Hola!

Esta historia se encuentra enmarcada dentro del Reto Aniversario "Lo bueno viene a cuatro", del Foro La Noble y Ancestral Casa de los Black. Concretamente, el relativo a escribir una historia con las cuatro nobles verdades del budismo como hilo conector.

Un besote!


Dukkha Ariya Sacca


Muertos. Muertos.

El viento golpeaba con fuerza sus mejillas arrastrando consigo sus lágrimas. Las solapas de su sempiterna cazadora de cuero negro le golpeaban el costado con fuerza con cada ráfaga de aire. En algún punto por encima del oeste de Inglaterra, la enorme motocicleta surcaba el cielo ahogando con sus rugidos los sollozos de su dueño.

Muertos.

Era la única palabra, idea o concepto que habitaba la mente de Sirius Black. Estaban muertos y era por su culpa. Si él no hubiera convencido a James de darle una oportunidad a Peter. Si él no hubiera escuchado a aquellos que le instaban a darle más protagonismo a Peter. Si él no hubiera creído a Peter cuando le dijo que jamás les traicionaría. Pero lo había hecho. Y ahora ellos estaban muertos.

El dolor de la pérdida le atravesaba punzante, destrozaba sus órganos internos, rasgaba la médula haciéndole desear poder retorcerse, pero ni siquiera eso le concedía su pena.

Allí, suspendido entre nubes negras de tormenta, Sirius Black se planteó seriamente renunciar a todo, soltar los estribos y dejarse caer hasta que su cuerpo quedara destrozado contra el suelo, como el de ellos. Pero entonces pensó, se acordó de su madre, despreciándole y eliminándole de la familia como quien aplasta una mosca. No se lo pondré tan fácil, dijo, no me rendiré dándoles una víctima más a esa pandilla. No. Además, ¿qué sería de Harry ahora? Ni siquiera se había planteado que pudiera seguir vivo.

Con una férrea determinación dio media vuelta, descendió de nuevo hacia las ruinas de la casa de los horrores, su infierno personal. Tenía que comprobar qué había pasado con Harry, e iría a por el primer objetivo de su lista. Tenía que matar a la rata. Le aplastaría la cabeza una y otra vez hasta que sus ojillos abandonasen sus órbitas. Y le seguiría aplastando. Ninguna maldición imperdonable era digna de alguien que hubiese cometido semejante traición.

Cuando aparcó su moto delante de la casa de James y Lily, volvió a sentir una ráfaga de dolor atravesándole el cuerpo. Observó, sintiéndose impotente, el humo que sobresalía de las ruinas, el sonido lejano de algún tipo de sirena, posiblemente muggle. Un cochecito infantil abandonado en medio del jardín, rojo, como su pelo. Un escobero calcinado, con algunas ramitas a su alrededor. Su casa, su familia. Todo había sido destruido.

De repente, a su lado se materializó Hagrid. Era la primera persona conocida a la que veía, sin embargo, eso sólo le hizo recordar que aún tenía una misión. No podía permitir que esa rata siguiera traicionando a la orden y a los que más quería. Los que le quedaban, en todo caso.

Notó como Hagrid intentaba hablar con él, antes de entrar en la casa y emerger con un pequeño bulto lloroso en los brazos. La sirena. Bueno, al menos Harry estaba bien.

—Dumbledore me ha encargado que se lo lleve, está ahora con sus tíos. ¿Vas a venir?— La voz de Hagrid se quebraba en cada sílaba. Sus ojos relucían por las lágrimas, al igual que los del niño que tenía en brazos.

—No, llévatelo en mi moto. Ya no la necesito.

Y ante la mirada de un atónito Hagrid, Sirius se desapareció.

"Esta es, oh monjes, la noble verdad sobre el sufrimiento. El nacimiento es sufrimiento, la vejez es sufrimiento, la enfermedad es sufrimiento, la muerte es sufrimiento, convivir con lo indeseable es sufrimiento, separarse de lo deseable es sufrimiento, no obtener lo que se desea es sufrimiento. Todo conlleva sufrimiento, la existencia y sus partes son sufrimiento."