Bueno, un nuevo capp, ha pasado mucho tiempo, no? Pero me han llegado muchos de vuestros reviews y por ellos estoy decidida a terminarlo, así que aca os dejo estos dos capi, si dos, pero como hace tiempo q los tengo y nunca tengo tiempo de subirlos os los subo los dos juntos... así q ya sabeis, un par de capis más y finite!!!
La multitud de guardias corre presurosa por las entradas y salidas del palacio.
El faraón ha caído; es eso lo que afirma su esposa, quien dice haber visto su cuerpo desprenderse al vació. Pese a ello, numerosas brigadas de soldados, ayudaos por diversos monstruos convocados por los guardianes, recorrían las zonas próximas al suceso tratando de no perder la esperanza, y hallar a su faraón con vida.
En una de las estancias del palacio, una hermosa joven duerme por fin, tras haberse mantenido despierta durante más de un día, en busca de su esposo. Sin embargo la insistencia de sus amigos, y ante todo, la intervención de la sacerdotisa Isis, logró convencer a Anzu, tras mucha insistencia, de retirarse a dormir por una horas, con la firme promesa de que al menor rastro del faraón, sería la primera en ser despertada.
En otra estancia similar, tal vez menos lujosa, otra joven castaña velaba el cuerpo inconsciente de su amigo, y se lamentaba internamente por no poder hacer nada mas por el.
La batalla contra Bakura había sido mas dura de lo sospechado, y Mahado había perdido en ella todas sus fuerzas. Mana se encontraba ahora ansiosa a su lado, rezando a Ra porque él despertara, porque Atem regresará sano y salvo, y porque ambos amigos se reencontraran de nuevo, volviendo a ser una gran familia, como siempre habían sido.
Sin embargo pese a la preocupación por su amigo, la desesperación porque Mahado nunca regresará con ella la estaba matando, necesitaba hablarle, besarle, necesitaba preguntarle tantas cosas..., y lo único k ahora podía hacer era curar pacientemente sus heridas y esperar.
Esperar..., la espera terminaría por destruirla, pero esperaría, y tan solo lo haría por él.
Por el hombre al k amaba.
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La pena reinaba en el ambiente, sin embargo había alguien que no se dejaba inundar por ella, al contrario, parecía plenamente feliz.
Una figura alta y temible, vestida de azul, se encaminaba por uno de los estrechos pasillo que conducían a las mazmorras. Una vez dentro de ellas, se detuvo e hizo una leve reverencia.
- Maestro Agnadin, me buscaba? – pregunto Seth seriamente al anciano de mirada oscura k se encontraba sentado en una especie de trono de piedra, enfocado hacía el centro de las mazmorras, donde se hallaba un gran agujero redondo, y en medio y a los extremos de este, una plataforma de batalla.
- Así es Seth, quería enseñarte esto – respondió el anciano con voz fúnebre – estoy seguro k te complacerán mis nuevos avanzas. – y ante la mirada interrogativa del joven se limito a dar un par de palmadas.
Inmediatamente, dos compuertas k daban a las plataformas de batalla se abrieron, y de cada una de ellas salió un hombre con aspecto de criminal, hasta que fueron conducidos cada uno a la plataforma contraria.
- Bien! – comenzó Agnadín – conocéis las reglas del juego. Solo uno de vosotros sobrevivirá, el otrro se perderá en el abismo.
Un silencio se formo tras sus palabras, pero apenas duró un instante.
Dos bestias aparecieron en el campo, cada una de ellas al servicio de uno de los hombres, y puesto k estos no llevaban brazaletes de invocación, quedo más k claro k esas bestias eran la verdadera forma de los Ka malignos k portaban.
- Maestro Agnadin, que significa esto? – protesto es sacerdote moreno de ojos azules.
- Veras Seth, he descubierto k si los Ka son sometidos a peligro de muerte se vuelven más poderosos – mientras decía esto se observaba k la criatura del hombre k estaba a punto de morir crecía en tamaño y fuerza, arrojando a su contraparte al vacío. – Lo has visto? – pregunto entusiasmado el anciano a su compañero – Si creamos un ejercito de bestias utilizando este método, seremos invencible, Bakura no tendrá nada k hacer ante nosotros.
Seth se debatía entre la repulsión k le provocaban estos actos, y el sentido coherente se las palabras del anciano y respetado maestro.
Este al ver k el joven no protestaba decidió mostrar su verdadero plan.
- Traigan a la prisionera – ordenó. De inmediato un par de guardias abandonaban la sala dispuesto a cumplir sus ordenes. – ahora descubrirás los k es el verdadero poder, y lo mejor es k este puede ser tuyo – concluyó el anciano para desconcierto de Seth.
Lo cierto era k el joven sacerdote no comprendía del todo las palabras del anciano, sin embargo algo dentro de él, le prevenía contra estas, y tenía la ligera sospecha k ese Agnadi no era el mismo k el conocía. Por el contrario se mostraba ávido de poder, sin escrúpulos, dispuesto a asesinar a gente inocente de ser necesario.
No obstante una parte de si mismo se negaba a creerlo. Él había sido su maestro durante largo años, y en todos ellos se mostró como un hombre sabio y compasivo.
¿Por qué el cambio?
No lo sabía, sin embargo si tenía claro k debía andarse con cuidado para no recaer en una nefasta sorpresa.
Las puertas de las mazmorras se habría y Seth contemplo fijamente a los guardias k entraban por ellas, y el dolor que le atravesó el pecho en ese instante era algo desconocido, algo para lo k no estaba preparado, algo k ni siquiera comprendía su por qué; sin embargo se mantenía ahí.
Fijo, clavado en su pecho mientras contemplaba la figura de esa extraña joven de largos cabellos blanquecinos y mirada celeste, y que a pesar de su aspecto extraño y para muchos repulsivo, a él se le antojaba hermosa.
Si, a sus ojos esa criatura, pues aun no comprendía del todo si podía ser una simple mujer la que provocaba en él tales emociones era hermosa; Ella era hermosa, y frágil, y despertaba en él un extraño nudo en el estómago, una extraña punzada en el pecho, y un deseo extremo de protegerla.
Y sin embargo hela ahí, la sangre deslizándose suavemente sobre su labio insferior, sus brazos claramente magullados y su mirada baja, haciendo imposible vislumbrar aquellos atemorizados ojos k de seguro ella portaba.
- Qué significa esto? – protesto furioso al anciano una vez pudo recuperar el control del habla, del que había sido privado tras contemplarla en semejante estado. – Liberadla! – ordeno al instantes.
- Deteneos! – deteneos, replico Agnadi a los guardias que la sujetaban – no te dejes engallar por su frágil aspecto, Seth. – pidió el viejo a su ahijado – dentro de ella reside un poder superior al de los dioses Egipcios, un poder superior a cualquier criatura viviente sobre la tierra, y eso poder, ha de ser tuyo.
Un profundo silencio se formo en ese instante, la mente del joven era un torbellino de ideas superior a las que podía controlar.
Su corazón volvió a temblar cuando ella alzó la vista, y tan solo un instante lo miró a los ojos.
Había miedo, había suplica en ellos..., pero había algo más, algo que no se sentía incapaz de identificar.
Realmente esa joven lo mantenía bajo un hechizo, no había otra explicación, no había otra forma de comprender como tras haberla mirado a los ojos el mundo se había evaporado ante él, y ya no existía nada, nada más allá de esa espesa neblina que le impedía ver sus propios sentimientos.
Durante algunos momentos se mantuvo ausente del mundo, ignorante de los insultos y las risas de las que era antojo la joven por parte de los dos criminales que se alzaban ante ella, franqueados por las terribles bestias formadas por sus Ka.
Tampoco se percató de las palabras que Agnadi dirigía a la muchacha, incitándola a usar su poder oculto para destruirlos.
Cualquier sonido a su alrededor pareció extinguirse antes de llegar a él.
Se encontraba perdido, y no entendía por qué.
Nunca antes había estado perdido. Nunca ante se había sentido de este modo. Durante toda su vida aprendió k lo primero k uno a de mantener, es el control sobre si mismo, sobre sus emociones, pues esta tarde o temprano se volverían contra él.
Tras perder a su madre en aquel desdichado incendio, y tras nunca haber conocido a su padre, se encontró solo en el mundo, y se juro a si mismo sobrevivir, al precio que fuera.
Confino los sentimientos a un profundo y oscuro lugar en su alma, se olvido de lo k era amar, de lo k era querer, del cariño, el apego, la alegría por el bien de otro, el afecto..., todo ello había desaparecido en su vida y así había aprendido a vivir.
Mas ahora, inexplicablemente, esa joven lo llenaba de esos sentimientos, y no comprendía el motivo, el por qué, y menos aun comprendía como podía ser eso verdad, porque indudablemente, era un sueño.
- Ahhhh!! – un grito desgarrador surco el cielo, haciéndole abrir los ojos, pues hasta ahora los mantenía abiertos pero no veía, más ahora enfoco con ellos la figura de la joven, la sangre k se deslizaba por su mejilla, la sombra de esa herida cortante que había hecho mella en su rostro.
Y solo en ese instantes, al color de la roja sangre en contraste con su pálida e inmaculada piel, se convenció a si mismo de que nada era un sueño, de que todo era real. De que sentía, de que ella lo hacía sentir, de que se encontraba en unas mazmorras, de que el viejo maestro había enloquecido, de que dos criminales miraban hambrientos a su presa, de que su presa era... ella.
- Dios oscuros!!! Acudid a mi llamada – su voz escapo de su garganta antes de k el mismo tuviera intención de usarla. Su brazo estaba alzado y una extraña aura lo rodeaba.
Porque el no la permitiría morir ahora, porque no era un sueño, porque ella se hallaba allí, porque ansiaba respuestas, porque ante todo, necesitaba mantenerla con vida.
De un salto alcanzó la plataforma suspendida donde ella se hallaba, y al mismo tiempo sus criaturas aparecían dispuestos a servirle de ayuda.
- Te encuentras bien? – preguntó preocupado tomándola de la mano, mientras contemplaba su corte en la mejilla y se reprochaba a si mismo no haber reaccionado más rápidamente.
Ella solo sonrió, agradecida, y su mano apretó la suya con fuerza, pero nuevamente la mirada de sus ojos azules lo atravesó, ardientemente, transmitiéndole algo k no llegaba a captar.
Ese no era el momento.
Atrayéndola contra si, exclamó:
- Dios, Espada aura! Contra las cuerdas! – el monstruo apresuró a cumplir el ataque y valiéndose de su espada se valió de ella para cortar las única cadenas de hierro k sujetaban la plataforma de combate donde se encontraban, tanto ellos, como los criminales.
Un instante después todos caían al profundo abismo que se alzaba ante ellos, sin embargo, teniéndolo previsto, Seth logró agarrase con una mano a un saliente en la pared mientras con la otra sujetaba a la joven, cuyo cuerpo se encontraba colgando bajo él.
- No sueltes mi mano, entendido? – ordenó, a lo k ella se apresuro a asentir – ordenaré a Dios k nos suba!
Un relámpago luminoso rompió con sus planes. Uno de los ladrones había conseguido salvarse de la caída gracias a la ayuda de su monstruo volador, el cual, cumpliendo sus ordenes terminaba de destruir al Dios.
- Ya no eres tan presumido si ese bichejo cubriendo tu espalda, cierto? – se burló el malhechor – prepárate, porque este es tu fin, me vengare de todos vosotros por haberme traído a este horrible lugar – advirtió furioso – Muere!
- Detenedle! – ordeno asustado Agnadi a los guardias, ante la posibilidad de ver morir a su hijo, a pesar de k este mismo desconociera este echo.
Sin embargo fue inútil, ya que esto sucumbieron ante el ataque de la criatura.
- Pagaras por todo, maldito sacerdote – volvió a rugir el ladrón – muere!!
El rayo de luz plateada se dirigió veloz y mortífero hacia ellos, Seth sujetaba la mano de Kisara con fuerza, negándose a soltarla pasara lo k pasara, sin embargo sospechaba que no podría hacer frente a semejante ataque.
La luz los cubría y por un instante supo k su hora había llegado, y sorprendentemente, en lo único en lo k pensó, era en volver a ver una vez más aquellos poderosos ojos azules, que le habían hechizado el alma.
Volvió su vista hacia ella, deseando cumplir su último deseo, pero ya no existían esos ojos azules.
En su lugar había otros, otros distintos. Seguían siendo azules, del mismo tono nublado que los de ella, pero ahora ya no existía pupila, ni iris, el azul lo cubría todo.
Una décima de segundo después, un poderoso rugido se escuchaba a sus espaldas, y la luz envenenada que los cubría anteriormente fue disipada, y reemplazada por otra mucho más poderosa.
Un profunda luz blanca, una luz pura, sin mancha alguna, y tras ella, un poderoso dragón se alzaba imponente en todo su esplendor.
- No, no puede ser! – exclamo aterrado el malhechor – es..., es el dragón blanco de ojos azules! – escasamente pudo terminar la frase, pues el dragón abrió sus fauces y un poderoso rayo azulado surcó el cielo hasta encontrarse con él, y destruirlo por completo.
Tanto el criminal como su bestia fueron exterminados, y un victorioso rugido volvió a recorrer la sala, para poco después, desaparecer junto a su dueño, el magnifico poder del dragón banco, de ojos azules.
- Lo comprendes ahora Seth – apelo el anciano una vez el joven hubo salido del agujero con la ayudado de los soldados. – Esa joven que sujetas entre tus brazos porta dentro de si un poder que incluso ella desconoce, y por supuesto no domina. Debemos obtener su poder, debes obtener su poder.
- No – fue todo lo que el joven respondió. No haría nada en contra de la angelical criatura que portaba en sus brazos, menos aun después de que ella le salvara la vida..., por segunda vez - y por su mente cruzó la imagen de aquel día hace ya tantos años cuando la imponente presencia del dragón blanco de ojos azules, lo salvó de la muerte a manos de eso saltadores.
"Ella estaba equivocada – pensó – no es quien me tiene que estar agradecida, fue ella quien salvo mi vida salvando su deuda, y hoy ha vuelto a hacerlo."
- Seth por Ra! – exclamó enfadado Agnadi – entra en razón. El faraón a muerto, ya no hay nadie que lleve el poder en Egipto, tú debes ser el nuevo faraón, y para ello necesitas de su poder, del poder que supera al de los dioses egipcios!
- Qué dice? – preguntó atónito el joven, completamente aturdido por las últimas palabras, aun no terminado de creerlas.
- Es tu destino – insistió el anciano – tu debes reinar.
- Basta es suficiente – interrumpió Seth firmemente – lo he escuchado y he permitido sus locuras y desvaríos por respeto a usted como mi antiguo maestro y a sus valiosos servios para con el faraón. Pero ya no escucharé más – sus ojos brillaban de furia y se mostraba imponente ante el viejo maestro – El faraón vive, y yo voy a ir a buscarlo. – con esas últimas palabras se dirigió hacia la salida, portando Kisara en brazos – agradece k olvidaré todo lo k aquí ha pasado, y espero tus servicios para la búsqueda de nuestro gran faraón.
Con esas últimas advertencias abandono las mazmorras, y tomo dirección a sus aposentos.
Mientras caminaba mantenía la vista fija en la joven k sostenía en brazos, podía sentir el calos de su piel en su propio cuerpo, y su aliento le provocaba un fuego y un ardor incontenible.
Cuidadosamente la deposito en la cama. No podía permitir que corriera nuevos riesgos.
- Soldado! – llamó y al instante un guardia se presento ante él – Te pongo al cuidado de esta joven – el hombre le miró asombrado y Seth decidió k era mejor dejar todo claro – responderás con tu vida si algo le ocurre!
- Por supuesto señor – aceptó el hombre. Su mirada era seria ahora.
- Cuando despierte... – pareció dudar un instante, como si no estuviese seguro del paso k iba a dar. Y no lo estaba. – Cuando despierte condúcela fuera del palacio, a un lugar a salvo, entendido?
- Si señor.
- Toma esto – le tendió una bolsa de monedas al hombre – asegúrate de k nada le falte, pero ante todo k este a salvo. – el hombre cogió la bolsa – quiero que me informes de cómo esta cada cuarenta y ocho horas, comprendes – el soldó asintió – si en algún momento tiene intención de marcharse permítele que lo haga, pero ruégale antes porque se quede, al menos hasta que la guerra termine.
- Si señor, comprendió señor. Puede confiar en mi, la protegeré con mi vida.
Seth asintió.
- Y una última cosa. Nadie debe enterarse de tu cometido, estas de acuerdo?
- Con mi vida señor! – afirmo el hombre llevándose una mano al pecho.
- Dalo por seguro – afirmó seriamente el sacerdote, y con una última mirada a la joven que dormía en la cama abandono la sala.
"Adiós Kisara. No deseo separarme de ti, pero el palacio no te será un lugar seguro, menos ahora que Agnadi vió tu poder, menos ahora que no se encuentra el faraón y yo he de partir en su busca. Lejos de aquí estarás a salvo. Él se encargará de eso, al menos – su rostro se formó una sonrisa irónica – al menos lo hará si aprecia su cabeza..., y estoy seguro de k es así.
Kisara – pronunció su nombre en un mudo susurró – no olvidaré tus ojos, rezaré a los dioses porque volvamos a vernos."
Sus ojos se abrieron lentamente, y un profundo bostezo escapo de sus labios. Apenas amanecía, sin embargo ella sentía que había dormido demasiado.
Instintivamente giró su vista al otro lado de la cama, esperando verlo allí, esperando que sus ojos violetas le devolvieran la mirada.
Nada de eso ocurrió. No era momento para sueños estúpidos.
Él había caído por ese precipicio, era prácticamente imposible que se hubiera salvado, y sin embargo algo dentro de ella le decía que estaba vivo. Atem vivía, estaba segura. No obstante ya había pasado más de un día desde su caída, y a pesar de la cantidad de personas y bestias que lo buscaban, ninguna lo había encontrado.
Y nunca lo harían.
Algo dentro de ella, un profundo y turbador pensamiento, le indicaba que ella era la única que podía encontrarlo.
Pero, ¿cómo? Tan solo veía una opción.
Levantándose rápidamente de la cama, abrió el armario y se acomodo uno de los vestidos más cómodos que tenía, y tras recoger su cabellera en una practica coleta, concentro su atención al anillo que portaba su mano desde aquella vez que lo encontrará en el museo.
De algún modo existía una conexión entre ese anillo, ella, y la emperatriz. De algún modo los mantenía unidos. Ella sabía que la emperatriz no era una bestia corriente formada únicamente de KA, había algo más detrás de esos hermosos ojos negros que ella portaba. Sin embargo, ese no era el momento de averiguarlo.
Sus ojos volvieron a cerrarse en una muda plegaria, y cuando volvió a abrirlos, no pudo evitar sonreír, aliviada.
Ella estaba allí.
- Gracias por venir – agradeció quedamente.
- Te dije una vez que mi sino es ayudarte – respondió la imponente mujer con tono afable, a lo que Anzu asintió levemente.
- Yo..., necesito encontrarlo – comenzó – Se que esta vivo, estoy segura de que él vive. Pero desconozco donde se encuentra – termino apesadumbrada.
- Pequeña, yo solo puedo conducirte hasta él, pero el camino solo tú puedes marcarlo.
- Pero ¿cómo? – preguntó ella confuso y algo apenada de saber que la Emperatriz no podría ayudarla, ella era su última esperanza.
- Tienes el poder para hacerlo – informó seriamente, a lo k Anzu alzó el rostro desconcertada – Hay más en ti de lo k tu misma conoces. Sin embargo aun no es el momento de la información te sea dada. Deberás descubrirlo por ti misma.
- Pero, Atem – protestó. En esos momento nada le importaba saber que tenía un poder oculto, o lo que fuera. Ella solo deseaba encontrar a su esposo, y abrazarle con fuerza – Necesito salvarle.
- Lo se – fue su firme respuesta, e inmediatamente después tomaba a Anzu por su cintura y la alzaba la cielo nuevamente. Tras tomar una altura considerable, Volvió la vista hacia la joven, quien la miraba desconcertada – En tus lecciones, Seth te enseño que cada persona tiene un KA diferente, no es cierto? – preguntó ella, y Anzu asintió, olvidando el hecho de cómo sabía ella de sus clases si nunca estuvo presente – Bien; Esta en tu mano localizar los KA, e identificarlos – la muchacha abrió muchos los ojos ante aquella revelación, pues nunca habría creído que algo así fuera posible.
- Estas segura de eso? – pregunto dubitativa.
- Por supuesto – afirmó la mujer mirándola seriamente. – Cierto es que aun no has desarrollado esa capacidad, pero la posees, se encuentra innata dentro de ti. No obstante aun es temprano para que sepas como utilizarla, por lo cual es inútil que lo intentes...
- Entonces... – apremió Anzu nerviosa por encontrarse a tal altura y por la confusión de las palabras de la Emperatriz.
- Tu lazo con Atem es sumamente fuerte. Tú y él habéis sido uno solo, cierto? – la joven castaña asintió avergonzada, mientras un leve rubor cubría sus mejillas rojizas – En ese caso, vuestra unión es lo suficientemente fuerte para que sientas su esencia, su KA. Inténtalo – ordenó.
Anzu cerró los ojos y trato de concentrarse sin embargo ni siquiera le había explicado lo que tenía que hacer, y de antemano estaba segura de no lograrlo. Era, simplemente, demasiado imposible.
Algunos segundos más tarde, abrió los ojos y negó con la cabeza.
- No puedo hacerlo.
- Claro que puedes, solo si piensas que no lo lograrás será cuando realmente fracasas. – replicó la Emperatriz – Trata de nuevo, visualizó, siente su aromo, la energía que emana, la esencia que dejo en tu interior. Solo así lograrás hacerlo. Y salvarle – añadió finalmente.
Anzu cerró los ojos. Rememoró los momentos pasados a su lado, en el futuro, en el pasado. Recordó sus besos, sus caricias, recordó sus palabras de amor, sus abrazos, la seguridad que sentía a su lado. Revivió los momentos en los que ambos fusionaron sus cuerpos, más que eso, sus almas, y sintió la huella que él había dejado en su interior, y el como esta la abrasaba, y quería escapar de ella...
Escapar, esa extraña energía que no era suya, pero que fluía por su sangre quería escapar, reunirse con su verdadero propietario, y la arrastraba a ella en su empeño. La arrastraba junto a su dueño.
- Por allí – el murmullo partió de su boca levemente, mientras uno de sus brazos se alzaba y señalaba el lugar indicado. Apenas era consciente de sus actos, se encontraba alejada de su cuerpo, envuelta en una extraña energía, a partes negra como la noche, a partes blanca como el día.
Orgullosa de los progresos que su "alumna" había logrado en tan poco tiempo, la sacerdotisa asintió y tomo la dirección que ella señalaba, segura de que el faraón, estaría allí.
Mientras se acercaban al lugar, Anzu sentía como la extraña energía que rodeaba su alma mantenía un feroz lucha. Las partes oscuras contra las partes blancas, y sin embargo también vió como ninguna de las dos partes podía obtener la victoria, pues era imposible que una de ella superara a la otra. El equilibrio era irrevocable, y así debía ser.
No obstante, ago logró sorprenderla.
Cada minuto que transcurría en el aire sentía como se acercaba constantemente ha una nueva presencia. A su presencia. Desde el principio la identificó como suya, pues una parte de ella también se encontraba en su cuerpo. Sin embargo lo que en un principio era apenas una mancha borrosa, iba tomando luz, y forma.
Lo que realmente le sorprendió, era que a diferencia de las otras energías que sentía, la suya era completamente blanca y resplandeciente. No se encontraba lucha dentro de ella. Solo había pureza y resplandor.
La esencia de Atem, era totalmente blanca.
Sus ojos se abrieron al percibir como su cuerpo era depositado en tierra suavemente, y el contacto que mantenía con las diversas energías desapareció al instante.
- Lo has hecho bien – aprobó orgullosa la Emperatriz, a lo que Anzu no pudo más que sonreír – Todavía no controlas ese poder, y te prevengo de usarlo tontamente. Sin embargo comprenderás su importancia en el momento exacto – Anzu asintió, sin embargo no logro esconder la impaciencia y el nerviosismo de sus ojos – Sabes donde esta. – pronunció la dama comprendiendo las emociones de la muchacha - Ve por él – Fue su última orden. Y desapareció.
Algo asustada por haber quedado sola, Anzu dirigió una mirada a su alrededor.
Se encontraba en la rivera de un río, el lugar no era demasiado fructífero, las pequeñas rocas y las montañas de tierra lo cubrían todo, haciendo imposible la vegetación.
Durante un instante, cerró sus ojos de nuevo y se concentró en sentirlo. Era imposible no hacerlo. Su luz brillaba más allá de la oscuridad.
Decidida tomo rumbo hacía una de las riveras del río, hasta descubrir lo que era la entrada a una cueva. Sonrió. El estaba ahí.
Corriendo, con emoción contenida, se adentró en la gruta, y no tuvo que andar demasiado hasta hallar la figura de su esposo, tumbado en el suelo, durmiendo placidamente.
Agachose a su lado y coloco una mano en su frente para asegurarse de que no tenía fiebre. Su sonrisa se ensancho aun más. La suave y continua respiración de él le proporciono toda la paz que su alma necesitaba para ser feliz.
Porque lo era. Era feliz con él, a su lado.
- Anzu – susurró él con los párpados aun cerrados, mientras trataba de incorporarse.
- Sss – lo calmó ella – No debes hablar, debes de encontrarte muy débil.
Ante sus palabras el muchacho abrió los ojos por completo y contempló a su joven esposa, cuyos ojos reflejaban una lucha tormentosa por mantener la calma.
- No te preocupes por eso. Ahora todo esta bien – trató de tranquilizarla mientras la rodeaban entre sus brazos y sentía como ella dejaba reposar su cabeza sobre su pecho – Te dije que nada lograría separarnos, y menos una insignificante caída – comentó tratando de animarla.
Sin embargo no logró su objetivo. Al contrario la joven había comenzado a temblar y podía sentir como las lagrimas se deslizaban por su delicado rostro.
- Creí que te perdía – murmuró al fin aferrándose a él con fuerza, apretando su rostro con su cálido y protector pecho, solo ahí, en sus brazos se sentía segura y necesitaba guardar todo el miedo y la aprendió que había guardado durante todo ese tiempo sin estar a su lado – Te amo tanto... sin ti, yo... moría... te necesito a mi lado... Atem... eres.. mi todo... mi vida sin ti... no tiene sentido..
El joven solo alcanzaba a abrazarla con fuerza mientras la joven se derrumbaba sobre su pecho, y el corazón le ardía al sentirse responsable de su sufrimiento.
- Anzu... sss... no hables así.. – trató de calmarla – Tu vida vale mucho, mucha más que cualquier otra cosa... – tan solo logro que ella temblará, parecía que no lograría calmarla de ese modo – Tranquila... pequeña... Yo también te amo, Anzu... eres la luz de mi vida, sin ti no soy nada, y no permitiré que nada ni nadie nos separé. Te lo prometo.
Parecía que ahora si había logrado detener sus sollozaos. Jamás pensó ver a su esposa tan débil. Ella siempre se mostraba fuerte ante las diversidades, sabía como mantener la razón ante los peores momentos. Lo había demostrado buscándolo, y encontrándolo. Estaba seguro de que en ese tiempo había conseguido mantener la calma.
Sin embargo cuando lo vió en ese estado, cuando lo sintió rodeando su cuerpo de nuevo, sus emociones ya no pudieron ser reprimidas y libero todo el sufrimiento y el temor de los últimos acontecimientos.
- Lo... prometes? – preguntó al fin entrecortadamente y alzando su vista a sus ojos por primera vez desde las emociones se apoderaron de ella.
- Lo prometo – respondió el suavemente, observando como el rostro de ella se llenaba de paz y amor formando una perfecta y pura sonrisa.
Era inevitable.
Sus labios se juntaron de forma lenta y pausada, llenándolos a ambos de aquella paz tan anhelada.
Atem deseaba transmitirle con cada beso, todo el amor que sentía por ella. Deseaba tranquilizarla y sellar su promesa mientras su lengua se introducía en su boca, lentamente, viviendo cada instante como si fuera el único.
Lo rodeo con sus brazos, y deseo tenerlo siempre así, para ella. Lejos de todo y de todos. Lejos del palacio y del deber, lejos del peligro. Tan solo ella y él. Y mientras sentía como su lengua recorría su propia boca, y su estomago era cubierto por unas mágicas sensaciones, creyó que era posible. Que su sueño podía hacerse realidad. Que siempre estarían juntos.
Delicadamente comenzó a desabrochar los botones supriores del vestido que ella portaba. Esta vez debía ser diferente. Quería que fuese diferente, pues ansiaba colmarla de besos, de amor, recompensarla por el sufrimiento que sin duda ella había sufrido creyéndolo muerto.
Sus labios comenzaron a besar su cuello, sus manos acariciaban su cabello y el lóbulo de su oreja, su lengua trazaba líneas invisibles en la parte superior de su pecho, y los pequeños soplos de aire que su boca enviaba a esos mismo lugares, la hacían temblar entre sus brazos.
- Te amo... te amo tanto – susurró ella en un momento en que su conciencia retomo a la vida, antes perdida a las caricias que y delirios k él le ocasionaba.
El miedo a perderlo había abierto una gran brecha en su corazón. Antaño se había mantenido fuerte pues sabía la lucha que los esperaba y tenía la determinación de ganarla. Sin embargo la presión de saber que tal vez esto no fuera posible, de creerlo alejado de ella por siempre, de verlo con su cuerpo muerto en sus peores pesadillas... Todo ello le había hecho perder la decisión y fuerza que antes cargaba y derrumbarse en sus peores temores.
Ya no era la reina de Egipto, ni la única que conocía los acontecimientos del futuro y que podía cambiarlos, llevando el destino del mundo en sus manos. Ahora tan solo era Anzu. Una mujer enamorada que tan solo deseaba estar junto a sus esposo, y sentir sus labios, sus caricias..., su amor, para la eternidad.
El la rodeaba con sus brazos. Besaba ahora sus pechos con tanta ternura y devoción que ella apenas podía contener las lagrimas de felicidad. Su lengua recorriendo sus pezones suavemente, humedeciéndolos..., se sentía protegida, feliz, lejos del mundo y sus problemas, perdida en un mar de sensaciones que tan solo desemboca en un gran y único amor.
Por instantes recuperaba el conocimiento de si misma. Quería entonces ser ella la que acariciara sus pechos, su cuerpo. Deseaba agradecerle lo que estaba haciendo por ella.
No obstante, el no lo permitía, la volvía a atraer contra si, aprisionándola contra el suelo, mientras su lengua bajaba ahora a su estomago, y lo besaba dulcemente, deteniéndose en su ombligo, humedeciéndolo con su lengua.
Él deseaba protegerla, transmitirle el calor y la protección de su propio cuerpo, hacerla sentir en el mismo cielo si era necesario. Porque se lo debía. Porque ella había traído la paz y la armonía a su vida que tanto había buscado. Porque la amaba, porque ella lo amaba a él, y debía agradecerle por ello. Porque había llorado por su causa, porque no deseaba que eso volviese a ocurrir.
Sentía la presión en su entrepierna. La sangre bombeaba en todo su cuerpo, especialmente en ese lugar. Pero debía contenerse, deseaba darle todo su amor antes de poseerla.
Volvió su rostro hasta su cara, sus mejillas sonrosadas le fueron de lo más apetecibles. Las beso con ternura. Después regreso a sus labios, a su lengua.
Sus manos la despojaron de la ropa que llevaba, exponiéndose desnuda por completo ante él.
- Eres tan hermosa – susurró a su oído mientras acaricia el lóbulo de su oreja, y luego volviendo a la otra volvió a susurra – Juntos para siempre... amor mío...
Anzu jadeaba, se sentía fuera del mundo, había perdido el control por completo, como nunca antes le había ocurrido. Sus palabras llegaron a ella lejanas, minutos después de que el las pronunciara, cuando él la deleitaba besando su parte más intima, y como respuesta tan solo pudo hundir sus manos en el rebelde cabello que el lucía, y atraerlo hacia si misma, buscando sus labios.
Él los beso con ternura y supo que ella ya estaba lista. Se despojo de su faldón egipcio con sus manos sin separar su boca de la suya.
Se acomodo con cuidado, esperando no lastimarla. Sudaba. Por su frente resbalaba el sudor y necesitaba introducirse dentro de ella.
Tiernamente comenzó a introducir su miembro en el cuerpo de ella, que temblaba, mas no supo si ere de frío o de placer.
Anzu se sentía temblar. Era estúpido, no era la primera vez que se unía a él, no era la primera vez que estaba a su lado. Sin embargo ahora temblaba, porque el se había ido por momentos, pero había regresado a su lado.
Sentía su miembro introducirse en su interior lentamente. El éxtasis, la emoción, el placer la llenaba por completo, y apenas era consciente de lo k sucedía.
El cabalgaba sobre ella, con movimientos pausados primero, luego más fuertemente.
Ambos gemían, y sus rostros se encontraban rojos de la excitación y el placer.
Anzu temblaba, sentía su cuerpo, de por si débil, desfallecer sin fuerza alguna. Pero el la tomaba entre sus brazos y besaba sus labios, mientras se miembro se habría paso a su interior para derramarse dentro de ella.
Finalmente llegó. El clímax los alcanzó a ambos a la vez, colmándolos de gozo y placer, salpicándolos en una mezcla de demencia y cordura, entregándoles todo su amor.
Atem, exhausto se dejó caer sobre ella, quien empleo sus ultimas fuerzas en atraerlo hacia si y rodearlos con sus brazos. El se dejo atraer sobre el pecho de ella, y acomodo allí su cabeza, escuchando los latidos de ese corazón que tomaba un ritmo tan similar al suyo.
Lentamente, ambos quedaron dormidos.
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