La Libertad nos invita a su mesa para que participemos de sus sabrosos manjares y de su generoso vino; pero, cuando nos sentamos a ella, comemos vorazmente y nos atragantamos.
-Gibrán Jalil Gibrán-
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4. Refugio temporal
Para Touya, el haber comenzado a reinar a tan temprana edad, tenía tanto sus ventajas como sus desventajas. Claro que estaba consciente a plenitud, de que la balanza se inclinaba mas con una que con otra, sin embargo, no podía negar la verdad de ambas.
Como ventaja, tenía la experiencia que el asumir el cargo tan joven le había dado. Cierto era que a sus tempranos trece años, ser rey no representó para él mucho más que el escuchar las voces de sus "consejeros" y aceptar edictos en varias ocasiones sin entender muy bien si lo que se hacía era necesario o no; pero eventualmente, su carácter fuerte le ayudó en poco tiempo a deshacerse de aquellos que solo veían una buena oportunidad de aprovecharse de su juventud. La época que abarcó su vida de los trece a los quince años, se trató principalmente en aprender a reinar, en abrir los ojos a los embusteros, traidores y también a saber reconocer quien era y quien no, fiel a él y a su reinado incipiente.
Porque lo que Touya tuvo que asimilar a la mala, fue que no todo aquel fiel a su padre, le era fiel también a él después de la muerte del primero. Los hipócritas salieron a la luz, los conspiradores comenzaron a multiplicarse y el reino se vio amenazado no por países vecinos, sino por aquellos nobles ambiciosos que vivían en él.
Siendo éste el comienzo en el reinado de Touya, es comprensible que el joven rey se haya convertido en la actualidad, en el soberano justo que es. Largo y difícil fue el camino que tuvo que recorrer, empero, algo que le satisface en demasía, no es el saber reconocer a un enemigo o aliado, ni a manejar relaciones exteriores o incluso relaciones con sus propios nobles, sino el saber que su pueblo, que su gente, esas personas que no siempre se tienen en cuenta y que sin embargo conforman la base de su país, piensen en él como en un buen monarca.
Pero ya nos hemos extendido lo suficiente en las ventajas que comenzar un reinado a tan temprana edad puede conllevar (aunque la mayoría de éstas se traten del poder detectar conspiradores y traidores), así que pasemos a las desventajas de una buena vez.
El primer factor que Touya odió al volverse rey, fue por supuesto, la muerte de su padre.
Siempre supo que para volverse rey, eso tenía que pasar. Lo que no sabía (y no quiso al principio aceptar), es que ocurriera tan abruptamente. Pero las cosas habían cambiado, con los años supo que no era tan insólita la muerte de un rey estando éste en su plena madurez, incluso aprendió que precisamente por ser reyes es que se estaba en constante peligro de muerte.
Sí, tanto Shaoran como él habían finalmente entendido. Y con esto pasamos a la siguiente desventaja de su asenso al trono: Shaoran.
Si ser un joven rey era peligroso, convertirse en el siguiente con derecho a la corona lo era también en igual medida. Por casi dos años los hermanos apenas y se veían debido a drásticas medidas de seguridad tomadas, Touya ni siquiera fue capaz de dar o recibir consuelo de su hermano por la reciente pérdida familiar, y cuando las cosas comenzaron a mejorar y sus vidas volvieron a la "normalidad" de todos modos ya nada volvió a ser igual.
Shaoran cambió. Se había vuelto todavía más distante de lo usual y no parecía estar contento con nada. Al principio, Touya creyó que el joven príncipe seguía dolido por la pérdida del padre, así que lo dejó estar. Pero el tiempo pasaba y Shaoran seguía igual, así que esta vez, Touya supuso que su hermano le recriminaba de esta manera el hecho de haber permitido tan absurda separación durante tanto tiempo. Sin embargo esta vez, prefirió hablarlo de frente con el propio Shaoran y su sorpresa fue grande en verdad cuando su hermano menor respondió con una voz igual de gélida que los vientos de las montañas:
-Hace tiempo que eso ha dejado de importarme.
Habría sido excelente que Touya hiciera caso de aquella obvia llamada de atención por parte de Shaoran, y de verdad que quería hacerlo, quería devolverle a Shaoran esos casi dos años de soledad, quería volver a ser su hermano mayor y que las cosas regresaran a como eran antes.
Pero no lo hizo. Y Touya dejó de ser para Shaoran su hermano mayor y se convirtió solo en su rey, el mismo Shaoran lo dejaba muy en claro cuando le hablaba y solo se refería a él como "su majestad" y en los mejores casos como simplemente "Touya".
A pesar de esto, no hay que culpar al monarca de sus acciones, sino que se debe tener en cuenta su cargo y lo demandante que este es. Entre más intentaba pasar tiempo con su hermano, mas problemas con el reino se lo impedían. Y los asuntos del país no suelen esperar hasta que los mandatarios solucionen sus problemas familiares. Así que Touya volvió, por así decirlo, a abandonar a Shaoran.
Tal vez ahora se veían más seguido, pues estos eran buenos tiempos, pero no lo suficiente como para que el rey recupere el cariño perdido de su hermano. Por lo tanto, si pusiéramos en una balanza aquello que se tuvo que sacrificar para que Touya aprendiera correctamente como es que se maneja un reino, podríamos decir con facilidad, que el precio pagado fue demasiado alto.
-Este es mi pago.
El murmullo de Touya fue bajo, pero eso no impidió que Yukito escuchara cada una de sus palabras. El consejero exhaló pesadamente y puso la mano sobre el hombro de su rey, en señal de apoyo.
-¡Dos semanas! –exclamó de pronto el monarca y su voz resonó en la sala con un eco que podía amedrentar al más valiente, Yukito retiró su mano y dio un paso atrás.
Ese aparente enfado no engañaba para nada a Yukito, había escuchado las palabras anteriores de su rey, y la tristeza que llevaba impresa superaba la falsedad de aquel último grito.
-Pasaron dos semanas para que regresara, Yukito –repitió.
-Lo sé, Touya -contestó Yukito preocupado por ambos hermanos–, lo sé. Escuché que le has retirado la escolta. ¿Es eso cierto?
-Sí, lo es -respondió malhumorado-, es preferible que ande a sus anchas a que cada guardia de palacio le guarde rencor. Por todos los cielos, ¿quién se cree que es para tratar así a las personas? Así comienzan las rebeliones.
-Vamos Touya, creo que exageras.
-No lo soporto mas -exclamó ignorando el comentario de Yukito-, ese mocoso me va a escuchar.
-Deberías calmarte, no creo que sea conveniente que hables con el príncipe en ese estado.
-¿Entonces como demonios debería de hablarle? -replicó– ¿con una gran sonrisa y felicitándolo por su excelente conducta? ¡Atacó a sus guardias y los dejó inconscientes! No Yuki, no voy a permitir que esto continúe por más tiempo.
El Consejero Real suspiró, sin embargo, el Rey tenía razón. El príncipe no podía seguir actuando de esa manera tan irresponsable.
-Lo comprometeré -sentenció el monarca.
-Habla primero con él Touya -aconsejó Yukito más en calidad de amigo, que por ser ese su trabajo– a mi parecer esa sería la última de las opciones. Intenta dándole más obligaciones, fuérzalo a que haga algo, no dejes que se aburra, como dice cuando se queja.
-¿Qué puede hacer? -inquirió el rey saliendo de sus casillas– odia la política, las relaciones sociales con la nobleza y más que todo eso, detesta el papel de embajador, primero se encerraría en un calabozo que salir de este país. Al principio creí que por patriotismo. Pero ahora lo veo más claro, aquí conoce bien el terreno, y solo Dios sabrá hasta donde.
-Entonces deja que yo hable con él.
Touya dio un suspiro. Yukito era una de las pocas personas a quienes Shaoran todavía les tenía un poco de respeto, además no dejaba de sentirse culpable, sabía que la culpa de que Shaoran se hubiera convertido en esta clase de persona, era solo suya.
-Adelante –concedió aunque ahora hablaba como el rey y no como el amigo-, espero que logres algo o de lo contrario tomaré medidas más eficaces.
Yukito asintió antes de que Touya se arrepintiera, puso la mano derecha sobre su pecho en señal de respeto y después de hacer una reverencia, salió de la habitación. No perdería el tiempo, así que se encaminó inmediatamente hasta el área en donde se encontraban las habitaciones de su príncipe. Pasó hacia el primer salón y se lo encontró sentado en un largo sofá mientras una muchachita le daba masaje en los pies.
-Puedes retirarte Yumi.
La doncella dio un respingo al escuchar la voz del consejero tan repentinamente a sus espaldas, miró el gesto del príncipe y se levantó con rapidez cuando lo vio dar una muy ligera cabeceada.
Cuando la jovencita se marchó, Yukito tomó asiento en la silla más cercana.
-Muy buenas tardes, príncipe Shaoran.
El príncipe desvió su mirada lejos del consejero y le respondió taciturno.
-Buenas tardes, consejero Yukito –al ver que Yukito no agregaba algo más, no se resistió y por fin lo miró a la cara. El consejero se veía sonriente como siempre, tan tranquilo y apacible que por un momento creyó que realmente solo estaba ahí para saludarlo, pero al momento siguiente se desengañó-. ¿Cuáles son las instrucciones de Su Majestad el día de hoy, consejero?
-Su hermano el rey solo quiere lo mejor para usted –respondió Yukito sin abandonar su sonrisa.
-Creo que el rey y yo no tenemos la misma idea acerca de lo que es mejor para mí.
-Me permitiré ser sincero príncipe. Porque me parece que usted y su hermano comparten ideas más de lo que a ninguno de los dos les gustaría aceptar.
Shaoran se levantó con gesto airoso y comenzó a dar zancadas a lo largo de la habitación, todavía con los pies descalzos.
-Curioso es su parecer consejero, pero le aseguro que él y yo no nos parecemos en absoluto.
Yukito sonrió más al escucharlo.
-Pero si yo no he dicho eso príncipe, solo mencioné que compartían algunos ideales.
Shaoran detuvo su andar en seco y sus hombros se tensaron, Yukito pudo observar perfectamente bien aquello, porque en esos momentos el príncipe le daba la espalda.
-Nos hemos salido del tema, Lord –agregó de pronto Shaoran-, estaba a punto de entregarme algún mensaje del rey, supongo.
Yukito abandonó la sonrisa y se puso también de pie.
-Está bastante molesto.
-Eso no es algo nuevo, ni tampoco es algo que me importe –se giró para ver a su interlocutor de frente-, y eso lo sabe usted muy bien.
-Lo conoce mucho mejor que yo, príncipe, y sabe que la paciencia de su hermano tiene límites con los que a usted le encanta jugar.
Shaoran se cruzó de brazos.
-Todas estas actitudes rebeldes están haciéndolo ver cada vez peor con el paso del tiempo príncipe –continuó Yukito al ver la apatía del castaño-. Usted ya no es un niño, ni un adolescente tampoco. Debe comportarse conforme a su edad y rango.
-Mi comportamiento… -analizó el joven noble- ¿Se refiere a que desperdicio mi tiempo sin ocupación mientras estoy en el castillo? ¿O me está hablando de las ocasiones en las que lo abandono?
Yukito abrió la boca pero Shaoran no lo dejó hablar, al parecer la pregunta había sido hecha sin la intención de recibir respuesta.
-¿Cuántos nobles hay en este reino consejero? ¿Y cuántos de ellos tienen ocupaciones? –Se acercó un par de pasos al hombre quien era la mano derecha de su hermano y continuó-: tener una boca holgazana de más o de menos que alimentar, no hará mucha diferencia en este castillo. Se lo aseguro.
-Usted no es cualquier Lord, ni cualquier noble, es el príncipe de este país. Y por tanto, le debe respeto a su pueblo…
-¡Mi pueblo! Pero por supuesto que el pueblo es primero. Siempre lo ha sido y créame que me viene con insistencia a la mente.
Yukito alzó las cejas mientras lo escuchaba, el príncipe le veía y hablaba casi con rencor, pero algo en él le decía que ese sentimiento no iba encaminado a su persona, sino a algo más…
-Ahora si me disculpa consejero, me retiro.
Fue extraño ver al príncipe abandonar sus propias habitaciones de ese modo tan abrupto, cuando lo más indicado sería que le pidiera dejarlo solo o simplemente ordenarle que se marchara. Pero Yukito sabía que Shaoran no era esa clase de persona, pese a que el mismo príncipe se empecinara en tratar de aparentarlo.
-¿Verdaderamente sigue sintiendo ese odio? –murmuró tristemente por lo bajo y al igual que su príncipe, salió rápidamente de aquellos aposentos.
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Iba como alma que lleva el diablo, que últimamente eso era ya bastante seguido. Sus pasos hacían eco y rebotaban por las paredes sordas y sin testigos, esto debido a que la molesta escolta le había sido finalmente retirada, por lo que no tuvo ningún problema en dirigirse hacia el lugar al que sus pies lo llevaban pero en el que su cabeza evitaba pensar.
Fue así que llegó ante la chimenea que tantos dolores de cabeza le había dado.
Esta vez le resultó más fácil encontrar la palanca oculta, y ciertamente batalló muchísimo menos con la pared movible. El camino oscuro y húmedo se presentó una vez más ante él y las telarañas volvieron a pegársele al cuerpo. Si no fuera tan molesto tener tela de araña pegada en la cara, se hubiera maravillado con la rapidez con que esos pequeños arácnidos habían vuelto a rehacer su trabajo desde su última visita.
Cuando salió por la segunda pared movible, esta vez se aseguró de no hacer mucho ruido.
-La próxima vez, traeré un poco de grasa para arreglar esto –pensó al ver lo dificultoso que resultaba el empujar aquella pared, al mismo tiempo que evitaba hacer ruido.
Salió y escuchó. El sonido que hacían los guardias se escuchaba algo alejado. En su primera intrusión en los aposentos del Oráculo, había tenido la cabeza tan revuelta, que no tuvo en mente el hecho de que siempre había al menos un par de hombres vigilando que nadie se acercara. Ni siquiera lo había recordado cuando escuchó esas voces la vez anterior, ni siquiera por el hecho que cuando niños, en la ocasión en que Yorito y él habían intentado observar al Oráculo, habían sido precisamente los guardias de turno, quienes habían truncado sus planes.
Pero esta última vez, la suerte le había sonreído y los guardias no se enteraron de su corta visita al Oráculo de hacía unas semanas atrás.
-Y tampoco se enterarán de la de hoy -se dijo con arrogancia y completamente convencido.
Cuando escuchó que los ruidos estaban un poco mas lejos, se apresuró hacia las enormes puertas de madera, antes de que los hombres volvieran con su aparente ronda de vigilancia.
Sin embargo, al estar parado frente a éstas, no supo si en realidad quería hacer lo siguiente.
-¿Por qué estoy aquí? -se preguntaba- ¿Solo por desobedecer a Touya?
Dio un suspiró, apoyó la frente contra la madera y las palabras que Yukito acababa de decirle, le volvieron a la cabeza: "Usted ya no es un niño, ni un adolescente tampoco. Debe comportarse conforme a su edad y posición"
-¿Qué estoy haciendo?
Estaba tan sumido en sus pensamientos, que no se dio cuenta que lo último acababa de decirlo en voz alta.
-¿Qué fue eso?
Shaoran dio un respingo.
-Maldición, los guardias.
Se movió con agilidad, y al segundo siguiente, estaba del otro lado de las puertas.
-Tal vez así debía de ser -se dijo, aunque esta vez sí tuvo el cuidado de decirlo en voz baja, por si se alcanzaba a escuchar su voz a través de la madera.
Alzó la cabeza y se vio de nuevo en aquel saloncito que tanto lo había desconcertado la primera vez.
¿Y ahora que tenía que hacer? ¿Llamarla? ¿Esperar a que apareciera por si sola como en la otra ocasión?
Pero al echar una segunda ojeada al lugar, pudo ver que el umbral que conectaba con los demás salones tenía pesadas cortinas que ocultaban a los ojos de cualquier visitante inexistente lo que había del otro lado, sin embargo, también había una larga y gruesa cuerda trenzada. Avanzó hacia ella y tiró. Después de todo, él tenía una parecida en sus habitaciones, la cual utilizaba cuando necesitaba que la servidumbre acudiera.
Y efectivamente, unos momentos después de estirar la cuerda, la delgada figura del Oráculo pasó a través de las telas y se hizo presente, precedida tiempo antes por el tintineo continuo que llevaba consigo.
-Príncipe Shaoran -se hincó una vez más con la frente al suelo- estoy a sus órdenes.
Shaoran dio un suspiro, eso nunca iba a dejar de parecerle lo más raro del mundo.
-Buenas tardes, Oráculo, pude levantarse –dijo con voz clara y segura, esta vez venía preparado para el encuentro.
La mujer obedeció en el acto y se puso de pie. Entonces Shaoran pudo ver otra vez con claridad su delgado rostro y verdes ojos.
-Disculpe usted príncipe, por mi falta de servicio la ocasión anterior. El día de hoy en cambio...
-No he venido por una predicción -la interrumpió el-, ni tampoco a hablar con los muertos.
Los ojos de la mujer se abrieron con sorpresa.
-Si me disculpa... yo... no entiendo.
Shaoran dio unos pasos por el lugar con gesto indiferente, mientras observaba con lo que parecía más atención y detenimiento el salón, como si todo aquello fuera bastante normal.
-La verdad es, mi querida Oráculo, que básicamente estoy tratando de evadir a su majestad el rey, y me parece que no hay mejor sitio que éste -se detuvo en su paseo y volvió a mirarla- ¿no le parece ingenioso? Ni en un millón de años se le ocurriría venir a buscarme aquí.
Por algún extraño motivo, el día de hoy el príncipe no tuvo el menor problema con decirle al Oráculo la cruda y burda verdad, el motivo, sin ningún tapujo, que lo había traído hasta aquel lugar por segunda vez. Siendo que la ocasión anterior no se había atrevido.
-¿El rey Touya? –la mujer no entendía nada, sin embargo lo que sí había atinado a deducir, era que todo esto significaba que el príncipe estaba ahí sin el previo permiso del rey.
Estaba tan enfrascada en sus propios pensamientos, que no se dio cuenta cuando el príncipe se acercó a ella, hasta que lo tuvo justo enfrente e hizo una ligera inclinación de respeto.
¿Respeto? ¿A ella?
-Así que no me queda más -decía el de sangre azul mientras se inclinaba- que pedirle refugio por un par de horas cuanto mucho -volvió a levantarse y sonrió-, si no le parece que eso sea para usted algún tipo de inconveniente.
Si por algún motivo la joven Oráculo hubiera sabido todo lo que conllevaría en el futuro aquella simple y aparentemente inofensiva proposición de asilo, no sabría si hubiera aceptado (cosa que efectivamente haría), o si simplemente se negaría a ser la causante de los acontecimientos posteriores.
Sin embargo, en ese preciso momento ninguno de los dos, ni el principie ni la adivina, tenían la mas mínima idea de lo que seguiría a continuación, así que las cosas simplemente se dieron y al minuto siguiente, ambos se encontraban en la sala que estaba a continuación de las largas cortinas, sentados a una mesa redonda para dos personas.
-¿Suele ver aquí al rey? .preguntó el príncipe, al ver que todo en aquel lugar se veía predestinado para recibir visitas en cualquier momento.
La pequeña pero acogedora mesa para dos, la comida apostada en una segunda mesa en el extremo derecho de la habitación, las jarras con dos vasos a sus lados, todo ahí se veía que estaba destinado para ser usado o servido para no más de dos personas,
-Solo en ocasiones -respondió ella algo azorada, pues nunca había tenido que ser anfitriona de nadie que no fuera el rey nunca antes-. Por lo regular manda pedir por mi y lo veo en la sala del trono.
Shaoran asintió al recordar el día que fue a reclamarle a su hermano un posible compromiso y terminó por encontrarse con la noticia de que el rey se encontraba en una cita con el Oráculo.
-Ya veo –dijo, y el silencio volvió a reinar.
La mujer delante de él se retorcía las manos, evadía su mirada y apostaba su atención en cualquier otra cosa menos en él. Todo esto a Shaoran le pareció extraño, pues cuando iba de camino a verla había tenido la vaga idea que la joven enfrente suyo no haría otra cosa que preguntarle todo tipo de cosas, dado que ella poco sabía de lo que sucedía atravesando las gruesas puertas de madera que conformaban el inicio y término de su mundo.
-Supe que hace poco tuvo una reunión con el rey.
-Así es -afirmó ella, pensando en lo curioso que le parecía que el principie se refería a su hermano usando siempre el titulo y no el nombre propio.
-¿Puedo preguntar cuál fue el motivo de la reunión?
-No puedo hablar nada de eso, ni siquiera con usted, príncipe. Discúlpeme.
-Ese es su trabajo, no tiene por qué disculparse.
La joven asintió y bajó su mirada, Shaoran supo que si no hacía algo, el silencio volvería a caer sobre ellos.
-¿Sabe? Siempre creí que el rey no era el tipo de persona que recurriera a las viejas artimañas esotéricas –no obtuvo ninguna respuesta a eso y con razón, solamente a él se le ocurría decirle al mismo Oráculo en persona que su trabajo no era más que una artimaña-. Discúlpeme usted –dijo apresurado-, dije todo esto sin pensar.
Pero la joven frente a él no se veía en absoluto ofendida, o al menos no lo aparentaba.
-No es necesario disculparse –dijo ella agitando un poco la cabeza-, en realidad lo que ha dicho es cierto. El rey Touya pocas veces ha pedido alguna predicción.
Desvió la mirada una vez más, solo que ésta vez Shaoran sospechaba que no era por pena o timidez, no sabía exactamente por qué, únicamente lo intuía.
-La verdad es… -se detuvo un momento- la verdad es que la mayoría de las veces que pide verme, solo conversamos.
-Aunque la última vez de aquello ya ha pasado algo de tiempo -pensó inmediatamente después la adivina.
-¿Conversan?
La pregunta del príncipe la devolvió a la realidad una vez más y hasta ahora se dio cuenta de lo mucho que solía divagar.
-O tal vez no sea que divague mucho –se dijo-, sino que nunca tengo que poner atención por si alguien me dirige la palabra.
-Pobre de usted –dijo el príncipe, ignorando que la mente de su interlocutora lo había abandonado una vez más-, no creo que las conversaciones del rey sean muy interesantes.
-Pero claro que no, el rey es siempre muy amable.
-Amable –repitió el-. ¿Puedo saber de lo que hablan?
-No lo sé, muchas cosas.
Los ojos verdes volvieron a alejarse de él pero además de esto pasó una cosa nueva: la chica sonrió.
Shaoran nunca había visto una sonrisa tan sincera como esa.
-La última vez, me contó cómo se veía el amanecer en el mar –terminó ella de decir con una expresión soñadora.
Shaoran pensó en aquello. La última vez que Touya había tenido que viajar a la costa, sucedió cuatro meses atrás, cuando las tropas navales regresaban de sus incursiones en la búsqueda de "nuevas tierras" sin explorar y el rey había viajado a la costa para recibirlos.
¿Quería decir eso que la última vez que Touya se había presentado con el Oráculo también había pasado hacía cuatro meses?
Claro que no, se dijo, recordándose que acaban de citarse el mes pasado. O tal vez, la última visita se había dado para pedir alguna predicción y no solamente para "conversar". Lo cual era muy probable, dada la negativa del Oráculo a hablar de aquel día.
-Debe aburrirse mucho si el rey es el único con quien puede conversar.
Ella no contestó a eso, pero Shaoran vio como se agazapaba en su asiento y bajaba la mirada con incomodidad. Estaba comenzando a impacientarlo un poco el hecho de que esa mujer no pudiera mantener la mirada en alto ni siquiera por un minuto seguido.
Y entonces fue cuando se dio plena cuenta de la situación de esa pobre chica. De su soledad, de su clara inseguridad y de la tristeza que en ocasiones sus ojos reflejaban.
En esos momentos Touya le pareció más detestable de lo usual. ¿Cómo es que podía consentir esto? Mantener a esa chica encerrada de por vida era algo monstruoso, inhumano. No lo merecía, la chica era amable, linda, un poco tímida pero bastante amistosa.
Y sin darse cuenta, el príncipe Shaoran, el mismo de quien algunos decían que poco le importaba cualquier ser humano que no fuera él mismo, se encontraba sintiendo compasión por quien ocupaba el asiento frente a él.
¿Y cómo es que el príncipe no se daba cuenta de esto? Fácil, pues el único sentimiento del que era sabedor en ese instante, era el del profundo desprecio (e incluso odio) que comenzaba a nacer en su corazón en contra del rey.
-¿Desde hace cuanto es usted el Oráculo del reino? –preguntó tratando de aparentar tranquilidad, temiendo a que cualquier tono molesto suyo asustara a la pobre chica.
-No lo sé –respondió ella en lo que a Shaoran le pareció un escalofriante tono casual-, en mis recuerdos siempre ha estado este castillo.
-¿Desde pequeña?
Ella asintió.
-¿Sola?
-No, no. El Oráculo anterior me enseñó todo lo que debo saber. Viví con ella por unos años.
La mirada llena de añoranza que cubrió su semblante hizo que el odio de Shaoran creciera un poco más. Porque claro, esta chica no era la única víctima de haber sufrido este encierro.
-¿Y dónde está ella ahora?
Vaya pregunta, el Oráculo lo miró largamente por unos momentos (tanto tiempo que incluso el príncipe se asombró al ver que no desviaba su mirada), hasta que sonrió una vez más.
-Eso no lo sé, pero espero que en las montañas.
-¿Las montañas? –repitió consternado.
-Si –afirmo ella todavía sonriendo-, cuando era pequeña, recuerdo que solía decirme que esperaba ver por lo menos una sola vez las montañas. Era algo así como un deseo personal.
-Y cuál es su deseo personal, Oráculo.
Sakura. Corrigió ella mentalmente, pero nunca en voz alta.
-No tengo ningún deseo personal –mintió y Shaoran suspiró.
-Se que mientes -Pensó entrecerrando los ojos-. Cualquiera con sangre en las venas y toda una vida de encierro tiene un deseo. Por mínimo que sea.
Sin embargo, otro pensamiento cruzó de pronto por su cabeza.
-Dices que el Oráculo anterior soñaba con las montañas. ¿No habría sido más fácil ver el futuro y saber si algún día ese sueño se haría realidad?
Pero todavía no terminaba su pregunta cuando el Oráculo ya meneaba la cabeza en un gesto de negatividad.
-Nosotras no podemos ver nuestro futuro. Además, al momento de comenzar a predecir, se entra en una especie de trance. Solo puedo ver el futuro con ayuda del rey. Y de usted príncipe, por supuesto –se apresuró a añadir.
¡Qué intrincada era la vida de los videntes!
Sin embargo, en ese momento Shaoran se hizo una promesa personal. Nunca le pediría a esa chica que le predijera el futuro.
Se puso de pie e hizo nuevamente una muy ligera inclinación con la cabeza.
-Creo que es tiempo de que me marche.
La joven también se levantó de su asiento y estuvo a punto de arrodillarse una vez más con la frente al suelo, sin embargo Shaoran fue más rápido y en menos de un segundo le dio la vuelta a la pequeña mesa y la sujeto por los codos.
-No es necesario –le murmuró, pues apenas estaban separados por unos cuantos centímetros-. Le pido de la forma más atenta, Oráculo, que de ahora en adelante, evite hacer ese tipo de alabanzas frente a mí.
Ella asintió con rapidez, se veía a leguas que la pobre no tenía idea de que hacer o decir, así que Shaoran la soltó y dio un par de pasos hacia atrás.
-¿Cuál es su nombre?
Sakura se sorprendió al escuchar esa pregunta salida de la nada.
-No puedo decirlo.
Shaoran sonrió. Al menos eso era un avance, pues la primera vez que había preguntado, ella había referido el no tener nombre.
-Despídase de esas aburridas charlas con su majestad, mi querida Oráculo –el príncipe sonrió-, pues le prometo que de ahora en adelante haré que su vida sea más entretenida.
Sin esperar respuesta, el príncipe ya había atravesado las cortinas. Sakura se quedó de pie y escuchó perfectamente como las puertas se abrían y se volvían a cerrar.
Sonrió y sintió como su corazón latía con rapidez, pero esta vez no eran los mismos latidos de nerviosismo de cuando veía al rey o la misma forma a como latió la primera vez que vio al príncipe, esta vez, había algo diferente.
Pero no tenía idea de lo que era.
Fin del capítulo
Lo prometido es deuda, Sakura regresa al fic, y todo gracias a la visita de nuestro querido príncipe, quien por cierto parece detestar oficialmente a Touya. ¿Será el rey merecedor de ese desprecio? Y por cierto, ¿qué las pareció esta parte del pasado de los hermanos? Penas no les han faltado. Espero les haya gustado este capítulo.
Ya saben que les agradezco enormemente por todos sus comentarios, si no le respondí a alguien, denme un jalón de orejas! xD.
Saludos y besos a todos, ¡Espero que tengan siempre unas muy felices lecturas!
Avances del próximo capítulo: Shaoran se toma en serio lo que prometió a la vidente y decide llevarle algo con qué entretenerse, pero Sakura a su vez le pide un raro favor que sorprende un poco al príncipe.
Próximo capítulo: Sonrisas incomprendidas
PD: ¿alguien vio el horrible, grande y espantoso error de redacción que tuve al final del capítulo anterior? Mis disculpas. Y si no lo vieron… ¡por favor no lo busquen! Jeje
Ahora si me despido.
