Hola a todos!! Voy en plan rapido por que estoy muerta de sueño y mañana madrugo. Me retrase pero aquí les va un nuevo capitulo. Ya solo quedan dos!!

Muchísimas gracias por vuestro animos y reviews, sin ellos no podría seguir esta historio, os lo aseguro. Mil gracias de nuevo. Muchos besos, y que disfrutéis del capitulo!!!

Se desvelan mil misterios!!


Sus ojos no distinguían la luz y tampoco era capaz de moverse, pero por suerte o desgracia, todavía no había caído en la inconsciencia. Era suerte porque el percibir los sonidos que lo rodeaban, aunque fuera de forma leve y difusa, significaba que aun estaba vivo; era desgracia porque si esos sonidos traían consigo los gritos agonizantes y moribundos de sus amigos, siendo que él, inmóvil, era incapaz de socorrerles, quizá hubiese sido mejor estar muerto.

Primero habían sido Shada y Shimon, y después Isis, Mana y Mahado. Luego fue el turno de Jono, e incluso Kaiba había caído. Ahora solo quedaba Anzu y ella también iba a morir.

Todos estamos ya muertos pensó el joven faraón sin esperanza. Todos.

Su cuerpo no respondía a sus ordenes y la llama que iluminaba su mente se extinguía lenta, pero inexorablemente. Y no le importaba; con el rostro de Anzu fijo en su mente se dijo a sí mismo que podría soportar cualquier cosa, incluso pasar mil años en el infierno, con tal de volver a ver su tez y volver a sentir sus labios sobre los propios. Cualquier cosa. Cualquier cosa por estar con ella, por salvarla a ella; incluso su propia existencia.

Fue entonces cuando ocurrió. Su puzzle milenario comenzó a brillar con una luz pura e intensa, y una omnipotente energía inundó su pecho, extendiéndose por el resto de su cuerpo y reanimando sus sentidos. Y entonces lo sintió: el poder emanando de él. La salvación para el mundo. La llave de la victoria. El sacrificio.

Fue como si una voz se lo susurrara en la cabeza. Un ente desconocido pero que, al mismo tiempo, creía conocer desde el principio de los tiempos. Y que, sumado a las nuevas energías de su rompecabezas milenario, le dio fuerzas para hacer lo que tenía que hacer.

Se incorporó del suelo, y sin prestar atención a los cuerpos que lo rodeaban, corrió velozmente hasta llegar a Zork. Y una vez frente a él, no lo pensó, y tampoco se entretuvo advirtiéndole que su tiempo se había acabado. No disponía de tiempo para ello. Solo debía actuar.

Y sin embargo... hubo algo que no pudo evitar, antes de despedirse de la vida, y aunque al hacerlo se condenaba a si mismo a odiarse por el resto de su vida, él no lo sabía, y quizá, de haberlo sabido, tampoco habría sido capaz de evitarlo.

Sus ojos, de forma inconsciente, se deslizaron hasta la única mujer que había amado en toda su existencia, quizá para despedirse de ella, o quizá porque deseaba que fuera su imagen, y no cualquier otra, la que llevara con él al mundo de los muertos.

El hecho es que Anzu, tirada sin fuerzas en el suelo, pero todavía con vida, vio los ojos de Athem por última vez; y basto ese efímero instante, para que adivinara lo que su esposo planeaba a hacer, para que decidiera que no podría soportarlo, y para que ella misma hiciera algo por evitarlo. Y a diferencia de él, no tuvo tiempo de escuchar una voz interna que le susurrara la respuesta, de revivir los recuerdos de vidas anteriores, o de comprender cual era el sacrificio necesario para salvar el mundo.

Simplemente, actuó.

Porque él no podía morir. Porque el resto del mundo no existía en esos momentos, pero si él moría, todo llegaba a su fin. No habría un después para cerebrar la victoria, no habría un mañana para ver nacer a su hijo, y no habría un futuro para compensar su sacrificio. Porque, para Anzu, si él moría, todo lo demás se iba con él... solo quedaba oscuridad.

Y el instinto actuó por ella. Y todo se desvaneció.

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Mucho tiempo después, Anzu despertó en un lugar desconocido. La cabeza le pesaba y apenas era capaz de abrir los ojos.

¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde... dónde estoy? Athem... ¡Athem!

El recuerdo de su amado le dio fuerzas para incorporarse, a pesar de que todavía se sentía débil y mareada. Lentamente, los hechos vividos en la batalla anterior fueron poblando su mente. Y entonces comprendió.

Estoy muerta.

- No. Todavía no lo estás – respondió una voz, a pesar de que ella no había expresado sus pensamientos en voz alta –.

- ¿Emperatriz?

- Si – respondió la voz –. Soy yo.

- Pero tu voz es distinta...

Anzu trató de aclararse los ojos, que no alcanzaban a ver más allá de una intensa luz. No obstante, con esfuerzo y concentración, sus pupilas se adaptaron, y alcanzó a distinguir el extraño lugar en el que se encontraba.

Era un sala de tamaño infinito, literalmente. Los limites, si es que los había, se hallaban muy lejos de la visión de la joven. No obstante, a pesar de la ausencia de paredes o techo, la estancia estaba dividida en dos partes: una negra, la otra blanca. Y una línea invisible separaba a ambas.

En realidad, decir blanco o negro, era simplificar mucho las cosas. Eran algo más que simples colores lo que diferenciaba los dos espacios. Uno era puro y luminoso, resplandeciente e inmaculado, al punto que parecía deber su existencia a la mismísima luz. Oscuro, tenebroso, sombrío y misterioso eran los adjetivos que describían al otro.

Y aunque la mayoría de la gente se habría decantado por uno u otro, Anzu encontró a ambos igual de fascinantes. Tan opuestos, y a la vez tan poderosos, tan destinados a enfrentarse y, al mismo tiempo, condenados a un destino común. Y tan cargados de vida. Los dos.

- ¿De verás lo crees?

Anzu tardó unos instantes en unir la pregunta con la conversación anterior, y solo entonces el hechizo de la sala pareció romperse, liberando a la joven de su influjo.

- No – respondió tras unos segundos de reflexión – Sigue siendo la misma, pero... la escucho como si hablaran dos personas a la vez... y ambas fuesen tú.

La Emperatriz, situada en la parte luminosa de la sala, sonrió a Anzu, y giró la vista hacía la penumbra.

- No es posible... – murmuró la faraona. Sus ojos habían seguida la estela de los de la Emperatriz, y ahora, ante sí, veía una figura exactamente igual a ella, pero si las ropas de su criatura eran todas negras, las de está nueva silueta fulguraban con blanco inmaculado. - ¿Quién... quién es? – preguntó sin estar seguro de a quién.

- Como tu misma has adivinado... las dos somos yo – respondieron ambas mujeres dedicando una sonrisa a la joven, quien, todavía impactada, observó como se aproximaban entre sí para después fusionarse en un nuevo ser, cuyas vestiduras volvieron a ser negras. – Como puedes ver, no importa el color de sus ropas – explicó la Emperatriz que ella conocía – las dos forman una, pues una es luz y otra oscuridad, y yo soy una mezcla de ambas.

- Pero nunca te había mostrado con ese aspecto – se atrevió a replicar Anzu, todavía confusa.

- No – asintió la otra – Pero eso nada tiene que ver conmigo. Es, simplemente, una propiedad de esta Sala, que nos muestra lo que de verdad somos, más allá de la apariencia exterior.

- Sigo sin comprenderlo.

- Y yo podría explicártelo. Sin embargo, creo que hay un tema mucho más importante que debemos tratar – Anzu la miro todavía perdida, y la Emperatriz sonrió – Si, me temo que la Sala también es culpable de eso; ella es eterna y efímera, y trasmite esa sensación a todos aquellos que nos encontramos aquí. Pero tú no lo eres, y eso nos lleva de nuevo al punto de origen de nuestra conversación.

- ¡Ra! – abrió los ojos Anzu impactada – ¡Estoy muerta!

La Emperatriz volvió a sonreír, aparentemente satisfecha.

- No, no lo estás – negó – O, más bien, como he dicho antes, todavía no lo estás. Porque indudablemente, no pueden existir dos en uno, y tendrás que efectuar tu elección antes de abandonar este lugar. Sin embargo – añadió, ante la cara de total confusión de su protegida –, todavía falta tiempo para eso.

Anzu permaneció en silencio. Por supuesto, no había comprendido ni media palabra de lo que la Emperatriz había dicho, pero comenzaba a acostumbrarse a esa sensación. Desde que había llegado a aquel extraño lugar todo habían sido cosas extrañas; se sentía perdida y... ¿cuáles habían sido sus palabras? Eterna y efímera, si. Como si nada le repercutirá a ella.

La Emperatriz debió de intuir sus pensamientos porque decidió que ya era hora de despertarla.

- Anzu ¿qué es lo último que recuerdas?

- Recuerdo... una luz y también oscuridad.

- ¿Y antes de eso?

- Antes... había... ¡Athem! – el cerebro de la joven reanimó su trabajó a toda velocidad – ¡Zork! Luchamos y... cayeron... caímos todos.

-¿Algo más?

- Estábamos perdidos – las imágenes de la terrible batalla inundaron la mente de Anzu, quien se obligó a continuar hablando –, todos habían muerto, y entonces Athem... él... no lo se... leí en sus ojos... querría sacrificarse, de algún modo... para salvarnos – La joven siguió recordando, la seguridad de lo que él iba a hacer, el vació en su pecho, la decisión de que no podía permitirlo... Y luego esa sensación de victoria, seguida de un fuerte dolor y... muerte –. No se lo que ocurrió después. Simplemente pensé que no podía permitirlo, que él no podía morir... Y todo desapareció.

La Emperatriz asintió, pensativa, y Anzu la contempló interrogante, a la espera de las respuestas que necesitaba y, sabía, ella podía darle.

- Lo que ocurrió, estoy prácticamente segura, es que en un último instante de desesperación, Athem resolvió los misterios de su rompecabezas milenario, y trató de encerrar a Zork dentro de él, empleando su propia vida como sello, para que este no pudiera escapar – pausa profunda –. Sin embargo, tú lograste ver la verdad a través de sus ojos, y lo impediste. Te sacrificaste. Destruiste a Zork. Y lo hiciste milésimas de segundo antes de que lo hiciera él.

Las lagrimas brillaron en el rostro de Anzu por la revelación, y no lloraba su muerte, no... ¡Es que había sido tan estúpida! ¡Tan estúpida!

- ¡Ra! – susurró la joven sin fuerzas, pellizcando su propio rostro – Yo lo sabía, lo sabía... Yugi me lo dijo, que era así como había vencido el faraón en su primera batalla. Él me lo dijo. Y yo... Podría haberlo evitado con solo...

- ¡No! – interrumpió la Emperatriz – Tú no podrías haber hecho nada más de lo que hiciste Anzu, Estaba escrito que debía ser así.

- ¿Qué?

- Es el destino, pequeña. Nadie puede luchar contra él. Nunca se pudo y nunca se podrá.

- No lo comprendo – Anzu la contempló impotente; su voz ya no sonaba tan desgarrada, pero las lagrimas seguían surcando su rostro.

- Está escrito – repitió la Emperatriz, mientras deslizaba una de sus manos por la mejilla de la joven, dulcemente –. Te lo mostraré.

- Es... ese libro. – La faraón admiró como, delante de ella, se materializaba un libro que ella misma había tenido en sus manos, tras los primeros días de su llegada – Pero est... – murmuró con inseguridad –está cerrado.

- Creo que tú sabes muy bien como abrirlo, Anzu.

La joven tomo el libro en sus manos, y el mismo calor de las otras veces inundo su pecho, pero esta vez no se detuvo a contemplarlo. Instintivamente, acercó su anilló a la cerradura. Encajaba. Apenas medio segundos después, esta se había abierto, y él libro podía leerse sin dificultad.

Aun así, la joven dudo, y miró a la Emperatriz, en busca de un silencioso permiso. Esta asintió, y Anzu comenzó a leer.

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Antes de que el universo fuera creado, los dioses – de esencia pura – mantenían su alma esparcida por la nada – una oscura acumulación de KA. Pero llego el momento en que ambos se fusionaron en uno, dando lugar a los primeros seres humanos y demás criaturas del universo.

Estos seres humanos eran perfectos, un equilibrio único entre luz y oscuridad, y los Dioses se enorgullecieron de su creación y estuvieron contemplándolos durante largo tiempo.

Los problemas surgieron cuando uno de los muchos humanos que habitaban el planeta descubrió por casualidad el KA, o quizá fue el propio KA quien lo descubrió a él, rebelándole secretos para los que ninguna criatura mortal estaba preparada. Aun así, la esencia de los dioses seguía arraigada en él, impidiéndole actuar únicamente por la maldad.

Pero el humano, sediento de poder, permitió al KA apoderarse de su cuerpo y corazón y, una vez la balanza entre el bien y el mal se desequilibró, comenzaron los días oscuros.

Llevado por su odio y codicia, rebelo al mundo parte de los secretos ocultos, y cuando el resto de los humanos, horrorizados por sus palabras, trataron de encarcelarlo... él los asesino a todos.

Tan solo unos pocos, los más débiles, quizá, o aquellos en los que la esencia de KA era muy poderosa, transigieron y ofrecieron sus cuerpos al KA para que los poseyera. Este grupo se denomino a si mismo nigromante y, encabezado por el primero, inició una guerra de sangre que casi culmina con la completa destrucción de la humanidad.

Casi. Los dioses dragones, horrorizados por las acciones del KA y sus seguidores, desearon descender a la Tierra para defender a sus criaturas y devolver el equilibrio al universo. Pero a diferencia del KA, ellos tenían cuerpo propio y les estaba vedado convivir con humanos.

Fue entonces cuando se fijaron en él: el líder de la resistencia.

A diferencia de los demás humanos, cuya esencia intermedia les impedía luchar abiertamente contra la oscuridad, él no parecía incapacitado para hacerlo; luchaba contra la oscuridad y se resistía a ella fácilmente.

Los dragones, intrigados, centraron su interés en el humano; ¡y cuál fue su sorpresa a descubrir que, contra todo pronostica, el no portaba KA en su interior, sino únicamente luz! La única criatura terrestre compuesta exclusivamente por la esencia pura de los dragones.

Por supuesto, este descubrimiento los enorgulleció enormemente, y dado la actual situación de crisis que estaban viviendo, decidieron, al igual que había hecho el KA anteriormente, fusionarse con dicho humano, convencidos de así destruir para siempre a la oscuridad.

Desgraciadamente para ellos, hubo algo que no tomaron en cuenta. La luz, sin oscuridad, no alumbra, y la oscuridad, sin luz, no porta sombra.

Así es; no puede haber bien sin mal, ni luz sin oscuridad. La balanza entre ambos mundos debe estar siempre en perfecto equilibrio. Si intentarán destruirse entre si, sucedería lo que sucedió en aquel entonces... una completa hecatombe.

El elegido de los dioses y el elegido del KA se enfrentaron en multitud ocasiones durante la batalla y, cada vez que una lucha se llevaba a cabo, cobraba consigo demasiadas vidas. Pero ellos no podían detenerse, pues luz y oscuridad están siempre condenadas a enfrentarse.

Con el tiempo, todos los humanos debieron de escoger un bando, o el bando lo escogió a ellos. Pero durante más de doscientos años, la lucha continuó, y aunque los dos bandos se hallaban en igualdad de condiciones, el planeta comenzaba a resquebrajarse y la continuidad de la vida peligraba alarmantemente.

Fue entonces cuando ella llegó. Un bebé, una nueva vida. Nadie sabe como surgió, pero su equilibro era perfecto, perfecto como antaño eran los humanos, perfecto como ya nadie lo era desde hacía más de cien años.

Y fue ella, el equilibrio en la balanza, quien recordó a los Dioses y al KA como eran antes las cosas. Ellos la escucharon, pues al estar constituida por ambos, no podía favorecer a ninguno, y la verdad de sus palabras llego a calar hondo en ellos, y realmente se arrepintieron de lo que habían hecho.

Pero ya era demasiado tarde para detenerse; todos los humanos se hallaban corrompidos, en un bando u en otro, y ni siquiera el poder de los dioses y el KA junto era capaz de detenerlos.

Nuevamente, fue la joven quien encontró la solución. Rogó a los dioses y al KA que trabajasen unidos en la construcción de un anillo, un anillo capaz de encerrar ambas esencias en su interior y, una vez el anillo estuvo hecho, ella lo coloco en su mano y partió a la batalla.

Nuevamente bien y mal volvían a enfrentarse, y los indicios eran claros, el planeta no lo resistiría. Pero la joven, decidida a preservar la vida, logró llegar a tiempo para el ataque final y, sin dudar un segundo, se interpuso entre ambos ataques.

El poder del anillo se activo y la esencia del bien y el mal quedo atrapada en su interior. Pero los humanos, decididos a vencer esa batalla, no se rindieron, y siguieron expulsando energía hasta que esta los consumió por completo.

La portadora del anillo, tampoco pudo resistir tal cantidad de poder, y falleció tras utilizar sus últimas fuerzas en sellar el anillo, para que nadie jamás volviera a hacer uso de su poder.

Así finalizo la batalla, y durante milenios el ser humano trato de reconstruir lo perdido, al punto, que los hechos se transformaron en leyenda, y la leyenda en mito.

Pero algo ocurrió al margen de lo planeado. Luz y oscuridad continuaron batiéndose en el interior del anillo, creando así un nuevo mundo, el mundo de las sombras. Y su poder ascendió tanto que el anillo no fue capaz de soportarlo. Finalmente, en un estallido de energía, regresaron al mundo. Combatieron.

Pero como ellos regresaron, la joven sacerdotisa también retornó y dado que ni los Dioses ni el KA atendieron su ruego, intuyó que estos se había marchado, olvidándose de la humanidad que un día habían creado.

Sola y sin ayuda, recurrió al poder que todavía conservaba en el anillo para que la asistiera, y así fue como nació la Emperatriz, la reina de ambos reinos. Una mezcla perfecta de luz y oscuridad; lo último que queda de la esencia de los Dioses y el KA.

La joven sacerdotisa, socorrida por la emperatriz, partió de nuevo para enfrentarse a los dos guerreros, pero en el camino, unos poscristos la encontraron y trataron de violarla sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo, pues se negaba en malgastar el poder de la emperatriz en beneficio propio.

Quiso el destino que el joven de la luz anduviera escondido por allí, pues los gritos de la joven lo alertaron y la esencia de bondad que portaba lo impulsó a socorrerla. Ellos no se habían visto antes, en la batalla anterior la sacerdotisa había irrumpido en el último instante. Pero en cuantos sus ojos chocaron, se enamoraron perdidamente el uno del otro.

La joven ya no podía pensar en destruirlo, y el joven jamás hubiera hecho nada que pudiese perjudicar a su amada. Así pues, cuando la sacerdotisa le hablo de un mundo diferente, donde bien y mal convivieran juntos en equilibrio, y cuando le advirtió que causaría estragos si continuaba con aquella lucha, él la escucho, y prometió abandonar la batalla.

Durante años vivieron escondidos en paz y armonía, pero el portador de la oscuridad jamás había cesado de buscar a la luz para destruirla y cuando la hallo, al joven no le quedó más remedio que defenderse, pues por nada del mundo permitiría que le ocurriese nada malo a su amada.

Invocando el poder de los dioses que habitaba en su interior, lucho incansablemente por salvaguardar la vida de su esposa, por aquel entonces embarazada a la espera de un niño. Pero el poder del mal también había crecido y el portador oscuro creo un terrible monstruo a partir de la esencia del KA que guardaba en su interior, al que puso el nombre de Zork.

Nuevamente las luchas surgieron, pero fue cuando un rayo de oscuridad atravesó el pecho de su esposa, que el joven de la luz liberó todo su poder, y con la ayuda de la Emperatriz, sacrifico su vida para encerrar de nuevo al mal en el reino de las sombras.

Desolada por la perdida de su esposo, la joven sacerdotisa se obligó a si misma a vivir hasta dar a luz a su hijo, y dedico esos meses a la creación de siete artículos milenarios, cuya misión sería la misma que la de su anillo, sellar el poder de la oscuridad en el reino de las sombras.

Y en los días oscuros, cuando el poder de la oscuridad aumentase de nuevo, esos siete artículos escogerían siete dueños, y la energía de todos ellos unidos sería suficiente para clausurar la entrada. No obstante, si alguien dominado por las sombras lograba reunir los siete, la puerta al mundo de las sombras quedaría abierta, y la lucha se reanudaría de nuevo.

Finalmente, agotada por el arduo trabajo, falleció después de dar a luz a su hijo, a quien dio el nombre de Athem, que significa "hijo de la luz".

Nadie logró encontrar jamás esos artículos del milenio y muchos dudaron de su verdadera insistencia, pero la sacerdotisa, antes de morir, confió a su anciano abuelo que ella estaba segura de que la oscuridad regresaría de nuevo, y que cuando eso ocurriese, su esposo acudiría a combatirla, y que los tres se reunirían de nuevo una y otra vez, "hasta que mi poder sea lo suficientemente grande para engañar al tiempo".

De esto han pasado ya varios siglos, pero hay quien jura que, cada cinco milenios, la sacerdotisa, el joven de la luz, y el portador de la oscuridad regresan reencarnados del mundo de los vivos, condenados a amarse de nuevo, a volver a enfrentarse y a verse marchar.

Pero el equilibrio quedo roto hace una generación, cuando el hermano del faraón, conjuró un hechizo para hallar los objetos milenarios antes de tiempo, y para hacerlo, hubo de sacrificar una aldea entera de criminales.

Los objetos milenarios fueron maldecidos con muerte y sangre, y su equilibrio fue roto, y las almas de los sacrificados clamaron en busca de venganza creando un nuevo monstruo únicamente de la oscuridad: diamante.

Pero todo ello pierde importancia ahora, cuando el tiempo señalado se acerca y los tres lados del triangulo vuelven a unirse de nuevo. La luz, la oscuridad y el equilibrio, reunidos para protagonizar la más terrible hecatombe.

Y así será, por los siglos de los siglos y siempre jamás, hasta que la perfecta unión de ambas esencias adquiera el poder de burlar el tiempo y deshacer lo marcado.

"La luz y la oscuridad son dos caras de la misma pirámide,

pero deben combinarse si se quiere ver nacer el día."

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Continuara...