¡Mis Agradecimientos a Ruko Megpoid y HimitsuLov por sus comentarios!

Disclaimer: Hetalia Axis Powers no le pertenece a VidadeLechuga (ya sean personajes como trama), sino que son de propiedad de Hidekaz Himaruya. Sin embargo, digamos que el Luxemburgo tiene parte de la autoría de VDL.


-2-


Un nuevo día. Maarten se levantó más temprano de lo usual. Cambió el camino del trote, esta vez decidió ir por el bosque. Más pesas, elongaciones. No quería ganarse una lesión. Baño de tina. "Olvidaste comprar la vaselina", recordó. Por suerte, aún le quedaba un poco al frasco. Si su pelo no estaba alzado, era como perder su toque personal. Vigiló que cada mechón se encontrara en su lugar y bajó a desayunar. Laurent estaba sentado solo en la mesa, leyendo un libro. Cuando miró de cerca, era la biografía de Charles Debussy. Al parecer, la vida de su hermano giraba alrededor de pentagramas y artistas musicales. Saludó.

-Buenos días, hermano. Me sorprende que no tengas resaca por lo de ayer.

Maarten hizo una alzó los hombros, como si a él no le sorprendiera. Era mal bebedor, sin embargo, reconocía que fumaba marihuana de tanto en tanto. Curiosamente, todas sus amistades tenían relación con la bebida, de alguna u otra forma.

-¿Te divertiste ayer con tu amiga? –Maarten cogió dos huevos para cocinar. Le preguntó además a Laurent si quería huevos revueltos y él aceptó.

-Sí. Quería que le ayudase en una canción. Las audiciones para la Gran Academia de Música se acercan y debo practicar muchísimo si quiero entrar.

-No te presiones mucho.

-No, hermano, pero igual…

-¿Te quedaste a almorzar allá?

-Sí. El hermano de Jean, Francis, nos hizo matelote*. Estaba muy rico. Lo he visto varias veces contigo.

-Somos compañeros de parranda.

-Por eso.

-¿Irás a la floristería?

-No pediré que me acompañes.

-No te preocupes, hoy decidí darme la mañana e iré a recorrer el bosque en bicicleta con Jean y una amiga suya. Después vendrá a casa a practicar.

-Ten cuidado con el lobo en el bosque, no te irá a comer como casi lo hizo una vez…

Maarten aludió a un evento que ocurrió cuando Laurent tenía siete años. Maarten lo asustó disfrazándose de lobo, una vez que la familia fue a recorrer un bosque en unas vacaciones. El pobre chico quedó con trauma de por vida y costó mucho a que volviera a aventurarse por su cuenta. Cuando se enteró que el causante de la peor experiencia de su vida fue su hermano, no le habló por bastante tiempo. Después de todos esos años, Maarten seguía recordándole la experiencia.

-Sigues con eso. No tienes moral.

-En ese momento mi moral estaba en desarrollo.

-¡Eso es no tener piedad ni moral! ¡¿Cómo se te ocurre asustar a un niño pequeño e indefenso disfrazándote de lobo y persiguiéndolo alrededor de un bosque?! –Al final, Laurent se ahogó y tomó aire. La última palabra fue un pitido agudísimo.

-Eras tan pequeño e indefenso que te separaste del grupo e investigaste un bosque a oscuras por tu cuenta. Sí, por supuesto, los niños pequeños no hacen eso, ellos se quedan con sus padres.

Maarten hizo una mueca de victoria. Laurent apartó la mirada. No podía sostener la vista frente a los ojos verdosos de su hermano. Sí, él también fue lo bastante estúpido para separarse del grupo y creerse la caperucita roja por un momento. Pero eso no justificaba haberse puesto una máscara de lobo y jalarle los pies en un bosque tenebroso.

Maarten alzó las cejas. Laurent se hundió en el taburete, tapándose con la revista. Lo único que quería era que, cuando un día él también tuviera una página en Wikipedia con su nombre, no saliera este episodio. Porque habían muchos testigos de ello (sus padres, por ejemplo, que también bromeaban acerca de la historia) y existían registros visuales, que Maarten ocultó sabiamente. En caso se necesidad, siempre se podía usar el chantaje, ¿no?

Los huevos quedaron listos y Maarten lo dividió en dos porciones. Sirvió dos vasos de leche y aparte, abrió el frigorífico en busca del cóctel de frutas. Laurent cogió una de las porciones y, con el tenedor que le dejó su hermano, comenzó a comer.

-Algún día Maarten, llegará mi venganza.

-Tú lo dijiste. Algún día.

-Cuando menos lo espere.

-Cuando menos lo espere.

-¿Puedes dejar de repetir lo que digo?

-¿Puedes dejar de repetir lo que digo?

-¡Ya basta, Maarten deja de ponerme nervio-¡ -Laurent terminó de pronto su oración al ver que su hermano se reía sutilmente mientras bebía el vaso de leche. Oh, no, el mundo haría implosión. Maarten reía. Laurent no lo veía a menudo hacer eso. Por dentro, disfrutó ver a su hermano realizar otro gesto facial que no fuera fruncir el ceño, aunque fuera sacándolo de quicio.

Finalmente, ambos conversaron un rato. Sus padres pasaban en viajes de negocios, y sinceramente, Laurent podía asegurar que la persona con quien mejor se llevaba (aparte de Jean) era con su hermano. Aunque si entraba a la Gran Academia, no lo vería prácticamente nunca. Al menos, momentos como este quedaban.

-Te ha quedado bien este huevo revuelto. Ahora sí te acordaste de sazonarlo.

Maarten no dijo nada, pero Lau intuyó que con su mirada le dijo gracias. Laurent bajó del taburete y dejó su plato en el lavavajillas, junto con el vaso y el tenedor.

-Creo que me voy. Jean y Lili me esperan a las 10 en la plaza principal y como me retrase, Jean soltará un sortilegio de palabras.

-Vale.

-Que te vaya bien en la floristería. Nos vemos… eh… en la noche.

-Nos vemos.

Laurent desapareció de la cocina y fue al cuarto de baño. Una hora ahí dentro. Maarten lavó el sartén con sus cubiertos y fue a lavarse los dientes. Demoró cerca de media hora en estar listo, y cuando fue a buscar su bicicleta al porche, notó que la bicicleta de Laurent seguía allí.


Maarten recorría la ciudad. Como cualquier ciudad neerlandesa, esta contaba con buenas ciclovías, el paraíso andante. Este tomó su tiempo para recorrer el trayecto al trabajo, que demoraba no más de veinte a veinticinco minutos en bicicleta. Cuando llegó a la floristería, mayúscula fue su sorpresa al ver que una niña estaba apoyada en la puerta de la floristería, con expresión malhumorada. Era Lieve.

-¡Cinco minutos tarde! ¿Qué dirán tus padres si saben que abres la floristería más tarde?

-¡¿Pero qué…?!

-Dijiste que me ibas a enseñar la armonía de las flores y resulta que no llegas a la cita.

-Para que sepas, yo soy el único trabajador aquí. Es decir: el jefe. Y el horario que me asignaron mis padres es algo variable. Si abro diez minutos más tarde, cerraré diez minutos mas tarde. Porque el que manda aquí soy yo y nadie más.

Lieve frunció aún más el ceño. Igual que Maarten. Ahora el chico comprendía lo molesto que podía llegar a ser.

-Podemos comenzar más rápido si te quitas de en medio de la puerta. –Contestó Maarten en un tono para nada cortés.

Al parecer, Lieve no se inmutó de la altanería de Maarten. Se hizo a un lado y esperó a que Maarten quitara el candado y lo echara en el bolso. La florería tenía un aire tenebroso. Estaba siempre bajo el alero de los rayos solares, pero estos, reflejados en la superficie impoluta y brillante de los estantes provocaban que bellos reflejos se mostraran en las paredes. Además, el silencio era casi mortal. Maarten abrió las ventanas para que se aireara la estancia. Fue a dejar sus cosas en un pequeño casillero que estaba debajo del mostrador.

-¿No traes nada contigo? –Maarten le preguntó a la niña, que esperaba pacientemente en el umbral de la puerta.

-Esta canasta. Llevo mi almuerzo y también otras cosas. Traje mis guantes de jardinería y un delantal, por si acaso.

-Puedo guardarla en mi casillero.

-Está bien. –Lieve sacó los utencillos que estimó necesario y le alcanzó la canastilla a Maarten. Era algo pesada.

-¿Tus padres tienen idea que vienes aquí? ¿Vendrán a recogerte?

-Le dije a mamá que un niño muy simpático me iba a enseñar jardinería. Me dijo que sí. Sinceramente no está muy pendiente, pero eso es porque trabaja mucho para mantener la casa.

Maarten no consideró apropiado preguntarle acerca de su padre. De todas formas, no era su rollo.

-Antes que todo, si viene un inspector municipal no digas que trabajas aquí. Puede acarrearnos muchas multas el que pillen a un menor trabajando-

-No es un trabajo, es aprendizaje.

-A los inspectores le importa una mierda eso. Ahora, di que eres mi prima o algo así y que me ayudas por buena voluntad.

-De acuerdo. ¿Tienes más reglas?

Maarten reflexionó. Nunca tuvo que hacer un reglamento o algo así. Jamás lo necesitó. Para qué, el es amo y señor de la Floristería y eran sus territorios.

A ver… Orden. Lieve debía procurar que cada jarrón y góndola se hallara reluciente, ordenada y perfectamente alineada con el espacio. No puede comer mientras prepara un ramo, ni en el mesón, ni en ningún lugar de la tienda.

Silencio. El máximo ruido que Lieve podía emitir era su propia voz en tonos más bajos. Si se ponía a chillar o a reír o cualquier cosa que fuera superior a los 60 decibeles, fuera. Ese era un punto importante.

Responsabilidad. Lieve debía de avisar a su ¿madre? de las actividades que realizaba en la Floristería. No quería que le tomasen por un asaltacunas o cosas por el estilo. Lieve decidió hacer esto por iniciativa propia y solamente por amor al arte. Maarten no obligó. La seguridad de la niña es responsabilidad de él dentro de la Floristería, su jurisdicción.

Y lo más importante. Lieve no sería recompensada con especias o dinero por los servicios prestados en la Floristería. El conocimiento se paga con conocimiento. El dinero no le hace equivalencia.

-¿Todo claro?

-Pareces un libro de leyes andante. ¡Sí señor reglas, estoy preparada para el trabajo!

Maarten dedujo que la exclamación superó los 60 decibeles, pero quedó en que aquello fue un ensayo y nada más. Colgó su cazadora en una percha y sacó su delantal de un cajón. Hora de trabajar.


Lieve resultó ser de más ayuda que Laurent. Ella no tenía miedo de embarrarse las manos con el trabajo duro, ni de socializar con los clientes. Además, su trabajo era diligente, no perfecto, pero le ponía entusiasmo. Los clientes decían que Maarten tenía una prima encantadora que salió de cualquier parte. Porque cuando alguien le preguntaba a la niña qué hacía jugando con flores cuando podía descansar en la pileta, ella alegaba que su 'primo' necesitaba ayuda.

Sí, la familia de Maarten es muy conocida en la ciudad, pero todos se tragaron la mentirilla de la niña. Hasta podrían afirmar que ambos guardaban algún parecido. Los ojos, por ejemplo.

Lieve observaba a Maarten trabajar. Este ordenaba las flores con una concentración absoluta, teniendo cuidado de no maltratar a las flores. La pequeña quedaba impresionada de la dedicación de su 'maestro' en su tarea. Le agradaba aquello. Ella siempre pensaba que los chicos mayores eran unos patanes, pero resultó que el joven Maarten no era así. Sí, era enojón y todo, pero bajo la luz de la salita, se veía muy guapo y hasta sonriente.

La belga lo miraba, pero al rato volvió la hiperactividad propia de una niña de 12 años.

-Oye, Señor Reglas…

-Nada de motes. Maarten, o en su defecto, jefe. ¿Claro? –Maarten respondió desde la trastienda.

-Ayes busqué en la biblioteca y encontré un libro que hablaba del lenguaje secreto de las flores. ¿Qué es eso?

Maarten miró a la joven. Meditó por un momento su respuesta, intentando abreviarla lo más posible.

-… Durante algún tiempo, en Inglaterra, era muy difícil enviarse mensajes importantes sin que alguien descubriese su significado. Así que, para describir esos sentimientos jamás dichos, los ingleses enviaban flores a sus receptores y aseguraban que el presente adquiriera un significado sólo comprensible a su receptor.

-¿Algo así como un mensaje en clave? –Lieve apoyaba un dedo suyo en una de sus mejillas.

Era una chica lista, vio inmediatamente hacia donde apuntaban las balas. Maarten asintió, satisfecho de que su respuesta haya sido satisfactoria.

-Pero, eso sí, los ingleses recapitularon muchos de esos significados, la historia se remonta hasta el Oriente, desde Persia hasta Japón. Allá, al lenguaje floral se le llama Hanakotoba.

La pequeña apoyó sus codos en el mesón y desde su taburete, le preguntaba más cosas a Maarten. Este ya estaba casi acostumbrado al ritmo de preguntas de Lieve. Secretamente le gustaba el interés de la niña en la jardinería; muy pocas personas compartían su devoción por aquella materia. No cuentan sus padres, claro; aparte, ellos tenían sus propios empleos y las Floristerías eran más bien la tradición familiar, que nadie osaba a quebrantar.

-Pero el Halanotoba…

-Hanakotoba. –Corrigió Maarten, haciendo que la niña se sonrojara ante su equivocación.

-El significado de las flores… ¿sigue utilizándose hoy?

Maarten decidió hacerle una pregunta a la niña, para que ella misma atara cabos.

-¿Recuerdas el 14 de febrero? ¿Ves que muchas personas les regalan rosas rojas a sus parejas?

-Eso es porque… -Lieve se rascó la cabeza, pensando una respuesta lógica- uh… um… ¡ah!, eso es porque están enamoradas.

-Aunque muchos de los significados sólo son comprensibles para algunos nostálgicos, algunos simbolismos aún se usan, como las rosas rojas. También los simbolismos no sólo se dan con las especies florales, sino también en las combinaciones de una flor con otra, o en sus colores.

-¿No es lo mismo rosas rojas, que un ramo de rosas rojas y blancas?

-Por supuesto que no. La unión de rosas rojas y blancas quiere decir una mezcla de sentimientos, o para expresar el duelo. De ahí su uso extendido en los ramos fúnebres.

Lieve saltó un poco del taburete. A la belga le gustaba la combinación de aquellas rosas, jamás pensó el tétrico significado que aquel ramo podría ser. Quedó maravillada de lo que decía Maarten.

-¿Y cómo sabes tanto? –Lieve preguntó con su cabecita dorada apoyada en la mesa.

Maarten aprendió todo eso de forma autodidacta. Un inglés, compañero de escuela, era fanático de los jardines y a menudo compartían esa extraña afición. Y de vez en cuando disfrutaban de molestar a Antonio. Él le prestó sus libros de botánica a cambio de rebajarle el precio a las semillas. Trueque es trueque.

-De por ahí… no lo recuerdo en este momento. –Maarten respondió, deseoso de cambiar a algún tema que no fuese su vida personal.

-Ya veo… -Lieve no se mostró muy convencida de la respuesta del adolescente. Su intuición, aún en pañales, le advertía que Maarten desvió el tema.

Un sonido de campanilla anunció la llegada de clientes. Los clientes preferidos de Maarten. Lieve espió curiosa a las chiquillas que se pavoneaban en los pasillos. Maarten solo escuchó los gritos, esos chillidos que interrumpían la paz en su palacio soñado y frunció el ceño.

Lieve, a su vez, también frunció el suyo. Por culpa de esas idiotas, terminó la conversación con Maarten, que demoró demasiado tiempo en adquirir confianza. Cogió una cinta y se dedicó a enrollarla alrededor de sus dedos, esperando que las chicas se marcharan por donde vinieron.

Tocó el horario de almuerzo y Maarten tenía planeado ir a descansar a la plaza. Le preguntó a Lieve si iría a casa ahora, que ya estaba libre. Maarten pensó un poco y antes de que Lieve aprendiese las cosas manuales, era bueno que adquiriera algo de teoría.

-Mamá no está en casa. Es azafata de avión. Y mi papá no lo veo. Así que me quedo con niñera hasta que ella vuelva.

-¿Amigos? –Maarten supuso que la chica debía de tener a alguien más.

-Aparte de Pim, nadie más. Hace poco que mamá y yo nos mudamos aquí. Y Pim es mi conejo.

Maarten concluyó que Lieve debía de estar muy aburrida en casa. Pero por más que le diera pena, no podía hacer nada por Lieve. El descanso del almuerzo era su rato libre y su momento para estar solo y filosofar.

-Esto… ¿te importaría si te acompañara? No sé adónde más ir y el apartamento queda lejos.

Maarten iba a negarse, pero los ojos suplicantes de la pequeña le obligaron a decir que sí. Sin embargo, este le advirtió que no hiciera el ridículo o la despacharía con orden directa a su hogar y con el cursillo de flores dado por finalizado. Lieve dio un brincó de emoción y sus comisuras de los labios le recordaron a Maarten la sonrisa del gato de Cheshire.

-No olvides tu almuerzo. Iremos a una banca para que almuerces tranquila.

-Vale.

La niña cogió la canastilla de mimbre y se adelantó a Maarten por algunos pasos.

-Oye, Maarten. Me caes bien. Así que, por culpa de eso, te declaro mi primer amigo en esta ciudad. Este es un puesto muy importante, así que no lo desperdicies. ¡Por tu orgullo de caballero que así sea! –Gritó Lieve. Lanzó una carcajada y corrió, avisándole a Maarten que se diera prisa, porque buscaría una banca con sombra, justo ahora donde los empleados tenían sus horarios libres.

"Que infantil, por dios" –El joven pensó para sí. Lieve era una niña agradable, pero le molestaba la jovialidad de ella. No recordaba ser él así a sus doce años. O quizás fue así y lo olvidó, tal como hicieron muchos adultos con respecto a cómo eran en su niñez.

Sea como sea, Maarten tomó su tiempo para bajar por la calzada, dejando que los rayos tibios del sol calentaran su espalda. Era un día perfecto para el picnic.


Lieve escogió un banco a la sombra de una alameda. Un buen sitio. La niña estiró un pequeño mantel en el centro de la banca y comenzó a sacar cosas de la canastilla. Dos sándwiches, dos cajas de jugo, palitos de zanahoria, servilletas… Maarten supuso que la belga trajo el almuerzo solo para ella. Lieve le hizo un gesto para que la acompañase. El neerlandés se sentó en el banco, sintiéndose muy incómodo ante dicha situación. Él, el fuerte, que pasaba de todo, tomaba el té con una niña a la cual le doblaba la estatura. Lo único que quería era que fueran las tres de la tarde para volver a trabajar. Pero Lieve, probablemente también le estaría acompañando. Era oficial, sólo quería llegar pronto a su casa terminada la jornada laboral.

La pequeña no pareció darse cuenta del estado de su acompañante. Continuaba sacando cosas de la canasta, a la vez que silbaba una canción. Cuando advirtió que Maarten estaba literalmente hundido en la banca, le reprendió duramente y le obligó a coger un emparedado. Maarten discutió un poco con ella, pero al final, cedió.

¿Por qué demonios cedía con una niña?

-¿Y? –Lieve preguntó mientras mordía uno de los emparedados, de jamón.

-¿Qué? –Inquirió Maarten, en su tono de voz que no te invitaba a continuar la conversación.

-¿Te gusta el emparedado? Ese es de pepino, creo.

Maarten asintió, dando un pequeño bocado al sándwich. Era rico, a pesar de su sobriedad. El sabor poseía expresión.

-Los hice yo. Mamá cocina rico, así que pongo esfuerzo e intento aprender muchas recetas por mí solita. Además, Pim es un conejito gourmet, y no come nada que no sea hecho a mano o sus pellets gourmet. Como los pellets son carísimos y no podemos comprárselos todo el tiempo, he debido hacer maravillas para reinventar los platos de Pim.

Lieve comió otra bocanada de sándwich y continuó su plática. No era que Maarten participara, prefería escuchar el parloteo de la niña. Además, ¿Maarten qué podría agregar? Hablar sobre sus fans claro que no. O sobre los problemas de estrés de Laurent. No, quizás podría dejar a Lieve con trauma de por vida con la edad de los 13 años. Así que optó por pisar tierra segura y dejar que Lieve continuara la conversación, que trataba en ese entonces del intento de su mamá por mantener bulbos en el apartamento. Funcionaron hasta que Pim los devoró y de los bulbos blancuzcos quedaron sólo raíces.

-Al menos nos enteramos que, en caso de necesidad, podemos requerir a los bulbos como fuente de alimentación. Maarten, ¿Qué significan los gladiolos?

Lieve podía cambiar rápidamente de conversación, sin seguir un orden aparente. Maarten supuso que era sobre la floriografía y se apresuró a responderle.

-Depende de su color su interpretación. Pero si en un ramo hay un gladiolo en el centro, según la dirección en que apunte puede significar una hora en específico.

-¡Que guay! ¿Y en verdad la gente usa eso ahora para saber a qué hora reunirse?

El joven quedó un poco desequilibrado ante la inocencia del comentario. "No, eso ya no se usa. Existen los correos electrónicos, los teléfonos, mensajes de texto, What's Up!... ¿Para qué perder tiempo en algo que iba a marchitarse si en un click ya fijabas hasta la cantidad de tiempo que duraba la reunión?"

Maarten continuó ensimismado en sus pensamientos sin notar que una figura conocida se acercaba a ellos, sonriente.

-¡Maarten, dios, yo sabía que te gustaban jovencitas, pero no pensé para tanto! –El español daba zancadas largas y saludó tanto al holandés como a su acompañante. Esta le devolvió una cálida sonrisa e invitó a Antonio a incorporarse a la merienda, acción que Maarten no logró detener a tiempo, para su desgracia.

-Bueno, pues, yo me llamo Antonio y soy amigo de Maarten. Si él intenta hacerte algo, no dudes a llamarme a mí y le daré una lección, jeje.

Ignoró que las venas de la frente de Maarten se le marcaban como nunca y que bufaba igual que un toro. De no haber estado Lieve ahí, Maarten le hubiese pegado un escopetazo ahí mismo.

-Iba a ver a Maarten a la Floristería y me encontré con ustedes acá. Qué suerte; si no hubiese ido a pintar paredes, jaja.

Lieve se rió junto con Antonio. Maarten estaba con el entrecejo fruncido a más no poder. "Antonio tenía que estar cerca…"

-Yo me llamo Lieve Boucheron. –Lieve sacó toda la dulzura de su nombre e iluminó con su sonrisa gatuna. Antonio respondió con una sonrisa igual de gatunezca. Maarten terminó el circuito con un gruñido que más bien parecía de un perro.

-¡Que bello nombre! Lieve, toda una dulzura.

La niña se pavoneó en su banco, como un flamenco que enseñaba sus alas rosadas. Antonio tenía esa aura galante. Funcionaba excelente con las féminas, pero en los hombres generaba antipatía. Para qué decir con Maarten. Él no usaba esas técnicas y le llovían pretendientes. Y no lo quería aceptar, pero la pasaba de maravillas 'charlando' con Lieve (más bien, Lieve llevaba la conversación) y Antonio entorpecía el momento.

Conversaron poco rato; Antonio sintió que la mirada pesada de Maarten le clavaba la espalda. Como esperándolo, decidió que era momento de marcharse.

-Lieve, fue un placer verte por acá. ¡Y mira a Maarten, que parece un tomate con las mejillas así de rojas! No tenía ni idea que eras un asaltacunas…

-Dí eso de nuevo Antonio y no me importará romperte la nariz.

-Bah, no eres capaz. –Antonio bajó el perfil al comentario, atenuándose a las consecuencias de lo anterior. Maarten iba a responder, pero antes de plantar su puño en la mejilla de su adversario, este le dio una invitación.

-Mañana Mathias nos invitó a su piscina. Y debes ir. Gilbert pregunta si traerás un poco de tus habanos que compraste en Cuba

-Dile que si sigue bebiendo y fumando se le teñirán los dientes. Pero igual llevaré. Si me paga, le daré uno.

-Todo sea por reírte un rato de él, ¿no? Te veo mañana, entonces. ¡Y cuéntame sobre tu cita con Livi después!

Antonio se despidió efusivamente de Lieve y siguió recorriendo el parque. Lieve alzó su mano y la agitó en señal de despedida. Maarten hizo una nota mental.

"Matar a Antonio"

Qué bien sonaba. Lo haría mañana. Lo hundiría en la piscina de Mathias, para después desaparecer el cuerpo por el desague. Jaja. Sería un vil y trágico accidente, producido por el exceso de copas en los vasos sanguíneos del español. Jajaja.

Lieve miró de reojo a su acompañante. Si hubiese podido percibir las auras, notaría que el de Maarten era púrpura, casi negro, y que no auguraba nada bueno. Pero como Lieve no tenía dotes parapsicológicas, pensó que quizás Maarten estaba de nuevo ensimismado consigo mismo y abrió la caja de zumo, puso la pajilla dentro de esta y comenzó a beber.


Terminó la plática. A pesar de la frugalidad del almuerzo, tanto Lieve como Maarten estaban satisfechos. Maarten ayudó a Lieve a guardar las cosas de vuelta a la canasta y le ayudó a incorporarse.

-La he pasado de maravillas. Pero creo que tengo que ir a casa, Pim no puede estar mucho tiempo solo; además a Katyusha le asusta un poco Pim.

-Comprendo.

-Pero mañana a primera hora en la floristería. Sin retrasos, ¿vale?

-Tú no eres mi jefe. Si mañana me va la flojera y no quiero ir, no voy, entonces.

Lieve desistió de enfrascarse en una discusión con el holandés. Era tiempo perdido. Arregló su playera y se despidió de Maarten.

En menos de cinco minutos, la vida de Maarten se devolvió a la paz que era antes, hace dos días atrás. Maarten revisó su reloj; faltaban cinco minutos para abrir la floristería. No se preocupó, anduvo lentamente por el parque, disfrutando los rayos soleados que tenuemente se filtraban por las ramas de los árboles. Qué más daba si abría la floristería tarde o después. Él es rey, rey de su mundo y no hay nadie más en él. Quizás Lieve.

Solo quizás.