Hola tomodachis!!! No me he tardado nada ¿eh? Y eso que ayer estuvo liada porque después de ver el final del anime vampire knight tuve que escribir un pequeño shot como ofrenda, no lo pude evitar... así que si alguna de vosotras se interesa por ese anime que se pase por mi profile y lea la historia... se titula "I love you".

Pero bueno, ahora a lo importante... Agradecer por sus reviews a Akerenit, Amorata, Yuuki Li, YamixTeaLover, Gabe Logan, Mitsuki Himura, cote_koka, Itari; gracias por vuewstros reviews tomodachis; de corazón!


La batalla continuaba; los monstruos de los guardianes, junto al Mago Oscuro y a la Emperatriz, atacaban sin descanso a Diamante pero, con la protección de los espíritus, ninguno de los ataques lograba atravesar las barreras que Basura había creado.

La fusión de los monstruos de Seth y Karim no sirvió de nada; un nuevo monstruo invocado por Bakura sirvió para herir a Karim y, de ese modo, el ladrón obtuvo un nuevo artículo para colocar en la lápida. Ahora solo quedaban dos.

- Se lo dije, estúpidos - rió Bakura, seguro de su victoria - Ninguno de vosotros es rival para mi Diamante, y ahora… ¡os eliminaré a todos! Diamante ¡honda expansiva!

Con este último ataque, todos los monstruos, incluida la Emperatriz, cayeron al suelo debilitados. Atem observó a su alrededor, fijando la vista en sus amigos, tirados sobre en el suelo y sin fuerzas; a continuación dirigió la vista hacía Anzu, también sobre el suelo, haciendo esfuerzos por incorporarse pero, evidentemente, exhausta.

Entonces comprendió; no podía sacrificar a ninguno de ellos pero, especialmente, no podía sacrificarla a ella, no si había un modo de salvarla.

- Bakura, esto ha llegado a su fin - tanto sus amigos como el ladrón lo miraron extrañados, aunque este último no tardó en echarse a reír, escéptico - ¡Espíritus! Yo soy el hijo del faraón al que odias, aquel que os arrebató las almas; ¡y yo me inclino ante vosotros! ¡Llevaos mi alma y abandonad por fin el reino de los vivos!

- ¡No! - Atem no descifró quien de los dos había gritado antes, si Anzu o Bakura, pero aun así, no fue capaz de mirar a su esposa.

"Lo siento Anzu"

No tuvo tiempo de pensar nada más; los espíritus abandonaron al monstruo de Bakura y se introdujeron en su cuerpo. El dolor embargo sus sentidos y supo que iba a morir pero, de pronto, todo se detuvo, y la figura del antiguo faraón alumbro la sala.

- ¿Padre?

- Hijo, lamento mucho todo lo que está ocurriendo. Si hubiera tenido idea… pero ya es tarde. Pero recuerda esto hijo, porque jamás, jamás, permitiré que seas tú quien pague por mis pecados. - Tras sus palabras alzó los brazos, y se dirigió a los espíritus. - Almas malditas, yo soy el responsable de vuestros pesares. ¡Tomadme! Y partid conmigo al mundo que os pertenece.

Todos los espíritus se dirigieron hacía el faraón, rodeándolo por completo, y tras un estallido de luz, ambas figuras desaparecieron.

- ¡Padre! - gritó Atem, pero ya era tarde. El antiguo faraón había desaparecido, y el monstruo Diamante ya no era sombra de antaño.

- ¡Espada aura!

- ¡Ráfaga oscura!

Ambos ataques fueron lanzados a la vez, por Seth y por Anzu y, para desgracia de Bakura, lograron impactar directamente sobre la cabeza de la bestia.

- Mago oscuro ¡ataque de magia oscura! - el grito de Atem y el ataque de su criatura fue definitivo. La bestia desapareció y la lápida del Diamante cayó echa pedazos.

- ¡No! - el grito de Bakura fue difuminándose lentamente, al mismo tiempo que su portador caí al suelo inconsciente.

- ¿Esta muerto? - preguntó Anzu, sin pizca de remordimiento en su voz.

- Será mejor para él si lo está - respondió Seth y, por un momento, la joven faraona se siento identificada con él. Los demás asintieron lentamente.

- Se ha acabado - respondió Atem, como si eso respondiera a la pregunta.

- ¡Todavía no! - la exclamación sorprendió a todos los presentes, pero todavía más cuando se giraron y encontraron a su causante; Agnadin.

Pero no era el mismo Agnadin que ellos conocían, su sombra era borrosa, como si se hubiera fusionado con un monstruo, o con la misma oscuridad.

- ¿Maestro? - por primera vez la voz de Seth dudaba.

- No Seth, maestro no, padre - ante sus palabras, todos, incluso Anzu se quedaron estáticos. La joven se reprendió mentalmente por un descuido tan importante; ¿cómo había sido capaz de olvidarlo?

- ¿Qué? - el sacerdote no era capaz de reaccionar.

- ¡No Seth, no lo escuches! - intervino Isis - Ese no es Agnadin, fíjate en él; ¡lleva la llave del milenio de Shada!

- Por supuesto que si - reconoció el viejo sacerdote - ese estúpido quiso interponerse entre yo y tu destino. ¡Tu destino, hijo mío! ¡Tú destino! Por culpa del imbécil de mi hermano, yo hube de separarme de ti y tu madre cundo apenas eras un niño... Pero aun así, tu conseguiste llegar al Palacio por tus propios medios y, entonces, lo supe. Tú eras el elegido para ser Faraón, tú y solo tú el destinado a traer gloria y grandeza a Egipto... y cuando Zork despierte, necesitará a alguien para gobernar el nuevo mundo, ¡y tú eres el elegido! ¡el único con capacidad para hacerlo! Juntos dominaremos el mundo como padre e hijo..., como siempre debió haber sido.

- ¡Silencio! – exclamó Seth, horrorizado por las palabras del viejo – Tú no eres mi padre y, aun si lo fueras, no importa. Tus palabras son traición y yo, como guardián en la corte del faraón que juro proteger a su señor, te haré pagar tu delito.

Tras sus palabras, el sacerdote no dudo en alzar el báculo, dispuesto a nueva lucha, y sus compañeros lo imitaron, sin embargo...

- ¡Tontos! Hijo mío, no te culpo... Estos imebeciles llenaron tu cabeza de mentiras pero, cuando Zork regrese, no tendrás más remedio que admitir la verdad. – y sin dar tiempo a nadie de impedirlo gritó – Y ahora todos vosotros... ¡pagad! ¡Torbellinos oscuros!

De la nada, aparecieron cinco torbellinos diferentes y, cada uno de ellos fue tragándose a los presentes y llevándoselos lejos; en consecuencia, los objetos milenarios restantes cayeron al suelo, lejos de sus portadores, y Aganadin pudo recogerlos y colocarlos en la lápida.

El rompecabezas, el anillo y la balanza, colocados anteriormente por Bakura. El ojo, la llave, el báculo y el collar, obtenidos por el propio Agnadi. Cada uno de ellos fue encajado en su lugar y, como respuesta, un brillo espeluznante cubrió la roca. El Armagedón comenzaba. Zork no tardaría en resurgir de las tinieblas.

Una vez la lápida se alzó al cielo y el ritual quedo completado, cientos de monstruos emergieron del cielo, dispuestos a preparar la llegada de su señor, y el propio Aganadi – o lo que quedaba de él – alzó el vuelo el pos de uno de los torbellinos, tratando de alcanzar a su hijo y hacerle ver la verdad del nuevo mundo.

Cuando el torbellino lo liberó y él cayó al suelo, Seth se permitió unos momentos antes de recomponerse. Las palabras de Agandi torturaban sus oídos como si, a base de repetirse, quisieran formar la duda en su corazón y en su mente. Pero no había tal duda, él amaba a su faraón y haría cualquier cosa por protegerlo... ¿o no?

¿Realmente serían ciertas sus palabras? ¿Serían verdaderamente Agnadi su padre? ¿Y de ser así, qué le había ocurrido? ¿Cómo había perdido la cordura de ese modo? ¿Sería él capaz de enfrentarlo, a su progenitor? ¿O debería esperar y comprobar la veracidad de sus palabras?

No. No podía pensar así. El Agnadi que el conocía, fuera o no su padre, jamás hubiera actuado de modo tan cruel y reprochable. El hombre que le enseñó a luchar, con la mente y el cuerpo, cuando el llegó al Palacio, era un hombre justo, bondadoso y leal; jamás propondría algo semejante. Debía tener eso en mente.

Pero entonces, ¿qué hacer?

Apenas tuvo tiempo para pensar una respuesta, pues una sombra surcó el cielo hasta aterrizar frente a él. Agandi.

- Hijo mío, no tengo intención de luchar contra ti... – lo calmó el sacerdote, al ver como Seth alzaba el brazalete de invocación, dispuesto a la pelea – Solo pido que me escuchas... como tu padre, como aquel que tuvo que renunciar a su familia en único afán de protegerla... te lo ruego, escucha lo que tengo que decir y, después, haz tu elección.

Lentamente, Seth bajo el brazo y su postura se relejo, había algo que le impedía atacar a su padre... al menos, para tomar una decisión, debía escuchar sus palabras.

Aganadi sonrió mentalmente.

oOOOOooooOOOOooooOOOOooooOOOOo

Lejos de allí, una joven de piel blanca y cabello azulado despertaba de su sueño, encontrándose en un lugar desconocido. Sin embargo, en esta ocasión, no se asustó por el escenario o se dejo intimidar. Sabía que no había tiempo para ello.

En sueño, Seth estaba en peligro. Las tinieblas cubrían el mundo y él debía escoger un bando... pero la oscuridad siempre es persuasiva y, por experiencia, Kissara sabía que si esta se adueñaba de el corazón de algún humano nunca jamás lo liberaba. Por ello debía apresurarse o, temía, sería demasiado tarde.

Decidida, se incorporó de la cama y, sin apenas prestar atención a lo que la rodeaba, se dirigió hacía la puerta.

- Señorita – la interceptó el guardia nada más puso un pie fuera de la habitación – Me alegra ver que ha despertado. El sacerdote Seth, miembro honorario de la guardia del faraón, me encomendó traerla hasta aquí para que se recuperará. Igualmente, me rogó que le suplicara a usted que permaneciera aquí durante un tiempo, hasta que él viniese a recogerla...

No pudo continuar, Kissara ya había abandonado la sala.

Una vez fuera, la joven trató de concentrarse; no sabía donde podía hallarse el sacerdote, pero algo en su interior estaba unido a él... confiaba en que esa conexión fuese suficiente para encontrarlo. Sin mas, comenzó a correr.

OooooOOOOooooOOOoooOOOO

- ¿Lo comprendes ahora hijo mío? El faraón es un inepto incapaz de gobernar el nuevo mundo que se aproxima. ¡Tú eres el único con poder para hacerlo!

Seth se mantenía inmóvil, una parte de su mente escuchaba las palabras de Agandi y se dejaba convencer por ellas. Sabía que era error, sabía quien era él... pero, una extraña fuerza invadía su capacidad de raciocinio... comenzaba a controlarlo. Quizá fuera cierto que el debía ser faraón, quizá los problemas que embargaban el mundo se disolvieran tras la llegada de Zork... quizá la oscuridad fuera el único medio para obtener la paz... quizá...

- ¡Seth-sama! – y los quizá desaparecieron.

Inmediatamente giró su rostro buscándola a ella y, efectivamente, allí estaba Kissara, con la respiración agitada a causa del esfuerzo...corriendo hacia él.

- Kissara... – susurró, precipitándose a su encuentro y tomándola de la mano. - ¿Te encuentras bien?

Pero la joven no tuvo tiempo de responder, pues fue interrumpida.

- ¡Perfecto hijo! ¿No lo ves? El poder te persigue y viene hacía ti, ¡un poder superior al de los mismísimos Dioses Egiocios! – Agandi sonreía, creyendo firmemente cada una de sus palabras – Ahora debes sacrificar a la muchacha... ¡y serás farón!

- ¡No! – está vez Seth no tenía dudas, con Kissara a su lado poseía la fuerza suficiente para resistir la oscuridad – Eres tú quien no entiende. Gracias a esta mujer he comprendido que la solución para los problemas que asolan el mundo no se halla bajo las tinieblas en poder de la oscuridad, sino en otro sentimiento. En el amor, en la capacidad del ser humano para sacrificarse por lo que ama, por aquellos que ama, ahí es donde reside el verdadero poder... y la felicidad. – Seth pauso un momento para contemplar a Kissara, quien ahora mantenía sus profundos ojos sobre él, brillando plenamente, como nunca antes, y confirmando así sus palabras. – Por ese motivo padre – continuo, centrando de nuevo su atención en el sacerdote – nunca permitiré que dañes a esta mujer, y moriré para protegerla si es necesario.

- ¡No puedes estar hablando en serio! – Agandi parecía incrédulo. Pero cuando Seth le sostuvo la mirada con expresión decidida, su rostro se tornó furioso - ¡No! ¡No lo permitiré! ¡Antes prefiero verte muerto que a los pies del faraón y de esa mujer indigna! ¡Prepárate!

- ¡Seth-sama! – la voz de Kissara, no solo por las palabras que él había pronunciado y que, efectivamente, le confirmaban que no estaba sola en su sentimiento... sino por el miedo a perderle ahora que Agani iba a retornar la lucha.

- No temas Kissara... – susurró el sacerdote colocándose frente a ella en pose defensiva y, por un momento, su voz se dulcifico. Después su semblante tornó serio y, alzando el brazalete, se dispuso a invocar a su monstruo - ¡Dios! ¡Es vuestro turno! - inmediatamente, dos bestias se materializaron en el aire, dispuestos a servir a su señor - ¡Espada aura!

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A kilómetros de allí, una joven faraona despertaba de la inconsciencia, encontrándose en un lugar desconocido.

- ¿Ya has despertado? – pregunto una voz conocida.

- ¿Emperatriz? – la nombrada asintió. - ¿Qué ha ocurrido?

- Uno de los torbellinos de Aganadi te atrapó y te trajo hasta aquí; yo no pude hacer nada por evitarlo, lo siento. – Anzu supuso que no se refería solo al torbellino, por lo que negó con la cabeza.

- Fue mi culpa. – dijo, después calló.

Por supuesto que era culpa suya. Todo había sido culpa suya. Primero, su fracaso ante a Bakura. Después, su terrible olvido sobre Agandi. Todo había sido culpa suya. Las vidas de sus amigos, de su esposo, dependía de ella, y ella... les había fallado estrepitosamente.

- No deberías culparte de ese modo – las palabras llegaron lejanas y a Anzu le costó entender que era la Emperatriz quien hablaba; aun así, no alzó la vista. – Lo que ocurrió ni fue culpa tuya, tu diste tu mejor esfuerzo... Pero, si te rindes ahora, verdaderamente serás culpable de su muerte.

- ¿Qué? – está vez Anzu si reacciono – Pero... si ya es tarde... Zork retornará pronto y, entonces....

- Entonces ¿qué? – preguntó la criatura, mucho más humana que de costumbre – Anzu, lo que esta en juego ahora es mucho más que la vida de tus amigos... es la supervivencia del mundo. Si te rindes ahora, si abandonas la lucha y le otorgas a Zork la victoria... se perderá algo más que un puñado de vidas preciadas... supondrá el fin de la humanidad... de la Tierra y tal y como la conocemos...

- Pero ¿qúe puedo hacer?

- Puedes luchar. Ya antes se consiguió vencer a Zork, tú lo sabes; lo que es más, posees muchas pistas sobre lo que ocurrió exactamente ¿me equivoco? – Anzu contempló a la Emperatriz, después asintió lentamente; sus ojos recuperaban la esperanza. – Entonces utiliza la información, y pelea está batalla... Por mi parte, te juro, que no me apartaré de tu lado.

La joven sintió como sus energías crecías tras las palabras de la Emperatriz, y estuvo a punto de preguntar "¿quién eres?", pero por el contrario, prefirió decir...

- Gracias.

La Emperatriz tenía razón. Todavía era pronto para rendirse; Atem, Jono, Mai, Seth... contaban con ella... y ella no les defraudaría. Pero primero, necesitaba pensar. Recopilar toda la información que Yugi le proporciono del pasado.

Sabía que Atem lucharía en la batalla final, por lo que no era a él a quien debía buscar. Mahado y Mana todavía se hallaban en el palacio, así que estaban relativamente a salvo. Pero entonces ¿quién? ¿quién estaba en peligro? ¿quién fallecía antes de la gran batalla?

Y entonces, lo supo. Escucho la voz de Yugi contándole aquella preciosa y trágica historia, se recordó a ella misma llorando emocionada... También comprendió donde estaba su lugar en esos momentos.

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- ¡Dios! – la última de sus bestias desaparecía; sin el báculo del milenio se veía incapaz de ganar. Pero debía hacerlo, por ella; debía protegerla a costa de su vida si fuera necesario... no podía permitir que algo malo le ocurriera... ¡no podía!

- Seth-sama, por favor... detente... – la joven sufría al contemplar como su amado se debilitaba lentamente, sin que ella pudiese hacer nada por evitarlo. – Por favor... – sus ojos brillaban en lagrimas.

- Kissara... – el nombre salió de sus labios sin pretenderlo, mientras una de sus manos se posaba tiernamente sobre la mejillas de la muchacha. – Lo dije antes... ¿recuerdas? No permitiré que nadie te dañe.

- Seth-sama – y en ese momento sintió el poder, de modo tan real como sentía la piel del joven sobre la suya propia y, esta vez, supo que podía controlarlo.

Sus ojos se cerraron y su cuerpo comenzó a brillar... el dragón blanco de ojos azules... había llegado.

Seth abrió los ojos sorprendido, a pesar de que no era la primera vez que lo contemplaba, y el mismo Agandi pareció intimidado.

- Yo tampoco permitiré que nadie te hiera, Seth-sama – susurró la joven, y en respuesta un poderoso rugido emergió de la boca del dragón.

- Kissara... – pero no tuvo tiempo de decir nada más, porque un poderoso rayo de luz blanca salió directo del dragón hasta estrellarse contra Agandi, quien no me fue capaz de esquivarlo completamente y cayó al suelo debilitado.

Pero cuando Kissara volvió a disparar, la energía del ataque fue tragada por un portal y devuelta al propio dragón desde un ángulo diferente. En consecuencia la chica se tambaleo; sus energías menguaban.

- ¡Kissara! – exclamó Seth a tiempo de sostenerla antes de que cayera al suelo. – Por favor, detente – suplicó estrechándola en sus brazos – No estas preparada para esto.

- Seth-sama... – susurró la joven – no te preocupes por mi.

De nuevo el dragón volvió a atacar y, aunque Agandi logró esquivar el ataque, comprendió que no podía seguir así eternamente pues, tarde o temprano, una de esas descargar lo alcanzaría. Pero entonces su boca se torció cruelmente y su mente elaboró un plan tan perfecto que se reprochó a si mismo no haberlo pensado antes. La chica no tendría escapatoria.

- Te he ofrecido mil oportunidades, hijo mío. ¿Estás seguro de que esta es tu respuesta? – el joven ni se digno a contestar – Bien, pues que así sea... ¡Dardo tenebroso!

Un fino dardo de color negro salió de la mano del viejo sacerdote directo a estrellarse contra el pecho de su propio hijo, quien apenas tuvo tiempo para percatarse de ello. Sin embargo, Kissara no lo pensó un solo instante, simplemente... Seth no podía morir... y ella se interpuso entre él y el último disparo.

- ¡Kissara no! – gritó el joven, desesperado, cuando comprendió lo que sucedía; pero era demasiado tarde... el dardo ya estaba atravesando su abdomen.

- ¡Retroceso oscuro!

El grito surcó el cielo sorprendiendo a todos los presentes, pero Seth ni siquiera se molesto en buscar al responsable, todo lo que pudo hacer es sostener entre sus brazos a Kissara, sorprendentemente a salvo.

- ¡No! – el gritó de Aganadi fue frustrado por otro más poderoso.

- ¡Espero de furia! – En un ínstate, Aganadi quedo inmovilizado por una jaula transparente – ¡Kissara, es tu momento!

- Si – lo joven asintió y desembarazándose de los brazos de Seth, quien todavía lo contemplaba preocupado, ordenó a su dragón disparar.

El rayo de luz blanca atravesó el cielo directamente hasta el viejo sacerdote quien, debido a las ataduras del espejo, era incapaz de moverse. El ataque se prolongo unos interminables segundos mas y, finalmente, Agandi desapreció en una nube de polvo.

Solo cuando estuvo seguro de que el peligro había pasado, Seth se permitió escrutar el cielo, en busca de la persona que los había salvado. Anzu se hallaba allí, sobre sus cabezas, en brazos de una extraña criatura que ya creía haber visto durante sus primeros entrenamientos.

Sin embargo, no tuvo tiempo de pensar nada más; a su lado, Kissara se desplomó en el suelo exhausta y él centro toda su atención en socorrerla.

- ¿Se encuentra bien? – preguntó Anzu, una vez en el suelo.

- Solo cansada, creo – respondió el sacerdote, y la chica pudo vislumbrar auténtica preocupación en sus pupilas, por lo que, discretamente, decidió apartarse unos pasos, tratando de otórgales algo de intimidad antes de partir hacía la auténtica pelea. Aun así, no puedo evitar sonreír; está vez había ganado; Kissara todavía vivía.

- Seth-sama – la muchacha abrió lentamente los ojos, para hallarse en brazos del sacerdote. – ¿Se termino? – pregunto en un susurro, todavía débil. Pero el joven eligió no contestar la pregunta.

- Ahora estás a salvo – fue todo cuanto dijo, aun cuando sus palabras se asemejan tanto a una caricia en los oídos de aquella que amaba – Estás a salvo – repitió, aumentando la fuerza de su brazo.

En esta ocasión, Kissara correspondió, aferrándose al cuerpo del sacerdote, y permitiendo a su cabeza reposar sobre su pecho. La sensación era tan... abrumadora. Toda su vida había vivido con miedo al mañana, lastimada por ser diferente, preguntándose cuando llegaría su hora... Sin embargo, de nuevo, él la había salvado... y, únicamente a su lado, esa sensación de seguridad la embargaba, llenándola por completo.

Le pertenecía. No sabía exactamente desde que momento... si fue aquella vez cuando aun apenas era una adolescente encerrada en una jaula y él la salvo, o si fue antes o fue después... Pero una cosa era segura, ella le pertenecía, total y completamente.

- Seth-sama... te amo... – y no pudo resistir el decirlo, porque lo sentía, desde el fondo de su alma, sentía la verdad de sus palabras.

- Kissara... – su nombre era hermoso, lo hechizaba... y escuchar de sus propios labios que lo amaba... le causaba una felicidad mayor de la que un día pudo imaginar..., porque él, también la amaba. La sentía suya desde el principio, desde la primera vez que la vio, y al mismo tiempo sentía que él le pertenecía a ella... por entero.

Por ese motivo no pudo evitar que sus labios se aproximaran a los de ella lentamente, y aunque no era la primera vez que se unía una mujer, a él le pareció una vez única, pues únicamente eran sus labios los que quería probar, y únicamente ella la mujer que quería a su lado... eternamente.

Kissara sintió como los labios de su compañero se acercaban a los suyos muy lentamente, como ofreciéndole la oportunidad de elegir, pero ella ya había elegido, o quizá no, quizá nunca había estado en disposición para hacerlo.

Sin duda alguna surcando su mente, termino de recorrer el camino que de él la separaba y cuando sus pieles se rozaron, creyó alcanzar el cielo... Incapaz de reaccionar, se limito a sentir sus caricias, suaves como la brisa, frescas como el Nilo..., hasta que al fin, recuperó la conciencia y pudo profundizar el beso... llegando ambas lenguas a unirse en un danza de amor y armonía incontenible.

No supo cuanto tiempo estuvieron así, pudieron ser minutos, horas, días o semanas... a ella le pareció un instante... pero un instante eterno.

Desde una perspectiva diferente, sintió los labios de Seth abandonando su boca y deslizándose por su cuello y mentón, hasta llegar a su oreja.

- Kissara, perdóname – después, todo se volvió negro.

Tras unos instantes inmóvil, con la joven en brazos, se dirigió hacía donde Anzu esperaba.

- ¿Crees que he hecho mal? – pregunto, sin decidirse a mirarla directamente. La faraona negó lentamente.

- Eso no lo se... – respondió con pausa – Lo que puedo decirte es que yo, si pudiera, haría exactamente lo mismo.

El sacerdote asintió, y dejo entre ver una pequeña sonrisa por sus palabras.

- ¿Cómo nos has encontrado?

- Muy largo de explicar para que lo entiendas pero, si te sirve de algo, me guié por tu KA. – Si comprendió o no sus palabras Anzu nunca lo supo, pues él permaneció en silencio. - ¿Qué harás con ella? – pregunto tras unos momentos, sabedora de que debían partir pronto hacia una nueva batalla.

- La enviaré lejos de aquí.

- Comprendo – asintió la faraona – pero Seth, si no vencemos a Zork, no importa lo lejos que ella se encuentre; no logrará salvarse.

- Lo se – aceptó el sacerdote seriamente – por ese motivo la envió lejos de aquí. Yo lucharé esa batalla y moriré si es necesario pero, si lo hago, quiero saber, al menos, que ella está a salvo.


Espero q os haya gustado el capitulo, como ven, cada día estamos más cerca del final... pueden quedar tres o cuatro capitulo... ¡jejejeje! Y muchas dudas que se irán resolviendo de apoko, lo juro!

De nuevo muchas gracias por haber llegado hasta aquí, no lo habría logrado sin ustedes, y ya que estamos...

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