CAPÍTULO 3:

MERIENDA DE MEDIA NOCHE.

Hola! Como prometí, hago entrega del tercer capítulo de esta historia; este capítulo sirve como puente entre el 2 y el 4, así que es emocionalmente corto, pero espero que ansíen leer la continuación del martes ;), disfruto enormemente sus comentarios así que háganlos llegar por favor, siéntanse libres de hacerme preguntas y con gusto responderé.

Con la tensión de la visita de Maléfica aún en el ambiente, Regina decidió que Emma volvería, tal vez indefinidamente al cuidado de Drizella, tenerla cerca no la ayudaba a pensar y aunque la angustia en su llanto resonaban en las paredes, su orgullo y terquedad le superaban encerrada en sus habitaciones, era claro que Maléfica no había hecho mas que conflictuar su modo de pensar muy a pesar de que su sentir se mantenía intacto, el hacerse cargo de la pequeña tenía un sentido profesional, la resguardaba como venganza y no había nada bueno, considerado ni tierno en eso, sin embargo algo en la inocencia o que a su lado se sentía útil y necesaria, Emma no conocía su pasado, no le importaba lo que hubiera hecho, ella solo era feliz de tenerla, eso era algo que nadie le había dado y aunque estaba claro que lo que menos necesitaba era una nueva enemiga y menos una con la fuerza y carisma suficiente para poner a los habitantes del bosque encantado en su contra, Maléfica tenía las bases para opinar y Emma mucho más potencial en un solo dedo del que su madre había logrado acumular en toda su vida y el hecho de tenerla -al menos por ahora- le encantaba.

Los días pasaron tal vez demasiado lento mientras se debatía con el eco del llanto extorsionándola, volviendo cada cavilación mas angustiosa; odiaba tener que decidir sola, sin embargo no era algo que alguno de sus sirvientes, ni siquiera Graham pudiera comprender y no fue hasta semanas después, llenas de indecisión que pudo ver, muy a su pesar de que había estado en lo correcto desde el inicio y estuvo lista para dar a conocer el veredicto:

-Emma se va a quedar en el palacio. -Expresó en voz alta y clara desde la cima de las escaleras mientras todo el personal observaba. -Dado que ella lleva bastante tiempo aquí, supongo que no es una sorpresa. -Paró... dudando un poco de lo siguiente que diría. -Todos acatarán sus órdenes y estarán a cargo de su bienestar cuando yo no me encuentre, hay un gran retraso en mis diligencias y no voy a permitir que se siga calumniando mi persona. -Suspiró con suavidad, la seguridad en su voz ahora era inminente. -Las habitaciones cerradas frente a las mías deberán ser preparadas para ella de inmediato. Vuelvan a sus trabajos. -Automáticamente observó a la pequeña que había ignorado incluso mientras hablaba, ahí estaba a los pies de la larga escalera de mármol, todos despejaban el recibidor pero ella se mantenía a la expectativa en los brazos de Drizella, no lloraba, solo miraba y esperaba, sus enormes ojos que se habían terminado por definir en un verde olivo se fijaban en los suyos y una apenas perceptible expresión de rencor se dibujaba en sus diminutos labios.

Regina tragó saliva y bajó las escaleras acompañada por el sonido de sus botas marcando cada peldaño. -¿Lista para volver? -Le preguntó con la mirada fija en la niña y le hizo una breve reverencia antes de recibirla en brazos. -Eres demasiado pequeña para recordar esto, demasiado pequeña incluso para estar tan molesta conmigo. -La reina le hablaba con claridad mientras caminaba con ella en brazos a través del palacio y hasta los jardines. -Emma, tú y yo pasamos mucho tiempo juntas, considero importante mantener limites claros, lo hablamos hace un tiempo pero pareces ser el tipo de persona que necesita que uno le diga las cosas varias veces, no soy una madre para ti, no soy una hermana, no soy una tía, ni... Por todos los dioses, no soy tu maldita abuela, aquí estas porque he decidido hacerme cargo de ti. -Las pequeñas manos de la niña se aferraban a la tela del vestido y sus grandes ojos se perdían en el bosque, como si Regina no fuera digna aun de su mirada. -Sin embargo entiendo por que estas molesta. -Expresó sentándose en una banca de piedra junto a su mas preciado manzano. -Este es mi lugar especial, nadie puede venir aquí pero tú eres diferente. -La sentó sobre la superficie aun deteniéndola a cada lado y se incorporó para colocar una rodilla sobre el suelo húmedo. "Esto es ridículo" -Pensó y aun así no se detuvo para hincarse por completo; tomó la barbilla de la pequeña con firme suavidad y sus ojos se encontraron. -Te pido perdón, Emma, estaba confundida, enojada y Maléfica dijo cosas que me hicieron actuar de forma equivocada, no creas que soy ilusa yo se que el que me hayan "confundido" no es un argumento valido ni digno de una reina, sin embargo te prometo que todo va a ser diferente. -Hizo una pausa soltando la barbilla de la niña y pasando el dorso de su mano por la mejilla rosada y después enredar sus dedos en los rizos dorados. - ¿Podrías regalarme una sonrisa? Al menos para saber que no hablo al aire. -Le pidió y Emma únicamente estiro los brazos y se hundió en su cuello haciendo que los ojos de la reina se humedecieran por un instante antes de que una única palabra saliera de sus labios. - Gracias.

Cualquiera que hubiera visto a la Reina en tal acto no lo hubiera creído, ni siquiera para contarlo, hubiera terminado por pensar que había sido un sueño puesto que en los días siguientes su dureza hacia los miembros del servicio y hacia los habitantes del bosque encantado aumentó por completo, su determinación para la toma de decisiones era impecable y en menos de un año su reino ya se había extendido al punto de que sus fronteras empezaron a determinarse por el océano, el pueblo vivía bien, había trabajo y para el aniversario de dos años de la llegada de Emma, la gente empezaba a preguntarse si la reina malvada realmente buscaba la ruina de todos o si solo tomaba medidas extremas para conseguir lo que quería. Por otro lado, con edad suficiente para correr y gritar, Emma le daba al palacio una sensación de vida a pesar de la inmensa frialdad que este poseía y manteniendo una extraña tranquilidad no solo dentro del mismo sino por fuera pues se hablaba de una pequeña luz que mantenía las aguas tranquilas.

-Patito.-Regina la llevaba con suavidad de la mano a través de los pasillos en su camisón blanco. -¿Por que no te gusta la magia? debo ser sincera, si no es por la magia, no entiendo dónde reside tu obsesión por tenerme cerca, no soy tan interesante. -Emma caminaba lo más rápido que sus pies le permitían mientras en su manita libre cargaba una copa de leche. -Es tarde, no hay nadie despierto y es una noche fría, en dos segundos pude haber tenido tu innecesaria merienda al lado de la cama.

-No. -la vocecita ronca reveló y agitada al fin se rindió y le pidió que la alzara.

-¿Ves a que me refiero? Eres una niña egoísta, ni siquiera puedes hacer por ti misma el camino de regreso. -Regina la tuvo a su nivel en un instante y siguió caminando al sentir un suave beso en su mejilla. -Un día, no vas a ser tierna, ni dulce y voy a ser mas dura contigo porque este tipo de chantaje es un insulto.

Había pasado el ultimo año y medio tratando de hacerla dormir en su cama, amenazas, promesas... y aun así Emma no concebía dormir a los escasos 20 metros que les separaban. Regina la metió en las cobijas y se recostó a su lado mientras la observaba beber el resto de la leche. -¿Puedes decir "Su Majestad"? -Pidió en voz suave. -Creo que eres una niña muy grande para solo saber decir "No", "Si" y "Poni", porque se que me entiendes, ¿Habrá algo mal contigo?

-No. -Su voz molesta hizo que la reina escondiera una sonrisa en su almohada.

-Di "Regina". -Expresó sin darse cuenta.

Un leve ruido salió de su boca y tras un bostezo le entregó la copa vacía. -Oh, yo sabía que había algo mal contigo, tal vez pueda hacer una poción que te ayude. -Le dijo recibiendo la copa y la hizo desaparecer con magia lo que causó un quejido en Emma seguido por sus diminutos dedos jalando con coraje el pelo de la reina.

-Oh si, golpéame todo lo que quieras, eso no te va a hacer hablar. -Se rió soplando el conjunto de velas en la mesilla y dejando que la luz de la luna fuera lo único que iluminara.

-Gina. -La voz de Emma fue alta, clara y en la penumbra pudo ver sus ojos decididos a superar cualquier reto.

-¿Cómo me llamaste? -Imposible saber si era sorpresa o molestia en su voz sin embargo la risa de la niña no se hizo esperar. -Soy "Su Majestad", Emma... "Su..." Repite "Su…"

-"Su..." -La voz de la niña aun no se reponía del arrebato de felicidad.

-"Majestad."

-Gina. -Dijo y volvió a estallar en risas.

-¡Emma! -Se quejó y a continuación, tal vez mágicamente o tal vez porque ya era momento para una niña de su edad, las palabras empezaron a salir de a poco.

-Sueño. -Explicó tallando sus ojos y se recostó poniendo su mano sobre el brazo de la reina. -Noches, Gina.

-Eres... Eres... Ahhh. - exasperada se dio cuenta de que no la escuchaba más y aun con la expresión endurecida aclaró su garganta y se mantuvo en silencio... La personita junto a ella no le ponía las cosas sencillas y le quedo claro que sola no iba a poder gobernar esa alma salvaje.

A la mañana siguiente aún dormía cuando la entregó envuelta en una manta de terciopelo en los brazos de Anastasia. -Tengo unos asuntos pendientes, volveré al ponerse el sol, asegúrate de que coma bien, no la pierdas de vista, tu hermana no le agrada mucho, intentaremos esta vez contigo.

El rostro de la cocinera estaba tenso mientras buscaba el modo correcto de sostenerla al menos mientras la reina desaparecía de su vista, Regina sabía que Emma no lo pondría sencillo y mientras cabalgaba, no pudo evitar sentir una punzada de remordimiento en el pecho, era cada vez mas evidente para ella el hecho de que sus salidas del palacio se acoplaban a la perfección cada vez que la pequeña le causaba algún conflicto a nivel personal, sin embargo, no iba a ser un bebé para siempre y mucho menos alguien que se guardara sus opiniones para si misma, la niña que le había tocado era terca e irreverente y debía buscar ayuda porque a pesar de que había logrado mantenerla a base de nanas improvisadas, necesitaba para bien o para mal, una figura de autoridad, cosa en la que ella estaba fallando con honores al igual que Drizella y Anastasia quien, aún en la cocina y habiendo esperado un tiempo suficiente, más demoró en recostarla cuidadosamente junto a los vegetales que en perderla de vista por completo; la cobija estaba desordenada y en su escape había dejado atrás un pequeño zapato índigo de charol y el listón a juego que iba en su cabello.

-¡Emma! -Gritó con la fuerza de sus pulmones y empezó a buscar entre frascos de compota y sacos de harina. -¡¿Dónde estás?! Bestia del demonio. No tengo tiempo para esto... -Respiró profundo. -Emma, cariño, ven acá, te serviré in buen vaso con chocolatada. -Habló con ternura gateando por el suelo, buscando bajo las mesas y alacenas. -Pequeña, te voy a sacar a ver a los caballos, ¿Quieres ir a ver los caballos? Te dejaré llevarles unas Zanahorias... estúpida niña, ¡Engendro del mal, aparece de una buena vez!- Gritó aun en el suelo justo antes de toparse con los pies de su hermana, quien la miraba divertida.

-Así que perdiste a la niña de la Reina... es una lástima que su majestad no valorara mi esfuerzo cuidando a ese diablillo. -Se paseó sacudiendo su falda más por imagen que por verdadera necesidad.

-Idiota, se te olvida que la reina nos ve como si fuéramos un solo individuo, ayúdame a encontrarla, la niña estaba dormida, ¡Dormida! Me giré un instante...

-Shhh, Emma siente cuando la reina se va y lo que quiere es encontrarla, le molesta que la deje... Bueno trata de comprender, no han permitido que salga más allá de los muros en su compañía y a nuestro cuidado ni eso, ahora piensa ¿Qué harías si quisieras encontrar a la Reina?

-Los jardines... ¡Los manzanos! -Exclamó poniéndose de pie y corriendo con fuerza, la zona en la que se encontraba el árbol estaba protegida con magia, solo podía entrar quien la reina permitiera y por ende, si la niña lograba entrar no habría forma de sacarla hasta que ella volviera.

Atravesó con agilidad la zona de los rosales, resbaló un poco entre los lirios y sintió el rocío que las fuentes despedían antes de llegar completamente agitada y exhausta a los limites mágicos. -Emma, por favor. - Rogó moviéndose a lo largo de la clara división turmalina. -Emma, pequeña, ¿dónde estás? -Su voz era irrealmente serena y un pequeño grito murió en su garganta al verla a lo lejos, sentada a los pies del manzano central. De alguna forma se las había arreglado para también perder el otro zapato y sus calcetas estaban llenas de lodo y pasto, distraídamente arrancaba trozos de hierbas mientras sus rizos le caían en el rostro y por lo que alcanzaba a notar, parecía estar hablando sola. -¡Emma! - Gritó ocasionándole un sobresalto y enseguida una sonrisa. -Emma, ven hacia acá ¡En este momento! -La niña se trepó a la banca de piedra y retándola sus cejas se arquearon con risitas incontenibles, en un movimiento se colocó boca abajo y con sus diminutos dedos empezó a hacer figuritas con los dedos sobre la leve capa de polvo de la banca.

Emma era una niña pequeña, a veces madura para su edad, a veces completamente errática, sin embargo su personalidad aventurera y retadora era algo extrañamente bien definido. Ahí, echada boca abajo a la sombra del árbol, no hacía otra cosa más que esperar, esperar y esperar.

Cuando volvió la reina, poco antes de las siete, con el crepúsculo a sus espaldas, no se sorprendió ni un poco de ver a Anastasia, hecha un mar de lágrimas y corriendo a sus pies pidiendo disculpas.

-¿Dónde está? - Fue lo único que preguntó y ante la respuesta se hizo aparecer junto a la niña.

-Emma... ¿Hiciste enojar mucho a Anastasia? -Abrazó con fuerza a la pequeña que dormía hecha un ovillo sobre la fría banca. El cuerpo de la pequeña se mantenía inmóvil y con una sensación que iba entre el enojo y la preocupación, en un segundo la llevó ante la tina humeante de baño. El llanto fue instantáneo lo que hizo que su corazón volviera a la normalidad. -Oh... Mira quien despertó, la niña mas rebelde del bosque encantado. -En su regazo le quitó el vestido y la metió a la tina mientras el enojo aún se veía en sus ojos. -Tienes la oportunidad de estar molesta, Emma, pero si vas a estarlo, vas a irte a la cama en este momento, no habrá comida hasta mañana, así que te sugiero que seas razonable. -La seriedad en la reina la intimidó y de forma dócil acabó cenando en silencio a su derecha unos momentos más tarde.

-Gina, no estaba. -Explicó en voz baja mientras se metía a la boca un trozo de zanahoria.

-Soy "Su majestad", si no puedes llamarme así al menos utiliza mi nombre, mi ausencia no justifica tu comportamiento frívolo, te escapaste.

-Perdón. -Su voz era a penas audible.

-Si crees que esto va a quedar sin consecuencia estás equivocada, Emma, no puedo estar contigo todo el día. -se fijó en ella por un instante y se preguntó si algún día se acostumbraría a oírle hablar

-¿Por qué? -Su mirada vidriosa estaba fija en el puré y sus rizos aún húmedos le mojaban el camisón.

-Porque soy la Reina, tengo responsabilidades, debo trabajar.- Un largo silencio se dio entre ambas y justo antes de que se volviera incómodo, Regina habló de nuevo. -De cualquier forma, he conseguido a una nueva persona para que venga a estar contigo, no quiero quejas, no quiero travesuras, incluso trae un pequeño vástago con el que vas a poder discutir. -Emma la miraba sin entender y antes de que pudiera decir o pensar algo, la puerta del comedor sonó.