No he querido contar los meses desde la última vez que pasé por aquí. Y buena razón tienen para enojarse, si no he dado señales de vida en un buen tiempo. Sé que el deber de toda escritora es poseer el debido respeto con sus lectores, cumpliendo con las fechas, actualizando, etc. Simplemente, la vida mundana me consumió por mucho tiempo. Logré "ponerme las pilas" y finalizar esta historia, que a pesar de todo, sigo amándola y encantándome cada vez que la leo. Pedir disculpas sería, realmente, poco para aquellos que leen este fic desde el inicio. Y si acabas de pasar por aquí… pues, no me queda nada más que decir "disfruta", porque todo lo que escribí fue con amor.
En especial, este "renacimiento" se lo debo únicamente a Petitvon. Mi niña, quería tener esto escrito para mi cumpleaños como sorpresa, pero a veces los planes no salen como preveríamos. Un regalo para mi musa preferida. Ojalá que te guste la sorpresa, jiji.
Obviamente, agradezco a todos los que comentas, dan "me gusta", agregan como favorito o simplemente, checan las historias. Solo ver el contador de visitas es felicidad máxima para mí.
Y, para dar de lleno en las últimas partes de Floristería, dejo el Disclaimer y la canción de inspiración:
Canción de Inspiración:
1º The Last of Us Soundtrack, Gustavo Santaolalla –Vanishing Grace
2º Flower Soundtrack, Vincent Diamante – Nighttime Excursion
(Les recomiendo que las escuchen).
Disclaimer: Hetalia Axis Powers no le pertenece a VidadeLechuga (ya sean personajes como trama), sino que son de propiedad de Hidekaz Himaruya. Sin embargo, digamos que el Luxemburgo tiene parte de la autoría de VDL
En aquel momento, Maarten se preguntó cómo pudo haber sido tan estúpido. No había que ser un genio para adivinar que la pequeña Liève le había confesado su amor. Tenía muchas ganas de asfixiarse con la bufanda, de golpearse contra la pared. Tenía miedo de mirar a la niña. Miedo de que esta le pidiese una respuesta inmediata. En aquel momento, no sabía que pensar. Estaba atónito, a pesar que su rostro impasible lo ocultaba bien.
Tuvo flashbacks del pasado, cuando la primera chica se le declaró. Tendría unos trece años, más o menos. La chiquilla dejó una carta perfumada a lavandas, en su casillero. Se notaba que fue hecha con esmero y dedicación. Le pedía que se encontrasen en la cancha de atletismo, después de clases. Maarten fue, sin gran entusiasmo. Aún era bastante inmaduro, y meses después reconoció a sí mismo que fue duro con la chica, al decirle que no estaba interesado en aquellas cursilerías de Cupido. Actualmente, con respecto a temas amorosos, simplemente, prefería guardar silencio. Si mostraba interés, algunas chicas podían entusiasmarse y terminar con el corazón herido. De hecho, costaba creer que nunca había andado con alguien en serio.
Pero Liève era un caso distinto. A diferencia de las chicas mayores, a Liève aún le faltaba conocer mucho de la vida. Probablemente tomaba la declaración como algo sacado de un cuento de hadas. "Cuando en la realidad, estar enamorado con alguien es… complicado". También estaba el hecho que Maarten consideraba a Liève como una amistad, distinta a la que sostenía con Antonio, por ejemplo. En el verano, pasaban horas en silencio, apreciando el murmullo de las hojas y de los pétalos. Las palabras estaban de más. Congeniaban muy bien, y Maarten se percató que la niña era una de las pocas personas que lo entendía. A pesar de la apariencia, Liève era mucho más madura que cualquier chiquilla de trece años.
Además, estaba el tema de la edad. Él estaba a punto de salir del instituto, ¡iba a ir a la universidad!, mientras que Liève aún no terminaba la secundaria. Recordó cuando Antonio le bromeó con lo de ser asaltacunas. Le sorprendió que toda la gente pensaba que la niña era una especie de prima perdida. O quizás nadie preguntaba, y cuchicheaban a sus espaldas. Ahora, muchas conductas de Liève eran entendibles. Sus sonrojos, aquellas miradas celosas… calzaban todas las piezas.
Por eso, se sintió avergonzado. Maldijo ser tan frío y carente de tacto. Temía que, si hablaba, terminase quebrando aquel vínculo tan delicado que le unía con Liève. Como si todas las circunstancias coincidiesen, no pasaba ni un alma por el invernadero. Todos estaban en el herbario. Maarten se armó de valor y miró de reojo donde estaba Liève. O mejor dicho, donde estaba el abrigo de la niña. Ella no estaba. Maarten, concentradísimo en su batalla interior, no se percató que la niña salió corriendo, a quién sabe dónde.
Inmediatamente, Maarten se preocupó. Revolvió algunos arbustos, con la falsa esperanza de hallarla acurrucada entre ellos. Estaba a cargo de Liève. A pesar que ella era una persona muy autosuficiente para su edad, era demasiado ingenua. Podría tocar algo inadecuado, o una planta venenosa, o pudo salir al exterior sin protección. Aquel suéter blanco no era suficiente para paliar la ventisca que caería sobre la ciudad durante el transcurso del día. Observó los tulipanes, como si estos intentasen decirle algo. El rojo intenso de estos parecía reflejar el color de sus mejillas. Pero por más que admirara su belleza, no le susurraban acerca de dónde se encontraba Liève. Miró fijamente una cámara de seguridad, mal camuflada bajo una rama. Debía de verse ridículo agitando arbustos tanto aquí como allá. "Y se joden. Espero que los guardias de este recinto sean unos guarros y no anden fisgoneando lo que hago…"
Cogió el abrigo rosa y su sobretodo. No olvidó los tulipanes. Una sensación de desazón le apretó el estómago. Quién imaginaría que la salida terminaría así. Tenía miedo de que Liève huyera otra vez, sin más. "Eso está mal. Liéve no puede huir de sus problemas, sea cual sea. Debo decirle que agradezco su gesto, pero…"
Abandonó el invernadero y caminó lentamente por el pasillo continuo, pisando con especial cuidado. Evitó crear barullo y esquivó al resto de los visitantes. A pesar que resultaría lógico que, cuando alguien se pierde, le preguntes a otra persona sobre el paradero de esta, aquí no fue el caso. El muchacho no quería involucrar a nadie en esto, por el momento. Apretaba los dientes y su respiración se hizo pesada. Prestaba especial atención a su alrededor. Cualquier cosa podía ser una pista para encontrar el paradero de la niña.
Los ventanales de aquel pasillo daban a los jardines exteriores, cubiertos de nieve. De fondo se advertía la ciudad, con algunas chimeneas funcionando. Vigiló el suelo, para comprobar que, en una de esas, Liève no andaría reptando por el suelo, como una serpiente, que huye a su madriguera.
Observó el mapa otra vez. Al final del corredor, estaba una exposición sobre la historia del jardín botánico. Entró a la sala, bien iluminada. Solo estaban una pareja de ancianos, probablemente extranjeros, y un grupo de tres adultos, que se inclinaban para leer los carteles y observar varias piezas encerradas en cubos de cristal. Liéve no estaba allí, por supuesto. De estar en otras circunstancias, observaría aquellas cajas con detenimiento, pero ahora mismo no estaba para eso. Y algo le dijo que no regresaría por allí.
Paseó con cuidado entre las mesas; sin prestar mayor a los objetos que exhibían. La salita poseía dos salidas; una, por la que ingresó, y otra que desembocaba en una escalera. Maarten rebuscó en su bolsillo en busca de un bolígrafo. Cuando encontró uno, sacó el mapa y dibujó una cruz en el invernadero, el pasillo adyacente y aquella sala. Por lo visto, esa escalera ascendía al segundo piso. Gran parte de la planta consistía en más salas con plantas disecadas, exhibiciones de flores exóticas, un baño y una cafetería acristalada. El resto de las habitaciones debían ser cuartos administrativos o de investigación.
Mientras subía por la escala, empezó a toparse con más gente. Maarten creía que hablaban muy fuerte para estar en un Jardín Botánico. Una niña rubia bajaba rápidamente la escalera. El chico estuvo a punto de detenerla, pero no era Liève ni por si acaso. La niña era más baja y sus ojos eran marrones, aunque usaba ropa parecida a la de la belga. Su mente giraba en cavilaciones.
¿Qué le diría a Liève para no causarle daño? Liève lo trataba como un hermano, y él no se dio ni por enterado. Ella siempre lo contuvo, fue paciente con su temperamento, su tacañería, su mal humor. ¿Y él qué? Recordó cuando consoló a la niña por la muerte de su mascota, y la impotencia que sintió, cuando fue a barrer el frontis de la Floristería. En esa oportunidad, sabía perfectamente que unas palabras suaves no traerían al conejito de vuelta. ¿Merecía realmente la amistad de la niña? Y resultaba que ella se le declaró, de la forma más insólita que alguien le hiciese jamás.
"¿Dónde estás, Liève?" –susurró. En dicho momento, no quería que la niña se alejase de él. Durante bastante tiempo, estuvo prácticamente solo. Y no quería que la niña se fuese así, sín más. Tendría que rechazarla, era obvio, no obstante, si su respuesta dejaba a Liève sollozando, su corazón de piedra se partiría. Odiaba ver a Liève llorar. No le quedaba bien.
Sus cejas estaban fruncidas y los dientes, apretados fuertemente. Parecía un lobo, caminando semi encorvado, ensimismado en sus pensamientos. La gente que paseaba por allí no le tomó gran importancia a un jovencito guapo que caminaba a grandes zancadas. Lo único que les llamó la atención era por qué iba tan cargado, siendo que podría dejar sus cosas en guardarropía. Sí les llamó la atención pasar momentos antes a una niña rubia, con la cara roja, con ojos verdes centellantes y a punto de llorar. Una señora intentó detenerla para saber qué le había pasado, pero esta pasó de ella. Y todos ellos siguieron su curso. Alguien la estaría buscando.
Mientras, afuera, el manto blanco en los Jardines Botánicos permanecía impoluto, sin que nadie los recorriera.
Buscó a tientas papel higiénico para secar su rostro. Durante la noche anterior, titubeó acerca de su regalo. Por un momento, pensó que lo mejor sería entregarle a él solo la bufanda y no las flores. Sin embargo, al tenerlas allí, en su escritorio, perfumando su habitación y no la del muchacho, se decidió. Sacó una caja de cartón corrugado color celeste, largo, y cortó un rectángulo en el centro de uno de los lados, para después sellar el orificio con papel transparente. Decoró con esmero la caja, para luego introducir con cuidado los tulipanes. La envolvió con la bufanda, y finalmente, envolvió todo en papel de regalo, junto con una cinta llamativa.
Varias veces estuvo tentada de abrir el paquete y tirar las flores a la basura. Era la primera vez que hacía algo así y no sabía bien qué pensar al respecto. Se sentía avergonzada, feliz, nerviosa y expectante. Escondió el presente, no iría a pasar que su madre o la niñera la descubriesen con el regalo para Maarten, así que camufló el presente en el único lugar en el que ambas jamás buscarían: la cesta de Pim. Desde la muerte del conejito, su madre no insistió en desechar sus cosas. Y la niñera no se atrevería a buscar allí, a ella le asustaban los conejos, o lo que fue usado por uno.
Bajó la nostalgia por sus venas al ver la cesta. Pim fue su mejor compañero durante años, prácticamente único amigo de ella. Fue regalo de su abuelo paterno, cuando vivía en una pequeña villa al sur de Bélgica. Después del divorcio de sus padres, ella pasaba viviendo de ciudad en ciudad. Una mascota –dijo él- le daría estabilidad. Y tenía razón. Rara vez permaneció en un mismo lugar por más de dos temporadas. Mantenía poco contacto con sus amigos que hacía en cada lugar. Pero su madre, al mudarse a aquel departamento, le dijo que sería la última vez que se mudarían, porque quería dejar de vivir una vida itinerante. Eso, a Liève le gustó. Quizás por fin dejarían de usar carros de mudanzas, con plantas que se asomaban por las ventanas.
Sus ojos se humedecieron, aunque rememoraba a Pim con cariño. Fue su mejor amigo. Aún le dolía el que Pim ya no descansase en su canastilla, pero el consuelo de Maarten le dio un poco de paz.
Maarten fue su primera amistad en aquel lugar. Quién diría que se conociesen gracias a una Floristería. Cuando Liève se acordaba cuando le preguntó por primera vez a Maarten qué significaba cada flor, disfrutaba sacarlo de quicio. Eso fue un motivo para colarse como ayudante en la Floristería. Su madre solo sabía que conoció a un chico que le gustaban las flores como a ella. También, porque ella reconoció que ese chico estaba solo, como ella.
Nunca entendió a las chicas que perseguían a Maarten, qué le veían a eso de andar de novios. Siempre que leía cuentos de hadas, no entendía cómo Blanca Nieves se casó con un príncipe que acababa de despertarle del hechizo de la bruja, o la Bella Durmiente, que abrió sus ojos después de 100 años. "Yo no malgastaría mi tiempo durmiendo 100 años" –pensó.
Cuando Maarten la consoló por la muerte inesperada de Pim, fue cuando sintió esas "Mariposas en el estómago". Más bien, ahí se percató que le gustaba Maarten. No comprendía a la perfección eso de "me gusta esa persona", pero interpretó que así debía ser cuando se sentía solo quería estar tiempo con el chico, compartir con él, o sonrojarse con su presencia. Esas semanas donde tenía mucha pena, fueron muy difíciles para ella.
Y metió la pata magistralmente. ¿Qué le hizo pensar que Maarten aceptaría de buenas a primeras su declaración? Si Maarten rechazó a chicas de su edad, ¿qué le aseguraría que se quedaría con ella? Ella sintió que Maarten la rechazaría. Aunque eso no le dolía en demasía, porque aún no dimensionaba lo que en verdad significaba el "declararse", sí estaba preocupada que producto de eso, no se viese con el holandés nunca más. Y eso la llenaba de angustia.
Se miró al espejo. Su nariz y sus mejillas estaban rojas, y el cabello despeinado. Sacó de su bolso una peineta y se amarró el pelo en una coqueta coleta. Intentó sonreír, aunque a través de sus ojos se distinguía la tristeza. Suspiró. No podía salir al exterior sin su abrigo rosa, se congelaría. Y quedarse en el baño no era una opción. Nadie más la acompañaba en los retretes.
Espió de reojo mientras cruzaba la puerta. Las personas a su alrededor estaban concentradas en lo que hacían y ella aprovechó para escabullirse. No tenía ganas de socializar, a pesar de que ella era alguien extrovertida. Pensó algún lugar donde podría ir.
Salió corriendo cuando vio el semblante de Maarten. Su rictus era mortalmente serio, probablemente allí se percató de los sentimientos de ella. No prestó atención hacia dónde se dirigía, solo se preocupó de huir. Recordaba apenas subir una escalera y esquivar a una mujer. De ahí, entró al lavabo de mujeres. No obstante, carecía de un mapa. Quería relajarse antes de hablar con otros.
Caminaba viendo la blancura del paisaje a través de las ventanas. Era un espectáculo bellísimo; el páramo blanco. A pesar de su pésimo semblante, esa blancura abrumadora le sacó una agria sonrisa. Observaba atentamente si veía a una cabeza con la cabellera llena de vaselina. Entró a una sala, que en el centro poseía una mesa de roble, firme y de aspecto pesado y añoso. En ella, en un florero de cristal con decoración ostentosa, descansaban un ramo de caléndulas. Eso a Liève le llamó la atención. Las caléndulas eran flores muy sencillas y fáciles de mantener. En una habitación repleta de piezas de investigación y objetos costosos, era extraña que unas flores tan simples fueran escogidas como el centro de atención.
Maarten, en una ocasión, le contó los dos lados de las caléndulas. Por una parte, estas flores representaban la creatividad y fueron utilizadas para predecir el mal tiempo. Si el clima empeoraba, los pétalos de las caléndulas estaban cerrados. Estos, en cambio, estaban abiertos. También se les atribuían la capacidad de reestablecer la paz entre dos personas. Incluso Shakespeare las nombró en una de sus obras (1), siendo representada como una flor muy ligada a la energía del sol. Pero, la sencillez y vitalidad de las caléndulas también representaba melancolía e intranquilidad, siendo utilizada en varias celebraciones fúnebres (2).
Rodeó la mesa y ni prestó atención a las hojas secas que colgaban en las paredes. El anaranjado contrastaba con el lugar. A veces, no era necesario estar rodeado de tantos lujos. Las caléndulas soportaban toda clase de torturas para crecer. Estuvo tentada de llevarse una en el cabello, pero prefirió dejarlas así. No destruiría aquella magia.
La sala daba a otro pasadizo. "¿Otro más? ¿Hacia dónde me estaré dirigiendo?" Mientras caminaba, empezó a reunirse con más gente, lo que significaba que se encontraba cerca de una atracción principal. Percibió un aroma dulzón en el ambiente. "A pesar que me gustan los aromas dulces, este olor es demasiado profundo". No le desagradaba, pero el olor era muy concentrado. El resto de las personas parecía acostumbrado.
A la vuelta de la esquina, divisó la cafetería, de dónde provenía el olor dulzón. La cafetería se llamaba Poinsettia (3). Una gran puerta de cristal dividía la cafetería del resto del edificio, aunque no aislaba el olor que provenía de allí. Había poca gente, porque probablemente o les desagradaba el olor, o preferían recorrer el invernadero. Ella entró, se veía confortable.
Con razón nadie visitaba Poinsettia, era demasiado caro. Un té costaba bastante dinero, y qué decir de los cappuchinos o trozos de tartas orgánicas. Sí que ostentaba de una colección de tés de todo el mundo, junto con vajilla con motivos azules. Al final del lugar, divisó un salón de té, o debió de serlo en algún momento. Tenía las mejores vistas del Jardín Botánico y estaba vacío. Ella se dirigió allí y se acurrucó en un sillón de mimbre.
Pensó en todo lo que sucedió, otra vez. Se estaba ahogando en un vaso de agua. Se giró hacia la ventana, que daba al frente de ella. El aire acondicionado estaba encendido, a pesar de la temperatura. Sus piernas se aletargaron. Mantuvo por lo que más pudo sus ojos abiertos. El sueño le invadía por cada una de sus extremidades. Su cuerpo estaba en posición fetal y con sus manos creó una almohada improvisada para su cabo de un rato, se quedó dormida.
…
La niña despertó al rato porque le dio frío. Se sentó a duras penas en el sillón y bostezó, a la par mientras estiraba sus brazos como un gato. Aún con los ojos cerrados, se deshizo la coleta y dejó que las cortas hebras doradas cayesen sobre sus hombros. Enfocó la vista en el ventanal que le daba al frente y a los dos asientos que se encontraban al lado de ella. Uno estaba vacío, tal y como lo dejó. En el otro, estaba Maarten.
Liève pasó de él por un instante, sin percatarse de su presencia. Pasó poco rato para que su cerebro procesase aquella información. Casi pega un grito del susto, Maarten estaba tenso como un lobo, sin embargo, se contuvo. ¿Cómo Maarten la había encontrado?
Notas a pie de página
(1)Shakespeare alude a las caléndulas en su obra de 1611, "Un cuento de invierno".
(2)Según una antigua tradición mexicana, las caléndulas eran a menudo retratadas como la flor de los muertos y juega un rol importante en la festividad del Día de los Muertos. También se asocia a las caléndulas con la tristeza de María por la muerte de Jesús en la cruz.
(3)La Poinsettia, o también Flor de Pascua, es una flor nativa de Mesoamérica y fue considerada por los aztecas como una flor de especial pureza. Me gusta llamar a las cosas con nombres de flores.
