No tengo excusa acerca de la tardanza de este capítulo. Sé que el deber de cada autor es publicar sus historias de forma periódica, pero simplemente, mi salud y estudios no han estado a mi favor. Constantemente he estado muy débil y eso sumarle el estrés del último año escolar y actividades extraprogramáticas puede ser mucho para mí. Esta autora tiene varios asuntillos por velar y a menudo estos influyen en el tiempo libre y vida en general. Además, no quería escribir si me encontraba tan malograda de ánimo. El cariz de este fic es alegre (la mayoría) y si escribía sintiéndome mal solo provocaría que la trama tomara un sabor agrio, cosa que no quiero.
Pero bueno. Algo que rescatar es que (por fin) publico la quinta parte de Floristería. ¿Qué pasó con Liève?
Gracias a Petitvon, Ruko Mekpoid y a todos los que leyeron el fanfic, lo pusieron como story alerts, favorites, etc. Me hacen querer mejorar en esto cada día.
Disclaimer: Hetalia Axis Powers no le pertenece a VidadeLechuga (ya sean personajes como trama), sino que son de propiedad de Hidekaz Himaruya. Sin embargo, digamos que el Luxemburgo tiene parte de la autoría de VDL.
La pequeña Lieve no apareció en todo lo que faltaba para que terminaran las vacaciones de verano. No dejó ningún tipo de recado, ni señal. Era como si, literalmente, la tierra (o las flores) la hubiesen tragado. Maarten estaba preocupado por ella. Intentó hacer memoria de aquel último día que vio a la niña. Él llegó a la hora de siempre, diez en punto. Ella también estaba a la hora. Revisó el libro de ganancias. Aquel día fue casi extraordinario la cantidad de ramos vendidos. Fueron a almorzar a la misma banca de siempre. Ella no dio indicios de estar molesta o incómoda con algo. Tampoco se sentía enferma, es más, parecía igual de alegre que siempre.
La belga no era de esas niñas caprichosas que hacen y deshacen a su voluntad. A su vez, en caso de cualquier inoportunidad, avisaba que no iría a la Floristería. Él no disponía de su número telefónico, ni dirección ni nada de eso. Ni siquiera su apellido. Es decir, que aunque hiciera una investigación, era fútil el intento si ni siquiera constaba con el nombre completo de la rubia.
Entonces, ¿Qué pudo haber pasado?
Suspiró y bajó las persianas de la floristería. En dos días más, regresaba al instituto. Él atendería en el local hasta el próximo sábado, de ahí, otro empleado tomaría el relevo. Decidió ir a fumar unos puros con Mathias, que ese día lo había llamado. Había peleado con su novia y quería 'consejo'.
Quitó la cadena de su bicicleta y se puso en marcha.
El pitido del despertador sonó a las seis y media de la mañana. El primer día de escuela. Y también el último. Qué nostalgia. Maarten abrió los ojos y debatió un rato acerca de que si valía la pena ir este día al instituto. Al final, el sentido de la responsabilidad primó y se levantó de la cama. No alcanzaba a hacer su rutina de ejercicios, pero podía hacer aquello en la tarde. Fue directo a la ducha a prepararse.
…
Abajo, en la cocina, estaba Laurent. El chico tenía su audición el lunes, pero, sorprendentemente, se hallaba calmo. Cabían dos posibilidades: en verdad la terapia funcionó o Laurent ocultaba magistralmente su nerviosismo. O tal vez, como una tercera opción, le haya pegado la ansiedad a otra persona. A Jean, por ejemplo.
-Hola, Maarten. ¿Listo para tu último primer día de instituto? –El chico tomaba su desayuno, solo, haciendo el crucigrama del periódico. En la mesa de la cocina había dos tazas de té con dos platos, que tenían restos de comida. –Papá y mamá ya se fueron. Creo que estabas en la ducha, por eso no se despidieron de ti. Te desean mucha suerte y te preguntarán cómo te fue cuando lleguen a casa.
Maarten bufó, típico de ellos. Resultaba extraño que Maarten no se hubiese descarriado en su temprana adolescencia. Sus padres apenas le prestaban atención. No les culpaba, de todas formas. Pasaban tanto tiempo trabajando, que apenas le quedaban cabeza para algo más. Por lo menos, que pescaran más a Laurent, le dejaba conforme.
-Te dejé un poco de huevo revuelto. No le eché sal, así que si lo encuentras algo desabrido, puedes echarle. ¿Quieres algo más?
-No. Come tranquilo, serviré mi desayuno solo.
-Dale. Pero apresúrate, que ya voy casi en la mitad del mío.
Maarten descongeló el huevo revuelto, que aún seguía tibio. Sirvió su vaso de leche y ambos platos los dejó en el mesón, junto a Laurent. Después sacó el cóctel de frutas y un zumo energético, que se lo llevaría al instituto. Cuando realizaba todo esto, se le ocurrió una idea.
-Laurent. ¿Llega mucha gente nueva al instituto al principio de cada año?
-No sé. Bueno, sí un poco. Recuerdo que cuando tú ibas a la primaria, sí que llegaba gente. Aunque varía todos los años. –Laurent encontraba extraño que su hermano le llamara por su nombre completo, y que preguntase eso. Sin embargo, tenía miedo de preguntar el por qué, así que dejó que su hermano continuara la conversación, sin bajar la guardia.
-Ah, no por nada. 'Si vez a una niña delgada, de cabello rubio, que usa accesorios en el cabello y de grandes ojos verdes, avísame, para regañarla. Dile que venga a la Floristería a buscar sus guantes, los olvidó…' –Maarten completó la frase para sus adentros.
-No te preocupes. Me gusta charlar con la gente nueva, así que si veo a alguien interesante, te lo diría de todas maneras.
Maarten no hizo ademán en responder. Recordó que Laurent y Liève tenían la misma edad, y la niña dijo en una ocasión que iría a la misma escuela que su hermano. Así que él tenía bastantes oportunidades de toparse con la belga.
Eso esperaba.
El día se hizo eterno. Aparte de los saludos y de reencontrarse con la bola de chicas que habían planeado una cita con él para fines de semestre, todo bien. Las clases eran igual que siempre. Algunas patosas, otras más llevaderas. Tenía unas ganas de prender un cigarro. Recordó el encendedor que le regaló Liève. Lo tenía al interior del bolsillo de su chaqueta. Pero no iba a fumar. Esta vez, iba a controlarse. El día era hermoso y caluroso. Muchos chicos esperaban el toque de timbre para gandulear afuera. Maarten se preguntó si Laurent conoció a Liève, o chance de toparse con ella en alguna clase.
-Maarten. Párese y haga este ejercicio en la pizarra, por favor. –El profesor de matemáticas notó que el muchacho estaba distraído y buscaba una excusa para llamarle la atención.
Maarten se levantó de su puesto y cogió el plumón de pizarra. Logaritmos. A simple vista, el ejercicio parecía irresoluble, pero si mirabas con atención, todo quedaba claro. Maarten lo desarrollo sin gran entusiasmo y volvió a su pupitre, dejando conforme a su profesor.
Antonio le vigilaba desde el otro lado del salón. Maarten pasaba perdido últimamente. Este miraba la ventana y jugaba con su bolígrafo. Tocó la campana de salida y un montón de chicos salieron raudamente del salón. Antonio intentó alcanzar a Maarten, que probablemente iría a la Floristería, pero no pudo. No quiso ir allí, era mejor dejar al muchacho solo.
Maarten abrió la Floristería a las tres de la tarde, tal como lo hizo durante casi todo el verano. Limpió el suelo del local, además de las góndolas y regó las flores. Prendió el estéreo para no lidiar con el silencio. Dejó sus deberes en el mesón de trabajo y comenzó a hacerlos, para no tener tanta carga en la noche.
Iba a extrañar ir a la Floristería cada día. Era una actividad que le distraía y adoraba. Ahora debía poner todo de sí para ingresar a la Universidad. Quizás en el próximo verano volvería a trabajar allí.
Se preguntó si Liève estaba bien. Tal vez la pasó algo en el trayecto a casa, con lo distraída que era. Desechó lo anterior, si fuera así, algo debió de haber mencionado las noticias. Sacó ese pensamiento de su mente y se enfocó en desarrollar los deberes.
…
Entró el primer cliente de la tarde. Una mujer, en la treintena. Le recordaba a alguien, pero Maarten no supo a quién. Vestía un correcto uniforme azul de dos piezas, con un pañuelo rojo y llevaba una pequeña maleta. Era guapa, pero se veía cansada. Llevaba el cabello rubio amarrado en una armoniosa coleta.
-Buenas tardes. –Dijo la mujer. A pesar que era alta, usaba tacones, los cuales resonaban cuando pisaban la cerámica.
-¿Puedo ayudarle en algo? –Maarten abandonó parcialmente la tarea. Miraba a la mujer mientras terminaba su redacción.
-Sí, por favor. ¿Hacen ramos a pedido? Necesito uno… -Dejó la frase incompleta y fijó sus ojos verdosos en Maarten.
Maarten afirmó moviendo su cabeza y la mujer levantó sutilmente las comisuras de sus labios.
-Necesito un ramo de flores, pequeño y que no sea tan caro. Pero… -la mujer pareció titubear un segundo- ahora mismo estoy atareada y no puedo esperar a que el ramo esté listo. ¿Puedo encargarlo para mañana? No sé si pueda ir a buscarlo yo misma, entonces…
-Solo presente su boleta de compra y se le hará entrega de su pedido, señorita. Si lo desea, puede ver el catálogo de ramos para que escoja el que más le satisfazla.
La mujer asintió y Maarten le entregó un librito verde con el precio de cada ramo. La mujer escogió un ramo de amapolas que costaba 30 euros. Pagó quince euros hoy y el resto sería mañana, cuando lo pasara a buscar.
-¿Así que no hay problema en que otra persona lo pase a buscar? Mis disculpas por esta situación, debo viajar mañana por mi trabajo y…
-No importa. Solo sea puntual con el pago, eso es todo.
La mujer sonrió. Tenía una bonita sonrisa. Recibió el recibo y el cambio a manos del muchacho, con lo cual, se despidió de Maarten y se fue del local. Maarten estuvo bastante rato preguntándose a quién le recordaba esa mujer. El sentimiento le duró hasta que llegaron nuevos clientes, con lo cual, el asunto fue relegado a segundo plano y después, olvidado.
Al día siguiente, Maarten se despertó antes de las seis .Cuando terminó, Maarten esperaba con algo de impaciencia que Laurent estuviera desayunando solo, para preguntarle si llegó algún estudiante nuevo (que curiosamente se llamara Liève), sin embargo, el muchacho estaba durmiendo y Maarten no quiso despertarle. Debió irse de casa con la duda acerca de que si su hermano se topó con la niña. Una pena.
Maarten pasó por la floristería; no recordaba si el día anterior puso el cartel avisando que abrirían durante la tarde. Pero este estaba puesto en el ventanal. Suspiró aliviado y continuó su camino. Nada fuera de lo común.
La escuela no fue tan mala ese día. Ganduleó en los recesos con Antonio y después con Mathias, estuvo tentado de fumar un rato, pero cuando se decidió a hacerlo, recordó que el encendedor lo dejó en otra chaqueta, distinta a la que usaba. No llevaba sus cerillas. Mierda. Ahora que la Floristería no ocupaba la mayor parte de sus pensamientos, la ansiedad y el aburrimiento le tentaban con fumar. Se preguntó si toda su vida sana valía la pena si practicaba uno de los peores hábitos posibles, el fumar. Agradeció haber olvidado el encendedor. La última clase era historia y Maarten estaba muy cansado.
…
-¡Despierta dormilón! Ya ha terminado la clase; te has saltado gran parte de historia. Pero no te preocupes, el profesor no se dio cuenta y en el trabajo de clase, amablemente puse tu nombre entre los integrantes de mi grupo. Me debes una, Mo.
Maarten abrió los ojos lentamente, intentando enfocar la vista en su interlocutor, Antonio. Este estaba sentado en el pupitre que se hallaba al frente del de Maarten, con las piernas cruzadas y una sonrisa picaresca. Aún quedaban alumnos en el aula, pero no prestaban atención a los dos muchachos. Gruñó un poco y volvió a cerrar los ojos.
-Oye, despierta. Tío, si no fuera porque me diste lástima, te habría dejado dormir aquí hasta la noche.
-Dejadme dormir. Cállate. –Maarten gruñó y volvió a clavar su rostro en el libro de historia que estaba abierto en el banco.
-Vamos, levántate o te quedarás encerrado en esta jaula. ¿O es eso lo que quieres?
-Cinco minutos de silencio. Callad.
Antonio no pareció desistir de la solicitud del neerlandés. Ahora estaba preocupado de que este no se hubiese tirado encima para una bronca.
-Hm…Te ves fatal. ¿Hoy vas a la Floristería? Mejor ve conmigo a comer unas tapas, te hará bien despejarte un rato.
-No. Hay pedidos que entregar. Otro día.
-Pero al menos sal afuera. Duerme en el parque en una banca. Dormir en el pupitre hace mal para la espalda…
Maarten levantó de golpe la cabeza, con el ceño fruncido. Al parecer, no volvería a conciliar el sueño, así que para qué quedarse ahí. Cerró el libro fuertemente, cuyo sonido hizo eco en la sala, y comenzó a guardar sus cosas en su cartera.
-Yo sabía que tarde o temprano ibas a salir, jeje. –Antonio descruzó las piernas y se levantó del banco. ¿Me acompañarás o no?
-Tengo trabajo que hacer. No puedo. 'Y no me apetece acompañarte, de todas formas…' Otro día, tal vez.
'En verdad, el sueño actúa como sedante para ciertas personas…' pensó Antonio. En circunstancias normales, el neerlandés habría dicho 'No me apetece acompañarte' o 'Vete al diablo, no me interesa salir contigo', pero un 'no puedo' era suficiente para saber que su 'amigo', estaba en otra.
-Vale. Mañana, eh. En el restaurante cerca de la tienda de discos. No llegues tarde. –Antonio caminó hacia la puerta, con su maleta colgada del hombro –Oh, recordé algo interesante. Asegúrate de al menos de dormir hasta las seis, animal.
Maarten gruñó un 'Nghhhh' en respuesta, pero cuando analizaba el mensaje figuró algo ¿Cómo Antonio sabía que él se despertaba a las cinco y media de la mañana? Buscó la mirada del ojiverde, que ya estaba bajo el umbral de la puerta.
-Me gusta observar los amaneceres. Es relajante, ¿no crees? –El español alzó las comisuras de sus labios y giró en dirección al pasillo, desapareciendo de la vista de Maarten.
Maarten miró su reloj. Entre almorzar, ir a la Floristería y otras cosas, llegaría veinte minutos de retraso.
De todas formar, como le dijo una vez a Liève, él era el jefe del lugar y él decidía cuando abrir el local.
Maarten trabajaba sus deberes en la mesa de la Floristería.
'El perímetro del sector circular de una circunferencia es igual a dos veces el radio más el número pi por el radio por el ángulo dividido en ciento ochenta grados. El área de ese sector circular equivaldrá al número pi por el radio al cuadrado por el ángulo dividido en ciento ochenta grados…'
La música sonaba tenuemente desde el estéreo. Se habían marchado los clientes y de momento, esperaba que entrara otro. El reloj marcaba las cuatro cuarenta y siete de la tarde. A las siete y media cerraría. Quizás un cuarto para las ocho.
La campanilla que estaba junto a la puerta de entrada sonó. Un cliente. Maarten alzó la vista sin soltar el lápiz, buscando a la persona, pero no halló a nadie.
'Quizás se arrepintió. Que pena'
Continuó trabajando en la tarea. Al cabo de un rato, sonó de nuevo la campanilla. Y ocurrió lo mismo que la otra vez. No había nadie excepto él en la Floristería. Maarten frunció el ceño y continuó trabajando. Quizás debería quitar la campanita.
Y otra vez sonó la campanilla y nadie entró al local. Maarten se disgustó; odiaba que le tomaran el pelo. Soltó el lápiz y cerró su cuaderno. Se asomó afuera de la Floristería en busca de quién pudo haber sido.
Miró a ambos lados de la calzada y no halló nada sospechoso. Iba a entrar al local, pero escuchó un tono de voz familiar.
-¿Qué hago? No puedo entrar así como así, me reconocerá igual…
La voz provenía de atrás de un farol, semi cubierto por el follaje de unos arbustos. Maarten abandonó la entrada y caminó sigilosamente hasta el farol. Grande fue su sorpresa al ver que la voz provenía de una niña. Una niña de cabello rubio, corto. Tenía grandes ojos verdes y vestía uniforme escolar.
-¿Liève? ¿Qué haces allí?
