"¿Sabes por qué los hermanos mayores nacen primero? ¡Lo hacen para proteger a los hermanos que vendrán detrás de él!"

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9. El mejor hermano

Cuando Shaoran por fin hubo hablado con Yue y éste le dijo lo que tenía qué hacer para largarse de aquel lugar, pensó que todo ya estaba solucionado, que sólo era cuestión de convencer a Kuzu y él regresaría a su castillo.

Sin embargo en la mañana siguiente, durante el desayuno, cuando sus pensamientos estaban más en calma y tuvo a Kuzu y su familia en frente, se dio cuenta que la cosa no era tan sencilla, pues a lo largo de su estancia en el castillo, Kuzu no había mencionado una sola vez ningún tema relacionado con sus riquezas y ese pensamiento le detuvo antes de comenzar con ese particular tema en la mesa y sin un motivo que lo disculpara. Se pasó el tiempo tratando de encontrar en la conversación cualquier tangente de la cual sacar a colación lo que a él le interesaba hablar, pero cuando los sirvientes llegaron y retiraron los platos, agradeció no haber encontrado ese momento, pues se dio cuenta que tal vez Kuzu no disfrutaba hablar de ciertas cosas frente a su familia.

No pasó ni media hora después del fallido desayuno para que Shaoran saliera a practicar con el arco. Hacía mucho que no necesitaba descargar frustraciones de ese modo, por lo que sintió algo muy parecido a la nostalgia cuando tensó el arco y dejó escapar la flecha despedida hacia la diana.

-No tengo una mínima idea de qué hacer –le confesó a un Yue impertérrito que acababa de llegar al lado de su señor-. ¿Hablar a Kuzu acerca de una invasión inminente? –Colocó otra flecha en el arco-. Ni siquiera estamos seguros que eso sea cierto. ¿Qué hay si Touya sólo busca prevenir antes de lamentar? ¡No estoy al tanto de la situación real! –soltó la flecha que se clavó en el lugar más lejano del centro.

Shaoran frunció el ceño, dejó la aljaba y el arco de lado y encaró a Yue quien asentía a cada palabra suya pues estaba en total acuerdo con el príncipe. El rey no le había dejado las cosas muy fáciles que se diga.

-Primero necesito acercarme a él de algún modo más personal –agregó el príncipe, cosa que dejó a Yue algo impresionado.

Era la primera vez que veía como su príncipe preparaba estrategias para lograr sus objetivos. ¿Se debería esto a la influencia de Ruhl? ¿O así había sido siempre su personalidad?

Sin embargo no era el momento de pensar cosas como esa, antes debía informarle de la presencia de cierto pequeño que se acercaba a paso rápido y decidido. A pesar de suponer ya de quien se trataba (pues había pocas opciones), no estaba de más irse con cuidado y dejar la conversación en el más puro secreto.

-El hijo del barón se acerca –susurró apenas, pero Shaoran pudo escucharlo bien.

Volvió a tomar el arco y con suma rapidez acomodó una flecha en el acto.

El niño llegó hasta ellos cuando esa misma flecha se clavaba en el centro, Shaoran lo supo porque escuchó unos débiles pero entusiastas aplausos a sus espaldas.

Se giró, los aplausos le recordaron un lejano día, cuando su hermano también lo había encontrado haciendo esa misma actividad e igual lo había aplaudido.

-¡Eso fue genial!

Claro que Touya no tenía el asombro tatuado en sus ojos. Pensó cuando se encontró con los brillantes par de azules de Paidai, lo de Touya había sido más un alago de sarcasmo, si es que aquello existía. Todavía recordaba el pequeño disgusto que habían tenido en esa ocasión.

-¿Te interesa el tiro con arco? –preguntó el príncipe.

El niño asintió con efusividad para después hacer una mueca de desagrado.

-Pero mi padre dice que todavía no es tiempo de que aprenda –se sonrojó-, dice que mis brazos son muy cortos –y levantó los brazos, constatando también aquello con una demostración visual.

Shaoran se encogió de hombros como diciendo "así es la vida", sin embargo una idea se le vino a la cabeza.

Este niño era perfecto, casi como caído del cielo.

-El me acercará a Kuzu -pensó complacido.

Iba a intentar seguir con la conversación pero unos gritos lo interrumpieron.

-¡Joven señor! –Decía una voz- ¡joven señor!

El niño se encogió en su lugar al escucharlo. A la voz le siguieron el sonido de fuertes pasos y a continuación la aparición de un hombre de edad mayor.

-Joven Paidai lo he estado buscando –riñó con gesto adusto hasta que vio la figura de Shaoran a su lado y lo reverenció-. Alteza, discúlpeme, no sabía que el joven estaba con usted.

-¿Es el maestro del niño?

-Así es mi señor.

Shaoran miró de nuevo al pequeño, quien intentaba con todas sus fuerzas desaparecer del lugar, o al menos hacerse invisible, ambos intentos resultando en un completo fracaso.

-¿Te escapaste? –preguntó el príncipe, lo que desencadenó en que le niño se encogiera todavía más y el maestro adquiriera un gesto de lamentación. Shaoran sonrió-. Estás en problemas chiquillo.

-No le diga a mi padre –gimió, pero lo que impresionó a Shaoran fue ver en los ojos del adulto la misma suplica en silencio.

-No volverá a suceder –se adelantó a asegurar el maestro.

Shaoran se encogió de hombros y prometió no decir nada, el niño volvió a pararse de manera más segura y erguida y el hombre le agradeció con los ojos. El príncipe no pudo más que empezar a sentirse incómodo, pues para su apreciación, el asunto no era la gran cosa. Intentó palmear la espalda del niño, pidiéndole que se relajara un poco pero apenas faltando unos centímetros para tocarlo el pequeño se escurrió a un lado poniendo una nueva distancia entre ambos.

El príncipe no entendió lo que acababa de pasar hasta que volvió a escuchar la voz del hombre.

-Disculpe al joven Paidai, mi señor -se apresuró a intervenir el maestro-, no es intención suya ser grosero. Es sólo que… al joven no le agrada mucho el contacto físico.

-¿No dejas que te toquen? –preguntó el príncipe directamente al niño.

Paidai arrugó el entrecejo al oír la burla en la voz del príncipe y bajó la mirada.

-¡Conteste a lo que se le preguntó! –Rugió el hombre al pequeño-. Está hablando con el prín…

Dejó la frase a medio terminar al ver la mano de Shaoran alzada, pidiéndole con ese gesto que se detuviera.

-Está bien –dijo Shaoran mirándolo y luego se dirigió al niño-, ¿ni siquiera tus padres?

Paidai levantó la mirada.

-Sólo… sólo ellos –susurró.

El príncipe se rio.

-Me encantaría volver cuando seas siete años mayor. Apuesto a que no te importará tanto cuando las mujeres intenten tocarte.

Tal vez fuera porque no había entendido el comentario, por respeto, o porque realmente no se ofendía fácil; pero el pequeño señor del castillo no hizo gesto alguno de molestia, al contrario, sonrió y siguió con la conversación que habían mantenido antes de la llegada de su maestro, como si esa interrupción nunca se hubiera dado.

-¿Podría enseñarme a usar el arco? –preguntó como si nada.

-La arquería es una disciplina, no para que un niño se divierta cazando ardillas.

-Las ardillas no me interesan –replicó con una mirada desconcertada-, quiero aprender a tirar con arco.

Ahora fue Shaoran quien le dio una mirada evaluadora.

-Ya veremos –respondió evasivo-. Ahora vete y atiende tus lecciones, no dejaré que el barón me acuse de que su hijo sea un vago.

El niño asintió y el príncipe lo vio salir disparado hacia el castillo, seguido muy de cerca de ese viejo del que Shaoran nunca recordó el nombre y suspiró.

¡Cómo pueden cambiar las cosas en tan pocos meses!

Quién habría pensado o imaginado que él, Shaoran, el príncipe desobligado, aquel que tanto se burlaba de Touya y sus deberes, el que no dudaba en dejar de lado su nombre y su posición para vagar con la gente más pobre de la capital, algún día diría esas palabras o se preocuparía por la educación de un niño que a él le importaba más bien nada.

Por otro lado…

-Dime Yue, ¿crees que el niño servirá?

Yue se acercó a su señor, después de haberse mantenido al margen.

-Es posible –respondió, también con la helada mirada puesta en las dos figuras que se alejaban-, pero también es posible que el barón no le agrade que se intervenga con la educación de su hijo.

-Hablaré antes con él para pedir su consentimiento. ¿Lo ves Yue? Este niño ya está dando resultados. Una conversación que inicia con mocosos aprendiendo arquería puede terminar en cualquier cosa.

Yue asintió ante la sonrisa de su príncipe.

-Será fácil Yue, estaremos de vuelta en el castillo principal muy pronto.

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-¿Arquería?

El tono que Kuzu utilizó cuando Shaoran le habló del interés del niño por las flechas no le pareció el mejor de todos. Parecía ligeramente impresionado pero también ligeramente desilusionado.

-Me vio el otro día practicando –se explicó Shaoran.

-Ya veo –asintió el barón pero sin cambiar su actitud estoica-, no le parece… -y ahí venía el pero- ¿no le parece un arte de bajo nivel? ¿No sería más recomendable, la espada por ejemplo?

He aquí la razón de tanta disconformidad en que el niño aprendiera tiro con arco, porque esa excusa de brazos cortos le había parecido de lo más patético. La espada sin duda era más gloriosa ante los ojos de este noble padre entusiasta.

-Si de algo le sirve mi consejo, no impida que el niño aprenda aquello que le interesa, así sólo se ganará rencores innecesarios. Déjelo que juegue con sus flechas, ya llegará el momento de la espada.

El barón asintió, pero Shaoran supo que sólo lo hacía para darle el gusto.

-Por otro lado, estoy de acuerdo con usted, barón –se apresuró a agregar- en estos tiempos lo que se necesita son más espadas que arcos.

-Más espadas –repitió Kuzu-, por supuesto.

Y a pesar de que el barón asentía mientras daba su respuesta, Shaoran supo una vez más que lo decía sin pensarlo así realmente. Por otro lado, ésta era su oportunidad, la tangente que había esperado.

-Así es, las buenas espadas nunca están de más. Antes de llegar aquí hice una visita al campo del general Ruhl, en ese cuartel se pueden encontrar caballeros increíblemente diestros con esta arma.

-¡Ah, sí! El buen general Ruhl –concedió el barón con una sonrisa.

-¿Lo conoce?

-De oídas. El ejército no es lo mío.

-Pienso igual.

-¿En serio? Es usted un experto en el arte de la lucha. Con sus habilidades cualquiera se da cuenta que su imagen va bien acompañada de armadas y soldados a sus espaldas.

-Creo que las armadas y los soldados son buenos sólo cuando son necesarios. No comparto la idea de iniciar una guerra, pero me gustaría estar preparado para enfrentar a los que sí se atreven.

-Entiendo. Es un pensamiento completamente razonable y prudente.

-Acepto que Ruhl me sacaba de quicio la mayoría del tiempo –continuó-, no hay otra cosa en su cabeza más que batallas y estrategias. Pero también llegué a entender su punto de vista.

Kuzu dio otra cabeceada, Shaoran pudo percibir que esta vez ya estaba atrayendo su atención de manera seria.

-El reinado de su hermano se caracteriza por los tiempos de paz –acordó el barón-, sin embargo no está de más tener a personas como Ruhl cerca. Por si acaso.

Shaoran no respondió inmediatamente a eso pese a que le era bastante conveniente, en cambio, se había quedado pensando en su primer comentario, era cierto que Touya no era un amante de la guerra y conquista; tan cierto que sólo sabía manejar la espada por el hecho de que un rey verdadero debe saber empuñar una de ellas. Dentro de las memorias Shaoran en el castillo, ninguna batalla se había dado con otras tierras, Touya siempre había tratado los conflictos de manera diplomática, tanto con los países vecinos como con sus propios lores.

Y esta vez le vino a la cabeza el pensamiento, más fuerte que nunca, que el problema con Railan era más serio de lo que había creído en un principio.

-Creo que las decisiones de mi hermano son en base a lo que es mejor para su pueblo, las guerras no ayudan a nadie.

Kuzu lo observó como si fuera la primera vez que realmente lo viera.

-El chico aprenderá arquería –dijo, lo que confundió un poco a Shaoran, quien había olvidado el motivo inicial de la conversación-, sería un honor que usted le enseñe.

-El honor es mío.

Cada hombre tomó caminos distintos, Shaoran, pensando en que acababa de firmar su sentencia de niñera y Kuzu en que tal vez se había equivocado con el príncipe. Lo había tomado por el típico arquetipo de joven guerrero amante del campo de batalla y deseoso por escuchar el metal chocando con el metal.

-Parece un buen muchacho –se dijo al fin y siguió su paso para seguir con sus actividades.

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Shaoran pudo darse cuenta rápidamente que el mocoso definitivamente era de mucha utilidad, pues notó casi de manera inmediata cambios en el propio Kuzu y sus conversaciones.

Pese a que desde un inicio la actitud del barón se había mostrado alegre y campechana, ahora Shaoran se daba cuenta que su trato amable no lo ofrecía debido a la desmedida y aparentemente ilógica confianza que parecía darle a casi todo con el que hablara, no, ya no era tan sonriente y ya no hacia bromas tan seguido, en cambio parecía hablar de temas más simples y personales, como su incapacidad de ganarle a su esposa en una partida de ajedrez o su debilidad por las moras silvestres. Sin embargo también había ocasiones en que parecía dejarse de tapaderas y externaba pensamientos más íntimos, como su preocupación por la distancia que su hijo imponía a las personas a su alrededor.

-He notado que de sus clases de arquería no ha escapado –dijo ese día complacido- empezaba a creer que crecería como un inadaptado. Ahora me parece que es el maestro quien no le agrada. Es usted una buena influencia, le agradezco de corazón lo que hace por mi hijo.

Shaoran reprimió con éxito la expresión de congoja que tanto se le antojaba exponer. Zángano, desobligado, irresponsable, eran palabras que a menudo varios de los lores que vivían en Ciudad Capital acostumbraban a usar en él. ¿Quién era este Kuzu que no sabía nada de esto?

-Todo esto me da todavía esperanza -continuaba Kuzu-, he tratado de estar todo el tiempo junto a mi hijo, no he querido hacer lo mismo que otras familias, ya sabe, como en su propio caso, cuando su padre murió y en ese entonces el joven Rey Touya decidió alejarse de usted para evitar más atentados. Sé que la intención era buena, ¿pero alguno de los dos ha recuperado esos años? ¿De qué sirve que la amenaza pase si las familias terminan por desconocerse? –suspiró-. Aunque varias ocasiones he pensado que estaba haciendo de mi hijo un chiquillo consentido, preferí tenerlo cerca, no me importa si creamos un blanco más sencillo para conspiradores y traidores. Esto debe ser lo correcto. –Miró a Shaoran-. ¿Está usted de acuerdo con eso?

Pero el príncipe no pudo responder, todavía seguía digiriendo lo que acababa de escuchar.

-Alteza ¿se encuentra usted bien? Lo veo pálido.

-Claro, claro, no es nada, Kuzu, debe ser la luz de la ventana. Estoy bien. Si me disculpa, debo irme, olvidé que Yue quería hablar conmigo.

-Por supuesto, no le haré perder más el tiempo.

Shaoran se alejó con rapidez, sin poder creer lo que acababa de escuchar.

Esto no cambia nada, se dijo rumbo a las prácticas de arco de Paidai.

No valía la pena seguir pensando en eso. Así que siguió su camino y llegó a donde impartía sus lecciones, se tomó muy en serio eso de no pensar más en Touya y lo que acababa de "descubrir" y decidió concentrarse en lo primero que tuviera enfrente y eso era ese chiquillo Paidai.

Shaoran puso más atención en lo que el niño hacía y decía, y recordando lo que el barón Kuzu le había mencionado, se preguntaba si realmente se trataba de un niño que sólo se interesaba en lo que él quería, o si como decía Kuzu, era el maestro quien resultaba ineficiente.

Y gracias a esa meticulosa observación pudo darse cuenta que de algún modo u otro se había ganado la confianza del niño, significara lo que eso significara.

Cuando su maestro lo acompañaba para dejarlo ahora en sus manos, el niño actuaba con ese hombre de una manera distinta a como lo hacía con él.

¡Inclusive Yue parecía haberse ganado mejor su confianza que ese pobre y viejo maestro!

Shaoran no era de los que se quedaban con la duda y decidió preguntarle directamente al mocoso.

-Maestro Juro me enseña bien –respondió-. Pero sólo lo hace para agradar a mi padre. Usted no necesita agradarle a nadie, nosotros debemos agradarle a usted.

Algo dentro de Shaoran se retorció de culpa, pues precisamente para tener a Kuzu de buenas era que había decidido ser esa especie de "maestro" del niño.

-¿Quieres decir que no has escapado de mis lecciones porque soy tu príncipe? –Preguntó de todos modos-, ¡qué desilusión!

-Usted es bueno conmigo y me enseña bien.

Y fue todo lo que dijo. La conversación terminó, pero el interés de Shaoran por el niño continuó. Incluso se hizo más grande esa misma tarde, cuando al terminar la lección e iba hacia el castillo, olvidó decirle al chiquillo que debía llegar más temprano el próximo día, así que al regresar, escuchó por accidente una conversación de lo más singular entre Paidai y Yue.

-¿Por qué el príncipe está siempre tan enojado?

-Porque extraña su hogar.

Shaoran volvió sobre sus pasos, un poco sorprendido por lo que había escuchado. De entrada que Paidai hablara tan tranquilamente con ese frio caballero y de segunda que le hiciera una pregunta como esa al mismísimo rey de la hosquedad. Tal vez era cierto que Shaoran no era muy vivaz o sonriente, pero ganarle a Yue en el mal genio era de preocuparse.

¿Y qué pasaba con la respuesta que había dado el caballero? ¿Extrañar su hogar? Si, era cierto que quería volver lo antes posible, y sí, era cierto también que no pensaba viajar al extranjero, ¿pero de eso a extrañar? ¿Sentir nostalgia?

Suspiró. A quien engañaba. Tal vez no anhelaba volver a ver esas paredes de piedra, pero si añoraba volver a ver un par de ojos verdes sonreír.

Lo cierto era que no le importaba que Yue notara su añoranza, lo que más le preocupaba era lo débil que lo hacía ver. La debilidad nunca había sido una opción. Ni para él ni para Touya.

Era de las pocas cosas que compartían. Desde niños habían aprendido a no mostrar debilidad ante nadie, y esta lección era la única que había seguido aplicando después de que decidió no seguir con los estándares que su principado le exigía.

-Aunque por lo visto ahora sí que sigo las reglas –se dijo algo impresionado y fastidiado.

Muchas cosas había cambiado en muy poco tiempo y hasta ahora se estaba dando plena cuenta de ello. Apenas y había notado que la noche en la que se había comprometido con Touya, tiró de un minuto a otro todas las promesas que se había hecho a sí mismo de no dejarse enredar en los asuntos de la realeza.

-El Shaoran de hace un año se avergonzaría si supiera dónde estoy ahora y qué es lo que estoy haciendo –murmuró mientras abría las puertas de sus habitaciones, pero cuando las cerró a sus espaldas y se sintió seguro de estar solo, se preguntó qué haría al momento de volver a Ciudad capital. ¿Touya querría seguir usándolo de embajador? ¿Él aceptaría?

Agitó la cabeza de un lado a otro para alejar ese pensamiento y por ende, la decisión que debía tomar. Ahora se concentraría en engatusar a Kuzu; ya estando de vuelta en su castillo, y después de hablar con Touya, decidiría qué hacer.

Sin embargo, no volvió a dirigir ni uno solo de sus pensamientos a lo que había hablado con Kuzu esa mañana.

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Como todos los días, Paidai se levantó esa mañana, soportó a como pudo las aburridas lecciones de su seboso maestro, almorzó y se dirigió casi tan rápido como el viento directo al jardín trasero, donde el príncipe le enseñaba tiro con arco.

No se necesitaba mencionar que ésta era su parte favorita del día, eso hasta que vio la expresión del príncipe, mas hosca que nunca antes y más huraño que un sepulturero. Su guardián Yue se mantenía igual que siempre cerca de él, pero Paidai vio al caballero igual que todos los días, así que el problema lo tenía sólo el de sangre azul.

La lección empezó y terminó igual que siempre pero con cierta atmósfera de pesadez que hasta el niño pudo sentir, por eso en lugar de retirarse al terminar, decidió quedarse un poco más.

-¿Qué te falta niño? –preguntó impaciente Shaoran al verlo parado frente a él y sin intención de marcharse.

Paidai se encogió en su lugar, aunque le gustaba mucho la clase de arco, no podía negar que el príncipe a veces le asustaba un poco.

-Cuando mi padre tiene muchas cosas que hacer y apenas lo veo, voy al último lugar donde lo vi y me hace pensar que pronto hablaremos otra vez.

-No me interesa niño, por mí puedes hacer lo que tú quieras. ¿Para qué me dices esto?

-Pensé que tal vez usted extrañaba a su hermano mayor. Hace tiempo que no lo ve.

Shaoran bufó al pensar que esa estupidez pudiera ser cierta.

-No es así mocoso, y si lo fuera ¿tienes idea de cuantos días tengo que viajar para ir al último lugar donde vi al rey? Es una tontería.

El pequeño bajó los hombros derrotado, no había pensado en el fallo en su plan de intentar poner al príncipe de buenas.

-¡Podría entonces enviarle una carta! –exclamó esta vez convencido de que este consejo sería mejor que el anterior.

-¿Por qué insistes en pensar que quiero comunicarme con mi hermano?

-Si yo tuviera un hermano y no lo viera en mucho tiempo, también me sentiría triste. Justo ahora me siento triste de no tener uno siquiera.

-No sabes lo que dices mocoso. Los hermanos no siempre están unidos.

-El verano pasado viajamos a ciudad capital y conocimos al rey. Su hermano debe ser el mejor hermano de todos, estoy seguro.

-¿Por qué dices eso? –preguntó tratando de obviar el hecho que ni enterado estuvo de que el año pasado hubo invitados en el castillo principal.

-Un día durante la cena, mi padre preguntó por el hermano menor del rey, yo no sabía que el rey tenía un hermano. Le dije que yo también quería tener un pequeño hermano menor y el rey me dijo que si lo tenía algún día, debía ser fuerte para protegerlo y cuidar de él.

La carcajada de Shaoran resonó por todo el campo.

-¿Él dijo eso?

-Sí lo hizo.

-Pues olvídalo amigo, el consejo sería bueno si fuera dado por cualquier otra persona.

-Papá dice que el rey Touya es el mejor gobernante que hemos tenido en generaciones.

-Ese es el problema, Touya es un excelente rey, pone a su reino por encima de todo, incluso de sí mismo. ¿Qué esperanza queda para mí entonces si solamente soy su hermano? –Admitió-. ¿Entiendes lo que digo niño? No importa que sea el mismísimo regente del mundo entero, no es quién para dar ese tipo de consejos cuando él mismo no es capaz de seguirlos.

-¿Qué quiere decir con eso?

-Que estoy solo niño, no hay ningún hermano maravilloso. Parecemos un par de extraños viviendo bajo el mismo techo. Ese día Touya sólo pretendía darle una buena impresión a tu padre.

-Eso no puede ser así –insistió, primero con gesto desesperado hasta que, de la nada, volvió a clamarse y adquirir el gesto propio de un noble-. Tengo un pony llamado Bataslar.

Shaoran lo miró molesto ¿había escuchado una sola de las palabras que dijo?

-La primera vez que lo monté mi padre me sostuvo de los hombros –continuó el niño-. Yo estaba muy pero muy feliz, de verdad que sí, pero de pronto me dijo que me soltaría. Yo le rogué que no lo hiciera le dije que tenía miedo… -suspiró y miró a lo lejos- ¿sabes lo que me respondió? –Preguntó mirando a Shaoran negar con la cabeza-. Me dijo que confiaba en mí, que dejar sola a una persona no siempre significa que se le abandona, a veces significa confianza.

-Es una buena historia, pero no creo que sea lo mismo.

-¿Cómo puede estar tan seguro?

-Él nunca ha confiado en mí. Me lo ha dicho.

-Las personas mienten.

Por ese minúsculo momento, ninguno de los dos dijo nada, Shaoran incluso pudo escuchar el balanceo de las pocas hojas que aún conservaban algunos árboles. Miró al niño a los ojos, a esos azules y profundos ojos. Y lo odió. Odió a ese pequeño granuja, odió cada una de sus palabras y odió tener que hablar a diario con él y tener que escucharlo y tener que pensar después en lo que esa pequeña y maldita boca decía.

¿Qué tenía seis años? ¡Bah! Esa criatura diabólica seguramente tenía un problema de crecimiento porque ningún ser humano de esa edad podía decir las cosas que él decía.

-Creo que ya debo marcharme –dijo el maldecido chiquillo.

-Anda vete ya.

El niño no dijo nada más y el príncipe tampoco. Ambos se retiraron, uno fingiendo que se iba porque tenía mejores cosas qué hacer y el otro pensando en la mejor manera de convencer a su padre de enseñarlo a montar un real y genuino caballo.

A la mañana siguiente, Shaoran evitó al niño durante todo el día. Canceló la clase de arquería y se fingió enfermo para no bajar a almorzar con sus anfitriones. Sabía que ese comportamiento bien podía considerarse infantil, pero se excusó a sí mismo pensando que había pasado demasiado tiempo al lado de Paidai, sin embargo, pese a la poco elaborada mentira, para él era bien sabido que no aguantaría demasiado tiempo encerrado en esas habitaciones, así que decidió salir a dar un paseo.

Cuando vio a Yue acercarse pensó en pedirle que volviera por donde había llegado y lo dejara solo, pero lo que salió de su boca fue un "vámonos ya o en cualquier momento anochecerá".

Pronto se dio cuenta que Yue era una excelente compañía cuando necesitaba tranquilidad, no se sentía solo y tampoco era necesario decir ni uno de sus pensamientos, muy al contrario que con su amigo Yorito quien tarde o temprano lo hacía hablar de una u otra manera.

Así Yue lo acompañó en su camino, sin decir palabra alguna y al mismo tiempo sin alejarse de su lado. Hubo momentos en los que incluso Shaoran olvidaba que el guardia iba al lado suyo y sólo se lo recordaba el sonido de sus pasos al lado de él.

Era reconfortante, no podía negarlo, nunca antes había conocido a un hombre que irradiara ese tipo de paz, por lo que tranquilamente pudo ocupar su mente en las cosas que ese día lo ocupaban. En pocas palabras: Touya. Su mente por fin se había dado por vencida y ya no podía dejar de repetirse las palabras de Kuzu, ese supuesto acto que según el barón, Touya había realizado con el fin de protegerlo. Y tampoco lo abandonaba la infantil voz de Paidai, con esa insistencia de mostrarle un Touya bueno y tan secretamente preocupado por él.

-Son sólo suposiciones –se le escapó decir en voz alta-, sólo son suposiciones.

Y aunque la concentración en sus pensamientos era grande, aun así alcanzó a ver por el rabillo del ojo cómo Yue abría la boca y la volvía a cerrar, seguramente arrepintiéndose de algo que planeaba decir.

-Puedes decir lo que pensabas Yue.

-Mi señor, no creo que sea de mi incumbencia.

Shaoran se detuvo haciendo que Yue también tuviera que parar en seco.

-No soy mi hermano, Yue. No se cómo demonios sean las cosas con él, pero conmigo quiero que recuerdes esto: si pregunto qué es lo que quieres decir, es porque definitivamente quiero saberlo.

Yue asintió.

Era exactamente igual con el rey.

-Me preguntaba mi señor, si este repentino aislamiento de su parte es por todo lo que dijo el niño el día de ayer.

-Sí lo es.

-Lo que pienso realmente señor, es por qué se le dificulta tanto aceptar lo que es evidente.

El suspiro de Shaoran llegó fácilmente a sus oídos.

-Te diré por qué -. Respondió recomenzado el andar-. Es porque han sido muchos años repitiéndome algo que creía seguro y verdadero, tantos, que ahora, si de un momento a otro veo cambiar las cosas, ya no estoy seguro a qué aferrarme.

-Quiere decir eso que…

-¿Si quiere decir que creo en lo que me dijo Kuzu? ¿En lo que ese tonto niño que nada sabe de la vida intenta enseñarme? –Rio sin ganas-, ¿tú lo creerías, Yue?

-Desde mi posición, sí.

Shaoran lo miró con recelo.

-¿Qué tan cercano eres a Touya?

-Lo suficiente para saber que lo que hizo, lo hizo con la intención de hacer lo correcto. Nadie pensó en ese entonces en las consecuencias a largo plazo que esas acciones traerían.

Y no es de mucha ayuda que ambos sean igual de testarudos, agregó mentalmente.

-¿Es entonces verdad? ¿Todo es verdad?

Yue se mantuvo en un silencio que para Shaoran fue como si una gran respuesta afirmativa se formara en el rostro níveo del guardia.

-He tenido esta idea por tanto tiempo –continuó Shaoran-, que no importa cuántas personas digan lo mismo, igual resulta difícil aceptarlo. Por otro lado, y para ser sincero, esto es lo que una gran parte de mí siempre quiso escuchar y la verdad es que ni siquiera sé por qué te estoy diciendo todo esto –miró a Yue quien permanecía sereno y con la vista en el camino-. Hay una última cosa Yue, que quisiera saber. Si yo te preguntara si es que tú sabes o al menos deduces la razón o motivo de este viaje, y no hablo de la llegada a este lugar, sino de toda esta caravana sin sentido… ¿qué responderías?

-Mi señor, no pretendo traicionar la confianza del rey ni tampoco declinar mi lealtad con usted. Respondería que sí, conozco la razón, y además de eso, puedo también decírsela.

La sonrisa que llagó a los labios del príncipe fue triste pero aun así sincera.

-Algo me dice, que no me gustará dicha razón.

-Mi señor, creo que usted ya la sabe.

-Sólo lo sospecho. Pero anda, necesito oírlo también.

-El rey desea que usted entienda, que lo comprenda, y por esa razón lo ha enviado con las personas que podían lograr que eso pasara.

Algo parecido había anidado en la mente del príncipe, sin embargo, no con las mismas palabras que usó Yue. Shaoran ya había notado esa interesante coincidencia: el que de sus dos anfitriones uno de ellos fuera la imagen predilecta del soldado fiel a su benévolo y justo rey; y el otro, un terrateniente orgulloso y satisfecho de su líder monarca. Sin embargo, nunca habían cruzado por su cabeza las palabras "comprender" y "Touya" juntas. Más bien había imaginado que la intención de su hermano era convencerlo, crearle ideas a su conveniencia, incluso hasta pensaba en que quería engañarlo, engatusarlo...

-Kuzu y Ruhl ¿Ellos saben de esto? ¿Saben que deben dejar bien parado a Touya ante mis ojos?

-No.

-Yue necesito la verdad.

-La verdad es la que le doy, mi señor.

Yue también podía ser parte de todo esto, nadie le aseguraba que todo fuera la verdad absoluta, después de todo, Yue era un hombre de Touya, había estado bajo sus órdenes antes de estar bajo las de Shaoran, nadie podía asegurarle nada.

Pero aun así… le creyó.

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El Oráculo no tenía idea que ese sería el comienzo de todo.

Touya apenas y la había visitado tres días atrás, por lo que esperaba que este fuera otro día en soledad igual a los demás. Por ende, tomó sus pinceles, sus pinturas y se dirigió a su "estudio" donde esperaba pasar gran parte del día entre manchas y colores.

Decidir qué es lo que empezaría a pintar no fue algo que tomara demasiado tiempo, pues desde días atrás ya lo tenía en mente: los ojos profundos y castaños del príncipe. Esos ojos le causaban cierta inquietud. Desde hacía mucho sabía que las personas poseían distintos colores de ojos unas de otras, gracias a que su propio reflejo le mostraba un verde brillante mientras el par del rey ostentaba un café penetrante. Sin embargo no sabía que podía haber distintos tipos de verde y de café, hasta que conoció los ojos del príncipe, pues estos poseían un tipo de café que una vez observó en las hojas de los árboles durante el otoño muy al contrario de los del rey que se acercaban más al tono de su robusto tronco.

Aunque este descubrimiento lo había hecho ya hacía meses atrás, lo cierto era que hasta ahora se había autoimpuesto el reto de replicar el castaño exacto de los ojos de su príncipe. Tenía planeado que cuando volviera de su viaje se lo mostraría, y seguro habría sido una agradable sorpresa para él si no fuera porque estaba ahí parado frente a ella, observándola con esos ojos que ya no pintaría, o al menos no ese día.

-Hola –dijo haciendo una inclinación casi imperceptible con la cabeza.

El Oráculo abrió la boca pero ninguna palabra salió de ella, nunca terminaría de acostumbrarse a esa manera imprevista de aparecer del hermano del rey.

-Llegué el día de hoy –agregó él ante el mutismo de la mujer.

Sakura entre tanto, seguía algo impresionada, el día que el príncipe dejara de sorprenderla el sol dejaría de brillar y la luna perdería su palidez.

-Fueron casi ocho días de viaje –siguió insistiendo el príncipe, desesperado por sacar cualquier tema que la hiciera hablar. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que escuchó su voz…

Final y afortunadamente para el príncipe, Sakura pudo al fin salir de su sorpresa y sonrió con esa boca rosada y blancos dientes que el príncipe soñó tantas noches.

-Bienvenido –dijo todavía sonriente-, yo… no lo escuché entrar.

Cosa realmente rara, pues ella era particularmente buena en percibir aquellos sonidos que no fueran provocados por sí misma.

-Quería sorprenderla –respondió con una mueca ladina.

-Ha tenido un rotundo éxito.

-¿La he interrumpido? –preguntó después de un corto silencio y lanzando una mirada a los pinceles en las manos de la adivina.

-¿Esto? Puede esperar –dijo dejándolos sobre una mesa cercana-, preferiría que…

Shaoran no esperó a que terminara y en apenas un parpadeo ya estaba un paso frente suyo, la tomó de la mano y tiró de ella.

-Tengo muchas cosas que contarte –sonrió y comenzó a avanzar tirando de ella- pero no aquí. Vamos.

Y ella se dejó llevar, después de tantos meses sin escuchar las historias del príncipe, sería una tonta si no aceptaba cualquier tipo de condición que este propusiera. Y no le sorprendió en lo más mínimo que los pasos del hombre la guiaran hacia las grandes puertas de madera que la separaban del mundo, donde le entregó un par de botines y un abrigo grueso.

-Hace frío afuera –dijo él-. El invierno aún no termina.

Por un momento el Oráculo se preguntó si esto se volvería también una costumbre para ella y la respuesta llegó cuando aceptó de buena gana los zapatos y el abrigo: sí.

Ahora entendía por qué el príncipe abandonaba la comodidad del castillo a cambio del desconcierto del exterior. No era sólo por lo que podía ofrecer el mundo. Era además la emoción del escape, de ocultarse entre las sombras, la adrenalina de saber que en cualquier esquina alguien giraría en la dirección adecuada y los atraparía… Esa… esa podría bien ser una de las mejores partes de todo lo que implicaba salir de esas paredes.

Sin embrago, para alguien como ella, el cielo sobre su cabeza y el helado viento del exterior que la recibió acariciándole las mejillas, no debía jamás menospreciarse, la primera calada de aire libre para el Oráculo era siempre revitalizante.

-El Jardín de los Manzanos –dijo el príncipe-, aquí vengo cuando quiero estar solo.

Y Sakura se dio cuenta que ella vendría sólo cuando él no quisiera estarlo.

-¿Habías venido antes a éste jardín?

-Muy pocas veces.

-Se supone que este es mi jardín personal.

-Entonces… yo no debía…

-En teoría soy el único que puede entrar, pero es un hecho que Touya se aseguró antes que yo no estuviera en el castillo cuando tú salías aquí-. La miró. –Te ves feliz.

-Me gusta este lugar.

-¿No preferirías salir realmente? Hablo fuera del castillo. Seguimos estando dentro de los terrenos, esto no cambia nada para ti.

Ella negó con la cabeza.

-Atravesar esas puertas para mí ya es suficiente.

-Te conformas con demasiado poco, la próxima vez te llevaré al bosque de las afueras.

Ni siquiera se molestó en rebatir eso, había aprendido que lo que Shaoran se propusiera, eso haría. Con lo que no estaba muy segura, era si esa promesa de salida le alegraba o preocupaba. Sí, era verdad que había soñado infinidad de noches que salía del castillo, pero también estaba la otra parte, aquella que le murmuraba bajito al oído y le decía que no estaba bien, que no debía volverse otro problema más para Touya.

Ella, quien sabía perfectamente lo mucho que se preocupaba el rey cada vez que su hermano desaparecía del mapa, era la persona menos indicada para planear huidas como ésta.

-¿No le parece que el bosque de la afueras es algo retirado? –preguntó, ahora sí, intentando hacer declinar al príncipe de su oferta. -Alguien podría verme.

-Después de tantos días de viaje, un par de horas de camino ya no son nada. Y preferiría que ya no me trates tan formal, si no te importa. Después de todo, nadie vigila si seguimos o no las normas.

-Creo que hablarle así es la única norma que hemos seguido correctamente.

Shaoran rio.

-Tienes razón –la miró con picardía-, ¿no es esa otra razón para no hacerlo? Si hemos de hacer todas estas cosas a espaldas de todos, hagámoslo bien.

Y fue en ese momento en el que Sakura comprendió por qué Touya algunas veces sonreía al decir que su hermano era un caso perdido, y además de eso, también se preguntó si alguna vez no deseó el ilustre rey acompañar a su descarriado hermano en alguna de sus tantas aventuras.

-¿Y bien? –insistió.

Sakura se encogió en hombros ante la pregunta. De todos modos a Touya tenía años de hablarle del modo que a ella le pareciera.

-Tomaré eso como un .

-Ahora bien… ¿qué era todo aquello que ibas a contarme?

Shaoran sonrió al escucharla. Ella también sonrió, era fácil hablarle así a él.

-Conocí al hombre más gélido sobre la tierra… -comenzó y no se detuvo. Ni siquiera cuando el cielo pasó de su acostumbrado azul a un suave anaranjado, ni siquiera cuando el cielo anaranjado se convirtió en un manto negro que lo cubrió todo, ni siquiera cuando se dio cuenta que bien podía pasar la noche entera hablando para ella.

X-X-X-X-X-X-X

Ya entrada la noche; cuando Touya terminó sus obligaciones como monarca y se vio solo y tranquilo en la inmensidad de su cámara, tuvo tiempo de pensar con calma, acerca claro, de su muy discutido hermano.

Había cambiado, de eso no tenía duda. Al principio había dudado, sobre todo cuando supo que se negaba a viajar a Ailes. Sin embargo, casi se cae de espaldas cuando detrás de él entró al castillo toda una escolta llena de hombres que claramente le ofrecían lealtad a su hermano, siendo que había salido acompañado apenas de un hombre que si bien cumplía la orden de ser su guardián, no lo había hecho con toda la alegría del mundo.

-¿Has cambiado de opinión Yue? –le había preguntado ese mismo día cuando el caballero reportaba las avenencias del viaje.

-Obedecí sus órdenes majestad. No tengo por qué cuestionar nada que usted mande.

-Pero quiero saber, Yue, si es tan malo ser guardián del príncipe como lo creíste en un principio.

-Majestad yo no…

-No hay necesidad ni caso alguno de ocultarlo, sé que preferías que cualquier otro hiciera el trabajo.

-Entendí en su momento la importancia de la situación, majestad. Pero si he de ser abierto con usted, el príncipe hoy en día es un hombre al que seguiría a donde sea que fuere.

-Con eso me basta Yue. Gracias.

Y no sólo había sido esa conversación con el escolta, la misma actitud de Shaoran era menos ruda o al menos así lo sintió cono ese "hola Touya" que recibió como saludo de su hermano. Que para el rey había sido mejor que cualquier reverencia o alabanza. Hacía años que Shaoran no le hablaba con tanta soltura.

Se preguntaba si al fin lo había perdonado. No sabía si había sido mala o buena suerte que Yukito lo hubiera obligado prácticamente a regresar sus deberes sin antes hablar claro con Shaoran, pero lo que sí sabía era que al menos para él si había sido una especie de alivio porque sentía que esta era la última oportunidad que tenía para entenderse con su hermano y tenía miedo que nada de lo que había planeado funcionara como se suponía debía de ser.

-Él también se veía algo incómodo –le había dicho Yukito-, pensé que sería bueno que ambos digirieran las cosas por separado. Tienen mucho tiempo de no verse.

El rey se puso de pie al recordar las palabras de Yukito. Él ya lo había digerido, y si Shaoran no estaba listo ahora no lo estaría nunca, el error había sido alejarse de él y lo estaba volviendo a hacer.

-No cometeré el mismo error dos veces –se dijo saliendo hacia las habitaciones de Shaoran, esperando encontrarlo ahí.

Bien podía haberlo mandado llamar con otra persona, pero ya era suficiente de distanciamientos, uno de los dos tenía que dar el primer paso y era obvio (y entendible) que Shaoran no iba a hacerlo.

Así que no dudó y alargó la zancada por lo que en lo que le pareció un parpadeo ya se encontraba frente a las puertas de su hermano.

Tocó tres veces y esperó. No hubo respuesta. Tocó otras tres veces y pudo escuchar pasos del otro lado acercarse para después ver las puertas abrirse ante él.

-¿Touya? –Exclamó un Shaoran sorprendido- ¿qué haces aquí?

-Tenemos que hablar.

El ceño del hermano menor no pasó desapercibido para el rey.

-¿Qué tal si lo dejamos para otra ocasión? –e hizo el amago de cerrar la puerta.

-Hablaremos –repitió Touya poniendo la mano sobre la pulida madera–. Quítate de en medio y déjame pasar.

-Como tú quieras –se encogió de hombros restándole importancia y le dejó libre el paso. Estando ambos dentro, Shaoran se dejó caer en uno de los sillones que tenía de recibidor.

-Tú dirás –apremió.

Touya también tomó asiento, pero con menos desfachatez que su joven hermano.

-La pregunta de inicio pienso debería ser ¿cómo te fue en tu viaje?

-Bien.

-¿Bien?

-Sí, sí, bien –repitió indiferente.

-Dime entonces qué es lo que hiciste con las conspiraciones de Ruhl.

Y entonces algo inaudito pasó. Algo que ni en los sueños más inverosímiles de Touya podía llegar a suceder: Shaoran se rio.

Shaoran se estaba riendo por algo dicho por Touya. Y no era una risa de sarcasmo (esas que tanto le gustaban a su hermano), ni tampoco una risa fingida. Era una reacción natural a algo que le provocaba diversión.

-Está loco –dijo después de su pequeño acceso de risa-, creía que planeaba matarte y quedarme con la corona –dejó salir un resoplido de incredulidad-, ¿puedes creerlo? Yo. Ambicionar tu puesto.

-Siempre es bueno saber que hay uno menos detrás de mi cabeza.

-Oh vamos. Todo el maldito reino te adora –se enderezó en su lugar y se inclinó hacia adelante-. ¿Sabes? Me di cuenta de otra cosa. Nadie parece saber nada de mí. ¿Acaso has ocultado el paria que tienes como hermano?

-La gente será siempre lo más importante para nosotros. Tú siempre has sido mi punto flaco.

-¿Te molesta demasiado que ensucie tu imagen de líder justo y entregado?

-En parte.

Shaoran sonrió. Algo que le agradecía a Touya era que nunca intentaba ocultarle las cosas. Podía decirle abiertamente cualquier cosa. Claro que siendo rey, no tenía por qué tener consideraciones con nadie.

-Pues te felicito. Porque has podido ocultar mis tonterías con éxito. A excepción de Ruhl y todos los generales que me conocen personalmente, claro. ¿Cómo hiciste para convencerlos de cerrar la boca?

-Algunos de ellos fueron quienes me dieron el consejo, aunque en ese entonces todos creíamos que tarde o temprano dejarías esas estupideces de lado. Casi llego al punto en el que creía que nunca madurarías.

Shaoran se mordió la lengua. Según la perspectiva de Touya, se suponía que todo este viaje lo había hecho porque había cambiado sus "viejas costumbres" y sin embargo él no se sentía muy diferente. Y lo había comprobado perfectamente esa tarde cuando salió clandestinamente a los jardines junto al Oráculo.

-Yo no me haría muchas ilusiones –confesó.

-Permite que te recuerde que esto sólo era para ver si sabías seguir órdenes o bajabas la cabeza ante la primera oportunidad.

-Pero… me negué a ir a Alies, supuse que eso significaba que…

-¿Que te desharías de tu redefinido sentido de la responsabilidad? –bufó-. No será tan fácil. Ailes fue un error desde el inicio, iba a pedir tu regreso antes de que iniciaras el viaje.

-¿Pedir mi regreso? Hablas de Yue, por supuesto.

-Así es.

-Él era quien te mantenía informado de todo cuanto pasaba mientras estuve fuera.

-¿Te sientes traicionado?

Shaoran se encogió de hombros. Ya sabía con quién estaba la lealtad de Yue y si bien aún le profesaba a su hermano la necesaria, Shaoran era ahora la prioridad para el guardia.

-Hablando de Yue, tengo algo que preguntarte.

Touya hizo un además de manos para que continuara.

-¿Yue se quedará conmigo?

-¡Ah! ¡Con que te has enamorado de él!

-¿Se puede saber de qué demonios hablas?

-Tranquilo –se burló-. No lo decía de manera literal, genio. Yue es de los mejores hombres que he conocido, ¿realmente lo necesitas?

-Confío en él.

Touya asintió. La confianza en la gente que los rodeaba, estando en la posición en la que ambos estaban, era una de las cosas más importantes.

-¿Y él corresponde a tus sentimientos?

-¿Quieres dejar de usar esa metáfora?

Touya levantó ambas manos dando a entender que ya se detenía.

-Creo que a él no le molestará –respondió finalmente el príncipe-, pero es difícil saber si está enojado o feliz.

-Eso ya lo creo –coincidió el rey-. Bien. Puedes quedarte con él entonces.

Shaoran se rebulló en su lugar, algo molesto de la forma en la que Touya se había referido al caballero, como si fuera alguna cosa y no una persona.

-Estaría únicamente bajo mis órdenes –corroboró.

-¿Temes que lo use de espía?

-No. Sólo quiero dejar claras las cosas.

-Será tu caballero, listo, de todos modos debiste tener uno desde hace años.

Shaoran arrugó el ceño. Había allí una cosa más a la que se estaba encadenando.

-Zanjado el tema de Yue, ¿qué hay con los hombres con los que llegaste? Cuánto tiempo se quedarán aquí.

-Hasta que yo les diga que se vayan.

-¿Ruhl no los necesita? Son parte de su armada ¿no es cierto?

-No. Realmente no.

Las cejas de Touya se juntaron en un gesto de inconformidad.

-Explícate –dijo molesto, pues la sonrisa que acababa de cubrir el rostro de su hermano no le gustaba nada.

-Son mis hombres –dijo de una manera tan natural, como si la pregunta hubiera sido acerca de sus botas.

¿Qué? ¿Estas botas? ¡Pues claro! Son mías, sin duda.

-¿Ruhl te cedió parte de su armada?

-¿Debo repetir de nuevo que no son de su armada? –Bufó molesto-, nunca fueron totalmente sus hombres…

Y comenzó a explicar cómo había sido él quien estaba a cargo de condicionar a los hombres que el día de hoy habían llegado junto a él y cómo Ruhl le había dado el consejo de mantenerlos cerca suyo.

-Creí que Ruhl te haría la vida imposible, veo que me equivoqué.

-Sí, puedo notar tu desilusión.

-No entiendo de qué me estás hablando.

-Tal vez te creería si no estuvieras sonriendo de esa manera.

-Sea lo que sea, al menos agradece que Kuzu no fue ningún tirano con el pobre y maltratado príncipe.

-Con Kuzu no tuve problema, pero su hijo no se me quitaba de encima para nada.

-¡Ah! El pequeño Paidai. ¿Sigue igual de listo? Si no fuera por su tamaño juraría que ese demonio tiene más años de los que jura.

Shaoran no respondió a eso, pero recordó todas esas cosas geniales y maravillosas que el niño había dicho acerca de Touya.

-¿Bromeas? Es un pequeño idiota, no sabe juzgar a las personas.

El rey se encogió de hombros.

-¿Bajarás a comer?

-Creo que no –respondió el príncipe sin notar el gesto de decepción en su hermano, pues en ese momento alejó su mirada hacia uno de los pasillos que conectaba con las demás habitaciones-. Estoy algo cansado –continuó regresando su atención a su hermano-. Me quedaré.

-Está bien –dijo poniéndose de pie-. Te dejo entonces para que descanses.

Shaoran hizo un movimiento con la cabeza como despedida, y aunque lo correcto hubiera sido que se pusiera también de pie, ese gesto, aunque no amable del todo, le daba esperanza al rey, además de valer mucho más que cualquier reverencia que se le haya dado en el pasado. Y así, sin decir más, pues no quería decir o hacer algo que volviera a molestar a su hermano menor, o que retrocediera todo lo que al parecer habían avanzado, se marchó sin mayor preámbulo.

Shaoran desde su puesto lo siguió con la vista hasta que la puerta se cerró detrás de del rey, fue entonces que dio un suspiro.

-¿Por qué no quisiste ir con él? –Preguntó un voz delgada al fondo del pasillo, el mismo que momentos antes había capturado la atención del noble-, realmente no estás cansado, acabas de decírmelo.

-Sería una grosería irme y dejarte sola –y al contrario que con su hermano rey, esta vez el príncipe si se puso de pie al verla aparecer por el umbral-. Además, pensé que tendrías hambre y querrías comer conmigo.

-Te lo agradezco, pero ya he tenido tus atenciones toda esta tarde, y Touya también te ha extrañado mucho.

-¿También? –Sus ojos brillaron con una chispa traviesa-, ¿tú me extrañaste igual?

Las mejillas del Oráculo se tornaron de un gracioso color rojo granada, el príncipe nunca la había visto tan linda como en ese momento.

-Bueno… yo… ese no es el punto. Hablamos de Touya. El también merece tu compañía.

Pero Shaoran no quería abandonar el tema, sobre todo después de los días que se pasó con la duda si ella pensaba en él durante su ausencia.

-Yo si te extrañé.

Pero al contrario de lo que imaginó, las mejillas de su interlocutora volvieron a su color original y volvió a su estado de normalidad completa.

-Con todas esas cosas que hiciste y viste en tu viaje, no creo que tuvieras mucho tiempo de pensar en mí –respondió.

-Cada día tengo un pensamiento dirigido a ti.

Si el Oráculo fuera una persona común, alguien que interactúa con distintas personas, tal vez habría notado la clara insinuación en esa frase salida de quién sabe dónde.

Pero como no era así…

-Pensar en mí debe ser muy aburrido. Touya una vez también me dijo algo parecido.

-¿Lo hizo? –preguntó, pero igual el Oráculo no notó la frialdad de su voz al hacerlo.

-Sí, dijo algo parecido… ¿Sabes? Tú y él se parecen mucho.

El príncipe hizo una mueca de dolor.

-No tan rápido.

-No comprendo, a qué te refieres.

-¿Escuchaste todo lo que hablamos hace un momento?

Ella asintió.

-No recuerdo la última vez que hablamos tanto tiempo sin un insulto de por medio.

-¿Y ahora es distinto?

-He decidido tratar de llevar las cosas en paz con él –dijo encogiéndose de hombros-, ¿pero de ahí a aceptar que somos parecidos? –Agregó levantando una ceja-, para eso necesito más tiempo.

-No es posible que hasta hoy no hablaran con soltura.

Shaoran trató de aparentar que su gesto de preocupación no le afectaba.

-Nunca fuimos muy unidos.

-Lo sé, Touya me lo contaba, pero nunca le creí del todo. Pensaba que era tonto tener un hermano y no hablar con él. Al menos yo lo haría.

Otro golpe bajo para el príncipe, no podía intercambiar unas cuantas palabras con esa mujer porque en cualquier momento lo hacía quedar como la peor mierda del planeta.

-¿Puedo saber el motivo que te orilló a tomar esa decisión? –preguntó la mujer al ver que el noble se quedaba en silencio.

-¡Qué sé yo! El maldito infeliz merece una oportunidad.

Ella hizo una mueca ante su vocabulario.

-Eso sin contar que acepté de buena gana el lavado de cerebro que ordenó darme –continuó el.

-¿A qué te refieres?

-En mi viaje conocí gente que apoya con uñas y dientes a tu querido rey. Recibí cierta cantidad de estimulaciones para apreciar mejor a mi hermano.

-Él quería otra cosa. Quería acercarse a ti, pero no sabía cómo hacerlo.

-Pues su método fue demasiado elaborado, además de… espera, lo dices como si estuvieras segura de ello. ¿Tú estabas enterada?

-Días después de tu partida Touya me dijo lo que pretendía. ¿Te molesta?

-No, no me molesta.

Y era cierto, no le molestaba el hecho de que ella supiera algo tan privado, lo que le inquietaba un poco, y sólo un poco, era la confianza casi total que parecía tener Touya con esta chica como para hablar acerca de sus problemas familiares.

-El problema con Touya es que no sabe cómo expresarse contigo –continuó ella ajena a los pensamientos de él.

-Cuando nos vemos no parece tener problemas de comunicación.

-Dice que lo rechazas.

-Bien, lo admito. Pero también es verdad que me saca de quicio todo el tiempo, y lo disfruta, además de todo.

-Sé que Touya en ocasiones puede ser molesto… -comenzó, e ignorando el resoplido del príncipe continuó-: pero algo que he aprendido, es que Touya demuestra su cariño molestando a las personas.

-Debo ser muy querido para él porque ha sido una molestia toda mi vida.

-Tú lo has dicho.

-¡No lo decía de manera literal! –refunfuñó.

-Me costó un poco de trabajo averiguarlo, sobre todo porque él era la única persona a quien yo conocía, así que no sabía si esa actitud era normal. Pero con el tiempo se va haciendo evidente, cada vez que hace un comentario insidioso sonríe, o se rasca detrás de la oreja.

-¿Rascarse la oreja es sinónimo de cariño? –inquirió con un gran tono de sarcasmo en su voz.

-Cuando él se rasca la oreja quiere decir que está contento –respondió ella con toda la seguridad del planeta.

-Pero que interesante. ¿Y cómo sabes, por ejemplo, cuándo estoy yo contento? –preguntó junto a una sonrisa de superioridad.

-Bajas tus hombros –respondió tan rápido que le borró la sonrisa al príncipe-. Todo el tiempo pareces estar esperando que algo ocurra, como si de pronto alguien te fuera a atacar, pero en ocasiones bajas tus hombros, te relajas y sonríes. Es ahí cuando sé que estás feliz.

-¿Además de ver el futuro puedes también leer los pensamientos? –preguntó esta vez sin pizca de ironía, al contrario, se notaba su seriedad en cada palabra.

-Sólo observo. Y escucho.

-Escucha esto entonces. Ya no tendrás que imaginar cuál es o no un comportamiento normal, porque yo te sacaré de aquí, te llevaré afuera y te mostraré lo que es el verdadero trato con las personas.

Porque ya estaba cansado, cansado de tener que contar con pelos y señales las costumbres de la gente del exterior, y porque sabía que no era justo que las únicas personas con las que esta mujer era capaz de tratar fueran un par de idiotas como lo eran él y su hermano.

Sabía bien que podía hablar durante horas sin descanso y tenía la completa seguridad que Touya también, pero de eso no se trataba, lo único que hacían era recordarle todo de lo que ella carecía, aquello que desconocía y jamás tendría.

Pues bien. Eso se acabó. Ya no tendría que contarle nada, pues ella misma lo experimentaría.

Porque esa mujer de mirada inocente no se merecía historias, ni siquiera las imágenes en los cuadros que ella misma se fabricaba. A ella le debían la vida misma.

-Te enseñaré lo que es vivir, te lo juro –insistió.

Y aunque el Oráculo quisiera responder de alguna manera ingeniosa o graciosa, simplemente se quedó callada, porque ella deseaba eso que el príncipe le prometía tanto o más que él; pero también sabía que no era lo correcto. Y así, en medio de esa confusión de pensamientos, no se percató en qué momento exactamente comenzaron a salir lágrimas de sus ojos, y no sabía además a qué se debía aquello hasta que la opresión en su pecho, el cosquilleo en el estómago y el temblor en sus rodillas, al fin le advirtieron que todo se trataba de tristeza, agradecimiento y miedo. Todo al mismo tiempo.

Porque el Oráculo sabía la importancia que esa propuesta conllevaba, cosa que al parecer el príncipe ignoraba.

-No sufrirás más esta soledad –se apresuró a decir el príncipe al ver alarmado el caudal de llanto que emulaban los verdes ojos de la mujer frente suyo-. Yo estaré contigo. –Se aceró y la rodeó con los brazos, ella simplemente se mantuvo quieta-. Te llevaré a lugares que nunca imaginaste, verás y hablarás con tontos, locos, sabios, despiadados y gentiles. El mundo ya no se esconderá de ti, ya no más.

Y aunque ese abrazo y palabras pretendían ser de consuelo y esperanza, Sakura no lo veía así del todo.

Porque llegaría un fatídico y temido, un maldecido día, en que esas palabras perderían su validez. Llegaría el momento que Shaoran ya no aparecería tras esas puertas con su mirada adusta y su decisión que rayaba en la terquedad, con su voz profunda con la que contaba esas maravillosas historias del exterior, con su rostro serio y amable al mismo tiempo; llegaría el día en que Sakura volvería a quedarse sola.

Fue entonces, en ese momento, que se dio cuenta: no le importaba.

Aprovecharía la oportunidad y disfrutaría de su príncipe rebelde y su buena intención de ayudarla, disfrutaría de ese sueño en el que había caído, durase lo que durase, aun y cuando en cualquier momento llegara el despertar y la abofeteara en la cara con su dolorosa realidad… pero aunque ese día llegara pronto, aunque llegara la semana próxima, aun así quería vivirlo, quería por una vez en su existencia, saber exactamente lo que significaba vivir.

Al menos así, en el futuro sombrío que le esperaba, ese en el que en príncipe no volviera más, tendría algo a lo que aferrarse, recuerdos a los cuales recurrir en sus horas de soledad.

-Gracias –susurró por lo bajo y apoyo la húmeda mejilla en el hombro de su príncipe-. Gracias.

Shaoran la sostuvo con más fuerza al escuchar su voz quebrada, verla llorar era algo que no había imaginado antes y esperaba que en un futuro no volviera a pasar, o al menos no por causa suya.

Pero lágrimas y promesas autoimpuestas abandonaron su mente en el momento en que unos brazos delgados le rodearon la espalda.

Ella lo estaba abrazando.

Fin del capítulo

¡Si lo sé! He tardado demasiado en actualizar y no merezco sus disculpas. Y no están ustedes para saberlo ni yo para contarlo pero casi muero de exceso laboral (por favor no me odien!), la buena noticia es que ya volveré a tener mi horario normal y la mala es que… bueno no hay mala. La mala es que estando en este punto ya acabaron de leer y ahora tienen que esperar hasta el siguiente capítulo.

Valió la pena la espera? Les gustó? Alguien vota por que haga un dibujo de ésta última escena? (jajaj si claro comprométete con más cosas que hacer, como tienes tanto tiempo libre), any way… los dejo con la lectura, prefiero terminar de escribir estas breves notas lo más rápidamente posible para subir esto más pronto.

¡Pero antes…!

Quiero agradecer a María-chan por haberle dado el visto bueno al capítulo y darme esos excelentes comentarios que me ayudaron mucho (¿qué te parecen los cambios que hice?) Gracias María-chan, que tal si de ahora en adelante te doy el trabajo de leer mis capítulos antes de publicarlos? (siento que debí hacer esto hace mucho) ¿si puedes? ¿si?

Pues bien, los dejo. Nos leemos hasta la otra!

¡Que tengan felices lecturas!

Avances del próximo capítulo: Sakura decide dejarse guiar por los instintos más primarios y Shaoran no se detendrá hasta estar seguro que experimentará cada aspecto de una vida normal, o todo lo normal que él pueda ofrecerle. Touya no puede estar más satisfecho por ver la mejora en el genio de su hermano, sin sospechar a causa de qué o quién se debe realmente. ¿Seguirá ajeno el rey a lo que sucede en su propio castillo?

Próximo capítulo: Libres