Se es joven únicamente con la condición de que el alma no bostece, no anhele la paz...
-Federico Nietzsche-
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3. Haru
Estaban sentados uno frente al otro en silencio, separados únicamente por una mesa.
Ninguno de los dos decía palabra alguna y el denso silencio solo era perturbado por el sonido que hacía uno de ellos con los dedos de la mano derecha, al dejarlos caer uno seguido del otro con cierto ritmo que a la larga resultaba desesperante.
-¿Quieres dejar de hacer eso?
La mano se detuvo en el acto, era morena y llevaba un anillo de plata adornado por un rubí, ésta joya estaba grabada con el sello familiar de su portador. Un sello de conde.
-Llevamos alrededor de veinte minutos en la misma posición -dijo el dueño de la mano como respuesta y junto a esa sonrisa que dejaba al descubierto su agudo colmillo- ya debe ser un récord.
-No por eso mis nervios tienen que soportarte.
El noble sucesor al título de Conde, se acomodó en su lugar y al contrario de molestarse por el comentario del príncipe, se inclinó hacia adelante y preguntó:
-¿Pasó algo, príncipe? Estás muy pensativo.
-No sé a qué te refieres.
Yorito no respondió a eso, pues la verdad él tampoco estaba muy seguro de lo que decía, el príncipe siempre había sido muy reservado y en ocasiones le era difícil saber si estaba enojado, aburrido o simplemente no tenía ganas de decir nada.
-¿Has hablado con el rey? ¿Te ha mencionado algo acerca de la princesa de Ailes?
-Eso ya no es un problema –respondió Shaoran seguro, pero no dijo nada más.
El silencio invadió nuevamente la habitación, aunque por menos tiempo, porque Yorito lo rompió casi de inmediato.
-¿Alguna novedad con Railan?
-Ninguna.
-Mmm -gruñó al escuchar tan seca respuesta, pero no por eso abandonó su intento de iniciar conversación aunque fuera sobre política, tal vez el tema que menos interesaba al príncipe– de todas formas no creo que tengamos que preocuparnos, su hermano es un excelente rey, él sabrá cómo solucionarlo. Además de eso, hay que recordar que ya pidió consejo al Oráculo.
El príncipe se enderezó en su asiento al escuchar eso último.
-El Oráculo no es el Consejero Real, no es su deber el ofrecer consejo.
Yorito alzó una ceja la escuchar que finalmente una buena respuesta había salido del joven príncipe.
-Eso es cierto, pero recuerda que se necesita de… -alzó la mirada como tratando de encontrar la palabra adecuada- su aceptación para iniciar una guerra.
-Tú mismo lo has dicho: iniciar; pero si el reino es atacado, el ejército puede moverse sin necesidad de algún tipo de aceptación.
El noble observó al príncipe con lo que parecía incredulidad.
-¿Sabes eso? –Bajó apenas los párpados y sus ojos negros se volvieron dos líneas oscuras- pensé que no te interesaba nada que tuviera que ver con el protocolo.
-No puedo evitar que mis oídos escuchen ciertas cosas.
El joven de ojos negros sonrió al ver la actitud tan estoica de su príncipe.
-Aún así –replicó encogiéndose de hombros- no deja de ser sorprendente.
Shaoran observó con más detenimiento a su amigo, la persona en quien más confianza tenía, aquel al que pocos secretos le ocultaba, ese mismo en quien confiaría su propia vida. Y luego se analizó a sí mismo ¿por qué no le había dicho aún nada acerca del Oráculo? Y seguramente la respuesta era el tabú que se había creado alrededor del vidente del reino. Pues no negaría que al momento de verla enfrente y saber quién era, poco le faltó para darse la vuelta y salir corriendo cual bólido.
No se le podía recriminar nada, pues había crecido sabiendo que cualquier cosa relacionada con el Oráculo, debía ser tratada con seriedad, pese a que él era la viva imagen de la indisciplina. Después de todo, la persona quien ellos llamaban Oráculo se trataba de un ser lleno de secretismo y las prohibiciones pululaban a su alrededor, "nadie puede ver al Oráculo", "nadie sabe quién es", "nadie debe hablarle o escuchar su voz", "nadie…" y así seguían y seguían las reglas una tras otra y hasta ahora no se había puesto a pensar que la prohibición no era solo para las personas del reino, sino también para el Oráculo mismo.
Puso las manos sobre la mesa y se levantó de golpe, sobresaltando a Yorito, quien parecía querer encontrar un nuevo tema de conversación.
-Adelante –dijo Shaoran irresoluto.
Con la mirada, Yorito siguió al príncipe mientras éste avanzaba hasta llegar a donde estaba sentado y vio que se quedaba de pie a su lado como esperando que hiciera algo.
-Adelante con qué -inquirió un tanto confundido después de la primera impresión.
-Demos una vuelta -respondió el príncipe con simpleza–. Estoy aburrido.
Eso él ya lo sabía, pero no por eso era capaz de leerle la mente y estar al tanto de lo que se le ocurriera cada vez que se aburría.
-Una vuelta… –se llevó la mano a la barbilla como pensando en la propuesta, aunque el tono en que lo dijo el príncipe no había sonado para nada como pregunta-. Cuando mencionas vuelta te refieres a una salida con la guardia, ¿cierto?
Lo último lo había preguntado con una gran esperanza.
-No, –contestó el de ojos castaños quebrando las esperanzas del otro- digo que tú y yo vallamos al pueblo.
-Debes estar bromeando -repuso con tono de escepticismo, pero al ver que la expresión del castaño no cambiaba, sintió la más grande frustración- ¿estás loco? ¿Ya lo pensaste bien? Jamás escapas cuando vengo a visitarte formalmente, pueden descubrir que voy contigo.
-Nadie creerá eso, eres el orgullo de tu padre, yo jamás podría corromperte –todo eso lo dijo sin tomar mucha importancia a los fundamentos de su amigo.
-Espera, primero debemos planear bien esto, ¿cómo piensas escapar de los gorilas que están ahora mismo detrás de esa puerta? -y apuntó con el dedo pulgar hacia sus espaldas.
-Ya me he escapado de ellos antes -rebatió, sin mencionar claro está, que no pensaba usar el mismo escondite que la última vez.
-Muy bien, parece que ya lo tienes todo visualizado –se detuvo un momento y volvió a llevarse la mano a la barbilla con un exagerado gesto pensativo- solo que… espera, algo me inquieta –de pronto se levantó y alzó los brazos –oh sí, ya lo recordé ¿qué demonios voy a hacer yo cuando mi familia vea que no regreso y que tu desapareciste mágicamente?
Shaoran alzó una ceja en un principio, pero después hizo todo lo posible por evitar echarse a reír. Haber conocido a Yorito sería siempre para él una gran fortuna. Ese joven heredero al título de Conde era la única persona a parte de su hermano que le hablaba de ese modo sin ningún tipo de temor o prudencia y en ocasiones hasta parecía disfrutar del poder que tenía sobre el príncipe de su país.
-Pues verás -respondió el príncipe- se supone que tú eres el bueno en las planeaciones, se te dan estas cosas.
Yorito bufó y se dejó caer una vez más en la silla, tenía el entrecejo arrugado, los brazos cruzados fuertemente y sus ojos eran de nuevo un par de líneas negras que veían hacia ningún punto en especifico.
-Llegaría casa –sus palabras salieron lánguidas después de permanecer unos minutos en silencio y Shaoran supo que no le estaba hablando a él, así que no hizo nada por interrumpirlo-, dejaré un comentario al aire "el príncipe se veía raro el día de hoy" no sé, algo así –repentinamente chasqueó los dedos y le dirigió la mirada a Shaoran tan abruptamente que incluso el príncipe dio un ligero respingo- en cuanto me vaya harás lo posible por salir de castillo de inmediato, asegúrate de que se enteren rápido de tu escape. Yo volveré a casa y después de un par de horas alegaré que tengo ganas de cazar un poco. Gracias a Dios es temporada de patos. Nos veremos donde siempre. Además de esto, no nos estorbaría que roguemos porque nadie sospeche nada.
Después de terminar, se quedó mirando a Shaoran como esperando a que dijera algo.
-Mmm… pues… me parece bien.
-¿Te parece bien? Gracias al cielo porque el día de hoy parece que no tengo mucha imaginación –volvió a levantarse de la silla y estiró los brazos al frente desperezándose-. Pensándolo mejor, creo que tienes razón, si permanecemos un segundo más encerrados aquí nos volveremos locos.
Sonrió de lado mostrando de nuevo su largo canino.
-Creo que es hora de irme –estuvo a punto de dirigirse hacia las puertas pero recordó algo-, cuando veas a tu hermano ¿podrías…?
-Si si, lo sé –lo interrumpió Shaoran- le daré tus saludos y los de tu familia. De todos modos Touya sabe perfectamente cómo eres.
Yorito sonrió y esta vez sí avanzó a la salida.
-Nos veremos en un par de horas entonces.
-En un par de horas -repitió el príncipe antes de que el chico saliera definitivamente.
Cuando Yorito finalmente se marchó, el príncipe no tardó en comenzar a preparar lo necesario para su improvisada salida tal y como su amigo le había dicho que hiciera. Se dirigió a sus habitaciones y después de cerciorarse de que la criada no se encontrara dentro limpiando o haciendo alguna otra cosa, empujó un gran gabinete de su lugar con un poco de dificultad. Mientras empujaba, pensaba en lo práctico que sería tener uno de esos escondites secretos en los que solo tienes que voltear una pintura o mover cierto madero de alguna cómoda, para dejar al descubierto el lugar perfecto donde esconder su ropa vieja.
Pero ese no era el caso, por desgracia, así que cuando movió lo suficiente aquel mueble, se puso de rodillas y removió unas rocas sueltas de la pared de piedra. Tal vez no era un gran escondite, pero era lo único que tenía, o mejor dicho, lo único que había podido hacer cuando era todavía mas joven y necesitaba con urgencia un lugar donde ocultar lo que no quería que Touya viera.
Se inclinó un poco mas y metió casi todo el brazo derecho hasta la altura del hombro y cuando lo sacó tenía en la mano varias prendas simples. Volvió a meter el brazo y después de rebuscar bien, sacó del agujero una bolsa llena de monedas de no mucho valor. Si llegaba con oro a la taberna sería demasiado peligroso, pues los que ahí llegaban no eran nada tontos y podrían imaginar un sin fin de cosas con resultados incluso peores que si terminaran descubriendo la verdad. Recogió la ropa y bolsa con ambas manos y después de arrojarlas sobre la cama, corrió a las puertas principales y pegó la oreja sobre la madera.
Sus niñeras estaban ahí afuera, podía escucharlos hablar. Desde el incidente en el que los eludió por ese poco período de tiempo, ya no hacían el esfuerzo de seguirlo desde lejos y ahora siempre los tenía pegados a su espalda.
Apartó la cabeza y dio algunas vueltas por la habitación con gesto pensativo. Súbitamente se detuvo y volvió a dirigirse a la entrada y con ambas manos empujó la puerta para salir. Rápidamente los guardias comenzaron a seguirlo de cerca. Deambuló por los pasillos buscando el lugar adecuado para lo que pensaba hacer, hasta que llegó a un corredor visiblemente vacío en el que divisó una puerta. Se detuvo.
-Necesito ayuda -dijo en voz alta sin voltearse y al no escuchar respuesta volvió a insistir– me refiero a ustedes dos. Vengan.
Dos pares de pies se acercaron un poco más hasta quedar de frente al príncipe. Pusieron la mano derecha encima de su pecho, un poco cargado hacia la izquierda y con la cabeza agachada, uno de ellos preguntó:
-¿Qué es lo que necesita príncipe?
El príncipe sonrió un poco. Esto sería divertido.
-Lo que quiero es que desaparezcan.
Ambos hombres levantaron la cabeza con asombro. Ninguno de los tres dijo nada después de eso y Shaoran tuvo que utilizar mucho de su autocontrol para no echarse a reír en ese mismo instante, al ver los rostros totalmente confundidos de los guardias en primera instancia, para después cambiar aquellos gestos por lo que parecía determinación.
-Resulta algo incómodo para mí que todo el tiempo me estén siguiendo -continuó diciendo con esa arrogancia muy suya-. Ya no quiero verlos cerca de mi persona.
-Príncipe, nosotros no...
Shaoran levantó una mano silenciando al hombre.
-Puedo ofrecerles lo que quieran. Dinero... joyas... lo que ustedes pidan, no importa cuanto sea, doy mi palabra de que el rey no se enterará. Pero necesito la respuesta de inmediato, porque la oferta no se repetirá.
-No podemos hacer eso príncipe -respondió el otro con decisión– son órdenes directas del Rey.
Shaoran se dio el lujo de sonreír un poco, al menos eran fieles y no se dejaban sobornar.
-Lamento mucho escuchar eso -se quejó borrando la sonrisa y fingiendo pesar meneando la cabeza de un lado a otro- temo entonces, que tendrá que ser de la manera difícil.
Ni siquiera tuvieron tiempo de reaccionar ante la velada advertencia de su príncipe. Uno de ellos recibió una patada en el estómago y el otro un golpe seco en la nuca. Ni siquiera el segundo tuvo tiempo suficiente de contraatacar al ver el ataque hacia su compañero.
El segundo calló inconsciente de inmediato pero el primero requirió de un segundo golpe. Shaoran revisó rápidamente ambos lados del corredor y arrastró los cuerpos inmóviles de sus guardianes hasta otro corredor cercano por el cual pasaba a menudo el servicio.
Habiendo hecho esto, corrió lo más rápido que pudo de regreso hacia sus habitaciones, pues aunque no estaba muy lejos, no sabía cuánto tiempo tendría para cambiarse y salir del palacio antes de que esos dos se despertaran (o alguien los encontrara) y avisaran a todo el mundo lo que, obviamente dada las circunstancias, intentaba hacer.
Llegó a su alcoba, se quitó sus elegantes vestiduras, las cambió por las ropas remendadas, se colgó la bolsa de monedas en el viejo cinturón y salió con sigilo utilizando atajos para no ser visto por nadie hasta que llegó a lo que lo llevaría fuera de su prisión.
Era un pasaje anteriormente abandonado (hasta que él le había dado uso) que se escondía detrás de una estatua aparentemente unida a la pared de roca dentro de una habitación que nadie ocupaba. El camino lo conducía primero a lo largo de estrechos corredores hasta descender en un túnel húmedo y sin luz, así que tenía que caminar con la mano apoyada en las paredes para no tropezar o resbalar. Cuando se avanzaba lo suficiente, de vez en cuando salían raíces por el techo y paredes, que para entonces estaban construidas con tierra, eso significaba que ya estaba debajo de los jardines. Después de atravesar esto, no faltaba mucho para llegar a unos toscos escalones, hechos de roca, que lo llevaban a la salida. Ésta tenía como camuflaje un tronco seco y hueco y una piedra llena de musgo. El tronco podía moverse con facilidad, pero solo desde dentro, era imposible entrar al pasaje desde afuera.
Una vez estando fuera, ya era libre.
Respiró el aire que para él parecía estar compuesto de diferentes y maravillosas sustancias que el aire de palacio no tenía y sintió como si se llenara de energía con el solo hecho de aspirarlo. Nada en el mundo lo convencería en dejar de salir al pueblo; estas ocasionales escapadas eran de seguro lo que le daba emoción a su vida, eran lo que hacían que en realidad se denominara como vida en primer lugar.
Miró hacia atrás, donde el castillo de piedra se alzaba fuerte y amenazador, aquel que se suponía era su hogar. Se giró de nuevo hacia el frente y abajo, pues su castillo se encontraba sobre una gran colina, dónde podía verse casi toda la ciudad. Dio un suspiro y se puso en marcha. No había tiempo para eso, ahora tenía que alejarse lo más rápido posible, pues si todavía no habían comenzado a buscarlo, no faltaba mucho.
Abandonando aquella hermosa vista, se internó entre los árboles en busca de aquel viejo sendero que tantos años llevaba abandonado; en tiempos anteriores era el camino principal que llevaba del palacio a la cuidad, sin embargo, se construyó otro que no atravesaba difíciles terrenos y mucho más seguro, desprovisto de lugares en los que fácilmente se llevarían a cabo posibles emboscadas y demás. El nuevo camino resultó tan mejorado en comparación con el primero que poco a poco éste último dejó de ser usado por la familia real y sus importantes visitas dejándole solo el tránsito de los criados y personas de clase inferior hasta que al fin dejó de ser usado de manera definitiva.
Actualmente, dicho camino abandonado difícilmente podía ser llamado "camino" pues la falta de tránsito había causado que la hierba y distintas plantas crecieran sin reserva por doquier, pero aún así era transitable.
Cuando finalmente salió de entre los árboles y matorrales, pudo distinguir no muy lejos el comienzo de la capital del reino, dicha ciudad era en realidad muy bella, pues se encontraban los locales y establecimientos de mayor renombre en todo el reino dada la cercanía del palacio. Podías encontrar las mejores telas, alimentos, utensilios... prácticamente cualquier cosa de la mejor calidad sin necesidad de caminar demasiado.
Era un país próspero, o al menos en este lugar. Pero como en toda nación, también estaba el lado del reino en donde no había grandes y elegantes estanterías, sino que las personas tiraban al suelo algún viejo mantel donde colocaban canastos con las legumbres que seguramente ellos mismos cosechaban y que ahora intentaban vender. A pesar de las diferencias sociales, ésta parte del reino no era precisamente un muladar, la gente era pobre y sencilla pero también tenían principios y parecían vivir contentos con lo que tenían. Ésta era la parte del reino que visitaba el príncipe, jamás se había atrevido a poner un pie en las elegantes sastrerías y almacenes (y tampoco en las partes mas bajas) ya que algún cliente o el mismo vendedor podrían reconocerlo a él o más fácilmente a Yorito, pues su amigo a diferencia suya, si contaba con una «vida social legal» como diría él mismo.
Para no atravesar por estos sitios, el príncipe utilizó caminos y calles aledañas, no cruzaba las calles principales, prefería los callejones y vericuetos solitarios. Mientras caminaba no pudo evitar sonreír viendo como las personas lo ignoraban al pasar a su lado, ahí no era mas que otro pobre diablo igual que ellos, alguien que no merecía la pena mirar con atención pues no había nada de interesante en un hombre igual a todos los demás. Cada hombre y mujer que pasaban a su lado estaban cada uno ocupados en sus asuntos.
-¡Buen hombre!
Una anciana se atravesó tan repentinamente en su camino que ni siquiera se dio cuenta de dónde había salido. La mujer vestía ropas demasiado viejas y remendadas, su cabello grasoso caía sobre sus hombros con toda libertad y Shaoran se extrañó todavía más en no haber notado antes a la mujer cuando percibió claramente un fuerte hedor proveniente de ella.
-Buen hombre -repitió escupiendo las palabras al notar la atención del muchacho y mientras hablaba, el príncipe pudo notar que también le faltaban la mayoría de los dientes y que los pocos que le quedaban, estaban amarillos y oscurecidos–, ayude a esta pobre anciana a conseguir algo que comer, estoy vieja y completamente sola, mi familia… -la anciana interrumpió el discurso de su vida al ver que el castaño dejaba caer tres monedas en sus palmas abiertas– ¡gracias! gracias, el cielo se lo pagará.
La mujer se alejó tan repentinamente como había llegado y Shaoran pudo volver a aspirar con normalidad al saber lejos de él tan repulsivo olor.
Siguió atravesando las calles hasta llegar a una humilde herrería con un pequeño establo en la parte trasera. En la herrería se encontraba un hombre de edad mediana golpeando con un gran mazo una figura curveada. Probablemente una hoz, se dijo Shaoran, o algo por el estilo, el no sabía mucho (mejor dicho casi nada) de esas cosas.
-Buen día -saludó el príncipe alzando la voz.
-Buen día -contestó el hombre mecánicamente sin dejar de golpear– ¿que se le ofrece?
-Un caballo prestado -contestó otra vez en voz alta, para hacerse notar sobre el ruido.
-¡Guyin! -gritó el hombre y un instante después, un muchachito flacucho y despeinado apareció con la respiración agitada por la carrera-. Lleva a este hombre a ver los caballos.
El chico asintió a pesar de que el hombre no le prestaba atención a nada más que a su trabajo.
-Sígame -dijo el muchacho.
El castaño lo siguió hasta la entrada del establo donde el chico abrió las puertas y después le ofreció a Shaoran la entrada. El príncipe asintió y entró al lugar en busca del caballo.
-Está al final -informó Guyin, al saber perfectamente cual era el caballo que ese cliente en particular buscaba.
-Gracias -contestó el príncipe y avanzó hasta encontrar el caballo.
-Tenía algo de tiempo que no venía por aquí señor Haru.
Shaoran lo miró de reojo mientras abría la puerta de la cuadra donde estaba el caballo que se llevaría. Haru era su nombre ficticio, por supuesto. Lo había elegido entre tantos por ser un nombre bastante común en su reino, así que si Touya llegaba a descubrir que así se hacía llamar, de todas formas le sería difícil encontrarlo.
-He venido, pero no he necesitado caballo, y te he dicho que no me digas "señor" -ya tenía suficiente con que toda la servidumbre del castillo le hablara tan formalmente.
-Lo siento -se disculpó el chiquillo y permaneció en silencio por un momento, viendo como el señor Haru sacaba al caballo, un precioso semental de color canela manchado de blanco, ese era su caballo favorito y evidentemente también el del señor Haru-. ¿Por qué no se muda aquí?
Se atrevió el niño a preguntar solamente por tratarse de él, pues era cliente frecuente desde hacía ya un par de años y podría decirse que lo conocía un poco. Era ya una costumbre que cada dos o tres semanas solía aparecer y llevarse a "Tormenta", el caballo que en estos momentos Haru ya dirigía a la salida. Era un buen tipo y siempre le dejaba alguna propina, cuando nadie le dejaba nada.
-¿Y por qué crees que debería mudarme a este lugar?
-Bueno, como viene tan seguido, yo pensé que sería por algún negocio que tiene aquí y también pensé que si se mudara, sería menos cansado para usted, en vez de venir desde el otro pueblo hasta aquí cada vez que necesita hacer algo.
Shaoran sonrió de lado, el muchacho era muy listo y siempre hacía preguntas que prefería no contestar.
-Piensas demasiado -dijo– comprar una casa es caro, sin mencionar lo que tengo que pagar para que traigan mis cosas hasta aquí.
Guyin pareció conformarse con esa respuesta y siguió a Haru hasta la salida.
-¿Usted tiene esposa?
Shaoran casi resbala al tratar de subirse al caballo cuando escuchó esa pregunta ¿por qué últimamente todo el mundo le hablaba de esposa y matrimonios todo el tiempo?
-No tengo esposa –le respondió estando ya sobre el caballo-. Ya debo irme niño, así que deja de hacer preguntas ¿quieres?
-Sí señ… ¡Haru! Lo siento Haru –Guyin sonrió por corregirse a tiempo-, ¿por cuanto tiempo se llevará al caballo?
Shaoran desvió la mirada hacia en camino frente a él, sopesando la pregunta del niño.
-Una semana –dijo, y sacando la pequeña bolsa de cuero que llevaba colgada del cinturón, sacó unas cuantas monedas. Estiró el brazo hacia abajo para que el chico tomara el dinero-. ¿Es suficiente?
Guyin abrió la mano y contó con lentitud el dinero, Shaoran sabía que el chico era lento cuando de sumas se trataba, pero eso no significaba que se equivocara, tal vez esa era la razón de su tardanza, tal vez el niño prefería estar completamente seguro de no equivocarse.
-Es suficiente –respondió después de haber terminado de contar, aunque eso no era del todo cierto, pues como siempre, había una moneda de más.
Shaoran asintió levemente y espoleó al caballo, saliendo inmediatamente a todo galope.
"No debería haber dejado nada para él", pensó mientras sentía el viento sobre la cara y el movimiento de los músculos del equino bajo su cuerpo mientras galopaba. Sin embargo, sabía que la próxima vez que regresara al lugar y volviera llevarse a Tormenta, haría de nuevo lo mismo. Era arriesgado, todo lo que hacía en ese establo era arriesgado, siempre pedir el mismo caballo y ganarse la simpatía de aquel chiquillo al dejar una mísera moneda de más para él, era algo que seguramente Yorito calificaría como estúpido. Pues cuando se es tan joven como Guyin hay dos tipos de personas a los que siempre se recuerda: las que te tratan bien y las que te tratan mal.
Y Shaoran no debería hacer ni lo uno ni lo otro, debía de volverse "uno más en la multitud", no dejar ninguna pista o rastro para que así Touya no fuera capaz de encontrar ni el más mínimo indicio de que Shaoran pasaba su tiempo en aquella parte de la cuidad capital.
"Pero para ese niño no eres solo uno más, eres el señor Haru" pensó recordando por enésima vez su equivocación.
Era muy mala suerte que el niño le cayera tan bien, si no fuera así, de seguro no se habría metido en este problema.
Cabalgó con esto en mente hasta llegar a la taberna donde se encontraría con Yorito. Llevó al caballo a la parte trasera del lugar para amarrarlo y después de hacer esto volvió sobre sus pasos y de un empujón abrió la puerta principal para entrar a la taberna. Nadie hizo caso del recién llegado salvo por un hombre que levantó un poco la cabeza, estaba sentado solo a una mesa y con una botella de vino casi vacía en la mano, miró a Shaoran por unos segundos y luego volvió a centrarse en acabarse lo que quedaba de la botella. El irreconocible príncipe avanzó hacia la barra y tomó asiento. El establecimiento era relativamente espacioso, pues aparte de ser cantina, también tenía otro tipo de "servicios". Además de la barra en el lado izquierdo y las ocho mesas viejas y raídas en la parte central, había en el fondo derecho una especie de escenario donde cada noche un grupo de mujerzuelas bailaban para los clientes, además que si en ese momento contaban con algunas monedas de sobra, se podía llegar a un acuerdo más privado.
Un hombre robusto de gesto amedrentador y vestido con una camisa que alguna vez debió haber sido blanca, se acercó al príncipe desde el otro lado de la barra.
-¿Qué vas a tomar? -preguntó en ese tono flemático que sus clientes sabían era característico en él.
-Una cerveza -respondió el joven tratando de usar la misma inflexión, no quería evidenciar que lo último que quería en ese momento (y en cualquier otro) era tomar una cerveza de ese lugar, pues podía saber a cualquier cosa menos a cerveza, no obstante, a pesar de tener el suficiente dinero para pedir algo de "mejor calidad", no era exactamente un acto inteligente demostrarlo demasiado.
El hombre no dijo más. Se retiró hacia el barril con un tarro en la mano y momento después regresó con la bebida pedida.
Shaoran tomó el tarro y dio un trago tratando de adivinar a que sabía esta vez.
-¡Haru, eres tú amor!
El príncipe alcanzó a voltear apenas cuando unos delgados brazos le rodearon el cuello sugestivamente.
-Iori -renegó Haru con la voz empapada en languidez- debí suponerlo.
-Te he extrañado amor ¿sabes? –le anunció Iori a pesar de haber advertido su tono de voz a la perfección.
-A mí o a mi dinero -pensó indiferente pero de todos modos le siguió el juego- ¿De verdad? ¿Y eso a que se debe?
La mujer lo liberó un poco aunque sin soltarlo por completo y le sonrió seductoramente, gesto que no causó reacción alguna en el joven y que la mujer claramente notó, pero de todos modos continuó con la sonrisa e ignoró el hecho con maestría.
-Pero cómo puedes preguntar eso –aludió ella ofendida– no se ha podido encontrar a otro hombre como tu en este lugar, ni se encontrará jamás amor.
Shaoran apenas y levantó una ceja, el constante asedio de Iori comenzaba a irritarlo en serio, ya antes había maldecido el día y el licor que se había tomado aquella vez que se le hizo fácil meterse con ella pero ahora ya le estaba colmando mas que la paciencia.
Jamás dejaría de arrepentirse por aquella noche en la que bebió tanto hasta ahogarse en alcohol, suficiente, como para perder el juicio por completo y comprar los servicios de Iori, cosa que nunca antes había hecho, ni con ella ni con cualquier otra mujer. Esto no se debía a cualquier carácter moral o religioso, sino que le perecía estúpido tener que pagar por algo que bien podía conseguir gratis. Aunado con el hecho de que ese tipo de mujeres nunca habían llamado demasiado su atención, sabía bien que el único interés de Iori estaba en lo monetario, se sabía perfectamente bien el juego. Esa mujer comenzaría a seducirlo hasta convertirse en algo más que un entretenimiento, lo volvería dependiente de ella y entonces tomaría ventaja de eso y entonces comenzaría a pedir algo mas que dinero sino cosas más "románticas" como collares y anillos que adornaran su cuerpo "especialmente para él". Y aunque ella no tuviera siquiera la más mínima idea de la mina de oro que tenía enfrente, de igual manera no se iba a arriesgar.
La mujer calló unos segundos esperando cualquier tipo de respuesta y como no la obtuvo, pensó en otra manera mas fácil y rápida de llamar su atención, así que acercó su rostro al de él.
-Ahora no.
-¿Que no, dices? -preguntó esta vez sin poder ocultar su irritación.
-Me alegra que hayas entendido tan rápido -se desprendió por completo de los delgados brazos y con cerveza en mano, se puso de pie para alejarse de la barra y acercarse a una mesa donde parecía haber un par de hombres jugando cartas.
-Pero amor -definitivamente no se daría por vencida tan fácilmente, así que se interpuso en su camino, por lo que Shaoran tuvo que detenerse en seco- qué mejor cosa puedes hacer aquí tu solo.
-Espero a alguien. Mientras tanto, pienso jugar una partida –la tomó por el brazo y la hizo a un lado-, adiós.
No tuvo que escuchar nada mas, se dejó mover derrotada y sin decir palabra, sabía bien que la única persona que Haru solía esperar era Yuan, aquel tipo moreno y alto. Sin duda también un buen candidato para sus fines pero de todas maneras Haru era, por así decirlo, su reto a seguir. Ahora, que si el hombre continuaba ignorándola como hasta ahora, Yuan no estaba nada mal.
Sabiendo que al menos por el momento era casi imposible llamar la atención de Haru, se alejó de él sin el mínimo aviso de despedida y comenzó a rondar el lugar en busca de algún otro cliente ocasional.
Shaoran por su lado, llegó hasta la mesa y se unió a la partida de esos hombres desconocidos, empezó apostando poco, no era un excelente jugador, a veces se gana y a veces se pierde, por lo que tenía que andarse con cuidado. La parte buena, era que las horas se le pasaron rápido y al momento siguiente, escuchó la voz de Yorito:
-¿Interrumpo?
Shaoran y los otros dos hombres levantaron la mirada de sus cartas.
-Señores, me retiro –dijo Shaoran levantándose.
-¿No piensas ver cómo termina la jugada? –preguntó uno de sus compañeros de juego, un tipo bajito.
Shaoran estuvo a punto de responder que se quedaran con el dinero, pero eso sería una tontería de su parte. ¿Quién en su sano juicio regalaba su dinero?
Haru no, por supuesto.
-Claro –respondió en lugar de eso-, no sé en qué pensaba.
La jugada continuó y Shaoran perdió, el tipo bajito tenía una buena mano y el príncipe comprendió por qué el hombre insistió en terminar el juego.
-Supongo que la próxima tendrás mas suerte –dijo Yorito cuando se encaminaron a otra mesa.
-Tal vez – bajó un poco la voz-¿por qué llegaste tan temprano? Creí todavía me quedaba algo de tiempo.
Yuan, como Yorito se hacía llamar ahí, se encogió en hombros al tiempo que le respondía al supuesto Haru.
-Conociéndote, es seguro que no puedes permanecer mucho tiempo solo sin que te metas en problemas.
-Entonces da lo mismo donde esté -replicó con un gesto de indiferencia– siempre voy a tener una niñera detrás de mí.
Yuan volvió a sonreír al notar el cambio de ciento ochenta grados que había tenido el humor del príncipe, pues seguramente si hubiera hecho un comentario similar (es decir, que él lo cuidaba) cuando estaban todavía en palacio, no se habría salvado de por lo menos una mirada asesina y la orden férrea de no volver a acompañarlo jamás. En este momento corroboraba lo que su padre le había dicho tiempo atrás acerca de que los aires cambian a las personas.
El mismo hombre que antes había atendido a Haru se acercó a la mesa preguntando si el recién llegado tomaría algo. Yorito miró con desconcierto el líquido amarillo en el tarro del príncipe antes de contestar:
-No gracias, los negocios no han ido muy bien -contestó palmeándose el bolsillo aparentemente vacío.
Al tipo no pareció importarle la excusa que dio y regresó a su lugar detrás de la barra sin decir otra palabra.
Yorito lo vio alejarse con algo de alivio y luego volvió a mirar a Shaoran con gesto divertido y expectante.
-¿Y ahora qué? -preguntó ya impaciente al ver que su príncipe no pensaba decir nada mas- ¿nos vamos a quedar aquí todo el día?
Pero antes de que Shaoran pudiera contestar, una sombra cubrió parte de la mesa detrás de ellos, Yuan volteó un poco la cabeza y se encontró con un tipo bastante grande que miraba a Shaoran de una manera no precisamente cordial.
-Estabas equivocado -dijo de pronto Shaoran, sin voltear a ver ni a Yorito ni al tipo detrás de él, en su lugar tomó de nuevo el tarro y dio otro sorbo.
-¿En qué? -preguntó el otro.
"Haru" lo miró y le sonrió con malicia.
-Porque no necesito estar solo para meterme en problemas.
Esta vez Yorito no supo si reír o llorar. Sin embargo ese era el carácter del príncipe, en este caso "Haru" y afortunada o desafortunadamente, eso ya no era una sorpresa para él. Vio al joven príncipe levantarse y darle cara al sujeto mientras que con el rabillo notaba que varias personas comenzaban a levantarse de las mesas mas cercanas y una especie de perímetro se formaba alrededor de ellos tres.
-¿Algún problema?
Escuchó que preguntaba Shaoran con tono amenazador.
-Bien sabes que si, Haru -le contestó el armario con patas.
Yuan dio un suspiro.
-Aquí vamos -murmuró con desgano, también poniéndose de pie.
x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x
-¡Auch!
-Acuéstate y no te quejes.
El muchacho arrugó el entrecejo y le lanzó una mirada cargada de enfado a la joven mujer de cabellos negros y ojos azules que estaba arrodillada frente a él, sin embargo no dijo nada y volvió a tenderse en la cama.
-Si no quieres que me queje entonces trata de poner más cuidado en lo que… ¡ay!
-Bien merecido lo tienes -le contestó la jovencita con voz fuerte y apretando todavía más la venda que le esteba poniendo al muchacho- ¿hasta cuándo vas a dejar de pelearte con el primero que te encuentres en el camino?
Una risita se dejó oír a las espaldas de la mujer y el ceño de Shaoran se pronunció todavía más. La mujer dejó el trabajo a medias y se dio la vuelta.
-¿Y tú de qué te ríes Yuan?
El aludido se calló y borró la sonrisa de inmediato al ver que la atención ahora estaba puesta en él.
-¿Yo? -preguntó apuntándose el pecho– de nada, de hecho yo ya me…
-A no, tú no te vas -amenazó ella poniéndose de pie– tu también tienes la culpa –acusó apuntándolo con el dedo índice– siempre lo consecuentas en todo lo que se le ocurre.
-Pero si yo no he hecho nada -se defendió con un fingido aire inocente– el que se ha peleado es él. Mírame, yo no traigo golpes.
-¿Y acaso no se te ocurre detenerlo o algo así?
-No soy un niño para que…
-¡Cállate Haru!
Yorito volvió a sonreír, aunque esta vez con disimulo. No era muy frecuente que alguien callara de esa forma a Shaoran, ni en el palacio, ni nadie del pueblo. Y menos frecuente era ver al príncipe tragarse su orgullo y hacer caso.
Nadie excepto Cuckoo.
El príncipe volvió a mirar a la curandera de una forma en la que cualquiera que estuviera delate de él se daría media vuelta y saldría corriendo todo lo que sus pies le permitieran, pero no Cuckoo, claro que no. Ella en cambio le devolvió la mirada tan, o más fuerte que la del mismo príncipe y volvió a arrodillarse al lado del lecho en el que el príncipe estaba recostado para terminar lo que había empezado.
-No sé que voy a hacer con ustedes dos -murmuró terminando de vendar el brazo.
-Por eso es que nos quieres tanto Cuckoo -dijo Yorito tratando de aligerar tensiones.
Cuckoo dio un suspiró y trató con todas sus fuerzas evitar sonreír, aunque de nada le sirvió, pues Shaoran se dio perfecta cuenta del esfuerzo de la curandera, miró de reojo a Yorito y le hizo un gesto con los ojos, dándole a entender que la joven ya no estaba tan enfadada. Yorito captó inmediatamente el mensaje y se atrevió a acercarse un poco más.
-No me equivoco ¿verdad? -musitó estando ya a su lado-. ¿Qué sería de tu vida sin nosotros? Seguramente te morirías de aburrimiento.
-O de hambre -agregó Shaoran– somos tus mejores clientes.
Esta vez la sonrisa de la joven si fue completa y ambos muchachos casi dieron un suspiro de alivio.
-Son unos tontos. Ambos -agregó mirándolos alternativamente.
Shaoran se incorporó con cuidado, todavía le dolían varios golpes y más que nada el estómago. Se quedó sentado y contempló el vendado, mas tarde lo aflojaría o seguramente terminaría sin brazo derecho. Claro que primero esperaría a que Cuckoo no se encontrara cerca.
-En serio chicos -continuó ya con gesto serio, pero no enfadado- ¿por qué no se cuidan? Un día de estos y harán que los maten.
-Vamos, no seas tan fatalista, sabemos cuidarnos bien.
-Pues no lo parece, mira como quedó Haru.
-Deberías ver como quedó el otro -se defendió el mencionado.
-Eso es otra preocupación. ¿Y si son ustedes quienes matan a alguien?
-Si Haru se pasa más de un mes sin golpear a alguien, ahí es donde sí va a terminar asesinando
"Y sospecho que ese seré yo", pensó para sí mismo.
–Créeme que esa es la forma en la que descarga sus tensiones –hubiera preferido decir: así es como mata su tiempo, pero seguro Cuckoo no lo entendería.
-Pues que se vaya encontrando otro relajante. ¿Y qué tan tensionado puedes estar? -preguntó mirando a Shaoran.
El príncipe prefirió guardarse la respuesta. Y cuando Cuckoo iba a insistir, una voz proveniente de la entrada interrumpió a tiempo.
-¿Cuckoo?
-¡Por aquí abuela! -gritó la jovencita.
Después de unos momentos, una anciana entró a la habitación, era alta y a pesar de su edad ya bastante avanzada, se mantenía tan erguida como en su juventud. Su cara estaba poblada de arrugas, como la señal clara de la larga y provechosa vida que había tenido y que se marcaban con cada gesto y expresión que hacía. Su cabello, de un color gris mechado de blanco, era largo y lo tenía atado en una sola trenza que le caía hasta la mitad de la espalda, finalmente, sus ojos eran de un color azul cielo al igual que los de su joven nieta, que ahora se le acercaba y la besaba en la mejilla.
Ambas eran de la misma estatura y tan parecidas una de la otra, que cada persona que las veía juntas creía ser el pasajero de algún viaje por el tiempo, al pensar que veían a la misma persona pero en diferentes épocas de su vida. Cuckoo soltó a su abuela y se hizo a un lado. La anciana sonrió al ver a Yuan parado al lado de la cama, pero su sonrisa se borró al ver a Haru sentado en el borde de la misma, con un brazo vendado, el labio inferior partido y varios moretones; además que se sujetaba el estómago como si le doliera mucho, aunque no lo dejaba ver en su expresión.
-Hola Jin -saludó el joven de ojos negros, pero la anciana lo ignoró.
-Hay Haru, hijo ¿qué te pasó ahora? -preguntó acercándose al muchacho y con el rostro lleno de preocupación mientras revisaba sus heridas.
-No es nada -respondió Shaoran cohibido y tratando de tranquilizarla– se ve peor de lo que es.
-¡Cuckoo! -exclamó de pronto la anciana- ¿te parece que este vendaje está bien hecho?
La aludida hizo un mohín y se cruzó de brazos.
-Tal vez sin brazo deje de comportarse como un niño.
-Eso no es lo que te he enseñado jovencita -regañó, apresurándose a aflojar las vendas de Shaoran.
Quien dio un leve suspiro. Ya empezaba a sentir cosquilleos en los dedos.
-Gracias Jin.
-Oye, a mi no me diste las gracias por curarte -intervino Cuckoo con aire de ofendida.
-Gracias Cuckoo.
La joven ignoró el tono monótono e indiferente con el que le habló y a cambio le devolvió una sonrisa llena de sarcasmo al igual que su voz.
-De nada Haru, para servirte –su fingida sonrisa se convirtió en una sincera cuando vio que Haru juntaba las cejas con enfado, pero volvió a ignorarlo hablándole a Yuan-: ¿Se quedarán varios días?
-Yo tengo planeado irme esta noche -respondió bastante divertido por el espectáculo– no sé si Haru se quede en el pueblo.
Los tres presentes miraron a Shaoran en busca de una respuesta.
-Me quedaré unos cuantos días –dijo al fin.
La joven mujer juntó las palmas de las manos y sonrió, seguramente dejando en el pasado la descortesía de quien ella conocía como Haru.
-Entonces si Yuan se va esta noche -dijo– prepararé algo delicioso para despedirlo como se debe.
Y se fue rumbo a la cocina entre murmuraciones acerca de lo que pensaba hacer, dejando a Shaoran, Yorito y la anciana Jin solos. Ambos muchachos permanecieron en silencio en espera del regaño de Jin pero la anciana los miró y sonrió en medio de un suspiro.
-No pongan esa cara que no les voy a decir nada -dijo para el alivio de ambos jóvenes– creo que con Cuckoo tuvieron suficiente.
-Eres la mejor Jin -dijo Yorito mas que aliviado.
-Y ustedes son unos demonios -replicó simulando enfado– ninguno de mis nueve hijos me dio tantos dolores de cabeza como ustedes dos.
Una sonrisa de complicidad y culpabilidad atravesó el rostro de ambos al mismo tiempo que sus miradas se encontraban. No era la primera vez que escuchaban eso.
La cena transcurrió con mas calma y como Cuckoo prometió, resultó deliciosa. Las mujeres conversaron acerca de las novedades del pueblo y lo que habían hecho durante el tiempo en que Yuan y Haru estuvieron fuera. Ya no necesitaban preguntar qué habían hecho ellos, pues siempre recibían respuestas del tipo "nada interesante" o "prefiero escucharlas a ustedes", así que no ya no se molestaban en tratar de averiguar algo más de lo que ellos decían por sí mismos.
-Lamento que tengas que irte -decía Cuckoo a Yuan en la puerta de la casa mientras los dos muchachos subían a sus caballos -seguro que Haru va a aburrirse sin ti -agregó en broma.
-Pues no voy muy lejos así que tal vez me de una vuelta -amenazó el chico mostrando su característico colmillo al sonreír.
-Si lo haces no dudes en venir -ofreció sonriente, aunque borró la sonrisa e hizo un gesto de advertencia– y espero no necesitar de mis plantas curativas cuando los vea de nuevo ¿entendido? A ninguno de los dos.
-Cuckoo querida -terció la anciana Jin– si sigues tratándolos así puede que se lo piensen muy bien para volver.
La joven levantó la barbilla y sonrió con suficiencia.
-Saben que somos las mejores curanderas de los alrededores -contestó con seguridad-. Volverán.
-Y también eres la mejor preparando ese rico estofado –agregó Yorito palmeándose el estómago– simplemente por eso volvería todos los días, sin importar los regaños.
La chica volvió a sonreír, pero luego se entristeció un poco.
-Los estaremos esperando.
-Actúas como si nunca nos volviéramos a ver, mujer –intervino Shaoran algo exasperado por tanto teatro que la muchacha se estaba creando-. Ya te lo dije, me quedaré unos días, te estaré molestando seguido.
-Últimamente los caminos ya no son tan seguros como antes lo eran –respondió Cuckoo con aflicción- y ustedes prácticamente viven de viaje ¿cómo crees que la abuela y yo nos sentimos al escuchar todas esas historias horribles que se cuentan? ¿Y si algo les sucede?
Esta vez Shaoran no supo que responderle. "Viven de viaje", había dicho ella.
Suspiró. Cómo le gustaría decirle que en realidad apenas y había salido de la capital unas cuantas veces en toda su vida.
-No te preocupes Cuckoo –la joven alzó la vista, impresionada por el tono amable en la voz de Haru-, nosotros estaremos bien.
Jaló la rienda del caballo y sin esperar respuesta de las mujeres, lo guió hacía el camino empedrado.
Yorito salió del trance que aquel tono de voz también le había ocasionado cuando escuchó al caballo de Shaoran relinchar.
-Adiós y gracias -se despidió Yorito alzando una mano mientras se alejaba, siguiendo a Shaoran, arreando a esa bonita yegua que siempre llevaba consigo. Tenía el pelaje de un extraño pero hermoso color rojo. Esa yegua, a diferencia del caballo de "Haru" era de sus propias caballerizas.
Fácilmente pudo darle alcance a su amigo. No apresuraron mucho el trote, mas bien iban bastante lentos, como los caballos quisieran ir.
Continuaron por el camino conocido, topándose de vez en cuando con alguna persona a caballo o a pie, guiando a los caballos hacia un hostal que estaba cerca de ahí. No era la Gran Posada de la Capital pero si era un lugar bastante cómodo y los dueños eran gente decente. Tardaron un poco mas de lo acostumbrado pero al fin llegaron.
Se detuvieron en la entrada estando todavía arriba de los animales.
-Aquí nos separamos.
-Si.
Yorito trató de no arquear una ceja o demostrar su desconcierto con algún otro gesto. El príncipe parecía de nuevo pensativo. No se veía como unas horas antes, lleno de adrenalina mientras se agarraba a golpes con aquel sujeto de la taberna, ni tampoco relajado y hasta cierto punto contento al cenar en casa de la anciana Jin y Cuckoo. Volvía a contestar con monosílabos y en todo el camino había permanecido demasiado callado.
-Si quieres puedo quedarme -se ofreció repentinamente– ya veré que invento mañana.
-¿Y arriesgarnos a que nos descubran? -dijo mirándolo de reojo–. No, debes volver.
-De acuerdo -contestó Yorito sin replicar, aunque bastante asombrado por la importancia que hasta ahora le daba el príncipe al hecho no querer levantar demasiadas sospechas–. Ya nos arriesgamos demasiado por hoy. Sigo pensando que no debiste escapar luego de mi visita en… -se detuvo por unos momentos y miró a los alrededores, no había nadie a la vista pero de todos modos mermó la frase, evitando ser escuchado por cualquier metiche.
-Si regresas ahora no habrá de que preocuparse -respondió Shaoran dándole una vez más, poca importancia al asunto y bajándose por fin del caballo.
Esta vez la ceja de Yorito si que se elevó. ¡Valla cambios de personalidad que se estaba dando el príncipe!
-Estás demasiado confiado -rebatió el noble con gesto serio, sin embargo exhaló momentos después– en fin, espero que resulte como tú dices. Ahora debo conseguir un par de patos.
Y sin más despedida que esa última frase, espoleó a su yegua y salió a galope abierto. Shaoran lo vio por unos segundos y después se dio la vuelta, guió a su caballo hasta la parte trasera donde otros cuatro animales se encontraban atados y entró al hostal después de hacer lo mismo con el suyo y amarrarlo bien.
Rentó una habitación, el encargado lo llevó hasta su puerta y después de dar las debidas explicaciones lo dejó a solas. El lugar no era muy grande pero tampoco demasiado pequeño, con el tiempo se había acostumbrado a los drásticos cambios de espacios.
Apagó las velas que acababan de encenderle y se acostó con lentitud en la cama, esta vez si pudo gemir a gusto por el dolor. En la cena no había querido inquietar a Jin y ahora se podía decir que le dolía tanto como si lo acabaran de golpear en ese instante, pues la cabalgata a caballo aunque lenta, le había devuelto varios dolores.
Permaneció recostado en la oscuridad, esperando que el dolor menguara un poco aunque fuera este mismo dolor, el que servía como una especie de distractor y es que había unas palabras que no le salían de la cabeza, palabras que el mismo había dicho.
"Volveré otro día", eso era lo que había salido de su boca, las palabras que le había dicho al Oráculo y no sabía si arrepentirse o vanagloriarse por ello. Pues hasta el día de hoy no sabía qué fue exactamente lo que le hizo decir aquello.
No se trataba de romper otra simple y estúpida regla de la corte o del protocolo. Se trataba del Oráculo, del vidente del reino, del tabú más grande de todos. ¡Cuán fácil le era volver y verla una vez más! Simplemente por darse el lujo de desobedecer los mandatos. Sin embargo, incluso para él, esto era simplemente demasiado, había creído que estando lejos del castillo, y por lo tanto también lejos de la tentación que el quebrantar esta última regla le provocaba y que estaría libre de este pensamiento.
Cuán equivocado estaba.
Y ahora se daba cuenta que no era así, de hecho se había vuelto peor, pues no necesitaba ni cinco minutos de ocio para recaer de nuevo en el bajo pensamiento de utilizar al Oráculo para seguir con su charada de príncipe irresponsable y egoísta. Porque se suponía que eso era él ¿no? Así que a nadie le extrañaría que se valiera de una pobre jovencita para burlarse una vez más de Touya.
Se llevó una mano a la frente, estando todavía recostado en medio de la oscuridad, mientras se preguntaba si de verdad sería capaz de hacerlo.
Después de aquel primer encuentro inesperado, había hecho bien su tarea e investigó lo que el protocolo indicaba en cuanto al Oráculo se refería, y efectivamente, los miembros de la Familia Real podían entrevistarse con la vidente, pero he aquí la parte divertida: solo y únicamente se permitía bajo el permiso previo del Rey.
Pero por ser precisamente Shaoran, sabía que no haría eso. Si volvía a ver al Oráculo, de ninguna manera pediría antes ningún permiso.
Se dio la vuelta con un movimiento rápido y de inmediato se arrepintió. Por un momento se le había olvidado el dolor de los golpes, maldijo entre dientes y se apretó el costado izquierdo. Lo mejor será dormir de una vez, se dijo a sí mismo y cerró los ojos, pero antes de que la inconsciencia se apoderara por completo de él, su último pensamiento fue:
¿En verdad que éste soy yo?
Fin del capítulo
Hola a todos! Desde el año pasado que no nos leemos y me disculpo por eso, han pasado tantas cosas (suspiro), tanto buenas como malas… pero en fin, no estoy aquí para contar ninguna novela, solo un fic, así que continuemos con lo que nos reúne aquí: que tal les pareció el capítulo?, esta vez no hubo aparición de Sakura pero ya vendrá para el próximo, solo esperen otro poco.
Por cierto, que los personajes principales (o al menos los principales de esta parte del fic) han hecho su aparición, pero no se preocupen, que los personajes que ya conocemos de CCS tendrán su participación (será una buena participación, al menos eso espero), aunque eso será en el futuro.
Como siempre, les deseo unas felices lecturas, les agradezco que lean y también por sus lindos comentarios. Gracias!
Avances del próximo capítulo: Shaoran se esfuerza bastante para sacar a Touya de sus casillas, pero… ¿acaso el rey siente algo de culpabilidad al respecto? y nuestra vidente hace una nueva aparición en la historia para escuchar una promesa.
Próximo capítulo: Refugio temporal
