiró. Justo en ese momento el semáforo se tornó en verde y los coches de delante avanzaron.

-¿Te volverás una científica exitosa? ¿Nos encontraremos en una conferencia?

-¡Dios, no! La ciencia no es lo mío, me temo.

-Siempre puedes llamarme.

-¿Sí?

-Cuando consigas un móvil. No puedo creer que no tengas uno. ¿De dónde vienes, de 1990?

-Compraré uno cuando lo necesite.

Tony puso los ojos en blanco.

-J.A.R.V.I.S, imprime mi número de teléfono y la dirección de mi casa.

-¿Cómo esperas que lo haga?

Justo en ese momento algo dentro del compartimento del asiento del acompañante empezó a hacer ruido. Darcy saltó y Tony se rio.

-¿Llevas una impresora ahí dentro? -abrió el compartimento de golpe. No vio nada fuera de lugar, excepto una hoja flotando que cayó en su mano. La leyó y vio que efectivamente había una secuencia de diez dígitos y una dirección-. No me lo puedo creer.

-Es solo para correos de última hora que necesitan un poco más de discreción -se tocó el reloj con la punta del dedo, haciendo que la pantalla se iluminara y apareciera el diseño de lo que parecía una granada flotando en el aire-. Para el resto, uso proyecciones.

Darcy se inclinó sobre el asiento para ver mejor y cogió su muñeca. Tony la observó de refilón por un momento y luego volvió su atención a la carretera.

-¿Estás segura de que quieres que te deje en la estación de tren?

-Es donde hemos quedado.

Tony no mencionó cómo podía ser posible que hubieran quedado si ni ellos mismos habían sabido qué día llegarían ni a qué hora, y tampoco tenía un móvil para llamarles o escribirles. Darcy, por su parte, siguió observando el reloj, preguntándose ella misma qué le esperaba en Huntington, si acaso la esperaba algo, o si este sería el inicio de su autodestrucción.

-.-.-.-

Tres años antes…

Darcy buscó la carta que había escondido entre sus libros. Miró hacia la puerta antes de sacarla y agudizó el oído a la espera de escuchar pasos que indicaran que alguien estaba acercándose. Incluso rebuscó entre los objetos de su estantería para asegurarse de que no hubieran colocado una cámara de video mientras estaba en el colegio para vigilarla y ver si estaba comportándose, aunque a su conocimiento su padre todavía no había llegado tan lejos. Cuando tuvo la carta en sus manos no pudo evitar que éstas le temblaran. Miró la caligrafía en cursiva escrita en el sobre: la dirección del colegio y su nombre en la parte delantera, y otra dirección en Virginia Occidental en la parte trasera indicando la identidad de la persona que la enviaba. Tenía la dirección grabada en la memoria, de las tres veces anteriores que había tenido una carta semejante a esta entre sus manos. Todos los años, una llegaba puntual el día de su cumpleaños.

2410 8th Avenue
Huntington, WV 25703

De camino al cuarto de baño Darcy sacó del bolsillo de su vestido el mechero que había cogido prestado de una de las chaquetas de su padre. Se paró delante del espejo, mirando el reflejo de la chica con ojos enormes y asustados y cara pálida, y por un momento… contempló rebelarse. Coger el abridor de cartas, rasgar el papel y sacar lo que debía ser una tarjeta de felicitación con palabras de ánimo garabateadas a varios kilómetros de distancia, por la mujer que había podido escapar de esta prisión.

Entonces le vino a la mente la imagen de su padre con el rostro enrojecido, sus ojos enfebrecidos por la rabia y el anillo en su dedo reflejando el sol que se colaba por la ventana, su mano levantada cayendo en un arco y el dolor en su mejilla cuando llegó el impacto, y la vergüenza y la impotencia de una niña de once años cuyo único delito había sido preguntar cuándo iba a volver a casa su hermana mayor.

Así de fácilmente, el instinto de rebeldía desapareció de su cuerpo. Miró sin ver la carta en sus manos al tiempo que encendía el mechero. Dejó que las llamas consumieran el papel, el borde del sobre tornándose negro y luego rojo hasta que tanto éste como lo que había en su interior fueron pasto de las llamas. Las cenizas cayeron sobre el agua, el tapón evitando que ésta se escurriese por el desagüe y la cerámica fuera dañada por el fuego.

En pocos minutos, toda evidencia fue destruida y con ella un pedazo del corazón de Darcy. Tocó sus dedos manchados de negro con el borde de las uñas, recordando el tacto del papel debajo de sus dedos y el nombre de su hermana en cursiva.

Bianca.

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Cuando el coche rojo se detuvo en la estación de tren ambos se miraron el uno al otro, esperando que el otro diera el primer paso de lo que sería la despedida final. Ambos sabían que probablemente no se volverían a encontrar. Tony Stark, había descubierto Darcy por el camino, era algo así como una celebridad en el mundo empresarial (y no tan empresarial, si uno leía los tabloides). Darcy, por su parte… no podía permitirse ningún tipo de escrutinio ni notoriedad puesto que, en el momento en que eso pasase, se convertiría en un blanco fácil para que su padre la encontrara y, en el escenario más optimista, la llevara de regreso a casa. Si quería huir y nunca volver, Darcy debía ser invisible.

Y Tony Stark e invisibilidad no iban de la mano.

-Por volver a encontrarnos -dijo Tony finalmente, alargando la mano para que Darcy se la estrechara-.

Darcy se la cogió entre dos de las suyas, enlazando sus dedos con los de él. Observó sus manos, tan diferentes entre sí, lo que pareció una eternidad, sintiendo el ritmo acelerado de sus latidos debajo de las yemas de sus dedos cuando rozó su muñeca. Cuando levantó los ojos Tony la observaba con una expresión cerrada. Si no estuvieran tan cerca, si no pudiera ver lo negros que estaban sus ojos en este momento ni notar sus latidos, nunca habría sabido lo que estaba pensando.

Darcy soltó sus manos, e inhaló con fuerza al tiempo que se erguía y lo encaraba directamente.

-Por volver a encontrarnos -repitió sus palabras-. Tony.

Intentó sonreír, que la última visión que tuvieran el uno del otro fuera una sonrisa; un recuerdo feliz sobre un encuentro fortuito entre dos personas que nunca se habrían conocido de otro modo. Quizás guardaría este último momento en su memoria, para recordarlo cuando fuera vieja y arrugada y estuviera rodeada de sus nietos, un momento feliz del que hablarles, la primera vez que sintió que su mundo se agrandaba e iluminaba al tiempo que su corazón se rompía; o quizás este recuerdo desaparecería con los años como el humo, reemplazado por otros de más significancia, momentos que estructurarían su nueva vida, su nuevo comienzo, y que la convertirían en la persona que sería al alcanzar la adultez.

Tony levantó la mano lentamente y la colocó a un lado de su cabeza.

-Espero que encuentres lo que estás buscando, Darcy.

Darcy asintió, sus ojos sin abandonar los suyos durante minutos, hasta que Tony apartó la mano y ella salió del coche, tratando de evitar que las lágrimas inundaran sus ojos para que no la viera así por última vez. Colocó la mano en la parte superior del coche al salir, como para darse fuerzas, y luego se soltó, dio varios pasos atrás y agitó la mano como despedida.

El coche arrancó y avanzó de nuevo hacia la carretera con tortuosa lentitud, como si su conductor estuviera esperando que Darcy se echase atrás en el último momento, pero Darcy continuó mirando la parte de atrás del coche mientras se alejaba, y entonces el coche desapareció de su vista, y Darcy entró en la estación para buscar un baño en el que poder llorar antes de volver a levantarse y avanzar hacia su nueva vida.

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La dirección que Darcy tenía memorizada marcaba un lugar que no existía. Lo único que había en ese punto era un espacio junto a la carretera donde uno se detendría principalmente para revisar el mapa o para coger una llamada. Era una zona llena de hierba que se había hecho demasiado alta, y donde Darcy había esperado encontrar una casa solo había un poste de publicidad.

Llevaba media hora esperando aquí plantada después de haber llegado caminando desde la estación de tren, y había preguntado a tres personas diferentes si sabían si este era el lugar correcto; dos de ellos incluso se habían ofrecido a mirar el mapa que Darcy había comprado en la estación y le habían dicho que todo indicaba que este era el lugar correcto. Al otro lado de la carretera había un grupo de casas que parecían habitadas pero en las dos que había probado a llamar para preguntar no habían respondido a la puerta.

Darcy siguió andando, pero lo único más cercano que encontró fue un edificio gris con el emblema de la empresa ferroviaria y, adentrándose por el camino a la derecha, vio la vía del tren. A Darcy se le ocurrió una idea ridícula, y decidió adentrarse hasta el punto 2410 de la octava avenida, pero desde el otro lado de los árboles, en el extremo más cercano a las vías. Mientras sus zapatillas de deporte de trece dólares, las más baratas que había podido encontrar para sustituir los zapatos de marca con los que había salido de casa, pisaban la arena bajo sus pies, Darcy fue acercándose a lo que comenzaba a ser una zona abandonada donde la gente tiraba aquello que ya no quería, puesto que, aparte de piezas viejas de los vagones del tren y maderas echadas a perder que los de la empresa ferroviaria habían cambiado por nuevas para la vía, había coches destrozados y un sofá destartalado. Un poco más adelante, tras un montón de escombros que servían para hacer sombra, estaba aparcada una caravana blanca que estaba apenas un poco más limpia que todo lo que la rodeaba.

La puerta de la caravana se abrió y, mientras Darcy miraba, una figura femenina fue empujada fuera por otra más grande y masculina, que le gritaba algo que no alcanzó a oír pero que sonaba a amenaza. La mujer trastabilló en el escalón que daba a la caravana, y logró quitar la mano del rellano de la puerta a tiempo para no ser aplastada antes de que la puerta se cerrara de golpe tras ella. Darcy dio un paso atrás, temerosa de haber irrumpido en una pelea sin saberlo, y vio a la mujer suspirar y sentarse en el escalón con la espalda apoyada contra la puerta, cabizbaja y con su pelo negro y enredado ocultándole la cara. Una piedra se movió bajo sus pies cuando Darcy retrocedió, y la mujer levantó la cabeza.

Los ojos azules de la mujer, idénticos a los de Darcy, se cruzaron con los de ella. La respiración se atoró en su garganta al reconocerla.

-¿…Bianca?

Continuará…

Nota: Lo siento por el final ;-;