Hehehehe

No os lo creeréis (y no os culpo) pero empecé este capítulo a los dos días de publicar el anterior.

No debería :C Sigo teniendo un fic incompleto y debería terminarlo snif snif snif

No confiéis en mí :C Nunca

En fin, vamos al lío. ¿Qué pasará? D: Como para explicarlo yo que soy medio tonta :C

-¿Sabes que lo estás haciendo mal?

Hakutaku frunció el ceño, pero continuó moliendo las hierbas y semillas en su mortero. Tenía unas marcadas ojeras y mucho cansancio acumulado, pero se sentía algo más ligero que antes y el aire de la tienda se había aclarado mucho.

Gracias a los Cielos que ya se fue. Ha sido una crisis terrible.

-¿Me estás escuchando, vaca gorda? Lo estás haciendo mal.

-A ver, unicornio retrasado-replicó-. ¿Qué estoy haciendo mal?

Hoozuki estaba sentado al otro lado de la mesa, mirando como un profesor a su alumno primerizo como Hakutaku molía y preparaba sus habituales medicamentos. Era normal que después de esos días Hakutaku estuviera un poco "oxidado", y aunque no era su trabajo ayudarle, prefería no tener noticias de intoxicaciones por culpa de medicinas mal hechas.

Además….

Estaba esa cosa.

-Lo estás moliendo en dirección contraria. Dos vueltas a la derecha y el resto a la izquierda, vaca disléxica.

-¡Ya lo he molido a la derecha!

-No, no lo estás moliendo. Lo estás machacando.

Hakutaku bajó su mirada a sus manos y a sus instrumentos, y realmente, el demonio no se equivocaba. Su cuerpo se sentía tan raro, como si le extrañara haber pasado por todo eso, que apenas podía moler bien las medicinas, y lo máximo que lograba era machacar con movimientos dispares las semillas y hierbas. En vez de un polvillo fino, estaba logrando una masa de semillas aplastadas.

-...Está bien, no lo hecho tan bien como quería, pero podrías ahorrarte los insultos, demonio del infierno-carraspeó.

Hoozuki suspiró y quitó el mortero de las manos de Hakutaku y comenzó a moler él mismo la medicina. Parecía visiblemente molesto por ello, pero algo le decía a Hakutaku que de molestarle realmente tanto algo así, ni siquiera estaría ayudándolo.

Ayudarle.

A él.

Esto sí que era surrealista.

Desde el día en que un kanabo lo había golpeado y Kurotaku había pasado a un segundo plano muy secundario (lo que eran ya 3 días), Hoozuki había frecuentado la farmacia todos los días, para ver cómo estaba Hakutaku. Eso sí que era extraño.

-Ya lo hago yo, inútil.

…Vale, quizás lo ayudara, pero seguía siendo igual de borde.

-Puedo hacerlo yo, ¿sabes?

-¿No decías que tenías no sé cuántos miles de años? ¿Eso no te vuelve un anciano?-comentó Hoozuki. Hakutaku notó que la tensión sanguínea le subía.

-¡Eso es lo que yo considero una falta de respeto!

-Quitando lo de la falta de respeto, lo cierto es que ahora mismo no puedes hacerlo, ¿no?

El chino masculló una maldición y apoyó la cabeza en sus manos, con una mueca. En eso tenía razón.

-…Puede ser.

-… Y todo esto se debe a, no sé… ¿alguna borrachera?

Se hizo el silencio. Hakutaku sabía de sobra que Hoozuki aprovecharía cualquier momento para echarle en cara su estilo de vida, pero en aquella situación, no lo estaba afirmando; le estaba preguntando.

Algo debía de olerse.

-…No exactamente-dijo, y se regañó a sí mismo. Quizás hubiera sido lo mejor decirle que había sido eso, una borrachera, aunque dudaba que Hoozuki lo creyera. Es más, nadie, después de esas semanas que habían pasado (Santo cielo paradisíaco, ¡semanas!) nadie creería que el alcohol le había afectado tanto la cabeza.

-…Me lo suponía-dijo simplemente el demonio-. ¿Has tenido alguna pelea con algún demonio o espíritu? ¿Has estado trasteando drogas?

-Maldita sea, sabes que no-replicó Hakutaku. Hoozuki comenzó a moler la medicina con cierta fuerza y miró al farmacéutico con cierto reproche.

-¿Entonces, a qué se debe?

Oh, mierda.

Claro, ahora mismo le explico todo. ¿Y cómo lo hago?

"Verás, Hoozuki, dentro de mí vive una parte que ha acumulado todas las experiencias oscuras y negativas de los miles de años que he vivido y ha tomado forma. ¿Sabes qué? A veces le gusta molestarme por las noches y llenarme la cabeza de malas ideas.

Su último gran plan casi sale bien. Resulta que él y yo no nos llevamos demasiado bien, ¿sabes? Pues de alguna manera ha logrado conseguirlo, o casi, mejor dicho. ¿Sabes qué más? ¿Recuerdas ese olor a opio? ¿Adivinas así qué clase de cosas le gusta consumir? Menos mal que despedí a todos. No quiero imaginar que podría haber hecho con cualquiera, ni siquiera quiero saber si sería capaz.

Pero lo peor de todo ha sido no poder ser yo mismo. No es agradable.

Me crees, ¿verdad?

Ya sabía yo que no"

-No se debe a nada-dijo al cabo de un largo silencio.

Hoozuki dejó de moler las hierbas y dejó el mortero quieto, sobre la mesa.

-Nada hace que estés comportándote así, vaca gorda-gruñó el demonio.

-No quiero hablar de ello.

-¿Es algo que me incumba?

-No.

-¿Es algo que puede volver a pasar?

Hakutaku lo meditó unos segundos y se apoyó en la mesa. Solo de pensar en ello se sentía muy cansado.

-Puede.

-¿Y es algo que pueda afectar al resto?

-Hm…seguramente.

Hoozuki suspiró, se pasó una mano por la frente y volvió a moler las medicinas.

-Qué problemático. ¿Cuánto crees que tardarás en recuperarte?

-¿Cómo dices?

-¿Estás sordo? ¿Cuánto vas a tardar en estar en condiciones de hacer el trabajo que te corresponde, vaca gorda?

Hakutaku no respondió enseguida, con la expresión de confusión plasmada en el rostro, pero intentó conectar sus cansadas neuronas y responder.

-Pues… Puede que una semana a lo sumo.

Hoozuki chasqueó la lengua con desagrado y volvió a coger el mortero. Con el ceño fruncido y el rostro sombrío, comenzó a moler las hierbas con tal furia que Hakutaku casi podía oír el polvo gritar de dolor. Hoozuki nunca había sido de muy buen carácter, la verdad… De repente, el mortero crujió, y fue solo entonces cuando el demonio dejó de moler y la oscuridad de furia que le rodeaba se desvaneció poco a poco.

-¿Quieres una tila?-bromeó Hakutaku con desdén.

-Cállate. Una semana de reposo es lo mínimo que vas a necesitar, vaca estúpida. Eso significa que como máximo se alargará otra semana. Así que estarás un total de malditos catorce días con disfunción mental por culpa de una cosa extraña que has consumido a escondidas de tus deberes-dijo Hoozuki entre dientes, con una vena palpitándole en la mejilla.

-¡Oye! ¿Qué manera es esa de sacar conclusiones? ¡Con una semana tengo suficiente! ¡Déjalo como máximo en diez días! ¡Y no tengo disfunción mental, ni he consumido nada a escondidas, demonio!

Ambos mantuvieron el duelo de miradas durante unos largos segundos, hasta que Hoozuki chasqueó de nuevo con la lengua y entregó el mortero a su dueño.

-Ahí tienes tu maldita medicina. ¿Puedes guardarla tú solo o necesitas ayuda?

-¿Estás burlándote de mi otra vez? No necesito tu ayuda para guardar la medicina-gruñó Hakutaku, cogiendo el mortero y levantándose hacia el armario de especias. Cogió un sobrecito de cartulina y lo rellenó del fino polvo medicinal que el demonio había molido. Que asco de persona. Odiaba reconocer que al otro también se le daba bien la medicina.

-Quitando que estás realmente torpe…. Sinceramente no tienes pinta de hacer nada en condiciones.

-¿A qué viene eso?-dijo Hakutaku, guardando el sobre y dejando el mortero sin limpiar en la mesa, agotado (¿de qué? Quizás un poco de todo).

-Hakutaku, lo explicaré de manera que tu pequeño cerebro de mujeriego pecador lo entienda. Si no te recuperas en un determinado plazo, miles de habitantes tanto del cielo como del infierno verán su rendimiento disminuido al no poder adquirir medicinas de tu local. ¿Entiendes por dónde van los tiros?

Hakutaku meditó unos segundos.

-Hmmmm… ¿El infierno tendrá un contagio de gripe si no vuelvo al trabajo?

-… Veo que empiezas a recuperar parte de tu descaro, supongo que es buena señal. Lo que quiero decir es que, por horrible que suene para mi desgracia, si tú detuvieras tu actividad de médico durante un largo periodo de tiempo afectaría inevitablemente al correcto funcionamiento del infierno y el número de esbirros que pudieran trabajar se reducirían. Provocarías una tasa enorme de bajas laborales y de pluriempleos al tener que cubrirse más zonas de trabajo.

-… ¿En serio me estás diciendo que mis problemas afectan al infierno? ¿Acaso no tenéis más médicos?

-Sabes que yo también estoy versado en las artes medicinales, Hakutaku, pero no creo ser el más indicado para tratar los males de todos mis esbirros.

Oh, seguro que no. Conociéndote, les causarías más bajas laborales, sabiendo lo mucho que te gusta tratar con venenos y cosas así.

-Entonces, ¿a quién habéis estado acudiendo aparte de a ti con tus métodos de eutanasia medicinal?

-Eso lo consideraré un insulto, Hakutaku. Pero a lo que se refiere de servicios, intentamos que la Srta. Mostaza ayudara en ello…

-…Para que pregunto.

-Viendo cómo ha ido la situación, actualmente tenemos más de una cuarta parte de siete subdivisiones del Infierno de baja por no haber podido recibir tratamiento adecuado a su lumbago, estrés, falta de sueño, dolores musculares y déficit de vitaminas.

-… ¿De verdad?

-¡Pues claro que sí!-Hoozuki dio un manotazo a la mesa y Hakutaku vio como una astilla saltaba de ella-. ¡Tu desliz nos ha traído muchos problemas a todos!

-¿Y a mí que me cuentas? ¡Haber aprendido a hacer medicinas que no sean peligrosas!-protestó de nuevo Hakutaku.

-¿Me estás escuchando, vaca gorda?-gritó Hoozuki-. ¡Te estoy diciendo que eres importante para este precario equilibrio!

Hakutaku se calló enseguida y sus labios temblaron. La mirada seria y enojada de Hoozuki lo intimidó por primera vez en mucho tiempo; quizás porque no trataba de echarle en cara nada, sino todo lo contrario: por una vez, lo regañaba por no haber hecho lo que mejor se le daba. Le regañaba por haber dejado de hacer algo tan importante.

Importante.

Le había dicho que era importante.

Maldita sea. ¿Qué había estado haciendo? ¿Realmente tan importante era? Oh, Dioses. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido?

Ese imbécil tenía razón.

-….Lo siento, es verdad-suspiró agotado-. Yo…

-Es igual, Hakutaku. Me basta con que lo entiendas-cortó Hoozuki-. Pero ahora tienes que recuperarte. Sin tonterías.

-No he decaído por gusto.

Decaído, ahora lo llamaban así. ¡Ja!

-Me imagino, pero no puede volver a ocurrirte.

-No me digas…

-Has dicho que una semana, ¿no?

-Tú has dicho diez días.

-Más o menos-Hoozuki pareció pensárselo-. Supongo que podré hacer un esfuerzo.

-¿Eh?

Hoozuki se levantó y recogió su kanabo. Se colocó bien el obi de su yukata y se sacudió el polvillo medicinal que se había impregnado a sus mangas.

-Estoy ocupado, pero vendré a verte esta semana cuanto puedas. No me fío de que puedas cuidarte tú solo.

¿Perdona?

-¡Oye, que no soy un crío!

-Igualmente no quiero correr ese riesgo. Así que lo quieras o no, más te vale ponerte las pilas-dijo Hoozuki, yendo hacia la puerta-. Y más te vale que prepares la cena para estos días, y que no me envenenes sin querer.

-¡No me des ideas! ¿Acaso vas a venir a torturarme toda esta semana?

-Diez días-corrigió el demonio.

-¿¡Diez días!? ¡Me vas a dar una úlcera con ello!

-Bueno, piensa que cuanto más te apriete antes te recuperarás y podrás prepararte una medicina, ¿no?

¡Gya! ¿Por qué le da así la vuelta a la tortilla?

-¡Eso no es justo!

-Yo tampoco estoy especialmente contento con esa idea, vaca estúpida-dijo Hoozuki, abriendo la puerta-. Pero es lo mejor para todos. ¿No era eso lo que decía Kong Zi? ¿La idea del altruismo? No lo hago por ti, ni tú por ti mismo. Se trata del resto de habitantes del cielo y del infierno.

Hakutaku se calló al oírle decir eso. Era cierto. China había bebido de la teoría confuciana desde antes de la época de Cristo, y el altruismo era una de las doctrinas del anciano pensador. Él las conocía muy bien, y quizás respetara muchas de esas doctrinas más de lo que quisiera reconocer. Notó que las mejillas le ardían, quizás de rabia o vergüenza.

-…Está bien, unicornio malforme. Haz lo que quieras.

-Me alegro de que lo solucionemos por las buenas, porque no me apetece lanzarte el kanabo de nuevo.

-¿Tanta lástima te doy?

-No, lo que no me da es gana de esperar a que recuperes la conciencia de nuevo como la otra vez.

-….Maldito.

Hoozuki no dijo nada, dedicándole una última mirada con el ceño fruncido, y salió de su casa. Y por una vez en tantas semanas, cuando la puerta se cerró, no había oscuridad. Ni en la casa, ni dentro de Hakutaku.

¿Hakutaku?

-Oh, cállate.

¿Estás enfadado conmigo?

-¿A ti que te parece?

No era mi intención…

-Ya, seguro.

Hakutaku dio vueltas en la cama. La cabeza le dolía y se sentía molido, notaba las manos entumecidas de haber trabajado tanto ese día. Limpiando, cocinando, preparando medicinas, o al menos intentando todo ello. Estaba agotado, pero a la vez, se sentía muy descansado.

¿Hakutaku?

No respondió. Bostezó y se tapó hasta el cuello, haciéndose un revoltijo con la manta.

…¿Haku?

El chino volvió a ignorarlo. Sentía la voz del otro débil y casi tímida, pero eso no le conmocionó.

Así he estado yo todo ese tiempo, ahora te toca tragar a ti.

Hakutaku, no…no me ignores…

Y por primera vez en todo ese tiempo, Hakutaku lo logró. La voz de Kurotaku se perdió en el eco de su mente y él se quedó dormido con calma.

Debo de estar equivocándome en algo, pero lo solucionaré.

Hakutaku ya sabía qué hora del día era únicamente cuando la puerta de su casa se abría de un golpe de kanabo.

Las 12:15.

-Ya estoy aquí-se presentaba entonces Hoozuki, como siempre, tan impasible, arma en mano y bento en la otra.

Maldita sea, si parece un matrimonio de mala muerte en el cual el marido vuelve a casa del trabajo, pensaba Hakutaku al tiempo que una úlcera le afectaba cada vez que recordaba esa referencia.

-¿Tengo que darte la bienvenida?

-Estaría bien un poco de educación por tu parte, sabiendo que vengo a ayudarte.

Lo que faltaba por oír.

-Hola-saludaba entonces Hakutaku con parsimonia-. Ponte cómodo y no me rompas nada. Iré a por té.

Y así llevaban con eso tres días.

Hakutaku ya hasta sabía la rutina. Él era antiguo y la memoria se le adaptaba rápido; a las 8:00 Hoozuki se levantaba por la mañana, tenía calculado, para asearse y desayunar, así como regar a sus bichos, los plantas pez. Después, de 8:45 a 11:30, aproximadamente, ayudaba al rey Enma con todo su papeleo, o bien iba a ayudar en otras secciones del infierno. De 11:30 tomaba un pequeño piscolabis y a las 12:00 estaba ya a las puertas que separaban el Cielo del Infierno. Y a las 12:15, de un…"kanabazo", derribaba la puerta y entraba, como si fuera copropietario de la casa, para ayudarlo, o lo él consideraba que era "ayudar".

-¿Vas a quedarte de nuevo hasta la tarde?

-Tengo más cosas que hacer que trabajar de veterinario, por si no lo sabías.

Bueno…ayudar y pinchar, encima. A veces Hakutaku se preguntaba si era un trato justo.

Pero lo cierto es que quitando la violencia y mal humor de Hoozuki, su presencia no empeoraba del todo la situación. Hoozuki era habilidoso, era paciente, y además, si le preguntaba, le contaba cosas.

-¿Cómo está Momotaro?-preguntaba cada día Hakutaku tras servir el té, un amago de costumbre antes de ponerse a trabajar.

-Está bien, aunque ha tenido días mejores-explicaba Hoozuki tras dejar sus cosas en la mesa y aceptar el té-. Sigue preguntándome si le dejarás volver al Cielo. Cree que estás enfadado con él.

-Ya te dije que no.

-Pero no se lo has dicho a él.

-Volverá cuando todo pase.

-¿Qué es lo que tiene que pasar?-preguntaba entonces Hoozuki con mirada fría. Entonces Hakutaku sonreía ladinamente, se tomaba de un sorbo su té y se ponía a trabajar. En cualquier cosa.

-Quiero ponerme a preparar medicinas contra la fiebre y los dolores abdominales. Necesito que me acerques las cosas y los ingredientes.

Hakutaku siempre le cambiaba de tema y nunca le respondía. Tres días ya que no tenía porqué contarle nada. No estaba obligado. Pero a la vez, Hoozuki no preguntaba más, y entonces, las cosas, transcurrían más o menos en paz.

Claro, si es que paz se puede llamar al trato entre gente tan opuesta.

Hakutaku, sabes que esto es de coña.

Oh, mierda.

Hakutaku, por el amor de los Dioses, ¿por qué le dejas tratar contigo?

Cállate. Lo prefiero a ti, si me hacen elegir.

¡! ¿Cómo te atreves? ¡Sabes que no es verdad!

Sí que lo es. Al menos no me causa pesadillas.

¡Eres un mentiroso! Hakuku, yo soy tu otra mitad, sé lo que piensas. Sé que no lo aguantas, deja de mentirte.

Hakutaku se pellizcó la mejilla, cuidando que Hoozuki no lo viera, y volvió a su tarea de buscar las hierbas y algún que otro instrumento. Aunque podía oír a veces esa molesta voz, notaba que esa vez él estaba ganándole la partida, y no volvía a molestarle más.

Di lo que quieras, pero lo prefiero así, pensó altivo.

Oyó una última risa sarcástica.

¡Ja! Eso habrá que verlo.

No volvió a escuchar más su voz en lo que quedaba de día.

Pero eso no significó que no pensara en ello.

Día 4.

Hakutaku nunca había estado más feliz de poder sentir las manos de nuevo, de sentir que podía moverlas otra vez, de trabajar otra vez… Si bien no era como siempre.

-¿Qué estás preparando?-preguntó en esa ocasión Hoozuki.

-Es una medicina simple para la fiebre. Ya puedo preparar cosas sin demasiada complicación-explicó, ensimismado con su pócima.

Hoozuki se quedó callado, miró el caldero que Hakutaku usaba y arrugó el ceño.

-No has puesto la cantidad correcta.

Hakutaku le dirigió una mirada asesina.

-¿Acaso quieres apostar?

Dioses, este demonio me saca de quicio.

Día 5.

Hakutaku nunca había estado más feliz de poder sentir el aire tan limpio, de sentir que nada había pasado… Pero bueno…

-Hakutaku, ¿se puede saber qué haces?-preguntó el demonio en una ocasión en la que Hakutaku había abierto todas las ventanas y había empezado a prepararse un té para tomar tranquilamente.

-¿No lo ves? Me estoy preparando un piscolabis.

-¿Antes de cenar?

-… ¿Qué más te da?

-¿Cómo que qué más me da? ¿No ves que eso va a sentarte mal?

-¡Voy a tomarte un té!

-¡Vas a resfriarte de nuevo, vaca estúpida!

-¿Quieres pelea, subespecie de unicornio?

Dioses, de verdad, me saca MUCHO de quicio.

Día 6

Hakutaku debería de sentirse feliz, pero maldita sea.

Se sentía prácticamente mejor que nunca. Como si nada hubiera pasado. Lo cierto es que deseaba reabrir la farmacia y retomar su vida. Incluso echaba de menos a Momotaro riñéndole por sus borracheras. Echaba de menos a sus conejitos becarios. Echaba de menos su vieja vida. Y casi estaba a punto de volver a la normalidad, pero…maldita sea.

Me saca de quicio.

Con el cuchillo cortaba rítmicamente los frutos y raíces, y las finas trazas se amontonaban en la tabla de cortar.

Me saca de quicio, me saca de quicio. Sé que intenta ayudar, pero me saca mucho de quicio. ¿Qué podía esperarme de un demonio? ¡Bah! ¡Cabezón!

-Oeh, vaca gorda-le llamó Hoozuki-. ¿Has terminado de cortar eso?

-¡Deja de meterme prisa!

-¡Deja de hacer el vago! ¡Cumple con las leyes confucianas y trabaja según tu deber!

-¡Que me dejes!

En serio, me saca mucho de quic-

*Chac*

¿Qué…?

-¡Maldita sea!-exclamo. El cuchillo había acabado cortándole el nudillo, y la sangre empezó a mezclarse con todas las hierbas picadas-. Mierda, mierda….¡Ah!

Eso sí que empeoraba las cosas. Las hojas y raíces secas se adherieron a la herida abierta y Hakutaku notó que la mano le ardía. Las especias no eran lo mejor para curar un corte, en absoluto.

-¿Se puede saber que acabas de hacer?

-¿Tú qué crees? ¡Me he cortado!

-…¿Y para qué te has cortado?

Debe de estar de coña.

-¿Pero tú eres imbécil?-gritó la mítica bestia-. ¡No ha sido a propósito! ¡Me has puesto nervioso!

-Últimamente mucha gente sufre al verme…

-¡Deja de meterme prisas con todo lo que hago!

-¡Torpe!-le gritó el demonio-. ¡Deja de ser tan quejica!

-¡Acabo de cortarme, es normal que me queje!

-¡Eres médico!

-¡Eso no quita que pueda sentir dolor físico, maldito demonio!

-¿Qué clase de médico eres tú?

…Me saca de quicio, en serio.

-¿Qué tal si dejas de gritarme y me das algo con lo que vendarme?

-De ninguna manera, hazlo tú. Yo no tengo misericordia por gente tan inútil.

Inútil.

Hakutaku sintió un pinchazo en la sien, y durante unos segundos el dolor que sentía en la mano se apagó.

-¿Qué me has llamado?

-Eres un inútil cuando quieres y cuando no, Hakutaku. No entiendo cómo puedes ser tan torpe-bufó el demonio.

Torpe.

¡Cállate!

Pero no recibió respuesta alguna. ¿Sería su imaginación?

-¿Me estás ignorando? Es de muy mala educación, Hakutaku.

-¿Eh? ¡No! ¡Ahora dame algo, una tirita o lo que sea!

-¡Tú eres el médico, póntela tú!

Es un incordio. Me saca de quicio. Siempre está insultándome y me falta el respeto. No he dicho ni he hecho nada contra él, y aún me ataca así. No es justo.

Hakutaku titubeó, confuso ante esos pensamientos. Parecía la voz de Kurotaku, pero no le resopndía, y además….lo estaba pensando en primera persona. Y era cierto, era cierto, era cierto, maldita sea.

Es un incordio. Hoozuki no hace más que insultarme y maltratarme; da igual lo que diga….

-…Hakutaku, ¿estás bien?

Hakutaku no comprendió a qué se debía esa pregunta hasta que se dio cuenta de que un extraño frío le había recorrido el cuerpo, y que apretaba los puños con fuerza, sin decir nada, manchándose la mano de sangre.

….Menudo imbécil.

-Estoy bien-dijo en un suspiro. Pasó a su lado, golpeándole en el hombro al caminar, pero el otro no reaccionó-. Yo he terminado por hoy.

Hoozuki no dijo nada, viendo como Hakutaku rebuscaba unos algodones para limpiarse y desinfectarse la herida, y unas tiritas para ello.

-Mañana volveré a la hora de siempre.

Hakutaku negó con la cabeza, sentándose a la mesa para tratar su herida.

-No hace falta, ya estoy bien.

Hoozuki quiso protestar, pero vio un extraño brillo en los ojos del chino.

-Ni se te ocurra….-quiso regañar Hoozuki.

-No lo haré-suspiró el otro, y de repente sonó muy cansado. Hoozuki no dijo nada, viendo como con cierta parsimonia, Hakutaku se trataba el pequeño corte, con pasividad, como agotado. Quizás de aguantarlo.

Pero sabía que de ser así, no podía ser por el propio Hakutaku. Él no…él no era así.

-En ese caso me voy.

-Ya.

-Lo quieras o no, volveré mañana.

Y por una vez, a Hoozuki no le hizo mucha gracia no recibir un insulto de vuelta.

Es un incordio. Como lo odio.

Maldita vaca subnormal.

A este paso acabará enfermando otra vez y no me da la gana de hacer de niñero de nadie.

¿Qué diantres le ocurre?

Se supone que no hay nada que pueda derribar a las bestias celestiales…

Y sin embargo, ahí debe de haber algo.

Hoozuki no le dio más vueltas al asunto y cruzó la puerta del Infierno, aun a sabiendas que, de alguna manera, algo dentro de Hakutaku se resentía y se negaba a sanar del todo.

Pero, ¿qué era?

Como lo odio. Lo odio.

Continuará

*Kong Zi o Confucio es el pensador más importante de China, y su corriente de pensamiento es muy complicada, pero una de sus doctrinas es el de seguir y actuar como a uno le corresponde, además del ejemplo de humildad.

Pronto más! O no D