Hola

Hola! Y mil perdones por la tardanza!

La verda tenía este capi escrito desde hace mucho, este y algunos más, pero entre las vacaiones que se extendieron demás, el trabjo, y me resurgente pasión por Edwrad Cullen, no tuve ni una pizquita de tiempo para colgar el capi.

Muchísimas gracias igal a todos los que me dejaron sus reviews, que lamentablemente no podré corresponder en esta ocasión, pero que los leí todo y me dieron mucho animo.

Y ahora, corriendo y a prisa les dejo este capi, que lo disfruten, es un completo seth kisara!

En el otro extremo del palacio, concretamente en la habitación de cierto sacerdote, las cosas parecían transcurrir muy distintas.

El silencio lo cubría todo con su manto invisible, y por extraño que pareciese en aquellos momentos de crisis, él se mantenía ausente de cualquier tipo de contacto con el más mínimo elemento que se hallase fuera de esa, su habitación.

A decir verdad ni tan siquiera permanecía conciente de las elevadas paredes de costoso mármol que se situaban a su alrededor, formando sus límites; tampoco se percataba del costoso candelabro bañado en oro, cuyas cuantiosas velas proporcionaban iluminación a la estancia; ni tan siquiera la hermosa luna de Egipto, enmarcada noblemente en sus muchas ventanas, le era a él, conocida.

Su mente, sus pensamientos, su alma, todos ellos se hallaban encarcelados en la hermosa joven que reposaba sobre la elegante cama de costosos doseles.

Se sentía confuso, pues ignoraba el tipo de conjuro que habría de haber utilizado aquella niña para sumarlo en tal estado; a él, al gran sacerdote de la corte del faraón, a un antiguo plebeyo que con sus dotes y su inteligencia se abrió paso hasta lo más alto, cuyas decisiones eran tomadas siempre bajo el más estricto uso de la razón; él que daría su vida por el faraón y sin embargo se sentía incapaz de acatar todas sus ordenes.

Él que despreciaba los sentimientos y las emociones "humanas" y no porque no le hubiese gustado sentirlas, sino más bien porque las consideraba una debilidad que él no estaba dispuesto a padecer.

Sentía, si. Sentía lealtad hacia su faraón, sentía respeto hacia su maestro Aknadi, incluso llegaba a sentir una extraña complicidad con esa misteriosa chica, reina de Egipto, llamada Anzu.

Sin embargo eran otro tipo de sentimientos los k el no se permitía experimentar.

Confianza, apego, compañerismo, afecto, amistad..., amor.

Mentiría si dijese que en alguna ocasión no había deseado k su cuerpo desapareciera y k como resto solo quedase él, Seth.

Un Seth libre de responsabilidades, de apariencia, un Seth que no temiera a la hora de demostrar sus sentimientos, sus emociones...

No obstante, ese era un sueño imposible.

Él seguía y seguiría siendo Seth, sacerdote real, miembro honorario de la corte del faraón, hombre al que todos temen y al que ninguno enfrenta. Conocido por su sagacidad y su astucia, temido por su inflexión y castigo.

Nunca jamás se mostró como era realmente, y en el fondo sabía que era mejor así.

Él que nunca había conocido a su padre, él que había perdido a su madre, junto a toda su aldea, a causa del fuego provocado por unos maleantes, que había visto arder el que antaño fuera su hogar, que había experimentado el sufrimiento de perderlo todo y no quedar nada..., y a causa de ello se juro a si mismo no volver instaurar a nadie dentro de su corazón, por miedo a que este explotara de nuevo.

Cualquier apegó real hacia alguien suponía un grave peligro, y no solo por el hecho de que esta persona pudiera lastimarte y aprovechar los conocimientos adquiridos para destruirte.

No, lo que él más temía era que esa persona no sería eterna, y cuando se fuera dejaría un larga y profunda cicatriz en su corazón que nunca lograría sanar por completo.

Y él no quería pasar por eso.

Sin embargo, ahora, por primera vez en mucho años, los perfectos esquemas de autocontrol que había asumido en torno a su corazón, parecieran derrumbarse como si de paja se tratara, mientras sus ojos se mantenían fijos en la figura fantasiosa de esa joven de cabellos claros que aun permanecía inconsciente sobre la cama.

Por un instante, una insignificante, pero aterradora duda asaltó su mente, y no pudo evitar impacientarse sobre el momento en que ella despertará y pudiera leer en su mirada y descubrir el hermoso color que de seguro sus ojos portaban.

Lentamente acercó su mano hasta la cálida piel del rostro de ella, y tras una breve pausa, permitió a sus dedos deleitarse en el suave y atrayente tacto de este.

--

Ella se encontraba perdida en los confines de su mente, perdida entre inmensos océanos de oscuridad. Sin embargo algo llamo su atención, un extraño brillo situado en la parte más extrema de la honda negrura.

Sin siquiera ser conciente de ello su cuerpo comenzó a correr hacia la luz, y conforme avanzaba, esta comenzaba a tomar forma. Pero no una extraña forma, la forma de un hombre.

Apenas lograba visualizar su imagen, pues se encontraba vuelto de espaldas, pero en algún rincón de su conciencia, juraría ya haber visto esa silueta antes, a pesar de no recordar el dónde, ni el cuándo.

Su corazón comenzó a latir debido al esfuerzo, y parecía k por mucho k se esforzara jamás llegaría hasta él. Sin embargo, con un golpe de esperanza, percibió como él comenzaba a girase hacia ella.

El tiempo pareció detenerse, los segundos se hicieron horas mientras ese familiar rostro se volvía lentamente, muy lentamente, hacia ella.

No obstante, y para su desesperación, la oscuridad se aclaro y el hombre comenzó a desvanecerse. Lo único que pudo sentir antes de k la nada la invadiera fue un extraño calor en su mejilla, junto a unos potentes ojos azules, fijos en ella.

Después todo se hizo nada..., y la nada desapareció.

Inquieta sintió como sus ojos se habrían, e instintivamente apretó su cuerpo contra si, asustada del espacio que al rodeaba.

Ese no era la pequeña caseta en la que se había instalado, tampoco podía ser ninguna de las soleadas calles de la ciudad por las que esos hombre la habían arrastrado hasta perder en conocimiento, y de seguro no era cualquier habitación propia de algún ciudadano.

El lugar en el que se encontraba era grade, inmenso, aterrador.

Sintió como su cuerpo comenzaba a temblar aun si quererlo, y una pequeña lagrima asomaba por su rostro.

"¿Por qué yo? – se pregunto cruelmente – ¿por qué los dioses me destinaron a esto? – demasiados sufrimientos había ya experimentado para creer que fueran solo causa del destino – Lo único que ansió es dejar de sufrir – pensó en un último instante, recordando su anterior sueño, deseando retornar a él, a esa figura que, fuera quien fuese, no la miraba con desprecio."

Y tan solo es ese último instants, cuando sus ojos parecían a punto de volver a cerrarse, una lejana voz se encargó de traerla de vuelta al mundo real.

- No tengas miedo – pronuncio él, con una extraña mezcla de seriedad y afectación en la voz, manteniendo esta firme, pero a leve distancio de un temblor afectivo.

Ese sonido la desconcertó, pues se cría sola en sus pensamientos, al igual que en su existencia.

Lentamente giro su rostro hacia el lugar en el que esa voz había sido dicha y pudo visualizar de ese modo la figura de un hombre a escasa distancia de ella.

Un nuevo temblor inundó su cuerpo y el terror llenó su alma.

¿Por qué?

¿Por qué había de seguir sufriendo?

¿Por qué no terminaban con ella de una vez y para siempre?

Se encontraba sola, indefensa, y sabía que lo repulsivo de su aspecto no detendría a un hombre sedienta de lujuria, pero no había nada que pudiera hacer.

Sintió como una mano se posaba sobre su barbilla, sintió como ejercía cierta presión para alzar su rostro al cielo, sintió como sus ojos se mantenían inmóviles en el suelo, incapaz de afrontar una nueva tortura.

- No tengas miedo – volvió a decir la voz, sin embargo, a diferencia de antes, la calidez se mantenía presente en aquella simple petición.

Envuelta en un extraño impulso, alzó sus ojos hasta alcanzar de frente el rostro de su acompañante, y justo en el instante en que posaba su vista sobre la de él, el miedo desapareció, y un extraño fuego le invadió el alma.

Por su parte él joven no hizo más que alzar su rostro hacia él y esperar a que ella se dignase a mirarlo, y fue cuando esos mismos ojos desconocidos se posaron en su mirada, que descubrió el color que los cubría.

Y en ese mismo instante, supo k no podría haber sido de otro modo, piel blanca y ojos azules.

- Quién..., quién eres? – tartamudeo la joven indecisa entre restos de miedo y extrañas sensaciones de afecto..., familiaridad.

- Soy sacerdote del faraón y miembro honorario de la corte real – respondió el sacerdote firmemente, resuelto a mantenerse sereno. Sin embargo ella le miró expectante y él supo que sus palabras no habían significado nada, pues por sorprendente que fuera, esa información no valía para ella, no respondía a la pregunta formulada – Soy... Seth y no tienes k temerme, te traje aquí porque unos estúpidos animales parecían estar deleitándose en provocar tu muerte.

- Gracias – murmuro ella, tras unos segundos de extraño silencio, inclinando la cabeza, para después alzarla y mirarle fijamente a los ojos – Nunca pensé que te volvería a ver.

Sus palabras impactaron al sacerdote más de lo k le mismo se vió obligado a admitir.

- Me recuerdas? – pregunto sorprendido.

- Es la segunda vez que me salvas la vida, no es cierto? – se limito a responder ella devolviendo la pregunta.

Y él, sin poder evitarlo ante el contacto de esos ojos que en su corazón ardían como llamas azules, sonrió.

Sus mentes se hallaban perdidas en un doloroso y la vez preciado recuerdo.

FLASH BACK

Un adolescente de no más de trece años atraviesa veloz el desierto montado sobre un brioso caballo.

Debe darse prisa, pues de lo contrario su familia, su aldea, sufrirán las consecuencias.

Recientemente le había llegado rumores sobre unos extraños maleantes cuyo oficio era destruir aldeas a base de fuego y matar a cualquier ocupante que se resistiera, pero eso no era lo peor. No. Lo peor era que si sus conclusiones eran exactas, esos mismos maleantes se debían encontrar ahora muy cerca de su casa, de su hogar.

Por eso espoleo el caballo, por eso lo agitó con una látigo para acelerar su ritmo, por eso no se detenía a mirar atrás..

Lo más importante era alertar a su aldea, avisar a sus integrantes, proteger su hogar.

Sin embargo, por mucho que su objetivo se hubiera instalado en su mente, por mucho k deseara alcanzar su hogar y ponerlo a salvo..., un extraño grito surcó el cielo y se instalo en su corazón, e incapaz de contenerse, freno el caballo, y volvió atrás.

Oculto entre las rocas observó como una banda de maleantes se concentraba alrededor de una cálida hoguera, escuchó también sus agrias risas y sus débiles conversaciones, y por lo poco k vió fue suficiente.

El extraño grito k había escuchado y k le había congelado el alma no provenía de ellos, era imposible.

Fue entonces cuando sus ojos se atrevieron a ir más allá, hasta encontrarse con la imagen que le marcaría toda su vida.

Una joven, aproximadamente de su edad, con el pelo y los ojos más extraños k había visto nunca, de apariencia casi irreal, pues parecía imposible que una criatura tan rara existiera. Y sin embargo estaba allí, él podía verla, atrapada en unos barrotes de hierro, presa en esa jaula de aspecto animal, y por desconcertante que pudiera ser, a él se le antojo hermosa, cálida, y en ese mismo instante, supo que no podía dejarla ahí.

Tratando de pasar inadvertido, se dirigió hasta la jaula y abrió sus barrotes. La "niña" pareció asustada al verle, pero él consiguió calmarla.

- No tengas miedo – susurró – voy a sacarte de aquí.

Con asombrosa agilidad logró abrir el candado que la contenía, y tendiéndole una mano la ayudo a bajar.

No obstante, no todo resultaría tan sencillo.

Los maleantes ya se habían percatado de su presencia, y se dirigían hacía ellos con perversas intenciones. Aun así Seth logró esquivar a dos de ellos, y nokear a un tercero.

Presuroso montó en su caballo y ayudo a ella hacer lo mismo, e instantes después se enzarzaba de nuevo en una peligrosa carrera contra las áridas arenas del desierto.

No obstante, una vez que el peligro de los asaltantes hubo quedado atrás, su mente volvió a llenarse por la preocupación y el miedo hacia el incierto destino de su aldea. Debía ir allí cuanto antes, pero no podía ponerla en peligro a ella.

Refrenando el caballo, se apresuro a abandonarlo de un salto, pues no había tiempo k perder.

- No te preocupes – su voz trató de sonar tranquila mientras se dirigía hacia la extraña joven de piel blanca y ojos azules, que por algún motivo, se había instalado en su corazón. – El caballo te llevara a un lugar seguro. – Trató de calmarla y explicarle la situación - Yo tengo que irme.

- Cómo te llamas? - pregunto ella rápidamente mientras el caballo comenzaba a alejarse, pero su rostro estaba vuelto y sus cálidos ojos azules fijos en él.

- Seth! – respondió él en un gritó esperando que ella le escuchase a pesar de la distancia.

- Muchas gracias por salvarme, Seth – expresó ella en la lejanía – algún día volveremos a vernos, y prometo devolverte el favor! – la última predicción que ella hizo antes de desaparecer en el oscuro horizonte.

- Algún día... – susurró él al viento, mientras una extraña fuerza ardías en su corazón asegurándole que la preedición se cumpliría. Que volvería a verla..., algún día.

Momentos después todo ello desapareció, y el comenzó su carrera para regresar a casa. Solo que cuando su aldea apareció ante él, no había ningún nido esperándolo, todo fallecía, envuelto en las llamas.

- Pero miren quien tenemos aquí – se burló una voz a sus espaldas – el libertador de esclavos..., o esclavas debería decir – más el no atendía pues su mente y su corazón se hallaban prendados del fuego arrasador que no tardaría en aniquilar su hogar por completo.

Sus oídos continuaban oyendo mas no escuchando, aun así un certero golpe en su cuello lo hizo reaccionar, y la rabia envolvió su mundo, la rabia contra los asesinos de su pueblo, de su familia, de su mundo.

Con las llamas centelleando en sus pupilas se volvió contra ellos, sin embargo la superación numérica se hizo presente.

Estaba perdido, y pese a todo continuó luchando.

Los golpes se clavaban en su cuerpo, pero tan solo servían para aliviar un dolor peor. El dolor del corazón, el dolor de saberlo todo perdido.

Sin embargo los golpes cedieron, sin apenas percibirlo, pero cedieron, y fue entonces cuando alzó la vista al cielo, en busca de una explicación, y lo k vió, permanecería en su mente hasta el fin de los días.

Un inmenso dragón de color blanco y con unos fieros ojos azules, rugía como tempestad en la noche, regía contra la injusticia cometida. Y un poderoso rayo del color de sus ojos, emergió de su boca e impacto contra los bandidos, y esa fue la primera vez k Seth Kaiba, adolescente por ese entonces, sacerdote del faraón y miembro de la corte real ahora, contemplo al legendario dragón blanco de ojos azules.

FIN FLASH BACK

- Nunca tuve oportunidad de agradecerte – expreso ella suavemente, segura de que ambos habían recordado lo mismo.

- No tienes porque hacerlo – replicó Seth con un tono algo inusual en él.

- Me salvaste la vida – insistió ella fijando sus profundos ojos azules en los de él- y ahora has vuelto a hacerlo – y por un instante agacho la vista con timidez, sin embargo volvió a alzarla en un último instante, decidida, sin miedo en la mirada – muchas gracias.

Seth se disponía a responder, pero un nudo de silencio se poso en su garganta, y sin saber porque se sintió incapaz de utilizar la voz.

Confuso se limito a asentir con la cabeza, y cuando ella le dedico una sonrisa, no pudo más k devolverla, y de pronto un nuevo impulso surgió en su cuerpo.

Debía hablar. Necesitaba hablar. Necesitaba comprender el extraño fuego que, tras tanto tiempo calmado, ardía ahora en su interior.

Abrió la boca dispuesto a algo, aun sin saber a qué, sin embargo, por desgracia, unos difusos golpes en la entrada le hicieron detenerse.

- Maestro Seth! – apeló Shadi entrando presuroso en la estancia – el maestro Mahado ha desaparecido, creemos k fue tras Bakura, hay k encontrarlo!

- Mahado? – pregunto confuso – pero como pudo cometer tal estupidez, ni siquiera los dioses egipcios pudieron con él. – En respuesta Shadi solo sacudió la cabeza apesadumbrado. – Bien, ahora mismo voy – expreso resuelto.

Instantes después el guardián de la llave abandonaba la habitación, quedando ambos en soledad de nuevo.

- Tengo k irme – informo el sacerdote a la joven con voz dulce pero decidida – quizás fuese mejor que permaneciese aquí hasta que vuelva – no quería separarse de ella – yo... – se sentía incapaz de decirlo – volveré pronto.

- Te esperaré –fue todo lo k ella dijo, y fue todo lo que él necesito oír.

Se coloco el brazalete de invocación y abrió la puerta.

- Aun no conozco tu nombre... – expreso él dudoso, mirándola a los ojos de nuevo.

- Kisara – fue todo lo k ella dijo, y nuevamente fue suficiente.

Con un cálida sonrisa, él abandono la estancia, y ella contemplo como la puerta se cerraba dejándola sola de nuevo, pero esta vez, estaba segura de volver a encontrarlo.

- Te doy ordenes de k nadie entre a esta habitación, comprendes? – exigió Seth al soldado k vigilaba la entrada.

- Si señor – acepto el hombre algo asustado - por supuesto señor.

- Más te vale – concluyó él en tono de clara amenaza, y sin una palabra más, se alejo por completo de ella, solo k esta vez estaba seguro de no tardar tanto en volver a encontrarla.