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Un simple desliz

Capítulo 7: Perdón.

Su padre le había advertido que nunca hiriera a una mujer, sobretodo si se trataba de una mujer enamorada, pues se podía sufrir de cualquiera de las formas que uno imaginase. Hacía dos días que no veía a Konan y no estaba seguro de si sentía más abstinencia o culpa, de igual forma ambas le implicaban un gran sufrimiento.

Ella no era una mala mujer, no merecía nada de lo que había sucedido, ni si quiera merecía que la mirara a los ojos. Hoy podía terminar de confirmar que acostarse con ella había resultado un error, de los muchos que había cometido no podía asegurar con certeza que ese fuera el peor pero si uno de los más crueles. No se sentía bien que una mujer sufra por uno.

Meditó sobre como solucionarlo y nada parecía una opción del todo correcta. Dejar de ir a visitarla y evitarla lo más posible en momentos como ese parecía ser lo más factible, después de todo había asesinado a los que quería y abandonado al que amaba, no hubiera nada no que fuera capaz de hacer. Podría olvidarla, no significaría nada especial en un par de meses.

—Socio —llamó Kisame—, he estado pensando sobre lo que hablamos. —comentó.

Él no contestó y realmente esperaba que eso lo ayudara a que el Hoshigaki no siguiera hablando, pues tenía suficientes problemas como para tener que solucionarle los suyos a su compañero, además estaba seguro de que le volvería hablar de lo que le hizo a sus compañeros en su Aldea.

—Creo que...

—Kisame —interrumpió el pelinegro—, créeme que lo que hiciste está bien, de otro modo hubiera resultado peor para el resto de tu Aldea.

El de piel azul rió.

—No era de eso de lo que quería hablar —dijo recostándose en su cama.

Cada vez que ambos estaban recostados en sus camas, despiertos, significaba el comienzo de alguna charla extensa, a veces gratificante.

—Creo que esta vez en verdad está haciéndote mal el meditar tanto —aseguró—. Algo te sucede, socio. Duermes poco y últimamente piensas más de lo habitual y no me digas que no es problema mío. —dijo anticipándose.

Sabía que pocas veces el pelinegro se abría a una charla sobre él y que era muy difícil que eso pasara, dado que llevaba mucho tiempo e insistencia pero esta vez realmente no podía dejar que siguiera así, es decir, siempre lo había visto como alguien melancólico y retraído pero por esos días definitivamente había alcanzado su límite, inclusive sus ojeras estaban más marcadas que nunca.

Parecía volver a ser esa alma deprimida que siendo a duras penas un adolescente había cruzado la guarida de Akatsuki por primera vez y aún lloraba en las noches por su familia.

—Te dije que no hablaría de esto en la última misión —recordó molesto.

Odiaba repetir las cosas.

—No lo hiciste, dijiste que no querías hablar de eso en ese momento —corrigió.

—Pues ahora lo repito.

No pudo evitar gruñir luego de decirlo.

—Es por Konan, ¿no? —dijo ignorando su última frase.

Casi dejó de respirar por un segundo. Realmente tenía que dejar de subestimar al pez, pues aunque sabía que ya casi toda la organización estaba enterada del pequeño affaire que tenía con nada menos que el ángel de su jefe no creyó que pudiera llegar a comprender que su consternación se trataba de ella.

Ese definitivamente no era su día. No tenía a Konan, tampoco privacidad pues hasta su compañero de cuarto se inmiscuía en sus cosas —quien lo había hecho primero había sido el ángel— y para colmo le seguía una ola de rencor hacia su líder que de seguro estaba bailando de la felicidad en su despacho.

—Hoy no estoy para que me molestes —advirtió el moreno.

Hoshigaki volvió a reír. Cuando Itachi se fastidiaba quería decir que no encontraba forma de negar lo que le había preguntado pero tampoco podía admitirlo. Los años de trabajo juntos le habían servido para descifrar algunos comportamientos.

—Entonces sí es por ella —afirmó—. En realidad era una corazonada, no estaba seguro de si era eso o habías caído en depresión por lo de tu hermano —dijo en parte como broma y en parte verdad—. ¿Porqué no sólo vas a verla? —cuestionó.

El pelinegro sólo lo miró y bufó. Lo desesperaba que siempre —bueno, no siempre— le dijera que hacer y se lo dijera de esa forma tan obvia, haciendo que todo suene tan sencillo como si cualquiera en su lugar pudiera hacerlo.

—¿Cómo están tan seguro de que es por ella, Kisame? —preguntó.

Esa misma pregunta se la había hecho a él mismo la noche anterior, aterrorizado por la idea de sufrir por una mujer pues significaba un sentimiento nuevo para él. Ni si quiera había sufrido por la novia que había tenido en Konoha.

—Hace dos días estas así, exactamente la cantidad de noches que no duermes —explicó—. ¿Acaso no vas a verla por el Líder? —preguntó confundido.

Había formulado la idea de que después del último episodio con Pain éste habría tomado medidas para separarlos. Su compañero lo hizo cambiar de idea de forma abrupta.

—Por supuesto que no —aseguró en tono grave.

—¿Entonces porqué?

Se encontraba en medio de una crisis que nunca creyó tener en su vida, pues pocas veces había tenido una y esta se comparaba a cuando se debatió en si seguir a Madara o no, dado que estaba experimentando uno de sus peores enemigos, el desconcierto. No saber que hacer era algo que le producía dolor de cabeza. En momentos así era en los que recurría a ayuda externa, en este caso la única que estaba a su alcance —pues Shisui estaba muerto— era su querido y fastidioso amigo azulado, su socio.

Suspiró.

—Ella no quiere verme —expresó con agonía.

Le producía dolor el si quiera aceptarlo y decirlo en voz alta. Kisame se preguntó porque y en parte quiso preguntárselo a su socio, pero al recordar que a este le fastidiaban las preguntas prefirió sólo intentar dar una solución factible para él y no más dolores de cabeza.

—Por lo que sea que hayas hecho mal, sólo pídele perdón —dijo con simpleza.

—Es que yo no tengo toda la culpa —explicó.

Itachi creía que si bien había cometido la estupidez de acostarse con ella, no implicaba tener la culpa de que se generaran sentimientos dado que ella era una mujer y debería saber diferenciar entre el amor y el sexo.

—Socio, créeme que cuando una mujer se enoja de verdad suele suceder que ella tiene toda la razón —afirmó.

Se sentó en la cama y se masajeó las sienes. Realmente no lo estaba ayudando algo de lo que Hoshigaki se dio cuenta y decidió por eso marcharse de la habitación para no causarle más frustración.

—Piensa en lo que te he dicho —dijo antes de cerrar la puerta a sus espaldas.

Efectivamente pensó en ello, no fue placentero pero lo hizo.

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Konan lloraba, no se sabe exactamente porqué, en su habitación. Acababa de hablar con Nagato quien tuvo la maravillosa idea —véase el sarcasmo— de mandar a Itachi fuera por unos meses para que ella pudiera salir de su habitación y no encerrarse en un intento de evadirlo, a lo que ella respondió ferozmente en una negativa. Estaba herida pero tampoco con resentimiento, pues el rencor no era una de sus cualidades.

El dolor sí lo era, por eso se le hizo tan fácil admitir que lo extrañaba y tan sencillo sentir vergüenza ante aquél desplante de hacía unas noches. Entendió que no podía obligar a Itachi a quererla y mucho menos evitar que ella no lo hiciese, como si con hilos invisibles pudiera manipular todo en cuanto a ellos.

Se secó sus lágrimas y se vio a sí misma totalmente desgraciada, se sentía más infeliz que nunca. Este era el punto cúlmine de su soledad en definitiva, pues ya ni con Pain podía contar.

Se abrió la de su dormitorio de forma abrupta y le sorprendió encontrar a su amante entrando con una determinación que nunca antes había visto, sin embargo la imagen que él encontró lo frenó en seco pues tuvo que debatirse entre si le dolía más pedir disculpas o ver una flor tan bella como ella tan marchita. Los ojos de él detonaron compasión por un momento y los de ella incertidumbre y miedo.

—Perdón —dijeron ambos al mismo tiempo.

No se dijo más nada por unos segundos, dado que ambos intentaban analizar porqué el otro estaba pidiendo disculpas si uno tenía la culpa.

—No debí haberte tratado así antenoche —dijo la de ojos ámbar entre sollozos—. Perdóname. —pidió casi en un ruego.

Él cerró los ojos para suspirar y fue a abrazarla para poder brindarle consuelo, aún así él también pediría disculpas pues muy a su pesar, había pensado en lo que su socio le había dicho y había terminado por darle la razón.

—Perdóname a mi —corrigió acariciando su cabello— por no poder darte lo que te mereces. —lamentó.

Ella no pudo evitar levantar las cejas y mirarlo enternecida. No la despreciaba al menos, eso era un consuelo para ella en un momento así y más con todo lo que le había sucedido en su vida. Mientras tanto disfrutaría de su falso calor y se dejaría abrazar al tiempo que continuaba llorando como una magdalena.

Luego de un rato largo no pudo soportar la idea de tenerlo cerca y no besarlo, pues lo había extrañado. Terminó cediendo a su deseo, ya que lo había perdonado, por así decirlo, por no haberle podido contestar honestamente su pregunta y por no poder —aceptar— quererla.

Y como buenos amantes que eran, es decir manteniendo una relación que según ellos empezaba y terminaba en el sexo, cerraron el asunto acostándose nuevamente.

La abstinencia los había consumido todos aquellos días que no se habían visto, lo que resultó en una veracidad nunca antes vista a la hora besarse. Ninguno de los dos recordaba haberse aferrado al otro con tanta fuerza como en esa ocasión, donde la peliazul terminó por lastimar la espalda del Uchiha y él casi arrancándole un pedazo de carne de sus labios tan apetecibles.

Cualquier otro acto de salvajismo era incomparable con el momento en que él, recostado sobre ella, la despojó a tirones de su ropa y empezó a lamer, besar y morder su cuello.

—Mmm —gimió placenteramente, ya desnuda debajo de él.

Itachi se deshizo por completo de sus ropas y, luego de taparlos a ambos, besó todo su cuerpo con la más ardiente de las lujurias, sin reparar en su brutalidad y su notable impaciencia. Una vez que su miembro estuvo lo suficientemente endurecido, lo refregó tortuosamente por la intimidad de el ángel hasta que ella movió las caderas de forma desesperada, demandando ser penetraba.

La comadreja sonrió de forma socarrona, aunque de forma casi imperceptible, para poder embestirla de manera rápida e inesperada, tanto que ni le dio tiempo a ambos de gemir. Él se movió de adelante hacia atrás de forma lenta, pero con la suficiente fuerza para tomar una profundidad con sus embestidas que hizo delirar a la peliazul.

—¡Ahh! —gimió cuando él aceleró el ritmo.

Con una última embestida, igual o más potente que las otras, ambos alcanzaron el clímax y totalmente presos del cansancio, no pudieron evitar abrazarse y hacer ademán de dormir. Ni si quiera repararon en el sudor o el hecho de que aún sus respiraciones eran irregulares cuando ya estaban quedándose dormidos, pero ahora lo hacían con la tranquilidad de que habían podido rescatar lo único bello en sus vidas en Akatsuki.

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Kisame sonrió con satisfacción al ver que su socio volvía a llegar casi a la amanecer a su habitación, pocas veces sucedía que la comadreja le hiciera caso al de piel azul.

—Así que, ¿si seguiste mi consejo? —dijo triunfante.

Ignorando la altivez del pescado, se sentó en la cama mirándolo impasible y sintió ganas de suspirar, pero no lo hizo, en cambio le dio las gracias por haberle instado a resolver una situación que no resultó ser tan complicada como parecía. Más tarde se replantearía si era bueno pensar, planear y encontrarle dificultades a todas las cosas y a todas las opciones a proceder, quizá el Hoshigaki tenía razón y debería relajarse más.

—Qué idea la tuya de involucrarte sentimentalmente con el ángel de Pain —comentó.

La comadreja frunció el ceño, pues no creía que sus sentimientos tuvieran algo que ver en ello. Imploró a todos los dioses habidos y por haber que le brindaran el auto-control que necesitaba para no ahorcarlo.

—Kisame, ¿quisieras por favor dejar de hablar idioteces? —preguntó.

—No son idioteces, socio —contradijo el de pelo azul—. El que no quieras aceptar que te enamoraste de esa mujer, no quiere decir quiere decir que no sea un hecho. —agregó, dándose vuelta para no tener que enfrentar la furia del Sharingan de su compañero.

Contra todo pronóstico, el moreno no hizo más que quedarse en blanco.

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¿Review?