Advertencia: Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto-sama.


Un simple desliz.

Capítulo 5: Su llanto.

Ni Konan ni Pain daban crédito a lo que habían escuchado salir de la boca de Itachi. Es más, ni si quiera el mismo se lo creía. ¿En qué había pensado? Tendría que haber cerrado el pico y dirigirse al interior de la guarida sin más. Justo ahora su sentido común y de la razón le venían a fallar.

—¿Y porqué haría eso? —preguntó el líder, con las voz más sombría que ambos subordinados hayan escuchado jamás.

—Debo ir al baño —dijo Konan en un hilo de voz, amagando con soltar a Pain y entrar.

—Te quedas aquí —ordenó el pelinaranja, afianzando el agarre.

Lo que él no tuvo en cuenta es que realmente la peliazul necesitaba ir al baño, ya que sentía mareos y ganas de vomitar. Antes de poder replicar la mujer yacía desmayada en el suelo.

Itachi corrió haca ella para levantarla, pero su líder se lo impidió, tomando a la peliazul en sus brazos y llevándola hasta su dormitorio. Él no pudo hacer más que maldecir.

.

.


.

.

Konan terminó de enjuagarse la boca, era más o menos la tercera vez que vomitaba. Empezaba a inquietarse y sobretodo a desesperarse, porque por más que tomara té de hiervas u otras medicinas para los mareos, estos no cesaban.

Para colmo de males Pain le había ordenado que no saliera de su habitación excepto para ir al baño, hasta sentirse mejor, lo cual no había pasado en esas malditas tres horas que llevaba dentro de su dormitorio.

Entró a su habitación y se recostó, miró a su alrededor en su gris y apagada cueva —como ella llamaba en sí a toda la guarida— y suspiró con rostro resignado como hacía tiempo no lo hacía. Odiaba el encierro y si había algo que detestara aún más, era que el encierro se complementara con la soledad.

Estaba asqueada de la soledad, esa que la había perseguido toda su vida. Necesitaba charlar con alguien y que no sea del pasado, una charla amena, no necesariamente con cariño pero quizá con algo de deferencia, una persona que no preguntara pero aún así estuviera dispuesto a oír lo que ella dijera aunque sea una trivialidad, quizá también necesitaba de compañía comprensible, silencios que no sean incómodos, también de alguna que otra caricia.

En otras palabras debía reconocer que necesitaba de Itachi.

.

.


.

.

—¿Sucede algo, socio? Llevas cara de velorio —comentó Kisame.

—Nada de tu incumbencia, Kisame.

Y con esa frase el peliazul prefirió ocuparse de sus asuntos en vez de preguntarse porque Itachi estaba sentado en su cama con los ojos cerrados y el semblante preocupado hacía más de hora y media.

Aún así nos se sentía más preocupado que enfadado, nuevamente su líder de adueñaba cual juguete de Konan y ella no hacía nada al respecto más que desmayarse. Y si había forma de empeorar más su situación ahora era más que obvio que su jefe tenía puesto su "ojo todo poderoso" sobre él, la peliazul a la que frecuentaba todas las noches estaba enferma y no sabía de qué lo estaba, además de que al menos por esa noche ya no podría verla.

Una porquería, ¿no?

Era imposible negarse a sí mismo que quería verla y algo extraño sentir que no era para tener sexo, si no que quería simplemente ver qué tal estaba. Quería verla con sus facciones relajadas, su cabello tan llamativo, alucinante, su tez blanca y suave como la seda, con sus ojos ámbar que de día eran inexpresivos pero por las noches reflejaban bastante tristeza, ansiedad, quizá desesperación, añoranza, algo de obscuridad y una pizca de miedo a la soledad.

El reflejo del miedo generalmente venía acompañado de un desesperado agarre hacia él de donde sea, de su torso, las muñecas o brazos, de donde sea que ella pudiera sostenerse de él con fuerza, como rogándole que no la dejara sola de nuevo.

Él siempre ante esos arranques de miedo a que la dejase simplemente se dedicaba a abrazarla por la cintura. Y en ese momento sentía que ella necesitaba eso, que él la abrazase o le acariciara el pelo.

Sabía cuando ella lo necesitaba. Y él sintió que necesitaba de ella.

.

.


.

.

Un pelinegro volvía a escurrirse nuevamente en la habitación de Konan. Esperaba que estuviera mejor. No la había visto desde la mañana del día anterior, dado su desmayó y que hasta entonces Pain la mantenía algo así como en cuarentena y con cuidados "especiales", aunque la peliazul le haya dicho repetidas veces que ya se sentía muchísimo mejor, de todas formas, y a pesar de la negativa de su ángel, el pelinaranja se negó a asignarle misiones por el resto del mes.

Itachi cerró la puerta con sumo cuidado a sus espaldas y aún así su compañera se despertó a sentir una presencia en su habitación. Él pensó que podría ser una buena ninja sensor. Konan iba abriendo y cerrando sus ojos repetidas veces, para luego frotárselos. No se la veía exaltada, o asustada, como si estuviera preparada a su llegada en todo momento.

—Buenas noches, Itachi-san —saludó con una media sonrisa.

Se la veía tan tierna y delicada, frágil, recostada en una cama con más de tres almohadas a su alrededor, una cobija de esas que decides guardar por años de lo útil que es y su voz aterciopelada y tranquila. Se notaba en paz, no como antes, que se la veía seria y antipática. Algo había cambiado.

—Buenas noches —dijo inexpresivo como siempre—. ¿Qué fue ese desmayo del otro día? —preguntó sentándose en la cama con los codos apoyados en las piernas.

—Sólo me bajó el azúcar, nada grave —respondió, sorprendida, aunque no lo haya demostrado, de que su amante estuviera preocupada por su salud, pero sin visos de que le importara "demasiado".

Luego de varios minutos de mirarse fijamente el uno al otro, el pelinegro se acercó con cuidado a la mujer y arrasó con su boca contra la de ella. Ella siendo sincera consigo misma se dijo que realmente había extrañado los besos de él, acostumbrada ahora a que todas las noches fuera a visitarla, que no se vieran por un día para ella era un suplicio.

—¿Me haces un lugar en la cama? —pidió él, muy cerca de sus labios.

Se hizo a un lado y él pudo recostarse a su lado cómodamente. Itachi se quitó la camisa antes de recostarse por completo. Nuevamente la boca de ambos se unió en un profundo y placentero beso que luego se convirtió en desaforado e inclusive algo violento. Él le quitó lo último que le quedaba de ropa a ella y acarició su cuerpo, recorriendo toda su piel con sus manos. Se deshizo de la misma manera de su pantalón y de su ropa interior, luego fue directo a la oreja de la peliazul para besarla, morderla y lamerla, siguió más abajo hasta llegar a los senos de su compañera.

—Mmmhh —gimió Konan, al sentir el placer que le causaba la manera en que él chupaba sus pezones y los lamía—... Mmmhh...

Siguió con su labor mientras comenzaba, muy de a poco, a darle placer a su compañera en su zona íntima con sus dedos.

—Ahh... Aaahh... —gimió al sentir los dedos de su amante en su punto G.

Decidió que no se quedaría allí sin hacer nada, por lo que estiró su mano hasta llegar a la entrepierna de Itachi donde tomaría su miembro y lo estimularía de forma manual. Los gemidos incontenibles y las respiraciones entrecortadas no tardarían en llegar.

El Uchiha decidió sentarse en la cama y luego, alzar a su compañera para que ella se sentara a horcajadas sobre él.

—¡Aahh! —gimió la mujer.

Ya no importaba si los escuchaban. El placer que sentía ella mientras gemía, se movía y sentía como él succionaba sus pezones no se comparaba con nada.

Sus compañeros no eran tan idiotas como pensaban, de seguro hace rato venían sospechando de su affaire y para entonces debían tenerlo más que confirmado, así que no les importó crear mucho ruido. El Uchiha recostó rápidamente a la peliazul en la cama y la penetró por entre las piernas.

—¡Aahh! ¡Mmhh!

Mientras el pelinegro más la escuchaba, más se excitaba y con más fuerza la embestía. Ella no podía hacer más que gemir en aquél brutal y placentero acto.

Ambos inevitablemente cerraron los ojos; estaba por alcanzar el clímax.

—¡Aahh! —soltaron ambos sin poder controlarlo.

Ambos con sus zonas íntimas aún palpitando y sus mentes dispersas, se recostaron abrazándose y sin decir palabra, pues cada uno pensaba en algo tortuoso puntualmente.

«No me quiere», pensó ella. Pudo ser porque estaba por llegarle la regla o por simple idiotez, pero relacionó la agresividad de su amante con la insensibilidad, algo que le dolió lo suficiente como para que tuviese ganas de llorar. Él miró a su compañera de cama y levantó las cejas al que a ella se le habían llenado los ojos de lágrimas.

—¿Sucede algo malo? —preguntó totalmente extrañado.

Quizá había sido demasiado brusco y la había lastimado. La mujer negó repetidas veces como respuesta a su pregunta y gracias a su costumbre sólo necesitó segundos hasta que llegó una buena mentira a su cabeza.

—Extraño a Yahiko-kun —dijo entre sollozos.

Su brusco cambio era inquietante, pero de inmediato abandonó ese pensamiento al ver que Konan abrazaba su torso desnudo y se acurrucaba contra él, entonces decidió hacer lo mismo que había hecho con su otouto; abrazarla y acariciarle el cabello, esperando a que se calmase para poder hablar. No había nada peor que hacer preguntas y querer hacer hablar a alguien que está llorando, porque así el doloroso "nudo en la garganta" se desata y uno termina llorando más y empeora el estado de tristeza.

—Ya, ya —dijo el Uchiha con paciencia, mientras acariciaba la mejilla de la peliazul.

Estaba sorprendida por lo amable que estaba siendo con ella, decidió no retenerse pues sabía que ser fuerte no es necesariamente aguantarse las ganas de llorar, así que hundió más su rostro en el pecho de su amante y dejó que toda su angustia saliera de dentro suyo.

Realmente nunca pensó que alguien como él estaría consolándola. Jamás en su vida. Tampoco pensó que podría llegar a llorar por lo que estaba llorando. Ni si quiera se imaginó que un muchacho que había asesinado a toda su familia, exceptuando a su hermano menor, si quiera pudiera tener sentimientos, quizá no muchos para con ella —lo que era lamentable—, pero como en ese momento le acariciaba el cabello y por sus ojos, debía de aceptar que sí los tenía.

Pasaron varios minutos y al ver que ella seguía llorando, él decidió hablar.

—¿Quieres hablar de eso? —preguntó.

Quizá la haría sentir mejor. Y eso era lo que quería porque realmente no soportaba verla llorar. Era algo, ¿que detestaba? Sí, esa era la palabra.

Ella secó sus lágrimas e intentó tranquilizarse con éxito. Estaba sorprendida por la pregunta.

—De acuerdo —aceptó.

.

.