¡Mirad quién ha vuelto!

Siento MUCHO haber tardado tanto, pero casi no lo cuento. Entre la carrera y demás, apenas he tenido tiempo a escribir esto, que tenéis que recordar que lo hago como afición. Además, he estado ocupada...haciendo un cosplay de Hakutaku, sí 3

Pero lo prometido es deuda y aún la historia no se ha terminado. Espero que disfrutéis de la lectura y perdonéis la tardanza y que quizás sea un capítulo algo flojo. Un besito de vaca!

Un golpe, otro golpe, otro más. Un gran aluvión de violencia gratis que caía sobre la superficie del papel. El bolígrafo coronado por un pez dorado no escribía; acuchillaba los documentos. Su dueño, el demonio con fama de peor humor del infierno, habría sido capaz de cortar esos papeles con su mirada, pero parecía tener una gran afición por usar herramientas de ese tipo. El roce del bolígrafo atravesaba el papel hasta rasgar la mesa, y chispas de fuego saltaban ante la agresividad de la escritura de Hoozuki.

El gran rey Enma intentaba ignorarlo, pero cuando una chispa saltó a su barba y notó un desagradable calor en la barbilla, entendió que era el momento.

-¡Hoozuki!-gritó, apagándose la barba en llamas-. ¿Qué es lo que te ocurre, estás estresado?

El bolígrafo derrapó por el papel y esta vez las chispas cayeron sobre la toga del rey Enma. Realizar una comparación del rey del Infierno con un kebab habría sido sin duda la comparación más acertada de todas.

-¡Hoozuki!

El demonio dejó el bolígrafo para coger un cubo de agua y extinguir las llamas que quemaban al rey. Enma no quiso preguntar de dónde había sacado el cubo, o por qué no se preocupaba por ese incidente, pero le seguía preocupando el estrés de su secretario.

-Lo siento, he estado algo distraído.

-Eh, eso no es muy propio de ti. ¿Has estado trabajando más de la cuenta?

El demonio frunció el ceño y una placa tectónica se estremeció de terror.

-No exactamente.

-Oh, Hoozuki...-el rey Enma se quitó las últimas motas de ceniza que le manchaban la ropa chamuscada-. Sé que no soy un gran consejero y de hecho siempre soy yo quien te pide consejo a ti, pero sabes que puedes contar conmigo cuando algo te preocupa (n/A: Enma modo papá ON).

Hoozuki pareció pensárselo, claramente dudoso. Eso ofendió al rey, que esperaba que Hoozuki no dudara un instante en pedirle ayuda, pero Hoozuki no dejaría de ser Hoozuki; sin embargo, al cabo de unos minutos, Hoozuki suspiró y por fin habló, lo que hizo que al rey le diera el corazón un vuelco de alegría.

-¿Todos los ancianos son tan irritables?

-...¿Perdón?

-Pregunto si todos los ancianos son tan irritables.

-Eh...¿Qué entiendes por anciano?

Hoozuki calculó mentalmente.

-¿Cinco mil años?

-¿¡Cinco mil años!? ¿Seguro que eso es un "anciano"?-exclamó el rey Enma. Luego lo reconsideró y se estrujó los sesos, cayendo finalmente en la cuenta-. ¡Ah! ¿Te refieres a Hakutaku?

El bolígrafo ignífugo de Hoozuki reventó entre sus dedos, y el rey Enma no supo si anotarse un tanto por haber acertado o asustarse.

-La ancianidad me acabará matando-dijo el joven demonio apretando los dientes. Enma casi pudo oír como la mandíbula de Hoozuki crujía por su propia fuerza, y sabía que tenía que actuar antes de que tuviera que pagar el dentista.

-Hoozuki, no es algo que se supone que tengas que decir con lo joven que eres-masculló el rey, intentando apaciguarlo-. Pero, eh... bueno...-intentó pensar rápido. Entonces, la bombilla se le encendió-. Recuerda que para nosotros el tiempo es muy relativo, ¿sí?

Hoozuki relajó el rostro y miró al rey. Ahora Enma tenía su atención.

-Relativo.

-Sí, eso es-empezó Enma, emocionado por poder contar algo que por una vez parecía interesar al joven-. Ya sabes que tenemos más de mil años, pero no es que seamos precisamente unos vejestorios...

-Bueno, usted se ha echado a perder...

-...y que a pesar de los años encima no aparentamos demasiado-continuó Enma, ignorando como podía a Hoozuki y sus pullas-, ni realmente nos afecte tanto la edad, pues miles de años siguen siendo miles de años, Hoozuki. Simplemente estará agobiado, no tendría que ser algo raro...-titubeó. El rey Enma meditó unos segundos, pero no dijo nada más-. ¿Y si simplemente está estresado?

-¿En sus días?

-¿En sus días?-repitió el rey.

-Sí, ya sabes, esos días.

-No sé a qué te refieres.

-Da igual, debe de ser eso-suspiró Hoozuki con cansancio-. El imbécil estará en sus días.

Hizo cálculos mentales. Si para ellos un siglo era poco, y un día un suspiro en comparación con la inmortalidad, y en el mundo humano "esos días" era sobre una semana... Quizás, haciendo cuentas y alargando esa etapa de "esos días", sí, quizás sería hasta normal que a Hakutaku le duraran tanto "sus días".

Maldita vaca hormonal. Como te odio.

Aquellos que piensan que la oscuridad es un mundo frío no compartían su...sus puntos de vista.

-¿Qué te parece?

Se le hizo raro sentir el silencio dentro de su cabeza.

-¿Vas a estar tan callado todo el día?

Oyó un quejido en su mente.

-No voy a interrumpirte si quieres hablar, ¿sabes?

... Es que es todo demasiado raro...

Kurotaku se encogió de hombros y se estiró en la cama. Dentro de un alma, de una mente, de una razón, uno puede sentir físicamente más bien poco. Poder notar como crujían los huesos de la espalda y como le recorría un escalofrío de gusto le hizo sonreír. Hasta sonreír se le hacía irreal.

-¿Es por eso de no tener cuerpo ahí dentro? No te preocupes. ¿No es genial?

Sigue sin ser lo que me esperaba.

-Haku, no seas tan negativo de buenas a primeras. ¿No es lo que querías?

No me refería a físicamente, creo.

-Pero-interrumpió Kurotaku-es es solo el principio. Ya lo verás. Primero no notas el tacto, la piel, el latido del corazón y el dolor físico. Poco a poco el resto se suaviza.

No lo creo se quejó Hakutaku amargamente. ¿Y si de no sentir dolor físico sólo me queda el dolor de dentro?

Kurotaku frunció el ceño. Suspiró e intentó tomárselo con calma.

-No seas así, Hakutaku. He venido por ti. ¿Sabes qué? Creo que es mejor que te quedes dentro. Un rato largo. Unos buenos días, o unas semanas. Quizás más. Ya sabes, para nosotros la eternidad sigue siendo un suspiro.

Hakutaku se revolvió dentro de sí mismo. Se acurrucó en la oscuridad y dejó que la cubriera. No quería darle la razón a Kurotaku, pero hacía tiempo que había perdido. Lo necesitaba; necesitaba estar solo, estar aislado, estar protegido.

-Hagamos lo que he dicho. Descansa. Yo me ocuparé de todo. Puede que pasen unos siglos y estés mejor, como antes. La radiante bestia de la luz y la suerte, Hakutaku.

El aludido se encogió más en sí mismo, cubriéndose de las sombras como si fuera un manto. Algo le decía que no estaba del todo bien. Que no debía de dejar que otro tomara su papel.

Pero cielos, dolía demasiado.

Soy demasiado antiguo para aguantarlo todo. Quizás tengas razón. Tantos miles de años aguantando han hecho que hasta la mínima aguja sea como una daga clavándose en mí. Me ha sensibilizado e irritado. No puedo ejercer de Hakutaku en este estado.

-...¿Entonces, Hakutaku?

Se hizo el silencio. Un susurro resonó.

Hay trato, Kurotaku.

Como odiaba el Paraíso en momentos así.

A Hoozuki le irritaban muchas cosas. Una de ellas era disculparse. Otra de ellas era cuidar a la gente. La última era tener que preocuparse por ellas. Preocuparse quizás era una palabra muy seria y fuerte para él, casi censurable. Tal vez fuera mejor decir que se preocupaba por el sistema y su correcto funcionamiento, y tener que estar pendiente de él todo el rato lo irritaba al extremo.

Y por eso tener que preocuparse por enésima vez por Hakutaku le ponía de los nervios.

Mala combinación es preocuparse y ponerse de los nervios a la vez. En Hoozuki, eso se traducía como una serie de reacciones que incluían violencia, maltrato y dolor. Y algo que le estresaba más era saber que no podía usar nada de eso.

Últimamente había estado muy blando. Y eso le preocupaba más, inconscientemente. Algo debía de preocuparle mucho, muchísimo, para estar tan preocupado, al punto de ir voluntariamente a realizar la tarea, por su propio pie, sin permitir que nadie tomara ese papel.

Quizás tantos años hacen que el perro y el gato no tengan otro con quién pelearse, pensó.

El Paraíso había cambiado aquella vez. Normalmente los árboles estaban cargados de melocotones y las flores abiertas en eterna primavera; aquella vez no había fruto alguno y lo único que había en la hierba eran las ondas del viento. Incluso el aire parecía distinto, vacío, sin aroma ni olor. No había conejito alguno en las cercanías a la casa de Hakutaku, y el cielo estaba encapotado. Como si hubiera pasado una sombra sobre el cielo y no hubiera permitido que la luz entrara. No era agobiante; simplemente daba la sensación de algo abandonado, vacío, silencioso...pero no muerto.

Y Hoozuki sintió algo.

Algo familiar a la vez que lejano.

Kurotaku sintió algo.

Algo familiar a la vez que lejano. Pero fue mucho más rápido a la hora de recordar qué era.

-No, tú no-gruñó.

¿Hm?

-No hagas ni caso, Hakutaku-espetó Kurotaku-. Tú duérmete. No es asunto tuyo. No ahora.

Hakutaku intentó espabilar. Podía sentir agitación por parte de Kurotaku, ahí dentro.

¿Qué te ocurre?

-Nada. Duérmete.

Hakutaku no dijo nada, volviendo a acurrucarse, pero no se durmió; escuchó y sintió con atención lo que ocurría. Sintió un escalofrío similar, y su mente vagó unos segundos.

¿Podría ser...?

Se oyó un golpe en la puerta.

¡!

-Sh. Duérmete.

Kurotaku se acercó a la puerta. Sabía bien quién era, esa sensación solo podía ser suya. Se oyó otr golpe y Kurotaku sonrió. Sin borrar esa expresión, abrió la puerta.

-Hoombre, cuánto tiempo. ¿Vienes a armar jaleo en mi humilde morada?

-...

Hoozuki no dijo nada. Esperaba encontrarse a Hakutaku desanimado, decaído, o incluso peor; por un momento, al escuchar ese timbre de voz, esperaba encontrarse con el mismo desconocido que una vez halló en casa de la bestia sagrada; ese joven de cabello blanco y ojos rojos, ese joven de sonrisa burlona y actitud desafiante.

Pero ante él tenía a Hakutaku. Con sus ojos negros, su cabello negro, su ropa blanca. No parecía estar tampoco en su mejor momento, y quizás todo eso le sorprendió más.

Maldita vaca hormonal. Me vas a volver loco.

-He venido a ver como estabas, vaca caprichosa.

-¿Vienes a jugar a los médicos? ¿Llevas ahí la cicuta contigo?

¿Es...? ¿Es él...?

-No empieces con tus bromas, Hakutaku-advirtió Hoozuki.

-Tú no eres nadie-respondió el chino, quizás tanto al demonio como a Hakutaku.

No, no me mientas. Es él.

-Lárgate-inquirió Kurotaku de forma agresiva al demonio. Hoozuki pudo notar en la voz del otro una nota de quizás miedo, de incertidumbre.

No quiero que esté aquí. Quiero que se vaya. Haz que se vaya. Es odioso. Cuando tengo una herida hurga en ella. Cuando está a punto de sanar, vuelve a hurgar. Nunca acaba. Haz que se vaya, haz que se vaya masculló Hakutaku, casi implorándolo.

Kurotaku sonrió.

-¿Sabes? Es hora de que desaparezcas de aquí. Todo irá mejor sin ti. Todo seguirá su orden sin ti. ¿Quién eres tú? Nadie. No eres un Dios, no eres una Criatura Divina; qué tontería, pues solo eres un funcionario. Un funcionario. Como en el mundo humano-se permitió reírse en su cara-. Esto se acabó, Hoozuki. Esto se acabó. No queremos volver a verte. Estamos hartos de ti. No vuelvas a molestarnos.

Durante su discurso, Hoozuki había controlado cada segundo de su paciencia para no coger su kanabô y destrozarle una vez más la cara al chino, pero se alegró de haber esperado. La última frase de...Hakutaku hizo que su corazón diera un vuelco de lo que fue preocupación y sospecha, una mezcla tan mala como los nervios y la preocupación.

-¿Molestaros?

Hoozuki vio como los ojos negros de Hakutaku brillaron con la sombra de la duda.

La has liado pero bien, Kurotaku.

-Cállate. Tú no sabes nada.

Espero que eso no vaya por mí, Kurotaku añadió Hakutaku con acidez. Ni se te ocurra.

-Sé lo suficiente, señor-dijo Hoozuki con frialdad-. Y he de informarte de una serie de cosas. Una de ellas es que no tolero el crimen. Otra es que no tolero el desorden de ningún tipo. La tercera es que no acepto la usurpación de personalidad o personalidades.

-...¿Qué?

...¿Qué? ¿Lo sabe? ¿Cómo? ¿Qué hacemos?

-¡He dicho que te calles!

Hakutaku quiso protestar, pues nada de los gritos estaba en el contrato; quería paz, tranquilidad, silencio, dormir. Pero no olvidaba que de entre los dos, él era el primero, y no iba a tolerar situaciones de ese tipo.

Sin embargo, no le dio mucho tiempo a protestar. Notó una presión en su cuerpo, y se dio cuenta de que era Hoozuki que ahogaba con sus manos el cuello de su cuerpo.

-Seré breve como de costumbre-dijo con un tono peligroso-. Así que ahí voy. Deja esta pantomima, seas quien seas. Y no es una petición, sino una orden.

De ninguna manera. Yo no me voy.

-¡No!

¿Kurotaku?

Ahora no, Haku, ahora no.

¿Por qué dudas? ¿No ibas a defenderte? ¡Yo no quiero volver! ¡Sé un hombre y lucha!

-Contaré hasta tres-susurró Hoozuki.

Hakutaku se aferró a las manos de Hoozuki, por sus muñecas, y luchó por soltarse. Sin embargo, poca fuerza puede ofrecer un cuerpo cuando la mente empieza a dividirse.

¡Deja de desconcentrarme!

¡No es mi culpa! ¿Y tú ibas a protegerme?

¡Cállate! ¡No puedo concentrarme!

-Uno.

El cuerpo de Hakutaku empezó a boquear en busca de aire.

¡A este paso nos matarás!

Kurotaku reaccionó.

-No pienso irme a ninguna parte.

Hoozuki apretó una vez más.

-Dos.

¡Basta! ¡Haz algo de una vez!

¡Cállate! ¡Es mi cuerpo ahora!

¿Tu cuerpo? ¡Ni se te ocurra!

-...Tres.

Los pulgares de Hoozuki apretaron el cuello y el cuerpo gritó. De la garganta salieron dos gritos entrelazados de algo más que dolor físico.

Pero Kurotaku no iba a ceder tan fácilmente.

-¿Por qué debería irme?-escupió, luchando por el aire-. ¿Acaso te importa?

Los ojos de Hoozuki mostraron una chispa de ira. Se acercó al rostro del chino y dijo un solo susurro:

-Si tengo que lidiar con alguien prefiero sin ninguna duda al original.

...

No.

Algo cayó por la mejilla de Hakutaku. Nadie supo quién se había sorprendido más; si Hakutaku, Kurotaku o Hoozuki al sentir la fría lágrima.

-Como te odio-susurró, antes de perder el conocimiento.

La gente que dice que el silencio es la ausencia de ruido miente. Hakutaku podía oírlo. Un zumbido largo, molesto, como el zumbido de una abeja prolongado, finísimo y agudo como un hilo, chirriante y afilado como un cristal. Durante unos segundos notó el cuerpo como de arcilla; pesado, deforme, débil y frío. Sin embargo, estaba tendido en algo cómodo y suave, como una nube. Cuando sus sentidos empezaron a espabilar, se dio cuenta de que era su cama hecha un revoltijo. En su almohada sintió un frío helador, empapado y desagradable. Y al borde de su cama, un peso.

Oh, no.

Se sorprendió de repente al oír sus propios pensamientos de forma libre. Se le hizo muy extraño. Se concentró e intentó oír el eco de un voz, pero solo llegaba la suya.

-¿Te has despertado?

Reconoció la voz de Hoozuki, y extrañamente no sintió ningún chispazo de ira como las últimas veces.

-Nh-se quejó, dando vueltas en la cama. Notó un sabor salado en la almohada y esbozó una mueca.

-Oh-musitó únicamente Hoozuki.

Se formó un desagradable silencio roto por ese pitido.

-¿Qué ha pasado?-preguntó con la lengua pastosa. Hakutaku se sintió estúpido de repente.

-Pensaba que eso lo tenías que responder tú.

-Ah.

Soy dueño de mis pensamientos, soy dueño de mis pensamientos, soy dueño de...

-¿Y bien?-inquirió Hoozuki.

Hakutaku titubeó, quizás por soltar sonidos y destruir el silencio que otra cosa.

-No lo sé.

Hoozuki suspiró con fuerza y gruñó como un perro al que molestan tras la siesta.

-¿Quién era...?

-No lo sé-repitió Hakutaku.

El demonio se volvió para mirar a Hakutaku. Quería regañarlo, presionarlo, molestarlo, ya que era el original, pero le detuvo ver los ojos llenos de lágrimas de Hakutaku. Quizás más le detuvo ver que la criatura china no parecía consciente de ello.

-Hakutaku, ¿por qué lloras?

Hakutaku se llevó las manos a la cara. Notó las lágrimas limpias y saladas, frías, nada de esa pastosa masa roja que una vez expulsó. Se sintió imbécil, ridículo, ligero, débil, vulnerable, pero algo más libre, todo a la vez. Sin darse cuenta, comenzó a llorar con ganas, como si necesitara darle fuerza a las lágrimas. Se abrazó a su almohada y se hizo un ovillo en la cama, sin importarle ya nada. Son mis lágrimas, son mis pensamientos, soy yo, soy yo, por favor, dime que sigo siendo yo.

-¿Hak...?

El llanto casi infantil del chino impidió a Hoozuki seguir hablando. Una cosa era molestarlo, pero otra verlo así; quizás de lo poco que le sacaba de sus casillas porque sabía que no podía atacarlo entonces de ninguna manera. Carraspeó, y con cierta torpeza lo tapó con las mantas. Con más torpeza aún intentó algo similar a acariciarle la cabeza, como intentando tranquilizarlo un poco, aunque no era algo en lo que fuera muy hábil. Tampoco era un maestro consolando, y era parco en palabras amables. Oír al otro llorar como un niño perdido era como quitarle a un demonio el cuerpo y su todo y dejarlo vulnerable. Casi tanto como Hakutaku.

-Lo siento-dijo, sin saber exactamente por qué. Buscó palabras y se enfadó consigo mismo-. Volveré más tarde. ¿Estarás mejor?

Sin dejar de llorar, Hakutaku negó con la cabeza. Hoozuki no supo cómo interpretar eso, pero Hakutaku se volvió y agarró al demonio de la manga de su kimono.

-¿No quieres que me vaya?

Entre lágrimas y cubierto por las mantas, Hakutaku asintió. Hoozuki gruñó y esbozó una mueca, sintiéndose ya no como pez fuera del agua, sino como pez en la orilla seco y muerto. No se atrevió a abrazar al chico, ni a acercarse más; mucho fue que fue capaz de dejar su mano sobre la cabeza de Hakutaku mientras lloraba como un crío que había perdido a su madre.

Fue como si pasaran horas. Poco a poco Hakutaku dejó de llorar y se acurrucó entre sus mantas volviendo a darle la espalda. No dijo nada y lo único que mascullaba era entre sollozos.

Hoozuki no podía hacer más. Él no era cercano, no era amable, no era cálido. Era un demonio, y no uno cualquiera.

Y sin embargo, sentía que algo iba mal y no podía dejarlo así.

-Hakutaku-susurró-. Yo tengo que irme. ¿Te parece bien si vuelvo otro día?

El chino reaccionó y se dio ligeramente la vuelta.

-¿Volverás?-preguntó en un hilo de voz. El demonio no notó reproche, ni amenaza, ni nada. Simplemente miedo, como si la ausencia de compañía y de una voz, una voz diferente a la...suya, acabaran por volverlo loco.

-Sí. Volveré.

Hakutaku no dijo nada, volviéndose a acurrucar, quizás más tranquilo, quizás más aliviado, o quizás de ninguna manera.

El demonio abandonó la casa. De alguna forma, sintió piedad por él y sintió el pinchazo de la preocupación por lo que le pasaba. Algo tenía que ser, porque Hakutaku a veces no se mostraba como Hakutaku.

Soy el dueño de mis pensamientos...

Continuará...