CIELO TRANSPARENTE

Capítulo II

Ino gritó a Naruto, como de costumbre y, como también era costumbre, Naruto no despertó. La mejor manera de levantar a su hermano adoptivo, para Ino, era brincando encima de su cama y así lo hizo. Jaló todas las cobijas con ella y comenzó a bailar y cantar sobre el colchón de su hermano. Naruto, momentos después, despertó sobresaltado. La saliva resbalando por la comisura de sus labios, la almohada mojada.

—¿Cuándo te desharás de ese mal hábito? —cuestionó Ino retóricamente a su hermano, lanzándole las sábanas encima—. Tienes veintiún años, ya es hora que dejes de babear como los niños pequeños.

Naruto gruñó bajo las sabanas, soltó un par de improperios y luego salió a la superficie con una cara molesta, de pocos amigos. A pesar de los años que su rubia hermana llevaba trayéndolo del sueño así, él no podía acostumbrarse. La cama le seducía a quedarse un poco más allí.

—¿Cinco minutos más?

—Ni hablar.

La chica le arrastró jalándole de una pierna.

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Su camisa puesta, su corbata puesta, sus pantalones planchados e impecables. Hoy Sasuke debía exponer frente a su clase y, como siempre, él lucía perfecto y profesional para su tarea. Adonde quiera que iba él debía verse así: incomparable, inalcanzable, el hombre que desearías tener, el hombre que desearías ser. Tomó las llaves de su auto del buró de su cuarto y las guardó en la bolsa de su pantalón. Era hora de marcharse y él no era del tipo de persona que llegara tarde a sus compromisos.

En la sala, su madre revoloteaba de un lado para otro, pensando en que haría el resto del día, cuando Sasuke pasó a su lado, se acercó a él para despedirse con un beso y un abrazo de su hijo menor. Sasuke odiaba tales muestras de afecto; le hacían sentir como un niño inválido e inútil. Tal vez el trato que le daba su padre se debía a su madre, Mikoto. Seguro que por culpa de ella a Fugaku solamente le interesaba Itachi. Sasuke apartó a su madre de él sin mucho cuidado y caminó hasta la puerta de entrada, sin saludar a su hermano que salía de la cocina a despedirlo.

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Matsuri, una chica rica de nuevo ingreso a la carrera, se acercó a Sakura de forma casual mientras se encontraba estudiando en la biblioteca de la facultad. Se había sentado con ella, mirándole fijamente por unos segundos, antes de sonreírle alegremente.

—Eres Sakura, ¿cierto?

La muchacha asintió con una sonrisa amable y regresó la vista a sus apuntes. Matsuri no parecía ser su tipo de persona, por lamentable que sonara, ella también tenía ciertos prejuicios a la hora de relacionarse con gente.

—Soy Matsuri, encantada de conocerte.

—Lo mismo digo —dijo amablemente, por pura educación.

—¿Sabes? He escuchado mucho de ti. La alumna modelo…

—Gracias, pero me atrevería a decir que los rumores son falsos.

—…Que reboza modestia.

Sakura se sonrojó suavemente. Ella no era modesta, simplemente era una chica no presumida, para ella, ambas definiciones no eran sinónimas.

—¿Necesitas algo?

—Absolutamente nada —sonrió la otra jovencita, su corto cabello castaño amarrado en una cola. Su ropa limpia e impecable. Probablemente eran de diseñador, compradas en alguna tienda con sección VIP—. Te vi y pensé "deseo ser como ella", entonces vine aquí y me acerqué a ti. Si te quiero de modelo a seguir, necesito saber cómo eres.

—Lo lamento, pero no tengo tiempo para jugar.

—No estoy jugando. De verdad quiero ser como tú. Seamos amigas.

Haruno se mordió el labio suavemente.

—Estoy estudiando.

—Yo puedo estudiar contigo.

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Hinata, como de costumbre, se sentó en la primera fila de asientos dentro del aula. Ella se tomaba muy en serio sus clases y su sueño de ser una ingeniera de renombre, aunque, al final, su meta era poder ayudar a su padre en la expansión del negocio. Ambos se querían mucho, junto a su hermanita menor que estudiaba en el extranjero, y no podían concebir su vida el uno sin el otro. Hiashi, por ejemplo, temía el día en que Hinata llegara a casa a presentarle a su novio, porque sabía que ese era el comienzo del fin para su pequeña familia de tres. Gracias al cielo o a quien debiera agradecer, Hinata, a sus veinte años de edad, no había llevado a ningún chico a su casa.

Como cualquier chica sana, Hinata había tenido sus roces con el sexo masculino, pero nada que se concretara. Si ella no era quien rechazaba al chico, el chico era quien la rechazaba a ella. Además, su historial de enamoramiento era relativamente corto, un chico en la infancia, otro en la adolescencia y uno más en la juventud. Ése último, por cierto, era el chico por que el mayor anhelo había sentido Hinata a lo largo de su vida y ella dudaba en si volvería a enamorarse nuevamente de alguien así. Temía su rechazo y, por causa de ello, se quedaba callada y permanecía como una amiga más, aunque fingir que su estómago no estaba lleno de mariposas cada vez que él tenía un gesto desinteresadamente amable con ella era realmente difícil para su persona.

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Sasuke arribó a la universidad a hora puntual. Bajó de su automóvil y, con todo el estilo y elegancia del mundo, caminó por el estacionamiento con su portafolio en mano. Aunque normalmente utilizaba mochila, al tener hoy que usar traje le hacía querer encajar hasta el mínimo detalle de su imagen. Con él no existían los errores y todo aquel que se equivocara se encontraba por debajo de él.

Un ruido se escuchó a su izquierda, alguien conteniendo el aliento, un chillido y luego su nombre siendo gritado por una voz femenina. La boca de Sasuke automáticamente se convirtió en una mueca disgustada. Lo que más le molestaba de su vida eran aquellas chicas que le acosaban sin cesar y las que lloraban cuando terminaba una relación con ellas. Ino Yamanaka, la chica que se encontraba gritando su nombre justo en ese momento, encajaba perfectamente en la primera categoría.

El jamás, de ninguna manera, saldría con una chica como ella.

—¿Vas a clase? ¿Puedo acompañarte?

—Márchate.

—Vamos, Sasuke, no seas así. ¿No puedes decirme 'buenos días', siquiera?

—No me interesa saludarte.

—Déjale, Ino —una tercera, y aún más molesta voz para Sasuke, se unió a la conversación con un timbre que aparentaba ser calmado, mas era evidente que el dueño se encontraba molesto—. Si no quiere tu compañía él se lo pierde.

—Hazle caso al idiota de tu hermano y déjame en paz.

Ino resopló molesta y dejó de caminar a su lado. Ella sabía que, alrededor de Sasuke, perdía mucha de su dignidad intentando llamar su atención, pero no podía evitarlo. Antipático o como fuera, ella le quería desde niños, cuando era un poco más amable y menos gruñón. Cuando llegó a considerarla su amiga. Sin embargo, el chico había cambiado y su manera de relacionarse también. Ella había dejado de formar parte de su círculo de amigos y nada podía hacer en contra de eso, simplemente intentar a como diera lugar que su relación regresara a como era antes.

—Nos vemos después, Sasuke —se despidió y regresó con su hermano.

—De verdad, Ino —dijo Naruto cuando ambos estuvieron caminando al lado del otro—. Deberías dejar de insistirle. Ese tipo es un amargado.

—Él no siempre fue así, Naruto. Deberías entenderle antes de juzgar.

—Puede que antes no fuera así, pero ahora es como es y no me gusta verte alrededor de él.

—¿Vas a empezar con eso otra vez? Si ustedes se odian, ódiense, pero no me metan en el medio.

—Entiende que esto no es sobre lo mal que me cae el tipo. Es sobre ti; mi hermana.

—Naruto —Ino frenó en seco y obligó a su hermano a mirarle a los ojos. Visualmente, ellos parecían realmente hermanos e Ino, durante la adolescencia, decía que sí, que lo eran, que habían sido separados trágicamente al nacer y un sinfín de historias más; muchos de sus amigos creían en la historia de la chica, empero, a medida que crecían, la mentira de Ino se hacía evidente y poco plausible. La vida no era una telenovela. Entonces, la versión oficial, a estas alturas de su vida, era que ambos eran primos lejanos y punto. No importaba que, en la realidad, no llevaban, ni por asomo, la misma sangre. El lazo entre los dos era más fuerte que eso, así como la preocupación y devoción que se profesaban el uno al otro—. Deja de usar chantajes emocionales conmigo. No te servirán.

Un nuevo resoplido, esta vez de parte de Naruto, y ambos chicos siguieron su camino.

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Sakura agradecía que el horario de Matsuri no le permitiera ir a comer junto a ella, sino ahora mismo se encontraría pegada a ella, como una lapa. La chica deslizó una mano dentro de los bolsillos de su pantalón y encontró unas cuantas monedas dentro de él. Apretó los labios en una línea tensa y barajeó las posibilidades de su almuerzo. No contaba con mucho dinero pero sí con mucha hambre, así que lo más sensato era gastar todo lo que le quedaba en comida e ir a pedir agua a las oficinas principales, de esa manera el pasaje del autobús para llegar a su trabajo seguiría intacto. Caminó entre los estudiantes, pensando en qué ordenaría hasta que un ruido y su moral la obligaran a dar un giro de cuarenta y cinco grados a su derecha.

Ahora, frente a ella, se desarrollaba una escena simple pero que le hacía hervir la sangre. Un chico, sin modales, por lo que podía ver, había tirado el almuerzo de una chica y, no conforme con eso, no se había disculpado o siquiera preocupado por la horrible mancha en su pantalón blanco. Había pasado de largo de la escena con simpleza, con una cara de ofensa, como si le hubieran atropellado a él. Sakura no era del tipo que dejaba pasar tales injusticias frente a sus ojos, menos dentro de la escuela, donde todos y cada uno de los estudiantes eran iguales.

De prisa y no sin antes detenerse a ofrecerle su viejo pañuelo a la chica llena de puré de papa y espagueti, Sakura llegó hasta el perpetrador y lo detuvo por el hombro; como reacción inmediata a su acción, obtuvo que el hombre se girase a encararla. Una ligera mueca de asombro y el brillo del reconocimiento pasó por sus ojos durante un corto instante al verla.

—¿Qué piensas que estás haciendo? —arremetió Sakura de forma rápida; las presentaciones salían sobrando en esa situación.

—¿Tienes algún problema conmigo?

—No yo, sino esa chica —dijo y señaló a la joven que se encontraba cerca de cuatro metros lejos de ellos—. Merece por lo menos una disculpa de tu parte.

—¿Sabes quién soy yo, cierto?

—Un cretino —afirmó ella.

—Sasuke Uchiha —la ira destilaba en la manera en la que se había introducido a sí mismo. Él no era una persona que necesitara presentación y Sakura era una idiota por hacerle presentarse.

—Puedes ser el mismo presidente y mi reacción sería la misma. Ve y discúlpate.

—No es culpa mía. Ella fue quien se metió en mi camino y acabé manchado yo mismo. Debería ser yo quien obtenga una disculpa de ella.

—¿Estás loco? —pregunta retórica—. ¿Qué se ha metido en la cabeza para hacer esa clase de afirmación?

La chica que había sido víctima del atropello se acercó a la escena, que ya estaba consiguiendo una buena cantidad de espectadores. Su pantalón blanco seguía cubierto de puré de papa y salsa de espagueti, su camisa salpicada por el jugo de zanahoria. Pero eso no era lo que le importaba a ella; deseaba detener la pelea que, estaba segura, se había originado por su causa.

—Disculpa, señorita —interrumpió de forma educada, no estaba segura de cómo debía llamar a la chica que estaba reclamando por ella—. No importa, yo estoy bien y para mí no es un gran problema. Fue un simple accidente. Dejémoslo pasar.

El chico le lanzó una mirada rápida. Ambos se reconocieron. Sus familias pertenecían a los mismos círculos sociales y, anteriormente, se habían encontrado en algunas galas e intercambiado unas cuantas palabras.

—Hinata.

—Sa-Sasuke —tartamudeó, cohibida. Desde siempre el hijo menor de los Uchiha le había intimidado. Su manera de hablar y de mirar a las personas le parecía demasiado demandante. Nunca le había gustado estar cerca de su presencia más de lo justo y necesario.

—¿Se conocen? —preguntó Sakura, ligeramente confundida por el rumbo que estaba tomando la situación repentinamente.

—Necesitas tener más cuidado —dijo Sasuke y Hinata asintió sumisamente. Qué importaba ya de quien fuera la culpa, ella deseaba terminar ese conflicto en ese mismo instante—. Y tú, Sakura, no deberías meterte en los asuntos de otros.

—¡Tú…! ¿Qué clase de disculpa es esa? —reclamó la joven, apretando los puños, indignada mientras Sasuke se marchaba del lugar con expresión indiferente. Ese estúpido niño rico y mimado…

—Sa-Sakura —le paró Hinata jalándole del brazo—. De verdad está bien, no me molesta. Gracias por defenderme.

—No deberías dejarte. Debiste decirle algo —dijo con amargura. Se veía a sí misma cuando niña, humillada por su padre y por aquellos niños que le menospreciaban por causa de sus progenitores. Ella no tenía la culpa de nacer en donde nació, los culpables eran esos niños estúpidos que hablaban a través de la ignorancia y su propia arrogancia. Todos eran iguales. Nadie era menos que los otros. El mundo era de todos, de los humanos; los ricos no podían pisotear a los demás simplemente por poseer la posición que ocupaban en la escala jerárquica del mundo.

—Lo siento.

—Déjalo, no es tu culpa —finalizó Haruno pasándose una mano por el cabello.

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Cuando Naruto entró a la enorme cafetería que poseía la universidad, el único lugar donde todas las licenciaturas e ingenierías interactuaban libremente, observó un grupo de personas reunidas al centro de la misma. Por viejas experiencias, Naruto sabía que ese era el escenario típico que poseía un 'campo de batalla'. Por pura curiosidad e ignorando su hambre, el jovencito de rubios cabellos y brillantes ojos azules se acercó al lugar, sin embargo, al parecer, había llegado tarde al espectáculo, pues los estudiantes se dispersaron de forma rápida, dejando libre el lugar.

—¿Hinata? —preguntó tontamente, pues estaba seguro de que era ella. Es decir, blusa azul, pantalón blanco, cabello negro largo y ojos grises, casi transparentes. ¿Quién más sino ella? Compartían la primera clase juntos y algunas otras más y, aunque no era bueno recordando ropa o con el sentido de la moda, Hinata tenía algo que siempre le hacía resaltar, a pesar de que obviamente ella deseaba lo contrario.

—¿Na-Naruto? —la jovencita tartamudeó avergonzada de ser sorprendida en tal situación y deslizó su mirada hacia el suelo. Esperaba que Naruto no le hubiera visto dejándose pisotear por Sasuke. Ella bien sabía lo mucho que él odiaba al joven de cabellos negros y no deseaba crear una confrontación entre ambos. Y menos por su causa. Su padre podría decepcionarse de ella y, aún peor, el sentimiento de humillación que obtendría al ser observada siendo débil por el chico que le gustaba no le dejaría vivir en paz el resto de sus días de universitaria.

—¿Ha pasado algo? —inquirió el rubio al verla llena de suciedad—. ¿Te hicieron algo?

—No. Nada. Solo un accidente.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Bueno, yo me marcho, ¿Hinata? —Sakura, que todavía se encontraba presente en la escena, se despidió con incomodidad; era evidente que salía sobrando allí ahora, además, ya había hecho su parte, aunque las cosas no hubieran resultado de la manera en que ella deseaba.

—Gracias, señorita Sakura.

—Sakura está bien. Y no dudes en llamarme si ese idiota te molesta nuevamente, ¿vale?

Naruto, quien únicamente se había concentrado en su compañera, dirigió su vista a la chica que se encontraba al lado de ésta para averiguar de quien se trataba.

Su corazón dio un vuelco.

—Espera, ¿Sakura? —preguntó mientras se reprendía internamente por no haberse dado cuenta antes. Por haber estado tan ciego. Sí, era cierto que el nombre era común, solamente en su curso de la preparatoria había compartido aire con dos chicas con el mismo nombre, sin embargo esos ojos verdes, esa expresión segura, su manera de hablar… ¿Cómo había pasado desapercibida para él? ¿Cómo había podido no notarla antes?

—Sí, Sakura.

Haruno dirigió su vista al chico que la llamaba. Él le miraba como si fuera un oasis en el desierto, sus ojos brillantes, su boca ligeramente abierta. Cabello rubio brillante, chillón, ojos azules como el océano, unas extrañas marcas en su rostro.

El pulso se le aceleró.

—¿Naruto? ¿Eres tú? —dijo con la boca seca.

¿De verdad era él? ¿Su amigo de la infancia? ¿Un sueño, tal vez?

—Te extrañé —dijo él, abrazándola en el acto.

Hinata fue quien sobró en la escena a partir de ese instante.