Debo pedir disculpas por la tardanza del capítulo. Hice varios borradores que no me convencían. Mi perfeccionismo se apoderó de mí y no podía sino ver solo defectos en lo que escribía. Sin embargo, esto es lo que más rescato de aquellos borradores. Mil disculpas.

Este capítulo resultó muy corto para mi gusto. Antes, este y el próximo eran uno solo, pero decidí dividirlo porque si no lo hacía, sería un desarrollo muy abrupto.

También informo que no quedan más de dos o tres capítulos. Pero de nuevo doy las gracias a todos los que comentaron, pusieron favoritos, marcaron el fic con story alert, etc. O que simplemente apretaron el título y leyeron. Solo con eso me hacen increíblemente feliz.

Gracias a todos.

Disclaimer: Hetalia Axis Powers no le pertenece a VidadeLechuga (ya sean personajes como trama), sino que son de propiedad de Hidekaz Himaruya. Sin embargo, digamos que el Luxemburgo tiene parte de la autoría de VDL.

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Lieve continuó yendo a la Floristería durante gran parte del verano. A veces iba con Pim, otras sola. Muy pocas veces no iba, eran ocasiones contadas. Maarten también disfrutaba de sus vacaciones, y algún que otro día iba tarde a la floristería o se daba el día libre, para disgusto de Lieve. Para ella, la floristería era la única actividad divertida de sus vacaciones, y el hecho de estar un día en casa le llenaba de aburrimiento.

Ambos disfrutaban compartir el rato juntos. Lieve ya estaba algo más experimentada con la jardinería y en el pequeño patio que poseía la Floristería, atrás del trastero, plantó lechugas y calabazas. Además, comenzó a armar sus propios ramos. Al principio, no quedaban muy armónicos y Maarten le señalaba críticamente los errores. Pero Lieve ahora sí podía componer piezas pequeñas que incluso eran puestas a la venta, con buenos resultados.

Laurent estaba con la ansiedad a flor de piel. El examen del Conservatorio era nada más entrada a la escuela, y pasaban varios días en que ambos hermanos no se veían. Los padres del chico le llevaron a talleres de relajación para que aliviase la tensión acumulada. Sus padres le preguntaron a Maarten si no quería tener a su cargo una sede más grande y esta vez con empleados a su cargo, pero Maarten se negó. Tendría que repartir las ganancias y también Lieve no podría trabajar con él. Pero la última razón no se la dijo a sus padres, obviamente. Ellos daban por sentado que Maarten trabajab horas en la más completa soledad.

Lieve a menudo le preguntaba qué iba a pasar cuando finalizara el verano. Ella sabía que el empleo de Maarten era temporal y que cuando comenzara el año escolar, otro empleado ocuparía su lugar en la Floristería. Y eso significaba que la compañía debía relegarse. Él le consolaba diciéndole que podía ir a su casa cuando lo desease, o inscribirse a un curso de jardinería que ofrecía el ayuntamiento, financiado parcialmente por la Floristería. Pero ella comentaba que no sería lo mismo.

-Puedes hacerte amigo de Laurent. Van en el mismo grado y a él le encanta invitar gente a casa. –Maarten consolaba a Lieve.

-Pero eso sería bastante aprovechador. Aunque no te preocupes, si tengo la oportunidad de hablar con tu hermano, lo haré.

Y con eso daban finalizado el tema.


Así fue como pasaron juntos gran parte del verano. Por una parte, Lieve comenzaba ya a mostrar progreso en sus labores de ayudante en jardinería, y Maarten una compañía que no fueran sus amigos de siempre y alguien que compartiera su afición. Y de pasó, ganó dinero extra. Perfecto.

Faltaban dos semanas para el inicio de las clases y muchos chicos aprovechaban los últimos días de libertad antes de entrar a la escuela, que les consumiría gran parte de su tiempo. Maarten bajó el ritmo de trabajo, él también comenzaba la escuela y quería usar esos días soleados para reflexionar (mejor dicho, fumar uno o dos cigarrillos echado en el parque).

Lieve estaba ansiosa. Comenzaría su primer día de escuela en esa ciudad, y se preguntaba con quién estaría. Solo conocía a Laurent de vista, el muchacho no fue a la Floristería a menudo, y si iba, la niña no estaba. No conocía a más gente, pero Maarten podía afirmar con seguridad que la chica no tendría problemas para acostumbrarse en la escuela; era extrovertida y divertida.


Comenzó otro día más en el verano de Maarten. Se despertó a la misma hora de siempre. Mientras muchos duermen a destajo, él acostumbraba a su cuerpo a despertarse siempre temprano. Hizo su ejercicio matutino y sus actividades cotidianas. Cuando fue a desayunar, Laurent no estaba allí. Se encontraba con un profesor de música que le ayudaba a afinar los últimos detalles para las audiciones. Se lo tomaba muy en serio. Sus padres tampoco estaban. Así que comió solo y, al cabo de una hora, se fue a la Floristería.

Fue mayúscula su sorpresa al ver que la pequeña Lieve no estaba en el frontis de la Floristería cuando llegó. Ella tenía por costumbre que, si un día llegaría más tarde o no pasaría por la tienda, le avisaba con anticipación. La belga no era impuntual, es más, le restregaba en la cara a Maarten los atrasos que este sumaba cada vez que tardaba más de 10 minutos en abrir el local. Quizás esta fuera la primera vez que la niña llegara atrasada y sería su oportunidad para encararle todo lo dicho, de forma graciosa.

Estacionó su bicicleta y se puso a trabajar.

Revisó las calabazas y lechugas de Lieve. Crecían bien, no había más problemas con ellas. Encendió la radio. Sacó los carteles que mostraban bellos adornos florales y los puso en la vereda. En uno de esos carteles, una pizarra de tiza, escribió una oferta de flores de lavanda. Barrió la entrada, esta estaba algo empolvada. Regó las plantas y vigiló que ningún florero corriera riesgo de caerse.

-Lieve, limpia el mostrador. –Maarten gritó, suponiendo que la niña estaba por allí.

Recordó que hace más de una hora que la belga debía andar por allí.

Quizás se enfermó.

"La costumbre… Suerte que no había nadie más, supongo."

Él ya se habituó a la presencia de la menor. El hecho que no rondara por allí llenaba a la estancia de una extraña paz. Y también de silencio. Si no fuera por la radio, la Floristería estaría con un silencio casi sepulcral. Entró el primer cliente, uno frecuente. El viejo pidió una orden de clavelinas con lisianthus. Este se sorprendió de no ver a la niña corretear por el lugar.

-¿Y su prima? ¿No vino hoy? –El viejo preguntó mientras sacaba un poco de dinero de su billetera.

Maarten bajó los hombros y respondió que no.

-¿Y sabe por qué? –El viejo buscaba dinero en su bolso.

Maarten negó con la cabeza.

-Pues vaya, mándele saludos. –El viejo pasó los billetes a Maarten y este le dio su cambio. –Aproveche sus últimos días de vacaciones, muchacho.

Maarten asintió y el viejo se fue.

La clientela, al igual que Maarten, acostumbraba a ver a Lieve en la Floristería. Esto dejaba en claro una interrogante:

¿Qué le pasó a la pequeña Lieve?


Maarten supuso que la niña quizás llegara después de almuerzo. Era tradición que ambos fueran a esa banquita del parque a disfrutar una merienda. Casi siempre, Lieve llevaba comida para ambos, pero a veces Maarten cocinaba y llevaba alimentos para aquellos momentos. Era extraño, volver a comer solo. Fue a la banca, esperando que quizás Lieve estuviera allí. No estaba.

Maarten continuó de largo por la alameda, haciendo parecer que en realidad paseaba por el lugar en vez de buscar a alguien. No tenía mucha hambre, ni tampoco ganas de caminar. Se echó a la sombra de un árbol y prendió un cigarrillo, mientras miraba la nube, que se burlaba de él desde el cielo.

¿Qué conocía de la pequeña Lieve? Sabía que vivía con su mamá y su mascota, se llevaba mal con su papá, que acababa de mudarse aquí y que le gustan las flores. Pero, ¿Dónde vivía? ¿Cuál era sus miedos más grandes? ¿Su número telefónico? ¿Qué era de su vida antes de vivir aquí?

Maarten se dio cuenta que le enseñaba a alguien que a duras penas conocía. Siempre hablaban, pero era de cosas irrelevantes. ¿De qué le servía enseñarle el significado de los lirios si no podía llamarle a su casa para verificar su asistencia o si se encontraba bien? Hizo una bocanada de aire y prestó su atención a la nube solitaria que pasaba por allí.

¿Para qué se preocupaba de más? Probablemente Lieve se haya resfriado o algo así. Aunque eso no era muy factible, dado que la niña se fue en perfecto estado de la Floristería el día anterior y no dio señales de estar con alguna molestia.

-Hm… Niña tonta que deja plantado a la gente… -Maarten frunció el ceño. Le llamaba la atención la inasistencia de la belga, esta siempre informaba de alguna situación extraordinaria. "Si viene mañana, le llamaré la atención por su atraso"

Maarten continuó fumando tranquilamente su cigarrillo, cuando notó que alguien se echó a su lado. Se volteó y resultó ser Antonio, que poseía un tono de piel más tostado del normal.

-Hola, tío. Tienes una pinta que no te cuento. ¿Y Lieve? ¿No está contigo? –Antonio le preguntó al holandés, sorprendido de la ausencia de la belga.

-No, no vino hoy. –Maarten respondió de mala gana.

-¿Y no sabes por qué?

-Si lo supiera, lo habría mencionado. –Inquirió Maarten.

-Con solo verte das pena, Mo. –Antonio le decía Mo, como cuando eran niños. El neerlandés odiaba ese mote y fue motivo de discusión en varias ocasiones.

-Agradece que no estoy de ánimos para patearte el culo. –Maarten apagó el cigarro.

Antonio solo rió, dándole lo mismo la amenaza de su compañero. El ojiverde sacó de su bolsillo una pitillera roja y amarilla, de donde sacó un cigarrillo. Miró de reojo a Maarten y este, le lanzó su encendedor. Ambos fumaban de vez en cuando.

-Hace tiempo que intento dejar el cigarro y el solo verte me dan ganas de fumar. Te odio. –Antonio dijo el último insulto en español. Sin embargo, no había que ser un genio que aquella frase consistió en una grosería.

El español prendió el cigarro y lo llevó a sus labios. Admiró un instante el encendedor de Maarten, que llevaba un bonito grabado floral. Después, lo lanzó en dirección a Maarten, que hábilmente cogió y guardó en su bolsillo.

-Yo te odio más. Tú me iniciaste en esto, bastardo. –Maarten gruñó. Comenzó a fumar hace un año, por culpa de Antonio. Intentaba evitar lo más posible fumar, pero era imposible no hacerlo cuando estaba solo. Tenía que hacer algo, aunque fuera eso.

-Hablando del tema… ¿Quién te regaló ese encendedor? Que yo recuerde siempre prendías los cigarros con una cerilla o con el encendedor de alguien más.

-Lieve me lo regaló. Dijo que no le gustaba que portara las cerillas a todas partes.

-Aww, qué tierno. Los tortolitos se hacen regalos…

Maarten cogió el cuello de la camisa del español y lo acercó hasta que ambas caras estuvieran a un palmo de distancia. Antonio no hizo señal de querer liberarse, es más, sonreía, disfrutando el hecho de tomarle el pelo a Maarten. El cigarro de Antonio continuaba en su mano, humeante.

-Ya te dije. Detente. Yo no salgo con niños ni mucho menos. –El rostro de Maarten estaba rojo y sus ojos centelleaban chispas. Antonio lanzó una carcajada, casi incitándolo a pelearse ahí mismo.

-Jamás he dicho que seas un pedófilo ni mucho menos, Maarten. Tú careces de sentido del humor, tío.

Maarten soltó a Antonio, que arregló su polera. El neerlandés sacó otro cigarrillo y lo encendió. Antonio se estiró y dio otra probada a su cigarro.

-Disculpa. Fue sin intención. –Maarten no podía decir que la disculpa iba en serio o si, en realidad, el ojiverde le cogía del pelo de nuevo.

Maarten no dijo nada. Continuó fumando el cigarro, en silencio, dejando que el ambiente se alivianara un poco. Antonio se recostó en la hierba y contempló el cielo. Era bonito aquel día, esa tarde de agosto. Aunque no le gustase reconocer esto a ninguno de los dos, ambos 'disfrutaban' de su compañía.

-¿Cómo van las cosas con… eh… Lovino? –Maarten preguntó de repente. Giró su cabeza en dirección contraria a la de Antonio y comenzó a acariciar la hierba bajo sus manos.

Antonio parpadeó sorprendido por la reacción de Maarten. Él no era del tipo que les gustaba iniciar una conversación. Le respondió de todas formas.

-Bastante bien. Digo, aún no quiere que nadie sepa de nuestra relación… no sabe cómo se lo tomaría su abuelo. Al menos, a su hermano Feliciano le da lo mismo que salga con un chico. ¿La pregunta viene a…?

-Por el placer de preguntar. Cuidado con las cenizas.

Antonio vigiló que aquel polvillo grisáceo emitido de la colilla no diera a su ropa. Dio la última bocanada y apagó el cigarro. Maarten fumaba con tranquilidad su segundo cigarro. Súbitamente, apagó la colilla, a pesar que dio dos o tres bocanadas.

-¿Te arrepentiste? Vaya, Maarten, qué forma de desaprovechar un cigarro. Si ya es difícil que te vendan el vicio…

-Debo ir a trabajar. Lárgate a la juguetería, vago. . –Maarten tomó impulso y de un brinco se incorporó.

-Renuncié. Prefiero descansar bien estas últimas dos semanas.

-Flojo. Yo he disminuido la cantidad de trabajo, pero al menos no me paso cortejando todo el rato a un quinceañero. –Maarten, mordazmente, comentó.

-Prefiero cortejar a un quinceañero que a una nena de 13 años. –Antonio guiñó un ojo, seductoramente y se incorporó. –Nos vemos alguno de estos días, Mo.

Antonio se marchó antes de que Maarten le diera una paliza ahí mismo. Se fue en dirección contraria a la de Maarten. Este se quedó mirándolo hasta que desapareció en el horizonte. Se preguntó por qué no lo había ahogado ya en la piscina de Mathias. Recogió las colillas de los cigarros, que estaban ocultas en el césped y las desechó a un basurero.

Era obvio que Lieve no aparecería hoy. Sería tonto que la belga llegara a la Floristería cuando solo faltaban dos o tres horas para cerrar. Mañana reprendería a la niña por no justificar su ausencia. Le daría un buen escarmiento, pensó Maarten.

Aunque, en lo más fondo de su ser, se aburría sin Lieve. Era como su hermana pequeña, diferente a la relación con Laurent. Este tenía la misma edad que la niña, pero ya parecía un viejo. Lieve era como él, más jovial, más espontánea.

Suspiró. Ese día, había fiesta en la casa de Francis. Pero no tenía ganas de ir. Miró su reloj. Faltaban cinco minutos para abrir la Floristería. Comenzó a caminar lentamente, como si Antonio de repente se le hubiese ocurrido devolverse con él y joderle por un rato más.

Pero no ocurrió y el neerlandés caminó solo hasta su pequeño templo de flores.