Konichiwa!! Ya estoy aca de vuelta! Como ven no me desaparecí tanto como la otra vez ^^

Y aquí les va este último capitulo, ya solo queda el prologo y... finite!

Muchísimas gracias a todos los que me habéis mostrado vuestro apoyo, tanto en este capitulo, como en el resto del fic. Que sepáis que sin esos comentarios vuestros que me halagaban y me animaban a continuar, quizá no me hubiera sido posible llegar hasta aquí. ¡Arigato gozhaimas!

Y disfrutad del capi...

Cuando Anzu terminó de leer, la sala permaneció en silencio unos minutos, mientras la muchacha asimilaba toda la información.

- ¡Ra! – exclamó al fin, pero su voz fue apenas un murmullo ahogado – Esto... esto...

- Es la verdad Anzu – interrumpió la Emperatriz en vista de que la joven apenas tenía fuerzas para hablar. Estaba demasiado impactada. – La verdad de tu origen, del origen de tu esposo, de vuestro amor.

- Está bien – admitió la muchacha después de un tiempo – Lo comprendo. – De hecho todo encajaba. La revelación de la sacerdotisa, su viaje en el tiempo, su capacidad para ver las esencias de las personas, y el que Athem fuera el único en poseer un aura solo de luz. – Lo entiendo – reafirmó –. Pero todavía hay cosas que... – con un gesto, la Emperatriz la invito a preguntar.

- Exactamente ¿cuál era el significado de las palabras de la sacerdotisa? "hasta que mi poder sea lo suficientemente grande para engañar al tiempo"

- Trataré de explicarlo. Tú, al igual que yo, estás o estabas compuesta por dos esencias, dos vidas. La diferencia es que, anteriormente, tu también tenías dos cuerpos.

- El del pasado y el del futuro – comprendió Anzu. La Emperatriz asintió.

- Generalmente, no puede haber más de una esencia y un cuerpo para cada persona. Pero tu caso es diferente, porque tú, Athem y Bakura estabais condenados a reencarnaros eternamente. En realidad, eso no es del todo anormal. Hay muchas personas que reencarnan a lo largo del tiempo, tú conoces a algunas.

Anzu pensó en Jono, Mai, Kaiba, Isis... y asintió.

- Sin embargo, la mayoría de esas personas reencarnan hasta completarse a si mismas. Cuando comprenden que su propósito de vida a sido cumplido, yo no regresan, sino que permanecen para siempre en el reino de los muertos. Tú, Athem y Bakura, por el contrario, no tenéis opción. Porque igual que estabais destinados a reencarnar, también lo estabais a separaros. ¿Me comprendes?

- Creo que si.

- Bien. Sin embargo, tú, en una de tus vidas pasadas, entendiste este hecho e hiciste todo lo posible por que en un futuro no fuera así. Por cambiar vuestro destino.

Anzu asintió, lentamente. Su mente por fin empezaba a entender los misterios que la rodeaban.

- Y por eso cree los siete artículos del milenio – afirmó, utilizando, sin ser consciente, la primera persona.

- Así es – asintió la Emperatriz, orgullosa.

- Pero salió mal. Alguien halló los objetos antes de tiempo y los corrompió.

- Si – corroboró la poderosa mujer – Lamentablemente así fue. Si eso no hubiera sucedido, si los objetos no hubieran perdido el equilibrio del que los dotó la sacerdotisa, no hubiera sido necesario el sacrificio de Athem, ni el tuyo propio, para vencer a Zork. Pues los siete portadores unidos, hubieran logrado encerrar a la bestia en el rompecabezas, sin que ninguno de ellos hubiera de pagar con su vida el precio para mantenerlo encerrado. De ese modo, tanto Athem como tu habrías sobrevivido, rompiéndose así con el destino y pudiendo vivir la vida juntos y en paz.

- ¡Entonces es cierto que yo podría haberlo evitado! – gritó Anzu impotente – Si tan solo hubiera leido este libro... o tú me hubieras contado... ¡Hubiese sabido la forma de derrotar a Zork desde el principio!.

- No, Anzu. Incluso si hubieses podido volver a equilibrar los objetos, te olvidas de las palabras de la sacerdotisa. Ella dijo que todo seguiría repitiéndose "hasta...

- ... hasta que mi poder sea lo suficientemente grande para engañar al tiempo" – completó Anzu, comprendiendo – Pero aun así... no funcionó. Es decir, ya he engañado al tiempo. No se como y tampoco sabía porque. Pero ahora sí comprendo el motivo. Y lo he hecho. Sin embargo... aunque logré salvar a Athem y no me arrepiento... volvemos a estar separados.

La Emperatriz asintió, nuevamente.

- Lo has comprendido. Si la esencia de tu yo futuro no hubiese viajado al pasado, sin los conocimientos que te aportó la estancia de Athem en el futuro – "engañar al tiempo" – tú hubieras muerto mucho antes de la batalla final, y nadie hubiera impedido a Athem sacrificarse para encerrar a Zork.

- Como él explicó a Yugi que había hecho...

- Exactamente.

- ¡Y por eso Athem no me recordaba! – afirmó de repente, encajando las piezas – Y tampoco a Yugi, Joey o Tristan. Porque yo llegue hasta él mucho antes de la batalla contra Zork y de que encerrara su alma en el rompecabezas milenario.

- Así es. Y no obstante, el plan de la sacerdotisa, de tú yo pasado, funciono, en parte. Porque si no hubiese creado los objetos, el alma de Athem no hubiese quedado atrapada en el rompecabezas durante cinco mil años, y hubiera reencarnado en un cuerpo humano al mismo tiempo que tú.

Anzu frunció, confundida.

- Pero Yugi...

- Yugi no es su reencarnación, es su descendiente. Por eso pueden compartir el cuerpo. Pero sus almas son distintas. Si no lo fueran, si fueran una misma alma, tú te habrías enamorado de él.

La joven asintió. Sabía que era cierto.

- Pero tú caso es diferente – prosiguió la Emperatriz – tú si eres una verdadera reencarnación. Hay dos cuerpos, y cada uno de ellos tiene su esencia, sus recuerdos... Pero el alma de ambos es la misma.

- Dos vidas diferentes y una sola alma – susurró Anzu, tratando de llegar a la profunda verdad que cargaban esas palabras.

- Así es... o así lo era hasta hace apenas unas horas.

- La batalla contra Zork – entendió la faraona. La Emperatriza asintió.

- Para evitar la muerte de Athem, tú sacrificaste tu vida, como ya hicieras en el pasado, y encerraste a Zork en tu anillo – Anzu lo contempló en su dedo y no pudo evitar que un escalofrio recorriera todo el brazo.

- Pero él escapará de nuevo ¿no es cierto? Siempre lo hace.

- Está vez no – afirmó seriamente, y la joven abrió mucho los ojos, asombrada. – Lo lograste Anzu. Engañaste al tiempo. Y gracias a eso, la cadena se ha roto. Ya no proseguirá más.

- No lo entiendo – murmuró la chica, derrotada.

- ¡Porque tu estás viva! – exclamó la Emperatriz – A pesar de que el alma sea la misma, en un mismo cuerpo habitaban dos esencias, dos vidas diferentes. Y una de ellas se extinguió, muerta para destruir a Zork, pero la otra sigue latiendo en tu interior. Por eso estás aquí. Por eso todo resultará diferente. Porque tú todavía vives.

De nuevo, los ojos de Anzu se abrieron de la sorprensa, y por primera vez en mucho tiempo, en sus labios se formo una sonrisa.

- Y sin embargo – añadió con la sonrisa flaqueando un poco, peor no muerta del todo -. Todavía hay dos cuerpos.

De nuevo la Emperatriz asintió, con sus ojos profundos ojos negros clavado en ella.

- Debes elegir Anzu. Ambos son tus cuerpos y en ambos tú alma será bien recibida. Pero cuando elijas uno, el otro morirá, y ya no abrá vuelta atrás.

- ¿Y qué pasará con Zork? – preguntó, tratando de ganar tiempo.

- Yo me ocuparé de él y del anillo. Su presencia ya no será necesaría en el mundo.

- ¿Moriras? – pregunto entonces la joven, con voz ahogada.

- En cierto modo – afirmó la otra. – Quizá nunca haya estado viva del todo.

- No quiero que te vayas....

La Emperatriz le respondió con una sorisa, la más tierna que Anzu había visto nunca, y por un momento, su corazón se contrajo, y recordó a su madre.

- No lo haré – susurró la otra – No para ti. Siempre habitaré en tu interior Anzu, aunque abandone este mundo. Y siempre, si me necesitas, estaré allí para ti.

Una lagrima se deslizó por la mejilla de Anzu y la Emperatriz la apartó cariñosamente con su mano. Después, ambas permaneciero en silencio, mirándose intensamente, un corto espacio de tiempo que pareció una eternidad. Finalmente la mujer habló.

- Se acaba el tiempo, pequeña. Debes elegir.

Anzu escuchó sus palabras y trato de obedecer. Pensó en su familia, sus amigos... todos los que le esperaban a un lado. Y después su mente se desvió hasta la imagen del hombre que amaba, aquel que había elegido para convertir su vida.

Y Anzu sonrió. Quizá nunca hubiera tenido opción, después de todo.

- Ya esta – dijo con firmeza, a pesar de las nuevas lagrimas que decoraban su rostro.

- Bien – asintió la otra, con una sonrisa cargada de emoción –. Entonces esto se acaba Anzu. Se feliz en la vida que has escogido. Y... disfruta del regalo que vuestro amor ha hecho posible.

Anzu apenas alcanzó a oir las últimas palabras de la Emperatriz, mucho menos a interpretar su significado, cuando una violante energía la envolvió, desvaneciendo todo a su paso. Después, por segunda vez en un día, sobrevino el silencio.

OooOOOoooOOOoooOOOooo

Muy lejos de allí, en otro tiempo y, quizá, otra dimensión, tres amigos permanecían juntos en la habitación de un hospitalm, como llevaban haciendolo ya casi por seis meses, a la espera de que la figura que reposaba inerte sobre la cama mostrará algún signo de conciencia.

- Mañana hace medio año desde que la internaron, y en todo este tiempo... ni siquiera ha parpadeado – la voz de Joey cargaba una extraño amargura.

- Ya sabes lo que dicen los médicos... su salud está bien, ella puede despertar en cualquier momento.

- Se muy bien que dicen Tristan – replicó el rubio – lo repiten cada día. Y, sin embargo, ninguno de ellos ha podido explicar cual fue la maldita causa que la condujo a este estado.

- Chicos – apaciguó Yugi cuando el moreno se disponía a replicar – No es momento para discutir. Ahora Menos que nunca. A ella le dolería vernos así – la última frase surgió efecto, porque Joey bajo la cabeza, apenado, y no discutieron más. Yugi aprovechó el momento para acercarse hasta ella y tomarla de la mano cariñosamente. – Tea... amiga... ¿dónde esta tu mente? ¿por qué no despiertas?

Y fue como si sus palabras tuvieran efectos mágicos. El joven sintió como ella apretaba la mano con la que la tenía cogida, primero levemente, después con más fuerza. Aun incapaz de creer, alzó la vista hasta topar con sus ojos. Grandes y acaramelados. Tal y como los recordaba. Abiertos. Contemplándole. Con una sonrisa.

- Tea...

Joey y Tristan también se habían dado cuenta del cambio y se aproximaron a ella velozmente, pero incapeces de pronunciar palabras. Entonces su amiga les sonrió tiernamente y ellos se dieron cuenta de porque la había hechado tanto de menos en esos seis meses.

- Amigos... – susurró Tea con voz cansada pero sincera – Os he hechado de menos.

- Tea, Tea... ¿dónde has estado?

- Estuve con él Yugi – explicó la chica a la única persona que sabía que la entendería – Y regreso a él – añadió dirigiéndose a los demás –. Es mi destino.

Yugi asintió en silencio. Triste, pero comprendiendo la decisión de su amiga. Sin embargo, Joey y Tristan no compartieron tal entendimiento.

- ¿Con él? ¿Quién es él?

- No puedes marcharte Tea, te necesitamos.

- Lo siento... amigos... – la joven sintió que sus últimas fuerzas se agotaban, pero aun necesitaba explicar... al menos hacerles saber que ella estaría bien, que sería feliz – Os quiero a los tres... pero... debo partir... Es mi destino.

- ¿Destino? El destino no existe Tea. Tu lugar está con nostros.

- Si el... destino no exite... entonces...entonces es mi decisión. Deseo estar con él... y se que... – le costaba respirar, pero necesitaba resistir un poco más, solo un poco más... – vosotros estaréis bien... con aquellas que os aman... Y yo también lo estaré...

- Tea... – susurró Yugi emocionando ante la despedida de su amiga.

- Por eso... – prosiguió la chica con su último aliento – no lloréis por mi... sonreíd por mi... porque... allá donde voy... seré... feliz... y sonreiré por vosotros...

Y tras esas palabras, Tea Inuzuka expiró su último aliento, perdiéndose en la muerte, rodeada de aquellos a los que amaba, con una emotiva sonrisa en los labios..

OooOOOoooOOOoooOOOooo

El campo de batalla parecía ahora un alubión de muertos, y aunque muchos de ellos, todos los que habían sido asesinados por Zork, volvían a la vida, eso no suponía ningún consuelo para el faraón, quien lloraba lagrimas de sangre mientras sostenía el cuerpo inerte de su esposa entre sus brazos.

- Athem... – un susurró. El joven no lo escuchó, totalmente convencido de que era fruto de su imaginación. – Athem... – lo ignoró una segunda vez. Atenderlo, y descubrir solo el rostro sin vida de su amada, era más de lo que creía poder soportar. – Athem... mi amor... – La tercera vez, sin embargo, ya no fue capaz de ignorarlo.

Lentamente, cargado de miedo, pero también de esperanza, descendió la vista hasta dar con sus ojos, tan hermosos y llenos de amor como los recordaba. Desbordando vida.

- Mi amor... Anzu... ¿cómo...? No importa... no importa... Estás conmigo, conmigo. ¿Lo estás verdad? – pregunto él desesperado, con los ojos enjaguados en lagrimas, y cargados de una luz que solo Anzu era capaz de ver.

- Lo estoy – respondió ella, abrazandolo – Lo estoy. Y no nos separaremos más. Nunca más. Permaneceremos juntos... eternamente.

Y por fin, controlando sus temblores, su amado faraón la estrechó fuerte contra su pecho, mientras sus auras se fusionaran como si fueran una sola.

Por primera vez en mucho tiempo, Anzu se sintió segura, y en casa.