He vuelto. Tenía planeado hacerlo para el 1-2 de este mes, pero ciertos eventos me mantuvieron fuera de las redes por bastante más de lo deseado. En febrero me largo de vacaciones (tres semanas), pero es ley que ande con mi portátil y módem, así que no hay problema al respecto. Y como me tardé más, hay más para leer. Enjoy it.

Para agregar (aunque no es necesario que respeten esta aseveración), les recomiendo que escuchen las dos pistas musicales que usé para escribir este capítulo. La primera tiene mucho que ver con la historia en sí; la segunda, en cambio, tiene que ver más con mi estado de ánimo al completar el episodio. Dejo el link, pero reitero, es absolutamente opcional.

1º Des Demain – Holden: watch?v=OEAjcHc5_eo

2º Fantaisie Impromptu en do sostenido menor – Chapin, interpretada por Samson François: watch?v=_YeD_vhBRvA

Mis agradecimientos a todos por pasar a leer esto.

Disclaimer: Hetalia Axis Powers no le pertenece a VidadeLechuga (ya sean personajes como trama), sino que son de propiedad de Hidekaz Himaruya. Sin embargo, digamos que el Luxemburgo tiene parte de la autoría de VDL


Después de aquella escena, era obvio que no regañaría a Liève por su prolongada inasistencia. Seguir insistiendo con el tema, hubiese sido una enorme falta de tacto y consideración por parte de Maarten. Costó tranquilizar a la niña, era claro que el asunto no estaba del todo superado; el luto es algo que toma tiempo y es variable para cada persona. Más aún conociendo el hecho que Liéve era apegada con su mascota y que esta se marchara de manera tan inesperada… no estaba preparada para eso. Pero la muerte está al lado de cada esquina y Maarten le explicó de la mejor forma que pudo a la niña que tanto el nacimiento como la muerte son sucesos de la vida y que era lo único que no se puede evitar. No era un consuelo grato, pero era la verdad. Y además, tenía a su madre, con la cual se llevaba muy bien.

Liéve, al cabo de un rato, secó sus ojos con unos pañuelos de su cartera y arregló su cabello rubio. Maarten tenía una sensación agria en el pecho y maldijo ser pésimo con este tipo de cosas. No podía invitar a la niña a un café ('Té, se repitió, Liève es muy jovencita para beber café'); debía cumplir sus últimas horas asignadas en la Floristería. Pero tampoco quería dejar a la niña a su suerte en la ciudad, tan alicaída como estaba. Decidió que Liéve se quedara un rato en la Floristería como en los viejos tiempos.

-¿Te parece bien? No tienes que trabajar, en serio. –Maarten limpió los restos de la merienda, para después guardar sus enseres personales en su casillero.

-Me gusta trabajar… y quiero disfrutar de la última semana aquí, supongo. -Liève se giró a las góndolas llenas de flores y bajó del taburete.

La niña observó a Maarten. El chico, cuando lo conocías por primera vez, era un verdadero rompecabezas. No sabías a ciencia cierta si estaba contento, triste, asustado. Lo único que podías asegurar es que parecía perpetuamente irritado. Y como es parco en palabras y es muy reticente a hablar sobre sí mismo o de alguien en específico, deja mucho lugar a la especulación. Muchos se intimidan con su actitud, mas Liève no se dejaba llevar por esa impresión. El muchacho le recordaba a su padre y ella sabía muy bien cómo convivir con alguien así. Se alegró de conocer los dos lados de Maarten. Uno, que era el que casi todos ya habían visto, y el otro, donde solo algunos podían dar cuenta de ello. Pero, para llegar a eso, tenías que ganártelo.

-Maarten… gracias por… eh… ¿consolarme? –La niña se volteó hacia el muchacho, que estaba al lado de la puerta principal. Llevaba la escoba en una de sus manos, mientras que con la otra agarraba el cartel de 'abierto y cerrado'. Era común que, cuando Maarten quería reflexionar sobre algo, comenzaba a barrer. 'Debe de estar incómodo con lo que pasó…' La niña rápidamente vació su mente de aquel momento, temerosa de volver a llorar. El chico no dejo nada, pero sus ojos se posaron en Liève, prestándole atención.

-No hay de qué. –Liève notó que Maarten se sonrojó, levemente, pero lo hizo. La niña sonrió, provocando que Maarten frunciera el ceño. La rubia cogió su regadera, que seguía en el mismo lugar de siempre y la llenó en el abrevadero. Vigilaba que el agua no se rebasara de la regadera blanca, a la vez que no quedara lo suficientemente pesada para sujetarla.

Fue al pequeño jardín en donde plantó calabazas y lechugas. Las matas de calabazas crecían correctamente y todo parecía augurar que las lechugas serían enormes cuando maduraran lo suficiente. Recordó que no debía dejar que la lechuga floreciera, de hacerlo, esta se volvía amarga e incomestible (podías hacerlo, pero odiarías al vegetal de por vida), pero daba flores y a su vez, semillas, con la que podías plantar más lechugas.

Trajo sus herramientas y calzó sus guantes, tan sucios como su delantal. Mojó un poco la tierra para desmalezar y, a continuación regó las hortalizas con su regadera. Recordó que vestía el uniforme escolar. La falda escocesa, de color rojo, tenía manchas marrones tanto aquí como allá y el agua de la regadera mojó una esquina de ella. Los zapatos de charol, antes lustrosos, se ensuciaron con el barro. Incluso parte de los calcetines se embarraron. Liève agradeció tener tres o cuatro cambios de uniforme más. Tendría que meter todo el saco a la lavadora antes de que su madre llegara tarde en la noche, o se ganaría un regaño.

Por un momento, lo único que escuchaba Liève era (además de su propia respiración), el estéreo. Tocaba una canción en francés. Liève empezó a seguirle el hilo, y al cabo de un ratito, le acompañaba cantando. En ese momento, la niña se dio cuenta de lo mucho que le gustaba venir aquí. A su madre le gustaba que viniese aquí, a cuidar flores. Y a ella también.

A pesar de tener 13 años, se angustiaba al ver a los mayores, el que, estando rodeados de tanta belleza, vivieran amargados, olvidaran cultivarse a sí mismo. Qué importaba ensuciar el uniforme, si era por cuidar el jardín. El jardín era su terapia, con él olvidaba. Y por eso, lamentaba tal vez no haber aprovechado ver más el jardín. 'Más bien, el jardín de Maarten. El pequeño oasis de la ciudad…'

El estéreo continuaba sonando, cada vez más desde la lejanía. Liève trabajaba en silencio, pero de haber escuchado lo que pensaba, el jardín habría estado lleno de voces e ideas.


Pasaron cuatro meses desde que Maarten dejó la Floristería. El examen de admisión a la universidad estaba cada vez más cerca y el muchacho, a pesar que soportaba bien la presión, dejaba entrever lo que a muchos les pasaba; la incertidumbre acerca del futuro. Porque ambos chicos continuaron viéndose. Maarten le informaba a Liève del crecimiento de sus hortalizas y cuando fue el tiempo oportuno, las cambió de lugar para después, dárselas a Liève para que las consumiera en su casa.

Hacía ya tiempo que el verano les había dejado y la nieve otra vez molestaba en los parabrisas de los coches. A Liève le gustaba aquel páramo blanco, pero a Maarten le ponía de mal humor. La niña solía mofarse de ello, comparándolo con un oso en hibernación. Maarten le regalaba flores del invernadero de su casa. A menudo, algunas crecían en demasía y el chico cogía algunas. Igual, nadie se daría cuenta. Sus padres cuidaban las finanzas, más que nada y Laurent estaba ocupado entrenando con su violín. Quedó aceptado junto con Jean en el conservatorio, lo que significaba que ambos hermanos prácticamente no se veían las caras. Eso, tanto a Laurent como a Maarten, les dolía, aunque cada uno lo llevaba de distinta manera. Maarten, con quejas y Laurent, se refugiaba entre compases y melodías. Liève se topaba más con él. La niña decía que el chico debería dejar de asistir a tantos talleres.

Ese día, era la semana de vacaciones que les daban por las fiestas. Liève la pasó con su madre; su padre de igual forma le envió por correo sus felicitaciones y un presente. Maarten la pasó con su familia y con sus abuelos. Habían quedado de juntarse cerca de la Floristería. Ese era casi su lugar de encuentro. Era nostálgico ver dentro del local a un empleado que no eran ellos. Les daba envidia sana.

Liève divisó a Maarten, que dejó su bicicleta en el aparcadero al lado de la Floristería. Vestía un sobretodo color caqui, junto a un suéter y jeans negros, con zapatos del mismo color. Portaba un bolso negro que contrastaba con el sobretodo. Así, no parecía un adolescente, sino más bien un treintañero. Pero se veía muy bien con esas pintas. Fumaba tranquilamente y depositaba las cenizas en un cenicero cercano. Liève vestía un abrigo con capucha rosa pálido, con pantalones azul marino y botitas café. Además, usaba bufanda y guantes blancos, junto a una pequeña cartera. En la canasta de su bicicleta llevaba un paquete. Aparcó su bicicleta al lado de la de Maarten y saludó con entusiasmo, a la vez que sacaba el paquete de la canastilla.

-Apaga ese cigarro. No fomentes la contaminación, en especial ahora que estamos empezando el invierno. –Liève, de forma exagerada, sacudió una de sus manos para apartar el humo gris. Maarten, de mala gana, apagó el cigarro y lo dejó en el cenicero público.

Liève encadenó su bicicleta al fierro y se incorporó rápidamente. Maarten notó el paquete que llevaba bajo el brazo, pero prefirió no decir nada. Cosas de ella, probablemente. Debían elegir una ruta. Podían ir a la plaza principal o ir a por un chocolate caliente. Tal vez al parque, pero no hallaban sentido a luchar dos horas en atravesar varios centímetros de nieve. Y la pista de patinaje improvisada (mejor dicho, el lago congelado), estaría a rebosar de gente.

-¿Quieres ir al Jardín Botánico? Ni ahí con ver entretenerme en ver porrazos de patinadores. Además, ni tú ni yo andamos con patines.

-Me parece bien. Pero podrías haberme dicho antes, para no encadenar la bicicleta. –Liève infló sus mejillas, ligeramente irritada.

Maarten negó con la cabeza. –Queda cerca. A veinte minutos de aquí caminando. Y una lata andar en bicicleta con el asfalto resbaladizo. –Liève debió de darle la razón. –Venga, que no tenemos todo el día.

Ambos chicos fueron en camino. Liève no conocía esa parte de la ciudad. A pesar que llevaba casi seis meses en ese lugar, solo conocía una pequeña fracción. Así que quedó maravillada con las construcciones del lugar, típicas de principios del siglo pasado. De estar en verano, los alféizares estarían con maceteros llenos de flores. Ahora los cubría la nieve. A pesar del frío matutino, pasaban una buena cantidad de transeúntes. La mayoría iba cargaba objetos relacionados con las fiestas. Saludaban a los dos chicos y continuaban en sus asuntos. Maarten andaba sin prisas, con las manos en los bolsillos. No usaba guantes, ni tampoco bufanda. Liève sonrió al ver que Maarten estaba tan relajado. Conversaban esporádicamente, de temas relacionados con la escuela y el barrio en que estaban. Y, obviamente, del Jardín Botánico.

-¿Por qué nunca me mencionaste el Jardín Botánico? Podríamos haber ido en el verano o el otoño, cuando el clima estaba más fresco. –Liéve acomodó la capucha de su abrigo a la vez que alzaba la vista hacia el ojiverde.

-Jamás preguntaste por ello.

-Pero si veías que me interesan esas cosas podrías, como mínimo, informarme un poco al respecto. –Liève no estaba molesta… o un poquito, probablemente.

-Vuelvo a lo mismo. Si te interesan tanto, investiga. -Liève infló aún más sus mejillas y continuó caminando en silencio. Maarten tenía razón, por supuesto que investigaría sobre un Jardín Botánico entre exámenes. Por supuesto.

La calle terminaba al frente de lo que parecía una arboleda. Más de cerca, los árboles cubiertos de aquella masa blancuzca se abrían para dar paso a una estructura que parecía estar hecha de vidrio, con armazón de color verde. Se veían un fondo verde tras los paneles.

-Es un Arboretum –señaló Maarten de improvisto. La niña debió preguntarle al muchacho a qué se refería. El ojiverde no tardó en explicarse. –Arboretum se refiere a un jardín botánico dedicado a árboles principalmente. Existen diferentes tipos de Jardines Botánicos y también para distintos fines.

-¿En serio?

-Hay Jardines Botánicos dedicados a los cactus, a las palmeras, arbustos, plantas medicinales y hasta para las orquídeas exclusivamente. Y fines hay varios, investigación, preservación… y el acceso puede ser tanto público como restringido. El que está aquí es un arboretum y también hay un herbario. Ahí mantienen una colección de plantas secas clasificadas. ¿De verdad nunca has oído hablar de él?

Liève negó con la cabeza, hipnotizada por el tema. Si en invierno el lugar debe ser bonito, en primavera estará precioso. Maarten vigiló que la niña no diera un traspié por andar distraída escuchando y atravesaron la arboleda. No había muchos visitantes, a pesar que el Jardín era uno de los grandes atractivos de la ciudad. De seguro todos se encuentran en el lago, patinando. Mejor para ellos. Se dirigieron al edificio administrativo, para pagar su entrada. En la recepción descansaba una señora entrada en carnes que lustraba sus gafas. De música de fondo escuchaba a Chopin.

-Una entrada de estudiante. –Maarten sacó su billetera para pagar su entrada y también la de Liève. Sin embargo, la mujer habló antes que él.

-¿Cuántos años tienes, querida?

Liève miró a la mujer y, casualmente, sus ojos se posaron en el letrero atrás de ella. En el que indicaba los precios de los tickets de entrada, ponía una oración muy interesante: 'Niños de hasta 12 años acompañados por un adulto no pagan'. Liève tiene 13 años, pero un año de diferencia no es mucho que digamos. Maarten no notó lo anterior e iba a responder con la verdad; Liève se adelantó.

-Tengo 12 aún. Pero no traigo mi credencial. –Maarten, al oír a la niña, se dio cuenta de su plan y le siguió la corriente, quedándose en silencio.

-Oh, no importa. Igual, se parecen mucho. Tenga su entrada, muchacho, y disfruten su estadía. –Extendió un boleto a Maarten y sonrió a ambos. A la niña le recordó un conejo con esa dentadura. La mujer, además, les regaló un mapa para ubicarse adentro del recinto. Después de aquello, continuó limpiando frenéticamente sus gafas.

Revisaron el mapa. Podían ir inmediatamente al invernadero y después continuar con el recorrido, o ir al herbario. Liève escogió partir por el invernadero; el panfleto que les dio la recepcionista indicaba que en él se encontraban bambúes y ella nunca había visto uno así de cerca. A Maarten le pareció una opción sensata y fueron por el ala este del edificio, para terminar dentro de aquel armazón verdoso que se apreciaba desde el exterior.

A pesar que desde afuera no se veía mucha gente, adentro del lugar sí que había gente, pero no en una cantidad suficiente para invadir la privacidad o que fuera intransitable. El invernadero, si ya por fuera daba una impresión casi majestuosa, internamente dejaba con la boca abierta, o al menos eso le pasó a Liève. El exterior blanco y helado, el invernadero verde y templado. La niña se quitó su abrigo; debajo de este vestía un suéter blanco con pompones café. Maarten también se quitó su sobretodo. Ninguno tuvo la idea de ir a la guardarropía a dejar sus pertenencias, pero qué más daba. Liève aún tenía el paquete bajo el brazo.

Liève no paraba de hablar y preguntar. Qué árbol era ese y aquel, cuando se construyó ese lugar, cómo mantenían las plantas… Maarten intentaba responder lo mejor posible, sintiendo un Déjà vu al recordar los primeros días con la rubia en la Floristería. Era un poco mareante, pero agradecía compartir su conocimiento con alguien más. La niña era una máquina viviente traga información. Si algo no se le podía reprender, era sus ansias de saber, al menos en ese tema. Al cabo de un rato, era normal que a Maarten se le secara su garganta y se sentaron en un banquito. Alguna que otra pareja andaba por el lugar o un grupo de turistas. Aparte de eso, casi nadie. Maarten se abanicaba con el panfleto. Ese lugar era demasiado cálido para la vestimenta que llevaba. Liéve dejó su abrigo a un lado y el paquete en sus rodillas. Suspiró fuertemente y se dirigió al mayor.

-De seguro te has preguntado de qué trata este paquete, ¿no?

Al contrario, Maarten no se preocupó ni un segundo acerca de la procedencia de ese paquete. Ahora, cuando Liève se refirió a él, acordase él de su existencia. No le iba a decir a la rubia que en ningún momento pensó en dicho paquete, así que prefirió asentir y continuar sin problemas la conversación.

-Como estamos en las fiestas y tú ya me has dado tu regalo… eh… -La chica se trabó al hablar un momento y tomó aire para seguir -quería esperar hasta hoy para darte el mío. Anda, vamos, ábrelo, pero ten cuidado que es delicado. –Maarten abrió los ojos un momento, no estaba acostumbrado a recibir regalos de personas que no fuesen su familia. Solo Antonio y alguna que otra oportunidad Mathias le regalaban obsequios. Sus fans no contaban.

Cogió el paquete con cuidado. Por el tacto, advirtió que era una caja, envuelta por debajo del papel de regalo por algo blando y esponjoso. Con cuidado retiró la cinta y arrancó el papel, con diseños de flores azules en un fondo cremoso. Liève cogió los restos de la envoltura y, de alguna forma, los metió dentro de su carterita minúscula. Lo que era blando y esponjoso era, en realidad, una bufanda. Era muy suave al tacto, pero era gruesa. Era azul con rayas blancas, muy larga y si no fue hecha a mano, era de una confección muy fina.

-Felices fiestas, supongo. Mamá la compró cuando fue por trabajo a Italia. Se lo pedí por encargo. ¿A que no es bonita?

Maarten desenrolló la bufanda. En efecto, era muy larga. Consideró que era de mala educación no usarla en ese mismo instante. También, ese obsequio le gustó mucho. Ese día no llevaba ningún tipo de protección en el cuello y solo contaba con el cuello del suéter como protección a las corrientes de aire helado. Dio en el clavo la niña con el regalo. Se colocó la bufanda alrededor del cuello y giró los extremos en torno a este. Uno de estos extremos lo dejó atrás, en su espalda, mientras que el otro caía hacia delante. No le importó que el invernadero fuera cálido. De verdad, no se esperaba ese regalo.

Liève sonrió al ver la aceptación de su regalo. Sabía muy bien que Maarten no tenía bufandas (o las que tenía en su poder no las vestía), así que pensó que ese sería un presente de lo más sensato. Claro, la primera parte del obsequio. Faltaba la segunda y quizás la más problemática. La niña comenzó a derretirse literalmente en su asiento, mientras Maarten, ajeno a esto, prestaba atención a la cajita que solo unos momentos atrás, estaba envuelta por la bufanda.

.Era una cajita de color celeste. Estaba al revés, Maarten miraba la parte posterior de esta y la dio vuelta. Al principio pensó que sería una caja de bombones, pero no. Era otra cosa. Maarten abrió los ojos, no se esperaba que la caja contuviese exactamente aquello. Liève se sonrojó aún más y se agachaba en su lugar.

Al principio, Maarten pensó con algo de ternura el presente. No todos regalan flores en Navidad; más bien, él no conocía a nadie que regalase eso. Le preguntó a Liève por qué se molestó en regalarle flores y una bufanda. La niña tragó saliva, y con la voz parecida a la de un pito respondió:

-¿En verdad Maarten que no entiendes? ¿No te quedó nada de lo que me enseñabas y explicabas en la Floristería?

Click

Maarten, al escuchar eso, empezó a unir las piezas. Flores, flores rojas. Tulipanes. Tulipanes rojos. Floricultura. Significado de las flores. Hanakotoba. La leyenda turca. En ese momento, le dolió profundamente la cabeza al relacionar todo.

Liève le regaló tulipanes.

Tulipanes Rojos.

Y si estaba seguro de lo que estaba pensando era correcto, era obvio lo que todo eso significaba.

Mientras tanto, Liève continuaba deslizándose por el banquito, para llegar al suelo y desaparecer entre las raíces de los árboles del invernadero.


¡Gracias a todos por leer!