Bueno, aquí os traigo un nuevo capitulo; ¿no os quejaréis, eh? Q lo he escrito bien rápido y, además, bastante largo. ¡Empieza la batalla final!

Agradecimientos a las nueve personas q me dejasteis vuestro reviews, a saber, Itari, Dark-Crystal-Uchiha17, YamixTeaLover, CANELA, Amoratha, Hakura-Haku, Tenshi of Valhalla , Gabe Logan, Mitsuki Himura.

De veras lamento no poder responderos personalmente, por falta de tiempo, pero sabed q os agradezco en el alma vuestros comentarios y q solo por ello el fic a revivido, y esta vez, hasta el final. Para el que ya no queda demasiado, por cierto. XD


La habitación se encontraba sumida en las sombras, y en medio de ella Mahado descansaba, todavía inconsciente tras la batalla. Pero esa imagen, aparentemente normal, aparecía enturbiada por los sollozos de una linda joven, arrodillada sobre la cama de su maestro y con las mejillas surcadas por ríos de lagrimas transparentes.

El corazón de la joven latía dolorosamente, pues a pesar de las buenas nuevas de los sanadores, algo dentro de ella moría al contemplar el rostro pálido y sudoroso de su mentor, de su mejor amigo, de...

¡Oh Ra! Como lo odiaba. Desearía que despertase ya mismo para poder asesinarlo ella con sus propias manos. ¿Por qué se le había ocurrido hacer semejante tontería? ¿Por qué? ¿Acaso la vida no era sufciente para él? ¿Acaso ella no era suficiente para él?

No. No, claro que no. Ella solo era una simple aprendiz de maga y él, él era... ¡Oh Ra! Haz que se recupere, te lo imploro.

- Mana... – apenas un pequeño susurró, un indicio, que le obliga a alzar la vista esperanzada – Mana...

Si. Es él. Ha despertado de veras. ¡ Y el muy gilipollas se atrevía a llamarla! ¡A decir su nombre! Era demasiado para contenerse. Aunque lo hubiese deseado.

- ¡Imbécil! – ya no piensa en su débil estado, ni en las horas que lleva velando su sueño, rezando a Ra porque se recupere. Ahora simplemente no piensa. Actúa. - ¡Gilipollas! ¡Gilipollas!

De verdad que hubiera seguido gritando, sino fuera por el nudo invisible que estrujaba su garganta y que apenas le permitía respirar.

- No es la mejor acogida ¿sabes?

Por supuesto que capta el sentido irónico de sus palabras, pero también aprecia como sus mejillas recuperan, lentamente, el color. Ahora sabe que no lo va a perder, y eso la alivia y, lentamente, el nudo va desapareciendo. El enfado perdura.

- ¡Eres un capullo! – grita exaltada – No sabes como te odio, no lo sabes...

Sus falladas se derrumban, ahora es el turno de las lagrimas; de nuevas lagrimas. Él entiende al fin lo que ella esta sufriendo, y le duele en el alma ser el causante de su desdicha, aun a pesar de saber que sus palabras no son ciertas.

- Mana lo siento, lo siento... – sin poder evitarlo extiende sus brazos hacia ella, en afán de abrazarla, y por más que lo intenta, ella no es capaz de resistirse.

- No sabes... no sabes lo que me has hecho pasar – finalmente se rinde, ya no importa que él la vea llorar, o que vea lo muy asustada que ha estado. Ahora sola importa él, él y esos brazos que tan tiernamente la rodean. – No lo sabes... ¿no vuelvas a hacerlo, vale?

Esa última pregunta es una suplica, y él lo sabe, y decide responderla.

- Nunca... – la mira directamente a los ojos, esos ojos color caramelo tan hermosos – Nunca me separaré de ti; lo juro.

E inevitablemente sus labios se encuentran, y sus lenguas danzan la una junto a la otra. E inevitablemente sus cuerpos se entregan, fusionándose en uno solo.

--------------

- ¡El faraón! ¡El faraón ha regresado!

Gritos así se escuchaban por todo el palacio, para diversión de ambos jóvenes.

- Todavía eres famoso – susurra Anzu a su esposo, mientras caminan por los altos corredores, en dirección a la sala del trono.

- En realidad, si todavía lo soy, es gracias a ti – bromea este, recordando las veces en las que su esposa le ha salvado la vida y conteniendo a duras penas la necesidad de saborear nuevamente sus labios.

- ¿Y qué esperabas? – contrarresta ella – Todavía soy muy joven para quedarme viuda... Además – susurra colocándose a su espalda - ¿qué haría yo sin ti?

Como única respuesta su acompañante sonríe, apretando con fuerza su mano. ¿Qué haría ella sin mi? ¿Qué haría yo sin ella? ¿Sobreviviremos a la próxima batalla? Eran preguntas para las cuales no tenía respuesta pero, en ese momento, se juro a su mismo proteger a Anzu hasta el final, aun a costa de su propia vida. Ella si sobreviviría a la batalla, costara lo que costase.

No obstante, sus cavilaciones son pronto interrumpidas al llegar a la sala del trono, donde una centena de personas se halla deseosa de estrecharle la mano y demostrarle su alegría por su regreso. Pero la bienvenida no dura mucho.

- ¡Faraón! ¡Faraón!

- Isis – la sacerdotisa parece exaltada, lo cual no es propio de ella – ¿qué ocurre?

- Necesito hablar con vos en privado, os lo ruego.

- Claro – algo inquieto, Atem se separa de Anzu y sigue a la sacerdotisa del collar hasta un lugar privado.

Ninguno de los presentes ve entonces como su cara descompone lentamente, ni como su corazón desboca el ritmo de los latidos. Pero cuando ambos vuelven a la sala, todo parece absolutamente normal, y su expresión es tan serena como siempre, como lo ha de ser la expresión de un faraón.

- El collar milenario me ha mostrado el escondite de Bakura. Debemos darnos prisa o será demasiado tarde. – habla Isis tranquilamente.

- ¿Qué? – ninguno de los presentes parece creerlo; únicamente Anzu se mantiene impasible. Ella ya sabía del escondite de Bakura por su experiencia del pasado, lo que es peor, sabía exactamente lo que allí se ocultaba. También sabía... de un modo u otro, que si ellos acudían allí, si Bakura conseguía el resto de los objetos milenarios... Sería el fin. - ¿Cual es su localización?

- Antaño era una aldea de criminales, pero todos desaparecieron misteriosamente; ahora se cree abandonada.

- Entonces debemos partir inmediatamente – era su oportunidad para vencer al fin a Bakura y restablecer la paz. – Mahado... – no estaba totalmente convenido de que su amigo se hubiera recuperado – Lo siento pero, como faraón, no puedo darte permiso para ir a esta batalla. Permanecerás en el castillo, y si algo saliese mal... ocuparías mi lugar en la resistencia.

- ¡Faraón! – El mismo sacerdote no sabe si su grito es de protesta o agradecimiento; prácticamente lo acaba de nombra su sucesor pero... – Quiero ayudaros. Se que puedo ayudaros.

- Yo también lo se. Pero necesito a alguien aquí y, en las actuales circunstancias, tu eres el más adecuado. Por favor.

Mahado lo medito unos instantes. Sabía cual era la decisión más sabia, pero aceptarla...

- Yo me quedaré a su lado – intervino Mana, a pesar del sacrificio que ello suponía.

Atem la mira agradecida. Después, se acercó al sacerdote y lo condujo hasta un lugar privado.

- Mahado, sabes que confió en ti, que sin dudarlo te confiaría mi vida – sus ojos violetas enfocaban a las de su amigo, su mentor de más confianza – Pero hay algo que me importa más que mi propia vida. Se que lograré ganar esta guerra, pero no se a que precio – en esos momento el sacerdote iba a interrumpir, pero algo en la expresión del faraón le detuvo – Por eso, quiero que me prometas, que me jures, que cuidaras de Anzu y de que ella sea feliz. Se que serás un gran faraón, y que Mana y tu seréis muy felices. Pero necesito, te imploro – las lagrimas caían por su rostro y se encontraba a punto de caer de rodilla – que cuides de Anzu y... y...

FLASH BACK

Hace unos momentos...

- ¿Qué ocurre Isis?

- Faraón, debo deciros que mi collar ha hallado la localización del escondite de Bakura y me ha mostrado que es el momento indicado para atacar.

- Eso es perfecto. – La satisfacción brillaba en los ojos de Atem, al fin podría acabar la guerra. Anzu estaría a salvo - ¿Sabes ya dónde se encuentra?

- Si. – la sacerdotisa dudo – Pero antes de deciros nada, debo confesaros otra revelación que mi collar me ha mostrado. La reina, vuestra esposa... está en cinta; Anzu espera un hijo vuestro desde hace exactamente dos semanas, a pesar de que ella misma lo desconoce. Pero dada la actual situación de alerta, pensé que deberías saberlo.

Y todo termino para él. Un hijo.

FIN FLASH BACK

- Mahado prométemelo – suplica el, ya hombre, cayendo de rodillas e ignorando el grito angustioso de Mahado ¡Faraón! – Júrame por la tumba de mi padre y de todos los faraones anteriores a él en el trono, que cuidaras de Anzu y de mi hijo, y que ayudaras a este en convertirse en una sabía persona y en un faraón bondadoso del que yo, esté donde esté, pueda sentirme orgulloso. Por favor. ¡Júramelo!

Por unos segundo pareció que Mahado se había quedado sin palabras, pero solo fue un instante; al momento siguiente se encontraba también arrodillado sobre el suelo, mirándolo a su faraón a los ojos – a su amigo, a su discípulo, a su hermano...

- Lo juro.

Anzu se hallaba impaciente. No sabía que podrían estar hablando Atem y Mahado, pero no le gustaba su tardanza. Necesitaba darse prisa; ellos debía partir a caballo lo antes posible y ella...

- Anzu – Atem se acercaba solo, Mhado no lo acompaña; por su expresión seria, la joven supuso que había algo que deseaba pedirle a ella y, con un poco de suerte, sería justo o que ella necesitaba para realizar su plan de emergencia. – Se que no te agrada, pero en esta ocasión no podrás acompañarme, te necesito aquí, junto a Mana y Mahado ¿de acuerdo?

- Entiendo – Atem se sorprendió por una victoria tan sencilla, pero se hallaba demasiado aliviado para pensar en el porque de esa "claudicación" por parte de su esposa. Tal vez ella sospechará algo. Mejor así; no haría ninguna tontería.

Una vez tranquilo en ese aspecto, se vio obligado a centrar su atención en el resto de personas, a saber, los cinco sacerdotes del milenio – Kaiba, Agnadi, Isis, Shada, y Karim – y Simón, Jonouchi y May (Mana había ido a reunirse con Mahado).

- No puedo obligar a ninguno de vosotros a acompañarme y no tengo intención de hacerlo. El que me acompañe lo hará por propia voluntad y teniendo muy presente lo que esta en juego.

- Con su permiso faraón – intervino Kaiba - Sus palabras le honran, pero nosotros somos sus sacerdotes y su sino es nuestro sino. Moriremos por vos y por Egipto si es necesario.

Cuatro pares de ojos asintieron a sus palabras.

- Y no pensaras que nosotros te abandonaremos ¿cierto Atem? – pregunto Katsuya muy seguro de si mismo – Aunque ahora que lo pienso... tal vez sería mejor que Mai... – no pudo acabar la frase, pues la aludida le propino un fuerte golpe en la cabeza con el puño – supongo que eso es un no – susurró.

- ¡Cuenta conmigo faraón! – Exclamo Mai, ignorando por completo el dolor de su novio. – Mis arpias y yo estamos listas para la batalla.

Atem se tomo unos momentos para evaluar los rostros de sus compañeros, pero solo hallo en ellos seguridad y decisión, por lo que no puedo menos que sonreír orgulloso. Bakura no sabía bien a lo que se enfrentaba, la corte del faraón defendería Egipto, aun a costa de la propia vida.

- En ese caso, preparad los caballos; ¡partimos de inmediato!

- ¡Faraón! – inmediatamente todos los presentes obedecieron la orden y se dirigieron hacía las cuadras. Únicamente Atem se demoró unos instantes, a fin de despedirse de su esposa.

- Cuídate mucho Atem – suplicó Anzu abrazando a sus esposo con fuerza, con los ojos bañados en lagrimas.

- Tú también. Permanece en el castillo y haz caso a los que diga Mahado, él te protegera hasta mi regreso, pero si yo no... si no...

No pudo continuar. Anzu acalló sus labios atrapándolos en un suave beso.

- Se que me amas – le susurró después, haciendo acopió de todas sus fuerzas – Y tu recuerda siempre que yo te amo a ti... por encima de todo... Te estaré esperando.

Y con esas últimas palabras y un nuevo beso, lo dejo marchar... y únicamente cuando estuvo segura de que él se había marchado, pudo apretar su anillo contra su pecho y realizar una invocación silenciosa a la Emperatriz. Su plan daba comienzo.

- ¿De nuevo me invocas Anzu?

- Es tiempo de guerra y también de invocaciones – contesto sabiamente la joven con una pequeña sonrisa – ¿Acudirás siempre a mi a través de este anillo, o bastaría con que mi corazón te llamara?

- El anillo es solo un lazo físico. Yo no habito en ese anillo y si, podría contestar tu llamada aunque no lo llevaras puesto. – Explico la poderosa criatura – Pero te recomiendo que no te lo quites, podría ser más importante de lo que piensas.

Anzu atesoro las palabras en su mente, para analizarlas más tarde. No obstante, ahora tenía algo más urgente que hacer.

- ¿Podrás transportarme como la última vez? – pregunto ansiosa, aun casi segura de la respuesta. La Emperatriz asintió.

- ¿A dónde vamos en esta ocasión?

- A la aldea perdida... de Culemba. (N/A: no estoy segura si es así como se escribe, pero me refiero a la aldea de los muertos).

Atravesar el cielo hasta llegar a la aldea fue bastante fácil, y ninguno de los espíritus que allí había podían compararse a la Emperatriz. Anzu confió, no obstante, en que lograran retrasar a Atem y al resto lo suficiente para darle tiempo a ella de destruir a Bakura.

Precedida por la Emperatriz, Anzu siguió sus instintos y se introdujo en una de las galerías subterráneas. No hubo de descender demasiados escalones hasta dar con él. Bakura.

El hombre se encontraba de espaldas a ella, acariciando una lamina de piedra que Anzu identifico como la Roca Milenaria.

- ¡Ja! Sabía que vendría faraón pero nunca pensé que serías tan estúpido como para hacerlo solo. Pero no te preocupes, eso solo facili... ¡Tú! – al fin Bakura se había girado y, por primera vez, su rostro delataba sorpresa - ¿Qué haces tú aquí?

A pesar de su cara de loco y del gran poder que ocultaba, Anzu no dudo ni una sola vez, porque la vida de aquellos que amaba estaba en juego.

- He venido a matarte.

Sus palabras, dichas con una frialdad asombrosa, no hicieron sino despertar la rosa macabra del ladrón.

- ¡Por Ra niña! Eres imbécil. Pero no importa, ahora que estás sola, será un placer para mi matarte – afirmó, lamiéndose los labios con la lengua.

- Ella no está sola. – la voz de la Emperatriz sonó tan profunda como siempre, pero algo en el timbre o quizá en la expresión de su rostro, dio a entender a Anzu que estaba furiosa.

- ¡Tu! – De nuevo la sonrisa se había desvanecido del rostro de Bakura. Ahora lucia serio y decidido, pero sus ojos seguían teniendo esa sombra espelúznate. – No importa... Nunca será rival para mi Diamante. Ese monstruo fue forjado con el odio de todas las almas que fueron aniquiladas por el padre de tu querido faraón. – El sarcasmo era implícito en su voz, pero el odio relucía por sobre encima de todo. – Una bestia como tu, no tiene nada que hacer. ¡Jajaja!

Anzu lucho por mantener la compostura, el sonido de su risa le provocaba escalofríos, pero nada era tan importante como vencer en esta batalla. Cerro los ojos y trato de concentrarse en todo aquel poder del que la Emperatriz le había hablado pero que nunca había percibido por si misma. Pero ahora debía encontrarlo, y cedérselo a ella.

Lentamente sentía como sus fuerzas menguaban; se debilitaba y no sabía si podría sobrevivir al ataque; pero no importaba.

- Anzu ¿estás segura de esto? – la voz de la Emperatriz le llego de muy lejos, y como no quería malgastar fuerzas hablando, se limito a asentir.

"Cualquier sacrificio es poco si con ello logro salvar a Atem y a todos los que amo"

Quizá a causa del cansancio, por la mente de Anzu comenzaron a desfilar todos los rostros de sus amigos, los del pasado, y los que había conocido en este tiempo. Yugi, Tristan, Jono, Mai, Seth, Mhado, Mana... Atem. Se lo debía a ellos; por ellos debía ser fuerte. Por Atem.

Tan concentrada como estaba, apenas escucho la orden de Bakura hacía su monstruo.

- Diamante, ¡honda expansiva!

Ni tampoco el contraataque definitivo de la Emperatriz.

- ¡Sombras de luz!

Ambos ataques chocaron, uno contra el otro y se mantuvieron iguales en un primer momento. Pero Anzu seguía cediendo su Ka a la Emperatriz y, lentamente, el ataque de esta ganaba terreno. La joven sabía que lograría resistir mucho más, se lo indicaba un agudo dolor en el pecho cada vez que se veía obligada a inspirar para tomar aire; no obstante, aguantaría lo suficiente.

Las sombras luminosas de la Emperatriz ganaban terreno, se hallaban a punto de tragarse a la bestia de Bakura y, cuando esto sucediera, Anzu se desplomaría. No importaba; estaba preparada, desde el principio. Sin embargo...

- ¡Anzu! – esa voz; la única voz para la cual no estaba preparada. - ¡Anzu!

El nuevo grito fue más de lo que la joven, en su estado, pudo soportar. Todas sus convicciones se desmoronaron y, sin poder evitarlo, perdió la concentración y calló al suelo exhausta.

El ataque de la Emperatriz golpeó a Diamante en el pecho, pero sin el KA añadido de Anzu no fue suficiente para destruirlo. Por tan poco. Por tan poco, Diamante seguía con vida, herido, pero no vencido.

- Lo siento – susurró la joven, sin saber bien a quien hablaba, si a Atem o a la Emperatriz.

- ¿Pero que estás diciendo? – el faraón, a su lado, hervía en ira.

No comprendía como la joven había sido tan imprudente, tan estúpida... para arriesgar... y además faltar a su promesa. Deseaba decírselo, con toda su alma deseaba decirle lo que Isis le había comunicado para que entendiera... y se arrepintiera de la tontería que había estado a punto de cometer. No solo acabar con su vida, sino también con la de su hijo...

De verdad deseaba decírselo, con locura, pero sabía que no debía hacerlo. Pero la miraba... con las mejillas tan pálidas... la tocaba... esa piel tan fría... la escuchaba... sus jadeos, sus esfuerzos por respirar... Y entendía que en su estado, tan exhausta como se hallaba, cualquier emoción así podría... ¡Ra sabe que podría causarle! Por eso el debía callar, pero por nada del mundo permitiría que ella volviera a arriesgarse.

- ¡Conmovedor! – esa risa fría logró sacar a Atem de sus cavilaciones - ¡Muy conmovedor! Pero ahora será mejor que la olvides y te enfrentes a mi faraón, o de lo contrario, os enviaré a los dos a un lugar en el que podáis estar juntitos por la eternidad... ¡Jajajaja!

La risa de Bakura logró enfurecer a Atem. Se olvidó de todo, de sus sacerdotes que esperaban arriba, combatiendo contra los espectros, de que ya no poseía el puzzle milenario y, por tanto, sus fuerzas se hallaban muy disminuidas..., de todo, excepto del gran odio que lo embargaba contra la figura del ladrón que tenía delante.

Porque él tenía la culpa de todo; por su culpa el reino sufría, por su culpa Anzu se hallaba tan debilitada, al punto de la muerte, por su culpa no estaba seguro de poder ver crecer a su hijo, por su culpa todo había ocurrido..., y por eso él iba a matarlo, costará lo que costará.

- ¡Athem! – el faraón se sorprendió al escuchar su nombre bajo esa pronunciación tan extraña y, por primera vez, fijo su vista en la Emperatriz – Estás actuando de modo estúpido, carcomido por el odio. Tú eres luz, no dejes que el mal te domine o, de lo contrario, nunca podrás destruirlo.

Las palabras de la Emperatriz parecieron surgir efecto en Atem, quien instantáneamente mudo el rostro; ahora ya no se veía deforme a causa del odio, únicamente, decidido.

- Cierto, tienes razón – reconoció imperceptiblemente, pero luego alzo la voz para enfrentar al ladrón – Bakura, la era de maldad y odio que has forjado a llegado a su fin. La oscuridad nunca dominará este reino y, para asegurarlo... ¡te reto a un duelo!

- Jajaja. Faraón, no me hagas reír... Tú no tienes ni idea de lo que hablas... Pero si, aceptó tu propuesta. Y te recomiendo que no te dejes engañar por el estado de mi Diamante... él es mucho más de lo que aparenta... – tras esas palabras alzó el brazo y gritó – espíritus y almas condenadas por el anterior faraón, acudid a mi llamada y dadle poder al monstruo que vosotros mismo creasteis.

Inmediatamente la sala se lleno de sombras y fantasmas y, antes los ojos horrorizados del faraón, el monstruo Diamante recuperó su poder, volviéndose incluso más terrible que antaño.

- ¡Este es mi monstruo faraón! – reto Bakura mirándolo a los ojos con una tétrica sonrisa – Veamos que tiene tu para hacerle frente.

El cerebro de Atem empezó a funcionar rápidamente. Sin su objeto... utilizar el poder de los dragones podía resultar demasiado arriesgado... podría no lograr controlarlo y eso supondría una masacre. Por otra parte... ese monstruo no era suyo... aunque estaba seguro de que Mahado se sentiría satisfecho de que le fuera de ayuda... Si, no tenía otra opción.

- Por el poder del faraón, ¡mago oscuro, yo te invoco! Ven a mi...

Rápidamente un meteorito surcó el cielo y la figura del mago cobró forma en la habitación.

- Faraón – hablo el hechicero – a sus ordenes.

- ¡Ja! – rio Bakura – Una bestia tan vulgar como él jamás podrá vencer ami Diamante, ¡prepárense! Y para asegurarme de que no intentan destruir la lápida de piedra, tortuga metálica ¡aparece! – de nuevo, una bestia se materializa en la sala – y ahora protege con tu cuerpo esa lápida. Ya ves, faraón, no tenga más escapatoria... si quieres vencer ¡tendrás que destruirme! jajaja. – risa maquiavélica - ¡Diamante, honda expansiva!

- Mago oscuro ¡dardos oscuros!

De la vara del mago aparecieron cantidad de bolas verdosas directas a estrellarse contra la bestia de Bakura, pero con la fuerza que los espíritus le había brindado, este apenas pareció notar el daño.

- ¡Honda expansiva!

Ahora si, el ataque de Diamante se había estrellado directamente contra el mago, dejando a este último muy debilitado.

- ¡Ah! – Atem apenas pudo contener una expresión de dolor mientras se llevaba la mano al corazón. Cada ataque que recibía su monstruo, lo sufría él en su propio cuerpo.

- ¿Lo ves faraón? Tu linda esposa quizá hubiera podido vencerme sacrificando su vida, pero tu eres demasiado cobarde para eso... y como consecuencia ¡moriréis los dos! – la última exclamación fue seguida de otra carcajada, al mismo tiempo que se relamía los labios con la lengua. – Diamante ¡honda expansiva!

Sin poder hacer nada para evitarlo, Atem se mantuvo sereno a la espera del ataque..., pero este nunca llegó. Una espada de Dios se interpuso en su camino, y aunque se evaporó al instante siguiente, el ataque había perdido su efecto.

El faraón se giro, esperanzado; y efectivamente, allí se hallaba su guarda o, al menos, parte de ella.

- Faraón ¿se encuentra bien? – pregunto Seth preocupado, pero Atem no pudo mas que echar una mirada a sus esposa, todavía inconsciente en el suelo.

- No se preocupe faraón – lo tranquilizó Isis – yo me encargó de ella. – e inmediatamente Alzó su brazalete invocador - ¡Duendecillo místico! Llena de energía la vida de los reyes de Egipto.

Como respuesta, apareció un duende verdoso y, tanto Anzu como Atem fueron recubiertos por una luminosa luz verde; pero este último apenas se percató de nada, pues solo tenía ojos para su esposa, cuyas mejillas recuperaban el rosado habitual, hasta que, finalmente, abrió los ojos, totalmente repuesta.

- Atem... – susurró ella, pero el joven se encontraba demasiado feliz para reprocharle nada, por lo que, simplemente, se limito a abrazarla. Ahora ya podía combatir tranquilo.

- Bakura ¡te reto a duelo de las sombras! – exclamó, deseo de terminar cuanto antes.

- No faron espere – interrumpió Simón – sin su rompecabezas la lucha puede ser peligrosa.

- El cierto – Corroboró Seth, silenciando la protesta de Atem. – Nosotros – señalándose a si mismo, a Isis, Simón, y Karim – somos su corte del milenio, lucharemos por vos.

Atem dudaba, pero un rápido vistazo a Anzu le hizo comprender que si él luchaba, ella no se quedaría atrás, por lo que terminó asintiendo.

- Y tú Bakura prepárate – volvió a hablar el sacerdote – Ninguno de nosotros permitiremos que escapes de aquí con vida. ¡Estás acabado!

- ¡Perfecto tontos! – exclamo Bakura, realmente complacido – De este modo cuando los venza conseguiré tres objetos más, haciendo un total de cinco, y nadie será capaz de derrotarme.

- No nos subestimes – advirtió Karim, al mismo tiempo que alzaba su brazalete para invocar a... - ¡hechizo del dragón!

En consecuencia un enorme dragón metálico, de color dorado, se materializó en el aire.

- ¡Va! – evidentemente Bakura no se veía asustado – Como siempre digo, cuantos más... más divertido... ¡Jajajaja! Diamante, muestra a estos ineptos el poder de lo oscuro ¡Honda expansiva!

El hechizo se dirigió directo hacía el dragón, pero está vez, consiguió esquivarlo. y, aprovechando el momento, Seth alzó su baculo

- Únanse ahora guardianes – ordenó Seth alzando su báculo, dispuesto a aprovechar el momento - ¡Ataque conjunto!

A su orden, tanto sus Díos como el dragón de Karim y el duende de Isis atacaron. El mago oscuro atacó también.

- ¡Emperatriz! – exclamó Anzu, que hasta el momento había permanecido en silencio, decodificando lo sucedido – Tu también, ¡ataca!

- ¡Anzu no! – pero Atem no pudo impedirlo, y los cinco monstruos atacaron en conjunto.

Por desgracia, los espíritus malditos protegían a Bakura, y ninguno de los ataques logró penetrar su escudo. Anzu se reprendió mentalmente. Si hubiera aguanto antes, tan solo un poco más... Pero no era momento de arrepentimientos, su plan había fallado, ahora debía buscar otro modo de aniquilarlo y, mientras tanto, combatir junto a Atem y los guardianes.

Mientras tanto, en la superficie de la aldea...


Jono y Mai seguían combatiendo contra los espíritus restantes, socorridos por el espadachín de llama y las arpias.

Y Shasa ayudaba a Agnadin a defenderse de los espíritus, que lo acusan de la masacre ocurrida hacía ya tanto tiempo, cuando el sacrifico sus almas para encontrar la lápida de piedra y los artículos milenarios.

Pero algo sucedió cuando la llave milenaria de Shada comenzó a brillar alertando a su portador de un gran mal que rondaba cerca. Siguiendo la indicación de su llave, el portador descendió hasta otra de las muchas cavernas y, allí, halló la lápida del monstruo Diamante.

Sin dudarlo un solo instante, sabedor de que al destruirla el monstruo de Bakura desaparecería, alzo su brazalete para invocar al guerrero chacal bitestado, pero... Algo duro golpeo su cabeza interrumpiendo su invocación y él cayo inconsciente al suelo.

Los espíritus de la lapida se materializaron ante el cuerpo inerte de Shada, arrastrándolo con ellos, y la llave milenaria cayo al cielo, siendo recogida por otro sacerdote.

- Lo lamento de veras, Shada – a pesar de sus palabras, en su rostro no había ni una pizca de piedad; más bien sonreía – Pero no permitiré que nadie se interponga en el destino de mi hijo.

Y cogiendo para si la llave, abandonó el lugar, sin volver la vista atrás.


Espero q os haya gustado el capitulo...

¿reviews?