DE PERROS Y BEAGLES
Un gemido lastimero lo despertó. Un perro, fue lo primero que pensó.
Hasta que se acordó de que era Reino quien aullaba.
Lo encontró acostado en el futón en medio del salón, con las puertas del balcón abiertas de par en par, el frío viento meciendo violentamente las cortinas, peleando por desenredarse de las mantas y una expresión de pánico en sus ojos violetas.
Hace tiempo que había renunciado al ataúd y a las rosas. Se negaba a dormir confinado entre cuatro paredes, y como Miroku no le permitía dormir en el balcón, había hecho del salón su dormitorio.
Su amigo nunca supo muy bien lo que había pasado aquel día. Nadie le supo dar explicaciones, ni siquiera Reino. Bastante fue que tres días después de aquella estúpida ocurrencia suya de colarse en la boda de Kyoko, dejara de balbucear y volviera a hablar como una persona.
Desde entonces tiene pesadillas de las que despierta aullando como perrito abandonado y le aterrorizan los espacios cerrados.
¿Qué demonios le pasó en aquella boda?
