Serie: One life, one story.

Rating: M {violación y lenguaje soez}.

Disclaimer: Fujimaki Tadatoshi es el dueño de todo músculo de Kuroko no Basket.


Epílogo

—Le he dicho al supervisor que faltarás unos días al entrenamiento por motivos personales.

—Gracias.

—¿Estás seguro de que no quieres ir al hospital?

—Estoy bien.

—Ya veo.

Era una conversación trivial, vacía y sin un contacto visual con el que manifestar el más mínimo sentimentalismo. Después, un silencio tan pesado como las palabras no dichas.

Era la tarde del día siguiente, y de los acontecimientos sólo quedaban un par de cardenales y dos pre-adolescentes demasiado torpes para poder consolarse y ser sinceros mutuamente. Kise Ryouta había tomado la sabia decisión de guardar reposo unos días en la seguridad de su casa; aunque sólo fuese una excusa para esconderse y llorar en silencio. No por dolor o la inmediata pérdida de la dignidad, si no por una ayuda llegada de manos de quien menos quería tenerla en un momento como aquel. Era como si Haizaki le diese una bofetada final y aún le durase el escozor.

Aomine Daiki, por otro lado, no tenía palabras. No se consideraba bueno expresando sus sentimientos abiertamente; excepto el del rencor que le seguiría guardando a Haizaki aún después de haberle partido la cara, y el que estuviese allí, en su casa, frente a los pies de su cama era, por decirlo amargamente, como una obligación. Porque era el único que lo sabía, el único que lo había visto, y pesaba. Joder que si pesaba.

—Entonces me voy. Cuídate.

—Sí.

Era muy incómodo. Muy frustrante en muchos aspectos. No había de por medio una confianza lo suficientemente fuerte como para tener las palabras adecuadas para reconfortar. Y aunque alguno de las dos la tuviera, no parecía ser el momento indicado para decirlas.

Cuando Aomine le dio la espalda y giró el pomo de la puerta de la habitación, Kise reunió aquel pequeño valor y le llamó. Fue un instante, con aquel tono siseante que trataba de aparentar normalidad y desenfado. Ese deje suyo llenó al cuarto de una expectación que acabó volviéndose tensa pasado el minuto sin añadir algo más que su nombre.

Kise balbuceó, y Aomine terminó suspirando antes de interrumpirlo.

Mantén las distancias, Kise.

Cuando la puerta volvió a cerrarse, a Kise se le borró la sonrisa de protocolo. Le tembló hasta el punto de descomponerse, apretando la mandíbula y reteniendo aquel gemido angustioso que pugnaba por salir. Apretando las sábanas bajo el puño, no lo logró.

Aomine, inerte al otro lado de la puerta, decidió aplicarse lo dicho a partir de aquel mismo momento.