Un simple desliz.
Capítulo 2: En Amegakure.
El fundador de Akatsuki estaba parado en la que sería su oficina, hacía unos minutos que había mandado a llamar uno de sus subordinados, el cual llegó al poco tiempo.
—Líder-sama —dijo Itachi al tiempo que se situaba delante de él.
—Ve a buscar a Konan a Amegakure —ordenó tranquilamente.
—Hmp.
Así el Uchiha salió de la oficina de su líder y se dispuso a ir a su habitación para tomar algunas cosas para el viaje.
Bufó. Buscó explicaciones razonables por las que su líder podría llegar enviarlo a él en vez de a uno de sus zombies que se hacían llamar caminos del dolor a buscar a su ángel, pero no logró entender esa decisión, por un momento creyó que se trataba de una muestra de confianza, pero luego negó al entender que la única y definitiva muestra de confianza la había dado en cuanto dejó que entrara a Akatsuki.
Mientras seguía divagando sobre el extraño hecho —el cual interrumpía con sus planes sobre ir a buscar información del avance de Sasuke— fue empacando para el viaje. Su mente se desplazó hacia el hecho de que, de no haberla ignorado al día siguiente de acostarse con Konan, quizá la noticia de tener que hacer de su escolta sería agradable.
Terminó de llenar su mochila con las cosas que necesitaba para hacer su viaje y salió de la guarida preguntándose cómo reaccionar al verla de nuevo, es decir, ya sabía que tenía que reaccionar como si nada hubiera pasado pero tampoco de la forma tan fría en la que lo había hecho hace cuatro días atrás, debía tener un poco más de tacto para comunicarle indirectamente a Konan que a partir de la noche en la que tuvieron sexo tendrían que pasar el menor tiempo posible juntos para no levantar sospechas ya que esa noche en el pasillo sintió que alguien los observaba.
Tenía que descubrir quién era el que los había visto y alejarse lo más posible de la peliazul mientras tanto, para que ninguno de los dos saliera perjudicado. Fue extraño encontrarse a sí mismo pensando en dejar bien parado a una persona que no fuera él mismo.
Se maldijo, pues debería haberse ido a recostar y pensar melancólicamente en como debía estar su hermano hasta dormirse en vez de dedicarse a engatusar mujeres. Para colmo, por alguna razón inexplicable —casi inconcebible— se sentía agobiante saber que seguramente ella se debía sentir peor por ser considerada, más bien saberse, usada.
Suspiró sintiéndose un imbécil. El hecho de que lo mismo que tardaría en llegar a Amegakure sería lo tardaría en volver, es decir tendría a Konan sólo para él durante dos días enteros, sin contar el día que pasarían en la aldea natal de la peliazul, era un consuelo. Ya se fijaría cómo encarar la situación cuando llegara, después de todo para aprender a lidiar con una mujer herida se puede aprender sobre la marcha.
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Konan recordaba la última vez que había hablado con Nagato en persona, mientras estaba sentada armando figuras de de papel en la sala de su pequeño apartamento, él le había dicho que se tomara unos días para descansar de la organización. A veces ser el ángel —o la favorita— de la organización tenía sus privilegios.
Sin embargo estaba aburrida, no menospreciaba el hecho de quitarse algo de estrés de encima y relajarse pero realmente estaba aburrida. Era de noche y hacía algo de frío, iba a ponerse un abrigo cuando escuchó que golpeaban la puerta. Creyó que Pain había mandado a unos de sus títeres para que la acompañara de regreso a la base, ya que él era cuidadosamente asfixiante con ella, siempre quería que al menos un Camino la acompañara para asegurarse de tener un ojo sobre la peliazul para cuidarla o si no, no se quedaba del todo tranquilo.
Igualmente lo entendía; él sólo tenía miedo de perderla. Cualquiera tendría miedo de perder a la persona que ama, aunque debía reconocer que la atosigaba aún más saber que era su sombra por amor. Otro fuerte golpe en la puerta la sacó de sus cavilaciones y en parte lo agradeció pues no le gustó el rumbo que estaban tomando. Parecía que su escolta estaba muy impaciente al golpear tanto la puerta.
—Ya voy —avisó hastiada de los golpes mientras se levantaba del suelo.
Llegó a la puerta de su apartamento y abrió la puerta con brusquedad al ver que los fuertes golpes continuaban.
—¡Dije que ya —empezó a gritar pero calló de golpe cuando vio a un par ojos carmesí atravesándola del otro lado de la puerta—... Uchiha-san. —pronunció con el ceño ligeramente fruncido.
Itachi estaba mojado de pies a cabeza, su Sharingan la miraba con una mezcla de impaciencia y desconcierto a Konan, quien a pesar de ver el estado en el que se encontraba, se había quedado allí parada inmóvil.
Maldijo a Nagato por tener la dichosa idea de enviarlo justamente a él a buscarla.
—¿Piensas dejarme pasar? —preguntó incrédulo.
Konan simplemente relajó su ceño y se hizo a un lado para dejarlo pasar, si bien no parecía enojada tampoco se la veía contenta con la pregunta del moreno y menos con su sorpresiva aparición. Él entró y cerró la puerta tras de sí para quedar en frente de la peliazul y empezar a quitarse la ropa.
Déjà vu. Ambos pensaron que sería un error más dejarse llevar. Él creía que ella no querría volver a ser usada —usada no era la palabra, pero no sabía que otra usar— y para completarla durante su viaje se había resignado a que lo que pasó esa noche le había dejado secuelas. Más tarde definiría "secuelas".
Por una cuestión de orgullo, ninguno quería dar el primer paso.
—Iré a buscar algo para que te seques —dijo la peliazul—. ¿Qué haces aquí? —preguntó.
Huyó hacia el interior del baño a paso rápido para tomar una toalla mientras el Uchiha escurría su capa y su remera sin importarle dejar un charco de agua en la entrada de la sala del apartamento, al rato ella volvió con una toalla que el moreno prácticamente le arrancó de las manos.
—Me mandó Pain —respondió, sorprendiendo ligeramente a Konan—. Y Gracias.
—¿Hug? —balbuceó Konan con desconcierto.
—Gracias por traerme la toalla —dijo en tono obvio.
A Konan —inclusive a él mismo— le sorprendió que diese las gracias por algo o que hablara sin utilizar monosílabos y milagrosamente más de tres palabras en una sola oración. Se dijo a sí misma que parecía estúpida estando allí parada viendo cómo Uchiha se secaba el torso por lo que decidió ir a la cocina a prepararle algo caliente de beber al recién llegado.
—Imagino que tienes una muda de ropa en tu mochila —articuló en tono neutral—. Puedes irte a cambiar a mi habitación. En el pasillo, la puerta de la derecha. —dijo desde la cocina, mientras buscaba el té entre las alacenas.
El moreno sonrió de lado al ver mientras pasaba por la cocina con su mochila para llegar al pasillo, lo que trataba de hacer su compañera.
—Gracias —dijo con un tono difícil de descifrar—. Y me gusta el té verde. —dijo dándose vuelta para emprender el camino hacia la habitación de su compañera.
—Hmp —imitó.
La mujer ahora enterada de lo que parecía querer tomar el Uchiha, puso agua a calentar y en menos de 10 minutos ya había servido un té para el muchacho.
Ella tenía la rabiosa sensación de que él se estaba riendo en su habitación mientras se cambiaba, pero luego se serenó y se dijo que era mejor así, que de seguro su compañero no había comido del todo bien en los días de viaje y por el frío clima si no tomaba algo caliente de seguro enfermaría, además ella haría eso por cualquiera de sus compañeros por más mala que sea su relación.
Mientras la comadreja en la habitación sonreía de lado, pues ella quería ser amable con él e interesarse por su estado, síntoma que delataba la posibilidad de que pudiera volver a haber otro encuentro entre ellos. ¿Y porqué quería tener otro encuentro con ella? Ni modo, sólo quería hacerlo y ya, además tenía tres días para disfrutar a solas con ella y no iría a desperdiciarlos.
Terminó de vestirse y vio a Konan en la sala haciendo lo que mejor sabe hacer y no era exactamente el amor, si no origami. Quería ser igual de fría e indiferente con él, pero con las últimas palabras que había cruzado con él, empezaba a dudar de actuar así o no.
El muchacho parecía ser otro, pues al momento de dar las gracias se dio cuenta de que él estaba intentando ser amable con ella, claro sin perder su toque frío y desinteresado.
—Gracias por el té —dijo el moreno, al tiempo que se sentaba y llevaba la taza a sus labios.
—No hay nada que agradecer, yo haría eso por cualquiera de mis compañeros —aclaró.
«Seguro. A mi no me engañas.», contestó Itachi en su interior. Terminó de tomar el té de un sólo sorbo y se levantó de la mesa. Konan dejó caer su origami al suelo y miró al muchacho con lo que parecía enojo y una mirada determinada a la resistencia.
Lo que le faltaba a Itachi, que ella se hiciera la difícil. La mujer, por su parte intentaría hacerlo, pero a medida que el chico se le acercaba con firmeza lentamente empezaba a dudar.
—Konan —dijo, agachándose—. El otro día, fui un imbécil —admitió seriamente—, disculpa...
—Está bien —respondió ella cortante.
Había conseguido lo que quería, que él se remidiera, no necesitaba que le suelte palabras dulces, con la simple aceptación de su imbecilidad y la garantía de que no volviera a tratarla así ya tenía la batalla ganada. El moreno suspiró de alivio, por un momento creyó que tendría que ser cursi o algo así para que la mujer lo perdonara, lo cual para alguien como él implicaba hacer un sobre esfuerzo tedioso.
—¿Vamos a tu habitación? —preguntó en voz baja con una sonrisa de lado.
Él quería hacerlo sencillo y rápido para ambos y ella debía admitir que quería lo mismo. Y era mejor hacerlo rápido, ya casi eran horas de la madrugada y no había tiempo que desperdiciar porque luego no podrían dormir.
La peliazul en vez de levantarse del suelo y emprender el paso hacia su dormitorio, se quedó allí mirándolo embelesada para luego acariciar su pelo y acercarse para besarlo, no quería tener que esperar a que llegaran a la habitación, no quería esperar un segundo más.
Obviamente el moreno correspondió al beso con gusto, de a poco fue empujándola más y más hacia atrás hasta dejar a su compañera recostada en el suelo y él quedar sobre ella. El beso se profundizó a medida que Itachi iba abriendo la cremallera que estaba en medio de la remera de su compañera.
El moreno aún sin terminar de deshacerse de la remera de la peliazul, prácticamente le arrancó el short negro para que luego ella lo ayudara impacientemente a desabrochar su pantalón.
Luego de quitarle los zapatos y las medias y Konan tomó su miembro para comenzar a estimularlo de forma manual, cerrando sus manos alrededor de éste y haciendo movimientos de arriba a abajo. Él se limito echar la cabeza hacia atrás y dejarse llevar por las sensaciones. Al rato, instada por las manos de Itachi, la mujer introdujo cómo pudo el miembro en su boca, haciendo los mismos movimientos.
El moreno no pudo evitar soltar un placentero gemido. Una vez que su miembro estuvo lo más erecto posible y ya no pudo aguantar más las ganas, apartó la boca de Konan de su pene y luego de masajear los muslos de la mujer y refregar su virilidad con su intimidad, introdujo éste dentro de ella.
Ambos dieron un gemido de placer al mismo tiempo que echaban ligeramente la cabeza hacia atrás. ÉL comenzó a embestirla suavemente, mientras acariciaba y pellizcaba sus senos y devoraba su boca. Ella abrazó su cintura con las piernas y entrelazó sus dedos en su cabello azabache, al tiempo que gemía contra la boca del pelinegro.
El Uchiha fue aumentando la velocidad y fuerza de las embestidas casi involuntariamente haciendo que ésta tomara con fuerza su espalda, al punto de llegar a dejar marcas de arañazos en ella.
—Konan —murmuró en su oído con voz ronca.
—Itachi... —dijo de forma entrecortada su acompañante.
El aludido dio una última y potente embestida, la cual ocasionó que él y la peliazul dieran placentero y sonoro gemido, indicando que ambos habían llegado al orgasmo.
El moreno se quedó por unos segundos con los ojos cerrados, disfrutando del calor que le propinaba su compañera de cama y aún sintiendo los efectos de las últimas sensaciones, mientras que la mujer se quedó de lo más quieta, también con los ojos cerrados, abrazando al moreno casi con desesperación, cómo si fuera que fueran a arrancarle a la única persona que le daba calor.
Recuperando un poco el aliento, el pelinegro se volvió a abotonar y acomodar los pantalones, para luego levantarse y llevarse a Konan en brazos hasta su habitación. Al llegar al acogedor dormitorio la dejó con cuidado en la cama, se quitó sus zapatos y se metió en la cama con ella, buscando nuevamente su calor.
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