He tardado un poco más en escribir esto porque….el capítulo anterior lo escribí mal (lol). Se supone que Kurotaku no tenía que salir tan pronto pero me he emocionao´. Pero como yo me drogo tengo mucha imaginación, sigo escribiendo, que se me ocurre de tó.
Alehop!
Por cierto, si veis que tardo, es que estoy a mis cosas…entre ellas, que en nada empiezo las clases, tengo un blog, tengo que corregir un libro y~ que tengo más fics de HnR que quiero escribir en un futuro próximo, algunos empezados 3 (De hecho tengo anotados un total de 5, algunos con una media de 5 capítulos, lol)
Ahora sí, alehop!
Anotaciones: en negrita está especialmente lo que dice o piensa Kurotaku. En general, intentaré usar las cursivas simples para los pensamientos de Kurotaku y Hakutaku. Y ya sabéis, si están en negrita, son todo de Kuro.
Es como si me muriera.
Los tratos entre Cielo e Infierno en realidad nunca habían sido tan malos. A fin y a la postre, era un negocio más, y ellos no eran más que compañeros de un trabajo que consistía en el fin de las vidas de los mortales. A veces era entretenido, otras, gratificante, a veces, agotador, y en muchas ocasiones llegaba al punto de estresante.
Como una ciudad, como una polis, el Infierno trabajaba con el Cielo y el comercio era cosa común. Y cuando los trabajadores se cansaban, se estresaban o se presionaban mucho con el trabajo, compraban medicinas. Obviamente, en casos de enfermedad y dolencias, se seguía el mismo patrón, y desde hacía muchos siglos y milenios, el primer proveedor de medicinas del Cielo para todo tipo de criatura no humana era Hakutaku.
O al menos, había sido así siempre.
La primera en darse cuenta, quizás, fue Oko. Ella siempre había sido una gran influencia en el Infierno, sobretodo en su sección. Trabajaba mucho y siempre con una sonrisa en la cara, imaginaba nuevas torturas y castigos, y organizaba grupos y reuniones a menudo para discutir esos temas y mantener su Infierno siempre al día y bien estructurado. Pero obviamente, tanto trabajo y durante tantos años acababa pasando alguna que otra factura. Mala circulación. Dolor de espalda. Molestias en las muñecas. Tensión en el cuello. Insomnio.
Lo malo de ser inmortal es que tienes toda la eternidad para sufrir cualquier tipo de mal. Los humanos podían vivir su vida mortal y presumir de no haberse roto un hueso jamás, o de no habérsele picado nunca una muela, pero claro, en ese margen de vida, aún podía ocurrir. Sin embargo, ¿qué posibilidades tenían los demonios de correr esa suerte? Más bien poca.
Y cuando la salud decaía, Oko, al igual que cientos y miles de demonios, acudían al mejor médico que podían conocer. Hakutaku.
Ahí fue cuando Oko se dio cuenta de que algo había cambiado.
Normalmente, el Cielo era un lugar hermoso. Ella podía ser un demonio, pero podía aceptar la belleza de ese lugar. La frescura, la vida, el cielo azul y la hierba verde.
Y sin embargo, ese día no fue tan así.
El cielo seguía siendo azul, la hierba seguía siendo verde. Pero en los alrededores de la casa de Hakutaku se respiraba otro ambiente, un ambiente demasiado familiar, y Oko lo reconoció vagamente. Era una sensación que se vivía mucho en el Infierno. Quizás por eso se le hizo tan extraña.
Lo segundo que asombró a Oko fue el hecho de que la farmacia estuviera cerrada. Había oído que desde hacía unas dos semanas, la farmacia estaba cerrada, pero no temía que fuera por nada excesivamente serio; quizás una borrachera demasiado fuerte por parte del médico. Conociendo a Hakutaku desde hacía tanto tiempo, le sorprendía que estuviera sellada la puerta, y llamó una vez, dos veces, incluso tres. A su nariz le llegó un extraño olor, un aroma, como de humo, pero no lo reconoció. Sin embargo, dedujo que no era medicina.
-¿Quién es?
Oko reconoció la voz, pero a la par, la notó…diferente.
-¿Hakutaku?-preguntó-. Soy yo, Oko.
No recibió respuesta.
-Hakutaku, ¿hoy no abres la farmacia?
-¿Hm? Oh, lo siento….Oko. No voy a abrir por ahora. Estoy terminando unos…asuntos.
La demonio se apartó de la puerta, muy extrañada. Normalmente Hakutaku no tardaba nunca en abrir la puerta, y mucho menos si era una señorita, y ya sabía el interés que mostraba Hakutaku por ella como por otras muchas. ¿Por qué no abrirle a sus clientas? No le gustó en absoluto.
-Hakutaku….¿Va todo bien?
Otra vez tardó en recibir respuesta.
-¿Hm? Oh, bien, dices…sí, todo está bien. Abriré en breves, seguramente. ¿Algún recado?
Oko había oído suficiente, y no le había dado buena espina.
-No. En absoluto.
Sin dejarle tiempo para despedirse, se dio la vuelta y regresó al Infierno, sin dejar de pensar en qué estaría ocurriendo allí dentro.
Odio…Odio ese olor. No me gusta…. ¿No puedes apagarlo?
-No.
Cuando Hoozuki no trabajaba para el Gran Rey Enma organizando su papeleo y haciendo, básicamente, sus labores por él, solía aceptar algún que otro recado de la gente. Gente, que quede claro, que contribuía por el Infierno. Dicho de otra manera; era difícil pedirle un favor a Hoozuki siempre y cuando no fuera de gente trabajadora, gente trabajadora cuyos conflictos podían ser bastante serios.
Oko no estaba muy segura de todo eso, pero quería considerar que ese asunto entre manos era realmente serio.
-Hoozuki, ¿estás ocupado?
El demonio levantó la cabeza de sus documentos, dejó en la mesa su bolígrafo coronado con un pez dorado y dirigió su mirada a Oko.
-¿Ocurre algo, Oko?
Ella buscó las palabras correctas para explicar la situación. No, a ella no le pasaba nada, peor…
-Creo que hay algunos problemas en el funcionamiento del negocio de Hakutaku en el Paraíso-dijo-. No sé, he ido esta mañana y no me ha atendido.
-¿Has mirado a ver si estaba en casa?
-Oh, sí que estaba, y me ha respondido. No sonaba como si estuviera embriagado por la bebida o similar, pero no ha querido abrirme la puerta.
Hoozuki frunció el ceño como solo él fruncía el ceño y el bolígrafo se partió en sus manos.
-¿Ese idiota está vagueando de nuevo?
-Uh…no diría yo que fuera eso precisamente, Hoozuki-señaló Oko, ladeando la cabeza-. De hecho, me preocupa que Hakutaku no esté del todo bien.
Hoozuki no dijo nada de primeras, como meditando lo que Oko le decía.
-¿Insinúas algo?
-No exactamente, pero si Hakutaku no trabaja, ¿quién hará medicinas? Ya despidió a Momotaro, ¿no es así?
-…En eso tienes razón, la vaca idiota se está portando raro, si lo que me dices es cierto.
Hoozuki dejó los papeles ordenados, tiró los restos de su bolígrafo y agarró el kanabo que descansaba apoyado en su silla.
-Será mejor que vaya a echar un vistazo.
Oko tenía razón.
El Paraíso parecía tener un buen problema.
Hoozuki no era precisamente paciente, en algunos aspectos. A veces podía dedicarle tiempo a algo como podía ignorar el protocolo necesario y pasar directamente a medidas drásticas y a menudas violentas. Aquella era una ocasión que se amoldaba a la segunda opción. Él nunca había sido paciente con Hakutaku, y no iba a serlo por cualquier tontería que se le pasara por esa mente al chino.
Sin embargo, Oko tenía razón. Oko tenía toda la razón.
Algo iba muy mal en el Paraíso, podía intuir Hoozuki, pero no sabía aún decir el qué.
"Bueno, es momento de descubrirlo."
Sin muchos miramientos ni modales, Hoozuki llamó a la puerta con su kanabo, varias veces. La madera de la puerta se astilló, golpeó un par de veces más y notó como se le hinchaban las venas de la muñeca.
"Se acabó. Si no la abre, la tiro abajo con un ariete" pensó, anotando una vez más a Hakutaku en su lista para torturarlo tras su vida inmortal.
Sin embargo, no puedo imaginar muchas más torturas o castigos. Le llegó un olor familiar, pero algo lejano. La puerta dio un chasquido. Durante unos segundos no pasó nada, hasta que pasó la mano por la puerta y pudo abrirla de un suave golpecito. Y pudo ver, que dentro de la tienda, solo había oscuridad.
Oscuridad y un olor familiar.
-Pasa, por favor. Lo siento, Hoozuki, hemos estado cerrados por un tiempo.
Hoozuki gruñó y frunció el ceño al reconocer esa voz, y con la luz que venía de fuera localizó el mostrador de la tienda. Tras la mesa había alguien sentado, y quiso golpear a ese ingrato con su kanabo hasta que se quedara sin sangre y viniera la policía Tengu para interrogarle en los programas de televisión policiacas del infierno.
Pero no lo hizo.
A medida que se acercaba, y se acostumbraba a la mezcla de luz y sombras de la estancia, pudo ver mejor. Primero lo achacó a la oscuridad, pero mientras más se acercaba y mejor veía, más se daba cuenta de que la cosa había cambiado.
Bastante.
-¿Qué te trae por aquí?-preguntó Hakutaku.
Bueno, si podía decir que era exactamente Hakutaku.
Lo primero que le llamó la atención a Hoozuki fueron sus ropas. Todas y cada una de sus prendas eran de color oscuro, lo que era bastante inusual en el chino, siempre vestido de impoluto blanco. Luego se fijó en ese cabello blanco como la nieve, diferente al pelo negro del Hakutaku que conocía. Y esos ojos claros, esos ojos….
-Hakutaku-dijo Hoozuki sin perder la compostura, o quizás recuperando el pequeño ápice tras la sorpresa-. He recibido quejas por el mal funcionamiento de tu farmacia. Has estado ignorando y desatendiendo tus labores como médico, y por mucho que tenga ganas de estamparte contra la pared, tienes trabajo que hacer.
El susodicho no reaccionó. En sus manos tenía una pipa china y en la otra un montón de papeles que leía con desinterés. Hoozuki frunció el ceño y golpeó la mesa con el puño.
-¡Escúchame, vaca gorda!
Hakutaku pareció ligeramente sorprendido. Miró a Hoozuki con ojos curiosos y se llevó lentamente la pipa a los labios, dando una larga calada y esbozando una sonrisa de placer tras ello. El humo llenó la sala y le llegó a la nariz del demonio. Seguía sin saber decir qué sustancia era.
-Oh, perdona, no te estaba escuchando. He estado ocupado.
Esa voz sonaba distinta, también.
-¿Ocupado haciendo qué?
-Tirando la basura y cambiando algunas cosas, ya sabes-dijo el chino, dando otra calada.
Hoozuki no respondió. Echó una mirada a los papeles que tenía en la mesa, a la pipa china, al lugar en sí.
-Hakutaku, ¿qué estás fumando?
Tardó un rato en responder.
-Hm, ¿ah, esto, dices?-preguntó el chino, como si no le hablara a él y hubiera formulado mal la pregunta- Seguro que te suena.
Y entonces, Hoozuki lo reconoció.
Era opio*.
Y a pesar de la oscuridad que reinaba en ese lugar y el humo tóxico que llenaba el aire, lo tenía claro.
"No son imaginaciones mías. Éste….
No es Hakutaku"
-Está bien, fantoche-dijo Hoozuki, apoyando el kanabo en el suelo y sujetando el extremo del mango con ambas manos-. No sé quién eres ni me interesa, pero yo que tú iría yendo a tomar viento fresco.
Los ojos verdosos de ese ahora desconocido brillaron con malicia. Dio otra calada y le echó el humo a la cara.
-¿Y por qué, eh? ¿Dime?
Venga, Hakutaku. Vamos a escuchar cómo quieren que vuelvan.
Eso no es justo. Él me odia y yo lo aborrezco. Lo haces a propósito…. Si oigo lo que dice ese imbécil, no querré volver.
¡Qué dices! Ni que fuera parte de mi plan.
Quizás no tengas un plan, pero no pierdes el tiempo. Déjame en paz. ¿Qué te hace creer que me afectará?
Sé que te afectará porque no quieres oírlo. Por eso estás luchando ahora mismo contra mí, Hakutaku~
La débil voz de Hakutaku se apagó en su cuerpo y dejó de lugar. Muy dentro, se acurrucó en un rincón y tomó aire, o algo similar.
Se sentía terriblemente cansado.
-Yo no voy a preocuparme por qué problemas o líos encuentra Hakutaku mientras los adultos de la casa no estamos. Es un adulto, no un crío.
Es adorable, eres un niño para él. O para muchos….¿no?
Cállate.
-Mucho menos voy a tomar yo las riendas por las irresponsabilidades que tome.
Te ha llamado irresponsable. No debe ser el único.
Cállate, he dicho que te calles.
-Tampoco es mi problema los dimes y diretes que tenga con las mujeres y el alcohol, su economía y su comportamiento maleducado en general-puntualizó el demonio.
Eh, podríamos pedirle una lista, acabaríamos antes~
C-cállate. Cállate, en serio, por favor.
¿No decías que te daba igual?
-No soy ni seré yo quien se dedique a enderezarlo por voluntad propia-dijo Hoozuki, y dirigió una mirada asesina a aquel que estaba seguro que no era Hakutaku-.
No vales la pena ni salvarte. Podría agradecerle todo esto a Hoo-…
-Pero si por alguna razón el mejor médico del Paraíso no puede ejercer, me veo en la obligación de hacer algo al respecto-dijo con voz firme el demonio.
...
¿Qué ha dicho?
¿Ha dicho que soy el mejor?
Cállate. ¿Cómo va a considerarte algo así alguien como él?
Hakutaku repitió las palabras de Kurotaku en su agotada cabeza. Era cierto. Él le caía bien a mucha gente, o eso quería creer. Pero no a Hoozuki. Se odiaban mutuamente y así estaba bien.
Pero acababa de decir que era el mejor.
Si alguien que lo despreciaba tanto como ese demonio era capaz de decir algo así…¿sería el resto más benévolo con él?
¿Qué estás pensando?
Ese maldito demonio tiene razón, Kurotaku. Soy el maldito mejor médico de todo el jodido Paraíso.
¿Cómo vas a creerlo?
Hoozuki es un ingrato, pero no es un mentiroso.
-Así que le pediría por las buenas que sea como sea, haga volver a Hakutaku-dijo entonces Hoozuki a un Kurotaku que parecía tener la mirada perdida y la mente en su mundo-. Antes de que se me ocurra hacerlo mediante la violencia.
Mira, por una vez no me importaría que me pegaran. Ah, no, ¿no lo sentirías tú?
¡Idiota! ¡Tú también lo sentirías!
¿De la misma forma que siento el opio que estás fumando? ¡Me estás matando! ¡Es justo que esta vez te ganes tú una paliza! ¡Me lo debes! ¿No querías ocupar mi lugar, Kurotaku? Acepta las consecuencias.
Hoozuki no se inmutó ante el rictus de dolor de Kurotaku. Los brazos le temblaban y la pipa cayó a la mesa. Kurotaku notaba una presión desagradable en su cabeza.
No, no, no. De ninguna manera. ¡No puedo irme aún!
¡Lárgate! Tengo trabajo que hacer.
Y justo cuando Hakutaku notó por una vez en esas semanas un atisbo de fuerza para salir, un fuerte impacto golpeó el cuerpo y todo volvió a ser oscuridad.
En cuanto abrió los ojos, la luz le cegó.
Luego, fue el dolor.
-Dioses…. Mi espalda…
-Eso te pasa por jugar a los cambios de personalidad, Hakutaku-dijo una voz conocida y monótona a su lado.
Por primera vez en su vida, la deidad china se alegró de que fuera la voz de Hoozuki.
Estaba tumbado en algo blanco. Oh, era su cama. Su cama. Dios, había echado de menos estar tumbado así en su cama, incluso aunque fuera con dolor de espalda. Podía ver la luz, y la ventana estaba abierta. El olor a opio se había disipado hacía un rato, y sentía muchísima sed; por una vez, querría beberse toda el agua del mundo. Ni alcohol ni té, agua, solo agua. Hoozuki estaba sentado en una silla a su lado, leyendo unos crucigramas y unos papeles de medicina.
-Au….-se quejó al incorporarse-. Mierda. Oye, tú….-miró de mala manera al demonio-. ¿Tú me has…?
-¿Pegado? Sí, y con ganas. No me gusta perder el tiempo solucionando las cosas por vía diplomática.
En cualquier otra situación Hakutaku hubiese estallado, pero no pudo evitar soltar una risa seca y esbozar una sonrisa dolorida. Intentó vislumbrar en su cabeza cualquier vocecita, pero no había nada. Solo la suya.
No está.
No está.
Se ha ido.
-Entonces sí que me has arreado pero bien-repitió. Respiró hondo y se masajeó la frente, con cuidado de no hacerse daño en el tercer ojo.
-¿Vas a quejarte de nuevo, abuelo?
Hakutaku no dijo nada. Podía sentir el dolor en la espalda, el cansancio en su cabeza, su garganta reseca. Pero lo cierto es que había echado mucho, mucho de menos estar en su lugar, y ser dueño de su cuerpo.
-No-dijo simplemente-. En realidad, debería darte las gracias-dijo, y se acomodó en la cama-. Han sido los peores días de mi vida. De verdad, gracias.
Se hizo un largo silencio. Hakutaku no estaba mirando a Hoozuki, así que no sabía si estaba frunciendo el ceño o qué, pero le daba igual. Lo primero era lo primero, y lo primero es que ya estaba bien, ya estaba de vuelta, y que Kurotaku no….
-Sobre lo de ese….-empezó Hakutaku al cabo de un rato.
-No quiero saber quién es ese tipo ni me interesa por ahora. Solo sé que si vuelve a aparecer, lo moleré a palos, si es que así obstaculiza que hagas medicinas.
Hakutaku asintió con la cabeza con una sonrisa incómoda. Así era Hoozuki. Y así era él. Y así había sido siempre, y por un instante pensó en que, de haber salido mal la cosa, hubiera llegad a incluso extrañar todo eso.
-Voy a dormir. Mañana estaré mejor.
-¿Volverás a darle trabajo a Momotaro y abrirás la farmacia?
-En cuanto mejore, seguramente…
-Eres un vago. Vendré a controlarte para ver que cumples tu palabra.
Hakutaku sonrió con un poco más de ánimo que la última vez. Se sentía bien, sonreír, aunque fuera así.
-Haz lo que quieras, pero déjame dormir…
Hakutaku se hizo un ovillo y se tapó con las sábanas, cálidas y suaves. Oyó a Hoozuki bufar un "vaca gorda, obesa y estúpida", pero nada más, porque por primera vez en semanas, pudo cerrar los ojos y por fin dormir tranquilo.
….Esto no ha estado bien.
No ha estado bien.
Me he precipitado.
Lo he hecho mal.
Oh, por todos los Dioses. Estoy ansioso por salir.
Mucho.
….
….
Miles de años, miles de años.
Tranquilo, Kurotaku~
Miles de años de espera….
¿Qué son unas semanas más de preparación?
Ah….echo de menos el aire rancio con olor a opio.
Pronto, pronto. Muy pronto.
Continuará….
*Opio: El opio es una sustancia muy adictiva y una de las drogas naturales más destructivas que hay. Se plantan en Asia, y hubo una gran producción en la India, con la cual el Imperio Británico comerciaba con China. China se vio envuelta en la peor crisis de adicción al opio, muriendo millones de personas al fumar esa hierba. Esto desencadenaría la Guerra del Opio.
Y por ahora ya está, prontito más. O no. O algo.
