DRIVING FUWA-SAN

Chófer y guardaespaldas, celestino involuntario y cómplice de secuestro.

Ese soy yo…

Contractualmente, a todo empleado se le debe suponer una cierta lealtad hacia su empleador. El problema viene cuando dejas que los sentimientos se involucren y acabas desarrollando una genuina admiración por esa persona.

¿Qué más da que todavía sea menor de edad? ¿Qué más da que tengas que buscarle las compañeras de cama?

Conoces sus gustos… Sabes lo que le pone… Sabes cómo las quiere…

Y se las eliges… Los nombres no te importan. Hoy una y mañana otra. Las invitas a subir al coche, todas pura emoción y bragas húmedas de anticipación, y las llevas con él.

Y por una vez, una sola vez, que dejas que tu admiración sincera se filtre, quedas como un auténtico maníaco.

—Yo podría dar mi vida por ti… —le dices—. Te seguiría a cualquier parte.

—Me das asco… —te responde—. Hueles igual que el pervertido de antes…

Y ya está…

Con un desliz, te meten en el mismo saco que los raritos y los enfermos de la cabeza.

Ni que yo fuera igual que ellos…

De hecho, mis gafas de sol se encargan de no mostrar el brillo en mis ojos cuando te observo, sentado detrás de mí, por el retrovisor central.