BIEEEEEN BIEEEEEN capítulo nuevo *tira confeti*

Lo cierto es que merecéis una disculpa, y lo siento mucho. Este capítulo me ha costado HORRORES, porque este fic tiene mucha carga psicológica y manipulación. Al menos creo que ha sido un capítulo largo. También es cierto que con tantas asignaturas, estoy algo atareada cada día, aunque espero tener más tiempo prontito.

No mucho más :) Disfrutadlo! (O algo así)

Incluso en los momentos de mayor soledad, preferiría que estuviera ese idiota aquí conmigo.

Hakutaku intentaba por todos los medios pensar solo por sí mismo. Ignoraba palabras que resonaban en su mente, e intentaba centrarse en sus propias quejas. Pero haciendo eso, no se daba cuenta en que clase de juego estaba cayendo.

Es tan fácil mancillar el color blanco...

No me agrada ese maldito demonio. Ojalá (se muera) dejara de venir y me dejara en paz y (desapareciera) no me molestara.

Maldita sea. Ese eco en la cabeza era molesto.

Hakutaku se revolvió en las sábanas de su cama, se tapó la cabeza con la almohada, intentando presionar con su mullida textura y acallar esos pinchazos en la cabeza.

Migrañas, pesadillas, me encuentro mal, no es nada más.

Pudiera ser.

Estoy jodidopero estas cosas pasan... (pero es su culpa)

Por el amor del cielo, cállate, cállate, rogaba Hakutaku. ¿Por qué le daba a la cabeza por darle tantas molestias a esas horas de la noche? ¿Acaso se sentía mal por todo lo que le había pasado? ¿O quizás...?

...¿Kurotaku?

...

No recibió respuesta alguna.

Kurotaku, ¿eres tú el que me está molestando?

No oyó nada, ni respuesta alguna. Ni una risita ladina y burlona, ni un silbido agudo de desaprobación, ni nada.

Kurotaku, no tiene ni puta gracia.

Nada. El silencio de su mente casi le devolvió el eco. Si cerraba los ojos con fuerza, tampoco podía ver su reflejo abstracto y oscuro. ¿Estaba solo?

...¿Kurotaku?

Por primera vez en todo ese tiempo, solo podía oír su propia voz en su mente. Se sintió extrañamente aliviado por ello, alegre tal vez, pero también un poco...asustado.

¿Y ahora qué?

...

¿Estoy solo?

Eso parecía.

Maldita sea, maldita sea. ¿Y te tienes que ir tan de repente? ¡Ni cuando te vas dejas de estresarme! ¡Ahora estaré preocupado! Seguro que algo planeas.

Hakutaku estuvo muchas horas esa noche hablándole a la nada. No recibía respuestas, ni quejas ni comentarios. Todo estaba extrañamente silencioso. Kurotaku parecía haberse ido, quizás temporalmente, quizás no, quién podía saberlo. No dejó de replicar mentalmente hasta que su cerebro dijo "basta" y cayó dormido.

Y por primera vez, durmió mal, durmió enfadado, pero durmió en plácido silencio.

...Por fin...se fue.

-Vamos, vaca vaga, levántate y trabaja de una vez.

...¿Por qué demonios sigue viviendo?

Hoozuki no parecía inmutarse siquiera ante la cansada y odiosa mirada de Hakutaku. En sus manos tenía dos tazones, y quizás el demonio estaba más atento y casi orgulloso de lo que había traído que de la criatura sagrada.

-Oye, ¿qué diantres llevas ahí?

-Son cosas para que te recuperes antes-acercó ambos cuencos-. Aquí tienes agua de río y aquí hierba.

-...¿Qué te hace pensar que me va a sentar bien?

-Eres una vaca, ¿no? ¿No es lo que coméis?

Que hijo de puta, como le gusta tomarme el pelo.

-¡Deja de burlarte de mí, gilipollas! ¿Es que lo haces a posta?

El demonio frunció el ceño y pareció pensativo un momento. Luego, volcó la hierba en el tazón de agua.

-¿Los prefieres como si fueran cereales entonces?

-¡No me refería a eso!

Madre del Dios Cristiano, ¿cómo puedo tenerle tanta paciencia?

-A todo esto-dijo Hoozuki, acercándole igualmente el cuenco, que Hakutaku apartó a otro lado-. ¿Cómo te encuentras?

-¿Uh? ¿A qué viene eso ahora?

-No me miras con cara de querer matarme y triturarme y darme de comer a tus conejitos. Ahora solo me miras con cara de querer matarme.

Hakutaku quiso replicar, pero lo pensó un momento.

¿Qué clase de mirada le estaría dedicando antes? Kurotaku, ¿tenías algo que ver? ¿Pero qué mierdas has hecho?

...

No, la culpa no es mía, es de Hoozuki. Kurotaku no tiene nada que ver. Hoozuki es así de despreciable, podría haberlo mirado así por el estrés.

Aceptó esos pensamientos sin temor alguno. Podría haber sido perfectamente, y notó un escalofrío por su espalda.

Verás que este maldito inepto me ha estresado más de la cuenta. Sí, debe de ser eso.

Hakutaku se repetía una y otra vez pensamientos de esa índole. No era el único en haber acabado con úlceras por culpa del demonio; Kurotaku al lado era una preocupación menor y todo.

Maldito demonio. Eres peor que los míos propios, se dijo, y casi se rio al pensar eso.

-¿Me estás escuchando?

-A veces creo que voy a dedicarme a ignorarte pero asentir con la cabeza para que me dejes en paz, demonio sádico.

Entre la mirada de ambos saltaron chispas.

-¿Quieres darte de baja de nuevo por rotura de todos tus músculos, Hakutaku?

-¿Quieres venir a cuidarme otro mes, Hoozuki?

La tensión se mantuvo en el aire y se podría haber pinchado con una aguja y desinflado como un globo. Al cabo de unos segundos ambos rompieron el contacto visual y suspiraron. Uno, fastidiado. Otro, cansado. Y es obvio saber qué suspiro era de quién.

-No creo que con la edad que tienes fueras capaz de cuidarte de ti mismo, vaca decrépita.

Hakutaku gruñó por lo bajo y quiso protestar, pero Hoozuki ya se había levantado de la mesa y se llevaba consigo su peculiar idea de desayuno equilibrado. Tiró la hierba por la ventana (era agua y hierbajos, nada de comida que se pudiera malgastar) y se acercó a la nevera, abriéndola y dejando que su frescor le diera de lleno, buscando algo.

-Está bien, pensaré en ti como en un animal, y yo no maltrato animales. ¿Qué quieres para comer?

-Sinceramente no me fío de lo que puedas preparar.

-¿Tú no tenías otra forma original en forma de carnero?

-¿Por qué lo preguntas?

-Quizás así no tenga tantas ganas de pegarte…-comentó el demonio, sacando algo de las sobras del día anterior consistentes en fideos fritos instantáneos.

-¡Eso es cruel!

-Igualmente tengo que cuidarte de alguna manera-se quejó el demonio, sentándose de nuevo ante la mesa y comenzando a comerse los fideos.

Ah, veo que nunca fueron para mí, gracias, maldito unicornio del mal.

-¿Está buena MI comida?-preguntó con desdén el médico. Hoozuki asintió con la cabeza sorbiendo los fideos.

-Lo hago por ti-dijo tras tragar-. No quiero que te quedes con esa comida basura que tanto mal hace a tu organismo.

….

Vale, no tengo respuesta para eso.

-Eso es una estupidez.

-Pero sigo haciéndolo por tu bien. Tengo que cuidar de tu salud-el demonio pareció pensativo durante unos instantes-. Mañana te traeré comida del infierno para ver si te sienta mejor.

-¿Comida del…?

-Sabes a lo que me refiero, maldita sea-bufó Hoozuki, terminando los fideos fríos-. Comida sana, buena, porque veo que te sigues empeñando en no hacer otra cosa que molestarme.

-Nadie te obliga a venir aquí…

Se hizo el silencio. Hoozuki no dijo nada, pero asintió con la cabeza.

-Tienes razón, nadie me obliga realmente. Pero vengo porque quiero.

Ha dicho que venía porque quería.

Aunque quizás me esté mintiendo, o sea una forma de decir…porque quiero molestarte. ¡Quién sabe!

Pero aun así viene cada día. Discutimos mucho, pero sigue viniendo.

Que menudo coñazo, por cierto, todo el día tratándome como a un imbécil y a un niño pequeño.

No nos llevamos bien, pero al menos no olvido como hablar con la gente. No está mal, creo.

P-pero….no, no es así, estoy harto de él, no lo aguanto, lo odio.

Pero…Habrá que conformarse. Está bien, agradezco incluso a esta persona como visita.

Hakutaku no se dio cuenta, pero cuando Hoozuki terminó de hablar, en sus labios había una pequeña sonrisa de alivio.

Sobreviviré, supongo.

Cuando por la noche Hakutaku dormía, por fin con calma, algo dentro de él se removía sin estar del todo contento. Sin embargo, no decía ni una sola palabra…no mientras el otro estuviera despierto.

Pero él era igual de antiguo y tenía sus mismas bazas.

Aquellos días cambiaron extrañamente para mejor. Era raro, muy raro para Hakutaku que realmente cambiaran para mejor, teniendo en cuenta que el hecho de que fuera Hoozuki el que ayudara a sobrellevarlo no era lo que hubiera esperado. Si el Armaggedon hubiera ocurrido en el mundo occidental (no les preocupaba mucho en Asia) y hubiera llegado a China y Japón y hubiera una catástrofe y se hubieran visto obligados a cooperar todas las entidades del más allá para reconstruir el mundo, Hoozuki y Hakutaku no hubieran colaborado, seguramente. Por eso, quizás le era especialmente extraño que todo eso fuera así.

El primero de esos días Hoozuki llegó con el ceño fruncido y un aura oscura a su alrededor. Llevaba en su kanabo una bolsa de tela en la que llevaba algo, y Hakutaku consideró que por fin era el día en que sería sacrificado y usado como carne de hamburguesa.

-Te he traído la maldita cena, y si no te la comes te la meteré por la nariz-dijo Hoozuki muy amablemente tirándole la caja a la mesa.

Hakutaku no supo a qué venía eso hasta que abrió el paquete; a partir de ahí le dio igual. Era una caja de ramen casero que conocía bien, aunque había comido en escasas ocasiones. Tenía algo de masa frita y era muy popular por ser hecha por espíritus demoníacos zorrunos, y eran algo muy nutritivo.

-Oh~, ¿y esto?

-Después de ver que no quisiste tomarte el agua y la hierba supuse que tenía que cambiarte la dieta.

-...No me digas que va en serio.

-Si no te comes eso mañana te llevaré cualquier otra cosa, pero come algo, maldita sea. O te comerás mi kanabo-amenazó Hoozuki, apoyando el extremo de su arma en la mejilla del chino.

-¿¡Te he hecho algo de buena mañana!? ¡Déjame en paz, me lo como, maldita sea! ¡Te ganas a la fuerza que ni te lo agradezca!

Maldito demonio.

No tenía por qué haberlo hecho.

¿Qué se ha creído?

Lo cierto es que es un detalle.

Hakutaku suspiró, pero se atrevió posteriormente a esbozar una pequeña sonrisa.

-Gracias, supongo. A cambio hoy no te envenenaré la comida.

Hoozuki y Hakutaku se miraron a los ojos y mantuvieron la mirada unos segundos. Al chino se le hizo raro ver que por una vez no ponía cara de ese pajarraco picozapato, pero al japonés también le extrañó ver que por una vez el chino parecía bromear de verdad y que no tenía intención de añadir cualquier hierba tóxica en la comida.

-No me las des y ponte bien ya.

-¿Y esto?

Hoozuki no dijo nada, apretando los labios y como siempre poniendo una cara que mezclaba estrés e ira. Hakutaku sospechó por un momento que Hoozuki intentaba sacar a relucir un 1% de su posible carácter agradable, y que eso le costaba horrores. El demonio lanzó a la cara la cajita que tenía en la mano.

Pero será cabrón.

Meh, al menos es la caja y no el kanabo. Lo aceptamos.

-Te he traído té del infierno. Si no lo quieres lo herviré y cocinaré tu carne en él.

-¿Me estás viendo con cara de remilgado? Los chinos somos los maestros del té, los japoneses nos robaron las ceremonias de la dinastía Tang...

-¡No necesito que me des las gracias!

Hakutaku no pudo evitar esbozar una sonrisa divertida, abriendo la caja con cuidado para oler el aroma de las hojas del té.

-Tampoco iba a hacerlo.

-...Te voy a matar.

-Si lo haces no lo preparo.

Hoozuki y Hakutaku se volvieron a mirar a los ojos. Poco a poco parecía que se acostumbraban a eso únicamente como un pulso y no como un aliciente a pelearse.

-Cuánto te odio.

Yo también te odio.

Bueno, es divertido.

Pero...

Supongo que así está bien. Buen chico. Si se entera que he pensado esto me matará.

...

-...

Hoozuki no dijo nada mientras dejaba en la mesa una cajita pequeña. Era de metal, plateada, y al médico le extrañó la ausencia de púas o cualquier detalle infernal que tanto le gustaban al demonio. Hakutaku ni siquiera sabía lo que había dentro, y la miraba con una mezcla de curiosidad y desinterés.

-¿Qué me traes hoy? Últimamente me siento como uno de esos humanos de los programas de la tele a la que la gente le lleva cosas para tasarlas y venderlas por un dineral-bromeó. Esperó que el demonio frunciera el ceño y alzase su arma contra él, pero Hoozuki solo esbozó un mohín de desagrado.

-No es nada de eso, vaca deficiente-carraspeó. Dio un golpecito a la caja para acercarla más a Hakutaku, como si no quisiera dársela en mano-. Es medicina.

Quizás eso si sorprendió al médico. No supo si extrañarse, reír o quedarse en shock. Él era médico, era el mejor de los médicos, ¿por qué debía aceptar medicina de nadie? Por otro lado, dudaba que su "mal" tuviera realmente una cura conocida, pero el demonio la había traído igualmente, a ciegas. Además, no se la había lanzado a la cara y optaba por un modo más civilizado de tratarlo.

No tenía sentido.

¿Se cree que no puedo cuidar de mí mismo?

B-bueno, es un detalle.

No lo necesito.

Lo hará con la escasa buena intención que tiene.

-No sé qué es lo que te pasa exactamente, pero he podido encontrar la fórmula de esta medicina-explicó Hoozuki.

Nadie te lo ha pedido.

-No sé si habrás preparado algo similar, aunque lo dudo, porque necesita de plantas casi todas del infierno.

Menuda molestia.

Pero nadie te lo ha pedido, demonio.

-No suelo preparar medicinas pero no es algo que me cueste realizar-el demonio se cruzó de brazos y carraspeó-. Bueno, eso es.

...¿A qué viene esto? Se burla de mí.

No, no es eso. Quizás no se le ocurre qué diantres hacer para ayudarme. Es normal, no solemos hablar mucho de nosotros en realidad.

Qué más le da. Se está riendo de mí, como si yo no pudiera cuidarme por mí solo.

Como lo od-

Hakutaku dejó de pensar y cogió la cajita de inmediato.

-Eh, gracias-se esforzó por sonreír, intentando dejar de pensar y torturarse la cabeza-. No me lo esperaba.

-Más te vale que te sirva.

-No podemos saberlo hasta que lo pruebe, idiota-se rió el chino en la cara de Hoozuki. Se le hizo extraño poder reírse más de tres segundos sin notar una hostia bien dada (n/A: lo siento, soy muy española y tenía que usar esta expresión) por parte del demonio, que se limitó a suspirar con infinita (y aparente) paciencia.

-Tú prueba un poco de eso, lo preparas con agua y lo tomas antes de dormir. Y ya mañana me dirás qué tal te sientes y cómo te mejora eso en...-carraspeó-. Lo que sea que te haya ocurrido.

Hakutaku se dio cuenta de que no quiso sacar más el tema y sinceramente lo agradeció. Recordar a Kurotaku, aunque fuera un par de segundos, le causaba escalofríos y algo peor aún: miedo. Miedo a que regresara, miedo a que tomara el control.

No debe volver.

No debe volver.

-Bueno, yo...-Hakutaku se dio cuenta de que era él quien hablaba, y se regañó a sí mismo. No quería preguntarlo, en realidad, no quería hablar de ello. Pero ¿y si Hoozuki o el Rey Enma sabían algo de lo que le ocurría? ¿Y si conocían de algún remedio? Se sentía terriblemente tentado de contarlo, o más aún: necesitaba hacerlo. Guardar secretos no era su fuerte.

Pero no pudo.

-¿Qué es?

El chino se obligó a pensar deprisa.

-Probaré esto...a ver qué tal, y eso. Que...que gracias, no me lo esperaba-luego esbozó una falsa sonrisa-. ¿Seguro que no es veneno?

Hoozuki carraspeó, soltó un insulto y lo dejó estar, y Hakutaku agradeció que ninguno dijera más de lo que tuviera que decir.

Hakutaku estuvo mirando largo tiempo lo que tenía sobre la mesa esa noche. Un vaso con agua casi a punto de hervir. Una cuchara de metal. Y la cajita de medicina del infierno que Hoozuki le había dado, lleno de esa fórmula de hojas, raíces y frutos demoníacos.

Ojalá fuera solo un resfriado, un dolor de cabeza, una náusea, una jaqueca. Deseaba con todas sus fuerzas que su mal fuera alguna cosa así y no ese...desdoblamiento de personalidad, de alma, de lo que fuera. Lo deseaba porque si esa medicina no funcionaba con un problema nimio, siempre podría recurrir a otras medicinas. Pero de repente, ante esa fórmula que Hoozuki le había dado, tenía miedo. Quería tomársela, pero dudaba, pues sabía que si bien podía funcionar, tal vez no lo hiciera... y no quería de ninguna manera aferrarse a un clavo ardiendo como última esperanza.

Tardó mucho tiempo en levantar la chuchara para coger un poco de esas hojas picadas de la cajita.

Dioses, esto es una tontería.

No tengo nada que perder.

Se detuvo unos segundos e hizo acopio de fuerzas, y finalmente fue capaz de echar el contenido en la taza. Respiró hondo.

No hay mejor médico que yo, esto es una pérdida de tiempo y un insulto a mi inteligencia.

Aunque bueno, ya que ha querido ayudar, no voy a hacerle el feo. No nos llevamos bien, le habrá costado prepararla tanto como a mí aceptar que necesitaba su ayuda.

Removió despacio las hojas en el vaso. El agua tomó un color cobrizo y un olor extrañamente dulzón.

Esto no va a dar resultado. Verás como en mil años, dos mil, Kurotaku...Kurotaku vuelve y aunque use esto, no me hará efecto.

Dos mil años de paz... bueno, es tentador.

Se acercó el vaso a los labios. Su mente empezó a agitarse.

No, no, no. No voy a beberme eso. Lo odio, es un imbécil. Yo... Yo... no puedo beberme eso. Podría ser venenoso, podría ser inútil. ¿Por qué lo intenta?

Aunque...

El vaso se detuvo a escasos milímetros. Notó un extraño pitido en los oídos acompañado de un molesto silencio que casi le hacía daño.

Es verdad.

Es verdad.

Ese tipo siempre se ha estado burlando de mí. ¿No es así?

¿Qué va a cambiar todo esto? ¿Es que acaso le importo lo más mínimo?

...

Es cierto.

Es cierto.

No somos amigos, no somos compañeros. No gana nada a nivel personal ayudándome. Puedo curarme yo solo sin ayuda de nadie, pero él parece que se divierte. Tratándome como un niño, como si fuera débil, y él superior a mí. A mí, que soy Hakutaku, una criatura divina, parte de la jerarquía celestial. ¿Quién es él? ¿El secretariucho del rey? No tiene ni siquiera papel en la jerarquía demoníaca propiamente dicha.

Se está burlando de mí, se burla de quién soy, de mis capacidades, de mi ser. Se ríe de mí.

Él me odia tanto como lo odio yo.

Lo. ODIO.

El vaso se estampó contra la pared y se destruyó en cientos de pedacitos de cristal. Una mancha caliente y ocre quedó en la pared. La respiración de Hakutaku se había agitado, quizás no tanto por lo que había pensado sino por el enfado que de repente le había invadido.

Maldita sea, maldita sea, maldita sea.

¿Cómo había podido estar tan ciego?

¿Cómo?

-¿Y bien?

Hakutaku ignoró a Hoozuki en cuanto llegó a su casa. El chino estaba a sus cosas, cortando con parsimonia algunas plantas, machacando, arrancando, sin querer pensar en nada en particular. Sus pensamientos acabarían yendo siempre a lo mismo y no acabaría aguantando el enfado.

-Hakutaku, te estoy hablando.

-¿Y bien qué?

-¿Probaste lo que te traje?

Hakutaku frunció el ceño. Notó calor en el pecho y en las manos, como si hirviera algo en él.

-No.

-¿Por qué no? Te dije que la probaras.

-No he querido.

Hoozuki miró gélidamente al médico, que no le dirigió la mirada, y se le hizo algo raro. Por una vez no quiso discutirle.

-...Está bien. En ese caso, ¿me lo puedes devol-?

-Lo he tirado.

Eso sí que no se lo esperaba. Dio un golpe a la mesa.

-¿Cómo que lo has tirado?

Esta vez fue Hakutaku el que se enfadó.

-¿Quién te crees que eres tú para venir a mi casa a ejercer de médico?

La pregunta pareció tomar algo desprevenido al demonio, lo que dio paso a que Hakutaku pudiera seguir replicando.

-Dime, ¿te lo has pasado bien estos días mirándome por encima del hombro? ¿Te parece divertido reírte y burlarte de mí? ¿Es eso?

-¡No digas estupideces, vaca estúpida!

-¡Ahí está otra vez! ¡Estoy harto, harto de ti y de tus insultos! ¡Que te quede bien claro! ¡No soy una vaca estúpida, soy Hakutaku, el Hakutaku, una criatura celestial, divina! ¡Tú eres un demonio del tres al cuarto al que le gusta mirar por encima del hombro a la gente, pero conmigo no voy a dejar que sea así nunca más!-Hakutaku fue ahora el que golpeó la mesa-. ¡No quiero que vuelvas a burlarte así de descaradamente de mí! ¡YO soy el médico aquí, y tú no tienes derecho a jugar a doctores en mi territorio!-bramó.

No, no está solo jugando a médicos y a tonterías así.

Esto es un insulto a mí mismo.

¿Es que acaso estás jugando a ser un dios?

Todas las palabras que disparaba como balas no fueron bien aceptadas por Hoozuki, aunque no era algo extraño ni una reacción fuera de lugar. El demonio agarró el kanabo sin pensarlo dos veces y golpeó con él la mesa, partiéndola prácticamente en dos.

-¡Deja de gritar como una mujerzuela, no sé cómo puedes echármelo en cara encima!

-¡Te lo repito por última vez!-gritó Hakutaku, agarrándole del cuello del kimono al demonio-. ¡No te necesito!

Hubo algo en la voz de Hakutaku que alteró al demonio. No supo lo que era ni a qué le recordaba, pero simplemente no le dio buena espina. No reaccionó durante ese segundo, y algo le dijo que por una vez sería mejor no hacerlo. Apartó de un manotazo el agarre y se apartó de Hakutaku, con una mirada fría. Chasqueó la lengua, molesto, pero extrañamente, se contuvo. Apoyó su arma al hombro y desvió la mirada.

-¿Sabes qué? Haz lo que quieras, no es mi problema que estés en tus días. Púdrete aquí si tanto quieres, criatura orgullosa.

Justo cuando cerraba la puerta, algo chocó contra ella, rompiéndose en añicos. Un vaso, algún cuenco, alguna cosa de cerámica o cristal. No quiso replicar, ni siquiera pensar en nada; sentía que, de hacerlo, acabaría matando al otro, y una cosa era romperle todos los huesos y otra asesinarlo-si es que el otro no lo lograba primero.

Igualmente, había algo que seguía sin cuadrarle. Se le hacía familiar, y a la vez no sabía de qué.

"Es hora de volver a los Infiernos durante una temporada antes de que lo mate, o él a mí", pensó. Comenzó a alejarse, a sabiendas de que no volvería a pisar el Paraíso durante una larga temporada, cuando todo se solucionase...Si es que ese día llegaba.

Las náuseas recorrieron el cuerpo entero de Hakutaku. No sabía si acabaría vomitando, pero notaba algo denso y fuerte en su interior, como si quisiera abrirse paso. Le mareaba y le dolía la cabeza. Se iba extendiendo por dentro como si le contaminase la sangre.

En cualquier otra situación se hubiera dado cuenta, pero por desgracia, no era cualquier otra situación. Su cuerpo temblaba, recostado en la cama, atrapado en la mezcla de calor y de frío, de vértigo y de pesadez, de sueño y vigilia.

Maldito demonio. Se atreve a tomarme el pelo, a humillarme, dejarme por los suelos, insultarme, ¡atacarme!

Sí, es cierto. No me deja en paz.

¿Sabes que debería de hacer? Debería de darle una lección. La culpa realmente es mía.

¿Es culpa mía?

Sí, claro que sí. He sido demasiado blando, siempre lo he sido. En vez de ir juzgando a la gente por ahí y ejerciendo como un ser todopoderoso, los he dejado tranquilos, en paz, les he curado y les he informado. Nunca he hecho daño a nadie. Es cierto, ¿no?

Sí, es verdad. No he hecho más que ser buena persona. Es verdad.

No soy perfecto, eso es cierto. Pero he dado buena suerte a la gente, les he dado medicinas, cuido de los seres que cuidan el mundo. ¿No me hace eso digno y merecedor de un trato más...amable, quizás?

Sí, sí, todo es verdad. No me aprecian ni valoran tal como deberían.

Eso es. Sobre todo ese maldito demonio.

...Ese demonio...Maldito sea.

Sí, maldito sea. Dilo una vez más.

Maldito sea, maldito sea ese jodido demonio. Ojalá se muera. Dioses, cómo lo odio. Cómo lo odio, cómo lo odio, cómo lo odio.

Eso es, Hakutaku. Lo odias, lo odio, lo odiamos con cada célula de nuestro ser. Seguro que ese insensato no es más que la punta del iceberg.

Una terrible oscuridad comenzó a nublarle la vista a Hakutaku. No supo si eran sombras que cubrían la habitación o si era algo mental. Pero no le importaba. No le importaba.

Hakutaku, Hakutaku...la voz de Kurotaku sonó extrañamente más suave y terciopelosa, y a la par, más cálida y familiar. Casi podía sentirla abrazándole. No te culpes tanto. ¿Es culpa tuya? Sí, pero ¿sabes qué?

El chino no tenía fuerzas para combatirlo. Al contrario, notaba que algo en él necesitaba escucharlo. Negó con la cabeza, aunque no podía ver a Kurotaku, esperaba que él sí pudiera verlo a él.

Eres demasiado bueno. La culpa en realidad es de ellos. Ellos te provocan, les das la mano y se comen el brazo. No es justo. Es culpa tuya por permitir que hagan eso. ¿Quieres seguir así?

-...No, no quiero-masculló. Sentía que los ojos le ardían. Quizás eran las únicas palabras agradables que recibía tras todo ese silencio. No comprendía cómo podía haberlo echado de menos, cómo podía agradecer ahora que Kurotaku lo apoyara, que no lo dejara solo.

Porque...había estado siempre solo, ¿no?

Duérmete, Hakutaku. Duérmete de una vez.

Hakutaku se retorció en la cama, mirando al techo, como si ahí estuviera esa sombra con nombre. De alguna forma, creía verlo.

-No, no quiero tampoco eso. No despertaré-dijo con un sollozo-. No quiero desaparecer.

Notó una sombra cálida rodearle el cuerpo, como una sábana negra. La oscuridad se iba haciendo más fuerte, pero era ligera. Era como una noche de verano.

No te irás. Solo descansarás un poco.

-Tengo miedo.

Yo cuidaré de ti.

-...

¿Me tienes miedo?

No hubo respuesta.

¿Prefieres que Hoozuki vuelva?

El corazón de Hakutaku dio un vuelco y se mordió los labios. Notó los ojos humedecerse, y sintió en el pecho el dolor del orgullo roto.

-No.

Entonces duérmete. Todo saldrá bien. Solo quiero que descanses. Si tú estás mal por alguien que no soy yo, yo también estaré mal. La única persona que puede molestarte vive dentro de ti. No te hagas de rogar. Descansa.

Hakutaku no tuvo más fuerzas para negarse. Estaba muy cansado. Algo le decía, algo más allá de su propio pensamiento, que era una mala idea. Le estaba abriendo las puertas a Kurotaku, y era lo último que debía de hacer, lo sabía, maldita sea si lo sabía.

Pero estaba cansado. Muy cansado. Más de cinco mil años pasan factura tarde o temprano. Cuanto más pensaba en esa burla, más le dolía, cada vez más. Maldita sea. Y él que había pensado que aún podría mejorar, que todo podría salir bien. Qué iluso había sido. Estar cerca de Hoozuki era casi peor que estar con Kurotaku acechando en su mente.

Su mente se rindió. Cerró los ojos, respiró hondo y dejó que la oscuridad lo sumiera.

Continuará

Estoy tan contenta de haber terminado este capítulo que no tengo mucho más qué decir. Pronto más, y a ver si empieza ya el rock´n roll! D