We Meet Again
By Tsuki No Hana
XV
"Miel, pura miel ¿O no?"
Sin abrir los ojos, soltó un hondo suspiro. Estaba consciente de que estaba por amanecer, pero no quería moverse ni un milímetro de allí, quería estar al lado de Sakura, tenerla entre sus brazos un poco más, quería… sentir su cuerpo tibio contra el suyo como tantas noches atrás. Esas noches en que ambos eran pura pasión y lujuria.
Una hermosa sonrisa adornó los labios del rubio, ésta incrementó al despabilarse un poco y ver que su amada hija dormía plácidamente entre los brazos del amor de su vida. Era una escena de verdad conmovedora, no pudo evitar que la nostalgia se apoderara de él. Sabía lo mucho que Ámber necesitaba de una madre, y afortunadamente había encontrado ese amor en Sakura, sólo suplicaba al cielo que todo siguiera viento en popa.
Era aún temprano, pero él tenía que levantarse para ir al trabajo. A pesar de que era sábado, el pobre debía ir al hospital, pues tenía un poco de trabajo acumulado. Soltó un pesado suspiro y se levantó con pereza de la cama, de verdad desearía quedarse allí todo el día, con sus dos grandes amores.
Se bañó y luego bajó a preparar el desayuno, después se arregló y preparó sus cosas para ir al hospital. Estaba a punto de salir de su recamara cuando…
—¿Ya te vas?
Esa voz modorra lo detuvo antes de salir. Sonrió con ternura acumulada al verla hecha taquito entre las sábanas, con Ámber acurrucada a su lado.
—Sí —caminó hacia la cama, puso ambas manos sobre el colchón y se inclinó hasta darle un dulce beso en los labios—. Tengo mucho trabajo pendiente —se incorporó y llegó a la puerta antes de que Sakura pudiera reaccionar, pues ese beso la había dejado totalmente atontada.
—P-pero es sábado —hizo un puchero, lo cual aumentó su grado de ternura, ya toda su cara estaba roja.
—Lo sé —suspiró—. Trataré de volver para el mediodía y saldremos a pasear los tres juntos ¿Qué te parece? —murmuró muy bajito, no quería despertar a la nena.
—¡Sí! —saltó de entre las sábanas. Los adultos se asustaron bastante.
—¿No se supone que estabas dormida? —caminó de nuevo hacia la cama y le pellizcó la nariz, no tan delicadamente.
—¡Ay, papá! —le pegó un manotazo a su querido padre para que dejara de pellizcarla.
Sakura se carcajeó.
—Me parece buena idea —dijo la castaña de pronto, los otros dos la miraron sin comprender—. Que salgamos los tres juntos. Además, tengo mucho de no salir —suspiró cansada—. Me volveré loca aquí encerrada.
—¿Segura? —el rubio alzó una ceja sugestivamente, con picardía.
—¡Fye! —exclamó totalmente abochornada. El aludido rio abiertamente.
—Bueno, me retiro o llegaré tarde —comenzó a caminar hacia la salida.
—¡Papi! ¿No me vas a dar un besito? Ya le diste uno a Sakura —se cruzó de brazos, haciendo un puchero poco común en una niña de su edad. El aludido entornó los ojos en dirección a su pequeña monstruilla, quien sonrió maliciosamente al ver el leve sonrojo en las mejillas de su padre y el exagerado rubor en las de Sakura.
El rubio caminó hacia su hija lentamente, se inclinó sobre ella y…
—¡No! ¡papá! ¡No! —exclamó entre carcajadas, pues el ojiazul le estaba dando un ataque de cosquillas muy poco delicadas. Pronto la castaña se les unió, pero terminó defendiendo a la pequeña.
—¡Qué tramposa! Haces que Sakura te defienda, no se vale dos contra uno —suspiró con una gran sonrisa—. Me rindo —miró la hora en su reloj y se apuró a salir de ahí, no sin antes darle un beso en la frente a las dos mujeres más importantes de su vida.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó la niña con un aire desanimado, sentada entre el revoltijo de sábanas.
—¿Preparar el desayuno? —inquirió con una sonrisa traviesa, Ámber se emocionó y asintió con alegría.
Momentos después ya se encontraban las dos en la cocina, intentando preparar algo decente para el desayuno. Sakura estaba parada ante la estufa, con una muleta bajo el brazo y la sartén en la otra mano. De vez en vez le pedía a Ámber que le acercara algún utensilio o ingrediente. Cualquiera que las viera pensaría que son madre e hija pasando un agradable rato juntas.
Agradable hasta que…
—¡Se está quemando! —exclamó Ámber con espanto.
Sakura hizo piruetas con el sartén y su muleta. A fin de cuentas logró lanzarlo al fregadero, donde abrió la llave en toda su capacidad para terminar con las llamas.
—¡Qué susto!
—¿No te quemaste?
—No, Ámber, estoy bien —suspiró llena de alivio después de tal susto.
—Creo que moriremos de hambre.
La castaña miró a la niña y no pudo evitar estallar en carcajadas.
—Concuerdo contigo —dejó de reír cuando su muleta resbaló un poco y la hizo perder el equilibrio.
—¡Sakura! —a pesar de ser muy pequeña, la niña logró equilibrar un poco a la castaña, pero ésta comenzó a sentir dolor en su pierna. Se debía en parte a todo el rato que llevaba de pie y también a ese pequeño trastabilleo que le costó el gran dolor de apoyarse en el piso con la pierna mala.
—Estoy bien —masculló entre dientes, no quería que se notara el inmenso dolor, estuvo a punto de soltar unas groserías, pero se abstuvo de hacerlo.
Con cuidado y lentitud Sakura fue llevada a la sala, Ámber la cuidaba en cada paso, preocupada.
—¿Te duele mucho?
—Tranquila, estoy bien.
—¿Le hablo a mi papá?
—Tranquila —soltó una muy leve risita, esto tranquilizó un poco a la rubia—. Sólo necesito reposar un rato.
El timbre de la residencia sonó de repente. Ámber deseó no abrir la puerta, no después de ver quién había llamado.
—Hola ¿Está tu padre en casa?
—No.
—¿Me dejas pasar?
—No.
—Mira, pequeña mocosa, yo… —silenció al ver que alguien aparecía detrás de la niña.
—Buenos días —saludó meramente por educación—. ¿Qué se te ofrece?
Ashley miró a Sakura de pies a cabeza, no pudo evitar alzar una ceja al notar sus fachas. No podía creer cómo Fye se había enamorado de una chica tan simplona y común. Pero hubo algo que la desconcertó un poco y esto hizo que su nivel de altanería disminuyera un par de rayitas: la ojiverde se apoyaba en una muleta mientras sostenía con su mano el muslo derecho, tenía una mueca de dolor, pero al parecer sabía muy bien cómo soportarlo.
—Buenos días, quisiera hablar con Fye y ¡Oh! —sus ojos se abrieron enormemente al ver cómo los orbes de la castaña se fueron cerrando despacio hasta que el conocimiento la abandonó por completo. Ámber no se enteró de nada, sino hasta que vio cómo Ashley entró a la casa de un solo salto y pasó de largo hasta sostener a Sakura entre sus brazos, evitando así su caída al suelo.
—¡Sakura! —Ámber se espantó mucho—. Sakura, despierta —siguió a Ashley hasta la sala, donde con algo de dificultad depositó a la castaña sobre el sillón más amplio.
—Al parecer sólo se desmayó —murmuró la pelirroja—. Tiene algo de fiebre —comprobó al tocarle el rostro.
—¡Le voy a hablar a mi papá! —salió corriendo en busca del teléfono, llamó al celular de Fye, pero nunca contestó.
—Ya, tranquilízate mocosa —murmuró Ashley—. Ella está bien —quiso creer en sus propias palabras.
—Pero… —silenció al ver la mirada severa que le dirigió—. Vete de aquí —frunció mucho el ceño. La aludida sólo suspiró dramáticamente. Pensó en hacerle caso y volver otro día, pero su conciencia no se lo permitiría. Se puso de pie y se adentró en la casa—. ¿A dónde vas? —frunció mucho el ceño mientras caminaba detrás de la modelo, sintió cómo iba dejando en el aire esa fragancia a perfume muy costoso, miró su forma tan elegante de caminar y los enormes tacones que usaba. Frunció más el ceño. No le gustaba esa mujer para su padre.
—Sólo no te entrometas, enana.
Sakura despertó luego de un rato. Había percibido el delicioso aroma a beicon con huevos fritos. Su estómago gruñó ferozmente al mismo tiempo que sus ojos se abrieron.
—Ya era hora de que despertaras.
La castaña se incorporó un poco y parpadeó confundida.
—¿Qué…
—Vaya desastre hicieron en la cocina, por poco queman las cortinas —dio un sorbo a su taza de té.
Sakura miró bien todo a su alrededor. Frente a ella, sobre la mesita de la sala tenía un desayuno con muy buena pinta, en el sillón de al lado estaba Ashley cómodamente desayunando y tomando té, mientras que en el sillón individual estaba Ámber, con apariencia seria y tímida, muy callada a su parecer.
Se incorporó un poco más hasta que sintió cómo algo húmedo y tibio caía en su regazo. Era un paño húmedo.
—Tenías fiebre. Será mejor que tomes esos medicamentos, Ámber me dijo que Fye te los recetó.
—Sí —asintió automáticamente, su mente aún no podía hacer conjeturas—. Ashley, no quiero ser grosera, pero…. ¿qué haces aquí?
La aludida se pasó la servilleta de tela por los labios con una elegancia envidiable, la miró directo a los ojos y le explicó todo lo que, al parecer, Sakura no recordaba.
—¿Y tú preparaste todo esto? —miró el suculento desayuno.
—Por supuesto, la enana hubiera sido incapaz de hacerlo —rio un poco, pero se detuvo al ver el ceño fruncido de Sakura ante el despectivo apodo de Ámber—. Fye no estaba y por el desastre en la cocina imaginé que no habían desayunado, anda, come que se enfría.
—Gracias —murmuró, sin saber muy bien cómo reaccionar ante todo esto.
—Será mejor que me vaya —se puso de pie y tomó su bolso, caminó en dirección a la puerta principal.
—Ashley —Sakura la detuvo—. Muchas gracias.
La aludida sólo la miró y asintió levemente, luego de eso se fue, caminando y contoneando las caderas.
Sakura suspiró y miró a Ámber, quien no decía palabra alguna y miraba su taza de té fijamente.
—¿Qué ocurre? —preguntó suavemente—. ¿Acaso te dijo algo malo?
La niña negó con la cabeza.
—Entonces… ¿Por qué estás tan triste? —se preocupó.
—Es sólo que me asusté un poco —respondió.
La castaña sonrió con ternura. Esa forma de hablar tan correcta la llenaba de ternura. Ámber parecía una muñeca sacada de un cuento de hadas, tan linda, pequeña y dulce.
—¿Puedes venir hacia mí?
La niña se puso de pie y obedeció, pero no se esperó recibir tal abrazo de parte de Sakura. No dudó en corresponderlo de inmediato.
—Discúlpame por asustarte, es sólo que no me he sentido bien estos días, pero es algo que se pasará —murmuró, aun abrazándola con ese infinito amor.
—Nunca te vas a ir ¿Verdad?
Esa pregunta dejó perpleja a Sakura. No sabía qué responderle, no sabía siquiera qué iba a ser de su vida de ahora en adelante.
—¿Te vas a quedar conmigo siempre? —sus ojitos llorosos la conmovieron hasta el alma.
La castaña sólo atinó a susurrar su nombre con remordimiento y a estrecharla aún con más fuerza.
No pudo responderle esa pregunta.
Luego de eso, Sakura descansó en su habitación el resto del día, los medicamentos para el dolor la hacían sentirse un poco dopada. Mientras tanto, Ámber permaneció a su lado en todo momento, incluso entrada la tarde, ambas mujeres se escabulleron al cuarto del rubio para ver una película. Esperaron a que llegara Fye del trabajo, pero ya pasaba de las diez de la noche y Fye ni sus luces. Sakura y Ámber ya se encontraban dormidas para cuando el rubio regresó a casa. Habían quedado en aprovechar el sábado e irse a pasear, pero Fye no contaba con que le esperaba demasiado trabajo en el hospital. Estaba agotado y lo único que quería hacer era llegar a casa y tumbarse en la cama junto a Sakura.
Ayer habían ocurrido tantas cosas, y tan rápido… que ni siquiera se dio el tiempo de asimilarlo bien, ahora que podía hacerlo, una enorme sonrisa se expandía por todo su rostro. Al fin, después de tantos años los dos estaban felices, y en cuanto a él… estaba nervioso ante todas las buenas posibilidades que brillaban ante sus ojos, su futuro le depara cosas increíbles, estaba seguro. Pero por lo pronto sólo le importaba que el destino le permitiera dormir esta noche acurrucado junto a Sakura.
Sonrió ante el pensamiento de ella entre sus brazos, de su dulce aroma inundando las sábanas y todo a su alrededor, de su delicada y suave piel rozando con la suya.
Sonrió como idiota y suspiró, pero poco le duró el encanto. Entró a su propia recámara y se encontró con las dos mujeres de su vida plácidamente dormidas sobre el colchón, acostadas de tal manera que abarcaban toda la cama queen size. Dejó caer los hombros en un gesto un poco desanimado. No iba a despertarlas para que le brindaran un pequeño espacio entre ese tumulto y revuelto de sábanas en el que se había convertido su cama. Contuvo una risilla y mejor se dirigió a la recámara de Sakura.
Sakura
Desperté súbitamente de mi pesadilla, por un momento pensé que todo había sido un sueño y que yo aún estaba internada en el hospital justo después de cortar mis muñecas.
Parpadeé un par de veces hasta ubicarme bien en tiempo y espacio. Eran las tres de la mañana, ya no tenía sueño y lo único que quisiera hacer es abrazarlo, pero lo busco en la cama y no lo encuentro. Se supone que ya debía de haber vuelto del hospital.
Me incorporé de un salto, ignorando un poco el dolor en mi pierna. Con cuidado acomodé mejor a Ámber en el colchón, tomé mi muleta y salí al pasillo en busca de señales de él, pero toda la casa estaba en penumbras.
¡Ya sé!
Si tuvo que quedarse en el hospital a pasar la noche, seguramente me mandó un mensaje de texto. Fui directo a mi habitación en busca del celular, pero enorme fue mi sorpresa al entrar y ver a alguien tumbado sobre mi colchón. Una sonrisa boba se formó en mis labios. Fye seguro estaba demasiado exhausto, pues ni siquiera se molestó en quitarse las ropas clínicas. Su rostro mostraba una expresión pacífica y tranquila, pero unas notables manchas azuladas adornaban la base de sus ojos. Seguro tuvo un día muy complicado.
Caminé en silencio hasta llegar a su lado. Y lo miré… era difícil detenerme, luchar con las ganas de estar a su lado, de tocarle, abrazarle, de acariciar su rostro, de recostarme sobre su pecho en las noches y sentir su respiración pausada después de hacer el amor… ¡Oh Dios! ¡Cómo extraño todo eso! Me apena admitirlo, pero de verdad echo de menos esas noches apasionadas que llenaban mi cuerpo de placer, sólo Fye había sido capaz de hacerme experimentar tanto amor y pasión al mismo tiempo. Y extraño tanto eso…
Suspiré pesadamente y eso fue suficiente para que el sueño de él se viera interrumpido. Lo noté al ver cómo sus párpados se abrían en medio de la oscuridad, mostrando esos orbes azules tan brillantes y relucientes.
—¿Sakura? —murmuró con voz pastosa.
Yo lo vi y me nacieron unas inmensas ganas de tumbarme en la cama junto a él, abrazarlo y nunca soltarlo. Y sólo estar así, abrazados el uno al otro, sin pensar en el tiempo ni en las circunstancias.
—Lo siento, no quise…
Se incorporó con algo de pereza de la cama hasta pararse frente a mí. Alargó sus labios en una sexy sonrisa ladina y en seguida me capturó entre sus brazos, yo reposé mi cabeza contra su pecho y fui feliz.
—Tenía ganas de verte —confesó. Su barbilla se apoyaba en mi cabeza. Yo me abandoné al abrazo, cerrando los ojos y aspirando con fuerza su perfume, estaba mezclado con el olor a desinfectante del hospital, pero continuaba teniendo el olor característico y embriagante de Fye, es que me mareaba y me hacía perder la cabeza.
—¿Día difícil en el hospital? —no sé cómo fue que logré articular palabra, así, apretada contra su fuerte pecho.
—Muchas emergencias —suspiró pesado—. Ni siquiera tuve tiempo de avisarles que llegaría tan tarde. Siento no haber cumplido con mi palabra, sé que aprovecharíamos el sábado para salir a pasear y…
—No hay problema —alcé mi rostro y le sonreí suavemente. La verdad nada más me importa cuando me encuentro entre sus brazos. Él me miró con una expresión algo culpable y luego me sonrió igual. En ese momento recordé la visita de Ashley, quizá debería decírselo, pero… no quiero arruinar este momento tan perfecto—. ¿Quieres volver a la cama?
—Sólo si es contigo.
Me sonrojé hasta las orejas, ya pesar de la oscuridad que nos rodeaba, él fue capaz de notarlo, su sonrisa victoriosa lo delataba. Comenzó a jalarme un poco hacia mi propia cama.
—Pero… Ámber está sola en tu habitación.
—No pasa nada malo —susurró y con cuidado dejó mi muleta en algún lugar para enseguida meterse a la cama junto conmigo. Ambos soltamos un suspiro muy pesado, lleno de satisfacción al tenernos tan cerca el uno del otro—. Acércate más —murmuró muy quedito, con voz modorra y luego añadió—. Me encanta tu aroma, no ha cambiado en estos diez años…
—Pero no uso ningún perfume.
—Es tu aroma natural lo que me encanta, como tu cama, huele tanto a ti —aspiró con fuerza y soltó un suspiro satisfecho. Yo me sonrojé mucho y al mismo tiempo tuve que contener una risilla. Fye estaba muy adormilado y al parecer no sabía bien lo que decía. No lo contradije en nada y simplemente me acurruqué más hacia él, buscando su calor, su aroma, el latir tan suave de su corazón que me ayudaba a conciliar el sueño.
A la mañana siguiente tuve que levantarme para ir al baño, pero Fye estaba tan agotado que ni cuenta se dio. Decidí ducharme y bajar a hacer el desayuno (O al menos intentarlo) ya que Fye siempre se molestaba en hacerlo para nosotras, de hecho… siempre hace cosas por mí y no he tenido la oportunidad de regresarle aunque fuera un poco de todo lo que me da. Mientras sacaba los ingredientes necesarios para el desayuno, no pude evitar ponerme a pensar en Ashley ¿Qué habría querido al venir ayer? Buscaba a Fye, pero… ¿Qué querría de él?
—Huele delicioso.
Pegué un brinco del susto.
—¡Lo siento! —se asustó un poco al verme tan espantada—. No quise espantarte, es sólo que huele suculento —se relamió los labios al ver la sartén—. ¿Les gustaron los pancakes que les hice ayer?
—¿Pancakes?
—Sí, les dejé una nota en la repisa.
—¿Nota? —alcé una ceja.
—No me digas que no los probaron.
Yo me encogí de hombros. Él caminó hasta el horno y abrió la puerta, dejando ver una bandeja repleta de pancakes de distintos sabores.
—¡Oh! Lo siento tanto Fye, en verdad Ámber y yo no nos enteramos de nada.
—No te preocupes —le restó importancia mientras sacaba la bandeja del horno y los dejaba sobre la repisa—. ¡Oh por Dios! —exclamó al ver las cortinas quemadas—. ¿Qué pasó aquí ayer?
—¡Ah! Eso… am… bueno, Ámber y yo tratábamos de preparar el desayuno y…
—Pero no se quemaron ¿Verdad? —me preguntó con sus ojos bien abiertos, asustado.
—Oh no, no nos pasó nada.
—¿Y qué comieron entonces?
—Ashley llegó y nos preparó el desayuno —tuve que decírselo. Su expresión se desencajó de tal forma que no supe si tenía un tic en el ojo o si era mi imaginación.
A fin de cuentas tuve que contarle todo lo que había pasado, mientras, él hacía el desayuno y yo descansaba en el taburete a lado de la isla en medio de la cocina. A veces fruncía el ceño, en otras ocasiones suspiraba y al último sólo se quedó en silencio.
—¿Qué crees que quería hablar contigo? —traté de sonar un poco indiferente al respecto, pero mi tono delató mis crecientes celos.
—No lo sé —respondió luego de un rato. Noté que no tenía muchas ganas de hablar sobre ello—. Si vuelve a venir avísenme cuanto antes.
—¿Hay algo que deba saber?
Se giró desde la estufa y me miró con una sonrisa divertida.
—Sé que estás celosa, pero no tienes nada de qué preocuparte. Es sólo que no me gusta que venga a molestarlas. Y si dice que tiene algo importante que hablar conmigo, será mejor que lo solucionemos cuanto antes.
—No estoy celosa —me crucé de brazos.
—Perfecto —se burló un poco—. Ya que no tienes por qué estarlo.
No sé en qué momento ya estaba ante mí, sosteniendo mi rostro entre sus manos mientras respiraba el mismo aire que yo, de un momento a otro sus labios estaban sobre los míos en un beso cargado de emociones.
—¡Papi! ¿Hace mucho frío en aquel lugar? ¿Qué más tengo que echar en mi mochila para el viaje? —las voz revoloteadora de Ámber se escuchó muy cerca y en seguida escuchamos el rechinido de la puerta de la cocina. Nos separamos sólo un poco y miramos en aquella dirección. El tono carmesí adornó el rostro de Fye y el mío.
—Lo siento —también se sonrojó y salió de inmediato de la cocina.
—Creo que debería hablar con ella —sostuvo mis mejillas con cariño y me besó en la frente.
—Iré contigo —me puse de pie y él me extendió una mano con caballerosidad.
Fuimos a la sala, donde la pequeña estaba sentada, jugando con su celular mientras una enorme mochila reposaba a su lado.
—Cariño —Fye se sentó a su derecha y yo a su izquierda.
—¿Ya está listo el desayuno? —preguntó con naturalidad y una linda sonrisa.
—Sí, pero lo que queremos decirte no es sobre eso —agregué con algo de nerviosismo.
—Lo que viste ayer en la mañana y ahora hace unos momentos… —inició Fye, pero no supo bien cómo continuar.
—¿Te refieres a los besos?
—Eh… sí —se sonrojó levemente, seguramente mi rostro estaría igual—. Quizá estés confundida, pues te había dicho que Sakura y yo sólo éramos amigos, y como has de saber, los amigos no se besan de esa manera.
—Lo sé —sonrió—. Pero no estoy confundida. Sakura y tú volvieron a ser novios ¿Verdad? —le brillaron los ojos al decir aquello. Fye me miró y una sonrisa muy similar a la de Ámber se formó en sus labios.
—Sí, Sakura y yo somos novios ahora.
¡Boom, boom, boom!
Mi corazón dio vuelcos de felicidad.
—¡Sí! —brincó con tanta emoción que no pude evitar conmoverme. De un momento a otro ella estaba abrazándome tan fuerte como podía—. ¡Qué bueno! Qué bueno —repitió, llena de emoción y sentimientos.
Segundos después sentí otros brazos alrededor de mí además de los de Ámber. Los tres estábamos juntos en un abrazo muy conmovedor.
—¿Te hace feliz esa noticia, cariño? —preguntó con algo de miedo a su hija.
—¡Muy feliz! —ahora lo abrazó a él, quien me lanzó una mirada cargada de emociones. Los observé con ternura hasta que ciertas palabras retumbaron en mi mente: "Viaje, ropa, mochila" ¿De qué me había perdido?
—Fye ¿A qué viaje se refiere Ámber?
—Oh… olvidé decírtelo anoche —una sonrisa genuina adornó sus labios—. Hice reservación en un pequeño hotel de un lindo pueblo. Habíamos quedado en pasear todo el día de ayer, pero debido a mi trabajo no pudimos hacerlo, así que se me ocurrió esta idea, además, mañana es un día feriado, no hay escuela ni trabajo.
Ahora entendía por qué incluso Ámber estaba levantada y lista para salir a pesar de ser las siete de la mañana.
—Pero… —los nervios me atacaron—. Un viaje así… —me revolví las manos en un gesto nervioso.
—Sé que no has salido desde hace mucho y temes que pueda ocurrir algo con tu lesión. Pero no tienes por qué preocuparte —me guiñó un ojo—. Llevas contigo a un buen médico que estará a tu servicio las veinticuatro horas del día.
—Y es un lugar muy bonito ¡Mira! —Ámber me enseñó una postal con un hermoso lugar.
—"Bibury" que bonito lugar —me asombré.
—Será mejor que desayunemos ya para poder llegar antes del mediodía, nos espera un largo camino.
—¡Sí! —brincó del sillón, directo a la cocina, de donde salió momentos después con platos, cubiertos, vasos, etc.
—¿Cómo está tu pierna hoy? ¿Podrás resistir unas cuantas horas de viaje en auto? —me preguntó con una tierna preocupación.
—Estoy excelente.
La mesa ya estaba puesta y el desayuno caliente se enfriaba poco a poco, sólo faltaba Fye para que comenzáramos. Me puse de pie y fui a buscarlo a la cocina. Estaba sacando unos frascos de píldoras de un cajón, sacó un par de cada recipiente hasta formar un pequeño puñado y lo tragó todo junto con un poco de agua, ajeno a mi presencia allí.
—¿Estás bien? —mi voz salió más alta y temblorosa de lo que me esperé. Él pareció no haberse dado cuenta de mi presencia, así que casi se atragantó cuando lo llamé.
—S-sí —tosió, tuvo que darle otro trago al vaso con agua.
—¿Qué es todo eso? —me acerqué torpemente al cajón, donde guardaba esos medicamentos. Él lo cerró de inmediato.
—No es nada importante —sonrió levemente—. En serio —insistió al no verme tan convencida.
—¿Estás enfermo? —una extraña preocupación fue creciendo en mi pecho.
—Estoy bien mi amor, no tienes nada de qué preocuparte —besó mis labios brevemente y nos dirigimos al comedor. De esta manera zanjó el tema y no volvió a tocarlo.
Desayunamos, y luego de arreglarnos un poco, salimos de casa. Me había tardado un poco en arreglar mi apariencia, después del accidente me había descuidado un poco. Mi sesión de belleza se limitaba a agua, jabón, peinar un poco mi corto cabello y ponerme la ropa deportiva más cómoda que encontraba entre mis cosas. Ahora que lo pienso… no me veo ni una cuarta parte bien de lo que me veía hace años. Definitivamente me había descuidado y ahora entiendo por qué Ashley me miraba tan despectivamente, seguro no podía creer cómo alguien como Fye se atrevía a mirar a alguien tan simplona como yo. No dejé que esto me desanimara, así que decidí arreglarme aunque fuera un poquito este día, era un día especial, pues en varios meses esta sería mi primera salida (Además de haber acompañado a Ámber a su escuela el primer día). Aún hacía frío, así que mi ropa no variaba mucho de un cómodo y holgado suéter de lana que Ashura-san me había regalado en navidad y un pantalón deportivo lo suficientemente amplio como para que mi pierna llena de vendajes cupiera en él. Suspiré con algo de resignación al no ver gran cambio en mi apariencia.
—Te ves hermosa —me susurró Fye al oído mientras enrollaba algo cálido y suave en mi cuello y luego me extendió un felpudo gorro de lana—. Está por comenzar la primavera, pero allá el clima es mucho más frío que aquí —mis mejillas se colorearon y a lo lejos escuché la risilla de Ámber, a quien por cierto no se le escapaba ninguna oportunidad para vernos a ambos con esos ojitos y sonrisas traviesas. Eso me recordaba tanto a Yuui, quien siempre se percató del amor entre su hermano y yo.
Ámber y Fye subían el poco equipaje que llevábamos, no era mucho, pues sólo pasaríamos una noche allí, aunque… no puedo negar que estoy algo nerviosa. Hace unos días Fye y yo no nos llevábamos tan bien y hoy… hoy le dice a Ámber que somos novios, nos besamos, dormimos juntos (Nada de sexo, sólo dormimos) y ahora hacemos un viaje en familia.
Una triste nostalgia oprime mi pecho al ver la escena a mi alrededor y pensar que esta podría haber sido mi vida desde hace mucho tiempo si Fye y yo no nos hubiéramos distanciado, no sé, quizá ya tendríamos varios hijos y yo no estaría esta silla de ruedas, sí, Fye insistió en que la usara mientras estuviéramos fuera de casa. Al parecer resultó algo paranoico con mi lesión.
Mientras ellos guardaban todo en el auto, nuestros queridos amigos hicieron acto de aparición. Kurogane y Tomoyo vinieron a darnos la gran noticia de que en unos días Harry estaría ya viviendo con ellos. Eso nos hizo muy felices a todos y no se diga de Ámber, la pequeña brincó de felicidad.
Nuestros amigos se asombraron mucho al ver que nos iríamos de viaje un par de días, Kurogane miró ceñudo a Fye y Tomoyo me miró con picardía, a lo que yo le respondí con una enorme sonrisa. Esto la desarmó y de inmediato fue hacia mí.
—¿Qué ocurrió entre ustedes? —murmuró en voz baja mientras Kurogane le hacía advertencias a Fye sobre mi pierna y varios cuidados especiales y muchos términos médico que yo simplemente no entendí.
—Muchas cosas buenas —suspiré—. Tengo tanto que contarte —tomé sus manos entre las mías—. Pero lo que sí puedo decirte ahora es que soy muy, muy feliz. Fye y yo nos sinceramos por fin.
—¿¡Le contaste todo?! —se asombró y yo asentí, mirando de reojo a ambos hombres enfrascados en su conversación.
—Bueno, casi todo —corregí—. Sabe lo de mis cicatrices, lo que intenté hacer, sabe sobre Shaoran…
—¿Y sobre él? —me miró con asombro, yo negué rápidamente con la cabeza—. Oh Sakura… deberías hacerlo.
—No puedo —un nudo se formó en mi garganta.
—Ya es hora de irnos —anunció Fye, a unos metros de nosotras, ante un Kurogane sonriente. Era extraño, hace unos momentos se veía malhumorado con la idea de nuestro viaje, pero ahora nos miraba a los tres con una expresión diferente, demasiado feliz para alguien como él.
—Cuídense mucho —me abrazó con fuerza—. Y diviértanse —me guiñó un ojo—. Quién sabe, quizá te pida que seas su novia de nuevo —le brillaron los ojos como un par de estrellas. Yo resistí unos segundos, hasta que no pude más y lo solté.
—Ya lo somos —fue suficiente para que soltara un gritillo emocionado.
Durante el trayecto, el clima se fue haciendo más frío conforme avanzábamos, pero la conversación en el auto era cada vez más amena y divertida. Ámber contaba chistes muy malos, tan malos que daban risa. Fye contaba viejas anécdotas para impresionar a su pequeña hija y yo me limitaba a escucharlos y hacer uno que otro comentario. La verdad es que no necesitaba formar parte de la conversación para sentirme inmensamente feliz, me gustaba ver a mi alrededor, sentir la felicidad de las personas que amo, esa es mi definición de "Felicidad"
—¿Y cómo conoces ese pueblo? —me animé a preguntar. Pude ver cómo su mirada se inundaba en la nostalgia y su suave sonrisa formaba un hoyuelo del lado izquierdo.
—Solía ir allí con Yuui y mis padres hace muchos años —sonrió con una triste nostalgia—. Es un lugar lleno de hermosos paisajes, el pueblo es muy pintoresco y de hecho lo usan para fotografías de las postales más famosas de Inglaterra. El clima es algo frío, pero el interior de las casas es muy acogedor, además, el pueblo está lleno de tiendas interesantes. Sé que les gustará —miró a Ámber y ésta no pareció encontrarle mucha emoción a ese lugar, pero al parecer no le importó y asintió con mucha energía, por un momento me sentí algo culpable, hace días ella había sugerido visitar el zoológico, o ir a un parque de diversiones, pero Fye se negó, haciendo alusión a mi lesión—. También hay muchos parque con juegos y podremos hacer un viaje en lancha en el lago central.
Esto último animó demasiado a la pequeña.
Después de dos horas de camino, llegamos a ese hermosísimo pueblo. Nunca en mi vida imaginé ver tantas colinas repletas de un césped tan verde y brillante, ni un canal tan largo que no podía ver su final desde donde me encontraba, el agua pasaba rápidamente por ese angosto canal de no más de tres metros, pero causaba un relajante sonido de agua chocando con algunas rocas en el camino. Fye bajó un poco las ventanas para que pudiéramos escucharlo y también para poder percibir mejor el aroma al césped y a brisa fresca. Cuando nos adentramos un poco más en el pueblo, pude ver que todas las casas (sin excepción) tenían ese estilo antiguo, todas con techo de dos aguas, paredes de ladrillos claros y grandes ventanas; a ninguna casa le faltaba la gran chimenea ni las tejas oscuras y pequeñas, la gran mayoría tenía plantas y enredaderas, sin contar el pequeño musgo verde que crecía en los techos.
—La primavera apenas está por comenzar, así que los campos aún no tienen flores, pero… en serio, tenemos que volver en un par de meses para que vean todas esas colinas llenas de flores de cientos de colores.
—Es bellísimo —me emocioné.
Nos adentramos más en el pueblo, en la radio se escuchaban estaciones distintas a las de Londres y justo ahora pasaban una linda canción romántica, peor fue interrumpida por un murmullo de Fye.
—Maldición —dijo muy bajito.
—¿Qué ocurre?
Al parecer no se percató que lo dijo en voz alta.
—Olvidé unas cosas, pero… —giró en una esquina—… creo que puedo conseguirlas aquí —estacionó el auto frente a una farmacia pequeña y se bajó de inmediato. Poco después regresó con las manos vacías, al parecer no encontró lo que buscaba y eso parecía ponerlo un poco de mal humor, lo cual se le pasó al instante en que aparcamos el auto en una linda casita, no muy diferente a las demás, pero no por eso menos hermosa. Fye se bajó del auto y volvió minutos después con unas llaves en mano.
—¿No vamos a entrar al hotel? —pregunté, confundida.
—Estamos cerca de él.
—¿Cómo?
Él señaló las llaves en su mano.
—Son de la casa que rentamos —sonrió ampliamente—. Les va a encantar.
—Espera ¿Casa? —me asombré—. Fye, pero… ¿Que eso no es muy caro?
—Tú no te preocupes por eso —rio—. Sólo disfruta —me guiñó un ojo. Me sentía un poco incómoda por no aportar ni un quinto para este viaje, pero es que él simplemente no me lo permitió.
Seguimos andando por el pueblo, pasamos por más campos extensos y cubiertos de césped, rodeamos un modesto cementerio y llegamos a nuestro destino, una hermosa casa de dos pisos, no muy diferente a las que vi en la entrada del pueblo, pero a diferencia de las otras, ésta tenía una pequeña cochera donde podíamos dejar el auto.
—Hemos llegado —apagó el auto y bajó de él, seguido por una emocionada Ámber, quien se apresuró a abrirme la puerta mientras Fye bajaba la silla de ruedas de la cajuela.
Miré alrededor, había muchos árboles por doquier, aunque éstos aún estaban sin hojas, no eran más que enormes ramas muy extensas.
—Creo que puedo usar las muletas —miré suplicantemente a Fye, pero él se mantuvo firme con respecto a la silla—. Está bien… —suspiré.
—Es por tu bien, mi amor —me besó en la frente y mis mejillas ardieron. Por Dios, tengo treinta años, debo dejar de sonrojarme por cosas tan simples como esas, pero volví a hacerlo cuando escuché la risilla cantarina de Ámber.
Momentos después ya teníamos todo desempacado y acomodado en su lugar. Ámber eligió la habitación con vista a las colinas, mientras que Fye quiso la que tenía ventanas grandes hacia el lago y yo…
—Creo que… dormiré con Ámber —dije al ver que sólo había dos habitaciones.
—¿Qué? ¿Por qué? —hizo un tierno puchero, sus ojos azules brillaron más de lo normal, parecía un niño crecido y tuve que hacer un esfuerzo olímpico para resistir ante su encanto.
—Yo pensé que tendría mi propia habitación —Ámber entró a la conversación, cruzada de brazos y haciendo un mohín.
—Oh, bueno… —me rasqué la nuca—. Entonces creo que dormiré en la sala.
—Los sillones no se convierten en cama, sería muy incómodo.
—Mi papá tiene razón. Mejor duerme en su cuarto —sugirió con una angelical sonrisa. Yo entrecerré los ojos, sospechando que ellos tramaban algo.
—De acuerdo, si no te molesta, Ámber, dormiré en su habitación.
—¿Por qué me molestaría? —inquirió con verdadera inocencia—. Eres la novia de mi papá.
—Pero vi que tú no querías mucho a Ashley cuando era novia de tu padre.
—¡A ella nunca la quise! —puso ambas manos en sus caderas—. Pero a ti sí —sonrió ampliamente—. ¿Entonces sí dormirás con mi papá?
—Supongo que sí —me rasqué una mejilla, nerviosa, luego miré hacia atrás y pude ver cómo Fye le alzaba ambos pulgares a su hija, yo entrecerré los ojos aún más al ver cómo "disimuladamente" padre e hija chocaban los cinco. Ambos notaron mi mirada.
—Yo… ¡iré a ver el jardín trasero! —y salió corriendo de allí.
—Eres un tramposo —me crucé de brazos.
—¿En serio no quieres dormir conmigo? —de nuevo el tierno puchero.
—Y-yo —mi respiración se entrecortó al tener su rostro a tal sólo cinco centímetros del mío.
—No quiero forzarte a nada, sólo quería que vieras cómo Ámber aprueba nuestra relación —se me separó un poco—. Ella en verdad te ama —miró hacia las escaleras, por donde se había ido y una sonrisa sincera se expandió en su rostro—. Puedes dormir en esta habitación —señaló la que supuestamente era la suya.
—No, espera. ¿Dónde dormirás tú?
—En la…
—¡Y no me digas que en la sala! —lo apunté acusadoramente con el dedo.
—¡Bien! Entonces dormiremos juntos —me guiñó un ojo y no me dio tiempo para refutar la idea, pues ya me llevaba escaleras abajo.
Después de comer dedicamos el día entero a turistear por todo el pueblo, no era muy grande, así que lo recorrimos casi por completo. Fuimos al parque donde se encontraba el lago, ahí alimentamos a los peces y patos que andaban alrededor, rentamos una lancha en donde Fye y Ámber pedaleaban mientras yo descansaba cómodamente en la parte de atrás y me reía al ver que Fye se cansaba antes que Ámber.
—Creo que alguien ha perdido su condición —me burlé un poco.
—Si vieras lo… cansado que es… esto… —siguió pedaleando con esfuerzo.
Debía darle algo de crédito, pues en realidad Ámber no ayudaba mucho, aún era muy pequeña, así que el pobre cargaba el peso de ambas.
El paseo fue muy divertido, pero lo mejor de todo fue cuando estaba por anochecer. Salimos del parque y Ámber insistió en empujar mi silla de ruedas un rato. Fye accedió, pero con la condición de que se fijara bien por dónde iba, pues había muchos charcos de lodo debido a la intensa lluvia que había azotado al pueblo un día antes. Así Fye pudo caminar a mi lado y al fin tuve la oportunidad de verlo atentamente. A decir verdad se veía muy apuesto sin importar lo que vistiera; andaba en vaqueros con unas botas buenas contra el frío, un suéter ligero con una chamarra delgada encima, acompañado de una suave bufanda roja. Cuando vi esta última prenda, me di cuenta de algo: estaba hecha del mismo material que el gorro rojo que me había dado antes de salir de casa, hacían juego y eso simplemente me causó un poco de gracia, estábamos combinados, también Ámber, pues ella traía un par de guantes rojos del mismo material.
—¡Mira, una estrella fugaz! —apuntó hacia el cielo.
—¿Dónde? —inquirió Fye, mirando hacia donde apuntaba su hija.
¡SPLASH!
—¡Papi! —corrió a su lado y yo casi me levanto de la silla sin importar mi pierna—. ¿¡Papi, estás bien?!
El rubio soltó una carcajada al hallarse en medio de un enorme charco de lodo, toda su ropa estaba repleta de un pegajoso fango marrón. Siguió riendo, aunque la final soltó un leve quejido. El resbalón que se dio fue de verdad sorprendente, incluso unos transeúntes se acercaron a ayudar y a ver si se encontraba bien.
—Oh, muchas gracias. ¡Ay, ay, ay! —se quejó de verdad al tomar la mano de un desconocido, quién lo ayudó a levantarse, pero su espalda lo estaba matando.
—¿Se encuentra bien? —preguntó el hombre con preocupación.
—Sí —respiró con dificultad—. Sólo me golpeé un poco la espalda al caer.
—Tengan más cuidado, estamos en temporada de lluvias, así que todas las calles están repletas de charcos como este. En la noche son más difíciles de distinguir —miró a Fye—. ¿Seguro que se encuentra bien? ¿No quiere que lo llevemos a un hospital?
—Oh no, no es necesario —se enderezó y dejó de agarrarse la espalda baja, esa mueca de dolor disfrazado no abandonaba su rostro—. Muchas gracias por la ayuda. Tendré más cuidado ahora.
—Puedo notar que no son de aquí —nos miró y sonrió amablemente—. ¿No desean que los lleve a su hotel? Tengo mi auto a una calle.
—Gracias —Fye le sonrió—. Pero estamos a un par de calles de la casa.
—Oh, ya veo. Bueno, entonces que tengan una buena noche —se despidió con mucha amabilidad.
Cuando se retiró, Fye caminó cojeando hacia mí, con una Ámber preocupada a su lado, la pequeña le agarraba del brazo, tratando de ayudarlo.
—¿De verdad te encuentras bien? —le pregunté y el asintió con una sonrisa forzada.
Quise decirle que lo conocía mejor que nadie, que estaba segura de que ese golpe lo estaba matando de dolor, pero me contuve, no quise asustar a Ámber.
—Al parecer la edad ya me está afectando —gruñó un poco, poniéndose detrás de mí para empujar mi silla, insistí en yo misma empujarla, pero refutó la idea, diciéndome que me llenaría las manos de lodo, tampoco dejó que Ámber lo hiciera, en cierto modo creo que mi silla le servía de apoyo.
—Ni digas nada, porque soy menor que tú sólo unos meses.
Los tres reímos y pronto llegamos a la casa. No habíamos llevado el auto porque en realidad el parque estaba muy cerca.
Fye fue a bañarse para quitarse todo el fango de encima, mientras tanto Ámber y yo buscábamos qué tipo de comida ordenar. El pueblo podría ser pequeño, pero contaba con restaurantes con todo tipo de comida.
—Escoge lo que quieras que hoy yo invito la cena —le guiñé un ojo a Ámber, quien se emocionó y comenzó a buscar en el directorio de restaurantes.
Luego de media hora llegó nuestra cena. La comida italiana había ganado por mayoría de votos (Estaba segura que Fye también querría eso) y esperamos un poco a que él bajara para poder cenar. Comencé a preocuparme cuando ya habían pasado quince minutos de que la cena llegó. Algo me decía que no se encontraba bien del todo.
—Ámber, cariño ¿Podrías ir arriba a ver cómo está tu padre?
—Sí.
Escuché cómo sus pasos se perdían escaleras arriba, luego escuche el rechinido de una puerta y en seguida unos leves murmullos que no alcancé a entender.
—Está tomando un baño, dice que comencemos a cenar sin él —me dijo Ámber luego de regresar. La noté un poco preocupada—. ¿Crees que le duela mucho?
Tardé un poco en responder, pues no podía dejar de maldecir mentalmente mi discapacidad, si no fuera por esta silla, yo ya estaría arriba viendo cómo ayudarlo.
—No te preocupes cariño. Nosotros los adultos tardamos más en reponernos de una caída así, pero se le pasará pronto, sólo deja que se relaje un rato —le sonreí, tratando de creer en mis propias palabras.
Luego de cenar nos fuimos a la sala y encendimos la televisión para ver una película. Había comenzado a llover a cántaros afuera y el clima se había vuelto un poco más frío.
Estaba a punto de pedirle a Ámber que me trajera mis muletas para poder subir y ver cómo estaba Fye. Ni siquiera había podido terminar de cenar y ni se diga de la película, ya iba por la mitad y no tenía ni la más mínima idea de lo que trataba. A decir verdad me sentía desesperada pro saber cómo estaba y esta maldita silla me imposibilitaba en todos los sentidos.
—Ámber ¿Podrías…
—¿Qué película ven?
—¡Papi! ¿Cómo te sientes? —brincó del sillón hasta abrazarlo con fuerza.
—B-bien.
Pude ver cómo ese abrazo había sido una tortura para él. Lo miré bien y pude ver cómo de su cabello húmedo y despeinado aún caían gotas de agua, también fui testigo de su profunda expresión de dolor.
—¿Tienes hambre? Te calentaré la comida.
—Gracias, cariño —le sonrió.
Vi cómo se contuvo de inclinarse y darle un beso en la frente. Su espalda seguía doliendo, estaba segura.
—Deberías sentarte un rato —le señalé el cómodo sillón con cojines de colores—. ¿Seguro que estás bien? —pregunté con cautela.
—Sí —sonrió y se dirigió a la chimenea, prendiéndola con mucha facilidad.
—Que agradable —murmuré al sentir el reconfortante calor inundando todo el lugar.
En seguida se sentó con dificultad en el sillón más amplio, justo a mi lado. Momentos después llegó Ámber con la cena de su padre, quien cenó y se burló de la ridícula comedia romántica que estábamos viendo.
—¿Qué les parece si… ponemos una película de terror?
—¡Sí!
—Oh no…
Fueron las respuestas de Ámber y mía.
—Oh vamos, no me dirás que te siguen asustando las historias de fantasmas —me retó—. Ni siquiera Ámber tiene miedo ¿Ves? —señaló a una niña sonriente.
Y así fue como terminamos viendo una película de verdad horripilante. Lo que más me impresionó fue ver que en medio del clímax de la película, Ámber cayó rendida en el regazo de su padre, quien la cubrió con una suave frazada y siguió viendo la película sin ningún problema.
Yo me estremecía con cada escena donde algo hacía que las cosas se moviesen de su lugar, o cuando se abrían y cerraban las puertas de la casa, ¡Eso era horripilante! Hice nota mental de nunca más volver a ver "Actividad paranormal 2" o cualquiera de sus secuelas.
Recién había saltado del susto con una escena, cuando sentí de pronto cómo un cálido brazo se enrollaba alrededor de mí, atrayéndome dentro de un cálido abrazo. Yo no me molesté ni siquiera en alzar la mirada, sabía que Fye puso esa película aun sabiendo el miedo que me daba, lo hizo con toda la intención.
—No necesitabas poner esa fea película para que te abrazara.
—Lo sé, sólo quería molestarte un poco —rio entre dientes.
—Eres cruel —me quejé, aunque sonó más bien como un suspiro cansado.
La película estaba por terminar cuando comencé a perder la noción del tiempo y espacio a mi alrededor, me estaba quedando dormida y, estoy segura, mis ojos se cerraron y no supe más de mí hasta que escuché el característico "tap, tap, tap" de cuando escribes un mensaje sobre una pantalla táctil.
Abrí lentamente mis ojos hasta toparme con los ágiles dedos de Fye mandando un mensaje desde su teléfono. Su brazo aún me rodeaba cálidamente, pero eso no le impedía escribir bien con una sola mano. Enfoqué mejor mis ojos y noté que era un mensaje dirigido a su padre, en él iban adjuntas algunas fotos que nos tomamos el día de hoy en el parque. No alcancé a ver bien lo que decía el mensaje, pero sí que era muy largo y Fye no se detenía, seguía escribiendo hasta que finalmente le dio "Enviar"
—Quiero ver esas fotos —murmure con voz pastosa y adormilada.
—¡Hey! ¿Desde cuando estás despierta? —me pellizcó la nariz.
—Recién desperté —me incorporé un poco. No quería hacerlo, pero tuve que deshacer el abrazo para poder estirar un poco mis músculos—. ¿Hace mucho que se terminó la película? —inquirí con curiosidad al ver la pantalla apagada.
—No mucho —se encogió de hombros y miró a su pequeña hija con fascinación. De pronto su mirada se volvió un poco fúnebre, acompañada por un leve suspiro—. Sakura ¿Crees que Ámber sea realmente feliz?
Esa pregunta me desubicó por completo.
—Por supuesto —respondí sin dudarlo—. ¿Por qué lo preguntas?
—No lo sé… a veces me pregunto si estoy haciendo un buen trabajo como padre. Quizá Yuui lo habría hecho mejor, él siempre se vio preparado para estas cosas —sonrió con nostalgia, sin dejar de acariciar el cabello de su nena.
—Hey, ¿A qué viene todo esto tan de repente?
—No le des mucha importancia —rio bajito—. Son los típicos pensamientos que te llegan a la mitad de la noche —suspiró—. Sólo espero estar haciendo lo correcto. Te platico todo esto porque ya sabes la verdad y… ¿Sabes? —me miró a los ojos por primera vez—. Me he quitado una gran carga de encima al platicarte todo aquello, siento que al fin tengo a alguien con quién conversar de esto plenamente, sin temor a juicios. Sé que me podrías dar buenos consejos pensando siempre en el bienestar de Ámber.
—Por supuesto que sí —sonreí con ternura y me recargué en su hombro—. Ustedes dos se han vuelto la parte más importante de mi vida —murmuré sin pensarlo. Sentí inmediatamente cómo el hombro de Fye se tensaba bastante.
—¿Lo dices en serio? —me miró perplejo, sin parpadear. Yo asentí mudamente y sus ojos brillaron con lo que parecían ser pequeñas lágrimas, pero no pude comprobarlo, pues se inclinó sobre mí en un fuerte y reconfortante abrazo.
Comprobé que le dolía mucho la espalda, pues incluso el poco peso de Ámber le causó una mueca de dolor que quiso disimular con todas sus fuerzas. Viendo esto, no iba a permitir que él me cargara para llevarme al segundo piso, no señor. Me senté en la silla de ruedas y fui en busca de las muletas, las encontré de inmediato en el pequeño armario junto a la entrada, las tomé y puse manos a la obra. Pensé que sería muy complicado subir, pero afortunadamente eran pocas escaleras y logré llegar a la segunda planta justo cuando Fye iba de regreso a la sala por mí. Me frunció el ceño y me regañó por lo que hice, después de su regaño me acompañó hasta la cama y en seguida bajó para apagar el fuego en la chimenea y también todas las luces, tardó un poco en subir, así que aproveché para ponerme mi pijama y buscar algo entre mis cosas, siempre cargo con cosas de ese tipo cuando salgo de viaje, uno nunca sabe qué pueda ocurrir, tal como ahora.
—Pensé que ya estarías dormida —me sonrió suavemente y yo le respondí igual mientras lo veía cambiarse de ropa. Ya no le dije nada, pues él siempre había tenido esa costumbre sólo conmigo. No le importaba que lo viera en ropa interior ni mucho menos desnudo y al parecer aún después de tantos años seguía con esa confianza que, debo admitir, yo había perdido por completo.
—Ven aquí —le dije mientras palmeaba el colchón a mi lado. Él me sonrió pícaramente y me obedeció, imaginando otras cosas obviamente, pues nunca se esperó a que yo lo empujara hasta que quedó tumbado bocabajo en la cama. El pobre soltó un quejido de dolor—. Lo siento, pero era la única forma de hacerlo. Eres demasiado terco como para aceptar… ¡Oh Dios mío! —exclamé después de levantar la parte superior de su pijama y ver ese enorme hematoma purpura-negro en toda su espalda baja. El pobre soltó un quejido gutural cuando me atreví a rozar la piel con mis dedos.
—No lo toques, por favor —pidió, casi suplicó.
—Tu caída fue más grave de lo que imaginé, Fye, necesitas ver a un médico —casi me golpeo la frente con una mano al escucharme a mí misma.
Fye ahogo una carcajada.
—Amor, soy médico, sé lo que le pasa a mi cuerpo, así que no es necesario —su voz sonaba amortiguada por la almohada.
Me sentí una completa idiota a pesar de que lo dijo con mucho cariño.
—Tomé un baño caliente para el dolor de espalda, pero no me ayudó mucho.
—¿Me permites…?
Él levantó un poco la cabeza, me miró y asintió.
—Conste que si quedo parapléjico será tu culpa —gruñó intentando parecer molesto, pero esa risilla traviesa al final lo delató.
—No seas exagerado —me reí mientras subía cuidadosamente su pijama, descubriendo más su espalda. Noté, con complacencia, cómo su piel se erizaba ante mi contacto.
—Tus manos están frías —se apresuró a justificar la reacción de su cuerpo ante mi tacto.
—Claro —reí un poco al recordar que le dije lo mismo meses atrás, cuando revisaba las suturas de mi cirugía de corazón.
Saqué el ungüento mágico que mi madre siempre nos aplicaba a Touya y a mí cada vez que nos caíamos o golpeábamos. Tenía un olor fresco a menta y adormecía la piel al contacto.
—Oh…
No supe si fue un suspiro de dolor o de relajación, no quise saberlo, así que mejor seguí aplicando la pomada en toda el área dañada, dando un suave y leve masaje, sin hacer mucha presión para no lastimarlo. Tragué en seco cuando noté que no sólo su espalda baja estaba dañada, pues el hematoma continuaba aún más allá de donde la espalda baja cambiaba de nombre.
Volví a tragar en seco y casi pude jurar que se escuchó en toda la habitación.
No lo pensé más y en un rápido y suave movimiento deslicé un poco la parte inferior de su pijama, lo suficiente para alcanzar a ver todo el hematoma, pero no tanto como para dejar todo su trasero al aire.
Esperé unos segundos a que llegara su protesta o al menos algún reclamo por bajarle tanto los pantalones, pero ni siquiera se molestó en gruñir. Suspiré aliviada, al menos esto lo hacía más fácil para mí.
Bueno, no tanto. Ahora tenía que aplicarle la pomada y eso significaba tocarlo… tocar su trasero tan bien formado…
¡Concéntrate Sakura!
Tomé el ungüento y lo apliqué, ya, sin pensar ni amedrentarme. Aunque no pude evitar notar lo mucho que se erizó su piel al contacto con mis manos.
—Tus-manos-están-heladas.
Ahora no fui capaz de responderle, sentí que sudaba frío.
—¿Disfrutas de la vista? —murmuró contra la almohada, seguramente al sentir que no me movía ni hacía nada. Mi rostro enrojeció demasiado.
—Estoy esperando a que se absorba la pomada, tonto —le pegué con el puño cerrado sobre un omóplato, él sólo soltó una risilla.
—Ya, admítelo de una vez —dijo cantarinamente.
—No soy como tú —me crucé de brazos, indignada.
—Yo sí disfruté de la vista muchas veces, vaya que sí —suspiró soñadoramente.
—¡Fye! —exclame, totalmente acalorada. Él sólo soltó otra carcajada, pero se detuvo al sentir dolor. Todo enojo se esfumó de mí—. ¿Duele mucho?
—La verdad… sí.
Le subí con cuidado los pantalones y le bajé la playera. Así él se giró sobre sí mismo para quedar frente a frente conmigo.
—Me sentí todo un anciano cuando me ayudaron a levantarme —suspiró con resignación.
—Tenemos treinta, no ochenta —me burlé—. Además, tu caída fue muy fea, hasta un niño hubiera batallado para levantarse. Incluso a mí me dolió.
—Fue patético.
—Un poco.
—¡Hey! Se supone que esta es la parte en que me consuelas.
Ambos reímos un poco, aunque después no pude evitar bostezar con fuerza.
—¿Quieres dormir ya?
Yo asentí, de verdad estaba cansada. Siempre después de tomar mis medicamentos me da un sueño muy pesado.
—Ven —se hizo a un lado para que pudiera meterme a la cama. Yo no sé por qué, pero me sonrojé un poco y después de apagar la luz, me acosté a su lado.
Me atrapó entre sus brazos y rozó su nariz tiernamente con la mía, lo cual terminó con sus labios acariciando la comisura de los míos y de ahí directo a los labios, dándome un beso que le robaría el aliento a cualquier mujer. Me apretó más hacia sí y sus manos traviesas se introdujeron en mi pijama, haciéndome temblar con cada caricia.
—¿Manos frías? —me preguntó en un susurro juguetón, pero no lo dejé continuar, pues mis labios ya estaban de nuevo sobre los suyos, hambrientos y anhelantes. Después de un rato se alejó, un poco agitado—. Sakura… —me atrajo más hacia su cuerpo (Si es que era posible) de pronto todo era manos y labios y, oh, Dios, el aroma y la sensación de él era como tener diminutos fuegos artificiales centellando sobre mí, pequeñas partes mías que pensé que habían muerto estaban reviviendo. Me abrazó y yo me envolví alrededor de él, tratando de no mover mi pierna derecha; lo sentí diferente a como era hace diez años, estaba más corpulento, fuerte y musculoso, más apasionado también. Besé su rostro, su oreja, oh… había olvidado cuánto le gustaba esto último. Mis dedos estaban en su cabello rubio y suave. Entonces él se separó un poco para poder mirarnos a los ojos. Somos las mismas personas de hace diez años, pero nuestros cuerpos han cambiado mucho, ya no somos unos adolescentes y nos costaba un poco reconocernos con la misma naturalidad de siempre. La sensación era excitante, pues se sentía como volver a comenzar y eso simplemente me emocionaba mucho.
Sus ojos estaban fijos en mí y había una pregunta silenciosa en su expresión. Yo respiraba con dificultad mientras un pensamiento negativo asaltó mi mente.
—No me he quitado la ropa enfrente de nadie desde… mi intento de… tú sabes… —desvié la mirada, no podía siquiera mencionarlo. Lo que él no sabía era que además de mis cicatrices en las muñecas, tenía otros cortes en la parte interna de mis muslos, eran muy pequeñas como para verlas, pero se podrían sentir fácilmente al tacto y eso simplemente me avergonzaba. Había cometido esa locura de cortarme casi a diario para liberar preocupaciones, estrés, tristezas y pensamientos locos de mi mente. Había comenzado a hacerlo para evitar llegar tan lejos con las cuchillas, pero al parecer mi método no funcionó.
—Está bien. Estoy entrenado médicamente.
—Es en serio. Estoy hecha un desastre —me sentí de la nada extrañamente triste.
—¿Quieres que te haga sentir mejor?
—Esa es la línea más barata que he…
Se incorporó y se levantó la camisa, revelando una cicatriz de cinco centímetros a través de su estómago.
—Me operaron para reparar mi estómago perforado por las úlceras que sufrí hace seis años. Y aquí —señaló otra cicatriz un poco más amplia, debajo de la anterior—. Es por la misma causa, pero hace cuatro años.
—¿Y esa? —pregunté, tocando gentilmente una cicatriz más pequeña en la parte lateral de su abdomen. Su piel era cálida y reconfortante al tacto.
—¿Esa? Ah. Apéndice, hace ocho años.
Mis ojos se fijaron en su torso y después en su rostro. Entonces, sosteniendo su mirada me despojé del suéter que tenía puesto, quedando sólo con un ligero top de tirantes, muy escotado. Me estremecí sin poder evitarlo, si fue por el frío o por los nervios, no pude saberlo. Él se movió más cerca, tan cerca que estaba a pocos centímetros de mí, y desplazó su dedo con gentileza a lo largo de la línea de mi cirugía de corazón.
—Hiciste un buen trabajo —murmuré—. Salvaste mi vida —tomé sus mejillas con cuidado y cariño y las alcé hasta toparme con sus profundos ojos azules—. No he podido agradecértelo como es debido —murmuré antes de acariciar sus labios con los míos.
—Gracias a ti, por permanecer en mi vida —sus palabras me llenaron de ternura. Inclinó su cabeza y besó la piel entre mis senos, justo sobre esa cicatriz que muy apenas se notaba. De pronto ya estaba encima de mí, con sus manos a mis costados, soportando su propio peso—. ¿Ya no te duele la pierna, verdad?
En silencio, negué con la cabeza. Ya no me importaba. No me importaba si estuvo con alguien más antes (Yo también lo estuve) tampoco me importaba lo que nos esperaba a ambos. Estaba tan deseosa de sentirlo contra mi piel de nuevo, que ni siquiera me hubiera importado si me rompía la otra pierna.
Se movió a lo largo de mi cuerpo, centímetro por centímetro, como una marea y me acosté boca arriba en la cama. Con cada movimiento mi respiración se volvía más superficial hasta que fue todo lo que pude oír en el silencio. Él me miró, luego cerró sus ojos y me besó, tierna y lentamente.
Me besó y dejó caer sobre mí sólo lo suficiente para que yo sintiera la deliciosa impotencia de la lujuria, la dureza de un cuerpo contra el mío. Pronto se deshizo de toda mi ropa y yo de la suya. Al parecer su dolor en la espalda había disminuido bastante con el ungüento que le puse.
No pude evitar un gran bochorno al ver su expresión cuando me quitó el top, estuve a punto de decirle: "Sí, lo sé. Crecieron en estos años" pero en vez de sentirme avergonzada, sonreí orgullosa al ver que mi cuerpo parecía gustarle mucho más ahora que antes. Yo la verdad podía decir lo mismo de él, estaba tan… cambiado, tan sexy y tan… perfecto.
Nos besamos, sus labios se posaron en mi cuello, nuestras pieles se tocaron hasta que estuve mareada de sentirle, hasta que estuve arqueando mi espalda, sin poder evitarlo contra él, y mis piernas se hallaron envueltas alrededor suyo. Me había quitado las vendas con mucho cuidado, acarició y besó mi cicatriz con esmero y amor. Se detuvo sólo un segundo a contemplar todas esas cicatrices que él no conocía, y en vez de reprocharme por haberlas causado, se limitó a besarlas y acariciarlas, como intentando con ello borrarlas para siempre.
—Oh, Dios —dije, sin aliento cuando nos alejamos un poco para respirar y vi claramente su cuerpo desnudo. Yo no fui la única que experimentó cambios en las proporciones.
Sólo volví a la vida cuando el cuerpo de Fye cayó en el colchón justo al lado mío. Me atrajo hacia su cuerpo, me abrazó con fuerza y enterró su nariz entre mis cabellos. Podía sentir cómo su cuerpo aún temblaba, o quizá era el mío que nos hacía temblar a los dos. Él inhaló con fuerza y me apretó un poco más. Una de sus manos bajó hasta mi vientre y me apegó más a su cuerpo.
—No sabes cuánto te amo, Sakura… —susurró con éxtasis, besando cansinamente mi hombro desnudo—. Ahora sí… nada nos impedirá tener una vida juntos, una familia, ¿Y por qué no? Un perro también —su voz sonaba adormilada, no tardaría en caer profundamente dormido.
Una alarma se encendió dentro de mí. Todo rastro de sueño me abandonó por completo.
—¿Familia? ¿Te refieres a tener… hijos?
—Mhm…
Muy tarde, se había quedado completamente dormido.
¡Pero claro! Fye añoraba ser padre. Tenía a Ámber y ella era su hija, nadie se lo podía negar, pero también estaba el secreto hecho de que Fye no tiene hijos propios. Obviamente querría tener su propia descendencia ¿Y por qué no? empezar desde ahora. Tal vez por eso no se había molestado en usar protección, o… quizá fue eso lo que buscó en la farmacia y no encontró. ¡Lo tenía todo planeado! ¡Quería tener sexo conmigo desde un principio!
Me exasperé un poco, pero decidí calmarme, los nervios me ponían paranoica. Lo mejor ahora sería descansar, ya mañana hablaríamos sobre… tener hijos. Me fui quedando dormida con el sonido arrullador de la lluvia acompañado de los latidos suaves de su corazón. La atmosfera era perfecta y exceptuando mis preocupaciones, todo había sido simplemente hermoso. Fue la primera vez que tuve relaciones sexuales sin tener que ingerir esa mugrosa pastilla que embotaba mis sentidos. Ahora con seguridad puedo decir que fue la mejor experiencia de mi vida. Me enterré más en ese abrazo posesivo y aspiré su delicioso aroma combinado con un toque de menta. Pronto me abandoné al sueño.
En la mañana desperté sintiéndome muy ligera, incluso flotaría fuera de mi cuerpo si no fuese por ese brazo posesivo y pesado, anclado en torno a mi cintura. Brazo que culminaba en una traviesa mano que acariciaba uno de mis senos bajo las sábanas.
—Buenos días mi amor —ese murmullo contra mi nuca explotó sobre mi piel sensible, erizándola deliciosamente.
—Buenos días —respondí, estirándome un tanto y girándome otro poco. Mi cuerpo encajaba a la perfección en los espacios que me cedía Fye. En seguida unos labios se sellaron sobre los míos y la calidez bajo las mantas aumentó exponencialmente.
A pesar de los años, había una familiaridad entre nuestros cuerpos, en el movimiento de nuestras manos sobre las curvas y valles, en el sabor compartido entre nuestras bocas y es que no habíamos olvidado todas las noches compartidas años atrás, cuando apenas éramos unos jóvenes inexpertos, no como ahora.
Fye me había despertado al menos dos veces durante la noche, insistente y sólido entre sus piernas. Demandando de mí tanto como él me daba de regreso en atenciones infinitas, con múltiples caricias acompañadas de murmullos cargados de palabras amorosas que me hacían sonrojar más de lo normal.
—Creo que no te contesté ayer… ¿Cierto?
—¿Qué cosa?
—Sí quiero tener hijos propios, pero sólo si son contigo —acarició mi nariz con la suya. Lo extraño es que frunció el ceño y de pronto palideció mucho.
—¿Fye, qué ocurre? ¿Te duele la espalda?
—No es eso —se incorporó y se vistió rápidamente, demasiado rápido—. Vuelvo en unos minutos.
—Pero… ¡¿A dónde vas?! — quise incorporarme, pero me tomaría más tiempo para vestirme que a él.
—Voy a la farmacia, no tardo nada —se llevó una mano al estómago y apretó la camisa entre sus dedos, caminó con dificultad, pero no llegó más lejos que la puerta de nuestra habitación, de donde se aferró con fuerza.
—¡Fye! ¿Qué te ocurre? —comencé a vestirme lo más rápido que pude, aunque terminé envolviéndome en una bata de satín del pijama, tomé mis muletas y fui hacia él. El pobre estaba inclinado hacia delante, abrazando su estómago con una mueca de verdadero dolor, al parecer lo sucedido con su espalda se quedaba corto a comparación con esto.
No me respondió la pregunta, sólo abrió la puerta y salió de la recámara, pero no hacia las escaleras, no… fue directo al baño. Quise seguirlo, pero cerró la puerta con llave. Sólo pude escuchar cómo devolvía el estómago dolorosamente.
—¡Fye, ábreme! ¿Qué es lo que pasa? ¡Dime por favor!
Había olvidado que Ámber estaba en la habitación de enfrente, la pobre salió despavorida de su cuarto y me miró con espanto, preguntándome lo que ocurría.
—¡Papi! ¡¿Papi, qué pasa?!
—Estoy bien —su voz se escuchaba exhausta desde el otro lado de la puerta—. Es sólo que la cena no me cayó muy bien, no se preocupen.
—¿Estás seguro? —la vocecita de Ámber temblaba de miedo. Yo dejé una muleta en la pared y la abracé protectoramente.
—Cariño, ¿Podrías traerme un vaso con agua?
—¡Sí papi! —salió disparada a la cocina. Cuando sus pasitos se dejaron de escuchar, Fye abrió la puerta con un aspecto demacrado. Se recargaba en ella para sostenerse en pie.
—¡Fye! —murmuré en voz baja—. Dime qué ha pasado, sé que eso de la cena es mentira —apreté la mandíbula, exigiéndole la verdad.
—Me conoces demasiado —murmuró con una sonrisa débil. Suspiró—. Te lo diré… ¿Recuerdas las úlceras que me causé cuando intenté… lo que tú sabes?
Asentí, ansiosa.
—Bueno… esas úlceras son permanentes. Durante todos estos años he estado tomando medicamentos para mitigarlas y evitar una tercera cirugía, pero en esta ocasión los he olvidado en casa. Por eso ayer nos detuvimos en la farmacia, pero los medicamentos estaban agotados. Dejé un pedido hecho y me dijeron que hoy en la mañana los tendrían listos, tengo que ir por ellos.
—¡Pero no puedes ir así!
—Tengo que —frunció el ceño.
—Aquí está el agua, papi ¿Te sientes mejor? —le extendió el vaso, pero Fye no pudo siquiera tomarlo, unas arcadas lo invadieron y sin poder evitarlo comenzó a vomitar sangre, tenía una toalla en sus manos, pero no fue suficiente para contener la hemorragia. No quería que su hija lo viera así, por eso se encerró de nuevo en el baño, pero era muy tarde, Ámber lo había visto todo.
—No… papi… no otra vez —el vaso entre sus manos cayó al piso, causando un estallido por el vidrio rompiéndose contra el suelo—. ¡Papi! —comenzó a golpear fuerte e insistentemente la puerta.
—Ámber… —murmuré, impresionada.
No sé cómo lo hice, pero bajé las escaleras y busqué un número de teléfono en el directorio. Hablé a la farmacia y les supliqué que nos trajeran esos medicamentos cuanto antes. Afortunadamente fueron muy amables y comprensibles, de inmediato nos mandaron las medicinas, junto con un médico general que revisó a Fye y le sugirió que después de descansar un rato, nos regresáramos de inmediato a la ciudad, Fye debía ver un médico.
Insistí en intentar llevarme el auto de regreso a casa, pero fue inútil, Fye no me dejó hacerlo por ningún motivo. Condujo lento, pero seguro. Noté el dolor reflejado en su cara, aunque los medicamentos al parecer habían calmado bastante su dolor. Miré hacia el asiento trasero y pude ver a la pequeña Ámber con la misma expresión ausente que adoptó después de que el médico saliera de la casa.
Los tres íbamos en un profundo silencio sólo interrumpido por el repiqueteo de las gotas de lluvia sobre el capote del auto.
—Siento mucho haber arruinado así las vacaciones. Primero mi caída y luego esto…—en ningún momento movió la mano izquierda de su estómago, como si así lograra mitigar su dolor.
—Yo sólo quiero que estés bien —la voz quebrada de Ámber resonó sutilmente en el auto. Yo me enternecí y la miré a los ojos, tratando de consolarla al estirar mi mano hacia la suya.
—Y ya estoy mejor —comentó con un ánimo un poco renovado—. Sólo necesito descansar un poco, pero ya estoy bien, cariño. Te prometo que no será como las otras veces.
—¿Lo prometes?
—Te lo juro.
Miré a padre e hija sin entender el asunto del todo. Fye me miró y usando sólo sus labios me dijo: "Luego te cuento" yo asentí mudamente.
Suspiré y me acomodé mejor en mi asiento, esperando ya llegar a casa, me preocupaba demasiado el estado de Fye, tenía miedo de que esas úlceras se agravaran.
Cuando al fin llegamos a casa, tomé mi celular y vi que al fin tenía señal, pero… nunca me esperé ver tantos mensajes.
—Oh por Dios —no pude contener mi exclamación.
—¿Qué ocurre? —Fye me miró antes de bajar del auto.
Yo sólo atiné a tragar en seco y mostrarle la pantalla de mi teléfono. Había al menos quince mensajes distintos, en todos ellos me preguntaba: Dónde y cómo estaba, si me encontraba bien, si me había ocurrido algo. Insistía en por qué no le había mandado mensaje de buenas noches en los últimos cuatro días y debido a eso, él…
—Él está en Londres —murmuró con una expresión que no supe descifrar.
—Sí, Shaoran está en la ciudad, y quiere verme…
Continuará…
Lo sé, he tardado siglos en actualizar a pesar de sus lindos mensajes. Pero creo que los recompensé un poco con este capítulo ¿No creen? Espero haya sido de su agrado y de verdad me encantaría ver sus caras cuando Shaoran aparezca en escena, sería muy emocionante. ¿Creían que todo les iba a salir tan fácil a nuestra pareja preferida? Oh no, claro que no *Risas macabras de autora*
Algunos se preguntarán dónde está Bibury, bueno... búsquenlo en Google jaja, es un pequeño pueblo de Inglaterra, muy hermoso por cierto. No he tenido el placer de visitarlo, pero está dentro de mi lista de futuros lugares por visitar. Les dejo aquí algunas imágenes para que se den una idea de cómo es el lugar donde -en mi historia- Fye y Sakura se entregaron de nuevo al amor 3 (Escena que por cierto fue muy difícil de escribir, no quería que se viera grotesco no vulgar, espero que el lemmon haya sido de su agrado)
Y AGRADEZCO BASTANTE A ESAS LECTORAS QUE ME DEJARON MENSAJES KILOMÉTRICOS! TENGO QUE DECIRLES QUE LAS AMO! Y QUE ME HICIERON LA ESCRITORA MÁS FELIZ DEL MUNDO CON SUS REVIEWS, SI YA TIENEN CUENTA DE FnF POR FAVOR REPÓRTENSE!
GRACIAS POR SUS LINDAS PALABRAS MOTIVADORAS Y EN ESPECIAL POR SUS CRÍTICAS CONSTRUCTIVAS, CRÉANME, ESO ES LO QUE ME HACE CRECER.
LAS AMO!
